Finalmente, como lo hace una operación matemática, el
panorama político chileno parece no sólo simplificarse ante las
elecciones de diciembre próximo sino, además, presentar un común
denominador. Porque de todos aquellos candidatos que saltaran a la arena
pública, a principios de este año, para disputar su mejor derecho a
ocupar el sillón presidencial a los demás, no solamente cuatro han
permanecido en calidad de tales sino guardan, entre sí, asombrosos
parecidos.
Porque la ‘escena política’ no sólo oculta las luchas que se libran
dentro de la misma estructura del sistema, sino abre el campo de ‘la
política’, área social dentro de la cual se realizan las ‘prácticas
políticas’; refleja, por ende, y en gran medida, los alcances de la
lucha de clases en el país. Con las debidas licencias, como se verá a
continuación. Pero aún así nos permite esbozar una descripción más o
menos aproximada de los posibles escenarios que deberían hacerse
presentes en las próximas semanas. Intentemos, pues, acometer esa tarea,
en el entendido que se trata, simplemente, de desvelar las veleidades
del sistema.
PRESUPUESTOS NECESARIOS PARA REALIZAR EL ANÁLISIS
Una estructura social jamás se presenta como un simple ensayo de
organización que puede modificarse a voluntad de quien se mueve en su
interior; por el contrario: sus formas de funcionamiento no sólo se
manifiestan como las únicas posibles, sino además descalifican a todas
aquellas que puedan, presuntivamente, reemplazarlas. Esta constante
deriva de aquella regla de oro de la organización según la cual ‘esse
persistere in esse est’ (‘el ser que persiste en lo que es continúa
siéndolo’) que es el principio de la identidad. Este principio impide
desnudar los ejes sobre los cuales se apoya el funcionamiento del
sistema: porque si así sucediese, la forma de transformarlo quedaría al
desnudo y se haría en extremo vulnerable.
En el modo de producción capitalista (considerado como modo de
dominación), la clase que ejerce su poder material y espiritual sobre el
conjunto social establece reglas destinadas a fijar el funcionamiento
democrático del mismo. El debate no puede realizarse sobre otra área que
no sea la ‘escena política’; el ‘ciudadano’ debe poseer la convicción
absoluta que es en ese campo, y no en otro, donde han de resolverse los
problemas de las grandes mayorías nacionales. En otras palabras, se
prefiere suponer que el juego político de las personalidades, de las
organizaciones políticas o de las instituciones estatales, decide los
intereses de todos y cada uno de los ciudadanos de una nación. Digámoslo
más directamente: el individuo ha de CREER que tal es su realidad, que
fuera del ‘rayado de la cancha’, de los límites de ese tablero de
ajedrez social, nada más es posible; que solamente eso es lo único que
existe y a que se debe.
Tal creencia no deja de ser una realidad cuya naturaleza es necesario
considerar para un mejor análisis. Porque lo que sucede en una sociedad
de dominación (vertical, jerárquica, autoritaria) no puede suponerse ha
de suceder en otro tipo de estructura social. Es un hecho cierto que, en
el modo de producción capitalista, las personalidades pertenecen, por
regla general, al estamento de las clases dominantes. Y cuando aparecen o
se manifiestan lo hacen en forma de clase reinante, mantenedora del
estado o de apoyo al Bloque en el Poder. Pero eso no lo advierte el
individuo corriente, acosado por la urgencia del trabajo, agobiado por
la situación económica o desorientado por el exceso (o falta, en su
caso) de información. El análisis, por ende, se dificulta; tiende a
predominar lo que informa la prensa oral escrita o de imágenes, lo cual
no es extraño pues a través de ella se manifiesta la ideología del
sistema. Sin embargo, tras todo ese espectro de circunstancias, los
intereses de las clases fracciones de clase jamás dejan de hacerse
presentes.
Las palabras precedentes pueden sorprender a quienes poseen una visión
un tanto restringida de lo que es la confrontación de intereses de
clase. Porque las clases sociales no se enfrentan únicamente en la
tradicional y conocida oposición entre vendedores y compradores de
fuerza o capacidad de trabajo; también esa lucha se libra entre las
diferentes fracciones de ellas en defensa de sus particulares intereses.
