16 jun 2012

Parte I: BREVE HISTORIA DEL ‘TRANSANTIAGO"


Manuel Acuña Asenjo. Santiago, marzo de 2008

No haber previsto lo que debía o, en el peor de los casos, se suponía había de prever, constituye —a no dudarlo— una de las más graves faltas de las cuales puede acusarse a quien se encuentra al cuidado o a cargo de determinada comisión o instancia. Con mayor razón a una autoridad que, para llegar a serlo, ha librado duras y agobiantes jornadas electorales. Tal es el caso de quienes decidieron tomar sobre sus espaldas la ejecución del plan denominado ‘Transantiago’; tal es el caso de lo sucedido con el Gobierno de la Concertación, encabezado por la presidenta Verónica Michelle Bachelet Jeria.


LO QUE PRETENDÍA SER EL ‘TRANSANTIAGO’.
La idea de introducir reformas al sistema de locomoción colectiva de Santiago se hizo presente al momento mismo de advenir la democracia post dictatorial, y bajo el gobierno de Patricio Aylwin Azócar. Fue en esa dirección que, entre 1990 y 1992, durante su desempeño en el carácter de ministro de Transportes y Telecomunicaciones dispuso Germán Correa, militante del partido Socialista, las primeras licitaciones de buses. El objetivo era preparar las condiciones para la formulación de un plan de transporte colectivo para la ciudad de Santiago con una estructura diferente a la que hasta ese momento presentaba. En realidad, existía consenso en todos los sectores sociales que el sistema llamado ‘de las micros amarillas’ debía llegar a su término.
Algunos años más tarde, y bajo la administración de Ricardo Lagos Escobar, fue llamado Correa, nuevamente, para redactar una propuesta que contemplase el establecimiento de un sistema de locomoción colectiva eficiente para la capital. Para esos efectos, le designó el presidente Lagos en el cargo de Coordinador General del Transporte de Santiago. El primer mandatario quería que se formase, bajo la conducción de Correa, una especie de Comisión integrada por personeros de los diferentes partidos de la Concertación para el estudio y confección del plan. Nació, de esa manera, el llamado ‘Comité Gubernamental para el ‘Transantiago’’; a ese organismo se integraron algunos personajes que prestaban servicios al estado en el carácter de asesores del presidente. Cabe nombrar, entre ellos, al militante del partido Por la Democracia (PPD) Javier Etcheberry, al militante de la Democracia Cristiana (DC) Guillermo Díaz, al propio Germán Correa, al que fuera intendente de Santiago y más tarde asesor comunicacional del Administrador Financiero del ‘Transantiago’, militante de la DC, Marcelo Trivelli; al demócrata cristiano que se desempeñara como intendente de Santiago y ministro de Defensa, Jaime Ravinet; a Fernando Bustamante (presidente del Ferrocarril Metropolitano ‘Metro’) y al coordinador de lo que ya empezaba a conocerse como ‘Transantiago’, Aldo Signorelli. Los nombres de todos estos personajes, así como los de otros que citaremos más adelante, son importantes: no sólo se repiten en el caso del ‘Transantiago’ sino representan la acción de toda una ‘élite’ política, vinculada estrechamente al área estatal. Más que una verdadera burocracia, parecen constituir una fracción de clase ‘administradora’ del estado, que se regenera en sus amistades y descendencia como una especie de ‘nobleza’ capitalista que rodea al ‘soberano’ o ‘soberana’ (gobernante de turno) cuya única finalidad es transmitir a su sucesión hereditaria o legataria los ‘títulos nobiliarios’ que le pertenecen de adscripción al ente estatal.
La dirección de ese comité gubernamental no quedó en manos de Correa, sin embargo. Fueron Jaime Ravinet y Javier Etcheberry quienes asumieron el control del organismo. Existían razones para ello porque con el flamante Coordinador General del Transporte de Santiago había sucedido algo diferente.
Durante el tiempo que se desempeñara en el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, tuvo Correa tiempo más que suficiente para vincularse al sector del rodado; las licitaciones le habían reportado contactos e influencias. Por eso, no debe sorprender que, al finalizar su desempeño, pasara a ocupar el cargo de presidente del Consejo Directivo de la Fábrica de Carrocerías ‘Cuatro Ases’ S.A., donde también trabajaba, en calidad de fiscal de dicha empresa, Fernando Rebolledo, hermano del diputado del PPD Víctor Manuel Rebolledo. Sin embargo, algo sucedió en esa empresa que hizo a sus directivos interponer sendas acciones judiciales en contra del presidente de su consejo y del fiscal Rebolledo. A Correa no solamente se le separó del cargo; se le acusó, además, de estafas reiteradas, duplicidad de cobros, facturación simulada y otros cargos similares. Era natural que, ante tales inculpaciones, se apresurase a presentar su renuncia.
El ‘Transantiago’, entretanto, prosiguió su marcha. No fue, por consiguiente, un proyecto que ideara una sola mente; menos aún, el ‘genio’ proverbial del presidente Lagos. Fue producto del anhelo común que existía en todos los sectores sociales y que había de materializar dentro de una sola manera posible dentro de una sociedad dominada por el neoliberalismo. El ‘Transantiago’ adquirió presencia corporal en las reuniones sucesivas que acostumbra a realizar esa entidad abstracta conocida como ‘Gobierno’.
El ‘Transantiago’ era, en síntesis, un estudio ―a la vez que un planteamiento― destinado a reemplazar el viejo sistema de movilización colectiva de la ciudad de Santiago por uno nuevo, en teoría más eficiente y moderno, similar al que existe en algunas capitales sudamericanas y en la generalidad de los países de Europa. Entre otras cosas, buscaba el ‘Transantiago’ terminar con el negocio que una multitud de pequeños empresarios hacía de la locomoción colectiva, para instaurar otro, construido en base a estudios serios, racional, que traspasaba ese negocio a empresas poderosas, con recursos económicos suficientes como para enfrentar con éxito los desafíos de las grandes inversiones que requería un servicio más seguro, eficiente, dotado de alta tecnología y microbuses más modernos. El negocio de los pequeños pasaba a ser negocio de los grandes.
Pero los negocios no pasan de una mano a la otra sin justificación plausible, incluso, bajo regímenes dictatoriales. En el caso específico del ‘Transantiago’ la razón de ese cambio estuvo constituida por un cúmulo de circunstancias y factores, siendo el más relevante aquel según el cual se consideraba al sistema de ‘las micros amarillas’ como anárquico, asistémico, un desorden al que había de ponerle pronto fin.
Los propietarios de los microbuses, a pesar de estar organizados en entidades gremiales, eran personas con diferencias económicas abismantes; ese rasgo, de por sí, originaba otras nuevas y múltiples diferencias que profundizaban la anarquía del sistema: calidad y tamaño de los buses, modelos, antigüedad, capacidad, repuestos, etc. La forma de celebrar contratos de trabajo para los conductores de microbuses también era diferente entre un empresario y otro, distintas las condiciones de trabajo, horarios y beneficios impuestos a aquellos, prevaleciendo el régimen de remuneraciones basado en el corte de boletos. Agreguemos otras dificultades: existían recorridos extensos e injustificados con el consiguiente aumento de la polución tanto ambiental como acústica y la exposición permanente de los choferes a asaltos dado el alto incremento de la criminalidad en el país.
Ante ese desolador panorama, la administración Lagos buscó establecer un sistema nuevo que contemplase:
- la organización de los dueños de microbuses en empresas poderosas;
- la creación de una entidad financiera/administrativa común a todas aquellas;
- el establecimiento de una tarjeta de movilización colectiva;
- el reemplazo del sistema de remuneraciones para los conductores de microbuses;
- la utilización exhaustiva del Ferrocarril Metropolitano o ‘Metro’ de Santiago;
- la racionalización de los recorridos;
- la uniformidad de los microbuses;
- la renovación de la flota de microbuses; y,
- un mayor control estatal sobre la movilización colectiva.
Extendámonos brevemente sobre cada uno de estos propósitos.
1. La organización de los dueños de microbuses en empresas grandes, poderosas, con capacidad económica suficiente para enfrentar los desafíos del nuevo sistema, constituía el eje central de la reforma: el ‘Transantiago’ emplearía el capital privado; el estado conservaría su rol subsidiario. Cada una de esas empresas se denominaría ‘operador’. Puesto que el plan contemplaba el establecimiento de microbuses que desempeñarían el rol de ‘troncales’, es decir, que tendrían recorridos largos a través de varias de las comunas del Gran Santiago, y ‘alimentadores’, que solamente se desplazarían por el interior de las comunas periféricas, se determinó habían de existir tantos operadores como ‘troncales’ y ‘alimentadores’ hubieren. En síntesis, serían aquellos los siguientes:

TRONCAL 1 ALIMENTADOR 1
‘Inversiones Alsacia SA’ ‘RedBus Urbano SA’,
Gerente: Gibrán Harcha Sarras
Gerente: Marcos Retamal Muñoz
TRONCAL 2 ALIMENTADORES 2 Y 4
‘Su Bus Chile SA’ ‘Servicio de Transporte de Personas de Santiago SA’ STP
Gerente: Andrés Ocampo Barrero Principal accionista: Jorge Gómez (15%)
TRONCAL 3 ALIMENTADORES 5 Y 8
‘Buses Gran Santiago SA’ ‘Buses Gran Santiago SA’
Gerente: Víctor Coopman Barros Gerente: Víctor Coopman Barros
ALIMENTADOR 3
‘Unión del Transporte S.A.’ UNITRAN
Gerente: Alberto Espinoza Riffo
TRONCAL 4 ALIMENTADORES 6 Y 7
‘Express de Santiago Uno SA’ ‘Comercial Nuevo Milenio S.A.’
Gerente: Alberto Hadad Lemos Gerente: Simón Dosque Santa María
Principal accionista: Juan Pinto (37%)
‘Servicio de Transporte de Personas de Santiago S.A.’ STP
TRONCAL 5 ALIMENTADOR 9
‘Buses Metropolitana SA’ ‘Trans Araucarias SA’
Gerente: Víctor Coopman Barros Gerente: Gabriel Martínez Muñoz
(en 2008 asumió Juan Pinto)
En marzo de 2008, las empresas ‘Buses Gran Santiago S.A.’, Buses Huelén’, ‘Buses La Capital’ y ‘Buses Metropolitana’ acusaban una pérdida de casi 5 mil millones de pesos, amenazando irse a la quiebra. Todas esas empresas trabajaban en el ‘Transantiago’ bajo la dirección de Manuel Navarrete.

2. La creación de una entidad administrativa de los recursos dinerarios del nuevo sistema que, bajo el sugerente nombre de ‘Administrador Financiero del Transantiago” o AFT pudiese reunir los grandes capitales que se necesitaban para costear las cuantiosas innovaciones tecnológicas que el nuevo sistema iría a requerir, era otro de los objetivos. Para ello se invitó a participar en esa entidad al Banco de Chile (de propiedad del Grupo Luksic, simpatizante del PPD), al BancoEstado (de propiedad del Estado de Chile, dependiente del Gobierno de turno), al Banco de Crédito e Inversiones BCI (del grupo Yarur), al Crédito Multi Rotativo Falabella CMR Falabella (del grupo Cuneo) y a la empresa SONDA, por sus investigaciones en el rubro de la tarjeta de movilización (dirigida por Andrés Navarro, de filiación demócrata cristiana).
3. El ‘Transantiago’ requería, además, de la implantación de una tarjeta plástica para la movilización colectiva que bajo el nombre de ‘Tarjeta BIP’ tendría como finalidad:
a. Eliminar el uso del dinero en manos de los conductores de microbuses a fin de evitar los asaltos y atracos; y,
b. Permitir, en consecuencia, la captación de dineros de los usuarios del servicio a fin de provocar de esa manera la percepción anticipada del valor del pasaje, con las ventajas que ello implicaba.
4. La adopción del sistema de remuneración fija para los conductores de vehículos y la consiguiente eliminación del pago basado en la percepción de boletos era, también, una necesidad que debía ser satisfecha. Con ello se pretendía:
a. Eliminar las carreras habituales de los choferes de microbuses, desesperados por conseguir mayor número de pasajeros y aumentar de esa manera sus ingresos;
b. Dar seguridad económica y laboral a los conductores de vehículos de la locomoción colectiva;
c. Asegurar el pago de los gastos previsionales a los trabajadores de la locomoción colectiva; y,
d. Dar tranquilidad y seguridad al usuario del servicio.
5. Un buen servicio de locomoción colectiva no se obtenía sin utilizar exhaustiva y racionalmente el Ferrocarril Metropolitano (‘Metro’), combinando los recorridos de este medio de transporte con el sistema de microbuses ‘troncales’ y ‘alimentadores’ del ‘Transantiago’. Fue éste otro de los objetivos centrales del proyecto.
6. La racionalización del transporte de pasajeros, eliminando recorridos innecesarios y estableciendo otros que sí parecían necesarios, también constituyó una prioridad en el cumplimiento del plan. El ‘Transantiago’ contemplaba que 4.500 buses modernos con acoplado (‘buses cuncuna’) cuya capacidad para el transporte de pasajeros parecía, por lo mismo, ser superior a la de los antiguos, bien podían reemplazar a los que ya existían.
7. El objetivo anterior conducía inevitablemente a uniformar el modelo de los microbuses, lo que llevaba a reducir los costos de mantención en importación de repuestos y reemplazo de las máquinas dañadas;
8. Corolario de lo anterior era la necesidad de renovar toda la flota de microbuses en virtud de la importación de máquinas modernas con acoplado, menos dañinas al medio ambiente y más económicas en el consumo de combustibles; y,
9. Finalmente, el establecimiento del sistema llevaba a un mayor control sobre la movilización colectiva de parte tanto del Estado como de las empresas involucradas en el desarrollo del plan.

