16 jun 2012

III PARTE: ASPECTOS BIOLÓGICOS RELEVANTES EN LA EVOLUCIÓN DEL SISTEMA CAPITALISTA

Manuel Acuña Asenjo, Estocolmo, novienbre del 2007
LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS DEL SER HUMANO
Trastornos y formas de defensa dentro del sistema capitalista

Las enfermedades mentales constituyen un ejemplo elocuente de esta mecánica que hemos esbozado más arriba: un conjunto social enfermo puede ser considerado ‘normal’ por sus propios integrantes aún cuando no lo sea: para descubrir las anomalías que lo afectan se hace necesario indagar dentro de su estructura. Y encontrar en sus relaciones la llamada ‘pauta que conecta’.

Erich Fromm, cuyos trabajos se orientaron en torno a desarrollar el concepto de ‘carácter social’, enunciado ya en el siglo 19 por Karl Heinrich Marx en sus ‘Manuscritos económicos y filosóficos’, sostiene que gran parte de las enfermedades mentales del presente ha sido ocasionada por un hecho singular: la pérdida de la unidad originaria con la naturaleza.
“A causa de que no es vivido, sino que vive, a causa de haber perdido la unidad originaria con la naturaleza, tiene que tomar decisiones, tiene conciencia de sí mismo y de su vecino como personas diferentes. Y tiene que ser capaz de sentirse a sí mismo como sujeto de sus acciones. Como ocurre con las necesidades de relación, arraigo y trascendencia, esta necesidad de un sentimiento de identidad es tan vital e imperativa, que el hombre no podría estar sano si no encontrara un modo de satisfacerla. El sentimiento de identidad del hombre se desarrolló en el proceso para salir de los ‘vínculos primarios’ que ligan al hombre con la media y la naturaleza” .

La mención a la ‘unidad originaria’ no deja de ser interesante. Empleado no en el exacto sentido que le diera Karl Marx en su obra ‘Salario, precio y ganancia’, el concepto de Fromm se relaciona más bien con la individuación jungiana para la que fija una suerte de flecha que, como la del tiempo, se orienta sólo en dirección al futuro: la individuación ―impulsada por un sentimiento de identidad―conduce únicamente a la maduración como ser humano integral o a la angustia que le produce la imposibilidad de su retorno al pasado; según Fromm, en este último caso, el ser humano se ha de defender en el empleo de los llamados ‘mecanismos de evasión’ que, en psicodinámica son denominados ‘mecanismos de defensa’.
En efecto, fue Karl Gustav Jung, discípulo de Sigmund Freud, quien incorporó a la sicología el concepto de ‘individuación’, proceso que experimenta el ser humano en pos de adquirir su propia identidad como tal. Desde el punto de vista holístico, el proceso de individuación corresponde a lo que Arthur Koestler denomina ‘tendencia auto afirmante’ del holón.
“Cada paso hacia un mayor grado de individuación entraña para los hombres una amenaza de nuevas formas de inseguridad. Una vez cortados los vínculos primarios ya no es posible volverlos a unir; una vez perdido el paraíso, el hombre no puede volver a él. Hay tan solo una solución creadora posible que pueda fundamentar las relaciones entre el hombre individualizado y el mundo: su solidaridad con todos los hombres, y su actividad, trabajo y amor espontáneo, capaces de volverlo a unir con el mundo, no ya por medio de los vínculos primarios, sino salvando su carácter de individuo libre e independiente” .
Fromm distingue entre ‘razón’ e ‘inteligencia’. Esta última no lleva a la salud mental como aquella lo hace. Por el contrario: conduce al individuo a experimentar formas o mecanismos de evasión que le ayuden en la resolución de su drama; éstas no son otras que autoritarismo, destructividad y conformismo, formas a las que volveremos a referirnos más adelante.
La vida de todo ser humano, como la de la sociedad, recorre un sentido temporal; tiene una flecha, jamás vuelve atrás. No hay, pues, regresión al útero materno, a la seguridad que brinda la cercanía a la madre; no hay retorno a la candidez de la infancia, no hay retorno alguno a los vínculos primarios: el individuo madura o se evade de la realidad. No obstante, hay infinidad de aspectos que escapan a su voluntad. Porque los seres humanos no nacen independientes, aislados unos de otros, solos, suspendidos en el espacio. Pertenecen a una época y a un lugar determinados. Pertenecen, por consiguiente a una familia, a un entorno social que se encuentra asentado sobre un territorio. Ese entorno se llama, a veces, tribu; otras, clan, villa, pueblo, ciudad o nación. Aquel va a ser su teatro futuro de operaciones. Su escenario.
“Cuando nace un hombre se le fija un escenario. Debe comer y beber y, por ende, trabajar; ello significa que le será preciso trabajar en aquellas condiciones especiales y en aquellas determinadas formas que le impone el tipo de sociedad en la cual ha nacido” .
En esa sociedad, por consiguiente, se ha de individuar el ser humano; en esa sociedad construirá su carácter social, en ella enfermará o se convertirá en ser humano integral.
“Si el individuo está o no sano, no es primordialmente un asunto individual, sino que depende de la estructura de su sociedad. Una sociedad sana desarrolla la capacidad del hombre para amar a sus prójimos, para trabajar creadoramente, para desarrollar su razón y su objetividad, para mantener un sentimiento de sí mismo basado en el de sus propias capacidades productivas. Una sociedad insana es aquella que crea hostilidad mutua y recelos, que convierte al hombre en un instrumento de uso y explotación para otros, que lo priva de un sentimiento de sí mismo, salvo en la medida en que se someta a otros o se convierta en autómata” .
Construido sobre la base de la disolución de la unidad originaria y, por consiguiente, en el uso indiscriminado de la fuerza sobre el conjunto social para obligar a aceptar la situación de privilegio de las clases parasitarias, el sistema capitalista poco o nada puede ofrecer al vendedor de fuerza o capacidad de trabajo cuando no sea su sometimiento o claudicación. Un grupo de sujetos altamente competitivos, con fuertes sentimientos de autoafirmación, se hacen cargo de someter a sus designios a la sociedad entera. Los parásitos invaden el cuerpo social, propagan la excelsitud de sus ideas, extraen plusvalor, explotan; la sociedad se infecta, se enferma y enferma a sus células.
“Un exceso de autoafirmación se manifiesta en la forma de poder, control y dominación de los demás por la fuerza; de hecho éste es el modelo que predomina en nuestra sociedad. El poder político y económico está en manos de una clase dominante constituida; las jerarquías sociales siguen una línea racista y sexista y la violación se ha convertido en la metáfora central de nuestra cultura ―violación de mujeres, de grupos minoritarios y de la tierra misma―” .
Toda sociedad se reproduce doblemente: por una parte, lo hace en el carácter de tal, como cuerpo único organizado; por otra, se reproduce en cada uno de sus componentes. Si no es capaz de brindar lo que cada individuo requiere para su plena realización como ser humano, los problemas no dejarán de afluir a ella.
“[…] si las condiciones económicas, sociales y políticas de las que depende todo el proceso de individuación humano, no ofrecen una base para la realización de la individualidad en el sentido que se acaba de señalar, en tanto que, al propio tiempo, se priva a los individuos de aquellos vínculos que le otorgaban seguridad, la falta de sincronización (lag) que de ello resulta transforma la libertad en una carga insoportable” .

