Tras años de investigación, el lunes 7 del presente
dictó, el juez Alejandro Madrid, orden de detención en contra de seis
personas a quienes acusó de ser autores y cómplices del asesinato del ex
presidente de Chile don Eduardo Frei Montalva, que se desempeñara en
dicho cargo entre los años 1964 y 1970. Tal circunstancia obliga a
referirnos, aunque sea brevemente, a la vida y obra de este hombre de
estado. Previo es, sin embargo, establecer las premisas de la
exposición.
LA ERA DE FREI MONTALVA
Un modo de producción no es solamente una forma de producir; es, además,
una forma de vida. Por lo mismo, los individuos que viven dentro de
determinado modo de producción viven y actúan de la manera como
producen; sus reglas se establecen de acuerdo a esas prácticas y sus
valores no son sino aquellos que se originan en esas formas de producir.
Por eso, si somos rigurosos y aplicamos con sabiduría tales parámetros,
no podemos sino afirmar que Eduardo Frei Montalva ha sido y será uno de
los más extraordinarios personajes a quienes ha correspondido
desempeñar el alto cargo de presidente de la nación chilena. Excelente
orador, individuo sagaz, visionario, supo codearse con los grandes
líderes mundiales y elevar a Chile a un sitial de prestigio
internacional nunca antes alcanzado. Bajo su gobierno, y a pesar de los
factores desfavorables que se presentaron en su período, el país
sudamericano experimentó un desarrollo sin precedentes. No fueron pocas
las innovaciones realizadas bajo su conducción: reformas introducidas a
la estructura institucional de la nación a fin de aumentar la
participación ciudadana en la toma de decisiones, ejecución de numerosas
obras públicas de gran envergadura, ampliación de las relaciones
diplomáticas con naciones aisladas por los países occidentales, en fin.
No vale la pena enumerarlas.
Frei no llegó por simple casualidad al máximo escalón de la jerarquía
nacional; fue elevado hasta allí por la acción de un partido ─la Falange
Nacional─ a cuya formación y desarrollo contribuyera de manera casi
decisiva. Dicha organización política se originó al escindirse y
adquirir vida propia un sector del Partido Conservador, deslumbrado por
aplicar con rigurosidad la nueva doctrina social de la Iglesia y
transformarse en ‘la’ alternativa católica a los partidos Socialista y
Comunista. La Falange devino en Partido Demócrata Cristiano en 1958
captando a un vasto sector social que vio en el slogan de la ‘Revolución
en Libertad’ la solución a los grandes problemas nacionales. Frei
representó a un gobierno realizador, pero profundamente antimarxista;
tan antimarxista como solamente podría serlo un cristiano
fundamentalista. Baste decir aquí que su campaña para ser electo
presidente se realizó, precisamente, bajo ese signo, utilizando un juego
de palabras dentro del cual su apellido había de jugar un rol
trascendental: puesto que ‘frei’ significa ‘libertad’, en el idioma
alemán, su figura misma pasaba a encarnar esa ‘libertad’, contrapuesta
por entero a la alternativa marxista (Allende) calificada como ‘opresión
soviética’. Esta referencia al ‘sovietismo’ se aprovechó, además, con
referencia al partido de fútbol realizado, en 1962, entre los equipos de
Rusia y Chile, cuando este último venció a aquella 2 por 1; el slogan
de la campaña presidencial de Frei fue ‘Rusia 1, Chile 2’, aludiéndose
al número uno que correspondió en el sorteo de lugar dentro de la
papeleta electoral al candidato del Frente Popular Salvador Allende y al
número dos que era el del propio abanderado demócrata cristiano.
Es justo reconocer que las bases sociales de la Democracia Cristiana no
fueron estrictamente reaccionarias como lo era (y lo es, actualmente) su
homóloga europea. Por el contrario: en la Democracia Cristiana chilena
reconocía filas un amplio sector del campesinado nacional, otro de la
clase obrera, gran cantidad de las llamadas capas medias (empleados
públicos y privados) y una masa indeterminada de universitarios. Pero su
directiva continuaba siendo conservadora y tremendamente arribista.
