16 jun 2012

EL CONCEPTO DE UNIDAD ORIGINARIA (Parte I)

MANUEL ACUÑA ASENJO - Estocolmo, septiembre 2007
“A pesar de que todas las obras de Marx y de otros socialistas están a disposición de todo el mundo para leerlas, la mayoría de los que alientan los sentimientos más fuertes contra el socialismo y el marxismo no han leído nunca una palabra de Marx, y otros muchos sólo tienen de ellas un conocimiento muy superficial”.

(Erich Fromm: ‘Psicoanálisis de la sociedad contemporánea’)


DEDICATORIA

A fines de la década de los sesenta y a principios de los setenta, poco antes de las elecciones presidenciales en Chile que le dieran el triunfo a Salvador Allende Gossens ―abanderado de la coalición denominada ‘Unidad Popular’―, sufrieron las Juventudes Comunistas (JJCC) una drástica división al marginarse de ellas un grupo de destacados intelectuales y dirigentes. De entre ellos, podemos mencionar a Sergio Del Solar, Fernando Quiroga, Fabio Rodríguez, Sergio Martínez, Luis Valenzuela, Sergio Muñoz (‘Cochin’), Mario Papi, Luis Durán, Mario Logercio, Tommy García, una persona de apellido Gutiérrez a quien apodaban ‘Chino’, y a Leonel ‘Kalki’ Glauser.
Autodenominados ‘La Tendencia’, se habían atrevido aquellos jóvenes a formular fuertes críticas al autoritarismo que existía al interior tanto de las JJCC como del propio Partido Comunista de Chile (PC) y, por consiguiente, a las limitaciones impuestas al derecho a discutir y a discrepar. En verdad, querían explicarse, más bien, el por qué del abandono e, incluso, de la hostilidad demostrada por esa colectividad hacia los movimientos revolucionarios desencadenados durante aquellos años en algunas regiones de América Latina, en tanto se apoyaba la invasión de las tropas soviéticas a la república checoslovaca. Como lo anota Sergio Martínez, en su obra ‘La militancia juvenil de los años 60’, quería, igualmente conocer ‘La Tendencia’ cuáles eran los motivos del profundo desprecio que mostraba el PC hacia organizaciones políticas como lo eran el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y el Partido Comunista Revolucionario (PCR), a quienes motejaba de ‘ultraizquierda’.
Algunos de esos jóvenes mantuvieron, en un comienzo, entera independencia respecto de los partidos y movimientos de la época, sin dejar de manifestarse como militantes de la Unidad Popular. Posteriormente, sin embargo, la generalidad de ellos se incorporó a aquellas colectividades que parecían brindarles mayores garantías al ejercicio de su derecho a discrepar. Leonel ‘Kalki’ Glauser comenzó a militar en el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) donde, al poco tiempo, comenzó a destacarse como uno de sus mejores teóricos.
Al promediar el término del año 1971, y en pleno Gobierno de la Unidad Popular, se realizó en Santiago un simposium sobre la experiencia chilena y el problema de la transición al socialismo. A este evento concurrieron conocidos investigadores de las ciencias sociales algunos de los cuales fueron Lelio Basso, Paul Sweezy, Theotonio Dos Santos, Marta Harnecker, Pedro Vuskovic, Armand Mattelart y Michel Gutelman; también estaba presente allí Leonel ‘Kalki’ Glauser, de quien dice Sebastián Jans, en su obra ‘El desarrollo de las ideas socialistas en Chile’, tuvo una intervención destacada cuando describió el carácter del gobierno popular con las siguientes palabras:

“La revolución chilena se propone utilizar el legado jurídico e institucional de la burguesía para avanzar hacia y en la transición socialista. Se propone hacer la revolución, respetando la constitucionalidad y la ley burguesa. Pero eso no significa que no exista un punto crucial en la cual el Estado efectivamente cambia de carácter, un punto de quiebre en que, respetando las formas burguesas de cambio, las leyes y las instituciones dejan de ser burguesas. La revolución (en Chile) ha comenzado antes de la toma del poder. Pero el proletariado debe tomar el poder para que esa revolución se haga efectiva y no sólo potencialmente socialista. De allí que la actual situación chilena sea todavía una etapa de lucha por el poder, pero una lucha por el poder que utiliza las leyes y las instituciones públicas creadas por la burguesía para demoler el poder de esa misma burguesía”.
Cáustico, severo y, tal vez, hasta un poco atrevido en sus juicios acerca de los demás, ‘Kalki’ fue, sin lugar a dudas, uno de los más profundos conocedores del pensamiento de Karl Heinrich Marx de nuestra generación, circunstancia que se puede apreciar en sus obras y escritos, diseminados hoy en libros y revistas; personalmente, pude constatarlo en las numerosas conversaciones que sostuve con él. De tales encuentros conservo memoria de aquella oportunidad en que me facilitó sus ‘Grundrisse’, borradores/guía escritos por el maestro de Tréveris para facilitar la producción de su obra insigne ‘Das Kapital’. Los ejemplares que ‘Kalki’ poseía estaban rayados por completo, con lápices marcadores de diferentes colores para facilitar la concordancia de las ideas de Marx que consideraba afines y complementarias entre sí. ‘Kalki’ no solamente leía las obras que poseía o que, por diversos motivos, caían a sus manos, sino también las estudiaba.
Vivió nuestro buen amigo su exilio en Estocolmo, capital de la Moder Svea (‘Madre Svea’ o, simplemente, Suecia), situada al lado oriental, casi en la mitad de la península escandinava; en esa ciudad, construida sobre un conjunto de cinco mil islas, unidas entre sí por puentes y carreteras, que justifican con creces su pintoresco sobrenombre de 'Venecia nórdica’, encontraría también la muerte.
Al escindirse el MAPU, luego del golpe militar, en las tres fracciones que fueron el MAPU oficial, el MAPU Partido de los Trabajadores y el MAPU Comité Central, tomó ‘Kalki’ partido en la última de aquellas, donde también yo militaba, intensificándose nuestros contactos.
Para los primeros exiliados ―’Kalki’, entre ellos―, la vida no fue fácil en Suecia. Raros fueron quienes empezaron su ostracismo desempeñando labores de cierta significación; Suecia no estableció privilegios especiales para aquellos que eran dirigentes de las organizaciones políticas de la Unidad Popular. Y, de haberlo hecho, ‘Kalki’ hubiere sido un duro crítico al respecto. Me confesó, en cierta oportunidad, sentir vergüenza del trato que en tal calidad le brindara Cuba, primera etapa de su exilio. Sin dejar de agradecer los favores recibidos del gobierno de Fidel Castro, no vacilaba en mostrar su abierta disconformidad con la práctica de establecer beneficios especiales para la ‘dirigencia’ en desmedro de los ‘dirigidos’. Este ingeniero ‘sansano’, como lo llamara Rafael Meza, aludiendo a su condición de ex alumno de la Universidad Domingo Federico Santa María, comenzó su exilio, como muchos otros, realizando labores en una de las bodegas de una empresa sueca y, posteriormente, vendiendo boletos en una de las estaciones del ferrocarril metropolitano de Estocolmo.
‘Kalki’ escribía. Y mucho. Su producción de tesis y documentos era constante. Lo había hecho ya en Chile, durante el régimen de la Unidad Popular; lo hizo en Suecia antes de incorporarse al Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales (ILADES) ―institución vinculada a la Universidad de Estocolmo―, y también después, como editor de la revista de ese instituto. De todos ellos, recuerdo ‘Unidad en lo táctico, lucha en lo estratégico’, ‘En torno a la evolución del comercio exterior chileno 1968-1984’ y el documento con el cual respondió a la línea de la guerra popular y prolongada asumida por la fracción MAPU Partido de los trabajadores ‘Vamos parando el chamullo para cantar mano a mano’, título sugerente, asociado a su preferente gusto por los tangos argentinos, cuyas letras y melodías no sólo conocía al dedillo, sino acostumbraba a cantar durante las noches de tertulias y conversaciones interminables, junto a una botella de buen vino de la región de Rioja. Rebelde por naturaleza, ‘Kalki’ jamás llegó antes de las 11 A.M. a su trabajo, contrariando con ello las instrucciones del Instituto que establecían las 9 horas de la mañana como inicio de la jornada laboral para todos los funcionarios. Y se enorgullecía de ello.
En su alocución para el Día de los Ausentes, pronunciada el 15 de enero de 2000, en la Casa Central de la Universidad Domingo Santa María, de Valparaíso, recuerda Rafael Meza haber oído que ‘Kalki’ conocía de memoria todas las estrofas de ‘La Araucana’, poema épico escrito por Alonso de Ercilla y Zúñiga. Este hecho, totalmente efectivo, debe complementarse, bajo sanción de pecar de inexacto: aquel ‘sansano’ sabía también de memoria poemas, sentencias y citas extensas extraídas de las obras de innumerables autores.
Murió en 1993. Sus últimos días los pasó en el departamento que había adquirido en el centro de Estocolmo, a una distancia casi equidistante de las estaciones ‘Sankt Eriksplan’ (del ferrocarril metropolitano), y ‘Karlsberg’ (del ferrocarril local). En esa época, estaba ya muy enfermo y, a pesar de todo, se reunía conmigo para analizar aspectos controvertidos de las tesis de Marx. En una de esas oportunidades, se sorprendió con mis observaciones acerca de la ‘unidad originaria’, pues no conocía dicho concepto. No pude aquella vez explayarme en una explicación que permitiese iniciar la discusión inmediata correspondiente pues, ya en esos meses, mi buen amigo se cansaba mucho. Sin embargo, tuvo la valentía de desafiarme a hacerlo en una próxima oportunidad. Fue una promesa que nos hicimos. Un compromiso de volvernos a ver que las circunstancias hicieron imposible hacer realidad. Trasladado desde su hogar en ‘Sankt Eriksplan’ hasta el Hospital de Huddinge ―hoy ‘Karolinska’―, agotadas todas las esperanzas de mantenerlo con vida, sólo cabía esperar el momento de su deceso. Me había confesado en una oportunidad, que no deseaba morir. Reaccionaba ‘Kalki’ como todo ser vivo en función de su conservación: ‘esse persistere, in esse est’, para poder seguir siendo tal es necesario perseverar. Sin embargo, en el caso de nuestro buen amigo, la prolongación de su existencia era ya imposible. Permaneció un período breve aislado, dentro de una de las salas de ese centro asistencial; nadie podía visitarlo y sólo era posible contemplársele a través de los cristales. ‘Kalki’ se cansó de todo aquello; se aburrió de ser espectáculo de muerte. Un día aparecieron unas cortinas que impedían el paso de la vista hacia el lugar donde reposaba. Unas pocas jornadas más y, luego, el silencio, la ausencia eterna. Falleció, así, solo, como quería. Como esos hidalgos japoneses que dejan tras de sí el recuerdo o la imagen de un ser altivo, jamás doblegado por la muerte o el infortunio. Cierta carta/testamento suya dispuso que sólo una persona, cuyo nombre omito por razones obvias, no podría hablar en su funeral. La razón que dio fue un tanto cruel: ‘porque es tonto’, frase dura, descalificadora, sin lugar a dudas, pero que reflejaba con propiedad su carácter de hombre duro, inclaudicable, decidido. Así era aquel ingeniero ‘sansano’, tremendamente franco, rotundo, casi descalificador. Me correspondió a mí, a nombre de lo que había sido nuestra organización, despedir sus exequias.
El presente trabajo, ―que, en algunos importantes aspectos, recoge parte de las experiencias de los cursos de Economía dictados para nuestro grupo allá por el año 1982, en Chile, por Carlos S. Lagos―, es un intento de cumplir el compromiso de discutir el concepto de unidad originaria que contraje con mi desaparecido amigo. Es, en consecuencia, un homenaje a su memoria.

LOS FUNDAMENTOS TEÓRICOS DE LA ‘UNIDAD ORIGINARIA’

