16 jun 2012

. ¡OTRA VEZ LAS EMBAJADAS!

Manuel Acuña Asenjo. - Estocolmo, diciembre de 2004
.
Un embajador es el representante político en el extranjero del gobierno de turno de cada país. Su nombramiento es responsabilidad directa del jefe de estado, a quien representa personalmente. Es, al igual que éste, el rostro público de la nación. Esta circunstancia puede explicar el extremo cuidado de todo gobernante cada vez que haya de designar alguno de sus representantes en el exterior.

El gobierno de la Concertación no se ha caracterizado por su extrema acuciosidad en la realización de esa labor; antes bien, muestra una manifiesta deficiencia. Puede suponerse -con fundamento, por cierto- que ello se deba a las espurias fuentes de orígen de donde proviene gran parte de su representación (parlamentaria, administrativa y diplomática). No debe olvidarse una enseñanza fundamental: los sujetos que actúan en la región jurídico/política del modo de producción capitalista proceden de cuatro inevitables áreas de selección: a) de las cuotas de participación que corresponda a cada una de las diferentes facciones integrantes de la coalición gobernante, b) de las prácticas nepotistas de los dirigentes con mayor poder, c) de sus relaciones sociales y d) de las presiones de los grupos de poder que se forman al amparo de las alianzas políticas. Las sedes de las representaciones diplomáticas, más que prolongaciones de las relaciones interestatales, se transforman en centros de poder de las distintas clases o fracciones de clase que operan en el gobierno; cada uno de los designados forma su propio equipo de trabajo. Las disputas por el mejor derecho a apoderarse de las embajadas se hacen frecuentes y no siempre la persona que se nombra para el cargo representa la opción más acertada. Es lo que sucede con el gobierno de la Concertación. El propio partido que fundara el presidente Ricardo Lagos, el Partido Por la Democracia (PPD) se ha caracterizado por ser uno de los más voraces predadores de sedes diplomáticas. Una de ellas, la de Suecia, puede hoy ser considerada como propiedad de dicha coalición, luego de haber sido sede del Partido Radical (PR). Que hoy esté a la cabeza de ella el señor Alvaro García Hurtado no es una simple casualidad. Como se ha sostenido en algunas publicaciones, su calidad de militante del PPD y de amigo personal del sr. Presidente, le habilitan sobradamente para administrar la embajada de Chile en Suecia. A pesar de su sorprendente paseo por los sillones directivos de INVERLINK y de su participación activa en la dirección de una de las empresas filiales de ese holding. Tales ‘manchas’ se borran con un ‘veraneo’ por el extranjero y permiten retornar inmaculado al interior. Con mayor razón, si se emplea una de las embajadas que pertenece a la colectividad donde se milita.
El pasado año, y luego de resolverse una de las tantas e ineludibles disputas por la propiedad de las embajadas, designó el sr. Presidente de la República en calidad de titular de la sede diplomática en México a un sujeto bastante curioso. Hombre predilecto del timonel de la Democracia Cristiana (DC) sr. Adolfo Zaldívar, este licenciado en derecho de la Universidad Católica de Valparaíso (UCV), nacido un 7 de julio de 1936, y empresario (es director de Agroindustria Nacional S.A.) asumió el cargo a principios de 2003, en reemplazo de su ex camarada de partido, ex militante de la Izquierda Cristiana (IC) y actualmente militante del Partido Socialista de Chile (PS) Luis Maira. La embajada de Chile en México fue ganada, de esa manera, para la DC.
Carlos Fernando Molina Vallejo es una de esas personas que puede calificarse como uno de esos bíblicos ‘doctores de la ley’. Lo había demostrado ya durante su desempeño como rector de la Universidad Católica de Chile y en otros cargos de menor consideración. Apego a la norma, a lo establecido, no importa de dónde ella provenga, es su forma de vida. Pero a los sujetos con mentalidad farisaica, no sólo les siguen como la sombra al cuerpo los atributos de estado civil y nacionalidad que prescribe la Constitución sino, además, las formas culturales de la sociedad en que viven. Pocas veces piensan o practican la regla de oro de la diplomacia que exige del hombre prudente “al país que fueres, haz lo que vieres” sino pretenden hacer prevalecer sus costumbres procesales por sobre la legalidad de la nación en que se asientan. Esto puede, en gran medida, explicar que, a poco de llegar a México el sr. Molina Vallejo, comenzaran los problemas.
