MANUEL ACUÑA ASENJ, Santiago, 19 de mayo 2010
Santiago, 19 de mayo 2010
Con excepción de un libro homenaje, escrito hace algunos años,
intitulado ‘In Memoriam. Rodrigo Ambrosio, constructor del MAPU’, y cuya
segunda edición, corregida y aumentada saldrá publicada en Suecia,
Estocolmo, durante el curso del mes de agosto, jamás he redactado un
artículo en memoria suya ni he recurrido al empleo de sus palabras para
argumentar en contra de las posiciones que caracterizaran a los miembros
de esa organización, personajes destacados en los sucesivos gobiernos
de la Concertación. Menos, aún, escribir acerca de su legado teórico,
materia cuyo trato a muchos avergonzaría. Dos razones avalan esta
conducta mía.
Una es, por supuesto, el hecho que Rodrigo, a pesar de ser un
escritor infatigable, dejó pocos documentos suyos, la mayoría de los
cuales pasó a constituir la línea teórica y programática de su partido.
Los escritos de Rodrigo y su partido, pues, se confunden en una obra
única al extremo que solamente avezados investigadores podrían
distinguir donde empieza y termina tanto el trabajo colectivo como el
suyo.
Hay, no obstante, una razón más importante que me ha hecho guardar
silencio ante su figura. Esta no es otra que la misma que me obliga a
callar frente al legado que deja la presencia rutilante y conmovedora
del presidente Salvador Allende. Ambos son personajes históricos. No se
caracterizaron por dejar un legado teórico de proporciones. Fueron
líderes que construyeron patria y organización al compás de los
acontecimientos. Pertenecen, por consiguiente, a su tiempo y a su
historia, y obligan a formular inevitables comparaciones. Sin embargo,
nada puede presumirse de ellos que no sea lo que verdaderamente fueron;
la muerte, que interrumpió el flujo de sus vidas, impide suponerles
conductas que no adoptaron ni podrán adoptar jamás. La muerte, por
consiguiente, impide manipular sus memorias. Fueron grandes en su tiempo
porque lucharon por sus convicciones y fueron capaces de crear nuevas
formas de concebir la organización social con los instrumentos teóricos
que poseían. No se les puede criticar porque nacieron en una época que
no se corresponde con la nuestra. Al contrario: precisamente por eso ha
de considerárseles grandes. Porque sin contar con el instrumental que la
moderna sociedad nos entrega fueron capaces de señalar un camino y una
tarea para las generaciones que habían de sucederles.
Rodrigo estudió en Francia, nación en la que ya destacaban Charles
Betthelheim, Nicos Poulantzas, Étienne Balivar, Louis Althusser, entre
otros, cuyas críticas al ‘socialismo real’ comenzaban a hacerse
públicas, en tanto dentro de Italia y España realizaban similar labor
Umberto Cerroni, Eduardo Fioravanti, Manuel Castells, también entre
otros. Era una época en que se buscaba la posibilidad de instaurar un
modelo socialista distinto al pregonado por la URSS, cuyas bondades
muchos comenzaban a poner en duda. No por algo esos autores eran
observados con sospecha por la militancia comunista, poco proclive al
análisis y muy inclinada a tener fe en la sapiencia de sus líderes,
defensora inclaudicable de las bondades de un modelo cuya verdadera
esencia desconocía. Y es que la propaganda de la URSS era poderosa en
ese entonces porque mostraba una experiencia real, un resultado (una
‘gestión’ exitosa, si empleamos las palabras de los ministros
piñeristas), y no una simple elaboración teórica: podía, por
consiguiente, no sólo atribuirse ser la heredera de las tesis de Lenin
(que, verdaderamente, lo era), sino además de Karl Marx.