Por ello, los problemas no tardaron en hacerse presentes en el gobierno
de Frei. Dos grandes huelgas terminaron en masacres ─El Salvador y
Puerto Montt─ y los sectores más comprometidos con los cambios dentro
del partido comenzaron a distanciarse de la dirección hasta culminar con
la separación de toda su juventud y la constitución de un nuevo
destacamento político que, junto a los otros partidos populares, se
abocó a la constitución de una alianza denominada ‘Unidad Popular’. La
era de Frei no sólo terminó con graves enfrentamientos entre la policía y
sectores populares, sino con el convencimiento generalizado acerca de
la necesidad de introducir profundos cambios a la estructura de la
nación. El programa del candidato demócrata cristiano Radomiro Tomic
recogía todos esos anhelos; pero el elegido para llevarlos a cabo sería
el presidente Salvador Allende.
EL TRIUNFO DE LA UNIDAD POPULAR Y EL GOLPE MILITAR
Frei tiñó su gobierno no sólo con sangre obrera. Prejuicioso, convencido
que la maldad anidaba en los partidos que se declaraban marxistas,
vació su anticomunismo visceral contra la persona del triunfante
candidato popular, Salvador Allende. La elección de Allende lo
descontroló. Y fue tal su indignación que, al momento de terciar Tomás
Pablo, presidente del Senado de ese entonces, la banda presidencial
sobre el torso del candidato electo, su rostro se descompuso quedando
así, retratado, para la posteridad, en las fotografías que hoy pueblan
las páginas de Internet. A diferencia de Jorge Alessandri y Radomiro
Tomic, que no sólo reconocieron su derrota sino fueron a saludar al
presidente electo, Frei jamás aceptó ese triunfo. Por el contrario:
condicionó el reconocimiento que, tradicionalmente, se daba a quienes
obtenían la mayoría relativa para acceder al cargo de presidente, a la
firma de un estatuto de garantías constitucionales, hecho insólito en la
república sudamericana, inédito, humillante, atrevido, afrentoso,
denigrante, en contra de los integrantes de una coalición por quienes
sentía una visceral desconfianza.
En 1973, Frei y sus camaradas del PDC (PatricioAylwin, Rafael Moreno,
Renán Fuentealba, entre otros), derrotados en las urnas en las
elecciones parlamentarias de marzo de ese año, aterrados ante un
gobierno cuya conducción les parecía el preludio de un ‘despeñadero’,
convencidos que Chile era arrastrado inconteniblemente hacia la órbita
soviética, corrieron a golpear las puertas de los institutos armados. El
golpe militar se desencadenó no solamente porque los naturales
representantes del capital lo quisieran así, sino porque fueron apoyados
por la base social que aún conservaba la Democracia Cristiana,
profundamente antimarxista, tremendamente conservadora.
Fue aquel un tremendo error. Cuando Frei, luego del golpe, y en su
calidad de presidente del Senado, fue a saludar a la Junta de Gobierno,
instalada en el edificio ‘Gabriela Mistral’, donde dos años antes se
había realizado la reunión de la UNCTAD, las nuevas autoridades le
requisaron el vehículo en que viajaba. Así y todo, la Democracia
Cristiana apoyó eficazmente a la dictadura en sus primeros años, que
fueron de prisión, tortura y exterminio de opositores. Fueron demócrata
cristianos quienes se instalaron en los organismos e instituciones del
estado a fin de perseguir a los ex militantes de la Unidad Popular. Juan
Hamilton Depassier, Juan de Dios Carmona, Patricio Rojas, William
Thayer Ojeda, Jorge Cauas, Andrés Zaldívar, Claudio Orrego, Enrique
Krauss, Modesto Collados, José Piñera, Máximo Pacheco, Salustio Montalva
Concha, Arturo Barriga Cavada, Sergio Molina, entre muchos otros, se
pusieron bajo las órdenes de la Junta Militar. Algunos de ellos tomaron
el control de las empresas estatales; otros se incorporaron a organismos
de gobierno. No puede acusárseles de haber entregado a los militares
las listas de las personas a quienes había de despedirse, encarcelarse o
ejecutarse por razones políticas, pero tampoco puede defendérseles como
personas ajenas o inocentes a la comisión de tales deleznables hechos.