El concepto de ‘unidad originaria’ encuentra sus raíces en las ideas expuestas por Karl Heinrich Marx, dispersas a la vez que ordenadas, en sus numerosos trabajos. No debe, pues, sorprender que nos veamos forzados a realizar el estudio del mismo sólo a partir de los textos legados por el ilustre pensador. Digámoslo de manera obvia: todo autor es fuente obligada de sus propios conceptos. Nadie expresa con mayor propiedad sus ideas que quien las propone o formula. Las citas que se incluyen en el presente trabajo nos parecen, por consiguiente, más que necesarias, imprescindibles, porque forman parte, precisamente, de la exégesis de una obra. Y, no obstante, pueden resultar agobiadoras. A menudo, en poco ayudan a la lectura de quien no está familiarizado a esta forma de exposición o se encuentra urgido por la prisa que impone el ritmo de la sociedad actual. Es el precio inevitable que hemos de pagar quienes nos aventuramos en esta clase de empresas.
Comencemos diciendo que la unidad originaria no está contenida en las páginas de ‘Das Kapital’, su obra monumental. No se encuentra, siquiera, ‘tratada’, es decir, contemplada como concepto al que haya dedicado el maestro de Tréveris un estudio especial. Constituye, más bien, una mención contenida en su trabajo ‘Salario, Precio y Ganancia’ que, no obstante, informa toda su obra. Es más: hace difícil o incompleto cualquier intento de comprender la esencia misma del concepto de modo de producción.
Publicado en Londres, por Eleonora, la sexta de todos sus hijos, en 1898, bajo el nombre de ‘Value, price and profit’, este artículo del filósofo alemán fue prologado por Edward Aveling, dirigente medio de los socialistas ingleses . Aveling quien, además, era el marido de Eleonora, fue quien colocó los subtítulos a los diversos apartados de la obra.
El trabajo aquel es, en estricto rigor, un informe redactado por el ilustre pensador durante el mes de junio de 1865, para ser presentado ante el Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores, organización que fuera conocida más tarde como ‘Primera Internacional’.
Demás está destacar la gran relevancia de la obra, toda vez que contiene, por vez primera, los fundamentos de la teoría del plusvalor (‘mehrwert’) propuesta por Karl Marx; en ella se formula, además, la interrogante clave para entender la estructura del sistema capitalista (SK), a saber, la existencia contrapuesta de aquellos dos sectores sociales que son compradores y vendedores de fuerza o capacidad de trabajo. Marx se pregunta, al respecto:
“¿De dónde proviene ese hecho peregrino de que en el mercado nos encontremos con un grupo de compradores que poseen tierras, maquinaria, materias primas y medios de vida, cosas todas que, fuera de la tierra virgen, son otros tantos productos del trabajo, y de otro lado, un grupo de vendedores que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo, sus brazos laboriosos y sus cerebros? ¿Cómo se explica que uno de los grupos compre constantemente para obtener una ganancia y enriquecerse, mientras que el otro grupo vende constantemente para ganar el sustento de su vida?”
Esta misma idea, formulada no ya en el carácter de pregunta, se encuentra también expresada en su obra máxima ‘Das Kapital’ bajo los siguientes términos:
“Pero una cosa sí es evidente. La naturaleza no produce, de un lado, poseedores de dinero o de mercancías, y, de otro, meros poseedores de sus fuerzas personales de trabajo. Esta relación no es obra de la historia natural ni tampoco es una relación social, común a todos los períodos de la historia. Evidentemente es el resultado de un desarrollo precedente, producto de muchas transformaciones económicas, de la destrucción de toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social” .
El mundo del ser humano es un mundo de ideas. Multitud de ellas, especialmente los valores (como lo son el honor, la virtud, la belleza, la libertad, entre otros) y las generalizaciones (como el árbol, la silla, el caballo, la bicicleta, entre muchas) no existen en la naturaleza más que como representaciones o singularidades, respectivamente; nadie puede afirmar haberse tropezado en alguna calle de la ciudad con la virtud ni haber divisado al árbol. La virtud está ligada a un sujeto que presenta dicha cualidad; es una abstracción como también lo es ‘el’ árbol: existe ‘un’ árbol determinado, específico, no ‘el’ árbol, indeterminado, no específico.
El dinero pertenece al mundo de las ideas, pero no es una generalización sino un valor; no existe en parte alguna de la naturaleza que no sea la mente del ser humano, ávida de medir la longitud de su apetencia por apoderarse de un bien determinado. Esta forma de medir regula, por consiguiente, los términos del intercambio entre personas. En un modo de producción dentro del que se ejerce la dominación, tanto la producción del dinero como su capacidad de adquisición son factores regulados por la autoridad. Lo cual conlleva a plantear las siguientes grandes preguntas: ¿qué hace posible la existencia de grandes poseedores de dinero y quienes carecen del mismo? ¿Por qué han existido ¾y existen, aún, hoy¾ ricos y pobres? ¿Qué fuerzas ocultas originan la instauración y desarrollo de esta verdadera dicotomía social?
Karl Marx sostiene que ese fenómeno ha sido posible merced a un mecanismo de despojo; un determinado grupo de individuos tomó por la fuerza aquello que pertenecía a otros, dejándolos en la miseria. La generalidad de los economistas de su época empleó un eufemismo para referirse a ese proceso ¾o ‘serie de procesos’¾ llamándolo ‘acumulación previa’ u ‘originaria’ al que, verdaderamente, debió denominarse ‘expropiación originaria’. En cuanto al análisis y estudio del hecho, su posición es rotunda:
“La investigación de este problema sería la investigación de aquello que los economistas denominan acumulación previa u originaria, pero que debería llamarse expropiación originaria. Y veríamos entonces que esta llamada acumulación originaria no es sino una serie de procesos históricos que acabaron destruyendo la unidad originaria que existía entre el hombre trabajador y sus medios de trabajo” .
En ese párrafo, no se contiene solamente el esbozo de una explicación a la existencia de ricos y pobres; también ahí es posible descubrir el concepto central de las tesis de Karl Marx que motiva el presente trabajo: la unidad originaria, denominación que emplea para referirse a la relación entre productor directo (trabajador o vendedor de fuerza o capacidad de trabajo) y los demás elementos de la producción. Dicho conjunto es desmantelado en el curso de la historia a través del despojo sucesivo que uno de los actores sociales (el trabajador u obrero) experimenta de parte del otro (el no trabajador). La característica esencial de ese despojo es que su ocurrencia no se produce como un acto aislado. No ocurre una sola vez o en una determinada oportunidad. Constituye un proceso. O, mejor, en palabras de Marx, la culminación de una serie de procesos históricos cuyo resultado actual es la aparición de un sujeto singular llamado ‘vendedor de fuerza o capacidad de trabajo’. En virtud de ese despojo, el individuo ¾que constituye un todo complejo con su objeto e instrumentos de trabajo¾ se transforma, en ‘trabajador desnudo’.

DEFINICIÓN DE ‘UNIDAD ORIGINARIA’: SUS ELEMENTOS ‘PRIMARIOS’.

¿Cómo podríamos, en consecuencia, definir la ‘unidad originaria’?
Una exégesis literal de las expresiones empleadas por Karl Marx en su obra ‘Salario, Precio y Ganancia’, permitiría suponer que la ‘unidad originaria’ (UO) sería la estructura formada por el ‘trabajador’ (T) y un conjunto de elementos denominado ‘medios de trabajo’ (mt). Por consiguiente, tal interpretación permitiría representar dicho concepto a través de una fórmula. Sin embargo, tal como lo veremos más adelante, todo ello constituiría, apenas, un esbozo de primera definición: la unidad originaria sería el conjunto integrado por el trabajador y sus medios de trabajo.
UO = (T, mt)
En verdad, estos componentes constituyen solamente el esqueleto de una estructura que es más compleja. En consecuencia, podemos denominarlos ‘elementos primarios’, para reservar el nombre de ‘secundarios’ a otros, de tanta o mayor trascendencia, que hemos de incorporar, más adelante, al concepto.
Como elementos constitutivos ‘primarios’ de la unidad originaria, tanto el trabajador como los medios de trabajo deben ser examinados, aunque sea brevemente.
1. El trabajador. Respecto del trabajador, poco es lo que se puede agregar a lo que es de sobra conocido; se trata de un sujeto que solamente posee su fuerza o capacidad de trabajo y se ve obligado a venderla. Por lo mismo, el concepto de ‘trabajador’ no corresponde sino a lo que se conoce como ‘vendedor (efectivo o potencial) de fuerza o capacidad de trabajo’. Aquí se presenta un aparente contrasentido: ¿puede existir alguien que asuma el carácter de ‘vendedor’ sin la presencia del correspondiente ‘comprador’ de la ‘mercancía’ que ofrece? Toda venta se hace precisamente porque existe una compra. Nadie vende sin otro que compre, ni nadie compra sin otro que venda. Por consiguiente, así como todo vendedor presupone la existencia de un comprador y todo comprador supone la de un vendedor, también todo vendedor de fuerza o capacidad de trabajo presupone un comprador de idéntica mercancía. Este último es el ‘no trabajador’, a cuya intervención, en el proceso de disolución de la unidad originaria, nos referiremos más adelante.
2. Los ‘medios de trabajo’. Los ‘medios de trabajo’ requieren de una especial mención; explican el método utilizado por el filósofo alemán para la construcción de muchos de sus conceptos, similar al que se emplea en las matemáticas para la llamada ‘teoría de conjuntos’. Son verdaderas agrupaciones sucesivas de elementos que permiten la construcción de otros conceptos.
Dos afirmaciones previas es necesario formular con relación a los medios de trabajo:
Por una parte, parece más que conveniente definirlos de la misma manera a como lo hizo Marx en sus escritos. En consecuencia, deberían ser:
“[…] la cosa o complejo de cosas que el obrero interpone entre él y el objeto de trabajo” .
Por otra, es necesario destacar que constituyen verdaderos ‘instrumentos de poder’ pues sus propiedades mecánicas, físicas, químicas, son empleadas, generalmente, sobre otras cosas a fin de hacerlas actuar o reaccionar según el fin perseguido.
Admiten los medios de trabajo una doble clasificación, a saber:
A. Instrumentos de trabajo (it); y
B. Condiciones objetivas (co).
Si se les reduce a una simple fórmula propia de la teoría de conjuntos, podría decirse de ellos que son:
mt = (it, co)
A. Instrumentos de trabajo. Los instrumentos de trabajo están constituidos por ciertos y determinados elementos que comprenden tanto los órganos corporales del individuo como todo otro medio físico empleado por aquel para prolongar o especializar esos órganos con el fin de modificar o alterar la forma o esencia del objeto de su trabajo o facilitar el proceso mismo de trabajo. Dentro de ellos pueden distinguirse dos tipos:
a. Instrumentos de trabajo originarios. Estos instrumentos pueden ser propios del ser humanos como sus órganos corporales del sujeto, principalmente sus extremidades (manos, brazos, piernas; también pueden serlo otras partes del cuerpo como la boca, la cabeza o el tronco, en fin), y de la naturaleza o instrumentos de trabajo naturales. Estos últimos son aquellos objetos que se encuentran dispersos sobre la tierra a los cuales el ser humano tiene acceso directo, tales como piedras, garrotes, huesos, agua, hielo. Constituyeron no sólo la ‘defensa primitiva’ de aquel ante un eventual ataque, sino su ‘primitivo arsenal’ de instrumentos de trabajo.
b. Instrumentos de trabajo elaborados. Son los instrumentos elaborados por el ser humano o, lo que es igual, aquellos fabricados por el trabajador, dentro de los cuales puede señalarse aquellos que son preparados (como la tierra misma pero cultivada y los animales domesticados) y los que son mecánicos, que son el verdadero ‘sistema óseo y muscular de la producción’. Se trata de estructuras más sofisticadas que, a veces, desempeñan el rol de elemento central en la fabricación química. De entre ellos pueden distinguirse los simples de los complejos, etc., particularización innecesaria en la que no entraremos pues la unidad básica de análisis es solamente el instrumento de trabajo sin distinción alguna.
B. Condiciones objetivas. Conforme a las ideas expresadas por Marx en ‘Das Kapital’, las condiciones objetivas se presentan en el carácter de ciertas particularidades requeridas por desarrollo del proceso de trabajo que, aún cuando no participan directamente en su realización lo dificultan o permiten de manera imperfecta. Dice el ilustre pensador, en la que fuese su obra maestra:
“Y el medio de trabajo universal de este tipo vuelve a ser, una vez más, la misma tierra, pues proporciona al trabajador el locus standi (lugar donde estar) y a su proceso el campo de acción (field of employment). Otros medios de trabajo de este género, pero debidos ya al trabajo del hombre, son, por ejemplo, los locales en donde se trabaja, los canales, las carreteras, etc.”
Esta idea es repetida por él en los llamados ‘Formen’ cuando, al referirse a las ‘condiciones objetivas de la producción’, incluye los alimentos a los que llama, también, ‘medios de subsistencia’ .

