| Por: Manuel Acuña Asenjo - Estocolmo, 7 de octubre de 2003.
La vida importa riesgos de naturaleza diversa; su
dimensión es proporcional a aquellos. Enfermedades, accidentes, guerras,
catástrofes naturales, agresiones particulares, son algunos de los
factores constitutivos de tales riesgos que, paradojalmente, no atacan
con la misma intensidad a todos los seres humanos.
Y no es que las
desgracias se hayan repartido sobre la tierra siguiendo una proporción
armónica a los ciclos naturales. Es la acción consciente y deliberada de
los seres humanos lo que conduce a ese derrotero. La condición social
de unos no es la misma de otros: hay quienes se protegen de esos riesgos
porque pueden hacerlo, en tanto existen algunos –los más- que no
solamente carecen de protección sino, por las circunstancias, se ven
obligados a acelerar su muerte o a mutilar su cuerpo para que esos otros
puedan vivir.
El sistema sueco de salud es uno
de los mejores del mundo. No hay lugar a dudas. Pero cuando ese sistema
trata de resolver casos clínicos de difícil solución no se diferencia de
los que existen en otras latitudes. La situación antes descrita se
presenta respecto al trasplante de órganos.
El banco sueco de órganos es precario. No siempre sus productos se
encuentran a disposición del usuario. Son escasos; la demanda es,
siempre, superior a la oferta. Y es que los accidentes, los suicidios,
en general, las muertes violentas o desgracias que permiten la
recolección y el consiguiente incremento de órganos de repuesto no se
suceden con la frecuencia que deberían hacerlo para atender tan urgentes
requerimientos. Entonces, se hacen presentes mezquinas alternativas
para el enfermo que se encuentra en lista de espera. Una de ellas lo
obliga a esperar pacientemente que el deceso del eventual donante se
produzca, ya sea en un choque de vehículos, en una riña callejera, de
una enfermedad súbita, en fin; la otra le conduce a procurarse la salud
por otros medios. La primera de esas alternativas no siempre es posible
tolerarla: por regla general, el cuerpo no espera los sucesos del mañana
ni al donante eventual, se deteriora más aún, el paciente se agrava, el
riesgo de la muerte se vuelve más próximo. Las alternativas se reducen,
de esa manera, a una: procurarse la salud por otros medios lo que no
significa sino a recurrir a soluciones que se encuentran más allá de los
límites que ofrece el sistema. Es el mercado negro de órganos humanos y
operaciones en otras regiones del globo.
Las estadísticas de septiembre recién pasado revelan un creciente
aumento en el número de suecos que ha empezado a optar por la vía de
resolver sus problemas de salud en forma particular. Cansados de
esperar, apremiados por el agravamiento de la salud, han comenzado a
ponerse algunos en contacto con algunos comerciantes del exterior a fin
de obtener el órgano que necesitan; otros, optan por viajar al
extranjero para operarse allí directamente. Destacan en la prestación de
esos servicios Turquía, Polonia, Rumania, entre otros países, donde la
miseria mantiene constante sus niveles. Los europeos no necesitan
realizar largos viajes para procurarse en otras naciones los productos
que requieren; si éstas no existiesen se verían obligados a emprender
vuelo hacia países tan distantes como lo son los de Asia, Africa o
Latinamérica.
El trasplante de riñón es la más frecuente de las intervenciones
quirúrgicas. Y es una de las pocas operaciones en donde no se espera el
deceso del donante para realizar el trasplante sino se efectúa en vida
de éste, toda vez que cada persona posee dos riñones y al cuerpo le
basta sólo uno para funcionar. Es, quizás, por eso, donde se retrata con
mayor finalidad la tragedia del pobre que se automutila por razones
económicas.
La operación mercantil que pone a disposición del usuario el órgano
requerido se realiza de acuerdo a las normas del mercado. Un sujeto, el
‘corredor de órganos’, representa al vendedor; pero entre éste y aquel
se extiende, a menudo, una larga cadena de intermediarios. El valor de
un riñón se tasa hoy, a precio de mercado, en Europa, a un millón de
coronas lo que equivale a unos 140 mil dólares. El donante o vendedor
del riñón, el que se desprende de su órgano, recibe tan sólo veinte mil
coronas cuyo equivalente es, aproximadamente, 2.800 dólares. El resto se
reparte en la cadena de intermadiarios recibiendo el ‘corredor’ la
parte más alta. Así, al mercado del trabajo, forma normal de vida del
ser humano bajo el modo de producción capitalista, se agrega este nuevo
mercado que de manera irregular ha venido funcionando desde la década de
los años 70, junto al mercado de las armas, de las drogas, de la trata
de blancas y el de menores en adopción. La venta de la fuerza de trabajo
se completa así con la venta del tejido corporal, con la mutilación de
sí mismo, con la venta de los propios despojos biológicos, para
equilibrar el desnivel que en cada hogar proletario acusa el costo del
diario sustento del pobre y de su grupo familiar.
En la década de los años 80 y en plena dictadura militar, fue frecuente
encontrar en Chile, en los centros asistenciales, a numerosos pobladores
y gentes de ingresos medianos que concurrían hasta esos lugares a
vender su sangre. Obligados por la dramática situación económica a ir a
esos centros hasta una vez por semana, se desmayaban muchos de ellos por
el esfuerzo y la debilidad en que se encontraban. Incluso en plena
democracia, durante los primeros años del gobierno de la Concertación,
se habló frecuentemente de la ‘maffia’ que secuestraba niños chilenos
para extraerle órganos (ojos, riñones, hígados) que vendían a los ricos
norteamericanos y europeos.
Es cierto que de esa práctica ya no se habla, pero eso no quiere decir,
en modo alguno que no exista o no vaya a existir. En sistemas donde la
miseria mantiene sus niveles de manera persistente, en sistemas sociales
basados en la constante ampliación de las brechas entre ricos y pobres,
todo puede suceder. Especialmente cuando se tiene un mercado cuyos
valores se han impuesto como norma de vida, cuando en ese mercado existe
una fuerte demanda de esos productos orgánicos y cuando los
administradores de la nación han ocupado tales cargos para resolver sus
problemas particulares que les afectan sin preocuparse de las más
urgentes necesidades del país.
Estocolmo, 7 de octubre de 2003.
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