EL ESPÍRITU DEL PLAN.
El sistema denominado ‘Transantiago’ se ajustaba con extraordinaria fidelidad a las nuevas formas de hacer política impulsadas por los gobiernos estadounidense y socialdemócratas de Europa y que los sectores populares más radicalizados han dado en denominar ‘socialismo de mercado’: combina exitosamente la protección a la empresa privada y al mercado con el control riguroso de las veleidades sindicales impidiendo ―en nombre del ‘socialismo’― el desborde de las masas y asegurando, de esa manera, la tranquilidad social necesaria para el desarrollo del capital. En otras palabras: el carácter adoptado por el movimiento socialista chileno en la fase post dictatorial hace entender que su objetivo central es tomar bajo su entera conducción la nueva forma de acumular, aprobada por el sistema capitalista mundial en la década de los 80, al momento de realizarse la reunión conocida como ‘Consenso de Washington’. No debe sorprender, por consiguiente, que la aplicación del proyecto ‘Transantiago’ haya producido, entre otros, los siguientes efectos inmediatos:
1. Desaparición obligada (por quiebra o retiro) de la generalidad de los pequeños empresarios de la locomoción colectiva capitalina;
2. Organización de grandes consorcios criollos de transporte de personas al amparo del Gobierno, ávidos de repartirse los beneficios que ofrecía el sistema del ‘Transantiago’;
3. Participación con idéntico fin de grandes consorcios extranjeros dedicados al transporte de personas;
4. Aumento, por ende, de la concentración y centralización de capital en el área del transporte y de la locomoción colectiva; y,
5. Robustecimiento de las Administradoras de Fondos de Pensiones AFP con la incorporación de un vasto sector de trabajadores de la locomoción colectiva a ese sistema ultra capitalista de previsión social.
Nos encontramos, por consiguiente, frente a un sistema que rechaza terminantemente la participación directa del estado o de los municipios en el negocio de la movilización colectiva, cuando no sea la de realizar aportes económicos o financieros, como se verá en el transcurso de este análisis.
Que este sistema tan novedoso, necesario y meditado en profundidad se haya transformado, desde el momento mismo de su puesta en marcha, en una de las peores pesadillas del gobierno socialdemócrata concertacionista, no debe ser estimado como algo casual. No puede, tampoco atribuirse ―como livianamente lo hiciese, en un comienzo, el ex presidente Ricardo Lagos Escobar―, a una inadecuada forma de llevarlo a cabo: el ‘Transantiago’ contenía en sí la impronta o sello de los actos del gobierno concertacionista que, buscando demostrar a los representantes naturales del capital (sectores de la ‘Alianza por Chile’) su mayor capacidad para conducir al conjunto de la sociedad chilena, fundamentaba sus luchas competitivas en dos aspectos del más alto interés para ambos contendores: el control que la Concertación ejercía sobre las organizaciones sindicales y sociales, y la voceada capacidad de su estamento académico para tomar sobre sí la ‘difícil’ tarea de administrar el estado. Pero estas ‘excelencias’ no evitaban que se produjesen en su interior las naturales pugnas de toda alianza política por acceder a determinados cargos en el gobierno.
El Ministerio de Transportes era uno de aquellos centros de confrontación entre los miembros de la alianza concertacionista por alcanzar mayores cuotas de poder: había sido recabado para sí por el Partido Socialista desde los inicios de la década de los noventa, pero el mal recuerdo que dejara el ministro Germán Correa en el desempeño de ese cargo hizo que la Democracia Cristiana alegara su mejor derecho para detentarlo. Las discusiones comenzaron y terminaron en un nuevo acuerdo: si bien el titular del Ministerio sería un demócrata cristiano, la Subsecretaría de esa cartera quedaría en manos del partido Socialista. Al asumir Michelle Bachelet la Presidencia de la Nación, en 2006, nombró a Sergio Espejo Yaksic en calidad de ministro, y a Danilo Núñez Izquierdo como su subsecretario; el primero de ellos era demócrata cristiano, el segundo militaba en las filas del partido Socialista.
Todo sistema privilegia a quienes colaboran con mayor acuciosidad a su supervivencia, sancionando de manera drástica a los que no lo hacen; el ‘triunfo’ dentro de un sistema no representa, por consiguiente, sino el premio obligado que se concede a quien fortalece su vigencia. Así funciona, también, el sistema capitalista que, para ello, adopta una estructura vertical. Posee, por ende, una cúspide que está reservada a quienes exhiben un mayor grado de colaboración con el mismo. Al sistema capitalista no le interesan personas que posean concepciones globales; es la especialidad creciente de sus miembros lo que más valora, así como su voluntad inquebrantable por ocupar los más altos cargos dentro de la pirámide social. Eso lo hace vivir. Era lógico, entonces, que el Chile post dictatorial se organizase sobre la base de la especialidad creciente de sus habitantes; ese sería uno de los elementos centrales que decidiría el ascenso de cada individuo dentro de la pirámide social. Pero había que dejar lugar a la política: en la disputa por acceder a los cargos públicos se exigiría, además, la pertenencia a algunos de los partidos, a una clase social o a una cofradía; así la vigencia del sistema quedaría asegurada. La Concertación fue la estructura orgánica encargada de llevar adelante tales prácticas, algunas veces falseando la calidad de ‘intelectual patentado’, otras ignorándola para sus más altos representantes e, incluso, apoderándose de beneficios establecidos por la dictadura —como lo eran las ‘becas Presidente de la República’—, para perpetuar una ‘clase’ política que había de dirigir al país. El objetivo central era preparar a los retoños de los gobernantes. De esa manera, la ‘élite’ concertacionista podría continuar, en su descendencia, dirigiendo al conjunto de la nación, desde la tumba o del retiro senil.
Hay quienes aseveran que, poco antes de ponerse en marcha el plan, hubo frenéticas reuniones entre la primera Mandataria y el ministro Espejo, entre aquella y sus colaboradores y entre aquel y algunos ministros. Michelle Bachelet había sido advertida en líneas generales acerca de la inconveniencia de poner en marcha el proyecto; por eso, no vacilaba en señalar que tenía serias dudas acerca de la factibilidad del proyecto. Sin embargo, con la excepción honrosa del ministro de Interior Belisario Velasco, la generalidad del Gabinete opinaba que no había dificultad alguna en ponerlo en marcha. No por otro motivo los ministros decidieron irse de vacaciones sin preocuparse mayormente de lo que podía suceder, tanta era la confianza puesta en el proyecto. El propio ministro Espejo había recibido informes favorables que le hacían suponer una jornada tranquila, que nada especial iba a pasar. Así, llegó el 10 de febrero, día domingo, en que el ‘Transantiago’ se puso en marcha. No por parcialidades como pudo haberse supuesto, sino en forma total. Se retiró la generalidad de los microbuses que existían hasta ese momento, reemplazándosela por una cifra inferior en número pues, en el proyecto primitivo que diseñara Germán Correa, se advertía ya que los microbuses disminuirían drásticamente en número; esa idea había sido plasmada, posteriormente, en el plan definitivo de Javier Etcheberry y Jaime Estévez. Además, se puso fin a todos los recorridos autorizados en virtud de anteriores resoluciones para que los nuevos microbuses pudiesen circular por aquellos establecidos para el ‘Transantiago’, disponiéndose que un nutrido grupo de monitores se encargara de resolver las eventuales dudas que los usuarios podían abrigar respecto a los nuevos recorridos. El 10 de febrero no hubo grandes problemas que resolver, relacionados con el transporte de pasajeros; a pesar de ello, se advirtieron las graves deficiencias que acusaba el sistema. Al día siguiente, lunes 11 se desató el caos. De los casi seis mil quinientos microbuses que había en Santiago sólo 4.500 llegaban a reemplazarlos. Y éstos se mostraban como insuficientes.

