MANUEL ACUÑA ASENJO. Santiago, febrero de 2011
ALARGANDO LA EDAD PARA JUBILAR
El día 26 de enero recién pasado, se firmó un acuerdo entre el gobierno
de España, encabezado por José Rodríguez Zapatero, y las organizaciones
sindicales más representativas del país (Unión General de Trabajadores
UGT, y Consejos Obreros, CCOO) dirigidas, respectivamente, por Cándido
Méndez e Ignacio Fernández Toxo. El objetivo del acuerdo fue, en
síntesis, extender la edad para acceder a la jubilación normal, de 65
años a 67 y, para la prematura, de 61 a 63 años; en España, hasta ese
momento, podían obtenerse pensiones transcurridos que fuesen 35 años de
trabajo.
El acuerdo marca una diferencia notable respecto de lo sucedido en
Francia, durante octubre del año también recién pasado, donde una
reforma similar fue impuesta por el gobierno, de manera autoritaria,
luego de agotarse las protestas a que convocaran las centrales
sindicales y estudiantiles de ese país. En aquella nación, el tránsito
hacia un período más largo para la obtención de la jubilación se realizó
tras la derrota de la clase obrera; en España, se ha realizado con la
anuencia las centrales sindicales.
El cambio en referencia no es asunto que posea escasa relevancia. Muy
por el contrario, presenta dos grandes aspectos que es necesario
considerar: el primero dice relación con las razones que se ha tenido
presentes para proceder a su instauración; el segundo se encuentra
estrechamente vinculado con lo que ha de suceder en los países del
llamado ‘tercer mundo’ (Latinoamérica, Asia y África, por señalar
algunas regiones del planeta en donde el avance tecnológico y social
marcha a la zaga de los acontecimientos).
El primero de los aspectos parece encontrarse claramente explicitado
cuando se analiza el discurso con el que los medios de comunicación
abordan el cambio. En síntesis, éste puede resumirse en dos
circunstancias dignas de tomar en cuenta: por una parte, que el sistema
amenaza colapsar, pues se cotiza menos de lo que se paga; por otra, que
el ser humano ha aumentado sus expectativas de vida, por lo que debería
también aumentar su contribución laboral al desarrollo de la sociedad.
Tales afirmaciones, no obstante, constituyen verdades a medias. Hay
motivos un tanto más complejos que no aparecen, normalmente,
explicitados en la prensa como podría más de alguien ingenuamente
suponer; y no podrían ser consignados allí por razones obvias, como se
verá a continuación.
Empecemos diciendo que la previsión social puede presentarse en forma de
tres figuras ―denominadas ‘sistemas’ por los estudiosos―, siendo las
más conocidas, la capitalización, la solidaridad o ambas variables en
forma conjunta, lo que da origen a un sistema mixto; esta última
situación es propia de los países europeos. No vamos a describir cada
uno de esos sistemas. Bástenos saber que el sistema de la solidaridad
imperaba hasta la década de los ochenta en la generalidad de las
naciones del orbe. Era fuertemente criticado por el empresariado local y
sus teóricos, que en todo momento manifestaban aprehensiones ante un
inminente colapso del mismo. No está de más recordar que quienes más
insistían sobre el particular pertenecían, en su inmensa mayoría, al
grupo de los sostenedores del sistema de capitalización, que iría a
imponerse como sustituto de aquel y alcanzaría su apogeo bajo el imperio
de la nueva forma de acumular o modelo económico.
Para quien mire estos cambios desde fuera, la modificación del sistema
de pensiones, en términos de aumentar la edad para jubilar, no deja de
presentarse, sin embargo, en el carácter de extremadamente curiosa. Y no
es para menos. La industria, precisamente en estos tiempos, prefiere la
contratación de personas que no excedan los 30 años de edad ya que
conoce, más que cualquier otra actividad, en qué consiste,
verdaderamente, y cómo actúa la ‘fuerza o capacidad de trabajo’. No
ignora, por consiguiente, que esa energía corporal cumple un ciclo al
término del cual comienza a declinar, fenómeno que no se manifiesta
solamente en el carácter de ‘vejez’ o pérdida de energía corporal,
endurecimiento de tendones y músculos, ralentización del movimiento,
pérdida de la vista y de la audición, entre otros rasgos fisiológicos;
también la capacidad de adaptación del trabajador se ve seriamente
resentida con el transcurso de los años. De sujeto dúctil y maleable,
fuerza de trabajo que se puede amoldar, acomodar a todas las
circunstancias, y adaptarse a los cambios y nuevas exigencias
tecnológicas, comienza a poner trabas a las innovaciones, a resistirse a
las transformaciones empresariales. Como los árboles que tuercen sus
ramas en una dirección dada y es imposible volverlos a su posición
primitiva, también los seres humanos comienzan a ponerse intransigentes y
rígidos. La fuerza de trabajo se anquilosa.