Puedo asegurar que Rodrigo no sucumbió ante la propaganda del modelo
soviético; de otra manera hubiere reconocido filas en el partido
comunista chileno. Pero era profundo admirador de las luchas populares,
de las grandes epopeyas que hablaban de sociedades tomando para sí el
control de su propio destino. Y eso era lo que había descubierto en
determinados movimientos comunistas. No la forma de gobierno propiciada
por ellos ni su estilo de organización social, sino el permanente
ejercicio del poder de las masas, de toda una formación social en marcha
hacia el encuentro consigo misma. Por eso sus tesis rebozan de
confianza en las personas, en las masas, en sus organizaciones, lugares
en los cuales debía radicar el verdadero poder, el control social.
No puede suponerse que seguiría Rodrigo siendo hoy lo que fue; tampoco
puede presumirse que abjuraría de todo su pasado, como la generalidad de
la membrecía del MAPU lo hizo para abrazar la causa del mercado.
Rodrigo está muerto. Suponer conductas políticas actuales en quienes han
fallecido es política ficción. Las personas pertenecen a un tiempo y
lugar determinados, a una sociedad y a una época.
Puede, sin embargo, hacerse una breve reflexión. Rodrigo fue un sujeto
autoritario; al menos, así se manifestaba. El autoritarismo es una
enfermedad psíquica. Fromm la considera, junto con el conformismo y la
autodestrucción, uno de los tantos ‘mecanismos de evasión’ que emplea el
ser humano para superar la angustia de encontrarse inmerso en una
sociedad que lo doblega. Constituye, por ende, una conducta anómala,
aunque se dé en forma frecuente. El autoritarismo es típico del líder
político que se impone a gritos, y emplea el desprecio y la
descalificación como arma política. Es una conducta típica en el Chile
de hoy.
El autoritarismo de Rodrigo era, no obstante, bastante especial. Yo no
estoy seguro si puede considerársele como tal o si era una forma de
imponerse a quienes mostraban claras tendencias al autoritarismo y al
ejercicio del mando. Un hecho interesante que avala esta sospecha es
que, durante el tiempo en que Rodrigo ejerció la Secretaría General del
MAPU, la cohesión del partido adquirió rasgos monolíticos, al extremo
que, cuando se retiraron las figuras más emblemáticas del partido
(Alberto Jerez, Julio Silva Solar, Jacques Chonchol y Rafael Agustín
Gumucio)para formar la Izquierda Cristiana, todos ellos se fueron solos,
sin apoyo alguno de las bases. El autoritarismo de Rodrigo pareciera
ser que se ejercía como forma de cohesionar a una base extremadamente
autoritaria. Lo cual hace concluir que Rodrigo, a diferencia de quienes
lo reemplazaron más tarde en la dirección de las fracciones mapucistas
organizadas tras su muerte, estaba consciente de lo que hacía. Es
decir, que cumplía su rol de factor de unidad. En términos vinculados a
la ‘teoría de la complejidad’ (‘caos’), Rodrigo era el ‘atractor’ del
movimiento social. Su factor de cohesión. Ello explica, además, que a su
muerte se dividiese el MAPU, casi inmediatamente, en dos fracciones
acaudilladas, respectivamente, por Oscar Guillermo Garretón (MAPU) y
Jaime Gazmuri (MAPU Obrero y Campesino MOC), y que,luego del golpe
militar, la primera de éstas se subdividiese en otras tres que fueron el
MAPU oficial, el MAPU Partido de los Trabajadores y el MAPU Comité
Central. El MAPU Obrero y Campesino, liderado por Gazmuri, no se dividió
porque allí se reunieron todos los que se consideraban ‘dueños del
MAPU’, los ‘patrones’, los que dieron lo que podría denominarse como
‘perfil del dirigente del MAPU’; no se dividieron, además, porque, como
lo expresara brillantemente Adriana Delpiano, tenían vocación de
servidores del estado; se preparaban para asumir el gobierno del país.
