Manuel Acuña Asenjo - Estocolmo, noviembre del 2007
II PARTE: El sistema capitalista y su acción sobre el cuerpo humano
NATURALEZA DEL SISTEMA CAPITALISTA EN SU ASPECTO CONTRACTUAL
El sistema capitalista es un sistema, una estructura típica, cuyos
componentes, al disponerse de determinada manera, adoptan también
determinada configuración. Puede parecer demasiado obvio ―e, incluso,
hasta reduccionista― la aseveración según la cual el sistema capitalista
está caracterizado por el amplio predominio del capital en el
funcionamiento cotidiano de una formación social.
Podría, incluso,
resultar demasiado evidente sostener que no podría existir capitalismo
sin capital; y, no obstante, una sociedad capitalista es tal por el
simple hecho de ser el capital un componente de su esencia. Por eso, el
carácter capitalista de una sociedad constituye un problema conceptual:
la sociedad capitalista ha de contener capital y, consecuentemente,
personas que lo poseen (capitalistas) y quienes no lo poseen (no
capitalistas). Sin embargo, y a pesar de esta aparente obviedad, no está
de más insistir en ello, toda vez que, en discusiones ya pasadas, hubo
quienes llegaron a sostener la posibilidad de organizar una sociedad
dentro de la cual circulase el capital pero no operasen los
capitalistas; era el basamento que se necesitaba para afirmar que hasta
sería posible terminar con los capitalistas sin tocar en modo alguno al
capital.
‘Capital’ es un concepto, al igual que muchas
otras construcciones gramaticales. Bajo esa denominación se hace
referencia a un valor que surge sólo cuando se da la concurrencia de
tres presupuestos centrales. El primero de ellos es la existencia
contrapuesta de dos actores sociales ―a saber, comprador y vendedor de
fuerza o capacidad de trabajo―, causa y efecto de su acrecentamiento
constante. El segundo es la existencia de trabajo objetivado, es decir,
del consumo de energía humana transformada en resultado, en producto, en
obra, en transformación material, que crea la necesidad de justipreciar
dicha elaboración; el capital es un valor que se fundamenta en el
trabajo objetivado. Y el tercero es la existencia de una mercancía, que
intermedie entre ambos actores, llamada ‘dinero’.
En efecto, el capital es un valor. Pero no se trata de cualquier valor.
El capital es, por una parte, un valor fundado en la objetivización del
trabajo; por otra, es un valor que se valoriza, que crece
incesantemente, que tiene por única función hacerse cada vez más grande,
más inmenso, más descomunal. Esta función de multiplicarse
ilimitadamente no podría realizarla si no existiese el dinero, que es un
medio de pago, una idea, una abstracción; el dinero es un valor que
reemplaza a los bienes físicos, un valor que convierte lo material en
‘número’, cifra, guarismo, facilitando, en consecuencia, el fenómeno de
la ‘acumulación’. Y es que el capital no puede acrecentarse sin
‘acumulación’. El dinero permite ‘acumular’ capacidad para poseer un
bien ―‘poder de compra’, se le llama, también― pues constituye solamente
un signo que no ocupa espacio o lugar alguno. Sin el dinero, la
acumulación debería realizarse en especie, hecho que, de por sí, la
haría imposible. El almacenamiento de la riqueza se torna ilusorio en
una sociedad donde no existe dinero.
El sistema capitalista es, antes de nada, un sistema social que se
organiza sobre la base de la acumulación. Siendo ésta producto de la
extracción del plusvalor de unos respecto de otros, la forma ideal de
funcionamiento para este sistema es la de ‘estado’, estructura que,
conjuntamente con organizar políticamente a quienes recogen el plusvalor
percibido de los demás, desorganiza políticamente a aquellos que se ven
obligados a entregarlo. El estado, en cumplimiento de ese rol,
establece la estructura jerárquica jurídico / política de la nación y
determina o hereda (de otras anteriores) las formas de conciencia social
que han de prevalecer dentro de aquella.
Si bien la existencia de dos actores sociales prestos a suscribir un
convenio, la transferencia de trabajo objetivado en dicho convenio y la
mediación del dinero como medio de pago, constituyen los elementos que
condicionan la existencia misma del capital, es el primero de ellos el
que confiere al sistema capitalista su naturaleza contractual. Y, por
consiguiente, el factor clave que va a determinar el carácter jurídico /
político de la nación y la ficción de la naturaleza contractual del
estado. Permítasenos explicarnos, al respecto.
La existencia de compradores y vendedores implica la realización de
actos en virtud de los cuales unos entregan bienes a otros a cambio de
dinero. El acto de comprar y vender da origen a una figura jurídica que
se conoce bajo el nombre de ‘compraventa’. La ‘compraventa’ no es sino
uno de los tantos tipos de convenciones que puede celebrar el ser
humano. Las convenciones pueden ser de diferentes clases, pero todas
ellas presuponen, en las partes convinientes, voluntad para realizar los
actos que han decidido llevar a cabo. Cuando dicha voluntad no existe
o, de existir, se encuentra notoriamente menoscabada, se dice que la
convención está ‘viciada’, con lo cual no se quiere sino expresar que
adolece de un ‘vicio’.
