Manuel Acuña Asenjo. Estocolmo, julio 2008
La fecha establecida para consignar el momento en que
una nación pone fin a su calidad de colonia y da comienzo a una vida
independiente jamás corresponde a la verdad. Porque la emancipación es
un proceso, es decir, un suceso que se compone de muchos otros. No
puede, por consiguiente, reducírsele al producto de un mezquino momento
en la vida de una formación social. Es más: la emancipación puede
desencadenarse con inusitada celeridad como, también, es capaz de
hacerlo con exasperante lentitud.
La historia de las naciones
independientes comienza, no obstante, en un momento dado, en un día que
es el ‘día nacional’, el ‘día de la independencia’, un suceso verídico
al que se le atribuyen cualidades que jamás ha tenido; en suma, la
historia de las naciones independientes empieza con una invención. Pero
ello no sucede porque sí. Los seres humanos necesitan de símbolos,
signos, ritos, mitos que les permitan estar regresando continuamente a
sus orígenes para descubrir en ellos su propia identidad; también lo
hacen las naciones como entes colectivos, sujetos múltiples o personas
sociales.
Sin embargo, la historia de una nación
independiente, su historia verdadera, no parte con ese acto, no se
inicia de modo tan ramplón: se extiende hacia atrás, más atrás, a la
historia de quienes precedieron a aquellos que se apoderaron de esas
tierras, a la historia de sus pueblos originarios e, incluso, a la
historia del propio retazo aquel del planeta, a la historia de sus
piedras y de su formación geológica. Es por ello que los inicios de la
vida independiente de una nación son importantes: de la simbología que
se adopte dependerá el comportamiento de las generaciones futuras que
han de encontrar allí su identidad o reconocer su verdadero ancestro.
Las palabras precedentes cobran especial importancia tratándose de la
historia de los pueblos americanos, que se iniciaron como colonias y
adquirieron, por sus luchas, el carácter de naciones independientes;
Chile, entre aquellos, como parte de la región sudamericana y ex colonia
española. Y, dentro de su historia, de ciertos hechos que revisten
especial relevancia para la formación de los valores nacionales.
Retrocedamos un poco en el tiempo, hagamos memoria de esos hechos
pasados.
La historia de la independencia de Chile comienza, oficialmente, con la
realización de la primera Junta de Gobierno que, bajo la presidencia del
Conde de la Conquista, Mateo de Toro-Zambrano y Ureta, tuvo lugar en
Santiago un 18 de septiembre de 1810. Paradojalmente, la emancipación de
la colonia estuvo ausente de los objetivos de ese cónclave; antes bien,
con su realización solamente se buscó dar apoyo a la formación de las
Cortes de Cádiz y, en especial, a José Fernando de Abascal y Souza, que
se desempeñaba, a la sazón, en calidad de Virrey de Perú. En el fondo,
la reunión aquella era el primer intento de realizar una gestión
preparatoria encaminada a robustecer la lucha por el retorno al trono de
Fernando VII ―destituido en la Península Ibérica por las tropas de
Napoleón Bonaparte―, y defender a las colonias ante un eventual ataque
de las tropas francesas. Ese objetivo, compartido por la generalidad de
los diputados que existían en el país, también era, en cierta forma,
aunque con diferentes connotaciones, tolerado por el diputado
subdelegado de la Isla de La Laja, representante de los agricultores,
Bernardo O’Higgins.
En 1811, un joven militar chileno que había combatido en España en el
Regimiento de los Húsares de Galicia contra las tropas de Napoleón,
llamado José Miguel Carrera Verdugo, apoyado por sus hermanos Juan José y
Luis Florentino, el primero a cargo de las tropas de la ciudad, tomó el
control de la colonia chilena a fin de dar un sentido diferente al
proceso que se estaba viviendo. Fue un golpe de estado, sin lugar a
dudas, pero no contra gobierno democrático alguno, sino contra la
pasividad de la Junta de Gobierno, pues en esos años la democracia era,
apenas, una aspiración de la cual poco se conocía.