Dentro del segmento de las clases dominantes, las luchas de sus
fracciones por obtener la hegemonía dentro del Bloque en el Poder
pueden, en no pocas oportunidades, adquirir trágicos ribetes como
sucede, por ejemplo, cuando se llega al asesinato de algunos de sus
líderes o personajes públicos. Constituye, por consiguiente, un error de
proporciones suponer que la lucha de clases tiene lugar solamente entre
‘proletarios’ y ‘burgueses’; por el contrario: atraviesa verticalmente a
todo el espectro social. Las luchas de las clases y/o fracciones de
clase dominante pueden ser tanto o más virulentas que aquella pues su
objetivo no es otro que asegurar, precisamente, la dominación de todas
sobre la generalidad del conjunto social. La escena política de la
nación, es decir, el teatro de operaciones en donde se desenvuelven los
actores políticos, muestra con extraordinaria crudeza estas pugnas que
enfrentan a los diversos sectores de la burguesía. Allí operan con
destreza los sectores sociales que van a convertirse, una vez instalado
el gobierno de la nación, en clases reinante, mantenedora y apoyo al
Bloque en el Poder, hegemonizado por la fracción dominante. La lucha de
clases se da, por consiguiente, entre las diversas fracciones de la
burguesía en su intento de conducir con mayor eficacia al conjunto
social. Y eso se obtiene luego de someter al proletariado a una derrota
más o menos prolongada que, en algunos casos, adquiere el carácter de
estratégica. Como ha sucedido, y aún sucede, en el Chile
post-dictatorial. El escenario electoral se entiende, pues, situado en
ese marco de derrota total y dentro de las luchas de las fracciones
burguesas entre sí.
En palabras más simples: será inútil buscar en este análisis la
representación de los sectores sociales postergados pues aquella se
encuentra fuera de los límites establecidos para las elecciones de
diciembre próximo en Chile. Las luchas dentro de la escena política
nacional son, en resumidas cuentas, contiendas interburguesas, marco
obligado dentro del cual han de desenvolverse los candidatos de marras.
ESTRUCTURA DEL BLOQUE EN EL PODER
El Bloque en el Poder que existe al interior del estado chileno se
encuentra fuertemente hegemonizado por la fracción bancaria de los
compradores de fuerza o capacidad de trabajo, aliada a la burguesía
comercial y ligada a la gran burguesía internacional; al contrario de lo
que sucedía en las fases anteriores recorridas por el sistema
capitalista mundial (SKM), la influencia que puede ejercer la fracción
industrial de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de
trabajo se encuentra notoriamente disminuida. La disputa política, por
consiguiente, en la fase actual, tiene lugar entre quienes pretenden
representar con mayor o menor fidelidad los intereses de la fracción
hegemónica al interior del Bloque en el Poder (la bancaria; o
financiera, si se quiere, aliada a la comercial y a la gran burguesía
internacional).
Hasta este momento, y desde el advenimiento de la democracia post
dictatorial, dicha tarea fue realizada por la llamada Concertación de
Partidos por la Democracia o, simplemente, Concertación. Conformada por
partidos que, simbólicamente, habían de representar a un vasto segmento
de las clases dominadas, dicha coalición tuvo ─y ha tenido, hasta estos
momentos─ en sus manos, además, y por esa circunstancia, la posibilidad
de controlar las veleidades del movimiento sindical, de los pueblos
originarios y el escabroso tema de la violación de los derechos humanos.
Ha sido, por consiguiente, necesidad del empresariado y de las clases
dominantes, contar con el apoyo de la Concertación para poder
exitosamente continuar con el proceso de dominación sobre el conjunto
social instaurado a partir de la dictadura en 1973.