EL RETORNO DE FREI MONTALVA
Los años, no obstante, pasan. La verdad vuelve a tener su hora. El
momento de quienes, antes, conspiraron para hacerse acreedores a lo que
tienen, llega por fin. Los sectores populares, golpeados en forma
inclemente, se ven obligados a posponer sus anhelos y a convivir con los
verdugos y delatores. Entonces, el que antes era enemigo se convierte
en su líder y un teatro, el ‘Caupolicán’ puede abrir su inmenso vientre
para recibir a quienes piensan en la posibilidad de construir un Chile
mejor. Una ‘izquierda’ abatida, derrotada estratégicamente, está
dispuesta a aceptar todo lo que sea. Incluso a una Democracia Cristiana
que, sin hacer un mínimo acto de contrición, aparece liderando junto a
connotados radicales que otrora fueran oposición al Gobierno Popular las
instituciones oficiales de defensa de los derechos humanos.
No puede suponerse que Frei cambiase su posición en 1980, y la luz de
los acontecimientos ─como las lenguas de fuego de Pentecostés (se
cuenta) lo hicieran sobre las cabezas de los apóstoles─ haya caído sobre
la suya para darle conocer esa verdad que nos hace libres (‘veritas
libera nos’); pero tampoco puede decirse que ello no haya sucedido.
La muerte violenta de quien fuera su edecán militar, el general Oscar
Bonilla Bradanovic, el 3 de marzo de 1975, pudo haberlo hecho
reflexionar al respecto; o tal vez, la muerte, también ‘accidental’ de
los expertos franceses que llegaron a investigar ese ‘accidente’.
Incluso, la violenta ejecución de su sobrino Eugenio Ruiz-Tagle Orrego,
en Antofagasta, a manos de los militares liderados por otro conocido
suyo, el general Sergio Arellano Stark. Lo cierto es que el líder
demócrata cristiano, el ‘Tata’Frei, de pie en el escenario, con los
brazos elevados al cielo, en medio de los aplausos de los presentes, se
transformó, de súbito, en el portavoz de todos ellos al demandar para
Chile una Constitución libre, democrática, redactada por la ciudadanía
en una Asamblea Constituyente soberana. Frei volvía a conmover con su
discurso: era el mismo orador de la ‘Marcha de la Patria Joven’,
inspirado, expresivo, de fácil locución, hablando a las masas reunidas
de esa juventud que brota por todos los rincones de la tierra para
converger en ese sueño suyo de antaño, transformada en ‘la Patria’
emergida de las tinieblas.
Como muchas personas que ignoran la fuerza que emana de sus actos o
ademanes, no sabía Frei, sin embargo, lo que podía desencadenar su sola
palabra y presencia. En 1973, había sido su intervención uno de los
factores decisivos en el desencadenamiento del más feroz y sangriento
golpe de estado del que se tenga memoria en toda la historia de la
república; en 1980, fueron sus propias palabras las que lo llevaron a su
inmolación. Transformado en el líder carismático por excelencia de los
sectores antidictatoriales, en el líder indiscutido de la oposición, en
sujeto indeseable, en ser tremendamente molesto, Frei debía morir a
manos de la dictadura, porque las estructuras jerárquicas o piramidales,
conocedoras que así se derrumba la organización construida sobre una
figura, eliminan al sujeto colocado en la cúspide opositora para lograr
sus propósitos. Así, el líder demócrata cristiano no sería diferente a
aquellas excrecencias que, a decir de Santo Tomás, han de ser extirpadas
del cuerpo para guardar su salud. Y, porque, tal vez, y luego de él,
podría volver ese temido ‘cáncer marxista’ al que tenía horror el jefe
de la FACH Jorge Gustavo Leigh Guzmán.