Una de las primeras tareas de la nueva administración fue la
organización del ejército nacional y la creación de tres símbolos de
extraordinaria importancia política que solamente los militares son
dados a crear: la bandera, la escarapela y el escudo nacional. La tarea
de la confección de la bandera fue encargada por el gobernante a su
hermana, Francisca Javiera Eudoxia Rudecinda Carmen de los Dolores, más
conocida en los textos escolares como ‘Javiera’, quien se preocupó con
especial esmero de dicho cometido; el símbolo aquel sería un paño
compuesto de tres bandas horizontales, la primera azul, la segunda
blanca y la tercera amarilla que representaban el cielo de la nación,
sus nieves cordilleranas y el trigo dorado de sus campos, según algunos;
la majestad, la ley y la fuerza, según otros. Para las ceremonias
oficiales se emplearía esa bandera, pero con el escudo de armas colocado
en el centro, sobre la franja blanca. Dicho emblema tendría forma de
óvalo; en su interior, de pie, separados por una columna, aparecerían
dos representantes de las razas originarias de la nación (un hombre y
una mujer). En la mano izquierda de la mujer, situada al lado derecho
del emblema, un arco; en la derecha del hombre, situado al lado
izquierdo del mismo, una lanza. Encima de la columna, la estrella
solitaria de las cinco puntas encerrada en un círculo, sobre el que otra
lanza, dibujada diagonalmente, y una rama de similar longitud formarían
la cruz de San Andrés, una cruz caída, una ‘equis’ (X) más que
alargada, estilizada. Finalmente, en la parte superior, una frase latina
atribuyendo la oscuridad a la dominación goda y la luz a la
independencia política (‘Post tenebris lux’); abajo, en la parte
inferior, otra leyenda, representativa de una época de luchas y
confrontaciones, también en latín: ‘Aut consilio aut ense’ (‘Por la
concordia o por la espada’).
No puede, por consiguiente, considerarse la creación de toda esta
verdadera sucesión de símbolos como una simple ocurrencia del joven ex
oficial de los Húsares de Galicia; ni tampoco asignársele al golpe de
estado, perpetrado en 1811, el carácter de acto propio de su ‘ambición
desmedida’ o ‘caudillesca’. La historia no se explica por las emociones
de sus líderes ni por las presuntas ‘ambiciones’ de los mismos; tampoco
por los amoríos de sus gobernantes porque, como muy bien lo expresa
Louis Althusser ―criticando a Plejanov, quien buscaba en los amoríos de
Luis XV los secretos de la caída del Ancienne Régime― ‘los conceptos no
se esconden en los lechos’. Carrera había llegado a Chile no sólo con
ideas nuevas, sino además con proposiciones concretas: una de ellas
consistía en aprovechar el momento propicio de debilidad que afectaba a
la corona española, en lucha contra las fuerzas napoleónicas, e iniciar
en la colonia sudamericana, de esa manera, un proceso de emancipación de
la Península Ibérica que pudiese extenderse a toda la región. A
colaborar en ese sentido, se hacía presente la necesidad de formar un
ejército criollo, que no podía sino quedar a cargo de su hermano Juan
José ―también con experiencia militar―, para emprender las tareas de
defensa de la ex colonia y, consecuentemente, la organización de la gran
fuerza continental. Carrera era un militar. Y un militar vincula,
constantemente, sus ideas y sentimientos a determinados símbolos: la
patria pasa a ser la bandera, el honor es un escudo de armas, y el honor