LA CAÍDA DEL MINISTRO ESPEJO
Al desaparecer bruscamente la flota normal de microbuses que estaban en circulación hasta ese momento para ser reemplazados por las nuevas máquinas, la mayoría de ellas compuesta por los llamados ‘buses cuncuna’, la crisis se hizo evidente. Los usuarios no se sintieron en absoluto satisfechos; mordiendo su rabia e impotencia quedaron esperando la aparición del nuevo servicio que iría a recogerlos para transportarlos a sus ocupaciones y que nunca llegaba o, si lo hacía, era inabordable. Eso fue el principio del fin. En los días siguientes, el problema se agravó: hubo apedreos e incendios de microbuses, agresiones a los choferes, protestas en varios sectores de la capital, cierre de puertas del ‘Metro’ y fallecimiento de personas. El caos era total. Un cúmulo de circunstancias había colaborado para que aquello que no debía suceder sucediese; entre otras, podemos señalar las siguientes:
- los recorridos de los nuevos buses no eran los mismos establecidos por el viejo sistema lo que desorientaba a los usuarios;
- si bien se había estado informando acerca de cómo operaría el sistema con sus buses ‘troncales’ y ‘alimentadores’, dicha información era insuficiente, en tanto, dada la crisis del Ferrocarril Metropolitano, se agregaba la nueva categoría de buses ‘clones’, que sustituirían a éste para evitar las aglomeraciones;
- los propios conductores de las máquinas estaban perplejos, no conocían exactamente sus propios recorridos ni menos los asignados a los demás choferes e, incluso, los lugares donde debían efectuar sus detenciones para dejar y recoger sus pasajeros;
- los ‘informadores’ que el Ministerio de Transportes colocó en algunos puntos de la capital desconocían, incluso, a qué recorridos correspondía la numeración de los distintos microbuses en circulación y sus respectivos paraderos;
- los paraderos, en su gran mayoría no estaban listos, circunstancia que contribuía a aumentar la desorientación e incertidumbre de los usuarios del servicio;
- al no existir, prácticamente, vías exclusivas para los nuevos microbuses, éstos se vieron obligados a desplazarse por las mismas calles atestadas de vehículos particulares con los consiguientes atrasos;
- las máquinas registradoras de las tarjetas ‘BIP’ instaladas en los microbuses funcionaron en forma defectuosa descontando, a menudo, sumas que no correspondían al valor del pasaje (380 o 420 pesos, en su caso) circunstancia que atacaba fuertemente el bolsillo de los más necesitados. Fueron numerosas las personas a quienes se les descontó doble pasaje. Si bien el AFT anunció que devolvería las sumas cobradas de más a quienes presentaran sus reclamos en las oficinas de ese organismo, fueron muy pocos quienes se acercaron a hacerlo porque aquellas cerraban a las 5 de la tarde y la generalidad de los trabajadores se desocupaba a esa hora o más tarde. Por lo demás, para ir a presentar el reclamo era necesario pagar, nuevamente, un viaje de ida y vuelta a las oficina del AFT lo que hacía antieconómica cualquier reclamación;
- los usuarios, en los paraderos, desesperados ante la demora de los microbuses, se abalanzaban sobre los que aparecían, introduciéndose por las puertas traseras sin pagar, agravando con ello las pérdidas ya cuantiosas que acusaba el funcionamiento del sistema; y, finalmente,
- el Ferrocarril Metropolitano colapsó en varias oportunidades. No pocas veces debió cerrar sus puertas de acceso a las estaciones ante la presencia de multitud de personas que se agolpaban en demanda de ser trasladadas hasta o desde sus hogares.
Así, no puede sorprender que las encuestas realizadas para medir la popularidad de la Primera Mandataria y de la Concertación bajaran drásticamente. No vaya a suponerse, sin embargo, que ese apoyo se trasladaba, automáticamente, a la oposición, es decir, al conglomerado conocido como Alianza por Chile, que integraban Renovación Nacional y la Unión Democráta Independiente. No. El apoyo ciudadano a la Concertación no era un juego de suma cero con relación a la Alianza por Chile. Era tan torpe y notorio el comportamiento oportunista de ese conglomerado político que la población no vaciaba su rencor contra el autoritarismo del Gobierno inclinándose a apoyar a la oposición sino, por el contrario, parecía sentirse cada vez más desamparada de apoyo político.
Cuando casi a finales de febrero las vacaciones de la Sra. Presidenta y del Gabinete que la asesoraba llegaron a su fin, el caos en Santiago era total. Para colmo, las relaciones entre el ministro Espejo y su subsecretario no parecían ser de las mejores: ambos representaban coaliciones políticas enfrentadas por el control de las instituciones y secretarías del Estado, campo dentro del cual se libra normalmente la lucha política y, por ende, la lucha de clases. El Sr. Subsecretario, Danilo Núñez, había informado a su partido (el PS) de tales problemas señalando que Espejo mostraba una clara inclinación a hacer valer su rango de ministro y, por consiguiente, a actuar y resolver como tal los problemas de la cartera dentro de sus facultades, sin consultar su opinión. En verdad, las discrepancias entre ambos personeros no eran en torno al proyecto del ‘Transantiago’ en el cual estaban ambos plenamente de acuerdo, sino obedecían a las inevitables contiendas por el poder que se libran entre los miembros de partidos que integran toda coalición. Sin embargo, esa situación bastaba para resolver de modo terminante la crisis que se había presentado en torno a la puesta en marcha del ‘Transantiago porque, como es sabido, aunque una presidenta pueda ser considerada la máxima responsable de los actos de su Gobierno, no puede ser separada de su cargo sin que ello ahonde la crisis política. De esa manera, las condiciones se presentaban inmejorables para que la cabeza del ministro Espejo rodara bajo la cuchilla de la autoridad. De él diría, más tarde, el ex presidente Ricardo Lagos Escobar, refiriéndose a la ejecución del proyecto:
“Espejo pagó un costo fuerte, pero me cuesta entender por qué ellos pensaron que eso podía caminar si no estaban todas las piezas en el tablero”.
Si bien la salida de Espejo parecía ofrecer al Sr. subsecretario de Transportes y a su núcleo socialista condiciones inmejorables para retomar el protagonismo en la implantación del ‘Transantiago’, esta vez como ‘redentores’ del mismo, muy pronto se desvanecerían tan optimistas expectativas pues en una sociedad vertical el que manda es quien más alto se encuentra dentro del escalafón de la pirámide social y, en esas cumbres, se había acordado entregar el desempeño de tal rol a otro demócrata cristiano: la era de Sergio Espejo llegaba a su fin para que se iniciase la de René Cortázar.