Transcurridos casi 20 años del término de la dictadura, nuevas
generaciones, nuevos actores políticos, y un sostenido proceso de
renovación de cuadros políticos impulsado por la Concertación para
sepultar las viejas aspiraciones de los antiguos, ha permitido que la
representación natural de los compradores de fuerza o capacidad de
trabajo comience a disputarle con virulencia su mejor derecho a conducir
políticamente al país. Desde este punto de vista, las angustias de la
Concertación ante su eventual derrota no son sino consecuencia de sus
propias acciones en beneficio de las clases y fracciones de clase
dominantes. Lo que le pueda suceder no es, por tanto, sino fruto de sus
propias acciones y/u omisiones.
EXTRACCIÓN DE CLASE DE LOS CANDIDATOS
Los candidatos a la presidencia de la República son cuatro: Sebastián
Piñera Echenique, Eduardo Frei Ruíz-Tagle, Marco Enríquez-Ominami
Gumucio y Jorge Arrate Mac Niven. En torno a ellos se centra el debate
nacional. Son sujetos que no se desplazan sobre la escena política
porque sí. Representan determinados intereses de clase en juego.
Intentemos desnudarlos.
Sebastián Piñera Echenique es el candidato del conglomerado llamado
Alianza por Chile, conformado por los partidos Unión Demócrata
Independiente UDI y Renovación Nacional RN. Ambas coaliciones
representan políticamente los intereses de los compradores de fuerza o
capacidad de trabajo. La primera es un partido político con una fuerte
división en su interior. El sector más comprometido con las ideas de su
fundador Jaime Guzmán (hombre del Opus Dei) está representado por Pablo
Longueira, Joaquín Lavín, Luis Cordero, entre otros y ha considerado la
militancia dentro de esa entidad en el carácter de apostolado: se
integra a los sectores poblacionales, se vincula con los campesinos y
trabajadores, y no tiene mayores problemas en hacer pactos con la
Concertación o crear una fracción ‘aliancista-bacheletista’. Se puede
decir del mismo que representa con fidelidad la aspiración a estatuir,
en la tierra, la sociedad celestial con sus escalas jerárquicas de
potestades divinas y el autoritarismo propio que emana de los
Evangelios. El otro sector es el que encabezan los diputados Cristián
Monckeberg, Iván Moreira, el senador Alberto Espina, el ex senador
Sergio Fernández, etc., más vinculado a los grupos empresariales y al
estamento militar. Este sector se ha alineado con bastante fuerza a
Piñera; no así el otro.
La Alianza por Chile tiene un segundo partido que es Renovación Nacional
RN. Este sí, se puede decir, apoya a Piñera en su totalidad.
Constituye, de por sí, una organización que tiene directa vinculación
con el interés empresarial.
La Alianza por Chile es un conglomerado que hemos descrito en otros
documentos como ‘representantes naturales’ del capital o, si se quiere,
de los intereses de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo. La
denominación no es casual. Sostenemos que, por regla general, la
composición de clase de estas entidades proviene mayoritariamente del
sector de compradores de fuerza o capacidad de trabajo, lo que les
otorga el carácter de ‘natural’. Representan, sin lugar a dudas, la
defensa de los intereses de las fracciones bancaria y comercial,
hegemónicas, dentro del Bloque en el Poder y disputan representarlas
alegando su legitimidad.
Piñera Echenique es descendiente de una familia de funcionarios
estatales; puede alegar, por cierto, que es de extracción ‘clase media’
─como lo hace hasta el proletario que no quiere ser tal─; pero, por sus
adquisiciones y su inserción en el mundo empresarial, pertenece al
estamento de la ‘gran burguesía comercial’.
Eduardo Frei Ruiz-Tagle es el candidato de la Concertación de Partidos
por la Democracia, que integran los partidos Demócrata Cristiano PDC,
Por la Democracia PPD, Socialista PS, Radical Social Demócrata PRSD, y
restos del MAPU OC. Es, al mismo tiempo, el candidato del gobierno, su
continuador legítimo. Al momento de escribir estas líneas, la oposición
interna de la Concertación se ha decantado en gran parte y es poco
probable que se presenten nuevas defecciones en el futuro. Se puede
asegurar hoy, por consiguiente, que tanto Concertación como gobierno se
encuentran alineados tras el candidato Frei.
