| MANUEL ACUÑA ASENJO. Santiago, octubre del 2011
CONCEPTO
Podemos definir la cooperación como el acto en virtud del cual un ser
vivo ―quienquiera que sea, considerado individual o colectivamente― obra
en conjunto con otro u otros para la consecución de un fin. La
cooperación es colaboración, trabajo colectivo, acción común.
La finalidad propuesta, el objetivo que se tiene en vista, puede no ser
necesariamente propio de todos los actores de la cooperación, sino de
uno o algunos; porque, a menudo, aquella se presta para coadyuvar la
labor de quien sí se ha propuesto un fin. En ese sentido, puede hablarse
tanto de ‘colaboración’ como de ‘contribución’. Puede, en consecuencia,
haber cooperación para la realización de un fin que es común a todos
los que cooperan, a algunos de aquellos o a uno de quienes integran el
grupo social.
La cooperación se contrapone, conceptualmente, a la competencia; no
puede, por consiguiente, hacerse referencia a aquella sin vincularla a
algunos aspectos de ésta. Porque si bien es cierto que tales
instituciones constituyen categorías antagónicas, no es menos cierto que
cualquier observador poco acucioso, cuando no da preeminencia a la
competencia por sobre la cooperación, considera ambas en idéntico plano
de igualdad. Y ello sí que constituye un error de proporciones.
No digamos, sin embargo, que tal concepción es producto de simple
ocurrencia; tras aquella subyace todo un ideario cultural de
proporciones que impone a la competencia como ley de la naturaleza por
sobre cualquier otra. Nos hemos referido a este problema en el artículo
destinado a analizar las tesis de Darwin.
La cooperación consta, consecuentemente, de actores sociales, un fin
propuesto y una acción colectiva, elementos que, tratándose de la
competencia, adquieren caracteres diferentes.
CLASIFICACIÓN
Como todos los fenómenos, la cooperación admite múltiples
clasificaciones. Sin embargo, para los efectos de este análisis
distinguiremos dos tipos, a saber:
a)Una, que se presenta como fruto de la voluntad libremente manifestada;
a ésta podemos denominarla, precisamente, cooperación ‘libre’; y,
b)otra, que es resultado o producto de un acto coercitivo, de una
imposición que hace imperiosa la colaboración del sometido con quien lo
somete, a la cual podemos llamar cooperación ‘forzada’.
Demás está decir que la cooperación libre se da entre personas que no se
sienten obligadas a practicarla sino lo hacen, simplemente, porque
quieren o desean hacerlo; la forzada se da entre quienes tienen poder y
quienes no lo tienen. El caso más típico de cooperación forzada es
aquella que se da entre víctima y verdugo, admirablemente expuesta en
una de las obras del astrónomo francés Camille Flammarion .
Al respecto, cuenta el escritor que, en cierta oportunidad, tuvo
conocimiento de haberse dictado, en cierto país del África mediterráneo,
pena de muerte por decapitación en contra de un pirata berberisco; la
ejecución de la sentencia se llevaría a cabo dentro de breve plazo. El
astrónomo, que investigaba en esos años la problemática de la muerte,
viajó para presenciar la decapitación del condenado y, entonces, narra
que, al momento de cumplirse aquel macabro cometido, pidió el verdugo a
su víctima estirar convenientemente el cuello para facilitar el libre
paso del acero por entre sus vértebras; la medida tenía por objeto
evitar que la espada se mellase o desviase al chocar contra aquellas,
provocándole sufrimientos por entero inútiles. La sentencia, termina
diciendo Flammarion, se cumplió de manera impecable.
La cooperación forzada, que se da entre personas con distinto poder, una
de las cuales se encuentra sometida a la otra, opera también entre
patrones y trabajadores, entre prostitutas y clientes y, en general,
entre quienes se ven obligados a someterse a la voluntad de otro para
sobrevivir. En las instituciones armadas (como el ejército y otras ramas
similares) también se da, naturalmente, la cooperación; en esos
institutos, puede adoptar cualquiera de ambos aspectos (libre o forzada)
dependiendo de los grados de jerarquización.
Karl Marx , en el tomo primero de su obra cumbre ‘Das Kapital’,
establece otra división que distingue entre cooperación propiamente tal y
cooperación capitalista. La primera se da en la vida normal de los
individuos que colaboran entre sí; la segunda tiene lugar en el ámbito
de la producción y se manifiesta, por ejemplo, cuando un objeto pasa de
la mano de un trabajador a las de otro para completar el proceso de
fabricación de un bien. La cooperación que se da entre los trabajadores
tiene por objeto el perfeccionamiento de la obra, pues cada vez que el
objeto pasa de una persona a otra es para mejorarla y entregar,
finalmente, el producto acabado.