Así fue. Casi inmediatamente después de hacerse cargo de la embajada, llamó la atención del sr. Molina Vallejo que cerrase aquella sus puertas a las 13 horas y el personal se retirase a sus casas. Se le dijo que esa jornada de trabajo, que iba de las 8,30 de la mañana y finalizaba efectivamente a las 13, había comenzado a aplicarse durante el período del anterior embajador. Pero un jefe no puede aceptar semejante explicación, ni se rige por las reglas dictadas de quien le ha precedido sino impone las propias; menos un jefe que es embajador y un embajador que es demócrata cristiano. Y bajo ninguna circunstancia, ceñirse a las normas impuestas por quien fue demócrata cristiano, militante de la Izquierda Cristiana y luego socialista, cuyo partido, finalmente, perdiera la propiedad de la embajada. Todo nuevo titular asume para disponer lo que se ha de hacer y no para hacer lo que otro ha dispuesto. Fue la forma de actuar que adoptó el sr. Molina. Con las consecuencias fáciles de prever, como diría un bando de la Junta Militar que su partido apoyara en los primeros años de la dictadura.
De esa manera, comenzó el sr. embajador a estudiar las posibilidades legales de modificar esa situación. Su primera misión consistió en averiguar qué decían al respecto los contratos de trabajo. Y lo que había en ellos le era ampliamente favorable a sus propósitos. Molina Vallejo determinó, entonces, conversar con el personal y hacer pública su decisión de modificar el horario de trabajo. Los funcionarios no aceptaron la propuesta. Consideraron que dicha medida consistía en una simple prolongación de la vigencia de la jornada de trabajo. No dejaban de tener razón: aumentar el horario de trabajo implica para el funcionario absorber una mayor carga de trabajo, es decir, realizar un plus trabajo; el plus trabajo da orígen a un mayor resultado para el patrón que es el plus producto y todo plus producto se traduce en una mayor utilidad también para el patrón, o sea, plus valor En las luchas sindicales, la producción de un mayor plus valor debe compensarse pecuniariamente, es decir, con una subida de los sueldos o salarios. Tal fue la respuesta que entregaron los funcionarios de la embajada al sr. Molina Vallejo: queremos aumento de remuneraciones. En apoyo de sus demandas sostuvieron que, tanto en 1997 como en 2000, el anterior jefe de la misión diplomática, Luis Maira, había entregado un comunicado en virtud del cual se establecía la jornada de trabajo en los siguientes términos:
“…el horario de trabajo para todo el personal de la Embajada de Chile, excepto el Departamento de Economía y la Agregaduría Militar será, de lunes a viernes, en jornada única, entre 8,30 y 13 horas”.
Agregaban los trabajadores que, al momento de firmar los respectivos contratos de trabajo, la propia embajada les había informado de algo crucial: el horario de trabajo establecido en los documentos que firmaban se consignaba para el solo efecto de cumplir con las leyes chilenas que establecían ese sistema. Puesto que dichas cláusulas parecían consistir en una mera formalidad, ellos habían firmado de buena fe.
Entretanto, otras difíciles situaciones se presentaban al sr. embajador.
Un nuevo rico se caracteriza por su exuberancia, sus aires de grandeza, su necesidad imperiosa de demostrar que es ‘alguien’. El sr. embajador necesitaba sirvientes en su residencia. De todo tipo, cocineras, aseadoras, jardineros, choferes. A fin de obtener lo que necesitaba, Molina Vallejo contrató una agencia de servicios. Pero las cosas no marcharon como él suponía que lo harían. Los servicios no se prestaban en la forma que quería y, ante esa circunstancia, el sr. embajador suspendió los pagos a la empresa esperando obligarla a reaccionar con tal medida. Fue un error. En marzo de 2004 se hizo público el escándalo. La representación diplomática fue denunciada en el programa de la TV mexicana ‘A quien corresponda’ donde se acusó directamente al ‘embajador chileno’ de no pagar parte de los sueldos que correspondían al personal que trabajaba en su residencia particular. La noticia se dió a conocer en Chile y el informativo del Canal 13 de TV ‘Teletrece’ lo publicó en su página de Internet, en tanto el gobierno se apresuraba a recabar información a la embajada por sus canales internos.