LOS TRASTORNOS SOCIALES DEL SER HUMANO

Cuando un grupo humano se establece en determinada región del planeta, crea su propio entorno; entonces, los individuos que lo componen adoptan una forma de expresión o lenguaje común a todos ellos, una forma de comportarse similar, una forma de vida peculiar, hábitos o costumbres locales, en suma, una cultura particular. Las agrupaciones humanas se forman como unidades locales, a veces una junto a la otra, a veces separadas por grandes distancias. La construcción de las naciones modernas debió, por ende, realizarse tras un sangriento y feroz proceso de unificación de grupos, orientado a crear una identidad nacional de todas ellas en el carácter de común denominador.
La diversidad, no obstante, es la cualidad inmanente que presenta una naturaleza que no repite sus obras. Dondequiera que se establezcan grupos humanos, incluso dentro de una misma nación, comienza un proceso creciente de diferenciación individual, necesario e ineludible. Los seres humanos se organizan según gustos, costumbres, opiniones, aptitudes; también, por efectos del imperio del modo de producción, se escinden de acuerdo a los intereses que los guía. Así, no es extraño que la segregación se produzca entre clases sociales y se separen los sectores antagónicos, tomando distancia unos de otros para desempeñar a cabalidad el rol social que les compete. Los barrios, entonces, se segregan. Aquellos en donde viven las clases adineradas no nacen por simple casualidad; tampoco por el simple capricho o acción de los advenedizos que intentan igualar sus estilos de vida con los de esas, sino porque las clases sociales cumplen funciones sociales.
Los barrios de los ricos se desarrollan con rapidez: sus municipios, poderosos, les aseguran privilegios de los que no gozan las demás clases. Los colegios y centros de enseñanza superior se establecen en los sectores adecuados para que los hijos de los dominadores puedan adquirir la educación necesaria destinada a reproducir su clase o fracción de clase; también allí se instalan los grandes centros comerciales donde se expenden los productos de alta calidad. El dinero llama al dinero; se va, del mismo modo, donde el dinero se encuentra.
No sucede de igual manera con los barrios en donde habitan los sectores populares, que marchan a la zaga de los acontecimientos: allí proliferan las escuelas públicas, con locales insalubres y profesores mal pagados: la clase de los vendedores de fuerza o capacidad de trabajo debe reproducirse a la manera que lo dictamina el estado en su carácter de organizador político de las clases dominantes y desorganizador político de las clases dominadas.
Las sociedades en donde se desarrolla lo que Richard Dawkins denomina ‘tipo de jerarquía dominante’, es decir, aquellas escindidas en clases, experimentan un proceso casi mecánico de reproducción: los estamentos dominantes fabrican vástagos cuya misión ha de ser dominar a los demás, en tanto los sectores dominados lo hacen con una producción de individuos que van a someterse a la voluntad de aquellos.
“No es necesario suponer que los individuos se reconozcan unos a otros”,
expresa Dawkins.
“Lo que sucede es que los individuos que están acostumbrados a ganar tienden a tener más posibilidades de ganar, mientras que aquellos individuos que están acostumbrados a perder se tornan cada vez más propicios a perder” .
En los períodos en que las empresas, por razones derivadas de un mayor incremento de la competitividad, deben aumentar la velocidad de rotación del capital, el tiempo que el vendedor de fuerza o capacidad de trabajo ―o, también, productor directo―, dedica a la atención de su familia se reduce. El hogar del pobre, a diferencia del que posee el rico, no tiene quien cuide de la prole; los vástagos del dominado quedan solos en casa, a merced de quienes buscan, por razones de penurias económicas, hacer dinero fácil en la venta de la droga o el ejercicio de la prostitución. La delincuencia aumenta. Y, como es natural, se nutre de segmentos provenientes de las clases dominadas. Los reclusos que llenan las cárceles no provienen de los estratos de altos ingresos, sino de los sectores marginales. Y es que las clases dominantes, acostumbradas a dirigir, mandan a los miembros de otros estamentos a cometer sus delitos; no por algo se dice de aquellas que, cuando necesitan delinquir, lo hacen con mano ajena. Las clases dominantes pocas veces cometen directamente delitos contra las personas, sino se orientan preferentemente a la trasgresión económica, es decir, estafas, exacciones, desfalcos, quiebras fraudulentas, malversaciones. Sin embargo, lo usual es que estos sectores se apropien de la pertenencia ajena por vías legales: las clases altas dictan leyes en su beneficio que les permiten acceder a los dineros de los dominados, obligándolos a depositar sus sueldos en los bancos que poseen, se apoderan de las empresas y servicios estatales en virtud de la privatización, crean reglamentos que los indemnizan cuando son desplazados de los cargos públicos que desempeñan, establecen sueldos para sí mismas que superan con creces los montos establecidos para el obrero o empleado e, incluso, se auto consagran privilegios en el ordenamiento jurídico. La imposibilidad de sancionar a los presidentes, comandantes en jefe de las fuerzas armadas, parlamentarios, las limitaciones impuestas a la libertad de expresión para proferir acusaciones contra aquellos, constituyen una de las tantas vías empleadas por las clases dominantes para asegurar su dominación.
El aumento de la violencia es uno de los rasgos más distintivos de una sociedad escindida en clases. Se origina en un amplio cúmulo de factores entre los que podemos señalar el aumento de la velocidad en la rotación del capital. Los sujetos se tornan agresivos. Esa conducta fortalece la competencia. Aunque torne violenta a la sociedad. El mal trato entre los seres humanos se hace frecuente; los pocos casos de cordialidad se dan bajo el estigma de la hipocresía, forma habitual empleada para el desempeño de las relaciones diplomáticas .

