16 jun 2012

LOS TRABAJADORES Y LA HISTORIA

Homenaje a los mineros de Santa Fe
MANUEL ACUÑA ASENJO
“Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?”

Bertold Brecht

PRESENTACIÓN

No cabe la menor duda que bastante se ha escrito a propósito del drama de los treinta y tres obreros atrapados al interior de la mina de San José, y mucho respecto de la lección de supervivencia y organización que nos han entregado.
Es seguro que más volverá a escribirse una vez realizado el rescate de todos ellos como feliz desenlace del suceso. No será sin justa razón. El drama que hoy allí se representa, y que día a día continúa haciéndolo, con un suspenso cada vez mayor, sobrepasa la fantasía, desborda cualquier imaginación.




Y es que la realidad es más rica en acontecimientos y situaciones de lo que normalmente se supone; supera a la ficción, aunque intente ésta suplantarla en no pocas oportunidades, invocando la calidad exótica de un fenómeno o de un suceso.

“Extraño, pero cierto, pues la verdad es siempre extraña; más extraña aún que la imaginación”,nos recuerda Lord Byron.

Porque puede parecerle extraño a alguien que, luego de casi tres semanas de estar sepultados en las entrañas de una mina, hayan podido esos mineros brindar a la comunidad tan completa lección de sobrevivencia y entereza. Sin embargo, ello no es extraño, aunque pueda parecerlo: es la realidad, una verdad que sobrepasa la imaginación para quien no la conozca.
No hay en ese suceso, tampoco, ‘milagro’ alguno que no sea la suerte de los mineros de haber evitado recibir, en forma directa, sobre sus cuerpos, el desplome entero de la galería. Lo demás… es organización social, forma de autodefensa propia de los estamentos dominados, reflejos de lo que podría ser la estructura de una nueva sociedad.

Se les ha llamado ‘héroes’, y esa es una calificación que merecen. Aunque constituya un apelativo efímero, pues será una palabra que se va a repetir, sí, una y otra vez, pero hasta agotarse. Porque la admiración por ellos desaparecerá muy pronto en la cultura de las clases dominantes. Como ha desaparecido en el recuerdo y en la conciencia de las mismas la figura de esa jovencita que, en el archipiélago de Juan Fernández, con desprecio de su propia vida, corriese hacia el gong para hacerlo sonar, y alertar, de esa manera, a la población local acerca de la inminencia del tsunami de 27 de febrero pasado.

Como ese extraordinario paramédico quien, luego de perder a toda su familia, en el tsunami que arrasara Constitución en esa misma fecha, encontrase consuelo en servir a los demás, en brindar ayuda a los más desvalidos y a aquellos más necesitados. Como la cultura de las clases dominantes es la cultura de las clases dominadas, también desaparecerá su recuerdo de la mente de gran parte de la población nacional.

Algunos dirán que ‘ese es el pago de Chile’. Y eso será todo. La historia no será escrita, una vez más, por quienes la han construido, sino por los que ocupan los más altos escalones de la jerarquía estatal. Aunque jamás hayan bajado a una mina ni conozcan los avatares de una operación de salvamento. Porque la historia sí que tiene extraños designios. Para poder entenderla necesitamos examinar sus inciertos senderos.

EL SENTIDO DE LA HISTORIA

Empecemos, pues, señalando que, raras veces, el relato de los hechos pasados considera la existencia de aquello que Fernand Braudel denominara ‘long durée’ o, como se le conoce, en castellano, ‘ciclos largos’, basamentos de la ‘histoire structurale’. Por el contrario, los ciclos medianos y cortos (episódicos y coyunturales) anegan el territorio de la historia dando nacimiento tan sólo a la ‘histoire évenementielle’ o episódica, e ‘histoire conjonctural’ o coyuntural. Por eso, la historia de los pueblos originarios pocas veces ocupa un lugar destacado en los textos de estudio o de consulta; con mayor razón, tratándose de agrupaciones humanas conquistadas por la fuerza. Tomo en mis manos uno de los tantos textos de historia que colman los estantes de las bibliotecas locales: hay treinta o cuarenta páginas dedicadas a la historia de los aborígenes de la nación respectiva; el resto, las 300 páginas siguientes, está dedicado a la historia de los conquistadores, que se enlaza con la de los criollos; jamás con la de los vencidos.

Los cien mil años de historia de las naciones americanas, que son ciclos largos sin lugar a dudas, aparecen mezquinamente resumidos para dar cabida a los ciclos cortos (episódicos y coyunturales) y hacer creer que la historia sólo comienza con la llegada de los invasores; hacia atrás, nada: los aborígenes son pueblos sin historia. Mal podrían dar los gobernantes satisfacción a sus demandas, por justas que ellas sean.

La relación de la historia se hace, además, generalmente, en forma retrospectiva: la narración de los sucesos es realizada desde perspectivas temporales y situacionales interesadas. El criterio de análisis no es otro que el imperante dentro de la sociedad donde se lleva a cabo. Es una constante juzgar al pasado con los criterios del presente; como si aquel fuese el espejo de nuestras propias acciones. Entonces, la historia se hace funcional a los deseos y necesidades de quien la escribe. Como ciertos metales, que se tornan dúctiles y maleables en manos de su manipulador, también lo hace la historia cuando se la examina retrospectivamente.