A pesar que en numerosos tipos de contratos, la voluntad de uno de los
contratantes se encuentra manifiestamente viciada, los diversos
ordenamientos jurídicos no siempre sancionan el acto que se celebra con
la nulidad sino, por el contrario, le otorgan plena validez. Tal sucede
con los llamados ‘contratos de adhesión’, convenciones en donde una de
las partes no tiene posibilidad alguna de discutir con su contraparte
los términos del acuerdo, sino limita su participación a la aceptación o
rechazo del mismo. Así sucede con la adquisición de un boleto en el
tranvía, el microbús o el tren: a nadie se le ocurriría discutir el
precio o las condiciones del contrato con el vendedor, sino acepta la
voluntad del otro, simplemente, porque no tiene alternativa posible. La
libre voluntad de quien suscribe el convenio puede ser interpretada,
entonces, en su sentido tanto literal como figurado. No cabe la menor
duda que en el primer caso, la libertad para convenir está ausente; no
obstante, en el segundo sí es posible hablar de libertad pues el sentido
figurado de ésta restringe su significación, precisamente, a la ‘libre’
voluntad de aceptar o rechazar lo que se le ofrece. En este caso se
está frente a una ficción. Aplicada a la compraventa de fuerza o
capacidad de trabajo, conduce a nuevas y sucesivas ficciones. Y a la
aceptación ‘en fardo’ de cualquier sistema de dominación. Por eso, la
compraventa de fuerza o capacidad de trabajo no puede ser considerada en
el carácter de contrato como muchos parecen estimarlo. Si hubiere
necesidad de incluirla en algunos de sus distintos tipos tal vez podría
asemejársela al contrato de adhesión, al que ya hemos hecho mención más
arriba. En este tipo de convenciones, en estricta teoría jurídica, la
voluntad de una de las partes se encuentra fuertemente condicionada.
Pero incluso esta misma figura ―que puede ser asimilada al ‘take it or
leave it’ inglés― no debería considerarse en el carácter de contrato
pues se trata de un acto en el que sólo una de las partes impone las
condiciones y obliga a su contraparte a pronunciarse en el solo sentido
de aceptar o rechazar la convención. En la compraventa de fuerza o
capacidad de trabajo, ni siquiera esta opción es posible pues lo que
está en juego es la conservación del vendedor, su existencia misma como
individuo. Podemos afirmar aquí que una de las partes no concurre
‘libremente’ a celebrar dicha convención; por consiguiente, ambos
actores no se encuentran en un mismo nivel de ‘igualdad’. Uno de ellos
posee riqueza, detenta el dinero, tiene capacidad de comprar; el otro
vive en la pobreza, no tiene dinero y sólo puede vender su energía
corporal para ponerse al servicio de su comprador. El vendedor de fuerza
de trabajo no vende energía ajena sino propia o, lo que es igual,
arrienda su cuerpo por horas; su acción no guarda diferencia con la
prostitución. El trabajador es un sujeto obligado a prostituirse. Y, no
obstante, el supuesto central para la existencia del sistema capitalista
es, precisamente, esa presunción: que las partes contratantes son
libres para convenir y se encuentran en un mismo pie de igualdad. Esta
falacia es, pues, el fundamento del estado capitalista. Lo que nos lleva
a considerar brevemente la organización estatal.
NATURALEZA DEL ESTADO CAPITALISTA EN SU ASPECTO CONTRACTUAL
El estado es una estructura social, de tipo vertical, fuertemente
jerarquizada, extremadamente controlada. Su naturaleza no corresponde en
modo alguno a la vieja concepción de la ‘nación jurídicamente
organizada’, como corrientemente se afirma, especialmente en el ámbito
del derecho, sino es la propia organización social mediada por la
fuerza. O, como lo expresa Bob Jessop:
“[…] un sistema de dominación política con efectos específicos en la lucha de clases” .
Expresa, por consiguiente, y de modo permanente, el interés siempre
presente de las clases que conducen hegemónicamente al conjunto social.
No por otro motivo Nicos Poulantzas, cuya obra prácticamente íntegra
está dedicada a analizarlo, pudo llegar a afirmar que el estado es el
organizador político de las clases dominantes a la vez que
desorganizador político de las clases dominadas .
Las modernas teorías que postulan la existencia de un ‘sistema mundial’,
nacidas tras la publicación de los estudios hechos por Immanuel
Wallerstein, establecen una especial tipología de estados, diferente a
la empleada por Nicos Poulantzas, basadas en los modos de producción.