Las divisiones del MAPU terminaron, finalmente, en un reencuentro de
personalidades, de dirigentes que, por fin, veían aflorar sus
respectivos caracteres individuales, subsumidos hasta ese momento bajo
el recuerdo de la fuerte personalidad de Rodrigo. Si en algunas
oportunidades emplearon la excusa de las diferencias teóricas para
justificar tales divisiones, lo cierto es que, al advenir la democracia,
gran parte de ellos se habían vuelto a unir, en el carácter de
militantes socialistas (tanto en la llamada Convergencia Socialista como
en algunas de las diversas fracciones que presentaba el Partido
Socialista PS) o del Partido Por la Democracia PPD, para asumir el reto
de dirigir al país. Atrás quedaban las luchas por el poder popular o por
la profundización de la democracia. Obnubilados por la marea
centelleante del mercado, convencidos de haber recibido la divina misión
de ‘guiar al pueblo hacia su destino histórico’ sustituyeron sus
principios socialistas ‘estatistas’ por el ‘socialismo de mercado’. Al
amparo del estado estaban las buenas rentas fijadas por la dictadura
para tentar a los empresarios en la labor de dirigir la nación y la
posibilidad de crear nuevos empresarios, nuevos negocios, nuevos
lobbies. La tarea que emprendieron no fue distinta a la que guió a
Pinochet en su asonada golpista: sólo haciendo más ricos a los ricos se
harían ricos, también, los pobres. Como si el capital no fuese el
engendro que es. Como si el capital no existiese tan sólo para
acrecentarse. Semejante concepción solamente había de poner al
descubierto la espantosa indigencia teórica de sus sostenedores,
personajes inclinados a practicar la ‘ingeniería política’por sobre el
análisis teórico.
No debe sorprender, por consiguiente, que todos quienes se erigen hoy
como organizadores del MAPU pocas veces quieran reivindicar la figura de
Ambrosio y, antes bien, sientan un poco de recelo en hacerlo. Es obvio
que así suceda. La figura de Rodrigo avergüenza a sus sucesores. Tal vez
por eso prefieren separarse de aquella, reivindicar su rol de
constructores del Chile post dictatorial y atribuir las ideas que
hicieron posible la organización de ese movimiento a ‘pecados de
juventud’.
Y es que Rodrigo, con todo, dejó un legado político que puede
descubrirse en los documentos que escribió, en sus discursos e
intervenciones públicas. De todo ese arsenal de documentos, que no es
muy abundante, tal cual se ha dicho, hemos querido extraer algunas de
sus ideas, tal cual lo señalamos en nuestra obra anunciada al comienzo.
Digamos, no obstante, algo previo. El basamento teórico de Rodrigo
fueron las tesis propuestas por Karl Heinrich Marx y Friedrich Engels.
Fue en la época que recién había Louis Althusser publicado su obra “Para
leer ‘El Capital’” (1967) y Nicos Poulantzas preparaba la suya (“Poder
político y clases sociales en el estado capitalista”, 1968). Era una
época en que, si bien algunos autores vislumbraban algunas innovaciones
de relevancia, no era usada la interdisciplinariedad como instrumento de
análisis ni, mucho menos, los espectaculares aportes de la biología, la
semiótica y las matemáticas. Por el contrario. Bajo el fuerte influjo
de la Unión Soviética, las tesis de Marx y Engels pasaban,
necesariamente, por la exégesis leninista, stalinista, maoísta,
trotskista, kimilsungista, etc. Los teóricos habían sido sustituidos por
conductores sociales o estrategas; el empirismo de éstos era la teoría.
Los modelos ‘socialistas’ que aparecían como triunfantes determinaban
las líneas de los partidos. Marx y su teoría acerca del acopio de las
disciplinas, sus concepciones acerca de la globalidad, estaban
olvidadas. Y era un milagro que, en un país distante como Chile, hubiere
personas como Rodrigo que se atreviesen a formular tesis que fuesen más
allá de los estrechos marcos que brindaban los modelos existentes.