de la patria es el escudo de armas de la nación. Para disponer la
confección de tales símbolos, un militar debe tener preconcebida la idea
de ‘patria’ en su cabeza; tratándose de una colonia, la confección de
semejantes símbolos presupone estar convencido de la necesidad previa de
‘liberar’ políticamente a dicha colonia, de darle su previa
‘emancipación’, de hacer gozar a sus habitantes de la capacidad de
autodeterminarse, con antelación a cualquier otro hecho. Las ideas de
separar a la pequeña colonia criolla del vasallaje español estaban,
pues, desde un comienzo, en la mente del prócer, a diferencia de otros
caudillos que buscaban otro tipo de soluciones. No por algo ha escrito
sobre él uno de los grandes poetas latinoamericanos:
“Dijiste libertad antes que nadie,
cuando el susurro iba de piedra en piedra,
escondido en los patios, humillado[…]”
Cuando O’Higgins, convertido ya en militar, tomó en sus manos el
gobierno de la nación, los símbolos creados por Carrera fueron borrados
de la faz de la nación. Otros intereses prevalecieron en esa
determinación. Una bandera, llamada ‘de transición’, con tres franjas
horizontales, azul, blanca y roja, y colores que representaban el cielo,
las nieves eternas y la sangre vertida por los patriotas en la lucha de
la emancipación, substituyó a la que comenzó a llamarse ‘de la Patria
Vieja’. La ‘Patria Nueva’ adoptó, finalmente, el diseño del español
Antonio Arcos, sobre una idea de José Ignacio Zenteno, ministro de
O’Higgins, para sustituir, definitivamente, tanto al símbolo de ‘la
Patria Vieja’ como al ‘de la transición’ por el actual, que incorpora en
su campo azul a la estrella solitaria de cinco puntas, representativa
ahora de los tres poderes del estado, según algunos; o el estado
unitario, según otros ―para diferenciar a la nación sudamericana de la
norteamericana, constituida por gran número de estados simbolizados en
idéntica cantidad de estrellas―. Bajo la dictadura de O’Higgins se
modificó también el escudo de armas de la nación, por otro en el que los
protagonistas no son ya los pueblos originarios, sino dos especies
animales americanas (el cóndor y el huemul), un penacho de plumas
tricolor y la estrella de cinco puntas en medio de un campo que se
encuentra separado en la mitad por una línea horizontal. La leyenda
alusiva a la época de tinieblas fue suprimida, sustituyéndose la frase
latina ‘Aut consilio aut ense’ por otra, similar, pero que retrata con
extraordinaria fidelidad el carácter autoritario de la nación que se
organizaba a partir de ese momento: ‘Por la razón o la fuerza’.
Permítaseme, en esta parte, retroceder a mi particular pasado; permítaseme, así, establecer una necesaria relación de sucesos.
Durante mis años de estudiante de derecho, en la Universidad de
Concepción, tuve la oportunidad de tener por compañera de curso a la
nieta de un personaje que, erróneamente, vinculé con aquel comentarista
deportivo tan conocido de ese entonces, Darío Verdugo. Aquella ex
compañera vivía en la casa que había pertenecido a su abuelo, situada en
la intersección de las calles Ongolmo con O’Higgins, de la ciudad
penquista, cuya puerta interior de ingreso, adornada con grandes
vidrios, conservaba abajo, bien abajo, en la parte de madera, un letrero
de cobre con grandes letras, donde podía leerse el nombre del
propietario original: ‘Darío Verdugo Cavada’. El abuelo de mi ex
compañera tenía un hermano a quien ella llamaba, cariñosa y
posesivamente, ‘mi tío Ignacio’.