LOS ELEMENTOS ‘SECUNDARIOS’ DE LA UNIDAD ORIGINARIA

Si se considera únicamente los enunciados que Marx consigna en ‘Salario, Precio y Ganancia’ para referirse a la ‘unidad originaria’, ésta se nos presenta en forma de una estructura integrada sólo por el trabajador y sus medios de trabajo: constituyen lo que hemos denominado ‘elementos primarios’. Sin embargo, los escritos de Karl Marx no son partes aisladas unas de otras, sino más bien piezas de un inmenso rompecabezas que se articulan y complementan guardando estrecha relación entre sí. La generalidad de los conceptos suyos se encuentra en directa relación con otros consignados en diferentes apartados de su obra. No sucede de manera diferente con el de unidad originaria y sus elementos.
Cuando Marx señala que los medios de trabajo son ‘la cosa o complejo de cosas que el obrero interpone entre él y el objeto de trabajo’, está expresando que es una estructura intermedia entre otras dos singularidades pues esa ‘cosa o complejo de cosas’ requiere de la existencia de un obrero (trabajador) y de un objeto sobre el cual aplicar la fuerza corporal, es decir, un objeto de trabajo (ot). Sin obrero o trabajador no hay medio de trabajo; tampoco lo hay sin objeto de trabajo siendo este último conditio sine qua non de la existencia del medio de trabajo. Concebida de esa manera, la unidad originaria aparece ya no sólo como una estructura compuesta de un sujeto trabajador y sus medios de trabajo, sino además de un objeto sobre el cual puede aquel aplicar su energía corporal. La fórmula propuesta anteriormente se altera. Ya nos es UO = (T, mt), sino algo más complejo:
UO = (T, mt, ot).
Sin embargo, aquello no es todo: los medios de trabajo (mt), al ir junto al objeto de trabajo (ot), cambian de nombre; conforman una nueva estructura que pasa a denominarse ‘medios de producción’ (mp).
Leamos, al respecto, lo que expresa Marx:
“Si se considera todo el proceso desde el punto de vista de su resultado, del producto, vemos que ambos factores, medios de trabajo y objeto de trabajo, se presentan como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo” .
Entonces, la unidad originaria tampoco es UO = (t, mt, ot). La fórmula se simplifica a la vez que complejiza:
UO = (T, mp).
O, lo que es igual:
UO=(T, ímt, otý)
Avancemos un poco más en la elaboración del concepto.
El ser humano no existe en el vacío. Asienta los pies sobre un suelo, respira, vive. Siente la lluvia, el frío, el calor. Es un ser inserto dentro de otro ser mayor que llamamos ‘naturaleza’ o, simplemente, ‘tierra’.
La naturaleza es un concepto que se repite con frecuencia en los escritos de Karl Heinrich Marx y, muchas veces, adopta el carácter de la unidad de análisis global: la tierra. Para Marx, la tierra no solamente surte al ser humano de víveres o de alimentos ya listos sino se presenta como
“[…] objeto general del trabajo humano” .
La tierra, además, es el ‘locus standi’, el lugar donde el ser humano se yergue, donde pisa, donde apoya sus pies. Por eso, cuando alguien, un individuo (o un grupo de individuos) se apodera de una extensión territorial, quienes eran sus habitantes originarios no sólo son sometidos sino, además, desarraigados, como sucedió con la conquista de los pueblos americanos, australianos y otras etnias del planeta: se les priva de la tierra. Puede decirse de ellos que, verdaderamente, permanecen o viven ‘suspendidos en el aire’. Para poder seguir apoyando sus pies en el suelo, construir sus propios hábitat, elaborar sus productos, cultivar sus alimentos, deben pagar renta o tributo a quien ejerce la propiedad sobre el territorio.
La tierra, ya lo hemos dicho, es naturaleza: puede padecer sequías, inundarse, resquebrajarse, hundirse, alterarse en cada movimiento telúrico. Experimenta ciclos. Y éstos, estrechamente vinculados a los fenómenos climáticos, provocan fuertes migraciones.
Puede sorprender que, en muchos de sus escritos proponga Karl Marx, de modo reiterado, el ejercicio sin restricciones del derecho del ser humano a ‘apropiarse’ de la naturaleza; del mismo modo, puede también sorprender la concepción de ente ‘inorgánico’ que atribuye a aquella, especialmente en su forma terrenal. No obstante, ambas nociones han de ser analizadas en un contexto más general, como se verá de inmediato: Marx no deja de considerar, en momento alguno, al ser humano como parte de la naturaleza, ni a ésta como parte de aquel. Así, por ejemplo, lo expresa en sus ‘Manuscritos económicos y filosóficos’:
“La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza, en cuanto ella misma, no es cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la vida física y espiritual del hombre esté ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es parte de la naturaleza” .
Y, en los ‘Formen’:
“Porque así como el sujeto trabajador es un individuo natural, un ser natural de la misma forma, la primera condición objetiva de trabajo es la naturaleza, apareciendo la tierra como cuerpo inorgánico. El individuo mismo no es sólo cuerpo inorgánico, sino también la naturaleza inorgánica como sujeto. Esta condición no es algo que él haya producido, sino que lo encuentra ya a su alcance; es algo existente en la naturaleza y que él da por supuesto” .
La naturaleza (N) o ‘tierra’ determina, en consecuencia, las ‘condiciones naturales’ (cn) del trabajo humano. Es, pues, otro de los componentes primordiales que hacen posible la existencia de la unidad originaria.
De esta manera, la fórmula anterior vuelve a enriquecerse para presentarse como un conjunto integrado por el trabajador, los medios de producción y las condiciones naturales.
UO = (T, mp, cn)
Pero si se utiliza el concepto ‘naturaleza’, la fórmula es distinta, aunque no su contenido:
UO = (T, mp, N)
No obstante, necesario es precisar otra circunstancia.
El medio de trabajo es un concepto vivo: existe en la medida que intermedia entre dos elementos, a saber, trabajador y objeto de trabajo; ya lo hemos afirmado con otras palabras. Es un concepto que presume la realización de un proceso cual es el proceso de producción. Pero sucede que éste (el proceso de producción) llega a su término al momento de entregar su resultado que es el ‘producto’ (p); entonces, afirma Marx, el trabajo se confunde con su objeto. Este hecho tiene importancia crucial para la formulación del concepto de unidad originaria: el objeto al que se le incorpora trabajo se llama ‘producto’. Entonces, la fórmula propuesta se vuelve a alterar para presentarse, ahora, bajo el siguiente aspecto:
UO = (t, mp, p, cn).
La unidad originaria pasa, entonces, a ser un conjunto que integra el trabajador y sus medios de trabajo con el producto del mismo, interactuando con la naturaleza.