Autores que propugnan tales ideas, a partir del establecimiento de fases
dentro del desarrollo del sistema mundial, como Jack A. Goldstone,
separan igualmente ciertos tipos de estado de otros, sobre la base de
crear nuevos y bien elaborados conceptos para ayudarse en la tarea
empeñada . Así lo hace André Gunder Franck, quien no vacila en innovar
en cuanto a los ‘modos de producción’ substituyéndolos por los que
denomina ‘modos de acumulación’ , en tanto otros emplean para idéntico
fin los llamados ‘ciclos de Kondratiev’.
Por nuestra parte, hemos preferido emplear el método tradicional legado
por Nicos Poulantzas, investigador griego, que separa los diversos
‘tipos’ de estado según el modo de producción del cual se trate. Esta
taxonomía tiene la ventaja de permitir una más elaborada y armónica
forma de periodizar el desarrollo histórico de cada formación social.
Dentro de los ‘tipos de estado’ distingue Poulantzas la existencia de lo
que denomina ‘formas de estado’, concepto que fundamenta en el
predominio de ciertas instituciones y prácticas políticas por sobre
otras, en determinadas formaciones sociales y épocas. Tales ‘formas de
estado’ conducen a la determinación de las ‘formas de régimen’, y éstas
al tratamiento del ‘gobierno’ de una nación.
Las ‘formas de régimen’ dan nacimiento a formas de organización social
caracterizadas por la generación de gobiernos que pueden originarse
tanto en el permanente funcionamiento de las instituciones democráticas
―a saber, partidos políticos, ejercicio del derecho universal a sufragio
y elecciones periódicas―, como de modo autoritario, es decir, por la
sola voluntad de determinados estamentos civiles o militares. Los
primeros son llamados ‘regímenes normales’, en tanto a los segundos se
las denomina ‘regímenes de excepción’ o ‘dictaduras’.
La democracia jamás innova respecto de la estructura jerárquica
característica de un modo de dominación como lo es el sistema
capitalista; por el contrario: consagra la verticalidad del mismo como
uno de sus pilares fundamentales. Esta aseveración se comprueba en una
circunstancia bastante simple: las grandes modificaciones que introduce
al sistema de dominación anterior no van más allá de regular tanto el
número de manos o ‘poderes’ que han de ejercer las diversas funciones
del estado como la forma en que las mayorías van a ejercer su dominio
sobre las minorías aritméticas de la sociedad (en virtud del ejercicio
del derecho a sufragio) y hacer funcionar las corrientes de opinión o
partidos institucionales. Nada más. Por consiguiente, la democracia
representa la expresión jurídico / política más elevada del carácter
contractual del sistema capitalista. En efecto. La existencia de
electores que se igualan en el derecho a elegir sus propias autoridades,
crea, por extensión, dos ficciones: una, que todos los electores son
personas ‘libres’ porque pueden votar; dos, que todos los electores, por
el hecho de estar provistos del derecho a voto, son ‘iguales’. Por
tanto, bastarían elecciones periódicas, secretas y bien informadas, para
entender que todas las personas serían iguales y libres dentro de
determinada formación social. Pero ¿es eso una verdad?
Las formas de gobierno del sistema capitalista, cualesquiera que sean,
sólo funcionan en virtud de la representación; no por algo se les llama,
también, ‘democracias representativas’. Por ende, la representación es
una función inalienable dentro del sistema capitalista; todo gobierno ha
de contar con una ‘escena política’ en donde se desempeñen ‘actores
políticos’, personajes que allí han de representar sus roles
respectivos, ya sea se trate de regímenes normales o de excepción. La
representación, sea formal o informal, es requisito sine qua non para
el funcionamiento de las sociedades organizadas jerárquicamente que
requieren de gobierno; no puede existir en ellas gobierno alguno sin
representación.
La representación presenta algunos problemas. El primero de aquellos es
que la representación en ningún momento pone fin a la estructura
jerárquica de la sociedad. Es más: la robustece. Y, tal vez, ese simple
hecho bastaría para descalificarla; sin embargo, hay otras
circunstancias que conspiran en su contra. La organización piramidal
exige que sólo puedan acceder a los cargos de representación quienes se
encuentran ubicados en la cúspide de las respectivas pirámides que
conforman la mayor, es decir, los que dirigen, los que mandan. O,
también, quienes están junto a ellos o son sus sostenedores. Esta
situación es particularmente dramática tratándose de sociedades en donde
opera el sistema de ‘alternancia’ al que nos referiremos poco más
adelante, es decir, donde dos partidos o coaliciones de partidos se
disputan permanentemente el gobierno de la nación. Los jefes de las
colectividades son los que, inevitablemente, van a dirigir al conjunto
social cubriendo todos los cargos de representación. A ello se refiere
Francesco Alberoni cuando expresa:
“En las instituciones representativas son solamente los jefes quienes
pueden representar a su grupo, ningún otro. Tampoco los sometidos. Por
eso con la formalización de las asambleas de segundo nivel veremos
figurar solamente a los jefes. ¿Y quiénes son éstos? Aquellos que
demuestran ser tales” .
