Manuel Acuña Asenjo - Estocolmo, septiembre de 2007
La sociedad chilena esta organizada de manera
piramidal, perfectamente jerarquizada, con un estado fuerte y fuerzas
armadas dispuestas a actuar como garantes de la institucionalidad; su
dirección se realiza desde el estado ―no del gobierno, como generalmente
se cree―, y es ejercida a través de un bloque en el poder que resume en
sí el conjunto de clases y fracciones de clase dominantes existentes en
el país.
Este bloque es, a su vez, conducido por la clase o fracción de
clase dominante cuyos intereses han de protegerse preferentemente por
sobre los demás. En Chile correspondería a una fracción de la llamada
clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo en su
expresión orientada al comercio del dinero. No debe olvidarse que es
tarea de la banca el ejercicio de tal función.
Una
sociedad no puede ser juzgada con el solo mérito de enumerar ciertas y
determinadas tendencias que se manifiestan, a menudo, mayoritariamente
en su interior. Antes bien, es necesario desnudar sus veleidades,
separar conductas y grupos humanos, explicar comportamientos, determinar
causas y efectos, buscar, en suma, el por qué, cómo, cuándo, dónde y
para qué de los fenómenos. De otra manera, se corre el riesgo de
formular juicios ligeros, fáciles, originados más en factores
emocionales que racionales.
Durante diecisiete años ha vivido Chile bajo la conducción política de
una alianza de partidos denominada ‘Concertación’; es un período tan
largo como el que permaneció bajo el yugo de la dictadura militar.
Sumadas ambas eras se extiende una longitud de tiempo bastante extensa,
suficiente como para sepultar a toda una generación y permitir la
emergencia de otra. No puede desconocerse la existencia de un cambio
significativo en el paso de una época a otra, que no puede explicarse
únicamente en la simple modificación de una ‘forma de régimen’ o, si se
quiere, la expresión jurídico/política del estado; hay un cambio
profundo que cruza verticalmente a toda la sociedad chilena.
Pero, cuidado. Afirmar que existe un cambio profundo no implica en modo
alguno sostener que el pasado ―y todo su acervo cultural―, ha quedado
atrás o se encuentra abolido; por el contrario: las sociedades no
solamente viven bajo la amenaza siempre cierta de su ‘venganza’, sino de
la reafirmación sorpresiva de los valores que arrastra consigo. Porque
el pasado puede imponerse en el presente haciendo valer esos respectos,
bajo otras circunstancias, en diferentes condiciones, con nuevos
actores.
Las sociedades se reproducen en sus componentes individuales;
consecuentemente, también lo hacen en su composición global: se
reproducen ellas mismas como un todo. Por eso, las nuevas generaciones
toman en sus manos la conducción social, muchas veces, bajo el estigma
del pasado; ello es particularmente efectivo tratándose de sociedades
organizadas bajo modos de producción que se presentan en el carácter de
modos de dominación, como sucede con la sociedad capitalista.
No deja de ser deplorable que así también ocurra en la sociedad chilena,
manifiestamente capitalista, profundamente escindida en clases sociales
que se enfrentan a diario en el carácter de grupos dominantes y grupos
dominados. Cuando esa sociedad se reproduce, lo hace en cada uno de sus
segmentos y de manera global: las clases dominantes producen vástagos,
criados y educados para dominar; las clases dominadas entregan
únicamente fuerza o capacidad de trabajo, obreros, pobladores,
estamentos que no sólo han de vender su energía corporal a aquellas,
sino deberán obedecerlas y respetarlas y, por consiguiente, obedecer y
respetar a sus representantes máximos en la ‘escena política’ nacional
que son los gobernantes y demás estratos estatales.
Ocurre, no obstante, que las clases dominantes también controlan las
veleidades de los sectores dominados en virtud de la dominancia de su
propia ideología: sus ideas son las ideas que imperan en el seno de los
sectores dominados. Entonces, se hace presente un sinfín de elementos
que permite explicar por qué, a menudo, una sociedad ―y sus elementos―
se comporta de determinada manera.
