16 jun 2012

RÉQUIEM POR UN TRABAJADOR FORESTAL. PARTE II (Cap IV - V)

Un ‘gobierno’ representa políticamente al Bloque en el Poder

RÉQUIEM POR UN TRABAJADOR FORESTAL. PARTE II (Cap IV - V)
Piramide del capitalismo
Manuel Acuña Asenjo
4. LAS GRANDES CLASES PROPIETARIAS DE CHILE

ESTRUCTURA DEL BLOQUE EN EL PODER

Profundizar un poco más en la estructura del Bloque en el Poder que existía dentro de la sociedad chilena a principios del 2007 como, asimismo, desvelar el carácter de la alianza denominada ‘Concertación’, a la misma fecha, no es materia que posea únicamente valor teórico: permite conocer la naturaleza del estado capitalista y entender las razones del comportamiento de sus agentes. Es lo que haremos en las páginas que se siguen, a riesgo de cansar un tanto al lector.

Hemos señalado que a todo Bloque en el Poder lo integran clases y fracciones de clase dominantes.
Lo que nos conduce a definir las clases sociales como vastos contingentes humanos unidos por intereses comunes que los hacen contraponerse antagónicamente unos a otros, dentro de un determinado modo de producción que es a la vez, modo de dominación. Aunque las clases sociales existen tan solo en la confrontación de intereses, desde el punto de vista teórico pueden determinarse de numerosas y variadas maneras. La forma de cómo se realiza tal determinación conduce a establecer diversos tipos de clases, pudiendo así distinguirse, entre otras:
1. Desde el punto de vista de su dominancia, clases dominantes y clases dominadas;
2. Desde el punto de vista de su determinación estructural dentro del modo de producción capitalista, clases compradoras y vendedoras de fuerza o capacidad de trabajo;
3. Desde el punto de vista de su territorialidad, clases nacionales e internacionales;
4. Desde el punto de la posesión de capital, clases capitalistas y proletarias;
5. Desde el punto de vista de su predominio dentro del Bloque en el Poder, clases hegemónicas y subordinadas;
6. Desde el punto de vista de su compromiso con la perpetuación del estado, clases reinantes, colaboradoras (ayuda) y mantenedoras; y, finalmente,
7. Desde el punto de vista de su fraccionamiento con relación al volumen de capital acumulado, clases grandes, medianas y pequeñas.
Dentro del estado capitalista ―ya lo hemos dicho― las clases sociales se manifiestan divididas en el carácter de fracciones. Muchas de estas fracciones pueden determinarse estructuralmente, como sucede con aquellos grupos que se forman en la rotación del capital (industrial, bancaria y comercial). Pero esto no significa, en modo alguno, que se presenten de esa manera en la escena política de la nación.
El concepto de ‘clase’ es crucial para entender el funcionamiento del Bloque en el Poder. Esta estructura teórica no posee expresión institucional alguna; sin embargo, a diferencia de la escena política, que sí se la tiene y se presenta como un ‘campo’ o ‘espacio’ dentro del cual operan los ‘actores’, el Bloque en el Poder es una figura en la cual se condensa la acción conjunta de grupos humanos unidos por la necesidad de imponer sus intereses por sobre los demás. No se manifiesta como institución ni está compelido a obedecer normas positivas o a adoptar determinada forma legal.
Un bloque no es una alianza; ésta tiene estructura y normas manifiestas que la regulan. Funciona, además, en la escena política de la nación y está constituida por partidos que declaran su voluntad decidida de actuar unidos para enfrentar de esa manera determinadas situaciones.
En 2007, el Bloque en el Poder que existía al interior de la sociedad chilena estaba compuesto de las siguientes clases y fracciones de clase dominante, a saber:
- La gran clase terrateniente o latifundista; y,
- La gran clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, en sus siguientes fracciones:
- La gran burguesía industrial;
- La gran burguesía bancaria; y
- La gran burguesía comercial.
A todas ellas nos referiremos, aunque en forma sucinta.
1.La gran burguesía terrateniente.
Puede resultar extraño, en esta parte, referirnos a la presencia de una poderosa clase terrateniente en Chile, a la manera que pudo existirla en el curso de los siglos ya pasados. Sin embargo, tras ese fenómeno subyacía un reordenamiento de la propiedad territorial iniciado en plena dictadura militar, y concluido bajo el gobierno de la Concertación. Los datos que poseemos alcanzan al año 2005. Algunos antecedentes son bastante elocuentes. Bástenos saber, por vía de ejemplo, que ya existían, en 1997, 330 mil explotaciones privadas, de las cuales, apenas el 8,1% pertenecían a grandes y medianos propietarios; sin embargo, controlaban éstos el 76,9% de la superficie agrícola cultivable de todo el país. Y aún así miraban con recelo al estado, dueño del 35% del territorio nacional con un total de 25 millones de hectáreas que incluían tanto las propiedades fiscales propiamente tales como las áreas protegidas.
En un mundo ‘globalizado’, dentro del cual estaba inserta la nación chilena, no debía sorprender que entre sus grandes terratenientes figurasen inversionistas extranjeros y criollos, naturalmente, distribuidos en grandes, medianos y pequeños. Por la importancia que representaron, y para una mejor comprensión, los hemos agrupados según regiones, distinguiendo las siguientes: norte, centro, sur y austral.
1.1.Gran burguesía terrateniente del norte.