La Concertación ha sido definida por nosotros como ‘representante
espurio’ de los intereses del sector hegemónico del Bloque en el Poder.
No representa, por consiguiente, los intereses de los vendedores de
fuerza o capacidad de trabajo, con muchas de cuyas organizaciones ha
sostenido ─y sostiene─ violentos enfrentamientos por mejoras salariales y
mayores libertades políticas. La denominación tampoco es casual: la
composición de clase de la Concertación abarca mayoritariamente a los
descendientes de ex empleados fiscales (hijos de embajadores, diputados,
senadores, presidentes, ministros, jefes de servicios, profesionales)
que desean seguir participando de la administración del estado y
reservar cargos de esa naturaleza para su descendencia y amistades. El
nepotismo es, por consiguiente, parte consustancial de este sector.
Al igual que la Alianza por Chile, representa la Concertación el interés
de las mismas fracciones bancaria y comercial del capital; disputa con
la anterior coalición, sin embargo, su derecho a representarlas por su
mejor posición para controlar las veleidades de los movimientos
sociales. En otras palabras: la Concertación asegura una mayor
tranquilidad social. Pero ¡cuidado! En estos casi veinte años de
gobierno concertacionista, muchos de quienes integraban la Concertación
han derivado, de ‘personajes de la clase media’, a exitosos empresarios,
merced a las exacciones ilegales, sobornos, convenios ventajosos
aprovechando los contactos, información privilegiada, créditos obtenidos
directamente del estado gracias a sus influencias, en fin.
Frei Ruíz-Tagle es hijo de un ex presidente de la República; es hijo,
por tanto, de un ex empleado fiscal. Como todos los chilenos que no
quieren reconocer su pertenencia a determinado segmento social, puede
alegar, como Piñera, ser ‘clase media’, bolsón incierto de grupos
sociales, receptáculo inconmensurable de individuos capaz de albergar lo
que se quiera. Sin embargo, como ingeniero ha incursionado en el mundo
empresarial. Es un empresario industrial; pertenece, por consiguiente,
al estamento de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo cuyos
asalariados crean capital productivo. Puede considerársele como
perteneciente a la burguesía industrial mediana.
Marco Enríquez-Ominami Gumucio no pertenece a partido político alguno.
Militó en las filas del partido Socialista y renunció a esa colectividad
para presentarse como candidato independiente. Su candidatura no
representa interés alguno de clase (aparentemente), sino el descontento
mayoritario de una población cansada de las arbitrariedades de la
Concertación. Se puede afirmar, por consiguiente, que es el ’candidato
del descontento’. Por eso, junta en torno suyo a sectores tanto o más
reaccionarios que los que apoyan a Piñera junto a los nostálgicos del
MIR, que ven en su persona la encarnación del líder de esa colectividad
Miguel Enríquez Espinosa. A Enríquez-Ominami no le repugna tal
concepción; por el contrario, la alienta y estimula vinculándose una y
otra vez a sus antepasados estableciendo, con su comportamiento, una
nueva forma de hacer política basada en la discutible tesis de la
transmisión genética de la vocación social. Los postulados del candidato
independiente se han centrado, principalmente, en establecer una clara
diferencia entre los viejos y los jóvenes.
“No hablo a los jóvenes”, asegura. “Soy joven. No intento captar a los jóvenes: soy joven”.
Educado en Francia durante los difíciles años de la dictadura, parece
haber asimilado exitosamente las ideas de Herbert Marcuse relativas a la
lucha generacional. De todas maneras, no se diferencia de los
anteriores en cuanto a que su finalidad es proteger los intereses de las
fracciones hegemónicas del Bloque en el Poder. Como sucede con la
Concertación, el conjunto social que Enríquez-Ominami encabeza no
encarna otra representación que no sea la de un advenedizo más en la
defensa de esos intereses. Porque la candidatura del ‘no-viejo’ nace de
las disputas al interior de la Concertación y no de un planteamiento
teórico significativo.