Pero hubo más. Molina Vallejo no estaba contento con el estado de su nueva residencia. No reunía las cualidades exigidas por él. Debían hacérseles ciertas reparaciones y reformas. Conversó al respecto con los propietarios del inmueble y les propuso la idea de realizar aquellas, pero no con cargo a los usuarios sino a los dueños de la finca. La proposición no fue aceptada y Molina Vallejo decidió hacer los arreglos por su cuenta y descontarlos del arriendo que pagaba. Cuando llegó el momento de hacer las deducciones, los propietarios no sólo montaron en cólera por lo que consideraron un atropello, sino iniciaron las gestiones judiciales del caso. Según el periódico chileno ‘La Tercera de la Hora’, en su edición digital de 28 de noviembre, “en esta misma línea, la propietaria de la antigua residencia de Molina también amenaza con demandarlo por supuestos destrozos en el inmueble”.
En la residencia del sr. embajador no todo andaba bien. El día 3 de octubre presentó la sra. Mercedes Martínez, trabajadora doméstica de dicha residencia, una denuncia ante la Agencia 30 del Ministerio Público mexicano, correspondiente a la Fiscalía del sector Miguel Hidalgo. La sra. Mercedes afirmó haber sostenido un altercado con María Cosntanza Matthei Salvo, cónyuge del embajador, al final del cual ésta la golpeó violentamente. La causa quedó abierta el 7 de octubre del presente año bajo el rótulo “Averiguación Previa MH3/T1/648/04-10”.
Mientras, las relaciones entre la legación diplomática y el personal de oficina de la misma legación empeoraron. Molina insistía en apoderarse del plusvalor de los trabajadores. Ante la negativa de éstos, se dispuso la vigilancia de las más antiguas, a saber, Ana María Flores Ceceña, secretaria, con 11 años de antigüedad, y una persona que prefirió mantener su anonimato, con 13 años de antigûedad. La vigilancia consistió en controlar el uso del tiempo de ambas durante las horas de oficina, es decir, si llegaban o no con puntualidad, si se retiraban o no a la hora indicada, si recibían o no visitas ajenas a las normales de la embajada, si se ausentaban o no injustificadamente de la oficina, si hablaban mucho por teléfono, en fin. En el fondo, con esas medidas se daba inicio a la preparación de las condiciones que permitirían el despido de ambas funcionarias, evitándose así la embajada el pago de las indemnizaciones que conceden las leyes mexicanas a los trabajadores, tratándose de despidos injustificados. Al final, el cerco a las funcionarias arrojó sus frutos: se descubrió que hablaban mucho por teléfono y que el mayor costo de esas llamadas ponía en peligro la estabilidad económica de un país llamado Chile, arrastrando a su estado a la bancarrota. En el comunicado de la embajada donde se informó del despido de ambas funcionarias se indicó como razón de la medida la “falta de probidad y honradez” de ambas, que se dedicaban a “robar al erario chileno, incurriendo en gastos excesivos por teléfono”.
Inmediatamente de despedidas las funcionarias, se apresuró el Consejero de la embajada, Jaime Bascuñán, a citarlas a su despacho para advertirles que se abstuvieran de concurrir a las instancias legales mexicanas pues ‘aunque ganarán la demanda, los bienes de la embajada chilena son inembargables debido a que nos protege la Convención de Viena”. Y el día 10 de octubre de 2004, libre ya del lastre que significaba la prolongación de los servicios de aquellas dos funcionarias, el gobierno de la Concertación, por intermedio de su embajador Molina Vallejo, procedió a extender la jornada de trabajo de los funcionarios de la embajada de Chile en México hasta las 18 horas, apropiándose del plus valor que producían, sin otorgarles compensación pecuniaria alguna.
El conflicto con el Cónsul General.
