Manuel Acuña Asenjo, Estocolmo, novienbre del 2007
LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS DEL SER HUMANO
Trastornos y formas de defensa dentro del sistema capitalista
Las enfermedades mentales constituyen un ejemplo elocuente de esta
mecánica que hemos esbozado más arriba: un conjunto social enfermo puede
ser considerado ‘normal’ por sus propios integrantes aún cuando no lo
sea: para descubrir las anomalías que lo afectan se hace necesario
indagar dentro de su estructura. Y encontrar en sus relaciones la
llamada ‘pauta que conecta’.
Erich Fromm, cuyos trabajos se orientaron en torno a desarrollar el
concepto de ‘carácter social’, enunciado ya en el siglo 19 por Karl
Heinrich Marx en sus ‘Manuscritos económicos y filosóficos’, sostiene
que gran parte de las enfermedades mentales del presente ha sido
ocasionada por un hecho singular: la pérdida de la unidad originaria con
la naturaleza.
“A causa de que no es vivido, sino que vive, a causa de haber perdido la
unidad originaria con la naturaleza, tiene que tomar decisiones, tiene
conciencia de sí mismo y de su vecino como personas diferentes. Y tiene
que ser capaz de sentirse a sí mismo como sujeto de sus acciones. Como
ocurre con las necesidades de relación, arraigo y trascendencia, esta
necesidad de un sentimiento de identidad es tan vital e imperativa, que
el hombre no podría estar sano si no encontrara un modo de satisfacerla.
El sentimiento de identidad del hombre se desarrolló en el proceso para
salir de los ‘vínculos primarios’ que ligan al hombre con la media y la
naturaleza” .
La mención a la ‘unidad originaria’ no deja de
ser interesante. Empleado no en el exacto sentido que le diera Karl Marx
en su obra ‘Salario, precio y ganancia’, el concepto de Fromm se
relaciona más bien con la individuación jungiana para la que fija una
suerte de flecha que, como la del tiempo, se orienta sólo en dirección
al futuro: la individuación ―impulsada por un sentimiento de
identidad―conduce únicamente a la maduración como ser humano integral o a
la angustia que le produce la imposibilidad de su retorno al pasado;
según Fromm, en este último caso, el ser humano se ha de defender en el
empleo de los llamados ‘mecanismos de evasión’ que, en psicodinámica son
denominados ‘mecanismos de defensa’.
En efecto, fue Karl Gustav Jung, discípulo de Sigmund Freud, quien
incorporó a la sicología el concepto de ‘individuación’, proceso que
experimenta el ser humano en pos de adquirir su propia identidad como
tal. Desde el punto de vista holístico, el proceso de individuación
corresponde a lo que Arthur Koestler denomina ‘tendencia auto afirmante’
del holón.
“Cada paso hacia un mayor grado de individuación entraña para los
hombres una amenaza de nuevas formas de inseguridad. Una vez cortados
los vínculos primarios ya no es posible volverlos a unir; una vez
perdido el paraíso, el hombre no puede volver a él. Hay tan solo una
solución creadora posible que pueda fundamentar las relaciones entre el
hombre individualizado y el mundo: su solidaridad con todos los hombres,
y su actividad, trabajo y amor espontáneo, capaces de volverlo a unir
con el mundo, no ya por medio de los vínculos primarios, sino salvando
su carácter de individuo libre e independiente” .
Fromm distingue entre ‘razón’ e ‘inteligencia’. Esta última no lleva a
la salud mental como aquella lo hace. Por el contrario: conduce al
individuo a experimentar formas o mecanismos de evasión que le ayuden en
la resolución de su drama; éstas no son otras que autoritarismo,
destructividad y conformismo, formas a las que volveremos a referirnos
más adelante.
La vida de todo ser humano, como la de la sociedad, recorre un sentido
temporal; tiene una flecha, jamás vuelve atrás. No hay, pues, regresión
al útero materno, a la seguridad que brinda la cercanía a la madre; no
hay retorno a la candidez de la infancia, no hay retorno alguno a los
vínculos primarios: el individuo madura o se evade de la realidad. No
obstante, hay infinidad de aspectos que escapan a su voluntad. Porque
los seres humanos no nacen independientes, aislados unos de otros,
solos, suspendidos en el espacio. Pertenecen a una época y a un lugar
determinados. Pertenecen, por consiguiente a una familia, a un entorno
social que se encuentra asentado sobre un territorio. Ese entorno se
llama, a veces, tribu; otras, clan, villa, pueblo, ciudad o nación.
Aquel va a ser su teatro futuro de operaciones. Su escenario.
“Cuando nace un hombre se le fija un escenario. Debe comer y beber y,
por ende, trabajar; ello significa que le será preciso trabajar en
aquellas condiciones especiales y en aquellas determinadas formas que le
impone el tipo de sociedad en la cual ha nacido” .
En esa sociedad, por consiguiente, se ha de individuar el ser humano; en
esa sociedad construirá su carácter social, en ella enfermará o se
convertirá en ser humano integral.
“Si el individuo está o no sano, no es primordialmente un asunto
individual, sino que depende de la estructura de su sociedad. Una
sociedad sana desarrolla la capacidad del hombre para amar a sus
prójimos, para trabajar creadoramente, para desarrollar su razón y su
objetividad, para mantener un sentimiento de sí mismo basado en el de
sus propias capacidades productivas. Una sociedad insana es aquella que
crea hostilidad mutua y recelos, que convierte al hombre en un
instrumento de uso y explotación para otros, que lo priva de un
sentimiento de sí mismo, salvo en la medida en que se someta a otros o
se convierta en autómata” .
Construido sobre la base de la disolución de la unidad originaria y, por
consiguiente, en el uso indiscriminado de la fuerza sobre el conjunto
social para obligar a aceptar la situación de privilegio de las clases
parasitarias, el sistema capitalista poco o nada puede ofrecer al
vendedor de fuerza o capacidad de trabajo cuando no sea su sometimiento o
claudicación. Un grupo de sujetos altamente competitivos, con fuertes
sentimientos de autoafirmación, se hacen cargo de someter a sus
designios a la sociedad entera. Los parásitos invaden el cuerpo social,
propagan la excelsitud de sus ideas, extraen plusvalor, explotan; la
sociedad se infecta, se enferma y enferma a sus células.