Tenía yo, entre mis joyas literarias, junto a los libros escritos por
Oscar Castro, Carlos Mondaca, Carlos Pezoa Véliz y otros, una obrita
singular, una colección de poemas criollos, escritos con pasión, con un
cariño descomunal hacia la tierra chilena, hacia su flora, hacia su
gente simple, su pueblo olvidado, su pueblo originario. Llevaba por
título el sencillo nombre de ‘El alma de Chile’ y su autor, Ignacio
Verdugo Cavada, descendiente directo del prócer José Miguel Carrera por
la rama de los Verdugo, había cantado a la belleza de los copihues
(rojo, blanco y rosa), flores que cuelgan de las laderas de los cerros
del sur, junto a los caminos, como ‘chispas de fuego’, lágrimas de nieve
o crepusculares, en medio de la tierra mapuche, que los españoles
llamaran ‘Araucanía’. Como bien lo expresa Gustavo Meza Barros, en el
prólogo/presentación de la obra, cien años después que José Miguel diera
a Chile su carácter de nación autónoma y Javiera le entregara su
primera bandera, Verdugo Cavada no sólo había cantado al copihue rojo
(‘Lapageria rosae’ o, como la llaman los mapuches, ‘Largo suspiro’)
sino, como digno miembro de esa familia, lo daba a esa misma patria
chilena en el carácter de flor nacional.
El copihue no es solamente una flor; también entrega un fruto. Su sabor
es misterioso, diferente, como misteriosos y diferentes son los sabores
de los otros frutos y tallos de esa zona, entre ellos, nalcas, digüeñes,
pinatras, piñones, peumos, maquis, chupones, guiyaves, grosellas,
quilos, camotes, pencas.
A poco de ser publicado el libro de poemas de Ignacio Verdugo (en 1961),
un compositor chileno puso música a aquel que el vate dedicara al
copihue rojo. En un principio, se supuso que la composición era de
Arturo Arancibia; hoy se sabe que su autor fue el músico Juan Miguel
Sepúlveda. Convertido ya en canción, ‘El copihue rojo’ saltó a la fama
en la interpretación que hiciera una artista singular, la más genuina
representante del pueblo mapuche y una de las voces líricas chilena de
mayor prestigio: Rayén Quitrall.
Terminemos esta crónica, con una proposición.
Los símbolos de una nación no son simples adornos para ser usados en
ceremonias o actos oficiales; son formadores de ideología, construyen
comportamientos, conceptos, valoraciones. Reflejan, al mismo tiempo, las
ideas presentes en la mente de quienes los han impuesto; reflejan
épocas y lugares. Cuando un grupo social a cargo de una nación los
impone y, otro, posteriormente, los cambia, siempre existen razones
poderosas que subyacen tras ese acto de abrogación. El comportamiento de
un gobierno jamás puede ser calificado de ‘inocente’.
Las naciones que comienzan su vida en el carácter de colonia cuentan,
generalmente, con una población compuesta por descendientes tanto de
aquellos que fueron expropiados por los invasores como por los de éstos.
Ambos estamentos forman el nuevo conjunto social de la nación que se
alza ante la comunidad internacional como una unidad dotada de códigos
culturales propios. Sus símbolos nacionales deben contener esa
vinculación de pueblos que, de antagónicos, se hermanan en la común
necesidad de vivir juntos, de mezclarse y de ayudarse mutuamente. Como
sucede en la vida en común que lleva un hombre con una mujer. Es el
mensaje que entrega la presencia de la pareja nativa del escudo de la
Patria Vieja, con sus atuendos originarios, con sus instrumentos de
defensa, anunciando que el cese de una época de tinieblas ha comenzado
para ingresar a la era de la luz. El pueblo chileno está unido por esas
formas de ser. Resulta así inexplicable, por decir lo menos, la
abrogación institucional de ese pasado y su sustitución por otros
símbolos que no guardan relación con nuestra historia, sino reivindican
la presencia de dos animalitos, simpáticos por cierto ―cuya
significación política parece ser mayor que la de nuestros pueblos
originarios para quienes los impusieron en el emblema―, en medio de los
cuales se alza, insolente, fatuo, arrogante, un penacho tricolor de
dudosa procedencia. El origen de la bandera y del escudo actual no sólo
arranca de una forma de borrar parte de la historia de nuestra patria;
en el curso de la época moderna tales símbolos han desempeñado el rol de
símbolos de la represión, tortura y muerte de ciudadanos chilenos, la
mayoría de los cuales ha pertenecido a los estratos más humildes de la
nación, de quienes nuestros pueblos originarios constituyen parte
importante.