La cooperación, así, rige ampliamente en las relaciones humanas con
prescindencia del tipo de sociedad en la que opere; es, por
consiguiente, un elemento que se encuentra siempre presente en toda
agrupación animal. Desde este punto de vista, la cooperación se presenta
como un atributo normal de las especies, como una forma natural de
actuar de todas ellas. Sea que sea libre o forzada, la cooperación es
una forma de ayuda mutua; cuando ella no es posible, surge la
competencia a resolver el dilema que se ha hecho presente. A diferencia
de la competencia, que resuelve las controversias a menudo con el empleo
de la violencia, la cooperación siempre lo hace de manera pacífica.
BREVE HISTORIA DE LA COOPERACIÓN
Uno de los primeros autores que se preocupó de la importancia de la
cooperación fue el príncipe anarquista Piotr Kropotkin . En términos si
bien no iguales, aunque parecidos, a los que hemos venido desarrollando,
sostuvo el teórico ruso que la cooperación entre los seres vivos debe
considerarse ley general de la naturaleza en tanto la competencia ha de
reducirse a ley de excepción.
En la época actual ―y hablamos aquí desde 1984 en adelante, año en que
Robert Axelrod publicó su libro pionero sobre esta materia ―, pocos
habían dado importancia a este debate teórico que enfrenta dos conceptos
tan antagónicos como lo son competencia y cooperación. En efecto,
hasta ese momento, la cooperación aparecía un tanto desvirtuada, y no se
la consideraba en el carácter de ley natural sino, más bien, como un
elemento a considerar dentro de la llamada ‘teoría del juego’, en tanto
la competencia se presumía incorporada como componente infaltable y
necesario en la marcha de toda sociedad. Hoy, eso no sucede. Un crecido
número de investigadores ha vuelto a colocarla sobre el tapete de la
discusión y la bibliografía al respecto ya no sólo es extensa, sino se
ha enriquecido con los notables adelantos realizados en medicina y, en
general, dentro del campo de la biología.
Aunque Axelrod hizo una fuerte defensa de la cooperación, no se atrevió a
introducirla en el carácter de ley de la naturaleza y por sobre la
competencia.
Por el contrario, se limitó a exponer las distintas formas que podría
revestir en determinadas situaciones y prefirió, más bien, vincularla a
la teoría del juego, especialmente al llamado ‘dilema del prisionero’ y,
principalmente, para el caso del ‘toma y daca’ (‘tit for tat’) . Así,
expuso diversos casos de cooperación tanto en situaciones extremas como
en situaciones normales. En las situaciones extremas, señaló casos en
los que hubo cooperación entre soldados de distinto bando durante la
Segunda Guerra Mundial a fin de mantener y, en algunos casos, prolongar,
la fase de tregua durante las Navidades.
Un grupo de biólogos y representantes de otras disciplinas afines, que
acostumbraba a reunirse en el Monasterio de Lindisfarne, en Escocia,
planteó directamente la cooperación como base de la relación animal. De
entre ellos, merecen citarse los nombres de Lynn Margulis, Humberto
Maturana, Gregory Bateson, en fin. Las obras de todos ellos presentan a
la cooperación como la forma natural de relación entre los seres vivos;
con mayor razón en las sociedades humanas.
Las obras del físico Fritjof Capra, se encuentran referidas a la
cooperación entre los seres vivos; y, en general, se basan en los
avances científicos teóricos que han ido a robustecer el indiscutible
predominio de la Biología por sobre las demás ciencias (sistemas,
organización, catástrofes, complejidad, fractales, etc. ) y, en
especial, relativas a la cooperación. También, como él, las obras de
Stephen Jay Gould, Bryan Goodwin, Rupert Sheldrake y Kent Wilber, entre
otros, se refieren a la cooperación como el instrumento de relación por
excelencia entre los seres vivos.
No debe sorprender que la mayoría de los estudios acerca de la
cooperación, así como de la teoría de la red (dirección horizontal),
sean realizados por las clases y fracciones de clase dominantes. Mucho
menos debe hacerlo el hecho que apliquen tales investigaciones en sus
empresas y organizaciones. Así sucede permanentemente. Si no fuera de
esa manera, tales sectores no serían dominantes .
Hoy, existen numerosos libros referidos al tema pero, por ser muy
recientes, ninguno de ellos ha sido traducido al castellano; por lo
menos, hasta la fecha en que se ha publicado este artículo. A algunos de
ellos nos referiremos en el desarrollo del mismo.