Concepción del Estado. La concepción de Rodrigo acerca del estado
era, a no dudarlo, ‘instrumental’. Si bien prevenía acerca de la
necesidad de distinguir entre estado, gobierno y poder, sus ideas acerca
del estado no eran diferentes de las que sostenían las demás
organizaciones políticas. Las clases postergadas debían apoderarse de
esa “llave maestra del poder político”. O, empleando sus propias
palabras, el estado había de convertirse “de instrumento de dominación
de la burguesía en el instrumento al servicio de los intereses de las
clases populares”. Esta concepción ‘instrumentalista’ desarrollada,
entre otros, por el malogrado teórico italiano Antonio Gramsci, hacía
suponer que la estructura social era como un edificio o un vehículo al
cual bastaba ingresar para dirigirlo u orientarlo en cualquier sentido.
La teoría ‘relacionista’ del estado, desarrollada más tarde por Nicos
Poulantzas, vino a ajustarse con mayor fidelidad a las enseñanzas, no
siempre claras en ese sentido, del maestro de Tréveris. Y no está claro
si en el pensamiento de Ambrosio influyó o no la concepción
‘instrumentalista’ que, hasta la edición de 1985 de su obra más célebre
(“Los conceptos elementales del materialismo histórico”), sostuvo la
excelente teórica chilena Marta Harnecker.
Estatuto de las clases sociales. Rodrigo redactó un verdadero
estatuto de las clases sociales chlenas. Tomó en sus manos todos los
conocimientos que existían en aquellos años y los plasmó en un estudio
que incorporó, como ya se ha dicho, un nuevo término en el estamento
proletario y que denominó ‘proletariado de cuello y corbata’, segmento
social que comprendía al sector de empleados bancarios, personal
administrativo de las industrias y servicios y empleados o vendedores
del comercio. Todos ellos, considerados en su calidad de vendedores de
fuerza o capacidad de trabajo pasaban a integrar el proletariado chileno
o ‘trabajadores’, a diferencia de otros estudios que los denominaban
despectivamente ‘pequeña burguesía’. Ignoro si en esta contribución
estuvo presente, también, la influencia de la que fuese compañera suya
durante los años de estudio, en Francia, Marta Harnecker. Lo cierto es
que en la más conocida de sus obras, esta notable investigadora chilena
escribe, al respecto, lo siguiente:
“[…] ello ha conducido a que muchos teóricos marxistas no incluyan en el
concepto de proletariado a los trabajadores del comercio y de la banca,
que son entonces considerados como ‘empleados’ (grupo social que se
incluiría en el ambiguo concepto de ‘clases medias’)”
(Harnecker, Marta: “Los conceptos elementales del materialismo
histórico”, Siglo XXI Editores de España S.A., Madrid, 1985, pág. 229.)
No obstante tal innovación, el propio Rodrigo incurrió al respecto en
contradicciones aparentemente manifiestas. No sucedió ello en pocas
oportunidades. Pero es posible suponer que esta asimilación de la
‘pequeña burguesía’ al estamento de ‘empleados’ fue hecha en referencia
al denominado ‘alto personal administrativo’ de las empresas públicas,
privadas o mixtas. No obstante, esta es una interpretación. No existe
base ni seguridad alguna para sostenerla con certeza.
El estudio de Rodrigo, bastante más completo que los escasos intentos de
los otros sectores por construir una teoría de las clases, determinaba
estructuralmente tales grupos sociales. No era extraño que así
sucediese. Por una parte, los estudios más acabados que existían en esa
época eran los realizados por Georg Lukács. Por otra, la teoría en boga
de esos años era el ‘estructuralismo’ y, aunque Rodrigo no la aceptaba,
los influjos de esa tendencia se dejaban sentir fuertemente en todas las
disciplinas.
En Nicos Poulantzas, las clases sociales poseen un sentido dinámico. Se
organizan en la lucha de clases, en la oposición a otras clases y/o
fracciones de otras clases. Son estructuras, sí, pero tienen un carácter
disipativo (si recurrimos a las expresiones de Ilya Prigogine); se
organizan y reorganizan constantemente, cambian de forma y de sujetos
(no de intereses).
