| Por: Manuel Acuña Asenjo. - Estocolmo, enero 2004.
Lo digo con sinceridad: prefiero mil veces a un
‘derechista’ de nacimiento que a un ‘izquierdista’ arrepentido. Al
primero lo conozco, sé de sus veleidades, intuyo sus reacciones,
advierto su comportamiento: es un sujeto cuyos intereses son antagónicos
a los míos.
Al segundo, no. Es un sujeto impredecible. Puede tener
cualquier reacción. Es mi amigo y no lo es. Se disfraza con mis ropajes y
me cubre de lisonjas; cuando vuelvo los ojos a él, huye. Se pierde,
desaparece como si nunca hubiere existido. Se arranca de las manos,
resbala de ellas como un pez esquivo.
Calles
paralelas de veredas amplias con baldosas sueltas. Calles de Iquique,
Santiago, Concepción, Talca, Puerto Montt. Calles de Arequipa, Quito,
Otavalo, Bogotá, Tucumán y otras. Calles del mundo latinoamericano. En
sus intersecciones, en sus esquinas de vértices redondos y tráfico
bullicioso, acostumbraban a detenerse exóticos personajes. Premunidos de
una Biblia que sostenían en la mano izquierda, alzada al cielo, y el
dedo índice de la derecha apuntando, acusador, hacia los transeúntes,
eran la encarnación del severo juez que rige la conciencia de las
personas.
“Hermanos míos, queridos hermanos”, se les escuchó vociferar, más de
alguna vez, en una de esas calles. “Yo fuí antes pecador cuando, un día,
tocó Dios mi corazón para decirme…”
La generalidad de estos sujetos, conversos a una nueva fe, se habían
aficionado al consumo del alcohol en una época que anatemizaba el
comercio de los vinos y licores. Intérpretes viciosos del ayer,
golpeados por el rayo de la Revelación, se trastocaban en predicadores
del bien y denostadores del mal, personificado en el alcohol. Como los
apóstoles luego de la jornada de Pentecostés, salían a predicar la buena
nueva. De pecadores, por un simple acto de renuncia, eran elevados a la
categoría de ‘pescadores de hombres’.
“Desde hace un tiempo, fuí borracho hasta que, un día, Dios me dijo”…
La conversación con la divinidad era el arma que utilizaban estos
personajes para lograr el convencimiento; el diálogo con el Ser Supremo,
la base de su autoridad.
En la década de los noventa y coincidiendo con el derrumbe del llamado
‘socialismo real’, un nuevo tipo de predicador -el fumador arrepentido-
hizo su aparición en la escena mundial. Llegó a la zaga de los
movimientos ecologistas, al amparo de sus postulados, como expresión
particularizada y específica de la lucha contra la contaminación en el
hogar, la fábrica o la escuela. El fumador arrepentido fue fuertemente
conmovido por las revelaciones de la biología en materia de cáncer al
esófago y al pulmón, trastornos respiratorios y enfermedades al corazón.
El fumador arrepentido no es, por cierto, quien jamás ha fumado o el
que, simplemente, no fuma. Es aquel que fumaba mucho y dejó de hacerlo.
Tiene un comportamiento que no es diferente al que presenta el
alcohólico arrepentido. Se conduce como un roedor. Es ardilla, rata,
conejo: no parece sujeto visuomanual sino típico husmeador. Mueve
constantemente las aletas de la naríz. Aspira el aire. Su sentido
primordial no es la vista sino el olfato. No mira: huele. Olfatea casas,
departamentos, oficinas, locales comerciales, fábricas, parques y
jardines. Husmea vestiduras, alfombras, cortinas, muebles, juguetes,
techumbres, paredes, pisos. Si fuese preciso, con la naríz recorrería la
rugosa superficie de los troncos, el contorno lustroso de las hojas, el
cáliz impecable de las flores, no en busca del néctar de la vida como
las abejas sino tras la huella indecorosa del perverso humo del tabaco.
Levanta, también, el índice como lo hace el alcohólico arrepentido, pero
no para acusar al infame vicioso sino para señalar el lugar donde
acostumbra a relegarlo, que puede ser un balcón, la puerta de calle, el
alféizar de una ventana o la habitación segregada del resto del hogar.
Porque su índice extendido es el dedo de Torquemada, señalando el exilio
no de los judíos en España sino del fumador, como expresión
personificada de la perversidad. El fumador arrepentido es el soldado en
la cruzada contra el aire contaminado, el presidente Bush en guerra
contra el ‘triángulo del mal’, el Mesías ecológico.