“Un exceso de autoafirmación se manifiesta en la forma de poder, control
y dominación de los demás por la fuerza; de hecho éste es el modelo que
predomina en nuestra sociedad. El poder político y económico está en
manos de una clase dominante constituida; las jerarquías sociales siguen
una línea racista y sexista y la violación se ha convertido en la
metáfora central de nuestra cultura ―violación de mujeres, de grupos
minoritarios y de la tierra misma―” .
Toda sociedad se reproduce doblemente: por una parte, lo hace en el
carácter de tal, como cuerpo único organizado; por otra, se reproduce en
cada uno de sus componentes. Si no es capaz de brindar lo que cada
individuo requiere para su plena realización como ser humano, los
problemas no dejarán de afluir a ella.
“[…] si las condiciones económicas, sociales y políticas de las que
depende todo el proceso de individuación humano, no ofrecen una base
para la realización de la individualidad en el sentido que se acaba de
señalar, en tanto que, al propio tiempo, se priva a los individuos de
aquellos vínculos que le otorgaban seguridad, la falta de sincronización
(lag) que de ello resulta transforma la libertad en una carga
insoportable” .
LOS TRASTORNOS SOCIALES DEL SER HUMANO
Cuando un grupo humano se establece en determinada región del planeta,
crea su propio entorno; entonces, los individuos que lo componen adoptan
una forma de expresión o lenguaje común a todos ellos, una forma de
comportarse similar, una forma de vida peculiar, hábitos o costumbres
locales, en suma, una cultura particular. Las agrupaciones humanas se
forman como unidades locales, a veces una junto a la otra, a veces
separadas por grandes distancias. La construcción de las naciones
modernas debió, por ende, realizarse tras un sangriento y feroz proceso
de unificación de grupos, orientado a crear una identidad nacional de
todas ellas en el carácter de común denominador.
La diversidad, no obstante, es la cualidad inmanente que presenta una
naturaleza que no repite sus obras. Dondequiera que se establezcan
grupos humanos, incluso dentro de una misma nación, comienza un proceso
creciente de diferenciación individual, necesario e ineludible. Los
seres humanos se organizan según gustos, costumbres, opiniones,
aptitudes; también, por efectos del imperio del modo de producción, se
escinden de acuerdo a los intereses que los guía. Así, no es extraño que
la segregación se produzca entre clases sociales y se separen los
sectores antagónicos, tomando distancia unos de otros para desempeñar a
cabalidad el rol social que les compete. Los barrios, entonces, se
segregan. Aquellos en donde viven las clases adineradas no nacen por
simple casualidad; tampoco por el simple capricho o acción de los
advenedizos que intentan igualar sus estilos de vida con los de esas,
sino porque las clases sociales cumplen funciones sociales.
Los barrios de los ricos se desarrollan con rapidez: sus municipios,
poderosos, les aseguran privilegios de los que no gozan las demás
clases. Los colegios y centros de enseñanza superior se establecen en
los sectores adecuados para que los hijos de los dominadores puedan
adquirir la educación necesaria destinada a reproducir su clase o
fracción de clase; también allí se instalan los grandes centros
comerciales donde se expenden los productos de alta calidad. El dinero
llama al dinero; se va, del mismo modo, donde el dinero se encuentra.
No sucede de igual manera con los barrios en donde habitan los sectores
populares, que marchan a la zaga de los acontecimientos: allí proliferan
las escuelas públicas, con locales insalubres y profesores mal pagados:
la clase de los vendedores de fuerza o capacidad de trabajo debe
reproducirse a la manera que lo dictamina el estado en su carácter de
organizador político de las clases dominantes y desorganizador político
de las clases dominadas.
Las sociedades en donde se desarrolla lo que Richard Dawkins denomina
‘tipo de jerarquía dominante’, es decir, aquellas escindidas en clases,
experimentan un proceso casi mecánico de reproducción: los estamentos
dominantes fabrican vástagos cuya misión ha de ser dominar a los demás,
en tanto los sectores dominados lo hacen con una producción de
individuos que van a someterse a la voluntad de aquellos.
“No es necesario suponer que los individuos se reconozcan unos a otros”,
expresa Dawkins.
“Lo que sucede es que los individuos que están acostumbrados a ganar
tienden a tener más posibilidades de ganar, mientras que aquellos
individuos que están acostumbrados a perder se tornan cada vez más
propicios a perder” .
En los períodos en que las empresas, por razones derivadas de un mayor
incremento de la competitividad, deben aumentar la velocidad de rotación
del capital, el tiempo que el vendedor de fuerza o capacidad de trabajo
―o, también, productor directo―, dedica a la atención de su familia se
reduce. El hogar del pobre, a diferencia del que posee el rico, no tiene
quien cuide de la prole; los vástagos del dominado quedan solos en
casa, a merced de quienes buscan, por razones de penurias económicas,
hacer dinero fácil en la venta de la droga o el ejercicio de la
prostitución. La delincuencia aumenta. Y, como es natural, se nutre de
segmentos provenientes de las clases dominadas. Los reclusos que llenan
las cárceles no provienen de los estratos de altos ingresos, sino de los
sectores marginales. Y es que las clases dominantes, acostumbradas a
dirigir, mandan a los miembros de otros estamentos a cometer sus
delitos; no por algo se dice de aquellas que, cuando necesitan
delinquir, lo hacen con mano ajena. Las clases dominantes pocas veces
cometen directamente delitos contra las personas, sino se orientan
preferentemente a la trasgresión económica, es decir, estafas,
exacciones, desfalcos, quiebras fraudulentas, malversaciones. Sin
embargo, lo usual es que estos sectores se apropien de la pertenencia
ajena por vías legales: las clases altas dictan leyes en su beneficio
que les permiten acceder a los dineros de los dominados, obligándolos a
depositar sus sueldos en los bancos que poseen, se apoderan de las
empresas y servicios estatales en virtud de la privatización, crean
reglamentos que los indemnizan cuando son desplazados de los cargos
públicos que desempeñan, establecen sueldos para sí mismas que superan
con creces los montos establecidos para el obrero o empleado e, incluso,
se auto consagran privilegios en el ordenamiento jurídico. La
imposibilidad de sancionar a los presidentes, comandantes en jefe de las
fuerzas armadas, parlamentarios, las limitaciones impuestas a la
libertad de expresión para proferir acusaciones contra aquellos,
constituyen una de las tantas vías empleadas por las clases dominantes
para asegurar su dominación.