POR QUÉ LA COOPERACIÓN
Si bien es cierto que la cooperación presenta diversas formas que no
siempre corresponden a formas libertarias de vida sino, más bien, a una
aceptación de la dominación, su importancia es crucial. En efecto, la
circunstancia que se presente tanto en el carácter de ‘forzada’ como
‘capitalista’ no constituye un menoscabo a su esencia, pues tales formas
no constituyen sino la confirmación que se vive en una sociedad
escindida en clases, donde una somete a otra por la fuerza obligándola a
cooperar en su provecho.
Sin embargo, la importancia de la cooperación es mayor tratándose del
simple hecho de constituirse en antítesis de la competencia.
En efecto. Cuando el príncipe anarquista Piotr Kropotkin criticó a
Thomas Huxley su concepción de la competencia, lo hizo desde el punto de
vista biológico indicándole que, contrariamente a lo que aquel
afirmaba, las especies animales no se exterminan dentro de sí mismas
sino que, por el contrario, se ayudan mutuamente. El exterminio de una
especie, cuando llega a darse, indicaba Kropotkin, tiene lugar en forma
exógena, no endógena, es decir, dentro de la misma. Por eso, no podía
aceptar la expoliación entre seres de idéntica procedencia. Kropotkin,
con esas afirmaciones, criticaba el arma de la competencia esgrimida por
el sistema capitalista para justificar la extracción de las energías de
los trabajadores. Allí no había cooperación alguna. De ahí la necesidad
que tenían los liberales de elevar la competencia al rango de ley
universal.
No sucede lo mismo con la cooperación, pues de aceptarse su vigencia
como ley universal y por sobre cualquier otra forma de relación humana,
las diferentes especies de organización social adoptadas por el ser
humano, la generalidad de ellas basadas en la competencia, quedarían
obsoletas, y un nuevo modo de comportarse debería hacerse presente. En
palabras de Francesco Alberoni, un nuevo campo de solidaridad haría su
triunfal entrada en el escenario de las contiendas sociales .
Existe, no obstante, una razón muy especial para tomar en consideración a
la cooperación. Los individuos que conforman una especie no son tales
sin su entorno y, dentro de éste, el de su propia especie; allí
adquieren la personalidad que los hace ser tales. Digámoslo de otro
modo: el individuo es tal por el simple hecho de estar inserto dentro de
un grupo de sujetos; no se entiende de otra manera la afirmación según
la cual toda persona es producto social. La participación de un
individuo dentro de un entorno supone un proceso de cooperación, un
trabajo colectivo destinado a moldear su personalidad para que ocupe
determinado lugar al interior de un nicho social. Si todo fuese
competencia, en lugar de ser formado por esa sociedad, el individuo
debería ser erradicado de ella. De lo cual deriva otra consecuencia:
tratándose de una sociedad que ‘produce’ individuos, toda controversia,
de la naturaleza que fuese, debería resolverse en forma colectiva, y no
individual.
Porque lo que afecta a uno debería ser, también, problema de todos.
Así como no existe el corazón separado del cuerpo al que pertenece,
tampoco existe, en consecuencia, el individuo aislado, el individuo
solo, el lobo solitario, sino el resultado de la interacción con su
especie, y ésta como parte de su entorno ecológico. Si así no fuera,
sería no solamente lógico sino hasta conveniente elegir un modo de vida
distinto que santificara la individualidad. Especialmente, un modo de
vida basado en la competencia, en la disputa permanente de unos contra
otros por una supuesta supremacía. Las soluciones a los graves problemas
se resolverían, entonces, de manera particular. Cada uno lucharía por
lo propio, sin importarle el destino de los demás. Y se haría verdad la
frase de Thomas Hobbes según la cual el ser humano se convertiría ‘en
lobo para el hombre’ (‘homo homini lupus’).
Sin embargo, la cooperación, entendida como base de las relaciones
humanas, pondría en entredicho la estructura de clases de una sociedad;
asimilada a la que existe en las demás especies vivas, haría innecesario
todo tipo de organización jerárquica o piramidal. La cooperación
sustituye la estructura vertical de la sociedad por el desempeño de
funciones originadas en facultades, deseos o aptitudes naturales de los
individuos. En palabras más directas: es imposible concebir una sociedad
más solidaria entre los seres humanos sin el obligado componente de la
cooperación.
COMPETENCIA Y COOPERACION
Charles Darwin no fue un naturalista que simpatizara con la cooperación;
antes bien, fue él quien sentó las bases de la idea según la cual los
seres vivientes compiten entre sí y con las demás especies por la
supervivencia animal en una feroz contienda. Por eso, resultan un tanto
extrañas las menciones que Åke Daun y Hans Norebrink hacen, en su obra
destinada a elogiar la cooperación, publicada en Suecia, año 2009, en
calidad de homenaje al bicentenario del nacimiento de Darwin .