Alcohólico arrepentido, fumador arrepentido y predicador (o iluminado)
son personalidades que arrojan, juntas, un resultado único. Son una
ecuación y sus variables. Como la Santa Trinidad, con resultado de un
solo Dios. Son extremo de otro extremo, sitios equidistantes de un
centro común, pero no antagónicos, no contradictorios. Si, finalmente,
terminan siéndolo, es por razones ideológicas, culturales, no
posicionales. Por eso, no derivan de pecadores a mártires, como Saulo de
Tarso, sino lo hacen a inquisidores. Son clase dominante. Lo fueron en
el primer extremo; lo siguen siendo en el extremo al que derivan. Por
eso, reprimen no sólo dentro de sus propias fronteras hogareñas sino
imponen normas de conducta en moradas ajenas disponiendo la apertura de
ventanas o la confinación in situ de los huéspedes ajenos e, incluso, la
del propio anfitrión. Y puesto que asimilan el vocablo ‘extremo’ a
‘antagónico’ hacen imposible el equilibrio. Se hacen ‘extremistas’. Lo
que nos lleva a considerar otra categoría de sujetos fabulosos, la más
elaborada de cuantas hay.
Para desgracia de quienes vivimos en la época del capital sin fronteras,
el modo de producción vigente ha puesto en escena a otra de sus más
geniales creaciones: el ‘izquierdista’ arrepentido. Con esta producción
se consuma toda una era de desequilibrios, la apoteosis plena del
capital, la fase en donde el ‘socialismo’ abomina de sí mismo y se hace
siervo de aquel engendro.
Lo digo con sinceridad: prefiero mil veces a un ‘derechista’ de
nacimiento que a un ‘izquierdista’ arrepentido. Al primero lo conozco,
sé de sus veleidades, intuyo sus reacciones, advierto su comportamiento:
es un sujeto cuyos intereses son antagónicos a los míos. Al segundo,
no. Es un sujeto impredecible. Puede tener cualquier reacción. Es mi
amigo y no lo es. Se disfraza con mis ropajes y me cubre de lisonjas;
cuando vuelvo los ojos a él, huye. Se pierde, desaparece como si nunca
hubiere existido. Se arranca de las manos, resbala de ellas como un pez
esquivo. Es tirano, revolucionario, explotador, solidario, corrupto,
leal, oportunista, querendón, chacal, paloma, reptil: depende del
momento y de las circunstancias. Es sujeto en sí y para sí. No para los
demás. Es inasible. Posee mil caras. Aborrece la teoría y rinde culto a
la práctica. Abomina del intelecto, porque sabe que, en tanto exista
ignorancia, no hay amenaza alguna a su posición social ni a su vacío
discurso ‘socialista’. Defiende la ‘normalidad’ y parece ignorar que
ésta no es sino la reproducción de las relaciones ideológicas y de
dominación. Como lógica consecuencia de su culto a la normalidad, es un
demócrata convencido. Llora y pena por la democracia. El ‘izquierdista’
arrepentido es quien otrora empuñó las armas en contra del sistema o
incitó a los demás a hacerlo; hoy se proclama sujeto de negocios,
administra la miseria de la población o apoya a quienes lo hacen en su
nombre.
América Latina es hoy, por obra y gracia de las dictaduras, de la
miseria y de los ‘izquierdistas’ arrepentidos, continente de fronteras
móviles, en el sentido que diera al término el general brasileño Texeira
Soares: sus fronteras se extienden más allás de los deslindes naturales
y se trazan y configuran en la persona de sus exiliados. América Latina
está, hoy, en todo el mundo. Alcohólicos, fumadores e ‘izquierdistas’
arrepentidos se reproducen en toda esa humana geografía esparcida por la
superficie planetaria. Es estremecedor que así suceda. Porque muchos de
quienes vivimos fuera hubiésemos queridos limitar sus existencias a las
naturales fronteras de esa América morena a fin de descansar de sus
presencias. Sin embargo, no sucede así.
Personalmente, tengo temor de esos engendros. Como los personajes de la
televisión, se introducen en mi hogar, en mis conversaciones; están
presentes en diarios y revistas, en libros, en las páginas de Internet y
no puedo evitarlos. Son personajes ineludibles. Autoritarios, buenos
polemistas, se caracterizan por sus respuestas rápidas e ingeniosas.
Porque la teoría, para ellos, es ingenio, improvisación, dotes
naturales. Y, claro, la política es escena, teatro, representación.
Irónicos con el adversario, descalificadores, suplen con la agresividad o
el desprecio su indigencia teórica. Leen poco. Cuando lo hacen, la
lectura está orientada a lo que está de moda, el autor de moda, el
suceso de moda, la actualidad. Son esencialmente coyunturalistas y, por
lo mismo, sus reacciones presentan un aspecto más instintivo que
racional. La generalidad de ellos posee carácter sadomasoquista y puede
fácilmente situárseles en las clasificaciones que sobre la personalidad
humana han ideado algunos psicólogos. Convencidos que la historia la
hacen los personajes y no los pueblos se preocupan de la vida de los
sujetos importantes, de cuya aquiescencia dependen, y pocas veces
profundizan sus ideas.
Trato de evitar a esos tres tipos de sujetos. Y, en tal derrotero, por
sobre el alcohólico arrepentido prefiero a quien jamás ha bebido o lo ha
hecho siempre con moderación porque sé que éste no será cáustico en sus
juicios cuando valore mis acciones; por encima del fumador arrepentido,
que olfatea hasta sus propios calcetines, prefiero a quien jamás ha
fumado pues es más tolerante, menos intransigente y muestra mayor
capacidad de comprensión. El nuevo converso es una maldición. Falla
ultra petita. Juzga ultra petita. Actúa ultra petita.