FUNDAMENTOS BIOLÓGICOS / ANALÓGICOS DE LA UNIDAD ORIGINARIA

La concepción según la cual un individuo (obrero, trabajador, vendedor de fuerza o capacidad de trabajo, siervo, esclavo, sujeto tributario) conforma una estructura inseparable, tanto con sus medios de trabajo como con el producto de lo que hace y el suelo que lo cobija, constituye la esencia del pensamiento del maestro de Tréveris; también ahí radica su profundo humanismo. En la concepción de la unidad originaria ha de encontrarse la raíz de su construcción teórica. Constituye, por decirlo así, el esqueleto al que se adhieren y afirman los cartílagos, tendones y músculos de su acervo intelectual, la matriz de su pensamiento. Porque el pensamiento de Marx es, si se quiere, un pensamiento biológico.
La biología nos enseña que los organismos vivos tienen por misión tan sólo conservarse y reproducirse. Tal es la función de la célula, que sólo vive para alimentarse y dividirse; tal es la función de la bacteria que recaba energía de su entorno y, luego, se multiplica. Estas funciones no son, sin embargo, simultáneas: la una presupone de la otra. No se divide lo que es incapaz de sobrevivir. Sin embargo, tanto la conservación como la reproducción son precedidas por otra función de importancia crucial pues no se conserva ni reproduce lo que no se organiza. Una estructura, para ser tal, debe antes de nada organizarse como unidad o, lo que es igual, debe adquirir el carácter de organismo. Así nos lo enseñan Humberto Maturana y Francisco Varela, en una de sus obras:
“La reproducción no puede ser parte de la organización del ser vivo porque para reproducirse algo, primero es necesario que ese algo esté constituido como unidad y tenga una organización que lo defina” .
Organización, conservación y reproducción constituyen, en consecuencia, la base del funcionamiento de una estructura viva. Ninguna de aquellas funciones es más importante que las otras; simplemente operan en segmentos temporales diferentes. Y se suceden unas a otras para que el proceso de perpetuación del individuo en especie (o cuerpo cierto) y género pueda realizarse sin tropiezos. Digámoslo de otra manera: constituyen fases de un proceso en virtud del cual grupos aislados (partículas, elementos y, aún, individuos) se unen para funcionar en conjunto, recaban energía de su entorno, la incorporan a su corporeidad, se perpetúan como entes particulares y, finalmente, dan comienzo a su proceso de duplicación en especie.
Las explicaciones anteriores son válidas para la construcción del concepto de unidad originaria. El universo de los mamíferos resulta extremadamente útil para explicar este concepto.
Un chimpancé levanta su brazo (instrumento de trabajo originario y, por lo mismo, medio de trabajo), coge una banana (objeto de trabajo) que cuelga del árbol/planta (naturaleza) y la arranca de allí, retira la cáscara que recubre el fruto y lo deja libre (producto); finalmente, abre su boca y la engulle. Esta última función es el acto de consumo. Existe una correspondencia absoluta entre el sujeto y los actos que realiza. Un chimpancé es él y su obra. Nada separa al uno de la otra. Hay una unión estrecha entre el sujeto, el instrumento que emplea, el objeto que coge, el trabajo que realiza, el producto que fabrica; no debe sorprender que disponga, también, de ese producto; hace parte suya aquello de lo cual se ‘apropia’: su trabajo hace su ‘propiedad’.
No realiza una función diferente la jirafa que estira su cuello por sobre la copa de los árboles, abre la boca (instrumento de trabajo originario; por lo mismo, medio de trabajo), atrapa las hojas más tiernas (objeto de trabajo), las muerde e incorpora a su cuerpo (producto/ consumo). Al igual que el chimpancé, dispone a jirafa del producto de su trabajo: conforma una unidad originaria con su entorno.
La unión de los componentes ‘medios de trabajo’, ‘objeto de trabajo’ (o ‘producto’, en su caso), ‘locus standi’ (‘naturaleza’ o ‘condiciones naturales’) con el sujeto (‘trabajador’) conduce, como era de suponerse, a la elaboración de otro concepto que es el de ‘propiedad’: hay ‘propiedad’ cuando todos esos componentes se reúnen en torno a la persona del trabajador. Nada de ello tiene algo que ver con la ‘propiedad jurídica’. Es la simple relación entre el individuo y su entorno como fuente de vida. La ‘propiedad’ se constituye, de esa manera, por el simple hecho de la aplicación de la fuerza corporal sobre un objeto a fin de hacerlo propio; corresponde a la acción del individuo que incorpora un algo exterior a la ‘propia’ individualidad. El verbo ‘incorporar’ es rigurosamente exacto. De aquel deriva el vocablo ‘incorporación’, que no es sino situar algo externo ‘in corporis’, es decir, en el cuerpo; introducir dentro de la estructura biológica del ser humano un elemento extraño y hacerlo parte suya. En este sentido, la unidad originaria explica el verdadero y real sentido de la propiedad que, repetimos, no debe ser confundida, en modo alguno, con la propiedad jurídica.
Así, pues, la unidad originaria no es otra cosa que la unión del sujeto con el entorno dentro del cual se desenvuelve; ambos constituyen una estructura única e inseparable. Los seres vivos se ‘apropian’ de lo que necesitan para vivir, lo transforman y usan o consumen según sus deseos, disponen de lo que han realizado, y son ‘propietarios’ real y efectivamente de sus obras.
No sucede lo mismo, sin embargo, con el ser humano de hoy. No es dueño de sus medios de trabajo, no le pertenece el objeto sobre el cual aplica su energía corporal y, cuando termina la obra en cuya ejecución está empeñado, debe entregarla a otro para que disponga de ella; ni siquiera es dueño del ‘locus standi’ donde apoya sus pies, vive, duerme o se desenvuelve. Hay razones que explican por qué se encuentra actualmente en tal estado.