En nuestro artículo destinado a deslindar las responsabilidades del
sabio británico, señalamos que aquel concebía a la competencia como el
fundamento de la variación y de la selección; por ende, la evolución,
concebida a la manera de Darwin, requiere de la competencia, que
aparece, de esa manera, transformada en una ley de carácter universal.
Como lo señaláramos en nuestro artículo, la generalidad de quienes
defienden la cooperación en el carácter de ley universal, siguen
reivindicando a Darwin en todos sus escritos pues nadie se atreve a
criticar al ‘maestro’. Lo hace, también, Tor Nǿrretranders, en una obra
publicada en Estocolmo, que trata de la cooperación con referencias a
las leyes del naturalista inglés .
Hoy en día, la competencia ya no aparece como ley fundamental; tampoco
la cooperación como ley supletoria. A diferencia de cómo se manifestaba
en el darwinismo, la cooperación es la ley universal y la competencia se
presenta como ley supletoria. No son ya pocos quienes han ido abrazando
esta idea. Por el contrario, aumenta día a día el número de quienes ven
a la cooperación (colaboración) como la forma natural de organización
que presenta la naturaleza, y a la competencia como una ley que rige
cuando no puede operar aquella.
Dice, al respecto, Leonardo Boff:
“La ley universal de la evolución no es la competición en la que gana el
más fuerte, sino la interdependencia de todos con todos. Todos cooperan
entre sí para coevolucionar y para asegurar la biodiversidad. Por la
cooperación de unos con otros, nuestros antepasados se volvieron
humanos. El mercado globalizado está gobernado por la más rígida
competición, sin espacio para la cooperación. Por eso, campean el
individualismo y el egoísmo que subyacen a la crisis actual y que han
impedido hasta ahora cualquier consenso posible frente a los cambios
climáticos ”.
EVOLUCIÓN Y COOPERACIÓN
La evolución, aunque ha sido ha sido tratada exhaustivamente por
numerosos autores, no deja de presentar aspectos importantes a
considerar. Podemos aquí, y sin el menor ánimo de realizar un análisis
en profundidad al respecto, consignar algunos comentarios que ponen de
manifiesto las dificultades que enfrentan quienes han decidido emprender
esa tarea.
a) Es, el primero de estos comentarios, que la evolución, en las tesis
darwinianas, aparece como regida por las leyes del mercado. Este
supuesto, fácilmente comprobable, se afirma en referencias que formulan
algunos autores en cuanto a ‘perder’ o ‘ganar’ tratándose de la marcha
del proceso evolutivo. La evolución, con todo, no es un ‘negocio’ a
realizar ni del que se puedan esperar resultados alentadores o
desalentadores; en palabras más simples, no es un proceso que se
caracterice por arrojar utilidades o pérdidas para quienes que lo
experimentan. Es cierto que, a menudo, la naturaleza se muestra hostil
contra las especies y éstas se ven obligadas, continuamente, a
modificar las condiciones de su entorno; todas ellas libran una denodada
lucha por la existencia, por sobrevivir, pero eso no implica,
necesariamente, que se vean necesariamente compelidas a competir entre
sí. Menos, aún, en forma endógena, es decir, dentro de cada una de
ellas. A menudo, la lucha por modificar el entorno y hacerlo más
acogedor para la especie respectiva se realiza contra la dureza extrema
que muestra la naturaleza; pero ese proceso no tiene por qué ser elevado
al rango de ‘competencia’.
b) Un segundo aspecto a considerar nos lleva a afirmar que la
competencia es un concepto. Como tal posee los elementos propios que le
brinda la semiótica: un nombre y un sintagma, es decir, se trata de una
expresión que arrastra su propia carga conceptual organizada como
elemento central de una idea que tiene por finalidad separar
(individuos, pueblos, razas, clases, personajes, seres vivos, en fin) y
no unir. La competencia enfrenta individuos con individuos o grupos con
grupos; no los unifica ni reúne, sino se manifiesta, como una máquina
divisoria.