‘La ocasión hace al ladrón’, dice un refrán popular; también la ocasión
hace al asesino, al cómplice y al encubridor. Y esa ocasión se presentó
en diciembre de 1981 cuando el líder demócrata cristiano debió someterse
a una operación para eliminar una hernia al hiato de la que padecía.
Nada mejor que aprovechar esa circunstancia. Incluso con la
participación de médicos demócrata cristianos, profundamente
antimarxistas, convencidos que la Junta Militar había iniciado una
cruzada contra los infieles a la manera que Torquemada lo hiciera con
los judíos en la España del Medioevo. El ejército había estado
experimentando, en esos años, con una serie de ‘expertos’, algunos de
los pormenores de la llamada ‘guerra bacteriológica’; Eugenio Berríos
era uno de aquellos. Para eliminar a Frei bastaba solamente debilitar
sus defensas, dejar al cuerpo inerme; porque los microorganismos harían
el resto. Tal fue el macabro plan. Así, el 22 de enero de 1982, el
‘Tata’ que había creado tantas expectativas dentro de los sectores más
golpeados por la dictadura, dejó de existir en medio de la consternación
general. El peligro de una explosión popular había sido conjurado.
LA ERA DE LA CONCERTACIÓN DE PARTIDOS POR LA DEMOCRACIA
Al iniciarse el período de la ‘democracia post dictatorial’ asumió, en
el carácter de presidente de Chile, Patricio Aylwin Azócar, personaje
ambicioso, deseoso de pasar a la historia en esa calidad, también
involucrado en la gestión y consumación del golpe militar. Como era de
esperarse, socialistas y comunistas le dieron sus votos; solamente
estaban interesados en sacar a Pinochet de la cabeza de la nación.
Convencidos que Aylwin sería controlado por un conjunto de partidos
(Socialista, Por la Democracia y Radical) que daba vida y continuidad a
la alianza llamada ‘Concertación de Partidos por la Democracia’
iniciaron a partir de ese momento una estrecha colaboración con las
demás organizaciones. Por lo demás, confiaban en la dirección de los dos
primeros partidos donde aparecían muchos elementos ‘revolucionarios’
(Max Marambio, Oscar Guillermo Garretón, Gonzalo Martner, Enrique
Correa, Alexis Guardia, Roberto Pizarro, Jaime Gazmuri, Camilo Escalona,
Ricardo Núñez, en fin) que iban a llevar por buen camino a la alianza.
Tremendo error. O ingenuidad. Nada de ello ocurrió. Los
‘revolucionarios’ se mostraron en su más desoladora desnudez a poco de
iniciar su marcha el gobierno: la dictadura militar comenzó a
perpetuarse en la democracia recién instalada; sus conductores fueron
los encargados de hacer valer el legado de Pinochet.
En 1993 la Democracia Cristiana impuso a la Concertación de Partidos Por
la Democracia el nombre de Eduardo Alfredo Juan Bernardo Frei
Ruiz-Tagle como candidato a la presidencia por la Concertación, cuarto
hijo del desaparecido político, quien había de asumir al año siguiente
1994 para extender su período hasta el año 2000. Existían ya, a esa
fecha, graves sospechas en torno al extraño deceso de Frei Montalva que
se agravaron al conocerse el asesinato del químico de la DINA, Eugenio
Berríos, durante el mes de noviembre de 1992, en la república de
Uruguay, país al cual había recurrido en demanda de refugio. Sin
embargo, Frei Ruíz-Tagle no concedió mayor importancia al hecho. Ni
siquiera a las demás graves violaciones a los derechos humanos cometidas
en los años de la dictadura Y es que el anticomunismo de su padre se le
había transmitido como parte de su acervo cultural. Eduardo Alfredo
Juan Bernardo estaba tan convencido de la necesidad de un golpe militar
para terminar con el gobierno de la Unidad Popular que, a poco de
consumarse éste, como muchos otros chilenos convencidos de tan divina
misión, también acudió hasta la Junta Militar, en compañía de su mujer, a
efectuar donaciones para la llamada ‘Reconstrucción Nacional’,
agradecido de los servicios prestados por las fuerzas armadas.