En el norte del país no existía una fracción internacional que pudiese considerarse importante. La burguesía terrateniente nacional estaba representada por Víctor Rissetto, propietario de 250.800 hectáreas en Atacama; la familia Prohens, dueña de 673 hectáreas en Copiapó; Aldo Lombardi, con 150 hectáreas en la Primera Región; Américo Trufa, dueño de 50 hectáreas también en la Primera Región; Mario Gardilcic, con 100 hectáreas en idéntico lugar; la familia Prokurika, poseedora de 93.000 hectáreas en la Tercera Región; Orlando Chacra, propietario de 27.500 hectáreas en Ovalle, localidad de la Cuarta Región; Ricardo Ariztía, dueño de 22.000 hectáreas también en a Cuarta Región; Ricardo Hageman, propietario de la ex Hacienda ‘Castilla’, de 220.000 hectáreas en Atacama. La Cuarta Región era bastante apetecida y existían numerosos empresas y particulares que poseían otros negocios de carácter agrícola, destacando algunos nombre tales como ‘El Tanque’, ‘Del Monte’, ‘Unifrut’, entre otros.
1.2.Gran burguesía terrateniente del centro.
Una idea aproximada del significado de la posesión de determinado número de hectáreas en la zona central nos la da la extensión de la superficie urbanizada de la ciudad de Santiago que, en ese entonces, era de 60 mil hectáreas, aproximadamente. Al igual de lo que sucedía en la zona norte, tampoco en ésta existía una burguesía terrateniente internacional significativa. Los más exitosos latifundistas nacionales eran Ricardo Ariztía, dueño de 2.000 hectáreas; Gonzalo Vial, con 25.000 hectáreas y el control de la empresa ‘Agrosuper’; Pedro Tomás Allende, dueño de 1.860 hectáreas, quien a la fecha controlaba el 80% de la industria SOPRAVAL; Ismael Ossa, con 13.000 hectáreas y la hacienda ‘La Rosa de Sofruco’, y José Soler, propietario de algunas empresas frutícolas entre otras, COPEFRUT.
1.3. Gran burguesía terrateniente del sur.
1.3.1.Gran burguesía terrateniente internacional del sur.
En esta fracción de la burguesía terrateniente podíamos encontrar a dos grandes propietarios, el primero de los cuales era Douglas Tomkins, de nacionalidad estadounidense, que poseía 300.000 hectáreas en una zona conocida como Hacienda ‘Pumalín’; el otro también era norteamericano y se llamaba Jeremías Henderson, propietario del 20% de la isla de Chiloé. En 1995 había vendido 120.000 millas en Quellón a un aristócrata francés. Poseía los campos ‘Quinio’, ‘Quilantar’, ‘Asasao’ y ‘Yaldar’ que pensaba subdividir en lotes y vender a particulares con fines turísticos. Hasta el año 2000, en vano había intentado Sebastián Piñera comprarle su parte.
1.3.2.Gran burguesía terrateniente nacional del sur.
Los grandes terratenientes nacionales en esa parte del país eran Agustín Edwards, con su Lechera ‘Santa Isabel’; Marcos Cariola, propietario de la Feria de Osorno; Liliana Solari, dueña del holding ‘Bethia’ y del fundo ‘Don Alberto’; la Hacienda ‘Rupanco’, que tenía una superficie de 48 mil hectáreas con 30 mil cabezas de ganado, de propiedad de las familias Abumohor, Saieh, Kauak, Díaz y Gutiérrez; Juan Perelló, propietario de 8.500 hectáreas distribuidas entre las Regiones Tercera, Octava y Novena, con una productora de vinos en las cercanías de Los Ángeles; Miguel Vial y Ramón Achurra, dupla que controlaba las sociedades Exportadora de Frutas ‘Rucaray’, Sociedad Agrícola ‘Wapri’, Agrícola ‘Requinhua’ e Inversiones ‘Pumaque’; la familia García Sabugal, dueña de ‘CORPARAUCANÍA’, del fundo ‘Argentina’, de la fábrica ‘MAGASA’, etc. y, finalmente, la familia Zunino, propietaria de la Hacienda ‘San Lorenzo’.
1.4.Gran burguesía terrateniente de la zona austral (Patagonia).
1.4.1.Gran burguesía terrateniente internacional de la zona austral.
Hemos considerado, en esta parte, en calidad de gran burguesía terrateniente internacional de la zona austral a dos familias de origen belga, una de las cuales llevaba, ya, bastantes años avecindada en Chile. Estas familias eran, en primer lugar, la De Clerk, que poseía 140.000 hectáreas, y la De Smet, propietaria del Valle ‘Chacabuco’ y Sociedad ‘Valchac’ dueña de extensiones que abarcaban un total de 70.000 hectáreas.
1.4.2.Gran burguesía terrateniente nacional de la zona austral.
Entre los grandes propietarios de la zona austral figuraba, en primer lugar, una persona cuyo nombre se ha repetido y ha de continuar haciéndolo en el curso de este análisis: Anacleto Angelini Fabbri, dueño de la Forestal ‘Mininco’ y de la Estancia ‘Baño Nuevo’, con 40.000 y 45.000 hectáreas, respectivamente; Jorge Matetic, dueño de la Estancia ‘Cerro Guido’, de 100.000 hectáreas, de la Pesquera ‘Coloso’, del Complejo ‘Torres de Paine’ y de la Hacienda ‘Las Canteras’ (que perteneciera, en su tiempo, al general Bernardo O’Higgins); José Marín, propietario de varias estancias que sumaban, en total, más de 70.000 hectáreas y controlaba el Frigorífico ‘Agromar’, y la familia Galilea, dueña de la Estancia ‘Punta del Monte’, con 13.500 hectáreas.
Estos propietarios no se encontraban huérfanos de ayuda política. Por el contrario: algunos de ellos estaban directamente emparentados con los actores que se desplazaban en la escena política, en tanto otros mantenían con ellos vínculos de amistad. La familia Galilea, por ejemplo, tenía como familiares suyos al parlamentario de Renovación Nacional Pablo Galilea y a quien fuera Intendente de Santiago el socialista Sergio Galilea; Ramón Achurra, socio de Miguel Vial, era primo de los hermanos Adolfo y Andrés Zaldívar; la familia Prokurika estaba emparentada con el senador de Renovación Nacional Baldo Prokurika, y Roberto Hageman a pesar de mantener fuertes vínculos de amistad con Sebastián Piñera, se inclinaba, más bien, hacia la Democracia Cristiana. Aprovechaba, para ello, la vinculación que tenía con el ministro de Transportes de Verónica Michelle Bachelet Jeria, René Cortázar, con quien había sido compañero de colegio.
Un antecedente, por cierto interesante, lo constituía el hecho que Juan Perelló entregaba su madera a la Forestal ‘Mininco’, de propiedad tanto de Anacleto Angelini como de la CMPC. La CMPC y Forestal ‘Celulosa Arauco y Constitución S.A.’ sumaban un patrimonio superior a los 1,5 millones de hectáreas. Como para pensarlo un poco.