La sociedad chilena esta organizada de manera piramidal, perfectamente
jerarquizada, con un estado fuerte y fuerzas armadas dispuestas a actuar
como garantes de la institucionalidad; su dirección se realiza desde el
estado ―no del gobierno, como generalmente se cree―, y es ejercida a
través de un bloque en el poder que resume en sí el conjunto de clases y
fracciones de clase dominantes existentes en el país. Este bloque es, a
su vez, conducido por la clase o fracción de clase dominante cuyos
intereses han de protegerse preferentemente por sobre los demás. En
Chile correspondería a una fracción de la llamada clase de los
compradores de fuerza o capacidad de trabajo en su expresión orientada
al comercio del dinero. No debe olvidarse que es tarea de la banca el
ejercicio de tal función.
Dentro del bloque en el poder hay, además, otras clases que se organizan
en la práctica política. Ellas son las clases ‘reinante’, ‘mantenedora’
y ‘apoyo’, siendo la primera el conjunto de estamentos gubernamentales
(presidente, ministros, parlamentarios) que actúan en la vida política
del país y se desempeñan, a la vez, en el carácter de ‘actores’ dentro
de la escena política nacional; la clase ‘mantenedora’ es el conjunto de
individuos que se desempeñan en las empresas o servicios del estado y
respaldan las decisiones de los gobernantes o de sus superiores porque
así protegen su propia estabilidad; finalmente, se encuentra la clase
‘apoyo’ constituida, en primer lugar, por organismos aparentemente
independientes que, sin embargo, no lo son pues dependen ―en verdad― de
los recursos estatales (las ONG, la CUT) y, en segundo, por personajes y
empresas que venden sus servicios al estado (consultores, contratistas,
distribuidores), dependiendo de esos negocios tanto para vivir como
para mantener su posición social. Tanto las clases ‘mantenedora’ como
‘apoyo’, a diferencia de la clase ‘reinante’ que lo hace por convicción,
actúan por conveniencia o por temor; ejercitan lo que podemos denominar
‘colaboración capitalista’.
En una formación social cualquiera, las ‘personalidades’ y las
‘figuras’, en general, están constituidas por sujetos elevados a la
categoría de tales por la dinámica misma de su desarrollo. Son, por
consiguiente, individuos estrechamente vinculados a las esferas del
poder, en algunos casos nacidos y criados al amparo de las
organizaciones estatales y/o empresariales. No por algo cumplen a
cabalidad el rol que la sociedad les asigna. Las ‘personalidades’ y las
‘figuras’ actúan de la manera exacta a como deben hacerlo, sin arriesgar
en lo más mínimo la conservación de la estructura social; no por algo
se comportan del modo que espera de ellas el propio conjunto social.
Pertenecen, por lo mismo, al estamento de las clases ‘mantenedoras’ del
estado: la preocupación primordial que las motiva es velar celosamente
por la mantención de sus vínculos con los sectores dominantes del estado
y del empresariado, manantiales de donde brotan sus ingresos. No puede,
pues, esperarse de ellas otra conducta que la del silencio frente a las
demandas de los sectores dominados. Como integrantes de las clases
‘mantenedoras’ del estado no cumple una función diferente a la de éste
que es la de desorganizar políticamente a las clases dominadas a la vez
que organizar políticamente a las clases dominantes.
Por eso, y sin el menor ánimo de restar mérito al excelente artículo de
Antonio Gil, publicado en el periódico ‘La Nación’ el 16 del presente,
bajo el título de ‘El dolor de ya no ser’, quisiéramos discrepar de la
decepción que exterioriza frente a la pasividad de sujetos que otrora
protestaron ante las injusticias y desigualdades sociales. Porque no es
este un fenómeno nuevo sino, por el contrario, bastante antiguo.
