| Por: Manuel Acuña Asenjo. Estocolmo - diciembre de 2003.
En su admirable obra ‘El Relato del Ave’, nos cuenta
Avicena, gran sabio persa que vivió entre los años 900 y 1000 d. C.,
maravillosas historias de pájaros y migraciones. Y Farid Uddin (Al-Din)
Attar, también persa, en su poema filosófico ‘Mantic Uttair’ o ‘Lenguaje
de las Aves’ narra, por su parte, relatos de otros pájaros que
discurren su inminente migración en busca del Simorgh o Ave de las Aves.
La tradición judía nos enseña igualmente que, en su dedo anular,
portaba el rey Salomón -a quien los árabes conocieron bajo el nombre de
Soliman Ibn Daud (o Salomón, hijo de David)- un anillo. Bastaba lo
hiciese girar en determinado sentido para que pudiese entender el
lenguaje de las aves y de otros animales.
Porque
las aves hablan. Cuentan sus historias a quienes no andan por la vida
con la prisa que urge al neurótico o al irreverente. Se explayan ante
ellos, describiendo sus viajes y aventuras que versan sobre tierras
exóticas y lejanas, al lado opuesto del gran océano, donde existe otro
mar, más inmenso aún, que baña incansablemente las costas de un país
largo y estrecho, asolado por terremotos, dictaduras y democracias
corruptas e indolentes. Las aves hablan de esos sucesos cuando comienzan
ya a batir sus alas. Precisamente, cuando en estos parajes de Europa el
eje de la tierra anuncia, con su inclinación, la inminencia del otoño y
la proximidad ineludible del invierno. Y, al emprender el vuelo, ya
todos sabemos que, en esas tierras exóticas, estallan soles lujuriosos
sobre campos reverdecidos y se derrama luz natural sobre los rostros
morenos de sus habitantes. Hay vida en el vino tinto depositado en
vasos, sobre las mesas, y en las cervezas transpiradas y frescas de los
bares donde se habla de luchas sociales. Hay vida en esas tierras donde,
de a poco, aparecen banderas desplegadas, voces alzándose para
denunciar los atropellos, la corrupción, los desfalcos, las
indemnizaciones millonarias, los derechos conculcados, la apoteosis de
la explotación, la pederastia. Los pájaros nos hablan de pueblos que
jamás abandonan la esperanza de construír algún día una sociedad mejor.
No necesitamos volver nuestros ojos al anillo del rey Salomón para
darnos cuenta del unívoco mensaje de las aves. En su ordenado vuelo
hacia otros confines, alineadas en geométricos ángulos, de grados más o
menos similares, en esa formación de tipo delta con el vértice apuntando
al lado opuesto del sentido de la brújula, las aves nos hablan de
nuestra propia historia. De nuestra inexorable condición de inmigrantes.
Tenemos mucho de común con esos seres alados que salen hacia ‘la tierra
de anchurosos pechos’ en busca de mejores condiciones de vida. Por eso
estamos acá.
Sin embargo, como los pájaros, en un vano intento de emprender un
retorno imposible o de recuperar la identidad perdida muchos de nosotros
arrancamos de la oscuridad y del frío. A menudo, antes de las
festividades de fin de año. Cuando no es posible, luego de pasadas
aquellas. Es aquella práctica un verdadero rito. Una repetición. Un rito
otoñal e invernal, a la vez. Y, en todo caso, una fuga hacia el
encuentro. Una partida para llegar. Una llegada para volver a partir.
Tía Ester también practicó ese rito. Pero, a diferencia de los demás, no
lo hizo para recuperar una identidad -que jamás perdió- sino para
ejercer sin impedimentos el inalienable derecho a reclamar por lo suyo,
que le correspondía, y crear vínculos de solidaridad con los demás. Tía
Ester viajaba a integrarse a las luchas que libran los familiares de los
detenidos desaparecidos por conocer el paradero de sus seres queridos,
qué ha sido de ellos, por qué nadie responde a sus demandas. Tía Ester
viajaba a exigir no sólo justicia universal sino a colaborar con quienes
quieren establecer condiciones que impidan la repetición de hechos
similares a aquellos que hicieron posible el alzamiento militar de 1973.
Tía Ester iba a compartir angustias, desvelos, privaciones, alegrías,
esperanzas.
Menuda, muy fina, más bien extremadamente delgada, de aspecto casi
frágil, siempre de buen humor, elegante, no mostraba en su apariencia
externa la fortaleza de sus convicciones, su tenacidad inquebrantable,
la solidez de sus principios y propósitos. Como la bíblica Ester cuyo
progenitor, Mardoqueo, jamás dobló la rodilla ante rey alguno, tuvo tía
Ester por antepasado suyo a Luis Víctor Cruz, cofundador del Partido
Obrero Socialista y de la Federación Obrera de Chile, que supo sólo de
rebelión y de subversión y jamás dobló su cerviz ante el sistema.