Esta circunstancia nos conduce al campo filosófico. Si la competencia
constituye, por esencia, la acción de dividir, para que pueda tener
lugar, previo es, sin lugar a dudas, contar con una estructura que,
anteriormente, se haya unido. No hay que olvidar un hecho fundamental:
no se divide lo que no existe, es decir, para poder dividir algo,
necesariamente, y antes de nada, debe darse existencia a ese algo que va
a presentarse, labor que sólo es posible si previamente se une, se
organiza, se conforma una unidad. Las unidades se construyen con la
asociación previa de otras unidades lo que quiere decir, en palabras más
directas, que para constituir una unidad debe, necesariamente, contarse
con la cooperación de otras. La competencia (desunión) implica
conceptualmente cooperación previa. De lo cual se deduce que la ley
universal es la cooperación y que sólo cuando ésta no es posible se
manifiesta la competencia como ley supletoria.
c) La circunstancia que la evolución sea, también, un concepto, nos
conduce, igualmente, a otros derroteros. El primero de ellos es que no
tiene por qué ser asociada inextricablemente a la competencia. Porque,
en verdad, la evolución es un proceso esencialmente mutable,
esencialmente cambiante. Pero no se trata de un proceso que se realiza
linealmente, sino lo caracteriza una sucesiva redistribución de
elementos que, por lo mismo, arroja continuas y nuevas configuraciones.
No se trata de un proceso orientado hacia el infinito y en continuo
progreso o avance hacia formas cada vez más perfectas de existencia,
sino un acelerado intercambio de componentes que, distribuidos de manera
distinta, arroja nuevos modelos y situaciones. Las nuevas
configuraciones no pueden tener existencia sin un necesario e ineludible
proceso de cooperación entre los diversos elementos que van a
originarlas. No son, tampoco, mejores ni peores de las que la han
precedido o la sucederán en el futuro.
FUNDAMENTOS BIOLÓGICOS DE LA COOPERACIÓN
La cooperación no opera entre los seres vivos porque sí. Lo hace porque
existen dos grandes basamentos biológicos en los que se apoya, y un
tercero que es consecuencia de los dos anteriores. Podemos, por
consiguiente, señalar que la cooperación es posible porque está inserta
en la estructura biológica del individuo.
1. Inserción en la estructura cerebral del individuo. El primero de esos
basamentos se encuentra en la estructura cerebral de cada persona. Más
exactamente, en el llamado gyrus cingulis, lugar en donde operan las
llamadas ‘neuronas espejo’. Descubiertas a mediados de la década de los
90, por el afamado biólogo italiano Giacomo Rizzolatti, las ‘neuronas
espejo’ constituyen el mecanismo en virtud del cual los seres vivos
copian la conducta ajena a fin de actuar en armonía con los demás;
facilitan, en consecuencia y en primer lugar, la coordinación de los
movimientos; en suma, la sincronización de la acción entre los seres
vivos y con su entorno. Sin neuronas espejo (o especulares), el ser
humano no podría bailar con su pareja, porque le sería imposible
coordinar sus movimientos con los de aquella, ni constituir agrupaciones
sociales, pues no podría combinar sus acciones con las de otros .
Las neuronas especulares tienen, no obstante, otro atributo: al copiar
las expresiones faciales del prójimo, transmiten al sujeto los
sentimientos de placer o dolor de los demás y, al hacerlos propios, le
avisan lo que podría sucederle de experimentar lo mismo, dando origen a
lo que se conoce bajo el nombre de ‘empatía’: junto con agilizar la
transmisión de información, el sujeto no sólo entiende lo que ha de
ocurrirle en caso de ser víctima de un acto de violencia sino lo
‘siente’ como algo tan suyo que lo hace sufrir; lo cual no significa
sino que ha hecho propio el dolor ajeno.
Las neuronas especulares, al provocar tales efectos, invitan a cooperar,
a colaborar con el resto de la sociedad y no a resolver las
controversias en competencia o lucha con los demás.
2. Inserción en la estructura social de los individuos. El segundo de
esos basamentos se encuentra en la diversidad individual y de especies.
Nada existe en la naturaleza que sea igual a otro. La naturaleza no
repite sus obras sino entrega modelos exclusivos. Un ser humano no es
igual a otro ser humano, una hormiga no es igual a otra hormiga. Cada
ser es obra única e irrepetible. Los seres sólo pueden ser iguales a sí
mismos, no a otros.
Esta circunstancia no es casual. Implica que existe sólo una oportunidad
para conocer y relacionarnos con quien se encuentra a nuestro lado. Esa
oportunidad la da la longitud de vida de cada sujeto. Y eso es algo
impredecible. No existe otra oportunidad para la interacción. Tal
oportunidad se pierde en el ejercicio de la competencia; no así en la
práctica de la cooperación. La eliminación de un ser vivo en la guerra,
en la lucha por la vida, en el libre juego de la competencia constituye
la supresión ad infinitum de una individualidad que jamás volverá a
repetirse.