El Frente Revolucionario. La adaptación de una forma de vida que
ha de sustituir a la actual se realiza a través de la construcción de
otro sistema social que, en los escritos de Rodrigo, se llama
precisamente ‘nueva sociedad’. No quiere decir eso que el dirigente
mapucista abominase el término ‘comunismo’. De ninguna manera. Tan sólo
buscaba distanciarse de una denominación que ya tenía una connotación
ideológica. No sólo la Unión Soviética se había apropiado de aquel
vocablo, sino también lo hacían aquellas otras sociedades que se habían
organizado luego de alcanzar el triunfo merced a luchas populares o
guerras prolongadas. Esa nueva sociedad se conquistaba a través de una
estrategia que Rodrigo denominó ‘Frente Revolucionario’ o unión de las
organizaciones sociales y políticas bajo la conducción de la clase
trabajadora. Se apartaba Rodrigo de las concepciones vigentes en esos
años del ‘Frente Popular’ (sostenida por el Partido Comunista), de la
‘guerra popular y prolongada’ (de los sectores maoístas) y de la
‘estrategia guerrillera’, apoyada por el MIR.
Etapas en la construcción de la nueva sociedad. En la construcción de la nueva sociedad, sostenía Rodrigo la existencia de tres etapas claramente diferenciadas:
1.La conquista del poder político, que correspondería al triunfo
electoral, la fase de toma del gobierno de la nación. A partir de allí
había que conquistar el poder del estado. No de otra manera se explica
que sus discursos terminaran siempre con la consigna de ‘A convertir la
victoria en poder y el poder en construcción socialista’.
2.La consolidación del poder revolucionario, a través de una amplia movilización popular. Y,
3.La construcción revolucionaria o Nueva sociedad.
Tareas previas a la conquista del poder. Pensaba Rodrigo que, para llevar a cabo esa tarea, previo era la realización de dos grandes tareas políticas, a saber:
1.Política social: En esta parte proponía la organización de una Central
Única de Trabajadores CUT fuerte, con todos los trabajadores integrados
a ella, un Frente Campesino Único al cual confluyese todos los
trabajadores del campo y una Unión Nacional de Estudiantes tanto
universitarios como secundarios, y
2.Política sindical. En la concepción de nueva sociedad de Ambrosio, el
poder de los trabajadores era lo fundamental. Por lo mismo, su atención
siempre estuvo puesta en el fortalecimiento de la clase trabajadora y de
sus organizaciones. Para ello, proponía la creación de sindicatos
únicos o Federaciones por rama de actividad y su inmediata afiliación a
la CUT, la presentación de pliegos únicos de peticiones y la unión de
los trabajadores de las pequeñas empresas en sindicatos fuertes y cada
vez más grandes.
Concepción de partido. La concepción de partido que tenía Rodrigo
era un tanto diferente a la tradicional, aunque no siempre estaba bien
explicitada. Por una parte —y esa tarea la inició ya como Presidente de
la Juventud Demócrata Cristiana—, quería articular un partido de
cuadros. Rodrigo confiaba en la ‘clase dirigente’ y, extrañamente,
buscaba la organización de un partido que no suplantase a la clase
trabajadora en su rol de conductora del proceso de construcción de la
nueva sociedad. Era aquella una concepción muy poco clara pues, mientras
defendía la existencia de un partido ‘vanguardia’, manifestaba, al
mismo tiempo su voluntad de construir una organización al servicio de
las clases postergadas.
Moralidad política. Rodrigo fue una persona fiel a cinco grandes principios en materia de moralidad revolucionaria:
1.Por una parte, austeridad en la vida privada. La vida personal de un
dirigente debía caracterizarse por su extrema austeridad, una forma de
existir exenta de lujos, sencilla, modesta, ejemplar. Este particular
rasgo del dirigente mapucista lo llevaría a la inmolación. No
insistiremos sobre el particular.