El aumento de la violencia es uno de los rasgos más distintivos de una
sociedad escindida en clases. Se origina en un amplio cúmulo de factores
entre los que podemos señalar el aumento de la velocidad en la rotación
del capital. Los sujetos se tornan agresivos. Esa conducta fortalece la
competencia. Aunque torne violenta a la sociedad. El mal trato entre
los seres humanos se hace frecuente; los pocos casos de cordialidad se
dan bajo el estigma de la hipocresía, forma habitual empleada para el
desempeño de las relaciones diplomáticas .
¿UNA SOCIEDAD ENFERMA?
¿Es posible que toda una sociedad enferme, como desde un principio lo
hemos venido sosteniendo a través de estas páginas? ¿Es posible que la
generalidad de los seres humanos haya experimentado profundas
perturbaciones fisiológicas, psicológicas y sociales, y que un bajo
porcentaje de ellos intente mantenerse sano? ¿Existen, verdaderamente,
sujetos ‘cuerdos’? ¿Cómo puede enfermar toda una sociedad?
Tales interrogantes, presentes ya en la década de los 50, preocuparon
seriamente a Erich Fromm quien los abordó de manera acuciosa en su obra
intitulada, precisamente ‘The sane society’ (‘La sociedad sana’),
traducida impropiamente al castellano bajo el nombre de ‘Psicoanálisis
de la sociedad contemporánea’. No era el primero en hacerlo. Casi cuatro
siglos antes, Baruch Spinoza, el conocido filósofo holandés, se había
preguntado si acaso la avaricia y el deseo de acumular riquezas había o
no de ser considerado síntoma de una enfermedad social.
“Muchas personas se sienten poseídas de un mismo afecto con gran
persistencia. Todos sus sentidos están tan profundamente afectados por
un solo objeto, que creen que este objeto está presente aún cuando no lo
está. Si esto ocurre mientras la persona está despierta, se la cree
perturbada… Pero si la persona codiciosa sólo piensa en dinero y
riquezas, y la ambiciosa sólo en fama, no les consideramos
desequilibradas, sino únicamente molestas, y en general sentimos
desprecio hacia ellas. Pero en realidad la avaricia, la ambición, etc.,
son formas de locura, que habitualmente no las consideramos
‘enfermedades’” .
Si acaso una sociedad está o no enferma no es asunto fácil de
determinar. Exige, de parte del investigador, una selección previa del
instrumental que va a ocupar para tal propósito, en su generalidad,
integrado por conceptos, criterios, formas de medir, teorías.
La metodología empleada por Erich Fromm para acometer dicha tarea no es
otra que intentar establecer ciertas bases mínimas conceptuales sobre
las cuales apoyar los razonamientos. En su gran mayoría, las bases
consisten en palabras de uso frecuente y, por lo mismo, de significado
vago e impreciso, entre otras, ‘normal’, ‘sano’, ‘enfermo’. Para
precisarlas, propone Fromm seleccionar dos perspectivas o puntos de
vista desde los cuales observar el fenómeno y describirlo: uno consiste
en hacerlo a partir de la sociedad misma; el otro, desde el individuo
particular.
Desde la primera perspectiva, es decir, desde el punto de vista de la propia sociedad, sostiene Fromm que
“[…] una persona será llamada normal o sana si es capaz de cumplir con
el papel social que le toca desempeñar dentro de la sociedad dada” .
Desde la perspectiva del individuo, la situación se altera, no parece
ser la misma, pues la persona puede considerarse normal o sana si
“[…] alcanza el grado óptimo de expansión y felicidad individuales” .
Fromm afirma que ambas visiones no se corresponden en modo alguno.
Porque una persona puede cumplir a cabalidad con el rol social que ha de
desempeñar dentro de la sociedad y no encontrar grado suficiente alguno
de expansión o felicidad en ese acto; por el contrario, sí puede
alcanzarlo en el rechazo mismo al rol social que se le impone. Las
perspectivas indicadas, por consiguiente, parecen contraponerse, pues en
tanto la primera atiende al interés social sin considerar el
particular, la segunda privilegia normas y valores relativos a la
existencia particular y no de la sociedad.
Para encontrar las causas de esta contradicción, Fromm comienza por
retroceder a la infancia del individuo para examinar su proceso de
desarrollo. El proceso de desarrollo implica el ingreso en plenitud del
individuo a su grupo social; pero ese paso exige romper los lazos
originales que la unen a su madre y, por consiguiente, a la naturaleza.
Enfrenta, en ese momento, dos únicas alternativas: la primera lo conduce
a su integración plena a la sociedad, realizando sus valores humanos a
la vez que transformándose en ‘sujeto productivo’; la segunda le hace
vacilar, intentar la regresión imposible al útero materno, a un pasado
que ya no existe, situación que le provoca una adaptación completa o
parcial, aunque forzada, al grupo social. El individuo, en este caso,
sacrifica su verdadera personalidad, se adapta por completo a la
sociedad; pero si lo hace a medias, se torna ‘neurótico’. Fromm afirma
que la generalidad de los psiquiatras acepta, como supuesto indiscutible
de ‘normalidad’, la estructura adoptada por la propia sociedad. Para
dichos especialistas, continúa,
“[…] la persona no del todo adaptada lleva el estigma de individuo poco
valioso; por el contrario, suponen que la persona bien adaptada
socialmente es muy valiosa desde el punto de vista humano y personal. Si
diferenciamos los dos conceptos de normal y neurótico de la manera
indicada, llegamos a esta conclusión: la persona considerada normal en
razón de su buena adaptación, de su eficiencia social, es a menudo menos
sana que la neurótica, cuando se juzga según una escala de valores
humanos. Frecuentemente está bien adaptada tan solo porque se ha
despojado de su yo con el fin de transformarse, en mayor o menor grado,
en el tipo de persona que se cree se espera socialmente que ella debe
ser” .
