16 jun 2012

INDEPENDENCIA DE CHILE: UNA PROPOSICIÓN ATREVIDA PARA QUIEN NO TEMA HACERLA SUYA

La historia de la independencia de Chile comienza, oficialmente, con la realización de la primera Junta de Gobierno que........
INDEPENDENCIA DE CHILE: UNA PROPOSICIÓN ATREVIDA PARA QUIEN NO TEMA HACERLA SUYA
Manuel Acuña Asenjo. Estocolmo, julio 2008
La fecha establecida para consignar el momento en que una nación pone fin a su calidad de colonia y da comienzo a una vida independiente jamás corresponde a la verdad. Porque la emancipación es un proceso, es decir, un suceso que se compone de muchos otros. No puede, por consiguiente, reducírsele al producto de un mezquino momento en la vida de una formación social. Es más: la emancipación puede desencadenarse con inusitada celeridad como, también, es capaz de hacerlo con exasperante lentitud.
La historia de las naciones independientes comienza, no obstante, en un momento dado, en un día que es el ‘día nacional’, el ‘día de la independencia’, un suceso verídico al que se le atribuyen cualidades que jamás ha tenido; en suma, la historia de las naciones independientes empieza con una invención. Pero ello no sucede porque sí. Los seres humanos necesitan de símbolos, signos, ritos, mitos que les permitan estar regresando continuamente a sus orígenes para descubrir en ellos su propia identidad; también lo hacen las naciones como entes colectivos, sujetos múltiples o personas sociales.
Sin embargo, la historia de una nación independiente, su historia verdadera, no parte con ese acto, no se inicia de modo tan ramplón: se extiende hacia atrás, más atrás, a la historia de quienes precedieron a aquellos que se apoderaron de esas tierras, a la historia de sus pueblos originarios e, incluso, a la historia del propio retazo aquel del planeta, a la historia de sus piedras y de su formación geológica. Es por ello que los inicios de la vida independiente de una nación son importantes: de la simbología que se adopte dependerá el comportamiento de las generaciones futuras que han de encontrar allí su identidad o reconocer su verdadero ancestro.
Las palabras precedentes cobran especial importancia tratándose de la historia de los pueblos americanos, que se iniciaron como colonias y adquirieron, por sus luchas, el carácter de naciones independientes; Chile, entre aquellos, como parte de la región sudamericana y ex colonia española. Y, dentro de su historia, de ciertos hechos que revisten especial relevancia para la formación de los valores nacionales. Retrocedamos un poco en el tiempo, hagamos memoria de esos hechos pasados.
La historia de la independencia de Chile comienza, oficialmente, con la realización de la primera Junta de Gobierno que, bajo la presidencia del Conde de la Conquista, Mateo de Toro-Zambrano y Ureta, tuvo lugar en Santiago un 18 de septiembre de 1810. Paradojalmente, la emancipación de la colonia estuvo ausente de los objetivos de ese cónclave; antes bien, con su realización solamente se buscó dar apoyo a la formación de las Cortes de Cádiz y, en especial, a José Fernando de Abascal y Souza, que se desempeñaba, a la sazón, en calidad de Virrey de Perú. En el fondo, la reunión aquella era el primer intento de realizar una gestión preparatoria encaminada a robustecer la lucha por el retorno al trono de Fernando VII ―destituido en la Península Ibérica por las tropas de Napoleón Bonaparte―, y defender a las colonias ante un eventual ataque de las tropas francesas. Ese objetivo, compartido por la generalidad de los diputados que existían en el país, también era, en cierta forma, aunque con diferentes connotaciones, tolerado por el diputado subdelegado de la Isla de La Laja, representante de los agricultores, Bernardo O’Higgins.