¿UNA SOCIEDAD ENFERMA?

¿Es posible que toda una sociedad enferme, como desde un principio lo hemos venido sosteniendo a través de estas páginas? ¿Es posible que la generalidad de los seres humanos haya experimentado profundas perturbaciones fisiológicas, psicológicas y sociales, y que un bajo porcentaje de ellos intente mantenerse sano? ¿Existen, verdaderamente, sujetos ‘cuerdos’? ¿Cómo puede enfermar toda una sociedad?
Tales interrogantes, presentes ya en la década de los 50, preocuparon seriamente a Erich Fromm quien los abordó de manera acuciosa en su obra intitulada, precisamente ‘The sane society’ (‘La sociedad sana’), traducida impropiamente al castellano bajo el nombre de ‘Psicoanálisis de la sociedad contemporánea’. No era el primero en hacerlo. Casi cuatro siglos antes, Baruch Spinoza, el conocido filósofo holandés, se había preguntado si acaso la avaricia y el deseo de acumular riquezas había o no de ser considerado síntoma de una enfermedad social.
“Muchas personas se sienten poseídas de un mismo afecto con gran persistencia. Todos sus sentidos están tan profundamente afectados por un solo objeto, que creen que este objeto está presente aún cuando no lo está. Si esto ocurre mientras la persona está despierta, se la cree perturbada… Pero si la persona codiciosa sólo piensa en dinero y riquezas, y la ambiciosa sólo en fama, no les consideramos desequilibradas, sino únicamente molestas, y en general sentimos desprecio hacia ellas. Pero en realidad la avaricia, la ambición, etc., son formas de locura, que habitualmente no las consideramos ‘enfermedades’” .
Si acaso una sociedad está o no enferma no es asunto fácil de determinar. Exige, de parte del investigador, una selección previa del instrumental que va a ocupar para tal propósito, en su generalidad, integrado por conceptos, criterios, formas de medir, teorías.
La metodología empleada por Erich Fromm para acometer dicha tarea no es otra que intentar establecer ciertas bases mínimas conceptuales sobre las cuales apoyar los razonamientos. En su gran mayoría, las bases consisten en palabras de uso frecuente y, por lo mismo, de significado vago e impreciso, entre otras, ‘normal’, ‘sano’, ‘enfermo’. Para precisarlas, propone Fromm seleccionar dos perspectivas o puntos de vista desde los cuales observar el fenómeno y describirlo: uno consiste en hacerlo a partir de la sociedad misma; el otro, desde el individuo particular.
Desde la primera perspectiva, es decir, desde el punto de vista de la propia sociedad, sostiene Fromm que
“[…] una persona será llamada normal o sana si es capaz de cumplir con el papel social que le toca desempeñar dentro de la sociedad dada” .
Desde la perspectiva del individuo, la situación se altera, no parece ser la misma, pues la persona puede considerarse normal o sana si
“[…] alcanza el grado óptimo de expansión y felicidad individuales” .
Fromm afirma que ambas visiones no se corresponden en modo alguno. Porque una persona puede cumplir a cabalidad con el rol social que ha de desempeñar dentro de la sociedad y no encontrar grado suficiente alguno de expansión o felicidad en ese acto; por el contrario, sí puede alcanzarlo en el rechazo mismo al rol social que se le impone. Las perspectivas indicadas, por consiguiente, parecen contraponerse, pues en tanto la primera atiende al interés social sin considerar el particular, la segunda privilegia normas y valores relativos a la existencia particular y no de la sociedad.
Para encontrar las causas de esta contradicción, Fromm comienza por retroceder a la infancia del individuo para examinar su proceso de desarrollo. El proceso de desarrollo implica el ingreso en plenitud del individuo a su grupo social; pero ese paso exige romper los lazos originales que la unen a su madre y, por consiguiente, a la naturaleza. Enfrenta, en ese momento, dos únicas alternativas: la primera lo conduce a su integración plena a la sociedad, realizando sus valores humanos a la vez que transformándose en ‘sujeto productivo’; la segunda le hace vacilar, intentar la regresión imposible al útero materno, a un pasado que ya no existe, situación que le provoca una adaptación completa o parcial, aunque forzada, al grupo social. El individuo, en este caso, sacrifica su verdadera personalidad, se adapta por completo a la sociedad; pero si lo hace a medias, se torna ‘neurótico’. Fromm afirma que la generalidad de los psiquiatras acepta, como supuesto indiscutible de ‘normalidad’, la estructura adoptada por la propia sociedad. Para dichos especialistas, continúa,
“[…] la persona no del todo adaptada lleva el estigma de individuo poco valioso; por el contrario, suponen que la persona bien adaptada socialmente es muy valiosa desde el punto de vista humano y personal. Si diferenciamos los dos conceptos de normal y neurótico de la manera indicada, llegamos a esta conclusión: la persona considerada normal en razón de su buena adaptación, de su eficiencia social, es a menudo menos sana que la neurótica, cuando se juzga según una escala de valores humanos. Frecuentemente está bien adaptada tan solo porque se ha despojado de su yo con el fin de transformarse, en mayor o menor grado, en el tipo de persona que se cree se espera socialmente que ella debe ser” .
Un individuo puede, pues,
“[…] establecer espontáneamente su conexión con el mundo en el amor y el trabajo, en la expresión genuina de sus facultades emocionales, sensitivas e intelectuales: de este modo volverá a unirse con la humanidad, con la naturaleza y consigo mismo, sin despojarse de la integridad e independencia de su yo individual. El otro camino que se le ofrece es el de retroceder, abandonar su libertad y tratar de superar la soledad eliminando la brecha que se ha abierto entre su personalidad individual y el mundo” .
Pero en este último caso, el equilibrio biológico del ser humano se altera. Una lucha implacable, aunque invisible, se libra entre el ente social y el individuo que, generalmente, termina con la victoria de aquel; el carácter del individuo se daña irremediablemente. Y mientras la organización social prosigue su marcha victoriosa a través de la historia, el sujeto particular inicia su proceso de adaptación. Para no sufrir y destruirse en ese sufrimiento, emplea lo que algunos investigadores modernos llaman ‘mecanismos de defensa’ y que Fromm bautizara como ‘mecanismos de evasión’; estos mecanismos, al ser empleados por el ser humano, moldean su manera de comportarse, manifestándose externamente en la forma de ‘caracteres’. Sin embargo, no dejan aquellos de ser peligrosas enfermedades tanto para quien las contrae como para quienes se encuentran a su alrededor. El carácter individual adquiere, en consecuencia, rasgos anómalos; no sucede de manera diferente con el carácter social. El individuo enferma al compás que enferma la sociedad. La anomalía se generaliza.
Una sociedad fagocitaria como la que existe, una sociedad que establece el parasitismo como forma de vida normal, se ve vigorosamente fortalecida con la aparición y consiguiente manifestación de algunos de esos mecanismos. Tomas Ljungberg, en su obra ‘El ser humano, la cultura y la evolución’ , incluye una tetralogía que resume en dos grandes binomios, a saber, ‘integración / asimilación’ y capitulación / sumisión’. En realidad, de una u otra manera, los estudios realizados por los diferentes investigadores parecen coincidir unos con otros. En lo que a nosotros se refiere, hemos preferido seguir en esta parte a Erich Fromm, quien señala a tres de ellos como los más importantes:
1. El autoritarismo;
2. La destructividad; y,
3. El conformismo (o conformidad automática).