2.La gran burguesía industrial.

La clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, llamada también burguesía porque se asentó desde sus comienzos en los burgos o ciudades, sufre un fraccionamiento en el curso de la rotación del capital, pues cada uno de sus efectivos se especializa en determinada área del proceso productivo. Algunos se dedican a la simple elaboración de productos, otros a la realización de la mercancía y, finalmente, unos terceros que hacen su oficio o profesión del comercio del dinero. Los primeros constituyen la clase de los industriales o burguesía industrial; los segundos son los comerciantes o burguesía comercial pues toman a su cargo la venta de bienes o servicios, en tanto los terceros adoptan el nombre de banqueros o burguesía bancaria. Cada una de esas fracciones, en un mundo por entero ‘globalizado’, se expresa nacional e internacionalmente en las correspondientes formaciones sociales del planeta.
En los acápites que se siguen a continuación, haremos un breve resumen de los segmentos indicados habida consideración a que existe abundante literatura al respecto, en especial el libro de María Olivia Monckeberg ‘El saqueo de los grupos económicos al estado chileno’, y la excelente obra de Ernesto Carmona, intitulada ‘Los dueños de Chile’, que nos permitimos aquí recomendar en forma entusiasta. Al remitir al lector a esos trabajos, evitamos así transcribir una enumeración que hasta podría causarle tedio.
La gran burguesía industrial internacional se encontraba, a fines de 2006, representada por un conglomerado empresarial dueño de numerosas industrias. Si bien era cierto que un reducido número (la Compañía Chilena de Fósforos, entre otras) ejecutaba en forma íntegra el ciclo de elaboración del producto, la generalidad de todas ellas no realizaba sino la misma actividad practicada por la industria nacional, que era tan solo la extracción, elaboración de materias primas y producción parcial de bienes. El desarrollo de la industria, en Chile, no pasaba de ser un chiste de mal gusto o un mito repetido hasta la saciedad.
La gran burguesía industrial nacional, por su parte, como su nombre lo indica, tenía a su cargo la ejecución de las actividades productivas, entre las que destacaban las extractivas, vitivinícolas, agrícolas (lechería, frutas y cereales, hortalizas, carne), pesqueras, químicas, de vestuario, mobiliarias, habitacionales o de la construcción, farmacéuticas e informáticas, limitadas a la producción parcial. Dentro de esta fracción, era posible distinguir dos grandes segmentos divididos por los intereses que representaban o buscaban representar. El primero de ellos era aquel que funcionaba ligado por completo al capital internacional, con nexos en Estados Unidos y países de la Unión Europea; otro, no menos poderoso, más preocupado del desarrollo del mercado interno, parecía presentarse en el carácter de burguesía industrial nacional en estado ‘puro’. En este último segmento era posible distinguir, aún, el nombre de algunos personajes que se habían enriquecido bajo la dictadura y ampliaban sus negocios durante el régimen de la Concertación, como era el caso del ex yerno de Augusto Pinochet, Julio Ponce Lerou, dueño de la empresa ‘Sociedad Química y Minera de Chile S.A.’ SOQUIMICH, nacionalizada durante la Unidad Popular.



3.La gran burguesía bancaria.
La gran burguesía bancaria ―por definición, aquella que hace del comercio del dinero su profesión u oficio―, si dejamos de lado el discutible concepto creado por Rudolph Hilferding de ‘burguesía financiera’, se extendía en Chile a varias actividades económicas, a saber, bancaria propiamente tal, instituciones financieras (Bolsa de Comercio, corretaje de acciones y títulos mobiliarios, prestamistas particulares), casas de cambio, cajas de compensación, administradoras de fondos previsionales o AFP e institutos de salud previsional o ISAPRES. En todas ellas se manifestaba, también, la presencia del capital extranjero.
Dentro de la gran burguesía bancaria internacional destacaban los dos grandes colosos españoles que eran los bancos Bilbao Vizcaya (BBVA) y Santander (sucesor del Banco Osorno), el escocés ‘Scotia Bank’ (sucesor del Sudamericano), los norteamericanos Boston y Citibank, y el recientemente creado ITAÚ, organizado para la captación de clientes VIP (Very importants persons); en el rubro de las AFP, destacaba la holandesa ING Santa María.
El segmento nacional de esta fracción de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo se manifestaba, al igual un grupo poderoso, que funcionaba ligado al capital internacional como lo era el Banco de Chile/Edwards (propiedad de Andrónico Luksic), así como aquellos que se manifestaban como burguesía bancaria nacional en estado ‘puro’ como lo eran el Banco de Crédito e Inversiones BCI (de Jorge Yarur), el Banco del Desarrollo (de propiedad del Arzobispado de Santiago) el Banco Condell, y el Bancoestado (ex banco del Estado de Chile). Pertenecían a esta fracción los tres bancos organizados durante los sucesivos gobiernos de la Concertación por la Gran Burguesía Comercial, a saber, el Banco Ripley, el Banco Falabella y el Banco París, además del Banco Cono Sur, creado por las asociaciones financieras. Demás está mencionar aquí la propiedad que ejercían los capitalistas nacionales sobre algunas de las AFP, ISAPRES, Compañías de Seguros, financieras, casas de cambio.

4. La gran burguesía comercial.

Subdividida en idéntica forma a cómo se presentaban las otras fracciones de la clase de compradores de fuerza o capacidad de trabajo, también la gran burguesía comercial estaba conformada por consorcios extranjeros y criollos.
En el primero de ellos, destacaban las grandes empresas de transporte de personas y de cosas (Swiss Air, Lufthansa, Iberia, Air France, TNT, UPS Express, DHL), las empresas de subcontratación (como la norteamericana Manpower), los grandes almacenes de alimentos y muebles para el hogar (entre otros, Líder, Carrefour, Home Center), el monopolio de las comunicaciones auditivas constituido por la española ‘Telefónica’, las empresas de buses asociadas al Transantiago (por ejemplo, EPYSA ―vinculada a la empresa brasileña de fabricación de buses ‘Marco Polo’―, CONNEX ―que pasó a controlar el Transantiago―, e Inversiones Alsacia ―de capitales colombianos, uno de cuyos directores era el ex Ministro del Trabajo y vicepresidente del Partido Socialista Ricardo Solari―), las constructoras de carreteras y de puentes, las empresas cobradoras de peajes, etc.
En el segmento nacional destacaban, por su parte, determinadas empresas formadas con capitales nacionales que se propagaban por América Latina, como lo eran Almacenes París, Ripley, Falabella, Jumbo. Por otra parte, estaban los almacenes alimentarios criollos como UNIMARC, Santa Isabel, Monserrat, etc. El transporte aéreo de personas lo controlaba Sebastián Piñera, a través de la empresa LAN; el transporte terrestre urbano e interurbano estaba en manos de grandes empresas de buses tales como Tur Bus, Buses Pullman, el consorcio de las empresas nacionales vinculadas al Transantiago (Buses Gran Santiago y Buses Metropolitana, de Manuel Navarrete, ex mirista, conectado al Partido Socialista), y otras. La gran burguesía comercial se extendía a las numerosas distribuidoras de productos electrónicos, alimenticios y línea blanca, tanto extranjeras como nacionales.
No vaya a suponerse que estas cuatro grandes expresiones de la clase compradora de fuerza o capacidad de trabajo (terratenientes, industriales, banqueros y comerciantes) estaban disputando constantemente entre ellas por una mejor posición. Nada hay más cierto que ese viejo refrán español según el cual ‘entre bueyes no hay cornadas’. Así como, en forma mecánica, creaba el sistema capitalista un bloque en el poder para consolidar el dominio de un sector social por otro, también las clases y fracciones de clase dominante buscaban formas de entendimiento mutuo con idéntico fin a través de organizar instituciones gremiales tales como la Confederación de la Producción y del Comercio, la Cámara Chilena e la Construcción, la Sociedad de Fomento Fabril, la Corporación de la Madera. Los grandes empresarios también habían dado vida a una organización que, bajo el nombre de ‘Fundación Juan Pablo II’, reunía a personajes tan conocidos como Anacleto Angelini, Eleodoro Matte, Jorge Matetic, Andrónico Luksic, Gonzalo Vial y José Luis del Río.
Pero esto no sucedía en el sector de los vendedores de fuerza o capacidad de trabajo.