2.Desprecio a la sospecha y a la traición. Jamás tuvo Rodrigo temor a
ser traicionado o a que, dentro de las masas ―e, incluso, dentro de su
propia organización―, se ocultase el elemento disociador. Al contrario
de muchos, que temían a la infiltración y al espionaje y descubrían en
cada gesto o ademán ‘agentes de la CIA’, tenía plena confianza en el
proyecto popular. Rodrigo, al igual que Allende, estaba cierto que,
tarde o temprano, las grandes mayorías nacionales terminarían apoyando
esa opción y, con ello, neutralizarían toda desidia. Por eso, cuando en
un acto realizado en Valparaíso se le advirtió que entre los presentes
se ocultaban algunos agentes de la CIA, no pudo dejar de hacer alusión
en su discurso a esas denuncias.
─Sé─ dijo, con aplomo─, que entre nosotros se encuentran algunos sujetos
extraños. Dicen que son ‘agentes de la CIA’. Pero yo les digo que no
nos preocupa su presencia. Por el contrario: celebramos que estén aquí y
nos vean. Este es el pueblo reunido. Somos personas libres. Así
aprenderán ellos también a ser hombres libres.
3.Lenguaje directo y rechazo rotundo a la adulación y a la hipocresía.
Nos hemos referido a este rasgo en páginas anteriores. No insistiremos
al respecto.
4.Fidelidad a los principios por respeto a la propia persona y a los
demás. Rodrigo no sólo sentía respeto por los demás, sino también
consigo mismo. Era fiel a sus principios por la rectitud de su vida y
por respeto a la vida de los demás. Era parte de toda una sociedad que
confiaba en su persona y en la que confiaba él mismo.
5.El servicio a la causa popular como única forma de dar sentido a la
vida, labor primordial de todo revolucionario. Tal vez era éste uno de
los rasgos más distintivos en la personalidad moral de Rodrigo. Su vida
era la causa popular. En este sentido, era un verdadero revolucionario.
Tenía el carácter productivo del que hablaba Fromm.
Como elemento de su época, Rodrigo pertenece al pasado, a nuestro
pasado, a ese pasado que a muchos llena de rubor y a otros nos
enorgullece. Su figura posee la virtud de recordar lo que fuimos y lo
que somos; nos permite, en suma, situarnos como jueces de nuestras
propias acciones y compararnos no con otro u otros sino con nosotros
mismos para descubrir en nuestro interior si acaso hemos perdido nuestra
capacidad de entrega o si hemos cedido al sistema, que antes
aborrecíamos, ese inmenso territorio que conforman nuestros sentimientos
y nuestras ideas.
Pero Rodrigo pertenece, además, a la Unidad Popular, al Gobierno
Popular, a esa época caracterizada por el ascenso sostenido del
protagonismo de las masas en los hechos históricos. Como hombre del
pasado, como producto histórico de su época, de su tiempo, Rodrigo fue
marxista, leninista, castrista, defensor inclaudicable de las
revoluciones coreana, china y vietnamita. Esto no era casual.
Defendíamos la vigencia del ‘socialismo real’ no en calidad de modelo
sino por el simple hecho de constituir el único desafío exitoso de
oposición al sistema capitalista mundial y un primer intento de
construir cierto tipo de sociedad diferente al propugnado por el modelo
norteamericano. Viet Nam y Cuba (¿cómo no defenderlos?) personificaron
la lucha mítica, prometeica, del débil ante el poderoso, el valor
increíble de los humildes alzándose contra el abuso del poder imperial y
su constante intervención en la política mundial. Apoyando las demandas
del ‘socialismo real’, nos oponíamos al avance siempre creciente de la
dominación norteamericana. Personalmente, hasta me atrevería a asegurar
que, muy pocos, dentro de la Unidad Popular, conocían la verdadera
naturaleza de las sociedades ‘socialistas’. Pienso, además, que,
conociéndola, muy pocos se hubieren atrevido a defender la vigencia de
semejante modelo pues no éramos liberticidas. La fuerza del paradigma
social era enorme, ciertamente; pero no lo suficientemente grande como
para hacernos abdicar de nuestros principios esencialmente libertarios.