De esta circunstancia se deduce otra, igualmente grave, que preocupara
en su tiempo a Joseph A. Schumpeter: no debe suponerse que va a ser el
‘pueblo’ quien elija a sus candidatos, sino son éstos quienes se
proponen como tales a los electores. El ‘pueblo’, como sucede en los
contratos de adhesión, sólo podrá, en el momento debido, pronunciarse
aceptándolos o rechazándolos.
Si el capital logra acrecentarse sin grandes complicaciones dentro de
determinada sociedad y no existe amenaza alguna contra la dominación,
proveniente de las clases dominadas, la representación política de esa
sociedad será siempre ‘formal’; la democracia continuará funcionando y,
constantemente, se manifestarán las opiniones de los partidos, se
elegirán presidentes o primeros ministros, parlamentarios y concejales, y
se convocará a plebiscitos o consultas. Por el contrario, si el
desarrollo del capital es amenazado por las veleidades de los sectores
dominados y las masas protagonizan continuos desbordes sociales, la
representación de las clases dominantes se altera: en virtud de un golpe
de estado, asumen el gobierno las Fuerzas Armadas, para declarar
suspendida la democracia. En este caso se dice que la representación es
‘informal’: las organizaciones sociales y políticas de las clases
dominadas son declaradas ilegales, los partidos políticos de las clases
dominantes se auto disuelven al reconocerse éstas ampliamente
representadas por la dictadura, se suspenden las ‘garantías
constitucionales’ y se declara en receso el Parlamento. La democracia,
por consiguiente, como forma normal de funcionamiento del sistema
capitalista, debe resolver los problemas de crecimiento y desarrollo de
cada formación social. Si, como ya se ha dicho, eso no sucede y adviene
una dictadura, la función de ésta no es sino ‘poner a tono’ a dicha
formación social con el crecimiento y desarrollo que experimenta el
sistema capitalista mundial (SKM) o, si se quiere, adecuar
convenientemente el comportamiento de aquella nación, país o estado, a
los requerimientos del SKM. Es la única manera de entender el axioma
aquel según el cual es el todo quien hace a la parte y no lo contrario.
Mientras exista representación ‘formal’ en una democracia, los intereses
de las clases dominantes pueden ser defendidos por aquella, sea que lo
haga en su carácter ‘natural’, sea que lo haga en su carácter ‘espurio’.
En el primero de los casos, la representación es asumida por sujetos
provenientes de los propios estratos sociales dominantes o propietarios
del capital: las clases dominantes se representan a sí mismas; en el
segundo, la representación del capital o interés de los sectores
dominantes se realiza a través de personas que provienen de otros
estratos sociales, diferentes a los de las clases dominantes. Esta
última situación se presenta al tomar a su cargo, los partidos que se
auto proclaman ‘populares’, la reproducción del capital. La presencia de
actores políticos que se disputan el control administrativo del estado
en pos de una mejor interpretación de los intereses de los sectores
dominantes, facilita la emergencia o aparición de la llamada
‘alternancia’, sistema en virtud del cual el gobierno democrático
permite el libre juego de las representaciones tanto natural como
espuria del capital en forma periódica. El modelo norteamericano que se
ha extendido a todas las democracias del mundo exhibe, precisamente, tan
peculiares características . Los sectores dominados en escasas
oportunidades forman parte de esa diversión o participan de la llamada
‘escena política’ del país. La invitación para hacerlo, que raramente se
les cursa, más bien obedece a la inmediata necesidad de unir
convenientemente a la generalidad de los estratos sociales en torno a la
estructura estatal frente a la debilidad manifiesta de las clases
dominantes para conducir hegemónicamente al conjunto social, como ha
sucedido en Dinamarca e Italia durante las últimas décadas, o en Chile
con las negociaciones que se han hecho entre el Partido Comunista y
representantes del Gobierno durante el mandato de Michelle Bachelet,
entre otras formaciones sociales . Cuando ello sucede, cuando se
suscriben tales acuerdos y existen escasas probabilidades de modificar
los programas políticos propuestos al electorado, puede suponerse, con
fundamento, que las clases dominadas han sido invitadas a hacerse
cómplices directamente de su propia explotación.
EL SISTEMA CAPITALISTA COMO FORMA SUPERIOR DE MACROPARASITISMO
Permítasenos, en esta parte, repetir algunos conceptos ya formulados. La
sociedad capitalista ―o, simplemente, capitalismo― se caracteriza, como
su nombre lo indica, por el amplio predominio del capital en la
producción. El capital es un valor que solamente se origina en la
existencia contrapuesta de dos actores sociales, a saber, comprador y
vendedor de fuerza o capacidad de trabajo, en la objetivización del
trabajo y en la existencia del dinero como medio de pago. No es
cualquier valor, ya lo hemos afirmado; menos, todavía, un simple valor.
El capital es un valor que se valoriza. Es un valor cuya única misión
consiste en acrecentarse constantemente. En eso se diferencia del dinero
mismo que, siendo un valor, permanece invariable bajo el colchón; en
eso se diferencia de los medios de producción, guardados en un desván.