COMPOSICIÓN DE CLASE DEL GOBIERNO DE LA CONCERTACIÓN

No puede sostenerse válidamente que la alianza denominada ‘Concertación de Partidos por la Democracia’ representase ‘naturalmente’ los intereses de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo; menos, aún, que lo hiciese respecto de los vendedores de esa misma mercancía. Sucedía que, a esas alturas, dicha coalición no sólo había logrado demostrar al sector dominante su inequívoca disposición de ponerse al servicio suyo, sino la inmensa capacidad que tenía para superar con creces, en el cumplimiento de ese cometido, a su propia representación ‘natural’. Aunque lo hiciese ‘espuriamente’.
En efecto. Salvo casos especialmente aislados (de individuos relacionados por vínculos familiares con las clases y fracciones de clase dominantes, como lo eran los hermanos Adolfo y Andrés Zaldívar, el ex intendente de Santiago Sergio Galilea, el vicepresidente del partido Socialista Ricardo Solari, y otros), la inmensa militancia concertacionista se componía de sectores provenientes de la pequeña burguesía y del proletariado: hijos de empleados públicos (embajadores, ministros, parlamentarios, jefes de servicios) o particulares (ejecutivos o jefes bancarios, comerciantes medios, jefes de casas comerciales), hijos de obreros (construcción, ferrocarriles, minería, textiles, servicios) o hijos de profesionales o miembros de familias otrora poderosas, en esa época ‘venidas a menos’. En los casos de partidos tales como la Democracia Cristiana y Socialista, a esos estamentos se unía un número considerable de proletariado urbano. Sin embargo, la dirigencia de esas organizaciones estaba en manos de estamentos medios, sensiblemente proclives al desempeño en cargos de gobierno como forma fácil de conseguir las satisfacciones que no habían podido obtener por otros medios.
La Concertación no tenía finalidades diferentes a las que cualquier otra coalición semejante podía aspirar, a saber, realizar ampliamente los propios intereses de grupo, expresados en dos circunstancias trascendentales:
1.Perpetuación de la alianza; y
2.Impulso a la línea de cada partido.
1.La perpetuación de la alianza se resumía en dos proposiciones centrales cuales eran a) asegurar permanentemente el triunfo de la coalición y de sus partidos en cada evento eleccionario, y b) asegurar la aplicación de políticas que no pusieran en peligro la unidad de la alianza. El triunfo de la coalición en las elecciones que habían de sucederse en el futuro implicaba el exhaustivo empleo de los recursos del estado con esos fines, dentro de los márgenes del derecho; la aplicación de políticas que no pusieran en peligro la unidad de la alianza implicaba el compromiso de su dirigencia de evitar por todos los medios posibles cualquier intento de realizar reformas radicales al sistema.
La perpetuación de la alianza se interpretó de una manera bastante práctica: en la medida que cada partido individualmente considerado prolongase su existencia en el tiempo, también lo haría la alianza. Y un partido se perpetuaba si mantenía o superaba el número de representantes en el Parlamento o las Municipalidades. Las tareas comenzaron a orientarse en torno a esa finalidad cual era ganar las elecciones. Lo cual implicaba establecer formas de financiamiento para alcanzar tal cometido.
2.El derecho que tenía cada partido a impulsar su propia línea política era indiscutible; estaba, no obstante, limitada por la imposibilidad de intentar medidas que pusiesen en peligro la unidad de la alianza. Un parlamentario de la Concertación, en una inequívoca referencia a este principio, llegaría a definir la política en idéntico sentido, señalando que era ‘el arte de hacer sólo lo posible’; cerraba, con ello, toda posibilidad de intentar reformas de cierta magnitud. Los partidos, sin embargo, habían descubierto que, a través del uso de los cargos de gobierno, era posible imponer, si no toda, al menos parte de su línea política. Y eso constituía, al menos, una esperanza. La distribución de cargos se transformó en una de las tareas prioritarias y, consecuentemente, en fuente de disputas.
Era lógico que la aplicación de semejantes principios condujese a la realización de ‘prácticas’ reñidas con el interés de las grandes mayorías nacionales. El concepto de ‘discurso político’ se contrapuso, definitivamente, al de ‘práctica política’. Porque si había de asegurarse la reproducción partidaria o, lo que era igual, la perpetuación en la dirección del país tanto del partido como de la alianza, también se necesitaba hacerlo con toda su dirigencia y su representación parlamentaria. La manera de echar mano a los recursos fiscales fue simple: la dictadura pinochetista había entregado las armas. Lo único que se requería era aplicar cuatro leyes: aquella que permitía el uso de fondos reservados, la que establecía indemnizaciones para quienes fueran separados de sus cargos, la que permitía la creación de proyectos para el empleo mínimo y la que creaba la ‘Beca Presidente de la República’. La Concertación tomó, entonces, a su cargo, la aplicación de estos cuatro cuerpos legales. Y para hacerlo, su dirigencia debió imponerse haciéndose, por ello, ‘autoritaria’. Las tareas que iban a realizarse requerían la formación de un cuerpo especial de sujetos; eso significaba seleccionar y unir a personas de absoluta confianza de la dirigencia. ¿Dónde reclutarlas? La solución estaba a la mano: el padre, el hijo, la mujer, el marido, el tío, el