| MANUEL ACUÑA ASENJO. Estocolmo, agosto de 2009
En su obra “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” llama
Karl Marx la atención sobre la idea de Hegel, para quien ‘todos los
grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si
dijéramos, dos veces’.
Y señala, a continuación, el pensador alemán:
‘Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa’.
Esta metáfora bien puede emplearse para ilustrar ciertos sucesos cuyas analogías resultan, a menudo, sorprendentes.
En efecto. En 2005, la escritora norteamericana
Elisabeth Kostova escribió un libro con el que, vanamente, intentó
arrebatar el cetro de la truculencia y del suspenso a sus maestros Dan
Brown, Michael Crichton, Ian Caldwell, entre otros. La obra, de escaso
interés histórico y, menos aún, literario, intitulada por su autora ‘The
Historian’, narra la vida de una joven historiadora que recorre los
Cárpatos intentando encontrar la cabeza del príncipe valaco Vlad III
Tepes, héroe rumano, transformado en monstruo (‘Drácula’) por la pluma
del escritor inglés Bram Stoker. No deja de ser curioso el hecho que,
cuatro años más tarde (2009), también otra historiadora, en un lejano
país del sur llamado Chile, a través de la publicación de un libro de
aparente contenido histórico, intentase buscar los restos
(probablemente, también, en este caso, la cabeza) de una de las
organizaciones políticas sustentadoras del gobierno de la Unidad Popular
(el MAPU), transformada en espeluznante engendro por un selecto grupo
de ‘personalidades’.
Para nadie es desconocido el hecho que la publicación de toda obra,
cuando es acompañada del aparato publicitario del sistema, transforma a
su creador en una autoridad. A partir de ese momento, le confiere poder
para pronunciarse sobre cualquier tema, aunque éste no tenga relación
alguna con su especialidad. Con mayor razón si su opinión está referida a
las materias que son de su competencia. En ese caso, la nueva autoridad
tiene en sus manos facultades más o menos similares a las del Agente
007, es decir, licencia para matar.
Las palabras precedentes pueden entenderse en el carácter de suerte de
introducción a un comentario a propósito de los dos últimos artículos
publicados por la historiadora Cristina Moyano, aparecidos en el
periódico digital ‘El Mostrador’ a fines de julio recién pasado. Tales
documentos fueron hechos con ocasión del lamentable fallecimiento de
Guillermo Ossandón, fundador del llamado ‘Movimiento Juvenil Lautaro’,
más tarde ‘MAPU Lautaro’, organización creada por la fracción oficial
del MAPU, en su época representada en Europa por Oscar Guillermo
Garretón y, en Chile, por Carlos Montes (Barrueto, Del Valle, en fin).
No parece de gran utilidad discutir las afirmaciones expuestas en los
artículos aludidos. Bástenos señalar aquí que reproducen ellos, una vez
más, algunas de las graves falencias en que incurre la autora en el
libro que publicara en mayo pasado ‘MAPU o la seducción del poder y la
juventud’, orientado a estudiar la importancia de ese movimiento en la
historia del Chile actual.
Nos explicamos. Tanto los artículos como el libro en comento suponen
como innecesarios algunos de los instrumentos de análisis aceptados hoy
por la generalidad de las universidades europeas y (¿por qué no
decirlo?) del mundo. De entre ellos, por su importancia y para no
extendernos demasiado en este comentario, hemos seleccionado tres, a
saber:
1. Empleo de la visión retrospectiva de la historia.
2.Limitación de las fuentes de información. Y,
3.Concepción jerárquica y autoritaria de la sociedad.
Quisiéramos, brevemente, referirnos a cada uno de ellos.
1. Empleo de la visión retrospectiva de la historia.
El uso de la entrevista y del testimonio son elementos importantes en la
investigación histórica, siempre y cuando las expresiones
―generalmente, explicaciones― de los protagonistas no se evalúen con una
visión retrospectiva de la historia. Porque no sólo cada actor social
tiende a explicar su propio comportamiento desde una perspectiva
personal, sino también tiende a hacerlo el intérprete; en este caso, la
historiadora. Carlos Matus diría, al respecto, que cada persona expone
sus puntos de vista ‘desde una posición situacional’, lo que es efectivo
pues implica hacerlo desde el espacio donde se actúa y en el tiempo o
época que ello ocurre. De ahí la necesidad de retornar al pasado con un
instrumental adecuado que permita evaluar los valores de antaño, la
cultura que imperaba en determinado período. Porque las explicaciones de
hoy no son las de ayer, las sociedades cambian, y lo que antes parecía
‘tolerable’ o ‘intolerable’ puede en otra era no serlo. El actor moderno
tiene la tendencia a mirar el pasado como espejo de sí mismo y pocas
veces advierte que es él quien está reflejando un pasado que se niega a
aceptar. Queremos expresar aquí que el pasado no lo hacemos nosotros.