Enríquez-Ominami Gumucio es descendiente de funcionarios estatales como
los anteriores; también puede alegar ser ‘clase media’ porque eso es lo
que dice ser la élite de la alta burocracia estatal para olvidar su
verdadera extracción. Ha incursionado en el campo de la empresa privada
con un intento de hacerse dueño de una compañía cinematográfica que
cerró por deudas. Por su adscripción al ‘aparato’ estatal, puede
incluírsele como hijo de funcionario estatal y clase mantenedora del
estado.
Jorge Arrate Mac Niven fue ministro de la Unidad Popular; también lo fue
de la Concertación. Extrañamente, como ministro de Educación jamás se
preocupó de resolver de una vez por todas el problema de la ‘deuda
histórica’ que el estado tiene con los maestros. Lo viene a recordar
ahora que es candidato. Es el más sereno de todos los aspirantes a la
primera magistratura de la nación y pocas veces se le ve desprestigiando
a los demás. Su discurso es claro y conciso, no da pie a
interpretaciones antojadizas. Perteneció al partido Socialista y,
después de renunciar a éste, pasó a engrosar las filas del partido
Comunista donde actualmente milita. No es mal polemista. Tiene ideas
precisas y de avanzada. Nadie se explica que solamente ahora, cuando ha
sido nominado candidato, comience a explayarse sobre esas ideas que
otrora parece haber olvidado. Como candidato del partido Comunista,
tampoco representa a las clases postergadas pues el discurso de esa
colectividad pasa, primero, por asegurar una determinada cuota de
parlamentarios y disputar dentro del sistema vigente las cuotas de poder
a las demás fuerzas políticas. El partido Comunista, hoy, no se plantea
prioritariamente por la construcción de un poder desde la base, sino
por acceder a ciertos cargos en el parlamento, lo que le significado
perder una cuota considerable de militantes.
Las posiciones de Arrate, tendientes a robustecer al estado y a la
industria nacional, le hacen estar junto a quienes defienden los
intereses de esa fracción de los compradores de fuerza o capacidad de
trabajo. Es dable suponer que, si llegase a triunfar ─lo que es
improbable─, daría un fuerte impulso a la formación de una sólida
burguesía interna, hoy sustituida por la importación de bienes.
Como sus anteriores competidores, Arrate Mac Niven es hijo de
funcionario estatal; se desempeñó siempre en cargos de gobierno y
recibió, por ende, sueldos del estado. Pertenece, por consiguiente, como
Enríquez-Ominami, al segmento de la clase mantenedora del estado y, por
extracción, proviene de la alta burocracia estatal.
Permítasenos, aquí, pues, reforzar la idea anteriormente expresada en el
sentido que TODOS los candidatos NO representan los intereses de las
clases postergadas, sino sus particulares deseos de representar y
ejercer con la mayor eficacia el interés de las fracciones que se
disputan la hegemonía dentro del Bloque en el Poder; representan, al
mismo tiempo, y en caso de no cumplir su cometido, el deseo de
transformarse en clase reinante, mantenedora o apoyo de esos intereses.
Aunque, en la práctica, insistan en adoptar medidas en beneficio de los
sectores populares. Con esto queremos aseverar que un grupo determinado
─poco importa cuál─ va a gobernar en nombre de la comunidad; ese grupo
será la clase reinante. Otro, se incrustará en las instituciones del
estado para coadyuvar en su administración buscando tener acceso a las
rentas más elevadas; esa será la clase mantenedora. Finalmente, un
último segmento social comenzará a organizar instituciones que van a
depender de las ayudas que el estado les conceda para transformarse en
‘clase apoyo’ de los intereses del Bloque en el Poder. En todas esas
maniobras, como es de suponer, los intereses de las clases dominadas se
encontrarán por entero ausentes.
RASGOS QUE IDENTIFICAN A LAS CANDIDATURAS
Los candidatos más arriba indicados representan los intereses de las
diversas fracciones de la burguesía al interior del Bloque en el Poder.