sobrino, el amigo de la dirigencia; el ‘nepotismo’ invadió los servicios, montado sobre la desatinada creencia según la cual el acervo teórico del causahabiente también era posible adquirirlo en virtud de la transmisión genética. Los Schnacke reprodujeron a otros Schnacke, los Allende a otros Allende, los Frei a otros Frei, los Aylwin a otros Aylwin, los Tomic a otros Tomic, los Bachelet a otros Bachelet, los Gumucio a otros Gumucio, los Navarrete a otros Navarrete, los Tohá a otros Tohá, los Joignant a otros Joignant. Y hasta los Estévez, los Maira, los Bitar, los Portales, los Tironi, desconocidos antes, ingresaron a la escena política para disputar cargos estatales que buscaban dejar a su descendencia en calidad de legado. ¿Proteger el interés de las clases dominadas? Nada de eso: sólo pensando en sí mismo se pensaba en los demás. Y para ello, las organizaciones políticas y sus dirigentes, aprovechando los vínculos que mantenían con el estado, crearían empresas cuya finalidad sería participar en los negocios de aquel. Una inmensa correa trasportadora de influencias y personajes comenzaría a operar impunemente para resolver los problemas de desempleo de los ministros, subsecretarios, parlamentarios o altos jefes de servicios, en caso de despido. El camino hacia y desde el sector privado se haría cada vez más expedito para esos sujetos. Jaime Estévez bien podía pensar en pasar de Presidente del Bancoestado a dirigir el Banco de Chile, comprado por Andrónico Luksic con créditos concedidos por aquel; era una forma de cobrar por los servicios prestados desde el gobierno. Pablo Piñera, demócrata cristiano concertacionista, hermano de Sebastián, ex subsecretario de Obras Públicas, ex director ejecutivo de TVN, director de la Empresa de los Ferrocarriles del Estado EFE, bien podía asociarse con Andrés Navarro, también demócrata cristiano, dueño de SONDA, empresa que iría a fabricar el software del Transantiago; Enrique Méndez, ex marido de la que fuera Ministra de Defensa de Michelle Bachelet, Viviana Blanlot, lo haría tomando para sí la gerencia general del Administrador Financiero del Transantiago (AFT); Blas Tomic, de la empresa de Buses Alsacia, pasaría a desempeñarse en calidad de presidente del Metro; Eduardo Bitrán pasaría de la gerencia de SALCO-Brand a ocupar el cargo de ministro de Transportes de Michelle Bachelet; el socialista Germán Correa, luego de su borrascoso paso por el Ministerio de Transportes, asumiría la presidencia de la Fábrica de Carrocerías para Buses ‘Cuatro Ases’, para salir de allí en medio de escándalos financieros; Edmundo Pérez Yoma, hijo de quien fuera ministro del Interior de Eduardo Frei Montalva, Edmundo Pérez Zujovic, ultimado en el pasado por un comando de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP), luego de desempeñarse en calidad de ministro de Defensa de la Concertación y, posteriormente, embajador, se haría dueño de la empresa de buses EPYSA. De esa manera, a poco andar, la Concertación, que se había creado para organizar un nuevo Chile, diferente del que había entregado la dictadura, era vencida por la venganza del pasado y comenzaba a realizar la ‘practica política’ de aquella, aunque ―necesario es decirlo― en democracia. La pequeña burguesía que conformaba la dirigencia concertacionista, ya a cargo del gobierno de la nación, como por arte de magia se transformó en ‘clase reinante’ para asumir el ineludible rol que le correspondía de desorganizadora política de las clases dominadas y organizadora política de las clases dominantes.
En cumplimiento de esa labor, la Concertación aisló y neutralizó a las organizaciones sociales que podían hacerle presente intereses contradictorios a los suyos, dando pleno apoyo a aquellas que le eran dóciles, leales o estaban preocupadas de su supervivencia, como la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), y ciertas ‘organizaciones no gubernamentales’ (ONG), la mayoría de las cuales, paradojalmente, necesitaban del subsidio estatal (gubernamental) para subsistir. Estas asociaciones, junto a otras que vendían sus informes al gobierno o confeccionaban estudios para las reparticiones fiscales, se convirtieron, rápidamente, en ‘clase apoyo’ del Bloque en el Poder. Pero faltaba algo más.
El temor al despido, la necesidad de proteger el empleo, hizo que muchas personas comenzasen a justificar los actos de sus superiores. Poco a poco, esa ‘práctica’ se convirtió en costumbre. Ya no había interés alguno en resolver los problemas de las clases dominadas, sino los propios. La complicidad entre jefes y subordinados se hizo presente con la fuerza de un huracán. Esta justificación se hizo más intensa en tanto más arreciaban los ataques de la Alianza por Chile, representantes naturales de la clase compradora de fuerza o capacidad de trabajo. El terreno se encontraba apto para que, al amparo de la corrupción y el desatino, se organizara una ‘clase mantenedora’ del estado, preocupada solamente de cuidar tanto sus ‘pegas’ como la seguridad de quienes le daban trabajo.
Así, el camino estaba expedito para que un gobierno como el de Verónica Michelle Bachelet Jeria enfrentase a los trabajadores forestales como ya lo había hecho con los adolescentes durante las protestas estudiantiles del otoño de 2006, con los deudores habitacionales, con los trabajadores subcontratados del cobre o con los pescadores artesanales de Bío Bío. Lo que iría a suceder en Curanilahue no debía, pues, sorprender a nadie.