Por eso, no es capital el dinero que, depositado en un banco, no crece;
sí lo es cuando percibe renta, intereses, pues de esa manera se
multiplica. Del mismo modo, no son capital los medios de producción que
permanecen inertes en manos de su dueño; sí lo son cuando están activos y
participan del proceso productivo. El capital es un valor vivo.
El capital ―ya lo hemos indicado― requiere de la presencia de dos
actores que son vendedor y comprador de fuerza o capacidad de trabajo;
aquel debe realizar un trabajo para éste o, lo que es igual, entregarle
un resultado en el cual ha inoculado toda su energía. La sociedad
capitalista debe proveerse imperiosamente de esos dos actores: uno, con
absoluta capacidad de comprar, y otro, con absoluta capacidad para
vender una cierta y específica mercancía: fuerza o capacidad de trabajo,
energía corporal. Este último debe estar desprovisto de toda otra
pertenencia. Debe ser, en suma, lo que Marx denominaba un ‘trabajador
desnudo’.
La existencia de este singular sujeto ―vendedor de fuerza o capacidad de
trabajo, trabajador, productor directo― presume la existencia de un
previo despojo: no puede poseer la tierra, instrumento de trabajo
alguno, objeto de trabajo ni, mucho menos, tener la facultad de disponer
del producto final. Debe encontrarse, verdaderamente, en peores
condiciones que cualquier otro animal: lo único que puede ofrecer a
cambio de medios de vida son sus energías corporales (fuerza física,
resistencia al trabajo, destreza, habilidad, conocimientos). La
circunstancia que esto parezca no suceder en algunas regiones de Europa
poco o nada importa: la pobreza y la explotación, al igual que el
plusvalor y el capital, se están transfiriendo constantemente en toda la
extensión del planeta. Basta que un ‘trabajador desnudo’ exista en
algún rincón de la tierra (en las fábricas de Singapur, China, Birmania,
India) o viaje, legal o ilegalmente, a Europa o Estados Unidos en el
carácter de ‘trabajador inmigrado’ para que la premisa establecida en un
principio se cumpla. No tiene otro sentido hablar de ‘globalización’.
La contraparte del ‘trabajador desnudo’, el comprador de fuerza o
capacidad de trabajo, debe poseer dinero suficiente para pagarle o, en
palabras diferentes, tener capacidad para comprar lo que se le ofrece;
en consecuencia, requiere de la ocurrencia previa de hechos o sucesos
que le hayan provisto de tal poder. Ese sujeto es el macro parásito. Es
el dueño, por apropiación violenta, de la tierra, del instrumento de
trabajo, del objeto de trabajo y, luego de ejecutada la labor que
realiza otro (su dependiente), del producto terminado. Cuando venda el
resultado de ese esfuerzo ajeno, guardará para sí el producto de la
venta, pagará a su operario o dependiente lo que éste necesita para
mantenerse vivo, y destinará para sí el resto de lo obtenido en la
operación mercantil. Ocupará en su propia conservación un porcentaje
determinado; la suma restante será almacenada en un banco o institución
financiera para reproducir la operación que hizo anteriormente. El macro
parásito ya no devora el cuerpo de la víctima; consume sus energías.
Sin embargo, parasita por igual de su existencia.
Bajo la vigencia del sistema capitalista, la vida a expensas de otro no
ha llegado a su fin, como erróneamente alguien pudiere suponer.
Simplemente, se presenta bajo otra forma que la hace, aparentemente, más
tolerable. La apetencia fagocitaria del predador capitalista se expresa
en la apropiación cada vez más intensa de ‘plusvalor’. El macro
parásito no descansa debido a la rotación del capital y a la competencia
capitalista. Ideas nuevas, efectivas y elaboradas maneras de acceder a
cuotas cada vez más altas de plusvalor, se barajan a diario en los
centros de investigación del sistema y en sus universidades. El capital
es insaciable. También el macro parasitismo. El uno es al otro como el
otro es al uno.
Así, pues, el sistema capitalista, para establecerse y desarrollarse, ha
necesitado de la previa disolución de la unidad originaria. A partir de
ese suceso, realizado sistemáticamente a lo largo de la historia, las
categorías de comprador y vendedor de fuerza o capacidad de trabajo han
sido posibles. Y, en consecuencia, una nueva forma de parasitismo
social.
¿Deberíamos considerar, por ello, al sistema capitalista como un mero
accidente histórico y justificar, de esa manera, su vigencia como algo
‘natural’? De ninguna manera. Una explicación no tiene por qué ser
entendida como justificación, de la misma manera que ésta jamás puede
ser vista en el carácter de aquella. Afirmar la existencia de un
fenómeno no implica justificarlo; es la concepción que tiene ‘del
sistema mundial’ George Modelski, uno de los defensores de la escuela
así llamada:
“Proponemos en primer lugar examinar la historia del sistema mundial
como un incidente en la evolución de la especie humana, porque el
sistema mundial es una forma de organización social que la humanidad
puede asumir y nuestra tarea es extraer las características de ese
concepto y sus referencias mundiales reales” .