EL PROCESO DE DISOLUCIÓN DE LA UNIDAD ORIGINARIA

No empleó Karl Heinrich Marx el término ‘disolución’ para referirse al proceso de separación sistemática del trabajador respecto de cada uno de los demás componentes de la unidad originaria; la palabra suya fue ‘destrucción’, tal como se puede constatar en la parte pertinente de ‘Salario, precio y ganancia’ que hemos transcrito en las páginas precedentes.
Sin embargo, al tratar de las limitaciones impuestas por las clases dominantes al concepto de real propiedad, durante el curso de la historia, la expresión suya fue ‘disolución’, vocablo más preciso que el anterior, pues refleja con mayor propiedad un proceso dentro del cual no existe eliminación de componentes como erróneamente pudiere creerse de aceptarse la palabra ‘destrucción’, sino un desplazamiento de los mismos hacia otros derroteros, como se verá casi de inmediato.
En efecto: la separación permanente y selectiva que experimenta el trabajador de uno o más de los componentes que integran la unidad originaria es una ‘deminutio’ o, si se quiere, una tala o reducción de la estructura que la naturaleza organizó para los seres vivos. Es, por consiguiente, una limitación a la real propiedad; dicho de otro modo: la unidad originaria es la real propiedad; su disolución corresponde a las limitaciones introducidas a ese concepto.
Recapitulemos un poco acerca de lo que hemos señalado en las páginas anteriores:
Los componentes de la unidad originaria son el trabajador (T), los medios de producción (mp), el producto terminado o la realización de ese producto (p) y la naturaleza o condiciones naturales (N, cn); los medios de producción son un conjunto integrado por medios de trabajo (mt) y objeto de trabajo (ot). Finalmente, los medios de trabajo constituyen otro conjunto que comprende los instrumentos de trabajo (it) y las condiciones objetivas (co). Estos elementos, considerados en forma aislada, pueden representarse de la siguiente manera:
UO= T, (cn, p, [ot, íit, coý])
El trabajador puede encontrarse separado de uno, varios o todos esos componentes. Las combinaciones pueden ser variadas.
Puede, por consiguiente, la disolución de la unidad originaria realizarse en medio de un proceso caracterizado por la desaparición (o reaparición, en su caso) de cada uno o varios de los elementos que la conforman. Este fenómeno permite que se manifieste una variada tipología de situaciones, cada una de las cuales va a identificar formas específicas de organización social adoptadas por la sociedad humana. Pero, para que ello suceda, previa es la resolución de un asunto de importancia crucial:
Si el trabajador (T) es privado de determinados componentes que, con él, integran la unidad originaria, ¿qué sucede con esos componentes? ¿A dónde van? ¿Qué ocurre con ellos? ¿Se disuelven en el espacio como lo hacen las nubes o las ondas en el agua? ¿O se traspasan de mano? Y, en este caso, ¿de dónde sale esa mano? ¿A quién pertenece? ¿Existe alguien más, invisible, cuya presencia en el proceso productivo nadie advierte y, sin embargo, tiene una importancia vital? ¿Es la unidad originaria una estructura que, en el transcurso de la historia, desprendió algunos de sus elementos de ciertas manos para volver a reunirlos, pero en otras?

EL NO-TRABAJADOR

Hasta esta parte del trabajo hemos hablado de la disolución de la unidad originaria como si los elementos que la conforman, a medida que se independizan del trabajador, fuesen quedando prendidos en el espacio o desapareciesen, simplemente, por obra de un mágico supuesto. Nada más erróneo. Los elementos que se incorporan al trabajador para constituir con él la unidad originaria no desaparecen, no se esfuman ni se prenden al aire, sino pasan a poder de otro sujeto, ‘un ser otro que yo’.
Por eso, como todo investigador, Marx se pregunta, al respecto:
“¿Quién es ese ser? ¿Los dioses? Cierto que en los primeros tiempos la producción principal, por ejemplo, la construcción de templos, etc., en Egipto, India, Méjico, aparece al servicio de los dioses, como también a los dioses pertenece el producto. Pero los dioses por sí solos nunca fueron dueños del trabajo. Aún menos de la naturaleza” .
Tanto los medios de trabajo como el objeto, la naturaleza e, incluso, hasta el propio trabajador no pueden quedar en calidad de propiedad de la nada; la propiedad se ejerce solamente por seres vivos. Y, como es natural, también en la sociedad humana ―conjunto de seres vivos― hay sujetos que también están prestos a ejercer su derecho de propiedad, pero de modo diferente a como lo hace el trabajador. Estos sujetos toman para sí y su descendencia lo que es común a todo el conjunto social. Por eso, cuando se dice que los elementos de la unidad originaria salen de las manos del productor directo o trabajador, implícitamente se está afirmando que pasan, siempre, a manos de otros individuos que se apropian de ellos. Los bienes, por consiguiente, no desaparecen. Como acostumbra a suceder en los procesos de quiebra, los bienes no salen del comercio jurídico o se esfuman en el aire por arte de magia, sino simplemente cambian de dueño: de manos del real propietario pasan a las de un ser extraño, un sujeto que ejerce gran poder y, aunque poco o nada tiene que ver con el proceso productivo, a pesar de ello, se apodera de todo.
“El ser extraño al que pertenecen el trabajo y el producto del trabajo, a cuyo servicio está aquel y para cuyo placer sirve éste, solamente puede ser el hombre mismo” .
A partir de la aparición de este sujeto extraño, un elemental equilibrio comienza a operar respecto de la unidad originaria para mantener la cohesión social: en tanto más desnudo queda el trabajador de aquello que le pertenece, más vestimentas adquiere este nuevo sujeto. Se trata, en verdad, de un verdadero juego suma cero: lo que uno pierde el otro lo gana.
Karl Marx lo llama ‘no trabajador’; así lo hace, por ejemplo, al referirse a la relación que origina el trabajo enajenado. Sus expresiones, al respecto, son:
“Como producto, como resultado necesario de esta relación hemos encontrado la relación de propiedad del no trabajador con el trabajador y con el trabajo. La propiedad privada como expresión resumida, material, del trabajo enajenado abarca ambas relaciones, la relación del trabajador con el trabajo, con el producto de su trabajo y con el no trabajador, la relación del no trabajador con el trabajador y con el producto de su trabajo” .
Dentro del sistema capitalista (SK), el no trabajador es el comprador de fuerza o capacidad de trabajo; puede llamársele, además, empresario, burgués o, simplemente, capitalista. En los modos de producción que preceden al capitalista adopta otros nombres: patricio o esclavista, noble o señor feudal, en fin. Dado que la generalidad de los modos de producción se han organizado bajo las formas jerárquicas y piramidales propias de los modos de dominación, también el no trabajador adquiere el carácter de ‘dominador’ pudiendo, igualmente, denominársele de esa manera.
Así, pues, cuando el trabajador pierde algunos de los elementos que, junto a él, conforman la unidad originaria ¾como, por ejemplo, la naturaleza¾, deja ésta de ser tal; lo que pierde el trabajador lo adquiere para sí el no trabajador. Tales cambios se traducen, en la práctica, en el establecimiento de un nuevo modo de producción.