La diversidad de los seres vivos es un mensaje de la naturaleza dirigido
a quien tenga oídos para escuchar y ojos para ver, en el sentido que
debe interactuar con todos en el escenario en donde vive y no luchar
contra ellos.
Pero la diversidad de los seres vivos, además, implica diferenciación en
capacidades, cualidades y aptitudes; implica, en consecuencia,
comprender que todos los seres vivos son necesarios y están hechos para
ejercitar dichas capacidades y aptitudes con los demás, para suplir lo
que a otros les falta o de lo cual carecen; en suma, la diversidad
enseña a los seres vivos la necesidad de colaborar entre sí.
3. Los orígenes de la moral. El último fundamento de la cooperación se encuentra en los orígenes de la moral.
En efecto, la moral no encuentra sus raíces en la religión o en el
carácter ‘divino’ del ser humano; mucho menos en las relaciones
culturales, aunque generalmente así suceda. En realidad, los orígenes
de la moral han de encontrarse únicamente tanto en la acción de las
neuronas espejo como en la diversidad de los seres vivos. Los orígenes
de la moral son, por consiguiente, biológicos, si a la relación social
asignamos también ese carácter. Así, cuando se plantea un tipo de moral
basado en la acción de la ‘empatía’ y en la necesidad de interactuar con
las demás especies, se organiza un ‘campo de solidaridad’ en donde
priman los valores de la cooperación, de la ayuda mutua, y no de la
competencia, del enfrentamiento o del despojo de lo ajeno. Esto es tan
efectivo que muchos investigadores dedican extensas referencias a la
cooperación dentro del campo de la moral, de la confianza y de la
religión. En especial lo hace Patricia S. Churchland cuando incorpora
capítulos de su obra destinada a estudiar el fenómeno de la cooperación
bajo los sugerentes títulos ‘Cooperation and trusting’ y ‘Religion and
morality’ .
El fenómeno de la reciprocidad, que se aplica a veces con éxito en las
relaciones internacionales, encuentra su fundamento, precisamente en la
moral cooperativa. Es, a la vez, parte integrante de la teoría del juego
que intentara desarrollar John Von Neumann y a la cual, actualmente,
vuelve a referirse Martin Nowak en una obra que hiciera conjuntamente
con Roger Highfield para abordar, también, el tema de la cooperación. A
pesar que el libro se inicia ―como es natural en casi todos los
autores― con una ardiente defensa de Darwin, es notable que en sus
primeras páginas coloque la siguiente y sugestiva frase de Bertrand
Russell:
“The only thing that will redeem mankind is cooperation” .
COOPERACIÓN Y AMOR
Si la cooperación es la forma de relación social entre seres que son lo
que son por efectos de su entorno, uno de los aspectos más interesantes
de aquella dice relación con la forma que reviste la propagación de la
especie a la que pertenece o reproducción.
Para nadie es desconocido que, para el activo intercambio de genes, las
diferentes especies animales se encuentran organizadas en sexos merced a
lo cual pueden perpetuarse; en estricta teoría, sexo no es otra cosa
que intercambio de genes . Por eso, excepcionalmente acepta la
naturaleza la fecundación virginal o partenogénesis. Y es que los sexos
no existen por casualidad sino para la realización de un proceso que
tiene por finalidad aumentar la fortaleza de los individuos y brindarles
una mejor defensa de su propia integridad. La organización sexual de
las especies no tiene, por consiguiente, su explicación en la existencia
de elementos ‘superiores’ e ‘inferiores’ como partes del proceso
reproductivo. Por el contrario, la diferenciación sexual está hecha para
cumplir determinadas funciones biológicas cuya finalidad no es otra que
la de asegurar la permanencia de la especie en el tiempo.
La reproducción exige vinculación, relación, comunicación de un sujeto
con otro. Pero dicha vinculación ha de ser íntima, requiere del acople
de un individuo con otro individuo. Y es requisito de todo acople una
adecuada sincronización de los actores. En palabras más directas: sin
cooperación, el intercambio de genes no podría realizarse. Porque la
cooperación, al facilitar la sincronización, permite el acoplamiento de
las especies y la multiplicación de las mismas.
En la fase de la reproducción, los seres vivos no solamente requieren de
la cooperación para el activo intercambio de genes sino para otras
finalidades como lo es el cuidado de la prole, labor que sería imposible
de no existir un mecanismo que la hiciera posible. En los seres vivos,
tal colaboración se logra, como ya lo hemos adelantado, en virtud de un
complejo mecanismo que va desde la producción de determinadas hormonas,
que atraen la atención del sexo opuesto, a la acción de las neuronas
espejos, que permiten copiar la conducta ajena y conducen a la
sincronización de los movimientos. Ya lo hemos dicho anteriormente: si
no pudiese darse la cooperación, la danza del amor sería imposible.