Los actos de Molina Vallejo no contaron en absoluto con la aprobación del Cónsul General de Chile en México, Raúl Elgueta González; por el contrario, recibieron su más rotunda rechazo. Como era de esperarse, tal actitud molestó profundamente al embajador. Por razones derivadas de un mecanismo de la teoría de la organización que se conoce, vulgarmente, bajo el nombre de ‘lealtad’ y que es necesario utilizarlo siempre en la diplomacia, el Cónsul estaba impedido de hacer públicos los desatinos de su superior; tampoco podía estar, constantemente, haciéndolos presente a su instancia superior en Chile, es decir, a la Subsecretaría de Relaciones Exteriores. Pero eso no impedía a Raúl Elgueta exponer directamente al embajador sus puntos de vista, lo cual empeoró las relaciones entre ambos. Había un hecho adicional. Educado en la escuela sindicalista de Clotario Blest, con quien trabajara durante muchos años, junto a otras personas entre los cuales se cuenta el autor de estas páginas, Raúl Elgueta jamás iba a olvidar ciertos principios sociales que marcarían el curso de su vida: estar junto a los desposeídos, a los que sufrieron el rigor de la dictadura y a quienes seguían experimentando la indiferencia de la democracia. El Cónsul trataba con los exiliados chilenos, a diferencia del embajador que se relacionaba con sus camaradas de partido, ciertos estamentos de la clase alta mexicana y otros del empresariado criollo.
Los sucesos se desencadenaron con ocasión de la visita que el buque escuela ‘Esmeralda’ iría a realizar a México durante los primeros meses de 2004. Es un hecho conocido que las visitas de esa unidad naval a los diferentes puertos del mundo, provoca un rechazo generalizado en todas las colonias de chilenos en el exterior. Nadie olvida que el barco aquel fue utilizado en el carácter de prisión, centro de torturas y ejecución durante los primeros días de la dictadura, hecho reconocido por la Armada, según lo consignara el Texto-TV de la BBC, en su edición de 2 de diciembre de 2004. Por eso, en cada oportunidad que dicha unidad arriba a un puerto donde residen chilenos, las manifestaciones son generalizadas. No iría a ocurrir algo diferente en México con tan poco graciosa visita.
‘Ni olvido ni perdón’ había sido el grito del CODEHS en los años en que Raúl Elgueta trabajara en esa entidad. El Cónsul supo así del lugar donde había de estar en esa ocasión. Apoyó, por consiguiente, los actos de los exiliados chilenos en contra de la unidad naval. Molina Vallejo no sólo estuvo en contra de tales manifestaciones sino las hizo públicas y criticó duramente la opinión de Raúl Elgueta.
Los hechos protagonizados por el embajador eran de público conocimiento. La colonia chilena estaba enterada de tales hechos. Existía, por ende, un sentimiento de aversión hacia la persona del embajador. Su posición abiertamente reaccionaria frente a la visita del buque escuela ‘Esmeralda’ fue la gota que rebalsó el vaso. Personeros vinculados a las organizaciones más radicalizadas de chilenos comenzaron a hacer circular una lista para exigir la salida del embajador, que sería enviada al gobierno. Molesto como estaba, Molina Vallejo no encontró nada mejor que culpabilizar al Cónsul de la confección de dicha lista. Y sin mayor demora lo acusó de promocionar esa acción. La acusación fue enviada a la Subsecretaría de Relaciones Exteriores a fin que se iniciara un sumario administrativo en contra de Raúl Elgueta. Los cargos por los que se acusó al Cónsul fueron descritos, más tarde, por éste como ‘injustos, pintorescos y políticos en su esencia’.