LOS MECANISMOS DE EVASIÓN COMO SOPORTES DEL MACROPARASITISMO

Si una sociedad ha sido organizada sobre la base de la dominación de unos sobre otros, y los individuos que nacen en ella han de adaptarse a ese modo de vida, ahogando los dictados de su verdadera personalidad, tal sumisión no se consigue sin dolor. Empero, un dolor puede enfrentarse, a menudo, a través del empleo de simples fórmulas destinadas a evadir sus efectos. Entonces, el individuo no sólo elude el sufrimiento que le ocasiona la pérdida o mutilación de su personalidad, sino desarrolla hasta capacidad para asumir funciones destacadas dentro de esa formación social. El carácter que adquiere robustece el funcionamiento anómalo de la sociedad. Tal es la misión de los llamados ‘mecanismos de defensa’, o ‘mecanismos de evasión’, como los llama Fromm. Refirámonos brevemente a cada uno de ellos.
1. El autoritarismo.
Puede definirse el autoritarismo como
“[…] la tendencia a abandonar la independencia del yo individual propio, para fundirse con algo, o alguien, exterior a uno mismo, a fin de adquirir la fuerza de que el yo individual carece” .
En verdad, el autoritarismo no es más que la forma normal de cómo se manifiesta en un individuo la coexistencia de las tendencias sádica y masoquista. Por consiguiente, el autoritarismo presenta dos aspectos que marchan indisolublemente unidos: la sumisión y la dominación. Los sujetos autoritarios pueden adoptar, indistintamente, una u otra expresión; son dominadores a la vez que sumisos, por cuanto pueden cambiar de una categoría a otra con extraordinaria facilidad. Una persona sumisa puede aparecer, sorpresivamente, en el carácter de dominadora del mismo modo que ésta puede hacerlo en el carácter de sumisa.
El autoritarismo es la forma encubierta que presenta la acción conjunta de sadismo, por una parte, y masoquismo, por otra; actuando conjuntamente, ambas tendencias se expresan en el carácter de sadomasoquistas. Decimos que el autoritarismo es la forma ‘normal’ de manifestarse de ambas tendencias, para contraponerla a otro tipo especial que es la perversión; ésta puede adquirir formas variadas y dar origen a diferentes rasgos, muchos de los cuales es posible descubrir en líderes empresariales y políticos dentro de las sociedades democráticas. En el autoritarismo, ambas tendencias evidencian una forma conjunta de existencia, una coexistencia. No pueden dejar de funcionar acopladas la una a la otra.
Hay autoritarismo en el respeto desmedido a la autoridad, en el temor a criticar al líder porque, precisamente, es líder; hay vínculos sadomasoquistas en la relación rey / súbdito, base de la organización social en muchos países de Europa. El sometimiento a la ‘majestad’ tanto de los jefes o gobernantes como de las leyes e instituciones, o la admiración hacia quienes se ubican en la cúspide de la pirámide jerárquica de la sociedad, es una forma de relación sadomasoquista y, por ende, autoritaria. También la hay en las relaciones que existen entre los ‘famosos’, los editores de revistas y directores de programas de TV, y el público que adquiere tales revistas o está obligado a presenciar el desarrollo de tales programas.
El autoritarismo se explica por el sometimiento de una persona a ‘la autoridad’, concepto que no debe ser vinculado exclusivamente a una persona o a una institución; también puede manifestarse como el temor a un dios, a una fuerza sobrenatural e, incluso, al deber como concepto abstracto: “Plikten kallar” (‘el deber llama’), acostumbraba a recordar un rey sueco a sus súbditos para señalarles la obligación imperiosa que tenían de realizar su trabajo dentro de la sociedad. Este rasgo que presenta el autoritarismo, el sometimiento que el sujeto autoritario manifiesta hacia la autoridad, libra a éste de sus propios odios y temores, le hace ocultar ante los demás su condición de sometido, le evita la humillación de reconocer lo que es, al permitirle explicar aquella como un deber. En la Biblia encuentra su más alta expresión en la figura de Abraham sometido a la autoridad divina conduciendo a su hijo Isaac al sacrificio.
No debe sorprender que el autoritarismo sea la forma más frecuente en que se manifiesta la ‘rebeldía’ o
“[…] tendencia a desafiar a la autoridad y a indignarse por toda intromisión «desde arriba»” .
Tampoco debe sorprender que exista, por lo mismo, una inclinación a identificar esta conducta con la del ‘revolucionario’. Por regla general, esta forma de autoritarismo se manifiesta en los ‘cambios’ de ideas, más específicamente, en las personas que de ‘la izquierda’ se pasan a ‘la derecha’. Dice, al respecto, Fromm:
“El carácter autoritario no es nunca revolucionario; preferiría llamarlo rebelde. Hay muchos individuos y numerosos movimientos políticos que confunden al observador superficial a causa de lo que parecería ser un cambio inexplicable desde el izquierdismo a una forma extrema de autoritarismo. Desde el punto de vista psicológico se trata de ‘rebeldes’ típicos” .
2. La destructividad.
La destructividad es otro de los mecanismos de evasión: es la tendencia del individuo a eliminar personas o cosas que le ocasionan tribulaciones. Comparándola con el autoritarismo ―y por lo mismo, con las relaciones sadomasoquistas― Fromm expresa, al respecto:
“El sadismo tiene como fin incorporarme al objeto; la destructividad tiende a su eliminación” .
No existe, por consiguiente, en este caso, una suerte de coexistencia entre las tendencias sádica y masoquista, sino el predominio absoluto de una de ellas que conlleva a la destrucción de una persona u objeto.
El sujeto destructivo siempre se siente amenazado por el mundo exterior y constantemente expresa su frustración por la vida. Está presente, en él, la eventualidad del homicidio o del suicidio, cuando son las personas quienes lo perturban; cuando son las cosas, puede traducirse en un sujeto incendiario, el que golpea o destruye las cosas y el que arroja el televisor por la ventana. Un sujeto destructivo no es más que el producto de una vida no vivida.
3. El conformismo (o conformidad automática).
El conformismo no es sino una forma de mimetismo social. Puede definírsele como una tendencia en virtud de la cual el individuo adopta por completo el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas culturales transformándose en un ser exactamente igual a todo el mundo y tal como los demás esperan que sea. Es la forma o mecanismo de defensa o de evasión que practica la mayoría de los individuos normales en la moderna sociedad. Por supuesto que una persona conformista pocas veces podrá mostrar ideas genuinas pues en ella ha desaparecido toda huella de pensamiento crítico. Es un ser asimilado cuya racionalidad es irracional, es una persona que intenta explicar de modo equívoco sus actos. El conformista, para explicar su conducta, emplea una justificación que se basa en supuestos racionales o realistas; sin embargo, omite señalar que dichos supuestos se encuentran determinados por factores irracionales o subjetivos. Ejemplo típico es el del individuo que asiste a un acto público y aplaude al orador aunque no haya escuchado lo que dice o no haya estado de acuerdo con sus palabras y, consultado acerca de su proceder, responde que lo hizo por cortesía o porque así lo hicieron los demás.
El conformista rara vez formula juicios acerca de la situación dentro de la sociedad en que vive; se limita, apenas, a describirla de modo extremadamente infantil: ‘bonita’, ‘buena’, ‘tranquila’. Y los hechos nefastos que suceden dentro de la misma los explica como ‘cosas de la vida’ o circunstancias ‘fortuitas que no ocurren todos los días’. Es una persona convencida de ser sana y libre, que sus deberes como ser humano están orientados al trabajo, a la familia y a votar para elegir sus representantes cuando sea necesario. Corresponde a la forma que corrientemente emplea el individuo para describir la sociedad en que vive:
“La mayoría de la gente está convencida de que, mientras no se le obligue a algo mediante la fuerza externa, sus decisiones le pertenecen, y que si quiere algo, realmente es ella quien lo quiere. Pero se trata tan solo de una de las grandes ilusiones que tenemos acerca de nosotros. Gran número de nuestras decisiones no son realmente nuestras, sino que nos han sido sugeridas desde afuera; hemos logrado persuadirnos a nosotros mismos de que ellas son obra nuestra, mientras que, en realidad, nos hemos limitado a ajustarnos a la expectativa de los demás, impulsados por el miedo al aislamiento y por amenazas aún más directas en contra de nuestra vida, libertad y conveniencia” .
Howard Bloom, que estudiara el funcionamiento del cerebro en forma global, va más allá, para sostener, incluso, que
“la realidad es una alucinación compartida” .
Así, pues, los mecanismos de defensa (evasión) no sólo han permitido la inclusión del sujeto en la sociedad enferma, sino además la han fortalecido. De esa manera, se ha podido completar el círculo permitiéndose, así, la prolongación indefinida en el tiempo de las formas macro parasitarias establecidas en la actual sociedad.