ESBOZANDO ALGUNOS ELEMENTOS PARA INTENTAR UNA EXPLICACIÓN
¿Cómo pudo ser ello posible? ¿Por qué tanta prisa en poner en marcha un proyecto de tal envergadura? ¿Cómo ninguna persona del Ministerio de Transportes, o de otro Ministerio ―o del propio Gobierno, incluso― propuso iniciar el ‘Transantiago’ por parcialidades, de a poco, en virtud de un plan ‘piloto’, de un proyecto experimental a ejecutarse dentro de algunas de las comunas de la capital para extenderlo, más tarde, a otras hasta llegar a toda la población?
Cuando, en diciembre de 2007, se le preguntara al ex presidente Ricardo Lagos Escobar si acaso había sido o no posible poner en marcha el ‘Transantiago’ en forma paulatina, respondió aquel personero, de manera terminante:
“Ese fue un debate bien interesante. Acá se dijo que las partes iban a ser los distintos soportes tecnológicos, o sea vamos a comenzar a pagar con las tarjetas BIP nada más. Y cuando estén funcionando las tarjetas, vamos a echar a andar el sistema de control de flota porque entonces, a través del GPS, se sabrá cuántos pasajeros van y en qué buses. Y eso no funcionó. No se hizo”.
¿Por qué esa ‘política de shock’, a sabiendas que innumerables aspectos del plan no estaban aún iniciados o terminados, como por ejemplo, los paraderos, las vías exclusivas, el funcionamiento de la tarjeta electrónica, en fin? ¿Por qué? ¿Cómo a nadie se le ocurrió pedir la opinión y colaboración de la comunidad de alcaldes de las diversas comunas de la capital para trazar con ellos una estrategia destinada a poner en práctica el plan, pero con apoyo de las fuerzas vivas del país? ¿De dónde nació a los personeros de Gobierno esa torpe idea de sentirse, de pronto, agraciados por la verdad y creer que, como los iluminados de Pentecostés, también habían descendido sobre sus cabezas lenguas de fuego llenándolos de sabiduría, con la que resolverían los problemas de las grandes mayorías nacionales? ¿Cómo pudieron permitir esos ‘brillantes cerebros’ poner en marcha un plan con tantas complicaciones, a sabiendas del precio político que ello tendría?
No existe ―y es muy probable que tampoco lo exista en el futuro― una razón oficial para explicar la aparentemente irracional conducta de quienes tuvieron a su cargo la tarea de poner en marcha el proyecto denominado ‘Transantiago’. Porque los actos de las autoridades son ‘hechos’ y, por consecuencia, ‘realidades’: se bastan a sí mismos, no requieren de explicación ni razón algunas pues esa es la forma de funcionamiento que adopta toda sociedad vertical. Por eso no se encuentra hoy motivo alguno de por qué se actuó de esa manera, a sabiendas que, de fracasar el proyecto, el costo político a asumir por el Gobierno sería altísimo. Podemos, no obstante, nosotros consignar aquí algunos elementos que puedan ayudarnos en una posterior y probable explicación.
Daniel Goleman, que estudiara el comportamiento torpe y, a menudo aparentemente irracional que exteriorizan en determinadas situaciones ciertos sujetos dotados de ‘excelencias’, estima que la respuesta a tales anomalías ha de encontrarse en los mecanismos de lo que denomina ‘inteligencia emocional’. En tal caso, de nada sirven los curriculum vitae, haber servido en cargos de ‘gran responsabilidad’ o la posesión de grados académicos; apenas si es posible expresar esa antigua sentencia:
“Quod Natura non dat
Salamantica non prestat”.
Es posible que ese inusual comportamiento lo motivaran, además, otros hechos. Preguntémos si acaso el ‘Transantiago’ necesitaba verdaderamente ser ejecutado en esas época y manera precisas y si, por lo mismo, estaba el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones obligado a llevarlo a cabo. Los intereses económicos en juego no eran, en modo alguno, despreciables y es muy posible que las inversiones realizadas hasta ese momento por los socios capitalistas excediesen holgadamente los cálculos previstos y se requiriese, de todas maneras, poner en marcha el plan. De hecho, existen antecedentes que permiten suponer gravísimos problemas económicos al interior del Administrador Financiero del Transantiago AFT.
Una circunstancia imposible de soslayar es que la generalidad de las empresas asociadas al ‘Transantiago’ estaba en manos de personas estrechamente vinculadas al Gobierno de la Concertación y, por supuesto, a la dirigencia de los partidos que integraban esa alianza. No está de más recordar que el empresario Manuel Navarrete, profesor de Física, dueño de la generalidad de las ‘micros amarillas’ y que se desempeñara en calidad de gerente de las empresas ‘Buses Gran Santiago’ y ‘Buses Metropolitana’, militó en el MUI (Movimiento Universitario de Izquierda que, junto al Frente de Estudiantes Revolucionario FER, conformaba el brazo estudiantil del Movimiento de Izquierda Revolucionario MIR), había ayudado a financiar la campaña presidencial de Ricardo Lagos Escobar y las de algunos parlamentarios del partido Socialista (entre otros, la de su presidente, Camilo Escalona); que Enrique Méndez, gerente del AFT era el ex marido de la Sra. Vivianne Blanlot (ministra de Defensa de la presidenta Bachelet), que Andrés Navarro Haeussler, presidente de la empresa SONDA S.A., integrante del AFT, era militante de la Democracia Cristiana y socio de Sebastián Piñera en varios negocios; que Blas Tomic, presidente del Consejo Directivo del Ferrocarril Metropolitano de Santiago, no era solamente hijo del ex candidato presidencial demócrata cristiano Radomiro Tomic sino, además, militante de esa colectividad y ex presidente de la empresa ‘Inversiones Alsacia’, vinculada al ‘Transantiago’; que Ricardo Solari no era sólo director de la empresa ‘Buses Alsacia’, también asociada al ‘Transantiago’, sino vicepresidente del Partido Socialista de Chile, personaje a quien Camilo Escalona, presidente de esa colectividad, defendía a ultranza señalando que no existía contradicción alguna entre militar dentro de aquella y desempeñarse en el carácter de comprador de fuerza o capacidad de trabajo, etc.
Tampoco hay que olvidar qué entidades formaban o conformaban el Administrador Financiero del ‘Transantiago’; los bancos Banco de Crédito e Inversiones BCI (propiedad del grupo Yarur, simpatizante con la Democracia Cristiana), el Banco de Chile/Edwards/Citi (del grupo Luksic, simpatizante del Partido por la Democracia PPD), el Banco Santander (del grupo internacional/español Santander, simpatizante de cualquier Gobierno que lo dejara actuar con manos libres) y BancoEstado (de propiedad del Estado de Chile, con un directorio dominado por la Concertación), estaban cansados de entregar aportes que parecían no entregar resultado alguno; el Crédito Multi Rotativo Falabella CMR Falabella (de propiedad del grupo Cuneo, Solari, Del Río) y SONDA (empresa tecnológica de propiedad de accionistas vinculados a la Concertación) no lo hacían de manera diferente. La AFT constituía, por lo demás, el más manifiesto ejemplo del maridaje que podía existir entre los personeros de Gobierno socialdemócrata de la Concertación y la empresa privada, tan característica de ese tipo de regímenes.
Finalmente, una posible explicación del fracaso en la puesta en marcha del proyecto denominado ‘Transantiago’ hace necesario considerar la presencia de un tercer elemento igualmente relevante: la generalidad de la militancia concertacionista que asumió los más destacados cargos de la administración pública poseía carácter tanto social como particular fuertemente autoritario. Este rasgo, que impregnara fuertemente a todos los gobiernos de la Concertación, se advertía hasta en las más pequeñas actitudes de sus personeros; en el caso del ‘Transantiago’, la sola puesta en marcha del mismo sin consultar a la comunidad acerca de ello podría hoy considerarse su más genuina expresión. Sin embargo, hay un hecho aún más notorio, heredado del régimen anterior, cual es el aherrojamiento de las calles y lugares públicos, práctica que caracterizó a la dictadura.
En efecto. De entre las transformaciones realizadas por el gobierno militar a la forma de vida del chileno destaca aquella que obligaba a los transeúntes a cruzar las calles por determinados espacios. Para hacer efectiva esta medida, las autoridades colocaban rejas que impedían el paso por lugares no permitidos; esta medida, que sin lugar a dudas se dictaba en resguardo del peatón, evidenciaba el ‘paternalismo’ de los gobernantes y su profunda desconfianza en ‘el pueblo’, al cual miraba como un niño ‘que aún no ha llegado a la mayoría de edad’, según palabras del propio general Pinochet. Dicha práctica se multiplicó, en democracia, con la puesta en marcha del ‘Transantiago: las calles fueron aherrojadas por las autoridades. Multitud de rejas verdes fueron instaladas para impedir que los transeúntes intentaran detener a los microbuses en lugares no permitidos o se sintiesen tentados a cruzar en sitios prohibidos. El mismo Palacio de Gobierno (‘La Moneda’) estuvo permanentemente rodeado de rejas, vigiladas por carabineros, que impedían acercarse al mismo por lugares que no estuviesen debidamente señalados; esa práctica de ‘cercar’ a ‘La Moneda’ ni siquiera fue usada en forma permanente por la dictadura, sino como una medida de excepción. ¡Extraña forma de manifestarse de un movimiento político, como la Concertación, que decía confiar en la voluntad del ‘pueblo’!
El autoritarismo marcha de la mano del desmedido culto a ciertos conceptos como lo son el orden, la legalidad o la deidad. Quienes poseen carácter autoritario manifiestan una tendencia a creer en figuras o pensamientos abstractos, invisibles, omnipotentes; en dogmas, en palabras o ideas dotadas de fuerza irresistible. El sujeto con carácter autoritario, puesto que cree en la majestad de un poder superior (‘orden’, ‘patria’, ‘ley’ o ‘ser supremo’) está dispuesto, siempre, a dirigir; se siente llamado a hacerlo en virtud de una delegación emanada de aquellos mismos símbolos en los que cree. Y esta voluntad es tan manifiesta que no trepida en manifestarla en todos sus discursos o actuaciones. Cuando en marzo recién pasado, se realizó el Congreso del Partido Socialista en las Termas de Panimávida los días 14 y 15, tanto el ex presidente Lagos como el secretario general de la Organización de Estados Americanos José Miguel Insulza enviaron sendas cartas a esa colectividad, en las que se podía descubrir esa suerte de mesianismo en frases como las que se siguen:
(De la carta de Ricardo F. Lagos):
“Defendemos con fuerza lo realizado, para con la misma fuerza plantear las tareas que nos aguardan en el futuro […] Nos hemos ganado el derecho a volver a plantear las nuevas fronteras que queremos alcanzar”.
(De la carta de José M. Insulza):
“Nadie tiene más legitimidad que nosotros para dirigir nuestro país, porque hemos sido principales en la construcción de la realidad actual […]”
El sujeto autoritario no se considera solamente ‘ungido’ por la voluntad suprema para dirigir sino, como Abrahán, está dispuesto a sacrificar en aras de lo que cree hasta sus propios hijos. El autoritarismo es un estado patológico que, como cualquier otro manifestado en forma generalizada, adquiere aspecto de ‘normalidad’ por el solo mecanismo de la repetición; quien no posea ese carácter pasa a ser ‘anormal’.
Estos tres elementos contribuyeron poderosamente, al parecer, a provocar la crisis en que se vio envuelto el proyecto denominado ‘Transantiago’. Especialmente, en esa suerte de ‘mesianismo’ que orienta a toda conducta autoritaria, convencida de ser depositaria de una sola verdad, única, inmutable, eterna.