Desde este punto de vista, al industrial le conviene la contratación de
gente joven, dinámica, moldeable, adaptable a las exigencias de la
producción: por otro lado, le interesa deshacerse de los elementos que
exhiben resistencia al cambio o a la transformación, procesos
enteramente necesarios para enfrentar la nueva fase que se abre en la
evolución del sistema capitalista mundial. El trabajador no es una
persona, no lo olvidemos: es un ‘recurso humano’ del que se echa mano en
los períodos de auge, para abandonársele en los de crisis. El
trabajador no es un ser humano.
¿Por qué, entonces, aumentar la edad para jubilar cuando lo que se
requiere es la incorporación del contingente juvenil en el carácter de
fuerza o capacidad de trabajo, y la prolongación de la edad para jubilar
entorpece esa dinámica?
Es en esta materia donde el legado teórico de los clásicos adquiere
extraordinaria importancia. Porque tras toda esa discusión, oculta tras
la cortina de la insolvencia de los sistemas de pensión, subyacen
razones que el moderno ‘socialismo’, poco proclive a los debates
teóricos, prefiere ignorar. Porque esos debates le inducen a
introducirse en tópicos que prefiere soslayar, en materias que desconoce
y que, por lo mismo, en la imposibilidad de reconocer su indigencia
teórica, desprecia, ignora o considera irrelevante frente a otras
contradicciones: se trata del concepto de antagonismo de clases.
EL ANTAGONISMO DE CLASES
Pocos conceptos han sido más mal interpretados como éste del
antagonismo, contradicciones o lucha de clases. Porque, para el común de
los mortales, la lucha de clases implica la sublevación de un sector
social en contra de quienes poseen las riquezas, de pobres contra ricos,
de dominados contra dominadores. Nada más erróneo que esa concepción.
Porque, desde el punto de vista filosófico, no existen dominados sin
que, previamente, alguien (uno o muchos) haya desatado una intensa a la
vez que efectiva lucha en contra de otro u otros hasta obtener su total
sumisión. La lucha del dominado contra el dominador, pues, exige la
previa existencia de una dominación, porque no existen dominados sin
que, antes, un dominador los haya dejado en tal condición. Entonces, la
lucha de clases es, en primer lugar, el ataque de los dominadores en
contra de un vasto sector social al que someten por la fuerza y,
finalmente, por la convicción.
No existe, sin embargo, sumisión que no llegue a su término, lo cual
implica que, para mantenerla o prolongarla en el tiempo y evitar su
extinción, el sector dominador esté librando continuamente, en contra de
los dominados, una lucha implacable y sostenida a fin de mantenerla. Es
en contra de esa dominación que los dominados reaccionan; pero se trata
de una lucha también de clases que nace como consecuencia de otra,
general, global.
La lucha de clases presenta, además, otros ribetes a los que debe
prestárseles debida consideración y es que, en el modo de producción
capitalista, la clase de los compradores de fuerza o capacidad de
trabajo, que es el sector dominante, se fracciona durante el transcurso
de la rotación del capital para especializarse en el ejercicio de
determinadas funciones. Uno de aquellos sectores se hace productivo para
dar origen a la fracción industrial; otro, se convierte en mercantil y
engendra la fracción comercial; finalmente, el último sector orienta sus
actividades al comercio del dinero para trastocarse en fracción
bancaria o financiera. Dedicadas cada una al desarrollo de lo suyo, sus
intereses no solamente se separan, sino se hacen contradictorios. Los
conflictos por imponerse sobre las demás y obtener el máximo rédito para
sí se tornan frecuentes; y es que entre ellas se libra una fuerte
‘lucha de clases’ o de fracciones de clases pues sus contradicciones son
manifiestas.
Naturalmente que, al dividirse el sector de compradores de fuerza o
capacidad de trabajo en los segmentos indicados, también lo hace el de
los dominados, es decir, el sector que vende esa mercancía. De esa
manera se organizan los sectores industrial, bancario y comercial dentro
de la clase de los vendedores de fuerza o capacidad de trabajo. La
lucha por la defensa de sus particulares intereses no se da, por
consiguiente, sólo entre las clases naturalmente antagónicas dentro del
modo de producción capitalista (compradores y vendedores de fuerza o
capacidad de trabajo), sino también y con mayor frecuencia entre las
fracciones que se desarrollan al interior de cada uno de esos segmentos
y, principalmente, entre las fracciones que componen el sector de los
compradores de dicha mercancía. Y es que sus intereses, contrapuestos,
se manifiestan de modo extremo. De lo cual deriva que las pugnas por
imponerse, unas sobre otras, alcanzan, en no pocas oportunidades,
niveles de inusitada violencia.