Numerosos otros individuos antes de los que menciona el articulista
adoptaron idéntica conducta. Erich Fromm, a quien llamara la atención el
hecho, concluyó que se trata de individuos autoritarios con fuertes
tendencias sadomasoquistas, cuya militancia en organizaciones de diversa
índole (ejército, partidos políticos, organizaciones deportivas) oculta
su verdadero drama. Así, en una de sus obras expresa:
“El carácter autoritario no es nunca revolucionario; preferiría llamarlo
rebelde. Hay muchos individuos y numerosos movimientos políticos que
confunden al observador superficial a causa de lo que parecería ser un
cambio inexplicable desde el izquierdismo a una forma extrema de
autoritarismo. Desde el punto de vista psicológico se trata de
‘rebeldes’ típicos”.
¿Puede sorprender, acaso, que esos ‘rebeldes’, luego de militar en
organizaciones populares y luchar por la defensa de los derechos de los
oprimidos, con el transcurso de los años y de la situación nacional,
entonen loas al empresariado y a la vertical estructura de la sociedad?
Por eso, tampoco nos parece muy exacto nuestro buen articulista cuando, a
propósito de quienes antes protestaban y hoy callan, afirma
enfáticamente:
“Ocurre que nadie ha venido al relevo”.
“No ha habido una generación de recambio”.
Que nos excuse Antonio Gil, nuevamente; esta vez, por interpretarlo: no
necesitamos ‘relevo’ ni ‘recambio’ de esos sujetos, y estamos ciertos
que tampoco él los desea porque su intención no ha sido otra que poner
la mano en la llaga de otros asuntos. Y no deja de ser curioso que hace
casi dos años, en otros términos, se haya referido a tales asuntos el
senador Alejandro Navarro, en una entrevista que le hiciera un diario de
la capital. Dice, al respecto, Antonio Gil:
“Es imperativo que existan en toda sociedad voces críticas, fuertes,
estridentes incluso, desaforadas, molestas y odiosas para muchos. Voces
que la gente de a pie escuche y respete como algo que le pertenece”.
Coincidamos en la necesidad de ese imperativo. Pero no en sus causas.
No es que ‘no ha habido una generación de recambio’ ni ‘que nadie ha
venido al relevo’. Eso es por entero falso. Existe hoy un impresionante
contingente de articulistas, teóricos, analistas, capaces de elevar sus
voces críticas no sólo a lo largo y ancho de la geografía de toda la
nación chilena, sino además, en otras formaciones sociales donde aún
permanecen exiliados algunos compatriotas o se siguen exiliando otros,
solos o con sus familias. Los elementos que han impedido la emergencia
de tan críticas voces pueden resumirse en dos: las limitaciones
impuestas a la libertad de expresión y el control estricto aplicado a
los medios de comunicación por la ideología dominante. ¿Podría
suponerse, siquiera, que periódicos como ‘El Mercurio’ y ‘La Tercera’
aceptarían publicar las opiniones de voces disidentes, ajenas a la
Alianza por Chile y a la Concertación, voces desconocidas en Chile,
alejadas del mundo del espectáculo y de las personalidades, sin vínculos
con padrinos políticos o empresariales? ¿Podría suponerse que tal haría
el diario ‘La Nación’? ¿Y qué decir de los canales de Televisión, de
‘La Cuarta’ o ‘Las Ultimas Noticias’? A confirmar estas dudas, quisiera
traer a colación lo que le sucedió al autor de estas líneas hace algunos
años atrás cuando intentó, vanamente, por cierto, obtener que el diario
‘La Nación’ le publicase una simple mención a la publicación de un
libro que había escrito en homenaje al fenecido líder del que fuera
MAPU, Rodrigo Ambrosio. Esa mención jamás se hizo; es más, el
recibimiento al autor de estas líneas fue propio del ‘frío e impersonal
mundo del dinero’.