‘SALVATORE DELLA PATRIA, IO TE SALUTO’
René Cortázar Sanz se había recibido de economista. No era un sujeto conocido al momento de advenir la democracia, pero se había destacado en la década de los ochenta por sus ácidos comentarios en contra de la política económica de la Dictadura, a través de Radio Cooperativa. No por otro motivo se le consideraba una suerte de adversario del llamado ‘Consenso de Washington’, ‘Escuela de Chicago’ o ‘Economía Social de Mercado’. Tremendo error. Cortázar había aprendido que para alcanzar determinados objetivos políticos es necesario, a menudo, ocultar hasta las propias ideas: el discurso no debe revelar la más íntima manera de pensar. Por eso, no debe sorprender que, en 1990, al asumir Patricio Aylwin Azócar la presidencia de la nación, fuese elevado René Cortázar a la categoría de Ministro del Trabajo, destacándose por su irrestricto apoyo a la política económica heredada del Régimen Militar, hasta finalizar su desempeño en 1994.
En el régimen de la Concertación pocas veces quedan abandonados a su suerte quienes han desempeñado cargos de cierta relevancia dentro del Estado; siempre existe, para ellos, una mano generosa que se encarga de proveerles de cargos o ayudarles en su manutención. Así sucedió con René Cortázar Sanz.
Existía, dentro del Directorio de Televisión Nacional de Chile TVN, una vacante que debía ser llenada por un militante demócrata cristiano. ¿Quién mejor para hacerlo que aquel ex ministro del Trabajo, ex comentarista radial, leal militante demócrata cristiano? El cargo fue entregado a René Cortázar Sanz.
En 2000 aconteció, no obstante, un suceso desgraciado. En TVN trabajaba el periodista Jaime Moreno Laval, que también se había destacado por sus reportajes en Radio Cooperativa bajo la dictadura militar. Moreno Laval había estado trabajando en un documento sobre la ‘Central of Intelligence of America’ CIA que debía ser revisado para poder ser transmitido por el canal. No nos extrañemos. La libertad de expresión sólo funciona de esa manera; se afirma que, de no hacerse así, podría caerse en una suerte de ‘libertinaje’. La revisión de los reportajes y el análisis de la conveniencia o inconveniencia de transmitirlos constituyen los más socorridos eufemismos tras los cuales se esconde una severa censura. Supervigilar la aplicación de esos principios es parte de la labor que compete a todo directorio de canal televisivo, de radioemisora, de periódico o de revista. Sin embargo, el reportaje de Jaime Moreno Laval, que debió someterse a esa censura, no lo hizo, se transmitió tal cual lo había elaborado el periodista. Bastó esa circunstancia para que el directorio del Canal televisivo, en conocimiento del hecho, se apresurase a solicitarle la renuncia. Moreno Laval se negó a hacerlo. Creía firmemente en la democracia y no concebía que en un régimen como el de la Concertación pudiese presentarse ese tipo de situaciones. Se equivocaba, no obstante, el periodista. La democracia no sólo permite aquello, sino mucho más, pues es la forma normal de funcionamiento del sistema capitalista.
Enterados los naturales representantes políticos del capital, es decir Renovación Nacional RN y la Unión Democráta Independiente UDI, de lo que sucedía en el canal, decidieron hablar con René Cortázar Sanz a fin de hacerle ver la necesidad de despedir a tan díscolo y atrabiliario periodista. Cortázar accedió a lo solicitado poniendo tan solo una condición: someter el caso a la consideración del directorio de TVN que, en definitiva, determinó la expulsión de Moreno Laval. A partir de ese momento, tanto la UDI como RN supieron que siempre habían de contar con ese economista lacónico que comenzaba a reunir en su curriculum vitae notables desempeños de cargos en la administración del Estado.
Cortázar, por consiguiente, era un hombre respetado por los naturales representantes políticos del capital al momento de ser propuesto en reemplazo de Sergio Espejo; su nombramiento, el 27 de marzo de 2007, fue bien recibido por los sectores que componían la Alianza por Chile. Cortázar no iría a transformar el ‘Transantiago’ sino a resolver los problemas que presentaba; Danilo Núñez le ayudaría en esa tarea. Pero, para realizarla, previo era situarse a una discreta distancia del proyecto. Y nada resultaba mejor que comenzar a separar conceptos, a establecer abismos entre denominaciones; por eso empezó a hablar de un ‘Transantiago primitivo’ u ‘original’ y de un ‘Transantiago reformado’. Al cumplirse el año de funcionamiento del proyecto, Cortázar intentaría sepultar definitivamente el pasado con una lapidaria frase:
“El ‘Transantiago original’ ya no existe más”.
Pero aquello no era cierto, como lo veremos más adelante. Pero para el ministro, resultaba imperioso justificar de esa manera el mezquino rol que había llegado a desempeñar: salvaba, así, su propio prestigio y el prestigio del Gobierno.

EL ROL DE RENÉ CORTÁZAR SANZ
El escurridizo economista no llegó al desempeño del cargo de ministro de Transportes y Telecomunicaciones sin rodearse de un aura de suspenso, en donde las alabanzas y juicios que sobre su persona hicieron numerosos sectores, especialmente del Gobierno y de la Alianza por Chile, no estuvieron ausentes. No obstante, el rol de René Cortázar no podía ser más simple:
1. En primer lugar, su desempeño como ministro de Transportes y Telecomunicaciones resolvía el problema de la crisis política del Gobierno generado con la puesta en marcha del ‘Transantiago’ pues, al reemplazar al ex ministro Espejo ─sobre quien debían recaer todas las penas del infierno─ impedía se deteriorase la imagen de la presidenta como última responsable política de semejante desacierto;
2. En segundo lugar, calmaba la virulencia de los ataques de la oposición puesto que el flamante nuevo ministro contaba con la simpatía de esos sectores;
3. En tercer lugar, debía idear la forma de lograr nuevos acuerdos tanto con los operadores del ‘Transantiago’ como con el AFT, tarea que se la había facilitado, precisamente, el masivo rechazo de la población a la descabellada puesta en marcha del proyecto;
4. En cuarto lugar, había de solucionar los problemas creados por la falta de microbuses y corregir los recorridos, creando los que fuera necesarios para satisfacer las demandas urgentes de los usuarios; y,
5. En quinto lugar, proveerse de recursos para el funcionamiento del nuevo sistema de movilización colectiva que ya acusaba cuantiosas pérdidas.
La labor de René Cortázar, en resumidas cuentas, no era abolir el sistema; tampoco debía perfeccionarlo sino, más bien, ‘parcharlo’, como se verá de inmediato. En otras palabras: llegaba para realizar lo mismo que hubiere hecho Sergio Espejo si no se le hubiere sacrificado en aras del interés político de la Concertación.
En efecto. El Sr. Ministro no ignoraba los problemas del ‘Transantiago’; no ignoraba siquiera que, desde un principio, el sistema generaba enormes pérdidas; no ignoraba, incluso, que el Estado debía asumir aquellas; no por algo se comprometió a disminuirlas a lo menos en un 10%.
¿Qué sucedió, sin embargo? Las pérdidas crecieron bajo la administración Cortázar hasta alcanzar una cifra promedio de un millón a un millón y medio de dólares diarios como se puede apreciar en la siguiente tabla:

Año Mes Pérdida en millones de dólares

2007 Febrero - 5
2007 Marzo - 13,9
2007 Abril - 34,6
2007 Mayo - 34,2
2007 Junio - 35,9
2007 Julio LO QUE PRETENDÍA SER EL ‘TRANSANTIAGO’.
La idea de introducir reformas al sistema de locomoción colectiva de Santiago se hizo presente al momento mismo de advenir la democracia post dictatorial, y bajo el gobierno de Patricio Aylwin Azócar. Fue en esa dirección que, entre 1990 y 1992, durante su desempeño en el carácter de ministro de Transportes y Telecomunicaciones dispuso Germán Correa, militante del partido Socialista, las primeras licitaciones de buses. El objetivo era preparar las condiciones para la formulación de un plan de transporte colectivo para la ciudad de Santiago con una estructura diferente a la que hasta ese momento presentaba. En realidad, existía consenso en todos los sectores sociales que el sistema llamado ‘de las micros amarillas’ debía llegar a su término.
Algunos años más tarde, y bajo la administración de Ricardo Lagos Escobar, fue llamado Correa, nuevamente, para redactar una propuesta que contemplase el establecimiento de un sistema de locomoción colectiva eficiente para la capital. Para esos efectos, le designó el presidente Lagos en el cargo de Coordinador General del Transporte de Santiago. El primer mandatario quería que se formase, bajo la conducción de Correa, una especie de Comisión integrada por personeros de los diferentes partidos de la Concertación para el estudio y confección del plan. Nació, de esa manera, el llamado ‘Comité Gubernamental para el ‘Transantiago’’; a ese organismo se integraron algunos personajes que prestaban servicios al estado en el carácter de asesores del presidente. Cabe nombrar, entre ellos, al militante del partido Por la Democracia (PPD) Javier Etcheberry, al militante de la Democracia Cristiana (DC) Guillermo Díaz, al propio Germán Correa, al que fuera intendente de Santiago y más tarde asesor comunicacional del Administrador Financiero del ‘Transantiago’, militante de la DC, Marcelo Trivelli; al demócrata cristiano que se desempeñara como intendente de Santiago y ministro de Defensa, Jaime Ravinet; a Fernando Bustamante (presidente del Ferrocarril Metropolitano ‘Metro’) y al coordinador de lo que ya empezaba a conocerse como ‘Transantiago’, Aldo Signorelli. Los nombres de todos estos personajes, así como los de otros que citaremos más adelante, son importantes: no sólo se repiten en el caso del ‘Transantiago’ sino representan la acción de toda una ‘élite’ política, vinculada estrechamente al área estatal. Más que una verdadera burocracia, parecen constituir una fracción de clase ‘administradora’ del estado, que se regenera en sus amistades y descendencia como una especie de ‘nobleza’ capitalista que rodea al ‘soberano’ o ‘soberana’ (gobernante de turno) cuya única finalidad es transmitir a su sucesión hereditaria o legataria los ‘títulos nobiliarios’ que le pertenecen de adscripción al ente estatal.
La dirección de ese comité gubernamental no quedó en manos de Correa, sin embargo. Fueron Jaime Ravinet y Javier Etcheberry quienes asumieron el control del organismo. Existían razones para ello porque con el flamante Coordinador General del Transporte de Santiago había sucedido algo diferente.
Durante el tiempo que se desempeñara en el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, tuvo Correa tiempo más que suficiente para vincularse al sector del rodado; las licitaciones le habían reportado contactos e influencias. Por eso, no debe sorprender que, al finalizar su desempeño, pasara a ocupar el cargo de presidente del Consejo Directivo de la Fábrica de Carrocerías ‘Cuatro Ases’ S.A., donde también trabajaba, en calidad de fiscal de dicha empresa, Fernando Rebolledo, hermano del diputado del PPD Víctor Manuel Rebolledo. Sin embargo, algo sucedió en esa empresa que hizo a sus directivos interponer sendas acciones judiciales en contra del presidente de su consejo y del fiscal Rebolledo. A Correa no solamente se le separó del cargo; se le acusó, además, de estafas reiteradas, duplicidad de cobros, facturación simulada y otros cargos similares. Era natural que, ante tales inculpaciones, se apresurase a presentar su renuncia.
El ‘Transantiago’, entretanto, prosiguió su marcha. No fue, por consiguiente, un proyecto que ideara una sola mente; menos aún, el ‘genio’ proverbial del presidente Lagos. Fue producto del anhelo común que existía en todos los sectores sociales y que había de materializar dentro de una sola manera posible dentro de una sociedad dominada por el neoliberalismo. El ‘Transantiago’ adquirió presencia corporal en las reuniones sucesivas que acostumbra a realizar esa entidad abstracta conocida como ‘Gobierno’.
El ‘Transantiago’ era, en síntesis, un estudio ―a la vez que un planteamiento― destinado a reemplazar el viejo sistema de movilización colectiva de la ciudad de Santiago por uno nuevo, en teoría más eficiente y moderno, similar al que existe en algunas capitales sudamericanas y en la generalidad de los países de Europa. Entre otras cosas, buscaba el ‘Transantiago’ terminar con el negocio que una multitud de pequeños empresarios hacía de la locomoción colectiva, para instaurar otro, construido en base a estudios serios, racional, que traspasaba ese negocio a empresas poderosas, con recursos económicos suficientes como para enfrentar con éxito los desafíos de las grandes inversiones que requería un servicio más seguro, eficiente, dotado de alta tecnología y microbuses más modernos. El negocio de los pequeños pasaba a ser negocio de los grandes.
Pero los negocios no pasan de una mano a la otra sin justificación plausible, incluso, bajo regímenes dictatoriales. En el caso específico del ‘Transantiago’ la razón de ese cambio estuvo constituida por un cúmulo de circunstancias y factores, siendo el más relevante aquel según el cual se consideraba al sistema de ‘las micros amarillas’ como anárquico, asistémico, un desorden al que había de ponerle pronto fin.
Los propietarios de los microbuses, a pesar de estar organizados en entidades gremiales, eran personas con diferencias económicas abismantes; ese rasgo, de por sí, originaba otras nuevas y múltiples diferencias que profundizaban la anarquía del sistema: calidad y tamaño de los buses, modelos, antigüedad, capacidad, repuestos, etc. La forma de celebrar contratos de trabajo para los conductores de microbuses también era diferente entre un empresario y otro, distintas las condiciones de trabajo, horarios y beneficios impuestos a aquellos, prevaleciendo el régimen de remuneraciones basado en el corte de boletos. Agreguemos otras dificultades: existían recorridos extensos e injustificados con el consiguiente aumento de la polución tanto ambiental como acústica y la exposición permanente de los choferes a asaltos dado el alto incremento de la criminalidad en el país.
Ante ese desolador panorama, la administración Lagos buscó establecer un sistema nuevo que contemplase:
- la organización de los dueños de microbuses en empresas poderosas;
- la creación de una entidad financiera/administrativa común a todas aquellas;
- el establecimiento de una tarjeta de movilización colectiva;
- el reemplazo del sistema de remuneraciones para los conductores de microbuses;
- la utilización exhaustiva del Ferrocarril Metropolitano o ‘Metro’ de Santiago;
- la racionalización de los recorridos;
- la uniformidad de los microbuses;
- la renovación de la flota de microbuses; y,
- un mayor control estatal sobre la movilización colectiva.
Extendámonos brevemente sobre cada uno de estos propósitos.
1. La organización de los dueños de microbuses en empresas grandes, poderosas, con capacidad económica suficiente para enfrentar los desafíos del nuevo sistema, constituía el eje central de la reforma: el ‘Transantiago’ emplearía el capital privado; el estado conservaría su rol subsidiario. Cada una de esas empresas se denominaría ‘operador’. Puesto que el plan contemplaba el establecimiento de microbuses que desempeñarían el rol de ‘troncales’, es decir, que tendrían recorridos largos a través de varias de las comunas del Gran Santiago, y ‘alimentadores’, que solamente se desplazarían por el interior de las comunas periféricas, se determinó habían de existir tantos operadores como ‘troncales’ y ‘alimentadores’ hubieren. En síntesis, serían aquellos los siguientes:

TRONCAL 1 ALIMENTADOR 1
‘Inversiones Alsacia SA’ ‘RedBus Urbano SA’,
Gerente: Gibrán Harcha Sarras Gerente: Marcos Retamal Muñoz
TRONCAL 2 ALIMENTADORES 2 Y 4
‘Su Bus Chile SA’ ‘Servicio de Transporte de Personas de Santiago SA’ STP
Gerente: Andrés Ocampo Barrero Principal accionista: Jorge Gómez (15%)
TRONCAL 3 ALIMENTADORES 5 Y 8
‘Buses Gran Santiago SA’ ‘Buses Gran Santiago SA’
Gerente: Víctor Coopman Barros Gerente: Víctor Coopman Barros
ALIMENTADOR 3
‘Unión del Transporte S.A.’ UNITRAN
Gerente: Alberto Espinoza Riffo
TRONCAL 4 ALIMENTADORES 6 Y 7
‘Express de Santiago Uno SA’ ‘Comercial Nuevo Milenio S.A.’
Gerente: Alberto Hadad Lemos Gerente: Simón Dosque Santa María
Principal accionista: Juan Pinto (37%)
‘Servicio de Transporte de Personas de Santiago S.A.’ STP
TRONCAL 5 ALIMENTADOR 9
‘Buses Metropolitana SA’ ‘Trans Araucarias SA’
Gerente: Víctor Coopman Barros Gerente: Gabriel Martínez Muñoz
(en 2008 asumió Juan Pinto)
En marzo de 2008, las empresas ‘Buses Gran Santiago S.A.’, Buses Huelén’, ‘Buses La Capital’ y ‘Buses Metropolitana’ acusaban una pérdida de casi 5 mil millones de pesos, amenazando irse a la quiebra. Todas esas empresas trabajaban en el ‘Transantiago’ bajo la dirección de Manuel Navarrete.