Fue más tarde cuando comenzó recién a poner en duda lo que había sido su
vida hasta entonces. Según lo expresara en una corta biografía escrita
de su puño y letra, publicada en ‘El Mercurio de 13 del presente:
“En los años ochenta solía visitar al cardenal Raúl Silva Henríquez,
quien me privilegió con su amistad, su sabiduría y sus consejos. Un día
me tomó la mano y me dijo: "Eduardo, tú no puedes permanecer tranquilo
mientras en Chile haya personas viviendo en la pobreza". Esa breve frase
fue el estímulo necesario para ingresar a la política. En 1987 el país
ya empezaba a pensar en el plebiscito del año siguiente.”
Durante su gobierno, no obstante, favoreció al empresariado e intentó,
por todos los medios, de mantener buenas relaciones con las fuerzas
armadas. No hubo preocupación alguna suya por los pobres, por los
trabajadores, por los exonerados ni por los jubilados. No investigó ni
mostró mayor interés en averiguar acerca de la muerte de su padre, el ex
presidente Frei; mucho menos, a indagar en materia de derechos humanos
acerca de personas que ni siquiera conocía. Su indolencia, al respecto,
era tal que, en una entrevista que le hiciera el diario digital El
Mostrador, expresa Carmen Soria, viuda del asesinado diplomático español
Carmelo Soria, con desconsuelo, las siguientes palabras al respecto:
“El que Eduardo Frei Montalva haya sido asesinado o muerto por la
intervención de terceras personas era un secreto a voces para todo el
país. Quiero ser muy respetuosa con la familia. Es terrible cuando te
das cuenta las maneras brutales que tenían de asesinar. Pero lo de Frei
(Ruiz-Tagle) me parece de un oportunismo político feroz. Cuando fue
Presidente de la República nunca recibió a las agrupaciones de
familiares. Yo le pedí audiencia y nunca me recibió. Es muy duro decir
que ellos van a utilizar esto para la campaña, pero lo que yo le
cuestiono, es que siendo Presidente de la República no trató ni siquiera
de indagar lo que había pasado con su padre y tampoco acompañó a su
hermana cuando presentó la querella ¿Por qué le va a importar ahora?”
No puede culpabilizarse a Eduardo Frei Ruiz-Tagle de su propia carencia
de empatía. No sólo estaba inscrita en su propio acervo hereditario
cultural, sino formaba parte del ideario de la Concertación que buscaba
gobernar ‘con tranquilidad’ y sin remover el pasado. Porque era deseo de
la Concertación que nuevos sujetos, nuevos actores se encargaran de
escribir la historia. Y de conformar nuevas alianzas. El verdugo podría
abrazar a su víctima sin temer una reacción desmedida. Y las víctimas
habían de acostumbrarse a vivir con el verdugo de los suyos. Porque no
hay que olvidar una premisa esencial: la ‘reconciliación’ consiste,
precisamente, en añadir a la tragedia de quien experimenta sufrimiento
el acervo de su propia humillación; en suma, que conviva necesariamente
con su agresor. De esa manera, el pasado quedaría atrás, por decirlo
así. Atrás quedarían, también, los sueños de justicia o de compensación.