Tampoco lo haría tía Ester.
De sus tres hijos, tan solo uno de ellos -Leopoldo- no deja
descendencia. Desapareció un día, simplemente, en una de las calles de
Santiago. Pareció esfumarse en el aire como si hubiere sido voluta de
humo. Desapareció de la vida de tía Ester como si jamás hubiere
existido. Como si su nacimiento y desarrollo hubiere sido una ilusión
suya, un hijo que jamás concibió.
Pero a una madre no se la engaña de esa manera. La búsqueda de Leopoldo
fue su afán, el norte de su existencia. Y, en los trajines que había de
demandar aquella tarea excelsa, se identificó con todas y cada una de
las víctimas de la dictadura. Se identificó, de esa manera, con las
luchas de todo un pueblo.
Las tareas que tomamos en nuestras manos no siempre guardan armonía con
la longitud de nuestras vidas. Es más: generalmente, exceden con creces
nuestra efímera existencia. Como sucedió con la empresa que tomó en sus
manos tía Ester. En condiciones normales, probablemente, hubiere logrado
sus propósitos. Aunque sabía que la democracia no colaboraría con ella
en la búsqueda de su hijo, jamás imaginó que podría poner toda clase de
obstáculos en su camino. Tía Ester, como muchas otras personas, no
sospechaba que la democracia, para subsistir, necesitaba acallar las
demandas de justicia y negociar el sufrimiento de los demás; que las
condiciones impuestas por la dictadura para el establecimiento de aquel
engendro involucraban el no esclarecimiento de los hechos y la impunidad
para los responsables de crímenes.
Así acabó la vida de tía Ester. Con una tarea pendiente. La muerte la
sorprendió con su inminencia. La vida escapó de su cuerpo. Se extinguió
súbitamente. Sin aviso previo. Violentamente. Como una catástrofe
imposible de conjurar. Como debió hacerse presente aquella revolución
que soñó una vez para su patria, anunciando el advenimiento de una nueva
sociedad, y que jamás llegó.
Asombra y estremece pensar en la muerte. Y, no obstante, es una labor
ineludible. Una empresa que debemos acometer. Aterra imaginar lo que
alguien pudo pensar o decir antes de transformarse en recuerdo. Más,
aún, tratándose de alguien tan próximo a nosotros. Puedo verla vacilar;
puedo sentirla caer de la escalera. Puedo advertir su asombro, primero;
el golpe, después. Así debió ser. No de otra manera. Porque sólo los
árboles se derrumban; sólo los árboles mueren de pie. Puedo ver en sus
ojos, aún con brillo, el rostro de Leopoldo, el hijo ausente, y palabras
de perdón. No al carnicero ni a su estirpe, no a la democracia
socialista ni a los verdugos. A Leopoldo. Tan solo a Leopoldo. Al hijo
ido. Al desaparecido. Perdón por no proseguir en su búsqueda. Perdón por
interrumpir abruptamente sus indagaciones. Perdón por dejarlo solo, en
esas amargas circunstancias… Son palabras que jamás se pronunciaron y,
sin embargo, vibran aún en las paredes de su vivienda, en Chile. Se
propagan por todos lados. Traspasan montes, valles y mares hasta llegar a
Suecia con su mensaje desolador. Golpean todos los oídos. No es
posibles hacerse sordo a ellas.
No me cabe la menor duda que otros tomarán en sus manos las banderas que
cayeron de las suyas. Y que su lucha continuará viva. En la memoria de
un pueblo; en la de su familia. Desgraciadamente, ella no estará con
nosotros. Porque, para coronar la búsqueda del hijo desaparecido,
necesitaba testimoniar algo más. Y, para ello, debía morir. Pues,
demostrar que, bajo las banderas de la Concertación, no hay posibilidad
alguna de justicia para un gran sector de la población chilena sólo se
puede hacer muriendo. Y, en lo posible, muriendo cada día.
Tía Ester cumplió así su última misión. Viajó a morir. A cumplir una
nueva tarea de atroz simplicidad, de conmovedora elocuencia. Como los
exonerados políticos que murieron esperando recibir alguna vez las
pensiones de miseria que les iría a conceder en vida el gobierno de la
Concertación, tía Ester se extinguió esperando una justicia que nunca se
haría presente. Y necesitaba probar aquello. Aunque fuese a costa de su
propia vida.
Su ciclo vital se cerró, pues, con una nueva denuncia. Y eso la hace aún más grande ante nosotros.
Estocolmo, diciembre de 2003.
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