5.
LOS HECHOS PREVIOS

LA VIDA SIMPLE DE UN TRABAJADOR FORESTAL

Que un sistema social se reproduzca significa, simplemente, que su estructura toda, íntegra, se prolonga de manera invariable en el tiempo. Reproduce, en consecuencia, su organización en clases sociales de modo que también lo haga cada una de éstas y sus fracciones, en el caso de haberlas. En una sociedad como la capitalista, los compradores de fuerza o capacidad de trabajo han de producir compradores de idéntica mercancía en tanto los vendedores de la misma lo han de hacer con sus homónimos; así, inexorablemente, los patrones producirán patrones en tanto los obreros lo harán con los obreros. De esa manera, la sociedad alcanzará el equilibrio que le permite perpetuarse: un pequeño grupo de ganadores va a estar generando permanentemente ganadores mientras el vasto sector de los perdedores lo hará con los suyos. Tal constante no deja de resultar profundamente amarga.
No debe sorprender, pues, que Rodrigo Alexis Cisternas Fernández, hijo de un obrero forestal, apenas terminado su Cuarto Medio, reprodujese la especie de su progenitor, buscando trabajo en la empresa ‘Jarvis’, que arrendaba operarios a la empresa ‘Bosques Arauco S.A.’. Rodrigo comenzó a desempeñarse como obrero en uno de los aserraderos a la vez que en labores de cosecha, actividades extremadamente duras dentro del rubro de la explotación maderera. Un año antes, cuando recién cumplía los 17 años, estando en la parcela de su madre, había conocido a una guapa niña de 14 años llamada Evelyn Sanhueza, y no sospechaba que ese encuentro se prolongaría por los exactos nueve años que le restaban de vida. En esa mezquina dimensión de espacio y tiempo alcanzaría tanto a reproducir su especie de productor efectivo (o potencial) de plusvalor como a dejar una lección de solidaridad a las generaciones futuras, cuestiones ambas más que suficientes para justificar su existencia.
El romance, que comenzó ese mismo día, culminó, a los pocos años, en matrimonio. Porque, como todo ser humano, Rodrigo creía tener derecho a formar familia, de acuerdo a las costumbres y leyes chilenas. Por lo demás, tanto Evelyn como él eran jóvenes; el futuro parecía sonreírles y, además, en todas partes se hablaba del modelo chileno y de su éxito innegable: las exportaciones crecían y hasta los índices de desempleo acusaban una leve tendencia hacia la baja. Las expectativas se presentaban más que promisorias: en dos años terminaría el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y existía la casi certeza que Chile ya tendría un presidente ‘socialista’. En realidad, los sectores desposeídos alimentaban sus esperanzas en la persona de Ricardo Froilán Lagos Escobar pues la palabra ‘socialismo’ siempre ha sido como una varita mágica en manos de un ‘hado’ o hada madrina, a cuya sola mención toda injusticia social había de desaparecer. Ricardo Lagos, patrono de los imposibles, reliquia de los desamparados, arrancado de una de las peores pesadillas de Pinochet, apuntando con su índice al tirano en la pantalla de televisión, realizaría todo lo que Allende no pudo llevar a cabo. Rodrigo, llevado por esa excitación que, a veces, hasta arranca lágrimas al elector incauto, también sentía crecer sus expectativas de hombre humilde.
Sin embargo, tales expectativas eran infundadas: Ricardo Lagos iría sólo a profundizar la tendencia que ya acusaba el conglomerado concertacionista hacia el fortalecimiento del poderoso en desmedro del débil, presente en la sociedad chilena desde el advenimiento de Patricio Aylwin. Porque, si bien es cierto que los índices oficiales confirmaban una leve tendencia a la baja en los índices del desempleo, también los salarios ―y, en general, el poder adquisitivo de toda la población―, experimentaban un fenómeno similar. En tanto más se empobrecía la masa ciudadana, Chile se hacía más competitivo, de acuerdo a los requerimientos de las clases y fracciones de clase dominantes. El éxito del modelo no era el éxito de la población marginal, sino de los ricos. Pero el ciudadano común, el demócrata no exigente, el sujeto que acostumbra a vivir de ilusiones o hace del ‘wishfull thinking’ su forma de vida, le bastaba tan sólo saber que un ‘socialista’ se haría cargo del gobierno de la nación y que, por el mismo motivo, todos sus problemas se resolverían mágicamente de una u otra manera. Tarde o temprano.
Los seres humanos viven, a menudo, perseguidos por casualidades asombrosas, generalmente inexplicables. Rodrigo casó un tres de mayo con Evelyn, para engendrar en ella sólo un hijo y conformar con ambos una familia de tres miembros. Un tres de mayo, años más tarde, conduciendo una retroexcavadora en el curso de una protesta sindical, sería crucificado por tres exactas balas, tres exactos proyectiles arrancados de las armas de los efectivos policiales, enviados allí para sofocar la rebelión laboral.
Casarse significa tan solo aquello: contraer matrimonio. Casarse no implica formar un hogar, pues éste presupone la existencia de la madriguera, la cueva, el hábitat o lugar físico que cobija a la familia. El acceso a una casa no es fácil para el ciudadano medio; menos, aún, a la vivienda propia. Así sucedía, también, en Chile, nación por entero dependiente del sistema capitalista mundial. Las antiguas Cajas de Previsión, que en otra época construyeran para sus afiliados los grandes bloques habitacionales (‘poblaciones’ y ‘villas’) o les ayudaran a financiar la compra de alguna casa o departamento en construcción o ya construida (o), habían sido disueltas por el régimen militar y traspasados sus bienes a entidades privadas que los empleaban en operaciones especulativas. La vieja Corporación de la Vivienda (CORVI) había sido transformada en receptáculo y tramitadora de solicitudes de subsidio habitacional, forma a través de la cual el estado, a través de la entrega de una suma no superior a las 150 o 200 unidades de fomento al ‘sin casa’, se eximía de la obligación de velar por el bienestar de sus súbditos. Para poder proporcionar techo a su mujer y al hijo que estaba por venir, Rodrigo debió conversar con Vilma, la hermana con quien se había criado, y pedirle autorización para vivir en su casa. Así, el joven cambió su ‘status’: de la calidad de ‘sin casa’ que tenía, evolucionó a la de ‘allegado’ que era un grado superior a aquella; pero ese ascenso no alteró la situación de su familia que continuó siendo difícil. Y como la naturaleza no espera que la situación económica de los seres humanos mejore para proceder, Evelyn dio a luz aquel varón que Rodrigo, un tanto machista, esperaba.
A la manera que sucedía en el poema de José Zorrilla, también en el sector de Curanilahue
“pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y un año pasado había […]”
Junto a las grandes carreteras del sector que unían pueblos y ciudades, las empresas forestales crecían, se hacían poderosas. Rodrigo tenía la certeza que la solución para la precaria situación económica que vivía tanto él como su familia sería desempeñarse como chofer de camiones dentro de la misma empresa. Sin embargo, en noviembre de 2006, quedó cesante. A pesar de estar sin dinero, intentó durante esos meses, por todos los medios, obtener la cédula para conducir vehículos pesados. La suerte le fue adversa: el trabajo estable le resultaba tremendamente escurridizo. Paradojalmente, los índices estadísticos seguían arrojando cifras que daban cuenta de una sostenida tendencia a la baja del desempleo. Pero había mucho de verdad en tal aserto, porque numerosas personas habían comenzado ya a aceptar las condiciones contenidas en esa figura jurídica llamada ‘subcontratación’ que permitía respetar las leyes sin aplicarlas; y, a pesar de ello, no dejaba de ser curiosa la repetida y plañidera exigencia de los patrones en torno a aumentar la ‘flexibilidad laboral’, eufemismo en virtud del cual se ocultaba el derecho que se concedía a los patrones para intensificar la explotación de los trabajadores, concediendo a aquellos la facultad de bajar las remuneraciones, diferir su pago, efectuar despidos sin sujeción a norma alguna, contratar esquiroles en caso de huelga, contratar personal por tiempo determinado, etc. La situación se tornó extremadamente difícil para la familia. El niño había crecido, exigía alimentos y vestuario. Rodrigo se desesperaba. En declaraciones que, luego del asesinato de su marido, entregara a los medios de comunicación, Evelyn relataría, al respecto:

“Él decía que le daba pena que su hijo anduviera con ropa regalada. Yo le decía que mientras no le faltara nada, eso no importaba. Pero él quería surgir y que el niño tuviera buena educación. A veces pedía plata para una colación y no había para comprarle nada. Rodrigo lloraba y decía que no sabía qué hacer […]”

En ese período, Evelyn decidió tomar las riendas de la familia empleándose en una de las casas del sector en calidad de ‘asesora del hogar’, oficio que aún permanecía vigente en la sociedad chilena como resabio de antiguos modos de producción heredados del conquistador europeo. La ‘asesoría del hogar’ no era sino la antigua ‘servidumbre doméstica’, instituida en los siglos anteriores, en virtud de la cual una o varias personas, generalmente de sexo femenino, realizaban para otro las tareas que le demandaba la diaria mantención del hogar.
Para atender al niño, Rodrigo y Evelyn debieron turnarse. A poco de producido el asesinato del joven obrero, relataría Evelyn, acongojada:
“Él eran sus ojos. Cuando yo trabajaba (como asesora del hogar), él lo cuidaba y lo iba a buscar al colegio. Se amaban”.
El joven obrero jamás olvidaba sus objetivos. Por eso, cuando, el 15 de marzo de 2007 fue incorporado, nuevamente, al servicio de la empresa ‘Bosque Arauco S.A.’ en el carácter de cargador de camiones, comenzó a preparar intensamente la organización de lo que sería su hogar: arrendaría una pieza en algunas de las casas o pensiones de Curanilahue, se trasladaría allí con su mujer e hijo y dejaría de ser una carga para su hermana Vilma. Las gestiones que hizo en tal sentido muy pronto rindieron frutos: había encontrado una habitación en el sector de ‘La Quila’ cuyo arriendo le costaría solamente veinte mil pesos mensuales. Rodrigo se decidió. Contrató la pieza y fijó como fecha para el cambio el domingo 29 de abril. Para el martes 1 de mayo, día consagrado en el almanaque para rendir homenaje a los mártires de Chicago, sería un hombre independiente.