2. La creación de una entidad administrativa de los recursos dinerarios del nuevo sistema que, bajo el sugerente nombre de ‘Administrador Financiero del Transantiago” o AFT pudiese reunir los grandes capitales que se necesitaban para costear las cuantiosas innovaciones tecnológicas que el nuevo sistema iría a requerir, era otro de los objetivos. Para ello se invitó a participar en esa entidad al Banco de Chile (de propiedad del Grupo Luksic, simpatizante del PPD), al BancoEstado (de propiedad del Estado de Chile, dependiente del Gobierno de turno), al Banco de Crédito e Inversiones BCI (del grupo Yarur), al Crédito Multi Rotativo Falabella CMR Falabella (del grupo Cuneo) y a la empresa SONDA, por sus investigaciones en el rubro de la tarjeta de movilización (dirigida por Andrés Navarro, de filiación demócrata cristiana).
3. El ‘Transantiago’ requería, además, de la implantación de una tarjeta plástica para la movilización colectiva que bajo el nombre de ‘Tarjeta BIP’ tendría como finalidad:
a. Eliminar el uso del dinero en manos de los conductores de microbuses a fin de evitar los asaltos y atracos; y,
b. Permitir, en consecuencia, la captación de dineros de los usuarios del servicio a fin de provocar de esa manera la percepción anticipada del valor del pasaje, con las ventajas que ello implicaba.
4. La adopción del sistema de remuneración fija para los conductores de vehículos y la consiguiente eliminación del pago basado en la percepción de boletos era, también, una necesidad que debía ser satisfecha. Con ello se pretendía:
a. Eliminar las carreras habituales de los choferes de microbuses, desesperados por conseguir mayor número de pasajeros y aumentar de esa manera sus ingresos;
b. Dar seguridad económica y laboral a los conductores de vehículos de la locomoción colectiva;
c. Asegurar el pago de los gastos previsionales a los trabajadores de la locomoción colectiva; y,
d. Dar tranquilidad y seguridad al usuario del servicio.
5. Un buen servicio de locomoción colectiva no se obtenía sin utilizar exhaustiva y racionalmente el Ferrocarril Metropolitano (‘Metro’), combinando los recorridos de este medio de transporte con el sistema de microbuses ‘troncales’ y ‘alimentadores’ del ‘Transantiago’. Fue éste otro de los objetivos centrales del proyecto.
6. La racionalización del transporte de pasajeros, eliminando recorridos innecesarios y estableciendo otros que sí parecían necesarios, también constituyó una prioridad en el cumplimiento del plan. El ‘Transantiago’ contemplaba que 4.500 buses modernos con acoplado (‘buses cuncuna’) cuya capacidad para el transporte de pasajeros parecía, por lo mismo, ser superior a la de los antiguos, bien podían reemplazar a los que ya existían.
7. El objetivo anterior conducía inevitablemente a uniformar el modelo de los microbuses, lo que llevaba a reducir los costos de mantención en importación de repuestos y reemplazo de las máquinas dañadas;
8. Corolario de lo anterior era la necesidad de renovar toda la flota de microbuses en virtud de la importación de máquinas modernas con acoplado, menos dañinas al medio ambiente y más económicas en el consumo de combustibles; y,
9. Finalmente, el establecimiento del sistema llevaba a un mayor control sobre la movilización colectiva de parte tanto del Estado como de las empresas involucradas en el desarrollo del plan.

EL ESPÍRITU DEL PLAN.
El sistema denominado ‘Transantiago’ se ajustaba con extraordinaria fidelidad a las nuevas formas de hacer política impulsadas por los gobiernos estadounidense y socialdemócratas de Europa y que los sectores populares más radicalizados han dado en denominar ‘socialismo de mercado’: combina exitosamente la protección a la empresa privada y al mercado con el control riguroso de las veleidades sindicales impidiendo ―en nombre del ‘socialismo’― el desborde de las masas y asegurando, de esa manera, la tranquilidad social necesaria para el desarrollo del capital. En otras palabras: el carácter adoptado por el movimiento socialista chileno en la fase post dictatorial hace entender que su objetivo central es tomar bajo su entera conducción la nueva forma de acumular, aprobada por el sistema capitalista mundial en la década de los 80, al momento de realizarse la reunión conocida como ‘Consenso de Washington’. No debe sorprender, por consiguiente, que la aplicación del proyecto ‘Transantiago’ haya producido, entre otros, los siguientes efectos inmediatos:
1. Desaparición obligada (por quiebra o retiro) de la generalidad de los pequeños empresarios de la locomoción colectiva capitalina;
2. Organización de grandes consorcios criollos de transporte de personas al amparo del Gobierno, ávidos de repartirse los beneficios que ofrecía el sistema del ‘Transantiago’;
3. Participación con idéntico fin de grandes consorcios extranjeros dedicados al transporte de personas;
4. Aumento, por ende, de la concentración y centralización de capital en el área del transporte y de la locomoción colectiva; y,
5. Robustecimiento de las Administradoras de Fondos de Pensiones AFP con la incorporación de un vasto sector de trabajadores de la locomoción colectiva a ese sistema ultra capitalista de previsión social.
Nos encontramos, por consiguiente, frente a un sistema que rechaza terminantemente la participación directa del estado o de los municipios en el negocio de la movilización colectiva, cuando no sea la de realizar aportes económicos o financieros, como se verá en el transcurso de este análisis.
Que este sistema tan novedoso, necesario y meditado en profundidad se haya transformado, desde el momento mismo de su puesta en marcha, en una de las peores pesadillas del gobierno socialdemócrata concertacionista, no debe ser estimado como algo casual. No puede, tampoco atribuirse ―como livianamente lo hiciese, en un comienzo, el ex presidente Ricardo Lagos Escobar―, a una inadecuada forma de llevarlo a cabo: el ‘Transantiago’ contenía en sí la impronta o sello de los actos del gobierno concertacionista que, buscando demostrar a los representantes naturales del capital (sectores de la ‘Alianza por Chile’) su mayor capacidad para conducir al conjunto de la sociedad chilena, fundamentaba sus luchas competitivas en dos aspectos del más alto interés para ambos contendores: el control que la Concertación ejercía sobre las organizaciones sindicales y sociales, y la voceada capacidad de su estamento académico para tomar sobre sí la ‘difícil’ tarea de administrar el estado. Pero estas ‘excelencias’ no evitaban que se produjesen en su interior las naturales pugnas de toda alianza política por acceder a determinados cargos en el gobierno.
El Ministerio de Transportes era uno de aquellos centros de confrontación entre los miembros de la alianza concertacionista por alcanzar mayores cuotas de poder: había sido recabado para sí por el Partido Socialista desde los inicios de la década de los noventa, pero el mal recuerdo que dejara el ministro Germán Correa en el desempeño de ese cargo hizo que la Democracia Cristiana alegara su mejor derecho para detentarlo. Las discusiones comenzaron y terminaron en un nuevo acuerdo: si bien el titular del Ministerio sería un demócrata cristiano, la Subsecretaría de esa cartera quedaría en manos del partido Socialista. Al asumir Michelle Bachelet la Presidencia de la Nación, en 2006, nombró a Sergio Espejo Yaksic en calidad de ministro, y a Danilo Núñez Izquierdo como su subsecretario; el primero de ellos era demócrata cristia
Publicado el : |2008-04-04|




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