Los sistemas sociales no se originan en una relación de causa / efecto,
sino constituyen, más bien, reordenamientos o reacomodos de elementos
dentro de un campo específico. En las nuevas teorías, que se refieren al
funcionamiento de los llamados ‘sistemas inestables’, aparecen regidos
por imperativo de las leyes del caos, entendidas éstas a la manera que
lo hace Ilya Prigogine.
“Un título como Las leyes del caos puede parecer paradójico. ¿Hay leyes
del caos? ¿Acaso no es el caos, por definición, ‘imprevisible’? Veremos
que no es así, sino que la noción de caos nos obliga a reconsiderar la
noción de ‘leyes de la naturaleza’. En la perspectiva clásica, una ley
de la naturaleza estaba asociada a una descripción determinista y
reversible en el tiempo. Futuro y pasado desempeñaban en ella el mismo
papel. La introducción del caos nos obliga a generalizar la noción de
ley de la naturaleza y a introducir en ella los conceptos de
probabilidad e irreversibilidad. Es un cambio radical, ya que desde esta
perspectiva el caos nos obliga a considerar de nuevo nuestra
descripción fundamental de la naturaleza” .
Los sistemas sociales son, así, un verdadero accidente histórico, sin
lugar a dudas. Pero tal circunstancia no impide formular algunas
reflexiones relativas a la presunta naturalidad del sistema capitalista.
Como forma de macro parasitismo se basa el sistema capitalista en la
explotación de uno a otro individuo dentro de una misma especie, a
diferencia del parasitismo natural, que se practica de una especie a
otra. Nace como consecuencia de la disolución de un sistema de vida que
obligaba al género humano a desarrollar formas de cooperación por sobre
las de competencia. Presume, en consecuencia, la instauración deliberada
de una forma de vida basada en el trabajo de los demás y no en el
propio. El sistema capitalista es, sin lugar a dudas, la más alta
expresión a la que han llegado los sistemas de explotación y, por
consiguiente, de dominación; y sin embargo, hace al ser humano incapaz
de elevarse por sobre las formas corrientes de vida del mundo animal.
Los organismos antagónicos que coexisten en su interior no pueden
hacerlo en una suerte de ‘simbiosis’, como lo enseña la naturaleza, una
forma de vida en donde la ayuda mutua reemplaza al despojo. Por el
contrario: dotado de una inquebrantable voluntad de sobrevivir, se
reafirma día a día, impone la competencia en el carácter de forma de
vida, descubre cada vez más novedosas maneras de extraer plusvalor y,
haciendo uso de todo el arsenal que posee (económico, jurídico /
político e ideológico), convence al explotado no sólo acerca de la
conveniencia de su propia explotación, sino de la necesidad de
defenderla como el mejor de los sistemas. Así, los temores que expresara
Aldous Huxley, en el Prólogo a su obra ‘Un mundo feliz’, acerca de una
sociedad totalitaria dentro de la cual los explotados habían de erigirse
en cómplices de su propia explotación, pueden verse plenamente
confirmados:
“Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes
políticos poderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar
una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer
coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre”
El parasitismo es una forma de vida que se desarrolla a expensas de los
demás. Puede constituir en sí una enfermedad. O puede provocarla. Por
consiguiente, es el macro parasitismo, también, una forma de vida que se
desarrolla a expensas de los demás. Jamás constituye en sí una
enfermedad, pero sí puede causarla. Porque es una agresión en virtud de
la cual el agresor quita al agredido la energía que posee su cuerpo y se
apropia de ella. Es una suerte de vampirismo social. Por consiguiente,
organizada la sociedad humana en forma macro parasitaria, la privación
que unos seres humanos hacen de la energía corporal de otros puede
causar graves trastornos sociales: la enfermedad se hace presente.
LOS TRASTORNOS FISIOLÓGICOS DEL SER HUMANO
En la concepción ‘holística’ de la naturaleza, la enfermedad aparece
como el desequilibrio experimentado por todo sistema vivo cuando una de
las dos tendencias que regulan su funcionamiento crece en desmedro de la
otra. Precisemos esta afirmación.
En un artículo suyo, publicado por la revista ‘Janus’, en 1978, utilizó
Arthur Koestler, por vez primera, el término ‘holón’ para referirse a la
unidad que, junto a otras, forma parte de una unidad superior,
componente ―a su vez― de otras dentro de otras, en una cadena extendida
al infinito .
Koestler sostuvo, en aquel trabajo, que cada una de esas estructuras se
cohesiona con las demás en virtud del equilibrio de dos fuerzas que, a
falta de otra palabra mejor, denominó ‘tendencias’,
“[…] la tendencia integradora que funciona como parte de la unidad mayor
y la tendencia auto afirmante que preserva su autonomía individual” .
