MANUEL ACUÑA ASENJO. Santiago, marzo de 2010
Podría creerse que el deceso de una persona no
tiene para el cuerpo social mayor significación que el de una célula
para el cuerpo biológico y que, por consiguiente, el fenómeno de la
muerte debería igualarnos. Nada más falso y carente de verdad: los seres
humanos no son iguales porque en ellos se reproduzcan rasgos de otros o
experimenten situaciones análogas.
Los seres vivos y los objetos, nos enseña Aristóteles, solamente son
iguales a sí mismos. Por eso, aunque la muerte sea un fenómeno común a
los seres vivos, jamás puede nivelar al género humano, jamás puede
tender sobre nosotros un manto de equidad.
Patricio Orellana, Rosa y Clotario a la salida de la Penitenciaría de Santiago, después de visitar a los presos políticos
Y es que la sociedad humana está organizada
sobre la base de una jerarquía en donde quienes se instalan en los más
altos estratos de la pirámide social gozan de especial consideración a
diferencia de quienes lo hacen en los más bajos. Así, el poema de Jorge
Manrique según el cual
‘allegados a la muerte
son iguales
los que viven de su suerte
y los ricos’
pierde toda su vigencia. Porque no es lo mismo la muerte de un
gobernante que la muerte de un gobernado, ni la de un dirigente respecto
de la de un dirigido; aquel será enterrado con honras, los medios de
comunicación le dedicarán más y más páginas, y no faltará aquel
ciudadano sensible que derrame, al menos, una lágrima por su deceso;
pero eso no sucederá con el segundo.
El fallecimiento de quienes se encuentran en los más altos peldaños de
la escala social causa, siempre, mayor conmoción que la de aquellos
ubicados en las gradas inferiores. La muerte de Rosa Rubilar, acaecida
el 7 del presente, un día antes de celebrarse el Día Internacional de la
Mujer, constituye un elocuente testimonio de la enorme gravitación que
esta constante ejerce al interior de toda sociedad.
La vida de Rosa fue simple, al igual que la de toda persona como ella.
Como muchos chilenos. Como todos nosotros. Estudió Ciencias Políticas y
Administrativas en la Universidad de Chile. No terminó sus estudios,
también a la manera de muchos otros. Obnubilada por los vientos
planetarios que hablaban de cambios sociales, de revoluciones, del
establecimiento de sociedades más humanas, creyendo posible realizar ese
milagro en la patria que creía suya, ingresó al Partido Socialista PS e
inició su militancia política en la Brigada Universitaria Socialista
BUS.
Así como el lugar de trabajo, el barrio, la escuela o la iglesia o la
cofradía religiosa nos permiten conocer a quien eventualmente podría
ligarse a nuestras vidas, también lo hacen las organizaciones políticas y
las aulas universitarias. De ese modo, tan simple como la vida misma,
conoció Rosa a quien iba a ser su marido, un ingeniero con el que casó y
engendró a Francisca, Andrea y René. El tiempo, no obstante, se encargó
de minar la estructura de aquella unión matrimonial. Otra persona, un
estudiante de Ciencias Políticas y Administrativas, también militante
del PS, llamado Octavio Julio Boettinger Vera, ingresó,
intempestivamente, a su vida.
Inquieto como ella, y comprometido en las luchas políticas del país,
tras el advenimiento de la dictadura, pasó Octavio Julio a integrar el
Comité Central (CC) en la clandestinidad del partido. Rosa no estuvo al
margen de esos ajetreos. Eran difíciles tiempos aquellos. Junto a
Angélica Gimpel y Patricio Orellana Vargas, redactaba denuncias sobre
violación a los derechos humanos, tanto dentro como fuera de las
organizaciones en las cuales colaboran. Fue un trabajo permanente. A
fines de 1975, y a pesar de todas las medidas de resguardo adoptadas,
fue aprehendido su compañero por los servicios de seguridad del régimen
militar, y visto, por última vez, en Villa Grimaldi, entre enero y
febrero de 1976. Hoy figura entre los cientos de detenidos
desaparecidos, cuyos cuerpos fueron enterrados secretamente en
cementerios clandestinos.