Sus discursos, por consiguiente, no contienen otros elementos que no
sean aquellos que dicen relación con la defensa de tales intereses. Se
hermanan, por consiguiente, en numerosos temas que han proscrito de sus
programas o, al menos, si los han incorporado, rodean con una aureola de
incertidumbre y vaguedad. Digámoslo de otra manera: se hermanan por
omisión.
Por consiguiente, es inútil intentar encontrar referencia alguna en sus
programas sobre temas relativos a la participación de los trabajadores
en la dirección de las empresas tanto públicas como privadas; también se
hermanan al no incluir en esos programas formas que digan relación con
la recuperación de los dineros previsionales expropiados a los
trabajadores, resolver los problemas de la salud y, en general, de las
grandes mayorías nacionales. Para muestra un botón: el día 12 del
presente mes, en los salones del Teatro Municipal de Santiago que ocupa
el Café Tavelli, se realizó una reunión de la Asociación Chilena de ONGs
ACCION, con representantes de los comandos de las 4 candidaturas
presidenciales. El objetivo de la reunión era conocer el pensamiento de
cada una de las candidaturas acerca de la participación de la ciudadanía
en la toma de decisión sobre los grandes problemas nacionales y el
financiamiento que los candidatos darían a las ONG, cuestión por lo
demás obvia. Las respuestas fueron, sin excepción, positivas.
Aparentemente. Porque, si bien todos los comandos contestaron que la
participación ciudadana debía ser considerada un derecho de todos los
chilenos, al definir la forma de ejercer ese derecho, se advirtieron las
limitaciones.
1. Marco Enríquez-Ominami: la participación es un derecho y para
ejercerla hay que aumentar la representación política de los chilenos en
los cargos de representación popular: los intendentes y gobernadores
deben ser elegidos, hay que fortalecer al defensor del pueblo, en fin.
2. Jorge Arrate: la participación arranca de la dictación de una nueva
Constitución que debe ser fruto de una Asamblea Constituyente integrada
paritariamente por hombres y mujeres, empresarios y trabajadores,
jóvenes y viejos, huincas y pueblos originarios. Debe contemplar
iniciativas populares para la dictación de leyes.
3. Eduardo Frei: la formación del Comando de su candidatura es la mejor
forma de mostrar cómo debe ser la participación, con ministros que no
superarán los 40 años.
4. Sebastián Piñera: la participación se hará con Comisiones de
expertos, jóvenes y profesionales, pues así se redactó su Programa de
Gobierno, con consulta a los sectores populares.
No parece necesario insistir más, al respecto.
Otra de las circunstancias que hermana a las candidaturas de marras es
aquella que proscribe toda referencia al tema de los derechos humanos.
En realidad, la generalidad de los aspirantes a presidente parece
pensar, como los chinos, que ‘lo dicho, dicho está y lo escrito, escrito
está’. El pasado es pasado y casi no vale la pena remover viejas
heridas. Es, por lo demás, el pensamiento que ha guiado al gobierno de
la Concertación en su paso por las avenidas de la historia.
Tampoco existe en el discurso de los candidatos una mención a lo que ha
de ser la política internacional del gobierno que han de encabezar;
mucho menos una mención a la política de integración latinoamericana y
al rol de Chile en dicho contexto, en un mundo que se globaliza cada vez
más.
Las pocas referencias a la crisis económica mundial se orientan en una
dirección que no difiere mayormente de la que sustenta el Ministerio de
Hacienda: mostrar alegres cuentas que pasan de un lado a otro sin
considerar para nada las oscilaciones de la economía mundial. Si bien el
optimismo invade los mercados hoy en día, los investigadores se
muestran cautos en cuanto a sostener que la crisis ha sido superada. Por
el contrario, la enorme cantidad de dólares que ha necesitado emitir
Estados Unidos para hacer frente a la crisis mundial hace suponer que
los efectos de la misma solamente se han pospuesto y que pueden
presentarse nuevos problemas. Sin embargo, los candidatos chilenos no
consideran tales circunstancia sino parecen, hasta la fecha, estar cada
vez más convencidos de estar disputándose el cargo de mayor
representatividad en ‘el país de las maravillas’.