En 1811, un joven militar chileno que había combatido en España en el Regimiento de los Húsares de Galicia contra las tropas de Napoleón, llamado José Miguel Carrera Verdugo, apoyado por sus hermanos Juan José y Luis Florentino, el primero a cargo de las tropas de la ciudad, tomó el control de la colonia chilena a fin de dar un sentido diferente al proceso que se estaba viviendo. Fue un golpe de estado, sin lugar a dudas, pero no contra gobierno democrático alguno, sino contra la pasividad de la Junta de Gobierno, pues en esos años la democracia era, apenas, una aspiración de la cual poco se conocía.
Una de las primeras tareas de la nueva administración fue la organización del ejército nacional y la creación de tres símbolos de extraordinaria importancia política que solamente los militares son dados a crear: la bandera, la escarapela y el escudo nacional. La tarea de la confección de la bandera fue encargada por el gobernante a su hermana, Francisca Javiera Eudoxia Rudecinda Carmen de los Dolores, más conocida en los textos escolares como ‘Javiera’, quien se preocupó con especial esmero de dicho cometido; el símbolo aquel sería un paño compuesto de tres bandas horizontales, la primera azul, la segunda blanca y la tercera amarilla que representaban el cielo de la nación, sus nieves cordilleranas y el trigo dorado de sus campos, según algunos; la majestad, la ley y la fuerza, según otros. Para las ceremonias oficiales se emplearía esa bandera, pero con el escudo de armas colocado en el centro, sobre la franja blanca. Dicho emblema tendría forma de óvalo; en su interior, de pie, separados por una columna, aparecerían dos representantes de las razas originarias de la nación (un hombre y una mujer). En la mano izquierda de la mujer, situada al lado derecho del emblema, un arco; en la derecha del hombre, situado al lado izquierdo del mismo, una lanza. Encima de la columna, la estrella solitaria de las cinco puntas encerrada en un círculo, sobre el que otra lanza, dibujada diagonalmente, y una rama de similar longitud formarían la cruz de San Andrés, una cruz caída, una ‘equis’ (X) más que alargada, estilizada. Finalmente, en la parte superior, una frase latina atribuyendo la oscuridad a la dominación goda y la luz a la independencia política (‘Post tenebris lux’); abajo, en la parte inferior, otra leyenda, representativa de una época de luchas y confrontaciones, también en latín: ‘Aut consilio aut ense’ (‘Por la concordia o por la espada’).
No puede, por consiguiente, considerarse la creación de toda esta verdadera sucesión de símbolos como una simple ocurrencia del joven ex oficial de los Húsares de Galicia; ni tampoco asignársele al golpe de estado, perpetrado en 1811, el carácter de acto propio de su ‘ambición desmedida’ o ‘caudillesca’. La historia no se explica por las emociones de sus líderes ni por las presuntas ‘ambiciones’ de los mismos; tampoco por los amoríos de sus gobernantes porque, como muy bien lo expresa Louis Althusser ―criticando a Plejanov, quien buscaba en los amoríos de Luis XV los secretos de la caída del Ancienne Régime― ‘los conceptos no se esconden en los lechos’. Carrera había llegado a Chile no sólo con ideas nuevas, sino además con proposiciones concretas: una de ellas consistía en aprovechar el momento propicio de debilidad que afectaba a la corona española, en lucha contra las fuerzas napoleónicas, e iniciar en la colonia sudamericana, de esa manera, un proceso de emancipación de la Península Ibérica que pudiese extenderse a toda la región. A colaborar en ese sentido, se hacía presente la necesidad de formar un ejército criollo, que no podía sino quedar a cargo de su hermano Juan José ―también con experiencia militar―, para emprender las tareas de defensa