DELIBERACIONES SINDICALES
En la misma época que Rodrigo preparaba el traslado de su grupo familiar a la pieza arrendada en el sector de ‘La Quila’, localidad de Curanilahue, los dirigentes de los sindicatos madereros se autoconvocaban constantemente y, en repetidas ocasiones, convocaban a sus bases a fin de informarles acerca de las gestiones realizadas, analizar con ellas las diferentes proposiciones y adoptar acuerdos sobre el particular.
Era de todos conocido el hecho que el presidente de la Federación de Sindicatos Forestales José González, en cumplimiento de lo dispuesto por la asamblea, había comunicado a ‘Bosques Arauco S.A.’ la negativa de los trabajadores a aceptar el aumento de remuneraciones propuesto por la empresa ―que iba de un 4 a un 38% según el monto del sueldo respectivo―, provocando la furia de aquella y la consiguiente ruptura de todo tipo de conversaciones. En realidad, con tal resolución la empresa ‘Bosque Arauco S.A.’ retrotraía el estado del conflicto a sus comienzos, se marginaba de las negociaciones y traspasaba, en consecuencia, la responsabilidad de hacerlo a las empresas ‘contratistas’.
Pero si bien la medida era indicativa de la abierta hostilidad que la compañía manifestaba hacia el movimiento sindical, aquello no era óbice alguno para las deliberaciones de los trabajadores en torno al qué hacer. Por eso, en la reunión siguiente, la discusión de todos ellos se orientó, como era de esperarse, a analizar los pasos a seguir. Las proposiciones más racionales que, en definitiva, predominaron fueron aquellas que encomendaban a la dirigencia volver a tomar contacto con la Iglesia Católica, con parlamentarios oficialistas proclives al movimiento y con el propio Gobierno a fin de solicitar a todos ellos su mediación en el conflicto.
Hasta ese momento existía pleno conocimiento acerca del rol que, por intermedio del Arzobispado de Concepción, había jugado la Iglesia Católica en favor de las demandas de los trabajadores. No obstante, en caso de no lograrse un avenimiento entre las partes, la preocupación más grande de la autoridad eclesiástica local, representada por Monseñor Ricardo Ezzati, era evitar que se tornara aún más crítica la situación. Esta posición no debía extrañar; también al interior de la Iglesia, como institución que era, se discutía la grave situación de los sectores postergados. En esa época existía convencimiento casi generalizado en torno a estimar que el grado de explotación de los vendedores de fuerza o capacidad de trabajo había alcanzado niveles inaceptables. Así, en una ceremonia convocada por el Centro de Padres y Apoderados del Colegio ‘Patrocinio de San José’, de Santiago, realizada en el curso del mes de abril de ese año, denunciaba su rector, un sacerdote salesiano, que tan solo el 1% de todos los chilenos podía alegar tener un trabajo digno. Y, tres meses más tarde, el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Alejandro Goic, exigiría del Gobierno y de los empresarios lo que llamaría un ‘sueldo éticamente aceptable’ para todos los trabajadores del país. En realidad, este problema de las bajas remuneraciones era de sobra conocido. Por eso escribía Carlos Hunneus, en un artículo publicado el 10 de mayo de 2007, en el diario ‘La Tercera’, intitulado ‘¿Sueldos de hambre?’, lo siguiente:
“Los bajísimos sueldos de los trabajadores son una triste realidad en nuestro país, insostenible frente al crecimiento económico y las grandes utilidades de las empresas. Si algo ha faltado en el debate económico y político en Chile, ha sido polemizar sobre los sueldos de hambre que pagan gran parte de las empresas privadas y el propio Estado”.
De esa manera, reunidos en asamblea plena y en conocimiento de la buena voluntad manifestada por Monseñor Ezzati por involucrarse en tales problemas, los trabajadores insistieron en la necesidad de solicitar la mediación de la Iglesia en el conflicto. Y a pesar que la generalidad de todos ellos sabían de la profunda aversión que, en numerosos sectores del Gobierno, se sentía por el desarrollo del conflicto, también acordaron solicitar la mediación del mismo por intermedio de la intendenta María Soledad Tohá Veloso.
No se crea, sin embargo, que ‘toda’ la Concertación estaba comprometida en la ejecución de medidas contrarias al interés de las clases dominadas. Como institución que era, también en su interior se desarrollaba una intensa lucha de clases en la cual los defensores de los marginados llevaban la peor parte. En el conflicto de los trabajadores forestales sólo tres de sus parlamentarios se habían hecho presentes para solidarizar con el movimiento sindical. Estos eran los senadores Mariano Ruíz-Esquide Jara (de la Democracia Cristiana) y Alejandro Navarro Brain (del Partido Socialista) junto al diputado Manuel Monsalve Benavides (también del Partido Socialista). Tal hecho no exculpaba ciertamente a la Concertación, como cuerpo político, de su responsabilidad frente a lo que sucedía e iba a suceder. Que tres personas de un conglomerado tan vasto hubieren manifestado su contrariedad frente al proceder de una empresa y de los organismos de gobierno significaba tan sólo eso: la actuación de sólo tres integrantes de un enorme cuerpo social, pues como bien lo expresa un conocido refrán, ‘una golondrina no hace al verano’. Pero, ¿bastaba que esos tres parlamentarios apoyasen a los trabajadores forestales para exculparlos a ellos de su cooperación con los sectores dominantes o, en otras palabras, para exonerarlos de su complicidad con la línea política de la Concertación que era, precisamente, la que hundía a los trabajadores forestales? No, por cierto. Los parlamentarios chilenos, en esos meses, percibían ingresos que superaban los 14 millones de pesos. Remunerados con dineros aportados por toda la comunidad, eran los mejor pagados de toda América Latina. ¡Qué fácil resultaba, entonces, para ellos, que vivían con rentas superiores, incluso, a las de ‘los de arriba’, solidarizar con ‘los de abajo’! ¡Qué fácil les resultaba defender a los que ganaban poco cuando ellos mismos se asignaban rentas escandalosas! ¡Qué fácil les resultaba su lucha por los desamparados cuando gozaban de tan escandalosos privilegios!
Una vez más, la Iglesia accedió a intermediar ante la empresa, convencida de la justicia de las peticiones de los trabajadores; también lo hizo el Gobierno. Sin embargo, ambas intermediaciones no se extendieron más allá de urgir a las partes por la reanudación del diálogo. Era la ocasión que esperaba la empresa para alterar su proposición inicial y mostrar otra alternativa que, oculta tras una atractiva fórmula, reducía el monto total de la anterior ofreciendo aumentos salariales que iban de 20 mil a 40 mil pesos según el tipo de sueldo de que se tratara. Naturalmente, la asamblea de trabajadores rechazó, indignada, la nueva propuesta. En ese momento se daban por agotadas todas las instancias de un posible diálogo. La solución de la fuerza era la única que se presentaba como alternativa. A ella se abocó la asamblea de trabajadores.