Muchas de las afirmaciones que formulan en el plano económico son
bastante discutibles; construidas para un público dócil y poco exigente,
los candidatos disputan entre sí por ofrecer mejores mercancías. Piñera
ha llegado a comprometerse con los vendedores de la Vega ofreciéndoles
dictar para ellos un estatuto que contempla siete puntos. ¿Qué ofrecerá a
los zapateros remendones? ¿Y a las lavanderas? ¿Y a los demás segmentos
de las clases postergadas?
No hay menciones más o menos aproximadas al problema de los recursos
naturales ni al de la educación (que comprende el de la investigación), y
cuando se hace, los datos que acompañan son incompletos, sus
afirmaciones son antojadizas y pocas veces se advierte cierto dominio
sobre los temas que acometen.
Las formas de hacer campaña política vigentes hasta hace un tiempo están
olvidadas. El mercado domina en todos los aspectos y el candidato debe
venderse de la manera que sea. El imperio de las formas farandulescas
para cazar al elector incauto y asegurar su adhesión irrestricta al
candidato de turno hace de toda la elección un espectáculo grotesco.
Frei baila al compás de su naríz y el slogan de su campaña es,
precisamente, ‘vamos a ganar por naríz’. Marco Enríquez-Ominami aparece
en la franja televisiva en su hogar, tendido en la cama, en una idílica
escena junto a su mujer, abrazado a su pequeña hija. Y, como si eso
fuera poco, ofrece renunciar a su dieta parlamentaria (entiéndase bien,
‘dieta’, no los dineros adicionales a la dieta que son, a menudo,
superiores a aquella) y la dona a una institución de apoyo a personas
con problemas. Tierno, ¿verdad? Poco más de 3 millones de los casi 14
que recibe de ingresos. Pero, ¿es eso un sacrificio para el único
miembro de una familia cuyos integrantes no parecen estar en la más
completa indigencia? Su padre, Carlos Ominami es senador, con un ingreso
que se eleva por sobre los 14 millones de pesos y antes fue presidente
del Consejo de Televisión Nacional; su madre, Manuela Gumucio, dirige el
programa de la Televisión Digital y es muy probable que su remuneración
supere con creces la renta mínima de 160.000 pesos establecida para el
chileno corriente. Su mujer, Karen Doggenweiler, pertenece al ‘jet set’
de la farándula y es funcionaria de la Televisión Nacional, área donde
los sueldos no son en absoluto mezquinos. Pero estos gestos conmueven y
el uso de los mismos arroja buenos dividendos electorales.
Piñera, por su parte, canta y baila junto a los mercaderes del Mercado
Central prometiéndoles ser el presidente de todos ellos en tanto su
canal (ChileVisión) lo muestra en casa, como un buen padre de familia,
abrazado a su mujer. Finalmente, Jorge Arrate, en pantalones cortos y
mostrando sus piernas delgadas y pálidas, juega fútbol en una de las
canchas de las poblaciones del gran Santiago.
Todo un espectáculo para convencer al elector incauto acerca de la
necesidad de no ‘perder’ el voto. Como si éste fuese una inversión cuyo
buen resultado es imperativo asegurar.
EL ESCENARIO DE DICIEMBRE DETERMINA EL DE ENERO
El escenario de diciembre ofrece tan sólo dos alternativas: que Frei
Ruíz-Tagle gane el segundo lugar o que lo haga Enríquez-Ominami Gumucio.
Piñera tiene asegurado el primer o segundo puesto; es decir, Piñera va
de todos modos. La incógnita se coloca al lado de los candidatos de la
Concertación (tanto Frei como Enríquez-Ominami y Arrate son candidatos
de la Concertación, aunque estos últimos lo nieguen: de una u otra
manera se sienten herederos de la política de la presidenta Bachelet y
se aferran a su figura.). Que gane uno u otro es importante para el
escenario de una segunda vuelta.