Un individuo puede, pues,
“[…] establecer espontáneamente su conexión con el mundo en el amor y el
trabajo, en la expresión genuina de sus facultades emocionales,
sensitivas e intelectuales: de este modo volverá a unirse con la
humanidad, con la naturaleza y consigo mismo, sin despojarse de la
integridad e independencia de su yo individual. El otro camino que se le
ofrece es el de retroceder, abandonar su libertad y tratar de superar
la soledad eliminando la brecha que se ha abierto entre su personalidad
individual y el mundo” .
Pero en este último caso, el equilibrio biológico del ser humano se
altera. Una lucha implacable, aunque invisible, se libra entre el ente
social y el individuo que, generalmente, termina con la victoria de
aquel; el carácter del individuo se daña irremediablemente. Y mientras
la organización social prosigue su marcha victoriosa a través de la
historia, el sujeto particular inicia su proceso de adaptación. Para no
sufrir y destruirse en ese sufrimiento, emplea lo que algunos
investigadores modernos llaman ‘mecanismos de defensa’ y que Fromm
bautizara como ‘mecanismos de evasión’; estos mecanismos, al ser
empleados por el ser humano, moldean su manera de comportarse,
manifestándose externamente en la forma de ‘caracteres’. Sin embargo, no
dejan aquellos de ser peligrosas enfermedades tanto para quien las
contrae como para quienes se encuentran a su alrededor. El carácter
individual adquiere, en consecuencia, rasgos anómalos; no sucede de
manera diferente con el carácter social. El individuo enferma al compás
que enferma la sociedad. La anomalía se generaliza.
Una sociedad fagocitaria como la que existe, una sociedad que establece
el parasitismo como forma de vida normal, se ve vigorosamente
fortalecida con la aparición y consiguiente manifestación de algunos de
esos mecanismos. Tomas Ljungberg, en su obra ‘El ser humano, la cultura y
la evolución’ , incluye una tetralogía que resume en dos grandes
binomios, a saber, ‘integración / asimilación’ y capitulación /
sumisión’. En realidad, de una u otra manera, los estudios realizados
por los diferentes investigadores parecen coincidir unos con otros. En
lo que a nosotros se refiere, hemos preferido seguir en esta parte a
Erich Fromm, quien señala a tres de ellos como los más importantes:
1. El autoritarismo;
2. La destructividad; y,
3. El conformismo (o conformidad automática).
LOS MECANISMOS DE EVASIÓN COMO SOPORTES DEL MACROPARASITISMO
Si una sociedad ha sido organizada sobre la base de la dominación de
unos sobre otros, y los individuos que nacen en ella han de adaptarse a
ese modo de vida, ahogando los dictados de su verdadera personalidad,
tal sumisión no se consigue sin dolor. Empero, un dolor puede
enfrentarse, a menudo, a través del empleo de simples fórmulas
destinadas a evadir sus efectos. Entonces, el individuo no sólo elude el
sufrimiento que le ocasiona la pérdida o mutilación de su personalidad,
sino desarrolla hasta capacidad para asumir funciones destacadas dentro
de esa formación social. El carácter que adquiere robustece el
funcionamiento anómalo de la sociedad. Tal es la misión de los llamados
‘mecanismos de defensa’, o ‘mecanismos de evasión’, como los llama
Fromm. Refirámonos brevemente a cada uno de ellos.
1. El autoritarismo.
Puede definirse el autoritarismo como
“[…] la tendencia a abandonar la independencia del yo individual propio,
para fundirse con algo, o alguien, exterior a uno mismo, a fin de
adquirir la fuerza de que el yo individual carece” .
En verdad, el autoritarismo no es más que la forma normal de cómo se
manifiesta en un individuo la coexistencia de las tendencias sádica y
masoquista. Por consiguiente, el autoritarismo presenta dos aspectos que
marchan indisolublemente unidos: la sumisión y la dominación. Los
sujetos autoritarios pueden adoptar, indistintamente, una u otra
expresión; son dominadores a la vez que sumisos, por cuanto pueden
cambiar de una categoría a otra con extraordinaria facilidad. Una
persona sumisa puede aparecer, sorpresivamente, en el carácter de
dominadora del mismo modo que ésta puede hacerlo en el carácter de
sumisa.
El autoritarismo es la forma encubierta que presenta la acción conjunta
de sadismo, por una parte, y masoquismo, por otra; actuando
conjuntamente, ambas tendencias se expresan en el carácter de
sadomasoquistas. Decimos que el autoritarismo es la forma ‘normal’ de
manifestarse de ambas tendencias, para contraponerla a otro tipo
especial que es la perversión; ésta puede adquirir formas variadas y dar
origen a diferentes rasgos, muchos de los cuales es posible descubrir
en líderes empresariales y políticos dentro de las sociedades
democráticas. En el autoritarismo, ambas tendencias evidencian una forma
conjunta de existencia, una coexistencia. No pueden dejar de funcionar
acopladas la una a la otra.
Hay autoritarismo en el respeto desmedido a la autoridad, en el temor a
criticar al líder porque, precisamente, es líder; hay vínculos
sadomasoquistas en la relación rey / súbdito, base de la organización
social en muchos países de Europa. El sometimiento a la ‘majestad’ tanto
de los jefes o gobernantes como de las leyes e instituciones, o la
admiración hacia quienes se ubican en la cúspide de la pirámide
jerárquica de la sociedad, es una forma de relación sadomasoquista y,
por ende, autoritaria. También la hay en las relaciones que existen
entre los ‘famosos’, los editores de revistas y directores de programas
de TV, y el público que adquiere tales revistas o está obligado a
presenciar el desarrollo de tales programas.
El autoritarismo se explica por el sometimiento de una persona a ‘la
autoridad’, concepto que no debe ser vinculado exclusivamente a una
persona o a una institución; también puede manifestarse como el temor a
un dios, a una fuerza sobrenatural e, incluso, al deber como concepto
abstracto: “Plikten kallar” (‘el deber llama’), acostumbraba a recordar
un rey sueco a sus súbditos para señalarles la obligación imperiosa que
tenían de realizar su trabajo dentro de la sociedad. Este rasgo que
presenta el autoritarismo, el sometimiento que el sujeto autoritario
manifiesta hacia la autoridad, libra a éste de sus propios odios y
temores, le hace ocultar ante los demás su condición de sometido, le
evita la humillación de reconocer lo que es, al permitirle explicar
aquella como un deber. En la Biblia encuentra su más alta expresión en
la figura de Abraham sometido a la autoridad divina conduciendo a su
hijo Isaac al sacrificio.