EL FUTURO DEL SISTEMA CAPITALISTA

Puede parecer hasta prosaico ―e, incluso, ramplón― aseverarlo en esta parte, pero la misión fundamental de todo ser vivo, especie singular dentro de los sistemas abiertos, no es otra que la de continuar siéndolo. El ser vivo debe, antes de nada, conservar su calidad de tal, persistir en sí mismo. Quien persiste en ser, continúa haciéndolo ―o siéndolo―, expresa la regla de oro de la teoría de la organización: ‘esse persistere, in esse est’.
Persistir en lo que se es no significa sino, por una parte, el ejercicio irrestricto de los mecanismos de defensa propios de los seres vivos; por otra, y muy principalmente, la práctica exhaustiva de las funciones de percepción y memoria. El almacenamiento y selección de la información, función esta última imposible de realizar sin el mecanismo del olvido, constituyen los elementos centrales de la adaptación de la conducta a los cambios del medio. El ser vivo, a diferencia del sistema físico (un termostato, una célula fotoeléctrica) practica el aprendizaje o capacidad para reproducir las conductas que han permitido a otros de su misma especie o de una diferente prolongar su existencia, capacidad para no repetir aquellas que la ponen en peligro, y capacidad para inventar nuevas y más elaboradas formas de subsistencia. En suma, capacidad para emplear en beneficio propio la información que ha almacenado. El aprendizaje es un proceso que tiene por finalidad la construcción de comportamientos tanto individuales como colectivos.
Los organismos o seres vivos aprenden para sobrevivir y para reproducirse. En consecuencia, se informan, almacenan, seleccionan, comparan, deciden repetir una conducta o innovar en su caso, y actúan. Colaboran, en ese sentido, al aprendizaje de aquellos un conjunto especial de células cerebrales denominadas ‘células especulares’ o células espejo’, donde radica el mecanismo de la mimesis o imitación / repetición. La mimesis es, a menudo, necesaria. Imprescindible. Porque es aconsejable la repetición de una conducta que ha permitido sobrevivir a otros individuos de la misma especie.
El aprendizaje es un atributo de los seres vivos; por consiguiente, también lo es de las estructuras sociales creadas por éstos. Un cuerpo colectivo aprende del mismo modo que lo hace un cuerpo individual. Un sistema social, como cuerpo colectivo que es, aprende, en consecuencia. En ese sentido, el sistema capitalista no actúa de diferente manera a como lo hacen las demás organizaciones humanas: aprende, al igual que otras. Y ahí radica una de los principales escollos contra los que pueden estrellarse los esfuerzos de uno o más movimientos sociales que buscan modificarlo o reemplazarlo por otro. Porque un cuerpo (social o individual) que aprende, raramente repite sus errores; el aprendizaje consiste, precisamente, en no repetir conductas que resultan dañinas a quien las ejecuta o, por su obviedad o predecibilidad, facilitan cualquier eventual agresión externa contra el organismo. En el caso del sistema capitalista, su aprendizaje no ha ido separado de las crisis periódicas que experimenta. Es un hecho de sobra conocido que, a partir de 1970 en adelante, tales crisis han superado con creces la llamada ‘Gran Depresión’ de principios del siglo pasado. Y, sin embargo, ninguna de ellas ha producido los catastróficos efectos de su antecesora. Los motivos de este cambio están estrechamente relacionados con el aprendizaje. Porque así como el cuerpo de un individuo aprende a conocer cómo se conducen sus propios órganos, también el cuerpo social, constituido en sistema mundial, aprende el funcionamiento y naturaleza de los suyos. Las crisis enseñan. El sistema capitalista aprende a conocer el carácter valórico del dinero, sus formas variadas de expresarse (monedas, lingotes de oro, acciones, bonos, convertibles y demás títulos mobiliarios). El comportamiento de esos valores ya no ocasiona hoy los problemas del pasado. La teoría del caos, la teoría de las oscilaciones, la teoría de los estados inestables, el cálculo probabilístico, el avance de las estadísticas, todos aquellos instrumentos permiten hoy medir los fenómenos bursátiles, políticos, de tránsito, de tiempo atmosférico y demás, logrando aproximaciones notables; en algunas formaciones sociales, las clases dominantes han hecho alarde, incluso, de una ‘ingeniería política’ que les permitiría predecir el comportamiento de las masas y facilitar el control de las mismas con medidas adecuadas. La comprensión de la naturaleza psicológica de los valores permite, igualmente, a las clases dominantes, recurrir al cierre de las bolsas cuando éstas experimentan turbulencias violentas. El sistema capitalista ha aprendido de sus crisis periódicas.
George Modelski que, junto a otros teóricos, sostiene la existencia de un ‘sistema mundial’, entiende el fenómeno del capitalismo, simplemente, como una fase más en la evolución de ese sistema mundial o, lo que es igual, un aspecto en el desarrollo del aprendizaje en las relaciones humanas. Por eso, en una de sus obras, no vacila en expresar lo siguiente:
“El sistema mundial es la historia del aprendizaje para ser humano; aprendizaje para vivir con los demás y hacerlo a escala ampliada dentro de un marco global. Es la historia no de un movimiento guiado únicamente por instinto o dirigido a un fin o designio específico sino a una continua e ininterrumpida búsqueda y selección dentro de la variedad generada por el proceso evolutivo” .
Entender de esa manera la evolución histórica del ser humano y de los términos de intercambio que ha empleado a lo largo de su existencia ayuda a una comprensión más vasta de los fenómenos sociales, pero puede conducir, a la vez, a aceptar determinado sistema como un hecho por entero ‘natural’, es decir, necesario e ineludible, lo que no es efectivo. El sistema capitalista no es solamente un sistema de dominación, sino que es un sistema macro parasitario. Que pueda aprender no implica sea lo mejor para el ser humano. Que se perfeccione, cree su propio bagaje de experiencias y prácticas cotidianas, que resuelva sus contradicciones y se perpetúe, no significa en modo alguno que sea lo más óptimo y conveniente para la especie humana. Por eso, no debe extrañar que un intelectual, tan agudo como lo era Aldous Huxley, se inquiete con suponer la eventual existencia de un sistema capitalista dentro del cual la explotación no sólo sea tolerada, sino aceptada hasta de buen grado por las clases sociales destinadas precisamente a derribarlo.
Resta, con todo, responder a la pregunta de por qué el sistema capitalista sigue existiendo y se perpetúa. Hay muchas explicaciones que pueden darse, al respecto. No es éste el momento de tratarlas, a sabiendas que todas ellas son de por sí relevantes. Permítasenos coincidir, por el momento, al menos con una de esas, brillantemente expuesta por André Gorz, a principios de la década del 60:
“El hecho de que, a pesar de la gravedad de sus contradicciones y de su crisis, el sistema capitalista todavía no esté desacreditado, sino que por el contrario pueda vanagloriarse de sus realizaciones sin temor al ridículo, es directamente imputable a la insuficiencia de la teoría marxista en occidente. Para los aparatos electorales y de clientela que hacen las veces de ‘partidos de izquierda’ ante nosotros, la investigación marxista y su popularización resultan un lujo inútil: la teoría no permite ganar votos; plantea cuestiones molestas que es mejor no evocar si es que uno quiere estar mañana en los mandos del Estado capitalista tal como éste es. El resultado de esta falta de interés por la investigación es que en ausencia de una crítica de fondo del sistema, sólo se plantean cuestiones a corto plazo, solubles en el marco del sistema. Se descarta así toda perspectiva de rebasamiento del capitalismo. Y con ello resulta fortalecido el crédito del sistema y afirmada su permanencia”
El sistema capitalista no es un sistema perfecto. Pero eso no significa, en modo alguno que no pueda llegar a serlo. Cuando el sujeto o individuo que vive en su interior no sólo consiente en su propia explotación sino la defiende como el mejor de los sistemas, no se está únicamente en presencia de una idiotización globalizada, tampoco frente a una apoteosis de la perversión. La victoria de un sistema de dominación que ha logrado convencer a las víctimas acerca de la necesidad de contar con victimarios se ha hecho presente. Y eso es algo grave. Pero, no nos inquietemos todavía. Es ésta una situación que aún no se presenta en el carácter de conducta generalizada; aflora, más bien, a veces, en el carácter de sentimiento ‘local’. Si así no fuese y, por el contrario, comenzase a propagarse a lo largo y ancho de todo el planeta, pocos se atreverían a negar que el sistema capitalista estaría en camino de adquirir sus propios rasgos de perfección.