¿Qué no hay críticos ni teóricos capaces de afrontar este nuevo
instante en el desarrollo histórico de la nación chilena? La afirmación
aquella parece un tanto antojadiza. ¿Qué decir, entonces, de toda
aquella legión de comentaristas que, desplazados de los medios formales
del sistema (escritos, orales y de imágenes), entregan sus opiniones en
periódicos digitales como lo son www.lainsignia.org, www.rebelion.org,
www.elmostrador.cl, www.argenpress.info, www.continente.nu,
www.lafuna.nu, www.elclarin.cl, www.nodo.org, www.abelsamir.com, etc?
Estas páginas de Internet no solamente existen hoy, sino se fortalecen a
diario en la publicación de torrentes de artículos críticos al sistema y
el ejercicio constante de la cooperación, pese al ataque sistemático y
artero de hackers que parecen haber hecho del silenciamiento de la
crítica y de la defensa del sistema vigente su profesión. ¿Y qué decir
de todos otros medios de difusión, la prensa popular formal e informal,
entre otros, ‘Punto Final’, ‘El Siglo’ y demás, cuyos nombres
―numerosos, por cierto― se nos escapan, radios, revistas, libros (de
confección barata) que circulan en las poblaciones marginales, editados
por los sindicatos, comunidades nativas, agrupaciones sociales,
asambleas o comités de derechos humanos, federaciones estudiantiles?
También en todas esas publicaciones hay analistas y críticos serios que
se pronuncian a cada momento sobre el acontecer nacional.
Por eso rechazamos la afirmación implícita de no existir contenida en
ese artículo. Somos un grupo que no es ya grupo sino movimiento que no
intenta ser organización ni estructura formal alguna, en perpetuo
crecimiento. Existimos. Somos. Nos doblamos, incluso. Aumentamos de
tamaño al compás que aumentan también en número quienes protestan
verbalmente o por escrito. Nos ampliamos, nos desarrollamos en
progresión aritmética a veces, otras en progresión geométrica. Nos
multiplicamos en forma exponencial porque, se quiera o no aceptar, se
considere o no demagógico decirlo, representamos hoy lo que será el
futuro. Somos la esperanza que da vida, dentro de un sistema que conduce
al exterminio a gran parte de la humanidad y que parece solazarse y
encontrar gozo en aquel monstruoso grito del general español Millán
Astray: ‘¡Viva la muerte!’ Somos hoy y mañana, a la vez. Y también somos
pasado en busca de ser futuro. Por eso existimos y actuamos. Por eso,
no podemos desaparecer ni desapareceremos. Aunque se nos cierren las
puertas, se nos desprecie, se nos aisle y humille.
No nos parece acertado, por consiguiente, afirmar la no existencia de
generaciones de recambio alternativas a los señores que gobiernan, o
indigencia teórica en los sectores populares más de la que existe en los
sectores oficiales. Lo que sí podría afirmarse, especialmente por
quienes vivimos en las regiones nórdicas donde operan democracias en las
cuales sí es posible enjuiciar a los estamentos estatales (gobernantes,
parlamentarios) por corruptos y formular acusaciones por doquier, es
que, luego de diecisiete años de gobierno concertacionista no están
dadas aún las condiciones en Chile para el establecimiento de una plena
democracia. Mucho menos, para hacer realidad aquella libertad de prensa a
la que se refería Henrik Ibsen cuando le confesaba a un amigo:
“Quisiera tener un diario escrito por el pueblo”.
Este artículo ha sido entregado a mi amigo Abel Samir con la intención
que lo envíe, para su publicación, al diario ‘La Nación’. Tenemos la
convicción que no será publicado en ese rotativo o, en caso de serlo, es
posible que se releguen algunos de sus renglones a la sección ‘Cartas
al Director’; por ningún motivo se le otorgará idéntico tratamiento al
artículo que provocó su redacción. Como así ha de suceder efectivamente,
será éste un argumento más para agregar a la larga lista de
arbitrariedades cometidas al amparo del estado en estos diecisiete años
de ‘democracia’ por las ‘personalidades’ y ‘figuras’ que deberían elevar
su voz para proteger a los desamparados.
Estocolmo, septiembre de 2007
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