Fritjof Capra se encargó de explicar este mecanismo en los siguientes términos:
“En un sistema biológico o social cada ‘holón’ tiene por un lado que
afirmar su individualidad a fin de mantener el orden estratificado del
sistema y, por el otro, tiene que someterse a las exigencias de la
unidad mayor a fin de que el sistema sea viable; estas dos tendencias
son opuestas y, al mismo tiempo, complementarias. En un sistema sano
―sea un individuo, una sociedad o un ecosistema― existe equilibrio entre
la integración y la autoafirmación” .
Una enfermedad es, pues, un desequilibrio entre ambas tendencias; altera
el funcionamiento de un cuerpo vivo. En el sistema capitalista, el
agente de esa enfermedad es la estructura misma del sistema. Y puesto
que, en numerosas oportunidades, el agente perturbador puede actuar
sobre el receptor sin amenazar su existencia, también puede hacerlo
dentro de la sociedad humana el agente macro parasitario; colabora en
ese sentido la adaptabilidad. Sucede, entonces, una transformación en el
equilibrio del organismo invadido: lo que era anormal se le hace
normal, por la fuerza de la repetición. Un mecanismo apoyado en el
hábito ―’habituation’―, en el acostumbramiento a toda nueva situación,
en la asimilación y la adaptabilidad ―’assimilation’ y
‘adaptability’―del sujeto frente a una emergencia, hace posible esa
supervivencia. Es el mecanismo que emplea la forma ‘inteligente’ de vida
parasitaria. La enfermedad pasa a ser lo normal; lo anormal es la
salud. Lo natural se hace ‘antinatural’ y lo antinatural pasa a ser
‘natural’. Una sociedad no actúa de manera diferente a como lo hace el
individuo: si éste no advierte, a menudo, el deterioro y extinción de
algunos de sus componentes, tampoco lo hace la sociedad. Hasta la muerte
prematura de las personas individualmente consideradas se transforma en
un hecho natural, como lo veremos más adelante.
El macro parasitismo, considerado en el carácter de forma de vida, se
perpetúa en la medida que quien o quienes lo practican se preocupan de
extraer periódicamente, del cuerpo de los demás, la energía necesaria
para subsistir. Es una anomalía, sin lugar a dudas; produce en el
organismo parasitado trastornos tanto fisiológicos como psicológicos y
sociales, cuyo origen no puede encontrarse en otro lugar que no sea
dentro del fenómeno conocido como ‘rotación del capital’.
En efecto, el capital recorre un ciclo de transformaciones para devenir
en unidad mayor. En primer lugar, es capacidad adquisitiva (dinero) o
‘capital dinerario’ que el empresario emplea para proveerse de materias
primas y trasladarlas a la fábrica; en segundo lugar, es resultado
(producto) de la elaboración de aquellas, por cuya circunstancia se
trastoca en ‘capital productivo’. Finalmente, convertido en producto
ofrecido en el mercado (mercancía) se transmuta en ‘capital mercantil’,
poniéndose fin de esa manera al ciclo correspondiente.
Al ser vendida la mercancía, nuevamente es dinero; permite recorrer una
vez más las fases anteriores, es decir, reiniciar el ciclo. No obstante,
antes que eso suceda, el empresario divide lo que considera ‘su
ganancia’: una parte va a cubrir los gastos de conservación y
reproducción del operario, otra es ocupada por el empresario para sus
propios gastos, y el resto es convertido, nuevamente, en ‘capital
dinerario’ destinado a reiniciar el ciclo, tal cual ya se ha dicho.
Aumentar ‘las ganancias’ es, por tanto, repetir el ciclo; el capital
crece en cada nueva rotación. La fórmula de cómo ello ocurre es muy
simple: el dinero (D) se hace producto (P) que se vende como mercancía
(M) para ser dinero nuevamente (D’), convertirse en producto (P’) y
devenir en mercancía (M’), y así sucesivamente.
D-P-M-D’-P’-M’
Cuando quienes realizan cada una de esas funciones se instalan como
tales en cada lugar de actividad que recorre la rotación del capital, el
‘dinerario’ se convierte en ‘capital bancario’, el ‘productivo’ en
‘capital industrial’ y el ‘mercantil’ en ‘capital comercial’. La
rotación del capital consiste, precisamente, en la transformación que
experimenta éste al recorrer cada una de esas fases a través de las que
se realiza la producción.
ROTACIÓN DEL CAPITAL Y FISIOLOGÍA DEL CUERPO HUMANO
La rotación del capital guarda estrecha relación con la fisiología del
cuerpo humano. Comencemos diciendo que el capital rota a una velocidad
constante. No quiere ello decir que esté impedido para hacerlo a otro
ritmo: existen, de hecho, otros ritmos que lo hacen girar de modo más
‘natural’ ―como los llamados ‘ciclos de Kondratiev’―, y otros
‘provocados’ que tienen por objeto aumentar la percepción de las
‘ganancias’. En el fondo, se trata de realizar lo que los economistas,
acostumbrados a emplear eufemismos, denominan ‘elevar la productividad’.