de la ex colonia y, consecuentemente, la organización de la gran fuerza continental. Carrera era un militar. Y un militar vincula, constantemente, sus ideas y sentimientos a determinados símbolos: la patria pasa a ser la bandera, el honor es un escudo de armas, y el honor de la patria es el escudo de armas de la nación. Para disponer la confección de tales símbolos, un militar debe tener preconcebida la idea de ‘patria’ en su cabeza; tratándose de una colonia, la confección de semejantes símbolos presupone estar convencido de la necesidad previa de ‘liberar’ políticamente a dicha colonia, de darle su previa ‘emancipación’, de hacer gozar a sus habitantes de la capacidad de autodeterminarse, con antelación a cualquier otro hecho. Las ideas de separar a la pequeña colonia criolla del vasallaje español estaban, pues, desde un comienzo, en la mente del prócer, a diferencia de otros caudillos que buscaban otro tipo de soluciones. No por algo ha escrito sobre él uno de los grandes poetas latinoamericanos:
“Dijiste libertad antes que nadie,
cuando el susurro iba de piedra en piedra,
escondido en los patios, humillado[…]”
Cuando O’Higgins, convertido ya en militar, tomó en sus manos el gobierno de la nación, los símbolos creados por Carrera fueron borrados de la faz de la nación. Otros intereses prevalecieron en esa determinación. Una bandera, llamada ‘de transición’, con tres franjas horizontales, azul, blanca y roja, y colores que representaban el cielo, las nieves eternas y la sangre vertida por los patriotas en la lucha de la emancipación, substituyó a la que comenzó a llamarse ‘de la Patria Vieja’. La ‘Patria Nueva’ adoptó, finalmente, el diseño del español Antonio Arcos, sobre una idea de José Ignacio Zenteno, ministro de O’Higgins, para sustituir, definitivamente, tanto al símbolo de ‘la Patria Vieja’ como al ‘de la transición’ por el actual, que incorpora en su campo azul a la estrella solitaria de cinco puntas, representativa ahora de los tres poderes del estado, según algunos; o el estado unitario, según otros ―para diferenciar a la nación sudamericana de la norteamericana, constituida por gran número de estados simbolizados en idéntica cantidad de estrellas―. Bajo la dictadura de O’Higgins se modificó también el escudo de armas de la nación, por otro en el que los protagonistas no son ya los pueblos originarios, sino dos especies animales americanas (el cóndor y el huemul), un penacho de plumas tricolor y la estrella de cinco puntas en medio de un campo que se encuentra separado en la mitad por una línea horizontal. La leyenda alusiva a la época de tinieblas fue suprimida, sustituyéndose la frase latina ‘Aut consilio aut ense’ por otra, similar, pero que retrata con extraordinaria fidelidad el carácter autoritario de la nación que se organizaba a partir de ese momento: ‘Por la razón o la fuerza’.
Permítaseme, en esta parte, retroceder a mi particular pasado; permítaseme, así, establecer una necesaria relación de sucesos.
Durante mis años de estudiante de derecho, en la Universidad de Concepción, tuve la oportunidad de tener por compañera de curso a la nieta de un personaje que, erróneamente, vinculé con aquel comentarista deportivo tan conocido de ese entonces, Darío Verdugo. Aquella ex compañera vivía en la casa que había pertenecido a su abuelo, situada en la intersección de las calles Ongolmo con O’Higgins, de la ciudad penquista, cuya puerta interior de ingreso, adornada con grandes vidrios, conservaba abajo, bien abajo, en la parte de madera, un letrero de cobre con grandes letras, donde podía leerse el nombre del propietario original: ‘Darío Verdugo Cavada’. El abuelo de mi ex compañera tenía un hermano a quien ella llamaba, cariñosa y posesivamente, ‘mi tío Ignacio’.