No debe sorprender que el autoritarismo sea la forma más frecuente en que se manifiesta la ‘rebeldía’ o
“[…] tendencia a desafiar a la autoridad y a indignarse por toda intromisión «desde arriba»” .
Tampoco debe sorprender que exista, por lo mismo, una inclinación a
identificar esta conducta con la del ‘revolucionario’. Por regla
general, esta forma de autoritarismo se manifiesta en los ‘cambios’ de
ideas, más específicamente, en las personas que de ‘la izquierda’ se
pasan a ‘la derecha’. Dice, al respecto, Fromm:
“El carácter autoritario no es nunca revolucionario; preferiría llamarlo
rebelde. Hay muchos individuos y numerosos movimientos políticos que
confunden al observador superficial a causa de lo que parecería ser un
cambio inexplicable desde el izquierdismo a una forma extrema de
autoritarismo. Desde el punto de vista psicológico se trata de
‘rebeldes’ típicos” .
2. La destructividad.
La destructividad es otro de los mecanismos de evasión: es la tendencia
del individuo a eliminar personas o cosas que le ocasionan
tribulaciones. Comparándola con el autoritarismo ―y por lo mismo, con
las relaciones sadomasoquistas― Fromm expresa, al respecto:
“El sadismo tiene como fin incorporarme al objeto; la destructividad tiende a su eliminación” .
No existe, por consiguiente, en este caso, una suerte de coexistencia
entre las tendencias sádica y masoquista, sino el predominio absoluto de
una de ellas que conlleva a la destrucción de una persona u objeto.
El sujeto destructivo siempre se siente amenazado por el mundo exterior y
constantemente expresa su frustración por la vida. Está presente, en
él, la eventualidad del homicidio o del suicidio, cuando son las
personas quienes lo perturban; cuando son las cosas, puede traducirse en
un sujeto incendiario, el que golpea o destruye las cosas y el que
arroja el televisor por la ventana. Un sujeto destructivo no es más que
el producto de una vida no vivida.
3. El conformismo (o conformidad automática).
El conformismo no es sino una forma de mimetismo social. Puede
definírsele como una tendencia en virtud de la cual el individuo adopta
por completo el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas
culturales transformándose en un ser exactamente igual a todo el mundo y
tal como los demás esperan que sea. Es la forma o mecanismo de defensa o
de evasión que practica la mayoría de los individuos normales en la
moderna sociedad. Por supuesto que una persona conformista pocas veces
podrá mostrar ideas genuinas pues en ella ha desaparecido toda huella de
pensamiento crítico. Es un ser asimilado cuya racionalidad es
irracional, es una persona que intenta explicar de modo equívoco sus
actos. El conformista, para explicar su conducta, emplea una
justificación que se basa en supuestos racionales o realistas; sin
embargo, omite señalar que dichos supuestos se encuentran determinados
por factores irracionales o subjetivos. Ejemplo típico es el del
individuo que asiste a un acto público y aplaude al orador aunque no
haya escuchado lo que dice o no haya estado de acuerdo con sus palabras
y, consultado acerca de su proceder, responde que lo hizo por cortesía o
porque así lo hicieron los demás.
El conformista rara vez formula juicios acerca de la situación dentro de
la sociedad en que vive; se limita, apenas, a describirla de modo
extremadamente infantil: ‘bonita’, ‘buena’, ‘tranquila’. Y los hechos
nefastos que suceden dentro de la misma los explica como ‘cosas de la
vida’ o circunstancias ‘fortuitas que no ocurren todos los días’. Es una
persona convencida de ser sana y libre, que sus deberes como ser humano
están orientados al trabajo, a la familia y a votar para elegir sus
representantes cuando sea necesario. Corresponde a la forma que
corrientemente emplea el individuo para describir la sociedad en que
vive:
“La mayoría de la gente está convencida de que, mientras no se le
obligue a algo mediante la fuerza externa, sus decisiones le pertenecen,
y que si quiere algo, realmente es ella quien lo quiere. Pero se trata
tan solo de una de las grandes ilusiones que tenemos acerca de nosotros.
Gran número de nuestras decisiones no son realmente nuestras, sino que
nos han sido sugeridas desde afuera; hemos logrado persuadirnos a
nosotros mismos de que ellas son obra nuestra, mientras que, en
realidad, nos hemos limitado a ajustarnos a la expectativa de los demás,
impulsados por el miedo al aislamiento y por amenazas aún más directas
en contra de nuestra vida, libertad y conveniencia” .
Howard Bloom, que estudiara el funcionamiento del cerebro en forma global, va más allá, para sostener, incluso, que
“la realidad es una alucinación compartida” .
Así, pues, los mecanismos de defensa (evasión) no sólo han permitido la
inclusión del sujeto en la sociedad enferma, sino además la han
fortalecido. De esa manera, se ha podido completar el círculo
permitiéndose, así, la prolongación indefinida en el tiempo de las
formas macro parasitarias establecidas en la actual sociedad.
EL FUTURO DEL SISTEMA CAPITALISTA
Puede parecer hasta prosaico ―e, incluso, ramplón― aseverarlo en esta
parte, pero la misión fundamental de todo ser vivo, especie singular
dentro de los sistemas abiertos, no es otra que la de continuar
siéndolo. El ser vivo debe, antes de nada, conservar su calidad de tal,
persistir en sí mismo. Quien persiste en ser, continúa haciéndolo ―o
siéndolo―, expresa la regla de oro de la teoría de la organización:
‘esse persistere, in esse est’.
Persistir en lo que se es no significa sino, por una parte, el ejercicio
irrestricto de los mecanismos de defensa propios de los seres vivos;
por otra, y muy principalmente, la práctica exhaustiva de las funciones
de percepción y memoria. El almacenamiento y selección de la
información, función esta última imposible de realizar sin el mecanismo
del olvido, constituyen los elementos centrales de la adaptación de la
conducta a los cambios del medio. El ser vivo, a diferencia del sistema
físico (un termostato, una célula fotoeléctrica) practica el aprendizaje
o capacidad para reproducir las conductas que han permitido a otros de
su misma especie o de una diferente prolongar su existencia, capacidad
para no repetir aquellas que la ponen en peligro, y capacidad para
inventar nuevas y más elaboradas formas de subsistencia. En suma,
capacidad para emplear en beneficio propio la información que ha
almacenado. El aprendizaje es un proceso que tiene por finalidad la
construcción de comportamientos tanto individuales como colectivos.