De entre las sustancias que participan en el proceso de la reproducción
de la especie tiene activa participación la llamada oxitocina . Esta
hormona, conocida también bajo el nombre de ‘droga del amor’, se pone en
acción en combinación con otras sustancias similares producidas también
por el cuerpo. Es la que impulsa la cooperación entre los sexos y ha
sido objeto especial de estudio por parte de numerosos especialistas, de
entre los que vale la pena citar a la bióloga sueca Kerstin Uvnäs
Moberg y el neurólogo norteamericano Arthur Janov.
COOPERACIÓN Y MOVIMIENTOS SOCIALES
Si aceptamos que la cooperación es la forma normal que revisten las
relaciones sociales entre los seres vivos y, por consiguiente, entre los
seres humanos, también ha de aceptarse aquella en el carácter de piedra
angular y basamento sobre el cual se construyen las organizaciones. De
hecho, no sucede de otra manera en la vida real: los movimientos
sociales aparecen frecuentemente como consecuencia de la agrupación de
personas en torno a una finalidad o un deseo común. Para que ello suceda
es necesario un proceso previo de unificación de voluntades, de
transferencias de ideas, de comunicación intensa y motivadora que se
traduzca en encuentros o reuniones continuas de individuos que,
finalmente, dan origen a una nueva voluntad personalidad colectiva que,
en el carácter de ‘movimiento’, se manifiesta dispuesto a hacer valer su
potencialidad. Porque la unión no es otra cosa que cooperación,
colaboración, contribución, acción colectiva. Un movimiento no puede
existir si, previamente, no se manifiesta la cooperación de quienes van a
darle origen.
Sin embargo, allí no termina la labor de la cooperación. El movimiento,
de acuerdo a lo que expresa Francesco Alberoni, es ‘estado naciente’, es
decir,
“[…] una esperienza tanto individualle quanto collettiva che genera un
nuovo tipo di azione sociale, una nuova solidarietà, un’onda d’urto
sulle strutture stabilite ed una volontà di rinnovamento radicale,
un’esplorazione del possibile per cercare di realizzare qualcosa di
quanto era stato intravisto” .
Un movimiento no puede funcionar con sus integrantes compitiendo entre
sí sino, por el contrario, los necesita colaborando estrechamente para
generar ese nuevo tipo de acciones sociales, para crear la nueva
solidaridad, para tener esa voluntad de renovación radical que requieren
los cambios.
Podría decirse que, a menudo, la cooperación se da en carácter de
jerarquía y verticalidad; pero si ello ocurre no es sino por efecto del
dominio que ejercen las ideas imperantes. En tal caso, la cooperación se
ha estatuido en función de la dominación; y es sabido que el dominador
es un sujeto altamente competitivo. La dominación es su forma de vida.
El dominador, sin embargo, no es un individuo al que se pueda acusar de
ser falto de inteligencia. Por el contrario, es enormemente inteligente;
de otra manera, no sería dominador. No ignora, en consecuencia, que si
los seres humanos compitiesen constantemente entre ellos le sería
imposible unirlos y hacerlos trabajar para sí. Entonces recurre al
ejercicio de la cooperación forzada. Se impone sobre todos ellos y los
domina obligándolos a cooperar con él. La cooperación forzada es, así,
un invento del dominador para ejercer la dominación sin trabas. De lo
cual se deriva que la competencia se da como una forma cultural de
resolver los conflictos de interés. No es, por consiguiente, una ley de
la naturaleza que organiza a los seres vivos y señala la forma de
sociedad que éstos deben adoptar. Por el contrario, conduce a la
desorganización de lo que ya existe.
LA NUEVA SOCIEDAD Y LA COOPERACIÓN
Una sociedad que permita la plena realización del individuo no puede
concebirse sin cooperación; es más, las protestas, las revoluciones, las
marchas, las huelgas, las luchas sociales y, en general, las
manifestaciones que bajo cualquier respecto buscan mejorar las
condiciones de vida de los seres humanos no parecen sino estar
inspiradas en la reivindicación de formas cooperativas de convivencia
que existieron en una época pasada y que aparecen, cada cierto tiempo,
en el carácter de reminiscencias atávicas. Como si la humanidad toda
quisiese retomar una experiencia exitosa que le fue sustraída en otras
épocas y lugares. Como si anhelase al retorno de una ‘unidad originaria’
primordial. Y ello es imposible sin contemplar a la cooperación como
fundamento de las acciones.
