| Manuel Acuña Asenjo - Estocolmo, noviembre de 2003
La existencia de una nación dificulta la existencia
de un continente. La defensa de las fronteras nacionales impide el libre
tránsito de los seres humanos por el planeta. La existencia de estados
es un obstáculo para la unidad de los pueblos. En especial, para el
sueño bolivariano.
El insólito caso de espionaje
al consulado argentino en Punta Arenas, protagonizado por elementos de
la Dirección de Inteligencia del Ejército DINE y realizado el pasado 9
de noviembre, deja en la penumbra algunos aspectos de enorme gravitación
en los sucesos de la región.
Chile y Argentina son países que pertenecen a una región geográfica
común que es América Latina. Son parte del cono sur de ese continente.
Apenas si los separa una cordillera otrora infranqueable, hoy
transformada en un punto de encuentro en donde se disuelven las
nacionalidades. Chile y Argentina pertenecen a un cuerpo regional mayor
que se llama América del Sur, parte de América Latina, segmento aún de
todo el continente americano.
Estas pertenencias, que parecen un tanto simples de descubrir y
observar, no lo son cuando se presentan intereses resguardados de
estrategias que los ponen a cubierto. Sirvan estas palabras como
introducción al tema que vamos a exponer.
La existencia de una nación dificulta la existencia de un continente. La
defensa de las fronteras nacionales impide el libre tránsito de los
seres humanos por el planeta. La existencia de estados es un obstáculo
para la unidad de los pueblos. En especial, para el sueño bolivariano.
¿Cómo, entonces, hacerlo posible? ¿Cómo llevar a cabo la unidad de un
continente, evitar sus guerras fratricidas, los conflictos entre
naciones hermanas, la predación mutua? La naturaleza nos enseña que,
cuando se reúnen pacientemente circunstancias, factores, hechos, puede
desencadenarse una catástrofe de proporciones. Pero cuando no se han
reunido tales elementos sólo cabe avanzar con los dos pies y recorrer,
paso a paso, las distancias que nos separan de los objetivos.
Dos son, entonces, las posibles vías para la realización de una unidad
continental: una revolución regional o el avance sostenido aunque
paulatino hacia una integración regional. Pero esta última vía debe
considerar los intereses locales en juego.
Los intereses que dividen a los seres humanos son, fundamentalmente,
económicos. Para unir a vastos contingentes humanos previo es aunar sus
intereses económicos, amarrarlos en acuerdos beneficiosos para ambos,
entrelazarlos en la dinámica de la mutua colaboración. Eso se logra
descubriendo cuáles son las aspiraciones comunes que lleven a convenir, a
acordar, a tratar determinadas materias. La Unión Europea comenzó
siendo una simple Comunidad para el Acero y el Carbón; fue luego una
Comunidad Económica Europea para devenir en Comunidad Europea y
terminar, finalmente, en Unión Europea, con sus órganos políticos y
administrativos propios y una constitución que ha de regirla en breve.
La experiencia de los europeos nos enseña que, cuando no existe una
fuerza social capaz de hacer cambios fundamentales en la estructura
misma de las sociedades, la unión de los pueblos se inicia liberando las
fronteras para el libre tránsito de las mercancías. Que, más tarde,
esas fronteras se amplían al establecimiento de una moneda única que
rija las transacciones comerciales entre ellos para no depender de una
divisa internacional establecida por un poder ajeno a ellos. Que se
continúa con pasaportes comunes, con el libre tránsito de individuos a
través de las fronteras y que se termina, finalmente, creando una
república americana, uniendo los pueblos en una vasta zona de
cooperación mutua.
No se trata, en esos pasos, de la construcción de un proyecto de
sociedad ideal. El proyecto antes descrito es esencialmente capitalista.
Como lo es el de la Unión Europea. Lo que se busca destacar con tal
descripción es, lisa y llanamente, llamar la atención acerca de un hecho
simple: dentro del sistema capitalista pueden existir proyectos que
resulten menos onerosos que otros para la clase trabajadora. Proyectos
en los que ésta no pierda tanto como lo hace en otro. Proyectos que,
incluso, no van a detener su lucha por obtener cada vez mayores espacios
de libertad.