Tenía yo, entre mis joyas literarias, junto a los libros escritos por Oscar Castro, Carlos Mondaca, Carlos Pezoa Véliz y otros, una obrita singular, una colección de poemas criollos, escritos con pasión, con un cariño descomunal hacia la tierra chilena, hacia su flora, hacia su gente simple, su pueblo olvidado, su pueblo originario. Llevaba por título el sencillo nombre de ‘El alma de Chile’ y su autor, Ignacio Verdugo Cavada, descendiente directo del prócer José Miguel Carrera por la rama de los Verdugo, había cantado a la belleza de los copihues (rojo, blanco y rosa), flores que cuelgan de las laderas de los cerros del sur, junto a los caminos, como ‘chispas de fuego’, lágrimas de nieve o crepusculares, en medio de la tierra mapuche, que los españoles llamaran ‘Araucanía’. Como bien lo expresa Gustavo Meza Barros, en el prólogo/presentación de la obra, cien años después que José Miguel diera a Chile su carácter de nación autónoma y Javiera le entregara su primera bandera, Verdugo Cavada no sólo había cantado al copihue rojo (‘Lapageria rosae’ o, como la llaman los mapuches, ‘Largo suspiro’) sino, como digno miembro de esa familia, lo daba a esa misma patria chilena en el carácter de flor nacional.
El copihue no es solamente una flor; también entrega un fruto. Su sabor es misterioso, diferente, como misteriosos y diferentes son los sabores de los otros frutos y tallos de esa zona, entre ellos, nalcas, digüeñes, pinatras, piñones, peumos, maquis, chupones, guiyaves, grosellas, quilos, camotes, pencas.
A poco de ser publicado el libro de poemas de Ignacio Verdugo (en 1961), un compositor chileno puso música a aquel que el vate dedicara al copihue rojo. En un principio, se supuso que la composición era de Arturo Arancibia; hoy se sabe que su autor fue el músico Juan Miguel Sepúlveda. Convertido ya en canción, ‘El copihue rojo’ saltó a la fama en la interpretación que hiciera una artista singular, la más genuina representante del pueblo mapuche y una de las voces líricas chilena de mayor prestigio: Rayén Quitrall.
Terminemos esta crónica, con una proposición.
Los símbolos de una nación no son simples adornos para ser usados en ceremonias o actos oficiales; son formadores de ideología, construyen comportamientos, conceptos, valoraciones. Reflejan, al mismo tiempo, las ideas presentes en la mente de quienes los han impuesto; reflejan épocas y lugares. Cuando un grupo social a cargo de una nación los impone y, otro, posteriormente, los cambia, siempre existen razones poderosas que subyacen tras ese acto de abrogación. El comportamiento de un gobierno jamás puede ser calificado de ‘inocente’.
Las naciones que comienzan su vida en el carácter de colonia cuentan, generalmente, con una población compuesta por descendientes tanto de aquellos que fueron expropiados por los invasores como por los de éstos. Ambos estamentos forman el nuevo conjunto social de la nación que se alza ante la comunidad internacional como una unidad dotada de códigos culturales propios. Sus símbolos nacionales deben contener esa vinculación de pueblos que, de antagónicos, se hermanan en la común necesidad de vivir juntos, de mezclarse y de ayudarse mutuamente. Como sucede en la vida en común que lleva un hombre con una mujer. Es el mensaje que entrega la presencia de la pareja nativa del escudo de la Patria Vieja, con sus atuendos originarios, con sus instrumentos de defensa, anunciando que el cese de una época de tinieblas ha comenzado para ingresar a la era de la luz. El pueblo chileno está unido por esas formas de ser. Resulta así inexplicable, por decir lo menos, la abrogación institucional de ese pasado y su sustitución por otros símbolos que no guardan relación con nuestra historia, sino reivindican la presencia de dos animalitos, simpáticos por cierto ―cuya significación política parece ser mayor que la de nuestros pueblos originarios para quienes los impusieron en el emblema―, en medio de los cuales se alza, insolente, fatuo, arrogante, un penacho tricolor de dudosa procedencia. El origen de la bandera y del escudo actual no sólo arranca de una forma de borrar parte de la historia de nuestra patria; en el curso de la época moderna tales símbolos han desempeñado el rol de símbolos de la represión, tortura y muerte de ciudadanos chilenos, la mayoría de los cuales ha pertenecido a los estratos más humildes de la nación, de quienes nuestros pueblos originarios constituyen parte importante.