LA DISOLUCIÓN DE LA UNIDAD ORIGINARIA EN LA HISTORIA OCCIDENTAL

En 1991, en la localidad de Kristianstad, Suecia, el profesor Tomas Ljungberg publicó una interesante obra intitulada ‘Människan, kulturen och evolutionen: ett alternativt perspektiv” . En dicha obra, su autor, vinculado al ’Karolinska Institutet’ (‘Instituto Carolino’) y al ‘Sveriges Medicinska Forskningsråd’ (’Consejo Médico Sueco para la Investigación’), describe al ser humano de acuerdo a una perspectiva biológica, distinguiendo en sus actividades y desarrollo la presencia de una serie de funciones básicas que denomina ‘mecanismos originarios’. Ljungberg sostiene que, a pesar de poseer el ser humano todos aquellos mecanismos y conferirle un carácter bastante especial, estrechamente vinculado a la naturaleza, no obstante, en lo que se refiere al individuo occidental, éste ha abandonado aquellos, los ignora o no los considera. Al igual que Karl Marx se pregunta Ljungberg cuál es la razón de todo ello:
”Lo que por el contrario puede parecer a primera vista ser más difícil de entender directamente al margen del modelo que hasta el momento se ha presentado es por qué el ser humano occidental ha abandonado esta originaria, efectiva y adecuada forma de funcionar para hacerlo, por el contrario, en armonía con el estricto, concreto y lógico funcionamiento de la sociedad occidental de hoy (y que se inscribe dentro de la teoría psicodinámica)”.
Ljunberg no llega a conclusiones similares a las de Marx, sino desvela otros factores de no menor significación. Y, a pesar que no indaga en las razones históricas ni en el factor de la apropiación, no dejan de ser interesantes sus conclusiones:
”Este cambio tan manifiesto en el funcionamiento psíquico del ser humano ha ido demasiado rápido para explicarlo con la sola evolución biológica, por lo que debemos buscar su causa entre los factores culturales”
Normalmente, los fenómenos históricos se conciben de manera lineal, como si los más actuales fuesen consecuencia inmediata de aquellos que les han precedido. Esta tendencia a suponer un orden de prelación en la relación histórica ha sido consecuencia a la vez que causa de la forma adoptada por los seres humanos para medir el tiempo, la correlación de cuyos años permite suponer ―erróneamente, por cierto― que la historia constituye, en sí, una sucesión ordenada de fenómenos cronológicamente dispuestos. Nada más alejado de la realidad. No existen cadenas de sucesos derivados unos de otros. Por el contrario: los fenómenos históricos se generan luego de intensos ordenamientos y reordenamientos dentro de cada formación social. Constituyen, en consecuencia, una de las tantas posibilidades que pudieron darse al interior de esa sociedad. La disolución de la unidad originaria, como fenómeno histórico, también se ha realizado de esa manera. A lo largo de los años, sus componentes se ordenaron de acuerdo a los requerimientos de los modos de producción que se asentaban en cada región del planeta, y la instalación de aquellos modos no dependió exclusivamente de la voluntad de la población nativa, la familia, la tribu, el clan, la comunidad, el estado; ni siquiera de la voluntad de sus clases dominantes sino, a menudo, de la propia naturaleza, a menudo agresiva, y/o de los invasores que, en algunos lugares, se establecían periódicamente como nueva clase dominante. Dado que la base del concepto de ‘propiedad’ era la unidad originaria, las modificaciones o reducciones efectuadas a su estructura dañaron gravemente el contenido del primitivo concepto de aquella; de ahí en adelante, el significado de ‘propiedad’ pasó a ser por entero diferente.
Karl Marx sostiene, en una de sus obras, que la ‘propiedad’ en su estado puro no es sino
“[…] una relación del sujeto trabajador (productor) (o sujeto que se reproduce a sí mismo) con las condiciones de su producción o reproducción como suyas propias” .
E insiste, al respecto, en otra parte de la misma:
“[…] propiedad no significa primitivamente otra cosa que la actitud del hombre hacia sus condiciones naturales de producción como pertenecientes a él, como requisitos previos de su propia existencia; su actitud hacia ellas, como tales requisitos previos naturales de sí mismo, que constituyen, podría decirse, una prolongación de su cuerpo” .
En un principio, agrega Marx,
“[…] la relación del trabajador con las condiciones objetivas de su trabajo es de propiedad; ésta constituye la unidad natural del trabajo con sus requisitos previos materiales” .
La propiedad altera, posteriormente, su significado: será, más adelante, la pertenencia a una tribu, a un clan. De todas maneras, tres diferentes tipos de organización social conducen a tres diferentes concepciones de la propiedad y, en consecuencia, a tres diferentes modificaciones de la estructura de la unidad originaria. Dos de ellas arrancan de un tronco común que es un conjunto social llamado ‘comunidad’; la tercera deriva de la organización familiar individual.
1. En el primer caso, la comunidad de individuos origina ‘copropietarios’: todos son dueños, en común, del suelo y todos producen. La única condición para pertenecer a la comunidad es el trabajo y la entrega de los excedentes a un jefe quien lo reparte en las épocas de crisis. El sistema da origen al llamado ‘despotismo oriental’ o ‘modo de producción asiático’, propio del Egipto antiguo y del imperio incaico de Perú. La organización social es fundamentalmente teocrática; los medios de trabajo (y, generalmente, los medios de producción) pertenecen al trabajador.
2. En el segundo caso, la propiedad comunal se mantiene, pero a diferencia del anterior se concede la ‘posesión’ de algunas tierras a los comuneros; aquí no hay ‘propietarios privados’ ni ‘copropietarios’ sino ‘poseedores privados’. Es la sociedad entera la que se va a organizar bajo un ‘modo de producción germánico’. Y también en ella los medios tanto de trabajo como de producción se encuentran en manos del trabajador.
3. Finalmente, un tercer sistema, que arranca de la organización familiar, reconoce la existencia de una superficie de tierras cultivables de carácter común y parte de la ciudad, pero a la vez acepta la propiedad privada particular. La organización se realiza en una ciudad y sobre la base de unidades militares; la comunidad pasa a ser la ‘unión’ y ‘salvaguardia’ contra el mundo exterior.
Históricamente, pues, los acomodos y reajustes que se realizan a las formas de propiedad del ‘locus standi’ (tierra), como ‘condición objetiva’ o ‘gran laboratorio’ del ser humano, constituyen el punto de partida de las limitaciones que, más adelante, van a condicionar la estructura de la unidad originaria.
El proceso de disolución de la unidad originaria se realiza, pues, con la instalación de nuevas formas de tenencia de la tierra. El trabajador va siendo sistemáticamente despojado de su relación con la naturaleza. Con los siglos, esta separación se extiende a otros ámbitos. Podemos intentar la descripción de algunos pasos en el desarrollo de este proceso:
1.Disolución de la relación del trabajador con la tierra como condición natural de la producción;
2.Disoluciones de las relaciones del trabajador con los instrumentos de trabajo en su condición de propietario de los mismos;
3.Disolución de las relaciones entre el trabajador y los medios de consumo; y,
4.Disolución de las relaciones
“[…] según las cuales los trabajadores mismos, las unidades vivas de la fuerza de trabajo, son todavía parte directa de las condiciones objetivas de producción y son apropiadas como tales, dando lugar, por tanto, a los esclavos y siervos” .
De lo expuesto precedentemente, podemos concluir que la idea subyacente en los trabajos de Karl Marx es que el desarrollo de la sociedad humana se ha ido realizando en la forma de separaciones sucesivas de componentes en forma de disociaciones o disoluciones de vínculos y recomposición de otros. Porque los componentes de una estructura que se desprenden de la misma pueden volver a reunirse, pero en otro lugar, para dar origen a nuevas relaciones y, por consiguiente, a nuevas formas de organización social. Como en las leyes de Lavoisier, en donde ‘nada se pierde, nada se crea’, también los elementos de una estructura no se pierden ni se crean, sino emigran, se desprenden de ella para formar otra. La concepción de Marx continúa, en este aspecto, siendo rigurosamente dialéctica. Así parece suceder en el proceso de destrucción de la unidad originaria; así también parece serlo en su descripción de los procesos que dieron origen a la división del trabajo.
Esta es una concepción novedosa. Recuerda lo que en biología se conoce bajo el nombre de ‘anastomosis’, crecimiento en perpetua división o, expresado en forma de metáfora, el desarrollo arborescente de un proceso. Dentro de éste, las unidades se multiplican en nuevas unidades que repiten ese proceso uscum ad infinitum. Es la forma de crecimiento que adopta la copa de los árboles, la estructura interna de los pulmones, los canales de irrigación sanguínea, en fin. En esta forma de crecimiento, rara vez se vuelven a encontrar los elementos que se separaron; menos, aún, para fusionarse nuevamente. El distanciamiento parece ser constante. Por eso, resulta desconcertante la proposición que entregara Rudolph Hilferding en torno a suponer que, luego de separarse el capital durante su rotación en los clásicos segmentos (industrial, bancario, comercial), vuelvan el capital bancario con el industrial a unificarse para originar el ‘capital financiero’ como resultado de esa fusión. En la concepción de Marx, da más bien la impresión que el proceso de separación de los diversos tipos de capital continúa realizándose ininterrumpidamente; así, el llamado ‘capital financiero’ no sería la fusión del capital industrial con el bancario, sino representaría en la actualidad una forma más moderna adoptada por este último para la nueva fase que le correspondería recorrer.

