16 jun 2012

LA HISTORIADORA

MANUEL ACUÑA ASENJO. Estocolmo, agosto de 2009

En su obra “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” llama Karl Marx la atención sobre la idea de Hegel, para quien ‘todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces’.
Y señala, a continuación, el pensador alemán:
‘Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa’.
Esta metáfora bien puede emplearse para ilustrar ciertos sucesos cuyas analogías resultan, a menudo, sorprendentes.


En efecto. En 2005, la escritora norteamericana Elisabeth Kostova escribió un libro con el que, vanamente, intentó arrebatar el cetro de la truculencia y del suspenso a sus maestros Dan Brown, Michael Crichton, Ian Caldwell, entre otros. La obra, de escaso interés histórico y, menos aún, literario, intitulada por su autora ‘The Historian’, narra la vida de una joven historiadora que recorre los Cárpatos intentando encontrar la cabeza del príncipe valaco Vlad III Tepes, héroe rumano, transformado en monstruo (‘Drácula’) por la pluma del escritor inglés Bram Stoker. No deja de ser curioso el hecho que, cuatro años más tarde (2009), también otra historiadora, en un lejano país del sur llamado Chile, a través de la publicación de un libro de aparente contenido histórico, intentase buscar los restos (probablemente, también, en este caso, la cabeza) de una de las organizaciones políticas sustentadoras del gobierno de la Unidad Popular (el MAPU), transformada en espeluznante engendro por un selecto grupo de ‘personalidades’.
Para nadie es desconocido el hecho que la publicación de toda obra, cuando es acompañada del aparato publicitario del sistema, transforma a su creador en una autoridad. A partir de ese momento, le confiere poder para pronunciarse sobre cualquier tema, aunque éste no tenga relación alguna con su especialidad. Con mayor razón si su opinión está referida a las materias que son de su competencia. En ese caso, la nueva autoridad tiene en sus manos facultades más o menos similares a las del Agente 007, es decir, licencia para matar.
Las palabras precedentes pueden entenderse en el carácter de suerte de introducción a un comentario a propósito de los dos últimos artículos publicados por la historiadora Cristina Moyano, aparecidos en el periódico digital ‘El Mostrador’ a fines de julio recién pasado. Tales documentos fueron hechos con ocasión del lamentable fallecimiento de Guillermo Ossandón, fundador del llamado ‘Movimiento Juvenil Lautaro’, más tarde ‘MAPU Lautaro’, organización creada por la fracción oficial del MAPU, en su época representada en Europa por Oscar Guillermo Garretón y, en Chile, por Carlos Montes (Barrueto, Del Valle, en fin).

No parece de gran utilidad discutir las afirmaciones expuestas en los artículos aludidos. Bástenos señalar aquí que reproducen ellos, una vez más, algunas de las graves falencias en que incurre la autora en el libro que publicara en mayo pasado ‘MAPU o la seducción del poder y la juventud’, orientado a estudiar la importancia de ese movimiento en la historia del Chile actual.