Para que esas ideas se realizaran de manera exitosa, quienes se hacían
cargo de la administración del estado debían alegar que el dinero en
arcas fiscales jamás había de alcanzar para indemnizar a las víctimas y
que siempre deberían otorgarse mezquinas sumas a quienes eran víctimas
del estado de emergencia que había vivido el país. La paz de la nación
exigía acallar las voces que demandaban castigos para los culpables.
Ergo, solamente las personas ‘renovadas’, cuya calidad se encontrase
suficientemente acreditada por los gestores del ‘consenso nacional’,
podrían acceder a los cargos de gobierno. Entonces, nuevas figuras,
nuevos rostros comenzaron a construir esa ‘patria nueva’, ‘renovada’,
‘aséptica’, inmaculada, donde sólo existiría lugar para la telenovela,
la farándula y el espectáculo.
RASGOS DE LA EJECUCIÓN DE UN JEFE DE ESTADO
El asesinato de Eduardo Frei Montalva marca un hito histórico, sin lugar
a dudas. Pero no debe sorprender. En Chile, el asesinato de un jefe de
estado presenta dos grandes caracteres:
a. En primer lugar, no es algo nuevo en su historia republicana;
b. En segundo lugar, es ejecutado directamente por militares, o por
orden de alguno o algunos de quienes comandan los institutos armados.
Nos explicamos. Correspondió al coronel Don Manuel Rodríguez Erdoyza,
que se desempeñara por unos meses en el cargo de Director Supremo de la
República, tener la triste suerte de convertirse en el primer jefe de
estado cuya muerte fue decretada por el poder militar. El magnicidio se
llevó a efecto en la localidad de Til-Til y su ejecución fue encomendada
al oficial español Manuel Antonio Navarro, a las órdenes del general
Bernardo O’Higgins y por encargo de éste. El segundo en sufrir idéntico
sino fue el general don José Miguel Carrera Verdugo, fusilado en Mendoza
por orden del gobernador de esa ciudad coronel Antonio de Pueyrredón,
según instrucciones acordadas entre los generales José de San Martín y
Bernardo O’Higgins. El tercer jefe de estado, si es que puede llamársele
de esa manera ─aunque el máximo representante del país era en aquel
entonces el general José Joaquín Prieto─, fue el ministro Diego Portales
Palazuelos, ejecutado en el cerro Placeres, de Valparaíso, por un grupo
de soldados a las órdenes del teniente Luis Florín.
No se sabe a ciencia cierta si el Presidente Salvador Allende fue muerto
por el grupo invasor que comandaba el general Javier Palacios, tras el
bombardeo de La Moneda, o si aquel fue un simple suicidio como parece
entenderlo la mayoría de los autores contemporáneos. Las declaraciones
de Danilo Bartulín quien, en un principio, aceptara la tesis del
suicidio y, posteriormente, pusiera en duda sus propias convicciones, y
las enigmáticas palabras que pronunciara el general Jorge Gustavo Leigh
cuando se le interrogara al respecto, no dan pie a que se suponga
aquello:
“Eso, dejémoslo para la Historia”.
El asesinato de los gobernantes constituyó una forma corriente para
efectuar el traspaso de poder en el Egipto antiguo; no fue de modo
diferente en la vieja Grecia ni en Roma, herederas ambas de la cultura
egipcia. Porque las sociedades se reproducen. Lo hacen sobre sí mismas,
en sus miembros y sobre sus propios valores. Y reproducen todo aquello
que les ha permitido continuar siendo lo que han sido. Por eso, los
imperios que se organizaron, con posterioridad, en las naciones
europeas, practicaron el asesinato de gobernantes como parte de su
política habitual en la disputa por el poder. En Inglaterra, dan cuenta
de ello las obras de William Shakespeare y la propia historia de la
realeza británica. No parece necesario recordar, en la era contemporánea
los asesinatos de los presidentes norteamericanos, en especial el de
John Fitzgerald Kennedy, y de quienes seguían su política, su hermano
Robert, Martin Luther King, el líder afroamericano Malcom X, el líder
obrero James Riddle Jimmy Hoffa, en fin. Que el poder militar haya
realizado en Chile el asesinato de un jefe de estado como lo fue Eduardo
Frei Montalva, no debe extrañar; las disputas por el poder incluyen esa
forma de resolver los conflictos de poder dentro de las clases
dominantes así como la realización de los golpes de estado; no por algo
los tratadistas (en su mayoría, ‘intelectuales patentados’) los explican
en su carácter de regímenes de excepción dentro del funcionamiento del
modo de producción vigente, concediendo a su normatividad la fuerza de
la legitimidad.