Por el contrario: es el pasado lo que nos ha hecho como somos y lo que
defendemos, que es la única manera de entender nuestro carácter de
‘producto social’. Cuando este principio no se respeta, es la historia
lo que se está adulterando. No nos parece necesario incorporar aquí
citas al respecto. Bástenos saber que autores como Lucien Fèvre, Marc
Bloch, Charles Seignobos y, más tarde, Umberto Cerroni y Fernand
Braudel, entre otros, llamaron profundamente la atención sobre estos
aspectos que consideraron cruciales en toda investigación histórica. El
principio de no mirar al pasado con visión retrospectiva impide entender
los fenómenos históricos. Por eso, las actuaciones del pasado aparecen
tan sólo como ‘pecados de juventud’, como si la historia pudiese
explicarse únicamente por ‘torpezas’, ‘tonterías’, ‘olvidos’ u otras
expresiones similares, por luchas entre los sexos o entre las
generaciones; o, finalmente, como los canutos, que se detienen en las
esquinas para convocar a sus creyentes con estas palabras:
“Yo, antes, era ‘curao’… Pero, un día, Dios me dijo”…
Para arribar a tales conclusiones no parece necesario estudiar tanto ni
pasar cinco años en una Universidad esperando hacerse acreedor al título
de ‘intelectual patentado’, como Nicos Poulantzas llama a estas
personas. Porque cuando no se usan métodos serios de investigación,
queda de manifiesto el propósito de obligar al lector a ‘comulgar con
ruedas de carreta’. Me da la impresión que esa no es la mejor forma de
explicar la historia.
2.Limitación de las fuentes de información.
Emplear un segmento social determinado como fuente de información por
excelencia es establecer límites al conocimiento: la seriedad de una
obra puede ser severamente impugnada. Este vicio en la investigación no
ocurre porque sí. Apuradas por la necesidad de entregar resultados
rápidos, la investigación académica se contagia con la velocidad en que
se realiza la rotación del capital. Lo económico determina lo académico.
A fin de terminar rápidamente su obra, el investigador reduce la
dimensión de la fuente que emplea al estudio de un mezquino número de
individuos, generalmente ‘personalidades’, seres inocuos que cabalgan
sobre las ancas del sistema (políticos, deportistas, modelos,
empresarios, dirigentes); limita, por consiguiente, la universalidad de
su investigación. Las entrevistas y testimonios de ‘personalidades’
constituyen, sin lugar a duda, una fuente obligada a la que es necesario
estar recurriendo siempre, pero no la única. Cuando ello no sucede, la
obra se transforma ineluctablemente en una apología al sistema mismo. En
esas circunstancias, el investigador (la historiadora) ha sido
asimilado. Da pie a que numerosas personas comiencen a enjuiciar la
disciplina con aquella frase que repugna a las modernas universidades:
‘la historia la escriben los vencedores’. Es difícil eludir esa
tendencia: la generalidad de los estudios se hace sobre la base de
entender la verdad como unida inextricablemente al poder. No lo hace de
manera diferente nuestra historiadora.
3.Concepción jerárquica y autoritaria de la sociedad.
En esa dirección de analizar la sociedad con un instrumental teórico
facilitado por el propio sistema puede incurrirse en la inexcusable
torpeza de analizar los movimientos sociales (y, en consecuencia, a los
partidos) por las conductas de sus ‘líderes’. ¿Es posible aceptar esa
forma de investigar o de analizar un fenómeno social? ¿Necesitamos
recurrir a Plejanov para preguntarnos acerca de la importancia de los
líderes en la vida política de una nación e investigar en los lechos de
los gobernantes los secretos de la veleidad en la política? En tal caso,
mejor nos parece sostener, junto a Louis Althusser, que
‘por lo general, los conceptos no se esconden en los lechos’.
La tendencia a considerar al líder como la expresión particularizada del
movimiento se explica, dentro del sistema capitalista mundial por la
estructura jerárquica que posee: a menudo, resulta imposible concebir
algo que sea diferente a la organización piramidal que la sociedad
permanentemente exhibe. Pero esa concepción no explica cuál es la razón
por la cual, día a día, estén surgiendo movimientos que no se
constituyen por el solo trabajo de líderes o usurpadores. La tendencia a
despreciar la capacidad de las masas para estar constantemente
organizándose en defensa de sus derechos no es solamente expresión de
una visión autoritaria del conjunto social. Corresponde, también, a la
ignorancia que se tiene respecto de los avances que experimentan otras
ciencias, como sucede con el campo de la física en lo que se ha dado
llamar ‘autoorganización de la materia’. En el área social, el fenómeno
se acostumbra a denominar ‘autoorganización del conjunto social’. Y éste
no lo causa la presencia de líder o dirigente alguno.
Aceptado el hecho que el trabajo de nuestra historiadora ha venido a
reforzar las estructuras del sistema vigente con una explicación, por
decirlo así, bastante original de los fenómenos sociales, no debe llamar
la atención el apoyo que el estado y el gobierno han dado a su obra.
Porque quienes allí se desempeñan constituyen, precisamente, la fuente
de información por excelencia de donde ha emanado el flujo que ha
permitido construir tal engendro. El apoyo de todos ellos al proyecto
era, por consiguiente, algo de esperarse; mal podrían pronunciarse en
contra de sí mismos.
Permítasenos aquí terminar señalando que si bien es cierto puede llamar
la atención el respaldo a los juicios de nuestra historiadora dado por
la Universidad Alberto Hurtado, no es menos cierto que en ese centro de
estudios ha ejercido como rector Gonzalo Arroyo, sacerdote vinculado por
razones de amistad y antigua militancia a los sujetos ‘exitosos’, a
quienes la investigadora atribuye las ‘cualidades’ de los mapucistas
para llevar adelante el ‘glorioso’ proyecto de la Concertación. La
investigadora misma es hija de uno de los militantes del que fuera MAPU
Obrero-Campesino.
Así, podemos concluir que si nuestra historiadora persiste en seguir
adelante con su método de investigación, es muy probable que pueda,
finalmente, entrar a disputar ―como intentara hacerlo Elisabeth Kostova―
el cetro de la truculencia y del suspenso a los maestros que reinan hoy
en el mercado de los libros. Pero, con toda seguridad, no habrá hecho
Historia.
Estocolmo, agosto de 2009
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