Y, en política, me quedo con los auténticos ‘derechistas’, con los
‘derechistas’ verdaderos frente a los conversos. El ‘derechista’
auténtico es un sujeto racional, actúa con sentido de clase. No engaña
al observador. Basta tener la certeza de su pertenencia de clase, basta
advertir que pertenece a la clase de los compradores de fuerza de
trabajo para saber cómo va a actuar y cómo ha de actuarse frente a él.
Es un sujeto que no cambia. Es mi enemigo hoy y mañana, quiere quitarme
lo mío, quiere apoderarse de mi plusvalor. Quiere apoderarse de los
bienes de los demás que, como yo, nada más tienen para vender que no sea
su fuerza o capacidad de trabajo. No así el ‘izquierdista’ arrepentido
cuyas reacciones son instintivas; por lo mismo, imprevisibles. Puede
apoderarse de lo mío; puede que no lo haga. Puede estar a mi lado, puede
no estarlo. Puede alegar que lucha por mis intereses, puede no hacerlo.
Usa mis ropajes, se disfraza de mí y de los míos y me ataca a mansalva.
Quiero detenerlo y no puedo, se desdibuja, se diluye, se transforma, se
transmuta o cambia en algo diferente. Es un camaleón en formas y
figuras.
El ‘derechista’ neto sabe cómo ha de ser algo o hacerse; el
‘izquierdista’ arrepentido supone o, a lo más, cree. Es un converso, un
sujeto de fe, un creyente. Es la expresión animal de la ‘derecha’. Algo
así como lo fue Pinochet, que jamás perteneció a la clase de los
compradores de fuerza de trabajo sino buscó asimilarse a aquella,
servirle con docilidad, ser su perro guardián, su canis dominae.
¿Quiénes son? ¿Vale la pena nombrarlos? No. Es verdad. Tal vez, sí
recordar a tres grandes literatos latinoamericanos y reflexionar acerca
de sus palabras y actitudes.
En 1968, cuando renunciara a su cargo de embajador de México ante la
India, conmovido ante la matanza de Tlatelolco, dijo Octavio Paz al
diario Le Monde:
“El asesinato de los estudiantes fue un sacrificio ritual. Se quiso
aterrorizar a la población usando los mismos métodos de sacrificios
humanos de los aztecas”.
Y en 1966, expresaba Mario Vargas Llosa lo siguiente:
“En el socialismo que los escritores ambicionamos, no sólo se habrá
suprimido la explotación del hombre; también se habrán suprimido los
últimos obstáculos para que el escritor pueda escribir libremente lo que
le da la gana”.
Era la época en que Carlos Fuentes no podía ingresar a Estados Unidos.
En su artículo sobre ‘Tres historias de Mayo’, publicado en el diario La
Nación de 16 de mayo de 1998, escribía, al respecto, Tomás Eloy
Martínez:
“Octavio Paz murió en 1998, defendiendo hasta el final la estabilidad de
las instituciones (sobre todo en el inestable México) y condenando
tanto al régimen de Fidel Castro como el bloqueo de los Estados Unidos
contra Cuba.
Vargas Llosa da conferencias incansables en defensa de la libertad de
los individuos y de los mercados, pero ya no pelea por cambiar el mundo
que tenemos sino, más bien, por reconocerlo tal como es: abusivo,
implacable, sometido a las leyes del dinero.
Carlos Fuentes, que en 1968 tenía prohibida la entrada a Estados Unidos,
es hoy el intelectual latinoamericano de mayor influencia en
Washington, Nueva York y Los Angeles…se obstina en señalar…que el
objetivo inmediato de los políticos no es abolir el Estado, que tanto
costó crear, ni tampoco expandir el Estado. El problema es construír un
Estado mejor”.
Tal vez sea la presencia de esta ‘izquierda’ arrepentida, en cierta
medida, una de las causas de los desaciertos de las ‘jóvenes’
democracias latinoamericanas tanto en materia de la aplicación de las
leyes del mercado como en la lucha por conseguir el éxito económico. Si
han querido o intentado hacerlo mejor que sus predecesores, justo es
decir que han fracasado en su empeño. No basta el transcurso de tiempo
para que el discípulo supere a su maestro. Por regla general. La copia
jamás supera al original ni la imágen al modelo. Lo normal es que
intentos como aquellos sean incapaces de exceder el modesto nivel de los
experimentos que frecuentemente realiza todo vulgar aprendíz de
hechicero. Lo cual nos lleva a concluír que, por mucho se esfuercen
estos ‘izquierdistas’ arrepentidos en la aplicación de las políticas de
‘derecha’, continuarán siendo aún, en América Latina, expertos en ello
los políticos de ‘derecha’ y no esos nuevos conversos.
En lo que a mí respecta, no me vengan con alcohólicos, fumadores ni
‘izquierdistas’ arrepentidos. Me basta con la auténtica ‘derecha’.
Estocolmo, enero 2004.
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