Estocolmo, septiembre de 2007.

La frase textual del libro de Tomas Ljungberg “Människan, Kulturen och Evolutionen: ett alternativt perspektiv”, Editorial Exiris, Kristianstad, 1991, pág. 477, es:
”Vi förstår inte de vita. De vill någonting, de är alltid oroliga, de söker någonting. Vad söker de? Vi vet det inte. Vi kan inte förstå dem. De har så skarpa näsor, så tunna grymma läppar, sådana streck i ansiktet. Vi tror att allesammans är galna”.
En realidad, 20 o 30 años antes que Ludwig Von Bertalanffy, el investigador Alexander Bogdanov ya había formulado en la Unión Soviética una teoría similar, a la que llamó ‘tectónica’.
Von Bertalanffy, Ludwig: “Teoría general de los sistemas”, Fondo de Cultura Económica S.A. de C.V., México, 1993, págs. XV y XVI.
Von Bertalanffy, Ludwig: Obra citada en (3), pág. 124.
Von Bertalanffy, Ludwig: Obra citada en (3), pág. 146.
El libro de James Lovelock fue publicado en España en 2006 bajo el título de ‘La venganza de la tierra’.
Von Bertalanffy, Ludwig: Obra citada en (3), pág. 46.
Diccionario de la Real Academia Española.
Capra, Fritjof: ‘El punto crucial’, Editorial Troquel S.A., Buenos Aires, 1982, pág. 148.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 135.
Sobre las formas diferentes de considerar la medicina en otras culturas, véase de Susantha Goonatilake ‘Toward a global science’ y de Robert K.G. Temple ‘China, land of discovery and invention’.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 135.
Barrow, John D.: ‘Teorías del todo’, Editorial Crítica, Barcelona, 2006, pág. 205.
Galeno, Claudio: Citado por John D. Barrow, nota 13.
Sobre lo que ha de entenderse por ‘propiedad’, véase nuestro trabajo ‘El concepto de unidad originaria’.
Margulis, Lynn y Sagan, Dorion: ‘¿Qué es la vida?’, Tusquets Editores S.A., Barcelona, 1996, pág. 96.
Margulis, Lynn y Sagan, Dorion: Obra citada en (16), pág. 96.
Véase la obra de Jared Diamond ‘Guns, Germs and steel’ cuya versión sueca ‘Vete, Vapen och virus’ hemos tenido a la vista. Diamond sostiene, a lo largo de todo su trabajo, la visión de vida conjunta que afecta a todos los seres vivos.
Margalef, Ramón: ‘Ecología’, Ediciones Omega S.A., Barcelona, 1986, pág. 386. Margalef es uno de los autores que la llama ‘biocenosis’.
Margalef, Ramón: Obra citada en (19). Margalef llama ‘agallas’ a las ‘hipertrofias o neoformaciones que aparecen en ciertas especies vegetales’, pág. 532.
Mc Neill, William: ‘Plagues and Peoples’. La versión de esta obra que hemos tenido a la vista está en sueco y su título es ‘Farsoterna i historia’, Gidlunds Bokförlag AB, Malmö, 1985. Las citas que siguen a continuación, y que se reproducen textualmente, han sido extraídas de esa versión.
“Problemen med att undvika bli föda för någon annan organism är mindre bekanta, till stor del beroende på att människan fruktan för större rovdjur som lejon och vargar mycket tidigt avtog”.
Mc Neill, William: Obra citada en (21), pág. 13. La cita textual es:
”Mänskliga jägares fruktansvärda skicklighet utklassade mycket tidigt de rivaliserande rovdjuren. Mänskligheten hamnade på så sätt på toppen av näringskedjan med liten risk för att längre ätas upp av rovdjur. Men under en lång tid därefter förblev högst sannolikt kanibalism en viktig sida av utbytet mellan angränsande mänskliga samhällen. Detta satte de framgångsrika mänskliga jägarna i nivå med lejon –eller vargflock”.
Mc Neill, William: Obra citada en (21), pág. 14. La cita textual es:
”Senare, när livsmedelproduktion blev grunden för visa samhällen, blev en modulerad makroparasitism möjlig. En erövrare kunde ta maten från dem som producerade den, och genom att själv konsumera den blev han en ny sorts parasis på dem som utförde arbetet. I särskilt fruktbara områden visade det sig t o m vara möjligt att upprätta ett jämförelsevis stabilt mönster av detta slags makroparasitism människor emellan”.
Marx, Karl: ‘Contribución a la crítica de la economía política’, Editorial Progreso, Moscú, 1989, pág. 193.
Marx, Karl: Obra citada en (24), pág. 194.
Véase, sobre el particular, de Rianne Eisler ‘El cáliz y la espada’, publicado en Santiago por la Editorial Cuatro Vientos.
Véase la obra de Robin Dunbar ‘Grooming, gossip and the evolution of language’. Existe una versión sueca de la obra, intitulada ‘Samling, skväller och språkets uppkomst’.
Barbosa, Pedro y Letourneau, Deborah: ‘Novel aspects of insect-plant interactions’, Wiley Press, Nueva York, 1988, pág.12. La cita textual es:
“Paralleling the celebrated food web that links the various trophic levels of all communities is an allelochemical web”.
Mc Neill, William: Obra citada en (21), pág. 14. La cita textual es:
”De äldsta civilisationerna vilade i själva verket på möjligheten att ta endast en del av skörden från de underkuvade samhällena och lämna tillräckligt mycket kvar för att det plundrade samhället skulle överleva år efter år. Civilisationens makroparasitiska grundval var kärv och tydlig under de tidiga stadierna; först senare och gradvis fick de ömsesidiga tjänsterna mellan stad och landsbygd tillräcklig betydelse för att minska ensidigheten i skatteuppbörden. Men till att börja med erhöll de hårt pressade bönderna, som närde präster och kungar och deras bihang i städerna, föga eller ingenting i gengäld för de livsmedel de lämnade, bortsett från ett någon osäkert skydd mot andra, mer skrupelfria och kortsiktiga plundrare”.