El testimonio acerca de su detención, entregado por Oscar Patricio Orellana Figueroa, es estremecedor:
“Una noche, uno de esos detenidos socialistas fue llevado a la "Torre"
para ser interrogado por este equipo. Durante toda la noche estos dos
sujetos junto con el resto del equipo interrogaron en forma salvaje a
este detenido. Le aplicaban electricidad en medio de los continuos
golpes que le daban. En la mañana alrededor de las 6 horas, se retiraron
dejando al detenido amarrado a la "parrilla".
Cuando empezó a quejarse, junto a Alejandro AVALOS nos decidimos a bajar
(debíamos hacerlo juntos ya que estábamos encadenados por los pies),
para tratar de ayudarlo. Entonces nos dijo que se llamaba Octavio
BOETTINGER VERA, que era miembro del Comité Central del Partido
Socialista, que había sido detenido en la vía publica y que le
avisáramos a su familia. Nos dijo que le dolía mucho el pecho y que le
costaba mucho respirar. El quería agua pero no le dimos porque era fatal
beber después de las torturas con electricidad.
Le ayudamos a orinar. Vestía un conjunto de mezclilla, pantalón y
chaqueta de bluejeans, era una persona joven, moreno, no recuerdo otra
característica. Momentos después volvieron los interrogadores junto con
un médico quien examinó a Octavio BOETTINGER y al parecer le inyectó un
calmante o algo así. Continuaron los interrogatorios hasta cerca de las
14 horas aproximadamente. A esa hora volvieron a llamar al médico,
puesto que el detenido no respondía ni se quejaba más. El médico lo
volvió a examinar y les recriminó enojado "que se les había ido" en el
sentido que no habían hecho "un buen trabajo". Se produjo un intercambio
de opiniones y salieron discutiendo apresuradamente.”
Tras la detención y desaparición de Octavio Julio, superando su dolor,
se integró Rosa, entonces, al Comité de Defensa de los Derechos Humanos
que, años antes, había formado el fundador de la más grande central
sindical del país (‘Central Única de Trabajadores de Chile CUT),
Clotario Blest Riffo, y participó en la creación del Comité de Defensa
de los Derechos Humanos y Sindicales CODEHS, organismo que fusionó las
dos organizaciones creadas por el octogenario líder (Comité de Defensa
de los Derechos Humanos y Comité de Defensa de los Derechos Sindicales) y
en donde también trabajaron Eduardo Long Alessandri, Pedro Gaete Soto,
Santiago Pereira Becerra, Rafael Maroto Pérez, Raúl Elgueta González,
Carlos Lagos Méndez, entre otros.
Sin embargo, continuó con su labor de redactar denuncias. Los documentos
fueron firmados por "Periodistas de la Resistencia", "Eduardo Octavio"
(en homenaje de Octavio Julio Boetingger y de Eduardo Charme, ejecutado
posteriormente) y "Francisco González".
Desde 1974 en adelante, Rosa comenzó su trágica labor de servir de
enlace entre los presos socialistas y el Comité Central. Trágica, porque
los presos políticos, creyendo colaborar con las luchas sociales,
enviaban al Comité Central del partido sus trabajos de discusión, en
forma de documentos que aquel jamás consideraba pues no tenía tiempo ni
interés en hacerlo. Tomaba, entonces, Rosa en sus manos la tarea de dar
esa respuesta porque sabía que, al sentirse considerados por su
organización política, nunca decaería el ánimo de los presos.
Las reuniones del CODEHS siempre se realizaron en Ricardo Santa Cruz
630, hogar de Clotario Blest, pese a la continua vigilancia a que estaba
sometido el domicilio del líder sindical. No parece necesario insistir
respecto a las extremas condiciones de trabajo en esa casa a la que
concurrían organizaciones tales como la Agrupación de Familiares de
Detenidos Desaparecidos, la Agrupación de Familiares de Detenidos
Ejecutados, la Agrupación de Familiares de Presos Políticos, el Comité
Pro Retorno de Exiliados, las organizaciones sindicales, etc. Por
dificultades de trabajo con el octogenario líder, siempre en compañía de
Patricio Orellana Vargas, emigró Rosa a una nueva organización, la
Comisión de Derechos Humanos, que creara Jaime Castillo Velasco, en
1978, junto a otras personalidades.