Nos explicamos. Tanto los artículos como el libro en comento suponen como innecesarios algunos de los instrumentos de análisis aceptados hoy por la generalidad de las universidades europeas y (¿por qué no decirlo?) del mundo. De entre ellos, por su importancia y para no extendernos demasiado en este comentario, hemos seleccionado tres, a saber:
1. Empleo de la visión retrospectiva de la historia.
2.Limitación de las fuentes de información. Y,
3.Concepción jerárquica y autoritaria de la sociedad.
Quisiéramos, brevemente, referirnos a cada uno de ellos.
1. Empleo de la visión retrospectiva de la historia.
El uso de la entrevista y del testimonio son elementos importantes en la investigación histórica, siempre y cuando las expresiones ―generalmente, explicaciones― de los protagonistas no se evalúen con una visión retrospectiva de la historia. Porque no sólo cada actor social tiende a explicar su propio comportamiento desde una perspectiva personal, sino también tiende a hacerlo el intérprete; en este caso, la historiadora. Carlos Matus diría, al respecto, que cada persona expone sus puntos de vista ‘desde una posición situacional’, lo que es efectivo pues implica hacerlo desde el espacio donde se actúa y en el tiempo o época que ello ocurre. De ahí la necesidad de retornar al pasado con un instrumental adecuado que permita evaluar los valores de antaño, la cultura que imperaba en determinado período. Porque las explicaciones de hoy no son las de ayer, las sociedades cambian, y lo que antes parecía ‘tolerable’ o ‘intolerable’ puede en otra era no serlo. El actor moderno tiene la tendencia a mirar el pasado como espejo de sí mismo y pocas veces advierte que es él quien está reflejando un pasado que se niega a aceptar. Queremos expresar aquí que el pasado no lo hacemos nosotros. Por el contrario: es el pasado lo que nos ha hecho como somos y lo que defendemos, que es la única manera de entender nuestro carácter de ‘producto social’. Cuando este principio no se respeta, es la historia lo que se está adulterando. No nos parece necesario incorporar aquí citas al respecto. Bástenos saber que autores como Lucien Fèvre, Marc Bloch, Charles Seignobos y, más tarde, Umberto Cerroni y Fernand Braudel, entre otros, llamaron profundamente la atención sobre estos aspectos que consideraron cruciales en toda investigación histórica. El principio de no mirar al pasado con visión retrospectiva impide entender los fenómenos históricos. Por eso, las actuaciones del pasado aparecen tan sólo como ‘pecados de juventud’, como si la historia pudiese explicarse únicamente por ‘torpezas’, ‘tonterías’, ‘olvidos’ u otras expresiones similares, por luchas entre los sexos o entre las generaciones; o, finalmente, como los canutos, que se detienen en las esquinas para convocar a sus creyentes con estas palabras:
“Yo, antes, era ‘curao’… Pero, un día, Dios me dijo”…
Para arribar a tales conclusiones no parece necesario estudiar tanto ni pasar cinco años en una Universidad esperando hacerse acreedor al título de ‘intelectual patentado’, como Nicos Poulantzas llama a estas personas. Porque cuando no se usan métodos serios de investigación, queda de manifiesto el propósito de obligar al lector a ‘comulgar con ruedas de carreta’. Me da la impresión que esa no es la mejor forma de explicar la historia.
2.Limitación de las fuentes de información.
Emplear un segmento social determinado como fuente de información por excelencia es establecer límites al conocimiento: la seriedad de una obra puede ser severamente impugnada. Este vicio en la investigación no ocurre porque sí. Apuradas por la necesidad de entregar resultados rápidos, la investigación académica se contagia con la velocidad en que se realiza la rotación del capital. Lo económico determina lo académico. A fin de terminar rápidamente su obra, el investigador reduce la dimensión de la fuente que emplea al estudio de un mezquino número de individuos, generalmente ‘personalidades’, seres inocuos que cabalgan sobre las ancas del sistema (políticos, deportistas, modelos, empresarios, dirigentes); limita, por consiguiente, la universalidad de su investigación. Las entrevistas y testimonios de ‘personalidades’ constituyen, sin lugar a duda, una fuente obligada a la que es necesario estar recurriendo siempre, pero no la única. Cuando ello no sucede, la obra se transforma ineluctablemente en una apología al sistema mismo. En esas circunstancias, el investigador (la historiadora) ha sido asimilado. Da pie a que numerosas personas comiencen a enjuiciar la disciplina con aquella frase que repugna a las modernas universidades: ‘la historia la escriben los vencedores’. Es difícil eludir esa tendencia: la generalidad de los estudios se hace sobre la base de entender la verdad como unida inextricablemente al poder. No lo hace de manera diferente nuestra historiadora.
3.Concepción jerárquica y autoritaria de la sociedad.
En esa dirección de analizar la sociedad con un instrumental teórico facilitado por el propio sistema puede incurrirse en la inexcusable torpeza de analizar los movimientos sociales (y, en consecuencia, a los partidos) por las conductas de sus ‘líderes’. ¿Es posible aceptar esa forma de investigar o de analizar un fenómeno social? ¿Necesitamos recurrir a Plejanov para preguntarnos acerca de la importancia de los líderes en la vida política de una nación e investigar en los lechos de los gobernantes los secretos de la veleidad en la política? En tal caso, mejor nos parece sostener, junto a Louis Althusser, que
‘por lo general, los conceptos no se esconden en los lechos’.

La tendencia a considerar al líder como la expresión particularizada del movimiento se explica, dentro del sistema capitalista mundial por la estructura jerárquica que posee: a menudo, resulta imposible concebir algo que sea diferente a la organización piramidal que la sociedad permanentemente exhibe. Pero esa concepción no explica cuál es la razón por la cual, día a día, estén surgiendo movimientos que no se constituyen por el solo trabajo de líderes o usurpadores. La tendencia a despreciar la capacidad de las masas para estar constantemente organizándose en defensa de sus derechos no es solamente expresión de una visión autoritaria del conjunto social. Corresponde, también, a la ignorancia que se tiene respecto de los avances que experimentan otras ciencias, como sucede con el campo de la física en lo que se ha dado llamar ‘autoorganización de la materia’. En el área social, el fenómeno se acostumbra a denominar ‘autoorganización del conjunto social’. Y éste no lo causa la presencia de líder o dirigente alguno.
Aceptado el hecho que el trabajo de nuestra historiadora ha venido a reforzar las estructuras del sistema vigente con una explicación, por decirlo así, bastante original de los fenómenos sociales, no debe llamar la atención el apoyo que el estado y el gobierno han dado a su obra. Porque quienes allí se desempeñan constituyen, precisamente, la fuente de información por excelencia de donde ha emanado el flujo que ha permitido construir tal engendro. El apoyo de todos ellos al proyecto era, por consiguiente, algo de esperarse; mal podrían pronunciarse en contra de sí mismos.
Permítasenos aquí terminar señalando que si bien es cierto puede llamar la atención el respaldo a los juicios de nuestra historiadora dado por la Universidad Alberto Hurtado, no es menos cierto que en ese centro de estudios ha ejercido como rector Gonzalo Arroyo, sacerdote vinculado por razones de amistad y antigua militancia a los sujetos ‘exitosos’, a quienes la investigadora atribuye las ‘cualidades’ de los mapucistas para llevar adelante el ‘glorioso’ proyecto de la Concertación. La investigadora misma es hija de uno de los militantes del que fuera MAPU Obrero-Campesino.

Así, podemos concluir que si nuestra historiadora persiste en seguir adelante con su método de investigación, es muy probable que pueda, finalmente, entrar a disputar ―como intentara hacerlo Elisabeth Kostova― el cetro de la truculencia y del suspenso a los maestros que reinan hoy en el mercado de los libros. Pero, con toda seguridad, no habrá hecho Historia.

Estocolmo, agosto de 2009
Publicado el : |2009-10-10|


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