El día 18 de octubre de 2004, en una de sus páginas principales (la 2-A), bajo el sugerente título “La inmunidad diplomática, escudo para la prepotencia” escrito con grandes letras, informaba el periódico “El Monitor”, uno de los más influyentes diarios mexicanos, que “el embajador chileno Fernando Molina enfrenta demandas laborales y penales por abuso contra trabajadores a su servicio”. Junto a una fotografía suya, donde aparece muy sonriente, se insertó su curriculum vitae, seguido de un retrato donde aparecen saludándose, para la posteridad, los Presidentes de México y Chile, Vicente Fox y Ricardo Lagos, respectivamente. Más abajo, denunciaba el matutino la comisión, por parte del embajador, de una “serie de abusos contra trabajadores a su servicio, que motivaron ya una demanda laboral y un proceso penal ante el Ministerio Público”… Agregaba el diario que, además, Molina Vallejo tenía un “diferendo con una empresa que ofrece servicios domésticos por no pagar los honorarios correspondientes al trabajo desempeñado por empleados en la residencia del embajador”. En lo demás, el artículo se refería al caso de las dos funcionarias despedidas, a la agresión de la cónyuge del embajador a la trabajadora doméstica y al problema de la denuncia en la TV mexicana.
Once días más tarde, y haciendo uso de su feriado, viajó el Cónsul General a Chile (29 de octubre) donde se entrevistó con los personeros de gobierno.
La resolución de despedir al embajador Molina Vallejo fue adoptada a mediados de noviembre. El 18 del mismo mes, tenía ya el nuevo Canciller Ignacio Walker (DC) una carpeta con numerosos reclamos en contra del embajador. Muchos particulares se habían quejado, además, de ‘mala atención’ por parte de esa sede diplomática. El día 23, el mismo Canciller llamó al embajador para pedirle, sin más trámite, su renuncia y el 30 de noviembre, informaba ‘La Tercera de la Hora’ que el embajador viajaba de regreso a Chile.
No es una simple “operación política”.
No ha sido una simple “operación política el despido del embajador”, como lo afirmara el ex diputado DC Tomás Jocelyn-Holt al matutino ‘La Tercera de la Hora’ el 28 de noviembre, ni que Molina Vallejo haya sido “víctima de crítica de dudosa calidad y sin mayor contenido” sino una medida extrema que bien se pudo evitar con una más cuidadosa selección del personal diplomático. El caso de Molina Vallejo no es lo único que ha sucedido en el mundo de las relaciones exteriores chilenas, campo de batalla para la burocracia estatal que se desarrolla al amparo de la Concertación. No vamos a dar nombres al respecto. Bástenos tan solo con recordar algunos hechos. No muchos. Como la actuación del autor del libro “Nosferatu y otros exiliados”, embajador chileno en Israel, a los pocos años de la Concertación; del autor de ‘La boda del poeta’, embajador de Chile en Alemania que deseaba una sede más amplia y más solemne; de las altas rentas y franquicias otorgadas a los agregados; de la manifiesta frivolidad e incompetencia de éstos. ¿Necesitamos recordar los problemas creados con la vedette/actríz, vinculada al hijo adoptivo de un ex ministro de la Concertación, y de otros personajes similares? En el nombramiento de estos pícaros y truhanes intervienen agentes del gobierno, políticos y parlamentarios. La lista es larga y no vale la pena insistir.
Es importante destacar, con todo, algo fundamental: estos problemas se generan como consecuencia de una política que, por sobre los intereses de las clases dominadas, privilegia el establecimiento y desarrollo de una nueva fracción de la burguesía, orientada a ocupar los más altos cargos de la administración política del país y de la empresa privada. El objetivo de tal empresa no es sino establecer un sistema ágil y oportuno que no sólo permita el rápido y constante traspaso al ámbito privado de elementos desarrollados al amparo del sector estatal y viceversa sino, además, construya los nexos que hagan posible la máxima realización de negocios rentables y lucrativos con el Estado. Una copia, en gran medida, del modelo norteamericano en donde las finanzas de la nación constituyen la prolongación de las finanzas del sector privado, es decir, de los grandes consorcios transnacionales que operan en ese país. No hay que olvidar un hecho: en el caso INVERLINK.no sólo participaba de ese trasvasije espurio el ex Ministro de Economía y actual embajador de Chile en Suecia Alvaro García Hurtado sino, además, el superintendente de las Administradoras de Fondos Previsionales AFP Julio Bustamante. Un modelo al servicio del ‘pueblo’ y del bolsillo propio.

Estocolmo, diciembre de 2004.
Publicado el : |2004-12-03|


Enviar Envíar página Print this Imprimir

Envíos: 2 Muestras: 1190