Por eso, es importante seguir el curso de los acontecimientos que
identifican el desarrollo de los proyectos MERCOSUR y ALALC. La historia
del espionaje ‘amateur’ con la que iniciáramos este artículo bien puede
inscribirse en tales cánones.
Chile, en cuanto estado, ha comenzado a acercarse al MERCOSUR, proyecto
autónomo de los países sudamericanos. No deja, sin embargo, de soñar con
el ALALC, proyecto norteamericano de control regional. Las relaciones
internacionales entre Chile y Argentina se han ido estrechando de manera
ostensible. La participación de Chile en MERCOSUR ha sido vista, de un
tiempo a esta parte, como un hecho. Las dos naciones buscan un modo de
fortalecer ese proyecto. Sin decirlo. Porque el lenguaje de los
ademanes, a menudo, reemplaza en diplomacia al lenguaje verbal. En esa
fase de tratavivas sucede un hecho más que torpe, estúpidamente mal
intencionado.
¿Cómo es posible que eso ocurra?
“Me llama la atención. Me parece absolutamente raro que se entre a un
consulado. Todos sabemos el trabajo que realizan los consulados, en
atención especialmente a los ciudadanos de Argentina que viven en
nuestro país”, ha dicho la canciller Soledad Alvear. “Por otra parte,
que se haga de la manera que se hizo, todo rarísimo. Por eso que es tan
importante reaccionar de manera inmediata”…
El hecho resulta sorprendente. Dos sujetos de la ‘inteligencia’ militar
se introducen en la sede del consulado argentino en Punta Arenas el
domingo 9 del presente, abren la caja fuerte, fotocopian una gran
cantidad de documentos y son sorprendidos por el cónsul que,
excepcionalmente, concurre ese día a revisar algunos documentos
relativos a las elecciones en Chubut. Hay un forcejeo entre el cónsul y
uno de los malandrines. Los sujetos huyen dejando abandonadas muchas de
sus pertenencias. ¿Puede ser eso posible? ¿Cuáles son los límites de la
estupidez?
Las reacciones han sido políticas. Por supuesto. No hay análisis serios
al respecto. Inútil sería pedírselos a La Tercera o a El Mercurio.
No existen antecedentes del nombre de la otra persona involucrada en el
hecho, no se sabe de los motivos que llevaron a los sujetos a realizar
tamaña torpeza, se ignora bajo qué órdenes directas actuaban, quién era
su jefe. Se encuentra en la penumbra el motivo por el que se dejaron
sorprender, cuál fue el motivo de abandonar todo el material reunido y
los instrumentos que pensaban utilizar o habían utilizado, documentos de
identificación y huír sencillamente, en circunstancias que verdaderos
agentes de inteligencia hubieren simulado un robo, inmovilizado al
cónsul que los descubrió y haber huído llevándose con ellos sus
pertenencias, el producto del presunto robo y los materiales que
necesitaban.
Pero no basta con preguntarse tales cosas. No basta, incluso, con haber
despedido al Comandante de la Región Militar Austral, general de
división Waldo Zauritz Sepúlveda, y del teniente coronel Víctor Hugo
Pozo Reyes, en su calidad de Jefe de Inteligencia de la región de
Magallanes. Se trata de saber qué existía en todo esa estúpida
representación escénica. Cuál era la trama de todo. Qué se pretendía.
Los grupos económicos chilenos están interesados, sin lugar a dudas, en
un tratado con Estados Unidos que incorpore a Chile al ALALC. Pero
también están deseando participar en MERCOSUR. ¿Quiénes, entonces,
tienen interés en colocar trabas a las tratativas tendientes a
incorporar a Chile a MERCOSUR? La actual administración norteamericana
se diferencia de la anterior en los fuertes vínculos que tiene con la
industria armamentista y los ejércitos de muchos países
latinoamericanos. ¿Hay intereses de esa naturaleza vinculados al caso de
este espionaje ‘amateur’? ¿Hasta dónde es posible suponer intereses en
el gobierno norteamericano de evitar a toda costa un posible romance
chileno con MERCOSUR?
En tanto tales preguntas no reciban respuestas satisfactorias, seguirá
imperando la idea de existir algo oscuro en el asunto del espionaje
acerca de lo cual no quieren hablar ni el gobierno ni los estamentos del
ejército.
Estocolmo, noviembre de 2003
|