En dos años más Chile volverá el rostro hacia sus invenciones, símbolos y
mitos en un desesperado intento por encontrarse a sí mismo. El 18 de
septiembre de 2010 revivirá su sueño de nación políticamente libre en
una fecha absolutamente convencional que poco a nada tiene de
liberadora. Volverá, por consiguiente, a enfrentarse con el origen de
sus emblemas, creadores de ideología y, en consecuencia, de
comportamientos y cultura. Al reafirmar su creencia en la rectitud de
sus símbolos patrios, Chile renovará la arbitrariedad de quienes, desde
las cimas del poder, determinaron antojadizamente romper con los
vínculos que unen a sus habitantes entre sí para privilegiar el
establecimiento de otros con aves, mamíferos y penachos. Los arquetipos
que moldean el carácter social del chileno, de confrontación con otros
chilenos, volverán en gloria y majestad a construir semejante carácter
en las generaciones futuras. La proximidad de ese momento invita no sólo
a reflexionar acerca de si debemos o no reproducirnos como hasta ahora
lo hemos hecho, sino además a de si es o no necesario hacer un esfuerzo
para lograr un verdadero reencuentro con el pasado, un esfuerzo para
enfrentar la historia nuestra, desnuda, sin prejuicios. Si ese año,
2010, parece ser la oportunidad propicia para ese reencuentro de cada
chileno consigno mismo, para el reencuentro con nuestra propia
identidad, también debe serlo para desprendernos de todo el lastre
ideológico que ha gobernado la evolución de nuestra cultura y de
nuestras vidas. Para adoptar, en suma, lo mejor que ha de servirnos en
una cada vez más intensa convivencia social, en una reforma radical a
nuestra forma de vida. Pero ese esfuerzo exige la modificación de
nuestros símbolos patrios, su transformación de excluyentes en
incluyentes, hacerlos el espejo que ha de contener la imagen de nuestro
origen, que es la única manera de demostrar respeto y admiración por
quienes se asentaron antes que nosotros en estas tierras.
Constituimos una estrecha y larga nación de hermanos unidos por la
sangre, por un pasado común, por un territorio y una naturaleza que,
constantemente, nos enseña a mirar con humildad nuestra condición de
seres humanos, a colaborar entre nosotros para enfrentar sus constantes
desafíos, y no a competir. Somos ellos tanto como ellos son nosotros.
Mucho amamos a nuestros cóndores y a nuestros huemules, y quizás a más
de alguien le gustaría llevar el penacho tricolor del escudo, enhiesto,
sobre su cabeza, pero más importantes son, para nosotros, nuestros
pueblos originarios. Un buen comienzo para este bicentenario que se
aproxima sería el retorno a nuestros orígenes o a nuestras raíces
históricas, a la abolición definitiva de símbolos nacidos del odio y del
rencor, y a la recuperación de aquellos que brotaron incontenibles del
corazón de quienes soñaron con la libertad para todos nosotros. Un
esfuerzo en este sentido ha hecho el senador Nelson Ávila, al proponer
al Congreso Nacional, hace un tiempo atrás, la modificación del lema del
escudo nacional sustituyendo el actual (‘Por la razón o la fuerza’) por
otro que refleje con mayor propiedad nuestra vocación de ‘pueblo’
amante de la paz (‘Por la fuerza de la razón’); pero la recuperación de
los símbolos de la Patria Vieja parece ser más que una solución mejor,
una necesidad. Y no deja de ser significativa a la vez que conmovedora,
la conducta de las autoridades del Instituto Nacional, obra del prócer
José Miguel Carrera Verdugo, en el sentido de izar periódicamente en su
interior la bandera de la Patria Vieja como símbolo imperecedero de ese
establecimiento, y mantener en algún lugar visible del mismo el escudo
de armas originario de la nación chilena, con sus aborígenes y su
mensaje libertario.
Estocolmo, julio 2008
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