Recuerdo, al respecto, cierta conversación que tuve con una persona a propósito de los juicios morales en la historia y, en especial, sobre las costumbres que imperaron durante largo tiempo en algunas sociedades antiguas occidentales. La pederastia (o pedofilia) no fue inmoral ni mucho menos considerada delito por los pueblos europeos de la antigüedad; por el contrario, era practicada corrientemente entre la alta oficialidad de los ejércitos griegos como, también, la homosexualidad. Leamos, a manera de ejemplo, un pasaje del ‘Anábasis’, de Jenofonte.

“Al octavo día Jenofonte entregó a Quirísofo al jefe que había de guiarles, dejando en la aldea a todos los de su casa, a excepción de su hijo, que apenas había entrado en la pubertad… Plístenes se enamoró del muchacho, se lo llevó a su país y encontró en él un servidor de confianza”

El repudio de hoy hacia ciertas conductas no implica que ellas hayan sido rechazadas del mismo modo en el pasado. Por eso, las culturas han de examinarse en tiempo y lugar específicos, y jamás juzgarse con las normas de otras épocas o localidades.
Sin embargo, el pecado más grande de la historia no es solamente haber sido orientada en el sentido indicado más arriba.

Producto de una sociedad vertical que adopta la forma de pirámide, en cuya cúspide se asienta la plenitud del poder, sólo los estamentos de dominación aparecen en el indiscutido carácter de constructores del pasado. No por algo la historia es un relato militar, de conquistas, guerras, batallas, entronizaciones y desentronizaciones, instalación de gobernantes y golpes de estado.
Así, pues, la historia aparece invertida, escrita como si fuese obra de quienes dominan la sociedad. La verdad toma el lugar de la mentira para que ésta se presente como auténtica verdad. No lo hace de modo diferente a como sucede en la rotación del capital, en donde la realidad se hace fantasía mientras ésta se troca en realidad.

EL ROL DEL TRABAJADOR EN LA HISTORIA

Las sociedades funcionan, así, como obras de teatro, con personajes que aparecen y desaparecen tras las bambalinas, con actores visibles e invisibles. En la comedia de la vida, personaje visible es, por supuesto, el dominador, que por lo mismo se hace nuestro personaje ineludible. Nada hace, nada fabrica y, no obstante, como un Dios, está en todas partes y en todo lugar.

El actor invisible, paradojalmente, el que todo hace y siempre crea, no está en lugar alguno. No tiene presencia relevante. Nunca la tuvo en el pasado; se le llamó un tiempo ‘esclavo’, luego, ‘siervo’ para, finalmente, derivar a ‘obrero’. Es el ser humano que entra en contacto directo con la naturaleza, quien trata la materia, la toma entre sus manos y transforma. El mismo que clava el arado en la tierra y abre los surcos que han de recibir la semilla; el que espera la eclosión de las verduras o el trigo en la época precisa; el que transforma ese trigo en harina, el que recibe la harina para hacerla pan.

El obrero. El mismo que hunde la pala en la tierra para extraer de ella los metales que necesita. El que tala el abeto y fabrica los listones o tablas para otro que va a construir los muebles de nuestras moradas.

El que trepa los andamios mientras construye puentes y edificios, el que limpia los vidrios de las oficinas establecidas en los pisos superiores de los grandes rascacielos. Obreras son quienes desmenuzan el salmón para envasarlo en tarros o cajas de exportación, obreras las que cuidan a los ancianos y atienden en los supermecados.

El trabajador (obrero, productor directo, productor de plusvalor) construye la nación. Nada de lo que haya sido producido por el ser humano deja de tener incorporado en su esencia la energía corporal de quien lo hizo posible. Las máquinas, de las que tan orgullosos nos sentimos, no son sino trabajo humano materializado en múltiples actos hasta concluir en dicho producto.

Así, pues, todo lo que empleamos en calidad de alimento o usamos para nuestro bienestar ha sido obra de lo que se conoce como ‘la mano del hombre’.
Pero precisemos, no obstante, ciertos supuestos: no hay ‘mano del hombre’ abstracta alguna en el proceso productivo, sino la invisible y laboriosa mano de hombre, mujer o niño explotado, mano real, mano verdadera, que produjo el instrumento empleado, el alimento ingerido, la morada que habitamos, los muebles que la adornan, el vehículo sobre el cual se viaja, el camino por donde éste transita.

No vaya a suponerse que todo ese trabajo se realiza con alegría. En el sistema capitalista todo se compra y todo se vende; es la apoteosis del mercado. Y el trabajo, la fuerza de trabajo, es una mercancía más que se vende; su precio se denomina ‘salario’. Los seres humanos trabajan de esa manera, vendidos al patrón o arrendados por horas, lo mismo da; como se hace con los vehículos, muebles o instrumentos, como se hace con los animales, porque no hay alternativa posible hacerlo de otro modo. Para la economía somos ‘recursos’ humanos, no seres humanos. Y eso no hay que olvidarlo. Jamás.