En efecto, en este escenario, si Piñera y Frei son los ganadores en
diciembre, lo más probable es que la presidencia de la República caiga
en manos del segundo y no del primero. Hay razones para suponerlo: la
gran mayoría del contingente electoral que apoya a Enríquez-Ominami está
constituida por funcionarios estatales, o sujetos que realizan sus
negocios a través de los contactos con altos funcionarios estatales; la
estabilidad de sus ingresos depende, en gran medida, del gobierno de
turno. Al ver amenazada su fuente de vida, ante un eventual gobierno de
Piñera, volcarán a Frei su apoyo, aunque sea a regañadientes. Por su
parte, los seguidores de Arrate también entregarán sus votos al
candidato oficial de la Concertación. Históricamente, la militancia del
partido Comunista, profundamente conservadora, siempre lo ha hecho;
también, gran parte de los humanistas. No hay razón para suponer que en
esta oportunidad adoptarían un comportamiento diferente; con mayor razón
si celebran un convenio con los partidos de la Concertación que les
asegure ciertos cupos parlamentarios, y tienen la posibilidad de
constituirse en parte de la burocracia estatal.
Sin embargo, si los ganadores de la primera vuelta son Piñera y
Enríquez-Ominami, en una segunda las cifras parecen sonreír al candidato
de la Alianza por Chile. Las razones también son obvias. Las fuerzas de
la Concertación están integradas, entre otras organizaciones políticas,
por el partido Demócrata Cristiano DC cuyas bases no se sentirán muy a
gusto votando por el candidato independiente; por el contrario, es
dable suponer que sí lo harían por Piñera. Puede suponerse que,
colocados en ese dilema, gran cantidad de comunistas apoye a
Enríquez-Ominami, aunque no sea posible afirmarlo con seguridad. En ese
caso, tanto el candidato como su equipo asesor deberán tragarse todo lo
que han dicho en cuanto a rechazar cualquier tipo de acuerdo o
negociación a fin de obtener cualquier tipo de apoyo que les permita
ganar a Piñera. Pero ello conlleva un riesgo: puede precipitar el apoyo
masivo de los demócrata-cristianos al candidato de la Alianza por Chile.
Lo cierto es que, en este escenario, parece más probable que Piñera sea
el próximo presidente y Enríquez-Ominami termine, en esta oportunidad,
su carrera presidencial haciéndose acreedor al triste calificativo de
‘sepulturero de la Concertación’, lo cual no parece ser algo que le
preocupe en demasía.
Así, en definitiva, la lucha por representar los intereses de las
fracciones hegemónicas del Bloque en el Poder se ha desatado y debe
resolverse en breve. Los sectores populares sólo deberán enfrentarse a
la alternativa de conformarse con ser clientela electoral de los
candidatos limitándose a ‘comprar’ las imágenes que éstos venden de sí
mismos o restarse a ello. Las elecciones a realizarse próximamente,
aunque se manifiestan como aparentemente sencillas, no lo son en la
práctica. Porque pesa en la mente del elector la carga cultural y la
ideología vigente. Pero lo cierto es que, gane quien gane, no serán los
sectores populares quienes lo hagan. Por el contrario: como bien lo
expresara Reynaldo Temprano Azcona hace más de 50 años, ‘reine quien
reine y gobierne quien gobierne, siempre dependerá de los humildes
servidores que se sientan en los sillones de la banca’. Porque, una vez
más, el triunfador volverá a defender eficazmente el interés de las
fracciones bancaria y comercial al interior del Bloque en el Poder. Lo
repetimos, una vez más: los candidatos no representan a los sectores
populares, aunque se CREA lo contrario. La sentencia aquella según la
cual ‘la fe mueve montañas’ no es más que una simple alegoría. No basta
CREER para suponer que un candidato va a representar los intereses de
las clases postergadas; es necesario que lo haga real y efectivamente, y
que tras su candidatura, nacida de una deliberación popular,
organizados a su manera en sindicatos, organizaciones sociales,
partidos, movimientos, se alineen las legiones de trabajadores,
cesantes, pobladores, jubilados, estudiantes, dueñas de casa, pueblos
originarios, inmigrantes y, en general, todas las víctimas del sistema
vigente y quienes desean crear una sociedad más humana, solidaria y
fraterna.
Noviembre de 2009