Véase, de Jonathan Friedman, ‘Cultural Identity & Global Process’.
Véase, de Richard Brodie, ‘Virus of the mind’ y de James H. Brown, ‘Complexity’, en el libro ‘Complex Ecological Systems’, publicado por el Instituto de Santa Fe.
Jessop, Bob: ‘State Theory: Putting capitalistic states in their place’, Polity Press, Cambridge, 1990, pág. 28. La cita textual es:
“It examines the state as a system of political domination with specific effects on the class struggle”.
La cursiva es del autor.
Véanse las obras de Nicos Poulantzas ‘Poder político y clases sociales en el estado capitalista’, ‘Las clases sociales en el capitalismo actual’ y ‘Estado, poder y socialismo’.
Véase de Jack A. Goldstone, su obra ‘Revolution and rebellion in the early modern world’.
Véase la obra de André Gunder Franck, ‘The world system’.
Alberoni, Francesco: ’Genesi’, Garzanti Editore s.p.a., Milano, 1989, pág. 255. La cita textual es:
“Nelle istituzioni di rappresentanza sono solo i capi che possono rappresentare il loro grupo, nessun altro. Non gli asserviti. Quindi con la formalizzazione delle assemblee di secondo livello vi verrano ammessi solo i capi. E chi sono questi? Coloro che dimostrano si essere tali”.
Véase de Maja Björkman, Daniel Fleming, Anders Kjellberg, Lennart Spång y Bengt Åberg ’Klasskamp och klasssamarbetspolitik i USA’.
Véase de Anders Kjellberg, Britta Malmgren y Niels Arnfred ’Stat och klasser under kapitalismen’.
Modelski, George: ‘World system evolution’, contenido en ‘World system history’, varios autores, Routledge Editions, London, 2000, pág. 24. La cita textual es:
“We therefore propose that world system history be examined in the first place as an incident in the evolution of the human species, for world system is one form of social organization kind can asume, and our task is to flesh out the characteristics of that concept and its real world references”.
Prigogine, Ilya: ‘Las leyes del caos’, Editorial Crítica, Barcelona, 1999, pág. 13.
Huxley, Aldous: ‘Un mundo feliz’, Plaza & Janés, S.A. Editores, Barcelona, 1980, págs. 14 y 15.
Existe un libro que resume los artículos de Arthur Koestler publicados en la revista ‘Janus’. El libro se llama, precisamente, ‘Janus: a summing up’.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 46.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 46 y 47.
Barnard, Christiaan: ‘Den levande maskinen’, Almqvist &Wiksell Förlag, Estocolmo, 1982, págs. 38 y 39.
Kraft, Ulrich: ‘Síndrome de agotamiento’, Revista ‘Mente y cerebro’, no.19, julio/agosto de 2006, Prensa Científica S.A., Barcelona, págs. 26 y 29.
La expresión ‘la pauta que conecta’ la hemos tomado en el sentido exacto que la emplea Gregory Bateson en varias de sus obras.
Fromm, Erich: ‘Psicoanálisis de la sociedad contemporánea’, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1990, pág. 57.
Fromm, Erich: ‘El miedo a la libertad’, Ediciones Paidós Ibérica S.A., Barcelona, 1993, pág. 53.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 38.
Fromm, Erich: Obra citada en (48), pág. 66.
Capra, Fritjof: Obra citada en (9), pág. 47.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), págs. 53 y 54.
Dawkins, Richard: ‘El gen egoísta’, Salvat Editores S.A., Barcelona, 2002, págs. 107 y 108.
Un caso interesante que puede ilustrar bien este aspecto es el del gaucho argentino, hombre libre que vivía una suerte de extrema libertad en la pampa. Declarado fuera de la ley tras el proceso de unificación del estado, en 1880, y el cercado de las haciendas de la pampa para asegurar la propiedad del ganado, de hombre libre se convirtió el gaucho en delincuente.
Spinoza, Baruch: ‘Ética’. La cita está tomada del libro de Erich Fromm citado en (49).
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 143.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 143.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 143.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 144 y 145.
Véase la obra citada en la primera nota de este ensayo (1), que tiene un capítulo especial destinado a analizar los que llama mecanismos de defensa y curación.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 146.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 169.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 170.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 178.
Fromm, Erich: Obra citada en (49), pág. 195.
Véase de Howard Bloom su obra ‘Global Brain’. La cita corresponde al título de uno de los capítulos de su libro.
Modelski, George: Obra citada en (39), págs. 24 y25. La cita textual es:
“World system evolution is the story of human learning to be human; learning to live with each other, and doing so on a large scale and in global setting. It is the story not of a movement guided either solely by instinct or direct toward a preordained end or design, but rather that of a continual and continuing search and selection among variety generated by evolutionary processes”.
Gorz, André: “Estrategia obrera y neocapitalismo”, Ediciones Era S.A., México, 1976, pág. 42.

Publicado el : |2007-11-04|






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