Una forma cooperativa de vida es una forma simbiótica de vida: obliga a
mantener armonía con la naturaleza o el medio ambiente, y hacerse parte
de ese entorno. Desde este punto de vista, de instaurarse, implica una
innovación radical respecto de lo que ya existe. La economía, como
disciplina científica que estudia cómo preservar la riqueza en grupos
reducidos de individuos, no podría ser reformada a fin sólo de lograr
que ésta pudiese hacerse extensiva al todo el conjunto social, sino ha
de ser drásticamente reemplazada por una ecología basada en la idea
según la cual el ser humano es producto de su propio entorno natural y
que a él se debe. Un sistema en donde no opere el lucro como motor de la
economía, ni lo que se ha dado en denominar ‘obsolescencia programada’.
En el fondo, una ecología en donde no haya que luchar por la riqueza ni
por la acumulación, aunque éstas encuentren su justificación en la sola
circunstancia de ser colectivas, sino una ecología que permita entregar
lo que la propia naturaleza tolera como posible. Un equilibrio en el
desequilibrio . Una exploración al borde del caos. Una estabilidad
dentro de un punto de inestabilidad. Pero eso requiere de otras formas
de pensar, que no es del caso tratar en esta oportunidad.
Santiago, octubre de 2011
2 Véase de Karl Marx el primer tomo de su obra ‘El Capital’ en la parte referida a ‘la cooperación capitalista’.
3 Véase de Piotr Kropotkin su obra “Ayuda mutua”.
4 Véase de Robert Axelrod su obra “The evolution of cooperation” (‘La evolución de la cooperación’).
5 El dilema del prisionero fue tratado por Von Neumann y se refiere a
lo que sucedería a dos personas que cometen un delito, son apresadas e
interrogadas por separado. ¿Cooperarán entre sí para salvarse? ¿Qué dirá
el primero del segundo? ¿Se culpabilizarán recíprocamente o colaborarán
entre ellas a fin de lograr la libertad para ambas? El ‘toma y daca’
(‘tit for tat’) corresponde a la selección que uno de los jugadores hace
y que, si bien no le raporta las mejores utilidades, le evita un daño
grave para el caso que pierda. No comprenden ambas categorías el trato
igualitario que se da entre personas cuando una se relaciona con otra de
la misma manera como ésta lo hace con ella. Equivale, en las relaciones
internacionales, a lo que se conoce bajo el nombre de ‘reciprocidad’.
6 Véase de Fritjof Capra el libro “The webb of life” (‘La trama de la
vida’), dedicado a hacer un resumen de las principales teorías modernas
que dicen relación con los seres vivos.
8 Véase de Franceso Alberoni su obra “Genesi”.
9 Åke Daun y Hans Norebrink: “Snällare än du tror” (‘Más gentil de lo que crees’), Sandbook, Falun, 2009.
10 Véase de Tor Nǿrretranders, “Den generösa människan” (‘El generoso
ser humano’), publicado en 2003, en Stockholm, por la Bookhouse
Publishing AB.
11 Boff, Leonardo: “Frente a la crisis: cuatro principios y cuatro
virtudes”, publicado en la pág. de Leonardo Boff, www.leonardoboff.com,
24 de julio de 2011. Véase, también, de este autor su artículo
“¿Competencia o cooperación?”
12 Véase la obra de Joachim Bauer “Varför jag känner som du känner”
(‘Por qué yo siento lo que sientes’), Natur & Kultur, Stockholm,
2007.
13 Churchland, Patricia S.: “Braintrust” (‘Confianza cerebral’), Princenton University Press, New York, 2011.
14 Nowak, Martin: “Supercooperators” (‘Supercooperadores’), Free Press, New York, 2011, en colaboración con Roger Highfield.
15 ‘La única cosa que puede redimir a la humanidad es la cooperación’.
16 Véase, al respecto, de Lynn Margulis y Dorion Sagan el libro “¿Qué es la vida?”.
17 Véase de Arthur Janov su libro “La biología del amor”.
18 Véase de Kerstin Uvnäs Moberg su libro “Närhetens hormon” (‘La
hormona de la cercanía’), publicado por la editorial Natur & Kultur,
Stockholm, 2007.
19 Alberoni, Francesco: “Genesi”, Garzanti editore s.p.a., 1989, Milano, pág. 40.
20 Véase de Josef H. Reichholf “Stabila ojämvikter. Framtidens
ekologi”, (‘Desequilibrios estables. Ecología del futuro’) de Josef H.
Reichholf, 2010, Bokförlaget Daidalos AB, Göteborg, libro que trata del
mundo del desequilibrio. Su último capítulo es sugerente: “Ojämvikten är
framtiden”, el desequilibrio es el futuro.
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