Una alta productividad se obtiene intensificando la ejecución de las
labores o, lo que es igual, ejerciendo mayor presión sobre la tarea
realizada por el productor directo.
Existen dos medios para ‘elevar la productividad’; ellos son, en primer
lugar, la incorporación de nuevas y más sofisticadas maquinarias al
proceso productivo y, en segundo lugar, la extensión de la jornada de
trabajo. En ambas situaciones, la carga de trabajo impuesta al
trabajador se acrecienta. Aumentan, por consiguiente, las presiones
ejercidas sobre el normal desempeño de sus funciones, se le exige mayor
esfuerzo. Y puesto que las formas de desempeño también poseen su propio
ritmo, al elevarse la frecuencia de los movimientos, al forzarse al
dependiente a una mayor atención o preocupación por lo que hace, se
produce una alteración en sus niveles biológicos. Con mayor razón cuando
tales exigencias sobrepasan el límite normal de las fuerzas del
trabajador. ‘Nadie da lo que no tiene’, reza un antiguo proverbio que
bien puede ilustrar la mecánica de este proceso. Porque un organismo que
hace caso omiso a esa advertencia puede llegar al colapso. Dice, al
respecto, Christiaan Barnard, cirujano sudafricano que inaugurara la era
de los transplantes al corazón:
“La estructura del cuerpo humano limita la fuerza que puede desarrollar.
Si pudiésemos mover nuestros huesos tan velozmente como una hormiga
correríamos a más de 160 kilómetros por hora. Si lo hiciésemos tal cual
estamos construidos quebraríamos nuestros huesos y los músculos se
cortarían. Un ingeniero no puede desarrollar la capacidad de una máquina
solamente dilatando su porte sino necesita alterar toda su estructura” .
El trabajo inducido a mayor velocidad provoca un desequilibrio en los
niveles biológicos normales del individuo. El cuerpo, para hacer frente a
esa emergencia, fabrica mayor cantidad de cortisol, compuesto orgánico
que se conoce también bajo el nombre de ‘droga del estrés’. Es la
respuesta inmediata a una situación de emergencia. Pero aquella no es
más que un simple mecanismo de defensa, no una forma de vida; si se
mantiene constantemente, el cuerpo colapsa pues la naturaleza no creó
los organismos vivos para mantenerlos en estado permanente de alerta.
Por eso, el cuerpo comienza a experimentar fuertes trastornos que
afectan el funcionamiento de los aparatos digestivo, circulatorio,
respiratorio, nervioso (central periférico). El corazón comienza a latir
más a prisa, altera su ritmo, hay ansiedad; también se conmueve el
sistema nervioso autónomo, la respiración se altera, hay insomnio, las
úlceras se hacen presentes y hasta el cabello empieza a desprenderse del
cráneo. Sucede como si la sociedad entera rotara a mayor velocidad. La
irritabilidad y la impaciencia gobiernan la conducta de las personas.
Entonces, sobreviene la catástrofe: los ataques al corazón, los
accidentes cardiovasculares, las hemorroides, las enfermedades
migratorias o psicosomáticas, el colon irritable, comienzan a diezmar a
la población. ¿Exageración? En la década de los 60, cuando en Estados
Unidos se ejerció gran presión sobre la masa laboral a fin de obligarla a
producir más, Chicago pudo ostentar la triste fama de ser considerada
‘la reina del infarto y de las úlceras’; en los años siguientes, Nueva
York tomaría sobre sí esa corona.
Ulrich Kraft, que estudiara los efectos del estrés en profesionales y
asalariados europeos (especialmente, en Alemania), ha descubierto una
anomalía en la actual sociedad que llama ‘síndrome de agotamiento’.
“Se da por demostrado que el estrés continuo es una de las causas
fundamentales del síndrome de agotamiento. Esta reacción de estrés ayuda
al hombre ―y a todos los animales vertebrados― a superar situaciones
amenazantes. Sin ser consciente de ello nuestro cerebro percibe peligros
potenciales y pone el cuerpo en alerta, un mecanismo
onto-genético-evolutivo muy antiguo.
Ante una situación amenazadora o apremiante, las cápsulas suprarrenales
segregan hormonas de estrés, el corazón late más rápidamente y aumenta
la presión arterial. Si el estrés persiste durante semanas, meses o
incluso años, las repercusiones en el organismo resultan inevitables.
Desde hace tiempo la sobrecarga crónica ―mediante una subida de
cortisol― debilita el sistema inmunitario; el cuerpo queda más expuesto a
las infecciones. Un sistema hormonal permanentemente activo termina por
desencadenar una extensa gama de patologías, para unos concentradas en
la psique y, para otros, en el cuerpo” .
El síndrome de agotamiento diezma a la población laboral incluso en las formaciones sociales centrales.
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