EL TRÁGICO SINO DE FREI MONTALVA
No deja de ser trágico el sino de Eduardo Frei Montalva, como hombre de
estado. Aterrado ante lo que suponía una pesadilla comunista de la que
le parecía imposible de despertar, volvió sus ojos a las fuerzas armadas
intentando resolver, vía ‘manu militari’, los conflictos de clase del
estado chileno. Torpe y poco reflexiva decisión: los incendios no se
apagan con bencina. Las grandes decisiones siempre han de adoptarse con
el auxilio de la teoría.
Así es. Porque si bien es cierto funciona el modo de producción
capitalista, normalmente, dentro de una forma democrática de gobierno,
no es menos cierto que también puede hacerlo en forma de régimen de
excepción. La primera se denomina ‘democracia’; la segunda, ‘dictadura’.
Adviene una dictadura, entonces, cuando las transformaciones que se
pretenden introducir al sistema vigente van más allá de los límites
tolerados por el mismo. En tal caso, el poder militar entra a resolver
la contradicción para evitar que el sistema se desvirtúe. Entonces, las
organizaciones políticas que representan naturalmente los intereses de
las clases dominantes se reconocen representadas por esa dictadura y,
voluntariamente, se disuelven. No ocurre de esa manera con las
organizaciones populares que son obligatoriamente disueltas. Corren
idéntica suerte las organizaciones políticas que no siendo
representantes naturales del capital participan del juego político
dentro de los márgenes del sistema, como la Democracia Cristiana
chilena. Y cuando una de estas organizaciones recurre a la intervención
militar, implícitamente confiesa su incapacidad de resolver de manera
democrática los conflictos sociales. Por eso, una apelación en ese
sentido es, al mismo tiempo, una invitación al poder militar a
entronizarse en la dirección de la nación. Lo cual, a la vez, convierte a
esa organización política en opositora a la perpetuación del nuevo
poder. Por eso, al dar su consentimiento al ejercicio irrestricto del
poder militar, como hombre libre que era firmó Eduardo Frei, al mismo
tiempo, su sentencia de muerte. Porque, al abogar por el establecimiento
de una dictadura, simultáneamente ponía fin a su derecho a disentir, a
su derecho a expresar libremente las opiniones que tenía; renunciaba, en
suma, a su derecho a ser persona. Y al protestar en contra de ello, al
transformarse en líder del descontento, se convertía no sólo en opositor
sino en ‘el principal’ opositor. Buscando terminar con los fantasmas de
su niñez, había abierto las compuertas al ingreso incontenible de las
fuerzas que los engendros de la vida adulta hacen posible y ponen fin a
la existencia de quienes sueñan con la libertad. Frei actuó, por
consiguiente, como artífice y constructor de su propio destino; fue
constructor de su propia inmolación. Había legado a su cuarto hijo ese
antimarxismo enfermizo que le había acompañado durante toda su vida; no
podía sino recibir el fruto de lo que había sembrado: Frei hijo no iría a
colaborar con la investigación de su muerte sino hasta pasado un largo
tiempo. Por eso, convertido en presidente, fue incapaz y poco ocurrente
en emplear el mandato que tenía para resolver aquel enigma. Necesitaría
mucho tiempo para madurar en la práctica del ejercicio del poder para
entender, finalmente, lo que había sucedido no sólo con su padre sino
con muchos otros chilenos.
Santiago, diciembre de 2009