Estábamos al margen de la perversidad; buscábamos instaurar nuevos
valores, distribuir el ingreso de manera igualitaria, crear una sociedad
inmensamente humana y de ello jamás podríamos avergonzarnos. El MAPU
era aquello: esperanzas, alegrías, confianza, solidaridad, empatía,
libertad, dignidad, fraternidad. La bandera del MAPU, verde, con la
estrella roja clavada en el centro de ese campo, no era sino la bandera
del Partido Comunista de Corea y un homenaje a la triunfante Revolución
Cubana. Rodrigo no vacilaba en reconocerlo y decirlo:
“A la sombra de estas banderas verde oliva, que representan desde
siempre la vida y la fecundidad, a la sombra de estas banderas verde
oliva que nos recuerdan Cuba revolucionaria y la lucha de los pueblos de
América Latina..., a la sombra de estas banderas que representan la
esperanza y la lucha de todos los pueblos del mundo, a la sombra de
estas banderas que llevan en su corazón una inmensa estrella roja,
proletaria, que recuerda la sangre vertida en los combates de obreros,
de campesinos y de pueblos de todo el mundo, a la sombra de estas
banderas vengan todos los que quieren, han querido y querrán que el MAPU
sea desde hoy, en Chile y en la clase obrera, partido para ayudar ¡a
convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista!”(
Ambrosio, Rodrigo: Obra citada en (22), pág. 48.
Es cierto: más tarde, cuando el MAPU se identificó con la voz “tierra”
―en lengua aborigen ‘mapu’―, la estrella roja empezó a asumir
crecientemente la naturaleza de la estrella mapuche, la “guñulve”,
rutilante guía celestial de los dueños originarios de Chile y de
Argentina.
Rodrigo representa nuestra juventud, nuestros ideales, lo que en esos
años consideramos nuestros objetivos. Pero representa, además, todo lo
que éramos capaces de hacer, la entrega total, la capacidad inagotable
que poseíamos de dar sin esperar nada a cambio, esa capacidad que es la
voluntad de servir a los demás, regalarles, entregarles sin esperar, por
ello, retribución alguna. Desde este punto de vista, Rodrigo Ambrosio
—como muchos otros dirigentes de los movimientos populares— representa
la moral que orientara a los movimientos de esa época y que hoy, bajo el
imperio de las ideas del mercado, es “estupidez”, “tontería”,
“ingenuidad”. El mercado, para expandirse, necesita prostituir a las
masas, alterar el sentido de las palabras, transformar los conceptos e
imponer la moral del lucro y la avaricia por sobre todos los valores.
¿No es esto, acaso, a lo que Arthur Machen se refería, por boca del
profesor Lipsius, cuando hablaba de “las mezquinas reglas y
disposiciones que una sociedad corrompida dicta para defender sus
propios intereses egoístas y nos presenta como decretos inmutables de lo
eterno” ( Machen, Arthur: “Los tres impostores”, Hyspamérica Editores
Argentina S.A., Buenos Aires, 1985, pág. 193.)
Rodrigo es segmento temporal de una época, parte de una institución y de
un proceso. Para desgracia de quienes buscan, hoy, establecer analogías
anacrónicas entre las conductas de la casta gobernante y la suya,
Rodrigo murió convencido de sus ideas, que fueron las ideas de Allende,
las ideas de la Unidad Popular, las ideas que abogaban por el
establecimiento a nivel mundial de una sociedad nueva fundada sobre los
valores del ser humano. Falleció en ese retazo de tiempo que acunó todas
las esperanzas de un pueblo, con sus pensamientos, con sus
sentimientos, con su obra; falleció defendiendo ese “Gobierno de mierda”
que fue nuestro Gobierno Popular, defendiendo el derecho de
autodeterminación de los pueblos —especialmente, del cubano— y soñando
con una legión de trabajadores, empeñados en construir esa nueva
sociedad que todos anhelábamos...
Santiago, 19 de mayo 2010
MANUEL ACUÑA ASENJO
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