Sin embargo, si esta situación no encontrase una resolución adecuada, la
dominación sería imposible para la clase de los compradores de fuerza o
capacidad de trabajo y ninguna de esas fracciones podría realizarse en
plenitud. Entonces, puesto que la voluntad de dominar a un vasto
conjunto social predomina por sobre los demás intereses, se organizan
todas ellas en forma de Estado, entidad que, en su interior, cuenta con
una estructura sui generis, un Bloque en el Poder dentro del cual cada
una de ellas, presente, disputa a las otras el control hegemónico del
conjunto social. En términos teóricos, se dice que cada fracción lucha,
al interior de ese Bloque, por imponer su hegemonía. Así, pues, el
Bloque en el Poder tiene por función aunar esos intereses diversos en
torno a una dirección hegemónica que dirija a la sociedad en su
conjunto.
LAS VERDADERAS RAZONES DE LA EXTENSIÓN DE LA EDAD PARA JUBILAR
En la fase actual que recorre la evolución del sistema capitalista
mundial, hemos sostenido, en nuestros numerosos artículos, que al
interior de los Bloque en el Poder mundial, regionales y nacionales
ejerce un amplio predominio la fracción bancaria de la clase de los
compradores de fuerza o capacidad de trabajo, en estrecha alianza con su
fracción comercial. No predomina, como antaño, el capital productivo;
lo hace el capital especulativo, el comercio del dinero, el llamado
sector ‘financiero’ (si por tal entendemos al que se dedica a la
administración de las finanzas). Constituido como fracción hegemónica
del Bloque en el Poder planetario, este sector ha procedido a presionar
por una modificación substancial de la antigua concepción de la
previsión que, basada en el sistema de la solidaridad según el cual la
generación posterior debería sostener a la generación que la ha
precedido, privilegiaba la administración estatal de las pensiones. Bajo
esas nuevas ideas, se procedió en primer lugar, a desprestigiar la
administración conjunta de los fondos previsionales en manos de los
trabajadores, del Estado y de los empresarios; luego, a mostrar
proyecciones de futuros compromisos previsionales que amenazaban llevar
el sistema al colapso, y, en tercer lugar, a pregonar la conveniencia de
la solución de mercado, según la cual resultaba más conveniente sacar
los fondos de los trabajadores y colocarlos en manos de especuladores
para lograr una mayor rentabilidad. De esa manera, se llegó, en algunos
casos a expropiar los dineros de los fondos previsionales, en otros a
crear entes alternativos que competían con el Estado, para la
administración de los fondos y, en otros, a separar determinadas
funciones como si fuesen diferentes de las otras a fin de intensificar
el negocio de los dineros ajenos, tal como ha sucedido con la
administración de los fondos de cesantía. Las disposiciones legales,
redactadas por diestros especialistas, han terminado por poner, de esa
manera, en manos de los especuladores, los fondos de los trabajadores. Y
este no es un botín despreciable. En la generalidad de los casos, los
fondos previsionales de las naciones sudamericanas pueden llegar a
alcanzar el doble de la deuda externa que tiene la nación respectiva.
Pero, entonces, si la medida (en cierto sentido) pareciera dañar a la
industria, ¿por qué su fracción productiva no defiende sus intereses?
Hay, naturalmente, una explicación a ello. La prolongación de la edad
para jubilar no es solamente una medida que da ganancias al capital
especulativo; implica, además, la prolongación de la jornada de trabajo,
lo que implica mayor trabajo (plustrabajo); el plus trabajo aumenta la
producción y hay, en consecuencia, un producto mayor (plusproducto), lo
que conlleva, naturalmente, a una mayor percepción de riqueza para el
empresario, que se denomina plusvalor. Es decir, de todas maneras la
industria sale beneficiada con esa medida, aún cuando se sienta
perjudicada por otros motivos. El cambio produce biefectos. Porque el
plusvalor puede ser relativo o absoluto. Es relativo cuando se origina
el plusvalor al incorporarse maquinaria más avanzada o mejor tecnología a
la producción, elementos que, sin prolongar la jornada de trabajo,
aumentan aquella. Por el contrario, el plusvalor absoluto es aquel que
se origina al prolongarse la jornada de trabajo del operario. Situación
que se produce al aumentarse la edad para obtener la jubilación. Al
producirse este fenómeno, el plusvalor absoluto acude en tropel a las
arcas del industrial.