La idea más socorrida era la de un paro de actividades con carácter de indefinido. Pero la adopción de tal medida no impedía a la empresa tomar las suyas y asegurar la continuidad del proceso productivo, incluso, con la contratación de esquiroles. A fin de evitar que tal posibilidad llegase a concretarse, los trabajadores decidieron adoptar una medida más atrevida aún cual era la interrupción del flujo vehicular hacia y desde la empresa. El paro de marzo le había reportado al consorcio pérdida de entre 2,5 a 3 millones de dólares diarios; tales guarismos podían volver a repetirse, pero si aquello poco interesaba a la empresa menos iba a preocupar a los trabajadores la totalidad de cuyas demandas eran del todo inferiores a las pérdidas anotadas por ‘Bosques Arauco S.A.’ en un solo día.
En efecto. Una vez firmado el protocolo de acuerdo que daba solución al conflicto, el costo total del bono otorgado a los obreros apenas alcanzaba a medio día de pérdida, como lo consignara Francisco Herreros en su artículo:
“El incremento salarial de 65 mil pesos al mes a los ocho mil trabajadores en conflicto significa 520 millones de pesos, es decir, un millón de dólares, o si se prefiere, la mitad de la ganancia en un solo día.
En suma, un autorretrato del modelo”.
Tales cifras, conocidas por los dirigentes, no constituían para ellos el fundamento moral de sus peticiones que se apoyaba, más bien, en la apropiación reiterada, por parte de los patrones, de la parte de las utilidades que les correspondía a ellos en su calidad de verdaderos generadores de la riqueza. Pascual Sagredo lo expresaría, más tarde, con las siguientes palabras:
“Si están perdiendo 2,5 millones de dólares diarios es porque los quisieron perder. Esa cifra no tiene ninguna comparación con el querer dar a sus trabajadores lo que le han robado por años. Nunca han pagado horas extra, hacen trabajar a la gente como en la prehistoria y nosotros sólo pedimos que nos paguen los que corresponde y además el 40% de reajuste […]”
En realidad, la forma de trabajo a que eran sometidos los operarios forestales por parte de los ejecutivos de la empresa excedía los límites de la resistencia humana. En el caso de Rodrigo Cisternas, denunciaba Jorge Rojas lo siguiente:
“La jornada era dura. Salía de su casa a las cuatro de la tarde y regresaba a las siete u ocho de la mañana del día siguiente; dormía un par de horas y se levantaba para arreglar a su hijo antes que saliera hacia el colegio. Volvía a dormirse y retornaba al trabajo. El mes que alcanzó a trabajar ganó 60 mil pesos”.
Rodrigo hacía turnos. Cuando no salía en la tarde lo hacía en la mañana. Según Evelyn,
“Estaba cansado. Hacía turnos largos y no le pagaban horas extras. Salía a las 6 de la mañana y llegaba en la noche”.
En una agitada reunión celebrada el viernes 27 de abril, con la asistencia de todos sus dirigentes sindicales (Pascual Sagredo, Jorge González, Alex Silva, Juan Miranda, Erik Aguilera, Sergio Gatica, entre otros) y representantes de la CUT local, acordaron los trabajadores iniciar un paro indefinido de actividades, a partir del domingo 29 a las 13 horas exactas. Aunque algunos propusieron la interrupción del flujo vehicular hacia y desde la empresa, instalando barricadas en la Ruta 160 que une las provincias de Concepción y Arauco, en el lugar donde estaba situado el ingreso a la planta de Horcones, la idea fue desechada. Era necesario volver a conversar con los ejecutivos. Pero el conflicto se agravaba. Y la ‘toma’ de la carretera ya estaba presente en la cabeza de algunos trabajadores.
Entre el domingo 29 y el lunes 30 las plantas de la empresa aparecieron mudas. Grupos de trabajadores se paseaban por la carretera conversando animadamente. El 1 de mayo, día internacional de los trabajadores, la huelga de los obreros madereros se había transformado en un hecho. Y mientras aquello sucedía en la Ruta 160, en las ciudades de Santiago y Concepción, la alta dirigencia política y empresarial demócrata cristiana realizaba frenéticas discusiones cuyo tenor era casi siempre el mismo: el orden debía restablecerse en la zona y ponerse fin al movimiento sindical. Belisario Velasco, ministro del Interior, demócrata cristiano, conversaba con su subsecretario, Felipe Harboe, militante del PPD, recordándole que debía, a la brevedad, restablecer el principio de autoridad y que para ello había de emplear todos los medios disponibles a su alcance, entre otros, comunicarse con el gobernador de Arauco, también PPD, Álvaro Rivas Rivera. Como lo hemos señalado anteriormente, el señor subsecretario del Interior ―como en su tiempo lo hiciera Pinochet y, en esos meses, quien fuera su ministro de Economía Fernando Léniz― estaba convencido que los obreros madereros eran un juguete en las manos del Partido Comunista, opinión que era de dominio público en la asamblea. Jorge González lo denunciaría con las siguientes palabras:
“Sabemos que el subsecretario del Interior, Felipe Harboe, tiene una pésima opinión del movimiento forestal […]”
Así, pues, Velasco habló con Harboe y Harboe lo hizo con Rivas, para que en esos agitados días también se realizara en ellos la bíblica comisión de un Herodes mandando a Pilatos, Pilatos haciéndolo con su gente para que el resto del Gobierno resultase del todo inocente.
El día 1 de mayo, los trabajadores forestales se dieron cita en la carretera, frente a la entrada de la planta de Horcones. En Concepción, correspondía al Arzobispo de esa diócesis pronunciar una homilía en el acto que, año a año, se realizaba en la Catedral penquista como forma de rendir homenaje al trabajador. Las palabras de Monseñor Ezzati no pudieron ser más oportunas pues, al referirse en dicha homilía a la equidad que debe existir entre trabajadores y empresarios, hizo una clara alusión a la acumulación capitalista. El lucro indebido, indicó el Arzobispo, desnaturaliza la dimensión humana del trabajo pues toda riqueza debe ser compartida por quienes permiten su generación.
A esas alturas, Rodrigo estaba por entero dedicado a las labores sindicales. Participaba en todas las reuniones y acudía para reforzar a los grupos encargados de vigilar las barricadas.

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Publicado el : |2007-09-29|






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