Los organismos o seres vivos aprenden para sobrevivir y para
reproducirse. En consecuencia, se informan, almacenan, seleccionan,
comparan, deciden repetir una conducta o innovar en su caso, y actúan.
Colaboran, en ese sentido, al aprendizaje de aquellos un conjunto
especial de células cerebrales denominadas ‘células especulares’ o
células espejo’, donde radica el mecanismo de la mimesis o imitación /
repetición. La mimesis es, a menudo, necesaria. Imprescindible. Porque
es aconsejable la repetición de una conducta que ha permitido sobrevivir
a otros individuos de la misma especie.
El aprendizaje es un atributo de los seres vivos; por consiguiente,
también lo es de las estructuras sociales creadas por éstos. Un cuerpo
colectivo aprende del mismo modo que lo hace un cuerpo individual. Un
sistema social, como cuerpo colectivo que es, aprende, en consecuencia.
En ese sentido, el sistema capitalista no actúa de diferente manera a
como lo hacen las demás organizaciones humanas: aprende, al igual que
otras. Y ahí radica una de los principales escollos contra los que
pueden estrellarse los esfuerzos de uno o más movimientos sociales que
buscan modificarlo o reemplazarlo por otro. Porque un cuerpo (social o
individual) que aprende, raramente repite sus errores; el aprendizaje
consiste, precisamente, en no repetir conductas que resultan dañinas a
quien las ejecuta o, por su obviedad o predecibilidad, facilitan
cualquier eventual agresión externa contra el organismo. En el caso del
sistema capitalista, su aprendizaje no ha ido separado de las crisis
periódicas que experimenta. Es un hecho de sobra conocido que, a partir
de 1970 en adelante, tales crisis han superado con creces la llamada
‘Gran Depresión’ de principios del siglo pasado. Y, sin embargo, ninguna
de ellas ha producido los catastróficos efectos de su antecesora. Los
motivos de este cambio están estrechamente relacionados con el
aprendizaje. Porque así como el cuerpo de un individuo aprende a conocer
cómo se conducen sus propios órganos, también el cuerpo social,
constituido en sistema mundial, aprende el funcionamiento y naturaleza
de los suyos. Las crisis enseñan. El sistema capitalista aprende a
conocer el carácter valórico del dinero, sus formas variadas de
expresarse (monedas, lingotes de oro, acciones, bonos, convertibles y
demás títulos mobiliarios). El comportamiento de esos valores ya no
ocasiona hoy los problemas del pasado. La teoría del caos, la teoría de
las oscilaciones, la teoría de los estados inestables, el cálculo
probabilístico, el avance de las estadísticas, todos aquellos
instrumentos permiten hoy medir los fenómenos bursátiles, políticos, de
tránsito, de tiempo atmosférico y demás, logrando aproximaciones
notables; en algunas formaciones sociales, las clases dominantes han
hecho alarde, incluso, de una ‘ingeniería política’ que les permitiría
predecir el comportamiento de las masas y facilitar el control de las
mismas con medidas adecuadas. La comprensión de la naturaleza
psicológica de los valores permite, igualmente, a las clases dominantes,
recurrir al cierre de las bolsas cuando éstas experimentan turbulencias
violentas. El sistema capitalista ha aprendido de sus crisis
periódicas.
George Modelski que, junto a otros teóricos, sostiene la existencia de
un ‘sistema mundial’, entiende el fenómeno del capitalismo, simplemente,
como una fase más en la evolución de ese sistema mundial o, lo que es
igual, un aspecto en el desarrollo del aprendizaje en las relaciones
humanas. Por eso, en una de sus obras, no vacila en expresar lo
siguiente:
“El sistema mundial es la historia del aprendizaje para ser humano;
aprendizaje para vivir con los demás y hacerlo a escala ampliada dentro
de un marco global. Es la historia no de un movimiento guiado únicamente
por instinto o dirigido a un fin o designio específico sino a una
continua e ininterrumpida búsqueda y selección dentro de la variedad
generada por el proceso evolutivo” .
Entender de esa manera la evolución histórica del ser humano y de los
términos de intercambio que ha empleado a lo largo de su existencia
ayuda a una comprensión más vasta de los fenómenos sociales, pero puede
conducir, a la vez, a aceptar determinado sistema como un hecho por
entero ‘natural’, es decir, necesario e ineludible, lo que no es
efectivo. El sistema capitalista no es solamente un sistema de
dominación, sino que es un sistema macro parasitario. Que pueda aprender
no implica sea lo mejor para el ser humano. Que se perfeccione, cree su
propio bagaje de experiencias y prácticas cotidianas, que resuelva sus
contradicciones y se perpetúe, no significa en modo alguno que sea lo
más óptimo y conveniente para la especie humana. Por eso, no debe
extrañar que un intelectual, tan agudo como lo era Aldous Huxley, se
inquiete con suponer la eventual existencia de un sistema capitalista
dentro del cual la explotación no sólo sea tolerada, sino aceptada hasta
de buen grado por las clases sociales destinadas precisamente a
derribarlo.