Resulta fácil comprender, entonces, por qué el interés de la banca y, en
general, del sector financiero, que es el hegemónico al interior del
Bloque en el Poder, no se contrapone al del industrial que acepta
aumentar la edad para jubilar. No sólo permite que se prolongue en el
tiempo la tenencia de dinero ajeno en manos de los financistas para que
éstos puedan ocuparlo con mayor tranquilidad en actividades
especulativas al servicio de sus intereses, sino aumenta la percepción
del plusvalor absoluto para el capitalista industrial; y ello lo
beneficia, aunque retarde su interés en renovar con la mayor celeridad
posible la fuerza de trabajo que ha contratado.
De esa manera, y para quienes aún no creen en la importancia de las
disputas por el interés de cada una de las fracciones que integran el
Bloque en el Poder, las modificaciones introducidas en Francia y en
España a la edad para jubilar constituyen el más exitoso triunfo de la
fracción de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de
trabajo, dedicada al comercio del dinero. Es un triunfo que consolida su
hegemonía por sobre las demás fracciones que integran el Bloque en el
Poder y que arroja un desolador balance para el sector de las clases
dominadas. Porque, en las luchas sociales que se libran en el
transcurso de esta fase de la evolución del SKM, como lo demuestran las
movilizaciones realizadas en Francia en octubre pasado, los sectores
dominados, cuando buscan imponer su opinión disidente y no cuentan con
suficiente apoyo ciudadano, no sólo no son escuchados sino resultan,
finalmente, aplastados por los sectores dominantes; no así cuando actúan
en el carácter de ‘clase apoyo’ como ha sucedido en la España de
Rodríguez Zapatero. En este último caso, tampoco triunfan; apenas si
cumplen con el penoso rol de hacerse cómplices de su propia explotación.
¿REPLICACIÓN EN ALGUNOS DE LOS PAÍSES DE LA PERIFERIA?
En los sistemas de dominación, dominante y dominado pasan a tener una
cultura común; la voluntad de uno es la voluntad del otro. El poder
dominante se repite y reproduce en cada uno de los segmentos sociales.
En la estructura internacional, el poder dominante se impone sobre la
dominación regional y nacional. Es consecuencia de la teoría de la
repetición. Porque la repetición enseña que las acciones de quienes nos
precedieron, si dieron a éstos la oportunidad de sobrevivir, no pueden
ser sino calificadas o estimadas en el carácter de óptimas y
recomendables. La supervivencia determina la calificación. El pasado
invita a repetir. A imitar. No por algo los países latinoamericanos
observan lo que hacen los países dotados de mayor tecnología o bienestar
e imitan sus conductas, obligados, por una parte, por las propias
naciones adelantadas que exigen adecuarse a sus formas de actuar para
poder celebrar convenios, hacer inversiones o establecer relaciones
sociales. Por otra, porque los dominados están convencidos que, a través
de la imitación de la conducta de las naciones ricas, van a acceder con
mayor facilidad a su técnica o a sus recursos. En consecuencia, no
debería sorprender que reformas similares comiencen a discutirse y a
estudiarse en esos países como reproducción de lo que sucede en las
naciones del llamado mundo ‘desarrollado’. Esto no es una mera
suposición: el ambiente se presenta propicio para tales reformas en las
naciones de la periferia, especialmente luego del desprestigio en que
han caído los sectores socialdemócratas en su afán de demostrar a las
clases dominantes mayor eficiencia que su representación natural en la
administración del Estado. Gobiernos cada vez más comprometidos con la
defensa de esos sectores, integrados por su representación más legítima,
han comenzado a reemplazar a quienes buscaron disputar con ellos mayor
diligencia en hacerlo. La derrota de los sectores dominados también ha
alcanzado a sus mentores.
Esta es una constante que puede, sin embargo, revertirse. Pero ello sólo
es posible cuando un movimiento social de gran envergadura comienza a
amenazar a las clases dominantes y a su fracción hegemónica, haciéndoles
abandonar sus propósitos. Entonces, los intentos de percibir una cuota
cada vez más alta de plusvalor absoluto, en virtud del aumento de la
jornada de trabajo por veinticuatro meses ―como ha sucedido en España y
Francia, y parece amenazar extenderse a todo el orbe―, son desbaratados.
La jubilación ―cuya etimología proviene del latin jubilatio, que
significa júbilo, gozo, alegría de vivir, término de la servidumbre y
del trabajo, comienzo de una vida plena―puede, de esa manera, recuperar
su verdadera naturaleza, y no continuar siendo la inevitable antesala de
la muerte del trabajador, como pareciera ser el inconfesable deseo de
las clases dominantes y de su fracción hegemónica.
Santiago, febrero de 2011
|