LA GESTA DE LOS MINEROS

Lo que se llama ‘mano del hombre’, entonces, no es la mano de un varón, sino la de un ser humano cualquiera, obrero, obrera o niño obrero, no la de su patrón o empresario que jamás conoce los socavones ni el sol asfixiante del medio día bajo el cual se trabaja, ni el calor de las fábricas o la altura de los edificios.

Jamás el empresario ha estado laborando frente al telar ni ha perdido la mano al colocar mal una carga de explosivos en la mina; tampoco ha caído en rápido vuelo desde algún edificio de gran altura ni de la plataforma de un puente en construcción. Jamás ha ensamblado las maderas para unirlas y producir un mueble ni ha participado de la molienda del trigo o del sacrificio de una res. La ‘mano del hombre’ puede así ser masculina o femenina e, incluso la de un niño obrero explotado, mano laboriosa, creadora, diligente, mano bendita presente en toda obra humana. Así, pues, el drama de los mineros, su gesta heroica, nos recuerda, una vez más, la deuda inmensa que hemos contraído con quienes trabajan para la comunidad, que son los que producen, los que incorporan sus energías a la obra que, más adelante, va a permitir a los políticos hablar de los ‘retornos’ de los ‘royalties’, de las ‘acciones’, de los ‘convertibles’, de los ‘performance’ y otras especulaciones parasitarias que los enriquecen, en tanto sus creadores empobrecen día a día.
Errantes, generalmente solos, a veces con sus hijos y familias a cuestas, sin un centavo en los bolsillos, recorren la larga geografía del país, de pueblo en pueblo, buscando venderse, por lo que sea, con tal de no morir de hambre, ni permitir que eso les ocurra a sus familias.

No existe, por consiguiente, actitud más repugnante que enviar a la miseria a quienes construyen la patria día a día; nada hay más repugnante que discutir sobre ‘flexibilidad laboral’, disminuir salarios o empeorar las condiciones de trabajo de los constructores de la nación.
Por eso, desde el fondo del túnel, del interior de la tierra, sentimos ese grito que resuena con fuerza a lo largo y ancho de Chile:

“¡Nosotros somos quienes, a diario, construimos este país! ¡Considérennos!”

El drama de nuestros treinta y tres compatriotas no es algo local; se repite a diario, aunque en escala diferente, en todos los escenarios laborales del mundo: en China, en Estados Unidos, en los países latinoamericanos. En Suecia, la tragedia adquiere presencia en esos trabajadores que, construyendo el puente más largo de Europa (el ‘Öresundsbro’), fueron arrancados por el viento, desde las plataformas en que se encontraban, y trasladados lejos, hacia la inmensidad del mar donde jamás sus cuerpos fueron encontrados.

Cuando debí salir de la formación social en que había nacido, Suecia me acogió con generosidad y afecto. Respeto a esta nación por ello. Pero más la respeto porque tiene conciencia de su origen. A diferencia de otras que sufren amnesia, el país nórdico recuerda sus raíces obreras y rinde homenaje al trabajador. En el Ayuntamiento (‘Stadshuset’) de la ciudad, un bello edificio situado junto al lago Mälaren, donde se realiza, año a año, la fiesta de gala de los Premios Nobel, no hay estatuas que recuerden las hazañas de grandes guerreros o estadistas. Por el contrario, en uno de sus corredores se levanta un monumento muy sencillo y emotivo a la clase obrera, que fue la que construyó al país, la que fue capaz de transformar a la Madre Suecia (‘Moder Svea’) en el hogar del pueblo (‘Folkets hem’). Es un justo homenaje a quienes hacen posible, diariamente, el bienestar social. Y es lo que nos recuerda, a nosotros, el drama de nuestros treinta y tres compatriotas refugiados en una burbuja, en un bolsillo de aire, bajo la tierra, a 700 metros bajo su superficie.

Si, como se ha dicho, en algunos meses más —no digamos cuántos— finaliza, de manera exitosa, la operación de rescate de los mineros, y todos ellos son recuperados ilesos y con vida de las entrañas de la tierra, nos parecerá que han vuelto a nacer, esta vez no como niños sino en calidad de adultos. Porque no saldrán de un lóbrego sepulcro, sino del útero de la mina, que es casi como decir del útero de la Madre Tierra, de Gaia, el planeta viviente, la diosa Tierra, en un parto múltiple, uno por uno, asomando el rostro asombrado, como lo hacen los bebés, ante una explosión de luz. Entonces, no se oirá el llanto de una criatura que adquiere vida independiente, sino el de alegría de un hombre adulto que renace entre los suyos, que vuelve a su mundo, a su entorno familiar y a sus amistades. La ‘patria’ (heredad del ‘pater’ o padre) se habrá, así, transmutado en ‘matria’ (entorno de la ‘mater’, de la madre, unidad biológica primordial), para dar una nueva lección a la comunidad.

Estocolmo, septiembre de 2010

MANUEL ACUÑA ASENJO

Publicado el : |2010-09-04|
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