Resta, con todo, responder a la pregunta de por qué el sistema
capitalista sigue existiendo y se perpetúa. Hay muchas explicaciones que
pueden darse, al respecto. No es éste el momento de tratarlas, a
sabiendas que todas ellas son de por sí relevantes. Permítasenos
coincidir, por el momento, al menos con una de esas, brillantemente
expuesta por André Gorz, a principios de la década del 60:
“El hecho de que, a pesar de la gravedad de sus contradicciones y de su
crisis, el sistema capitalista todavía no esté desacreditado, sino que
por el contrario pueda vanagloriarse de sus realizaciones sin temor al
ridículo, es directamente imputable a la insuficiencia de la teoría
marxista en occidente. Para los aparatos electorales y de clientela que
hacen las veces de ‘partidos de izquierda’ ante nosotros, la
investigación marxista y su popularización resultan un lujo inútil: la
teoría no permite ganar votos; plantea cuestiones molestas que es mejor
no evocar si es que uno quiere estar mañana en los mandos del Estado
capitalista tal como éste es. El resultado de esta falta de interés por
la investigación es que en ausencia de una crítica de fondo del sistema,
sólo se plantean cuestiones a corto plazo, solubles en el marco del
sistema. Se descarta así toda perspectiva de rebasamiento del
capitalismo. Y con ello resulta fortalecido el crédito del sistema y
afirmada su permanencia”
El sistema capitalista no es un sistema perfecto. Pero eso no significa,
en modo alguno que no pueda llegar a serlo. Cuando el sujeto o
individuo que vive en su interior no sólo consiente en su propia
explotación sino la defiende como el mejor de los sistemas, no se está
únicamente en presencia de una idiotización globalizada, tampoco frente a
una apoteosis de la perversión. La victoria de un sistema de dominación
que ha logrado convencer a las víctimas acerca de la necesidad de
contar con victimarios se ha hecho presente. Y eso es algo grave. Pero,
no nos inquietemos todavía. Es ésta una situación que aún no se presenta
en el carácter de conducta generalizada; aflora, más bien, a veces, en
el carácter de sentimiento ‘local’. Si así no fuese y, por el contrario,
comenzase a propagarse a lo largo y ancho de todo el planeta, pocos se
atreverían a negar que el sistema capitalista estaría en camino de
adquirir sus propios rasgos de perfección.
Estocolmo, septiembre de 2007.
La frase textual del libro de Tomas Ljungberg “Människan, Kulturen och
Evolutionen: ett alternativt perspektiv”, Editorial Exiris,
Kristianstad, 1991, pág. 477, es:
”Vi förstår inte de vita. De vill någonting, de är alltid oroliga, de
söker någonting. Vad söker de? Vi vet det inte. Vi kan inte förstå dem.
De har så skarpa näsor, så tunna grymma läppar, sådana streck i
ansiktet. Vi tror att allesammans är galna”.
En realidad, 20 o 30 años antes que Ludwig Von Bertalanffy, el
investigador Alexander Bogdanov ya había formulado en la Unión Soviética
una teoría similar, a la que llamó ‘tectónica’.
Von Bertalanffy, Ludwig: “Teoría general de los sistemas”, Fondo de
Cultura Económica S.A. de C.V., México, 1993, págs. XV y XVI.
Von Bertalanffy, Ludwig: Obra citada en (3), pág. 124.
Von Bertalanffy, Ludwig: Obra citada en (3), pág. 146.
El libro de James Lovelock fue publicado en España en 2006 bajo el título de ‘La venganza de la tierra’.
Von Bertalanffy, Ludwig: Obra citada en (3), pág. 46.
Diccionario de la Real Academia Española.
Capra, Fritjof: ‘El punto crucial’, Editorial Troquel S.A., Buenos Aires, 1982, pág. 148.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 135.
Sobre las formas diferentes de considerar la medicina en otras
culturas, véase de Susantha Goonatilake ‘Toward a global science’ y de
Robert K.G. Temple ‘China, land of discovery and invention’.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 135.
Barrow, John D.: ‘Teorías del todo’, Editorial Crítica, Barcelona, 2006, pág. 205.
Galeno, Claudio: Citado por John D. Barrow, nota 13.
Sobre lo que ha de entenderse por ‘propiedad’, véase nuestro trabajo ‘El concepto de unidad originaria’.
Margulis, Lynn y Sagan, Dorion: ‘¿Qué es la vida?’, Tusquets Editores S.A., Barcelona, 1996, pág. 96.
Margulis, Lynn y Sagan, Dorion: Obra citada en (16), pág. 96.
Véase la obra de Jared Diamond ‘Guns, Germs and steel’ cuya versión
sueca ‘Vete, Vapen och virus’ hemos tenido a la vista. Diamond sostiene,
a lo largo de todo su trabajo, la visión de vida conjunta que afecta a
todos los seres vivos.
Margalef, Ramón: ‘Ecología’, Ediciones Omega S.A., Barcelona, 1986,
pág. 386. Margalef es uno de los autores que la llama ‘biocenosis’.
Margalef, Ramón: Obra citada en (19). Margalef llama ‘agallas’ a las
‘hipertrofias o neoformaciones que aparecen en ciertas especies
vegetales’, pág. 532.
Mc Neill, William: ‘Plagues and Peoples’. La versión de esta obra que
hemos tenido a la vista está en sueco y su título es ‘Farsoterna i
historia’, Gidlunds Bokförlag AB, Malmö, 1985. Las citas que siguen a
continuación, y que se reproducen textualmente, han sido extraídas de
esa versión.
“Problemen med att undvika bli föda för någon annan organism är mindre
bekanta, till stor del beroende på att människan fruktan för större
rovdjur som lejon och vargar mycket tidigt avtog”.
Mc Neill, William: Obra citada en (21), pág. 13. La cita textual es:
”Mänskliga jägares fruktansvärda skicklighet utklassade mycket tidigt de
rivaliserande rovdjuren. Mänskligheten hamnade på så sätt på toppen av
näringskedjan med liten risk för att längre ätas upp av rovdjur. Men
under en lång tid därefter förblev högst sannolikt kanibalism en viktig
sida av utbytet mellan angränsande mänskliga samhällen. Detta satte de
framgångsrika mänskliga jägarna i nivå med lejon –eller vargflock”.
Mc Neill, William: Obra citada en (21), pág. 14. La cita textual es:
”Senare, när livsmedelproduktion blev grunden för visa samhällen, blev
en modulerad makroparasitism möjlig. En erövrare kunde ta maten från dem
som producerade den, och genom att själv konsumera den blev han en ny
sorts parasis på dem som utförde arbetet. I särskilt fruktbara områden
visade det sig t o m vara möjligt att upprätta ett jämförelsevis stabilt
mönster av detta slags makroparasitism människor emellan”.
Marx, Karl: ‘Contribución a la crítica de la economía política’, Editorial Progreso, Moscú, 1989, pág. 193.
Marx, Karl: Obra citada en (24), pág. 194.