DISOLUCIÓN DE LA UNIDAD ORIGINARIA DESDE EL PUNTO DE VISTA TEÓRICO: EL MODO DE PRODUCCIÓN.

Desde el punto de vista teórico, el proceso de disolución de la unidad originaria permite construir un mapa bastante variado de modelos de sociedad según el tipo de componentes que se encuentren en manos ya sea del trabajador como del no trabajador. Ambos actores sociales se convierten en elementos esenciales de semejante taxonomía. Pero en este caso ya no es posible hablar de unidad originaria en un sentido literal: esta estructura teórica sólo funciona con un actor y un número determinado de componentes. Cuando otro sujeto se hace presente en ella, cede paso a otra figura, más compleja y más completa, llamada ‘modo de producción’ (MP). La característica principal de esta nueva construcción teórica no es ya el conjunto de medios de producción, condiciones naturales y producto en manos de uno u otro actor. Ni siquiera la conversión de todos ellos (incluidos los adelantos científicos y tecnológicos) en ‘fuerzas productivas’ (Fp), sino las relaciones que se dan entre trabajador y no trabajador con ocasión del proceso productivo. Pero, cuidado: un modo de producción no es simplemente el modo o manera de cómo los seres humanos producen. Importa, además, un modo de vida, una forma de vivir que adopta la sociedad donde ese modo se ha hecho predominante. Así, pues, el MP no es sino el conjunto que integran ‘relaciones de producción’ (Rp) y fuerzas productivas, cuyas funciones pueden expresarse en una fórmula simple como la que se sigue:
MP: (Fp, Rp)
El MP es un conjunto; su existencia se prolonga en el tiempo en tanto a determinadas fuerzas productivas correspondan otras también determinadas relaciones de producción. Si las fuerzas productivas, que se caracterizan por estar en constante desarrollo y movilidad, se alteran, aumentan, crecen, rompen la estructura que hasta ese momento habían adoptado las relaciones de producción. Estas desaparecen. Se transforman o permiten la emergencia de otras nuevas, capaces de mantener el equilibrio con las fuerzas productivas, alteradas por su desarrollo y consiguiente movilidad. Entonces, un nuevo modo de producción hace su aparición.
Los MP pueden ser variados pues también lo son las combinaciones que pueden realizar sus componentes. No obstante, en el mundo occidental, se aceptan principalmente cuatro formas que son las más conocidas porque la propia historia las ha refrendado.
1. La primera de ellas es aquella en la cual el no trabajador (NT) se apropia del suelo y exige del trabajador (T) el pago de una renta o tributo. Los medios de trabajo continúan en manos del trabajador. Este tipo de modo de producción ha adoptado dos variantes: una, que existió tanto en el antiguo Egipto como en el imperio inca de Perú y exigía el pago de tributos en especie al NT, conocida bajo el nombre de ‘modo de producción asiático’; y otra, desarrollada en Europa durante la Edad Media, que exigía del trabajador el pago de una renta además de ciertos productos al NT, conocida como ‘modo de producción feudal’.
2. La segunda forma es aquella en la cual el NT se apodera del cuerpo del T y, por consiguiente, de aquello que le pertenece, expropiando todo el conjunto. Es el llamado ‘modo de producción esclavista’, que se dio en la vieja Grecia y Roma.
3. En la tercera forma que pueden adoptar los MP, el NT se apropia de todos los bienes terrenales y deja ‘libre’ al T quien, por eso, pasa a ser un ‘trabajador desnudo’. En esa condición de sujeto ‘libre’, puede convenir con el NT y pactar con él la venta del único producto suyo que le queda: su fuerza o energía corporal. Su capacidad de trabajo. El individuo se arrienda por horas, semanas, meses o indefinidamente. Es la forma generalizada de prostitución que adopta la especie humana. Se le llama ‘modo de producción capitalista’ pues la venta de la energía corporal permite la acumulación dineraria en manos del NT.
4. Finalmente, en la última forma que ha adoptado el MP dentro del mundo occidental, los bienes se reúnen en torno al T ya sea porque jamás han salido de sus manos o porque se han vuelto a reunir en ellas. En el primer caso, se trata del ‘modo de producción primitivo’, que existió en los albores de la humanidad; en el segundo caso, es el ‘modo de producción comunista’ que, en un futuro no muy lejano, debería reemplazar al ‘modo de producción capitalista’. Así pues, la implantación del sistema comunista o modo de producción comunista sería la forma de vida ideal para el trabajador (T) de la misma manera que el modo de producción capitalista lo ha sido para el no trabajador (NT), cuyas manos han acaparado para sí la totalidad de los componentes de la unidad originaria.
Las formas de dominación que han existido, basadas en el despojo sufrido por el trabajador de algunos o todos los componentes de la unidad originaria, no se originaron por perversidad. La historia no se explica de esa manera. Porque los modos de producción no son ‘buenos’ ni ‘malos’. No puede una forma de organización (física, química, biológica) ser calificada objetivamente según el interés del analista; tampoco un sistema social. Se trata solamente de fenómenos que operan en toda su extensión. Ocurren y actúan per se. De la misma manera que un animal (una babosa, un tigre, un tiburón) no puede ser ‘asesino’, tampoco ha de juzgarse de ese modo a un sistema social. Los organismos y las organizaciones son estructuras; actúan como tales. Son sistemas. En esa calidad han de ser considerados. No son fenómenos ‘buenos’ ni ‘malos’, pues tales palabras describen tan solo juicios de valor, no cualidades inmanentes de las estructuras; pertenecen a un mundo de valores, de juicios (morales, religiosos, culturales, económicos) relativos a grupos o personas. Un sistema, por el contrario, es una estructura: la ha hecho posible la concurrencia de un conjunto de fenómenos y prácticas. Las funciones no solamente la preceden; en palabras de Prigogine,
“[…] es la función la que crea la estructura” .
Un conjunto de sucesos, de prácticas, hace posible la organización de un sistema social. No antes de aquello se estatuye cuál ha de ser la forma de vida. Cuando ésta se hace dominante, el nuevo sistema social comienza a reproducirse a lo largo de la historia. El sistema sucede necesariamente a la función.

Publicado el : |2007-09-07|




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