En dos años más Chile volverá el rostro hacia sus invenciones, símbolos y mitos en un desesperado intento por encontrarse a sí mismo. El 18 de septiembre de 2010 revivirá su sueño de nación políticamente libre en una fecha absolutamente convencional que poco a nada tiene de liberadora. Volverá, por consiguiente, a enfrentarse con el origen de sus emblemas, creadores de ideología y, en consecuencia, de comportamientos y cultura. Al reafirmar su creencia en la rectitud de sus símbolos patrios, Chile renovará la arbitrariedad de quienes, desde las cimas del poder, determinaron antojadizamente romper con los vínculos que unen a sus habitantes entre sí para privilegiar el establecimiento de otros con aves, mamíferos y penachos. Los arquetipos que moldean el carácter social del chileno, de confrontación con otros chilenos, volverán en gloria y majestad a construir semejante carácter en las generaciones futuras. La proximidad de ese momento invita no sólo a reflexionar acerca de si debemos o no reproducirnos como hasta ahora lo hemos hecho, sino además a de si es o no necesario hacer un esfuerzo para lograr un verdadero reencuentro con el pasado, un esfuerzo para enfrentar la historia nuestra, desnuda, sin prejuicios. Si ese año, 2010, parece ser la oportunidad propicia para ese reencuentro de cada chileno consigno mismo, para el reencuentro con nuestra propia identidad, también debe serlo para desprendernos de todo el lastre ideológico que ha gobernado la evolución de nuestra cultura y de nuestras vidas. Para adoptar, en suma, lo mejor que ha de servirnos en una cada vez más intensa convivencia social, en una reforma radical a nuestra forma de vida. Pero ese esfuerzo exige la modificación de nuestros símbolos patrios, su transformación de excluyentes en incluyentes, hacerlos el espejo que ha de contener la imagen de nuestro origen, que es la única manera de demostrar respeto y admiración por quienes se asentaron antes que nosotros en estas tierras.
Constituimos una estrecha y larga nación de hermanos unidos por la sangre, por un pasado común, por un territorio y una naturaleza que, constantemente, nos enseña a mirar con humildad nuestra condición de seres humanos, a colaborar entre nosotros para enfrentar sus constantes desafíos, y no a competir. Somos ellos tanto como ellos son nosotros. Mucho amamos a nuestros cóndores y a nuestros huemules, y quizás a más de alguien le gustaría llevar el penacho tricolor del escudo, enhiesto, sobre su cabeza, pero más importantes son, para nosotros, nuestros pueblos originarios. Un buen comienzo para este bicentenario que se aproxima sería el retorno a nuestros orígenes o a nuestras raíces históricas, a la abolición definitiva de símbolos nacidos del odio y del rencor, y a la recuperación de aquellos que brotaron incontenibles del corazón de quienes soñaron con la libertad para todos nosotros. Un esfuerzo en este sentido ha hecho el senador Nelson Ávila, al proponer al Congreso Nacional, hace un tiempo atrás, la modificación del lema del escudo nacional sustituyendo el actual (‘Por la razón o la fuerza’) por otro que refleje con mayor propiedad nuestra vocación de ‘pueblo’ amante de la paz (‘Por la fuerza de la razón’); pero la recuperación de los símbolos de la Patria Vieja parece ser más que una solución mejor, una necesidad. Y no deja de ser significativa a la vez que conmovedora, la conducta de las autoridades del Instituto Nacional, obra del prócer José Miguel Carrera Verdugo, en el sentido de izar periódicamente en su interior la bandera de la Patria Vieja como símbolo imperecedero de ese establecimiento, y mantener en algún lugar visible del mismo el escudo de armas originario de la nación chilena, con sus aborígenes y su mensaje libertario.

Estocolmo, julio 2008

Publicado el : |2008-08-22|



Muestras: 43495