Véase, sobre el particular, de Rianne Eisler ‘El cáliz y la espada’, publicado en Santiago por la Editorial Cuatro Vientos.
Véase la obra de Robin Dunbar ‘Grooming, gossip and the evolution of
language’. Existe una versión sueca de la obra, intitulada ‘Samling,
skväller och språkets uppkomst’.
Barbosa, Pedro y Letourneau, Deborah: ‘Novel aspects of insect-plant
interactions’, Wiley Press, Nueva York, 1988, pág.12. La cita textual
es:
“Paralleling the celebrated food web that links the various trophic levels of all communities is an allelochemical web”.
Mc Neill, William: Obra citada en (21), pág. 14. La cita textual es:
”De äldsta civilisationerna vilade i själva verket på möjligheten att ta
endast en del av skörden från de underkuvade samhällena och lämna
tillräckligt mycket kvar för att det plundrade samhället skulle överleva
år efter år. Civilisationens makroparasitiska grundval var kärv och
tydlig under de tidiga stadierna; först senare och gradvis fick de
ömsesidiga tjänsterna mellan stad och landsbygd tillräcklig betydelse
för att minska ensidigheten i skatteuppbörden. Men till att börja med
erhöll de hårt pressade bönderna, som närde präster och kungar och deras
bihang i städerna, föga eller ingenting i gengäld för de livsmedel de
lämnade, bortsett från ett någon osäkert skydd mot andra, mer
skrupelfria och kortsiktiga plundrare”.
Véase, de Jonathan Friedman, ‘Cultural Identity & Global Process’.
Véase, de Richard Brodie, ‘Virus of the mind’ y de James H. Brown,
‘Complexity’, en el libro ‘Complex Ecological Systems’, publicado por el
Instituto de Santa Fe.
Jessop, Bob: ‘State Theory: Putting capitalistic states in their
place’, Polity Press, Cambridge, 1990, pág. 28. La cita textual es:
“It examines the state as a system of political domination with specific effects on the class struggle”.
La cursiva es del autor.
Véanse las obras de Nicos Poulantzas ‘Poder político y clases sociales
en el estado capitalista’, ‘Las clases sociales en el capitalismo
actual’ y ‘Estado, poder y socialismo’.
Véase de Jack A. Goldstone, su obra ‘Revolution and rebellion in the early modern world’.
Véase la obra de André Gunder Franck, ‘The world system’.
Alberoni, Francesco: ’Genesi’, Garzanti Editore s.p.a., Milano, 1989, pág. 255. La cita textual es:
“Nelle istituzioni di rappresentanza sono solo i capi che possono
rappresentare il loro grupo, nessun altro. Non gli asserviti. Quindi con
la formalizzazione delle assemblee di secondo livello vi verrano
ammessi solo i capi. E chi sono questi? Coloro che dimostrano si essere
tali”.
Véase de Maja Björkman, Daniel Fleming, Anders Kjellberg, Lennart
Spång y Bengt Åberg ’Klasskamp och klasssamarbetspolitik i USA’.
Véase de Anders Kjellberg, Britta Malmgren y Niels Arnfred ’Stat och klasser under kapitalismen’.
Modelski, George: ‘World system evolution’, contenido en ‘World system
history’, varios autores, Routledge Editions, London, 2000, pág. 24. La
cita textual es:
“We therefore propose that world system history be examined in the first
place as an incident in the evolution of the human species, for world
system is one form of social organization kind can asume, and our task
is to flesh out the characteristics of that concept and its real world
references”.
Prigogine, Ilya: ‘Las leyes del caos’, Editorial Crítica, Barcelona, 1999, pág. 13.
Huxley, Aldous: ‘Un mundo feliz’, Plaza & Janés, S.A. Editores, Barcelona, 1980, págs. 14 y 15.
Existe un libro que resume los artículos de Arthur Koestler publicados
en la revista ‘Janus’. El libro se llama, precisamente, ‘Janus: a
summing up’.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 46.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 46 y 47.
Barnard, Christiaan: ‘Den levande maskinen’, Almqvist &Wiksell Förlag, Estocolmo, 1982, págs. 38 y 39.
Kraft, Ulrich: ‘Síndrome de agotamiento’, Revista ‘Mente y cerebro’,
no.19, julio/agosto de 2006, Prensa Científica S.A., Barcelona, págs. 26
y 29.
La expresión ‘la pauta que conecta’ la hemos tomado en el sentido exacto que la emplea Gregory Bateson en varias de sus obras.
Fromm, Erich: ‘Psicoanálisis de la sociedad contemporánea’, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1990, pág. 57.
Fromm, Erich: ‘El miedo a la libertad’, Ediciones Paidós Ibérica S.A., Barcelona, 1993, pág. 53.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 38.
Fromm, Erich: Obra citada en (48), pág. 66.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 47.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), págs. 53 y 54.
Dawkins, Richard: ‘El gen egoísta’, Salvat Editores S.A., Barcelona, 2002, págs. 107 y 108.
Un caso interesante que puede ilustrar bien este aspecto es el del
gaucho argentino, hombre libre que vivía una suerte de extrema libertad
en la pampa. Declarado fuera de la ley tras el proceso de unificación
del estado, en 1880, y el cercado de las haciendas de la pampa para
asegurar la propiedad del ganado, de hombre libre se convirtió el gaucho
en delincuente.
Spinoza, Baruch: ‘Ética’. La cita está tomada del libro de Erich Fromm citado en (49).
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 143.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 143.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 143.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 144 y 145.
Véase la obra citada en la primera nota de este ensayo (1), que tiene
un capítulo especial destinado a analizar los que llama mecanismos de
defensa y curación.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 146.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 169.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 170.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 178.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 195.
Véase de Howard Bloom su obra ‘Global Brain’. La cita corresponde al título de uno de los capítulos de su libro.
Modelski, George: Obra citada en (39), págs. 24 y25. La cita textual es:
“World system evolution is the story of human learning to be human;
learning to live with each other, and doing so on a large scale and in
global setting. It is the story not of a movement guided either solely
by instinct or direct toward a preordained end or design, but rather
that of a continual and continuing search and selection among variety
generated by evolutionary processes”.
Gorz, André: “Estrategia obrera y neocapitalismo”, Ediciones Era S.A., México, 1976, pág. 42.
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