Comenzó su trabajo en el Departamento de Estudios de esa entidad donde,
junto al ex miembro del CODEHS y Angélica Gimpel, se dedicó a preparar
los documentos e informes que se enviaban, periódicamente, a Inglaterra,
Francia, Italia y Bélgica, destinados a denunciar las atrocidades que
se estaban cometiendo en Chile en esos años. Esta labor finalizaría
solamente en 1988, poco antes del advenimiento de la democracia post
dictatorial.
Detenida varias veces por su participación en actos llevados a cabo por
los organismos de derechos humanos y por su activo rol en la Agrupación
de Familiares de Detenidos Desaparecidos, organización a la que nunca
dejó de pertenecer en la incesante búsqueda de su desaparecido
compañero, también se la vio participando en la gran huelga de hambre
que realizó dicha agrupación en la década de los 80. Rosa Rubilar estuvo
en todos los lugares en donde era necesario estar en lucha por la
defensa de los derechos humanos.
Cuando Manuel Almeyda Medina asumió la pública dirección del sector
oficial del PS, en Chile, tomó Rosa partido en esa entidad; participó,
por consiguiente, en la creación del Movimiento Democrático Popular,
puesto que creía viable forjar, una vez más, la unidad de las fuerzas
políticas que habían hecho posible la Unidad Popular. Participó,
también, en las protestas de 1983 y 1984. Pero al Movimiento Democrático
Popular no le fue bien. Creado como reacción a la Alianza Democrática,
organización que excluía al partido Comunista y a otras fuerzas
marxistas, también el MDP (como se le conoció por sus siglas) se había
dado una estructura piramidal que parecía reproducir todo lo que su
contraparte quería evitar a toda costa para lograr un buen acuerdo con
las Fuerzas Armadas y poner fin a la dictadura.
El anticomunismo, la exaltación de los valores del mercado y, por ende,
el elogio irrestricto a la competencia, y la campaña de desprestigio
desatada por la dictadura y sus medios de comunicación hacia todo lo que
recordase la época de la Unidad Popular, especialmente, sus símbolos y
formas de relaciones humanas, hicieron mella en numerosas organizaciones
políticas. Una nueva generación de ‘dirigentes maduros’, que hacían
mofa de tales símbolos, aliada a la vieja burocracia estatal, tomó el
control de las protestas. Una población, cansada de ser reprimida y
servir de carne de cañón en cada protesta a que convocaban los nuevos
líderes, apoyó el establecimiento de una dirección de centro, una
Concertación de Partidos por la Democracia para que pactase con las
Fuerzas Armadas, terminase así con la dictadura y permitiese a esa nueva
generación seguir adelante con la obra de aquella. A partir de ese
momento, el conjunto social había de subordinarse a la nueva dirección.
Rosa no tenía ‘santos en la corte’; había que ser incondicional de una
Concertación que se formaba al amparo del deterioro de la dictadura. Al
advenir la democracia, Rosa aún creía, como muchos otros chilenos que
combatieron a la dictadura en diferentes frentes sociales, que la lucha
librada durante esos 17 años sería suficiente mérito para obtener un
reconocimiento.
Ingenua Rosa. Como la generalidad de quienes entregaron sus energías y
su sangre a combatir a la dictadura, como todos aquellos que lucharon en
las barricadas, en los frentes sindicales, en los frentes de derechos
humanos, nadie se preocupó de su suerte.
A fines de 1989, y luego del triunfo del ‘No’, era de público
conocimiento quiénes iban a asumir la tarea de administrar a la nación
una vez terminada la dictadura que no eran otros sino quienes habían
establecido vínculos de complicidad con los que pactaron el término de
aquella: una nueva burocracia se instalaba en los sillones del gobierno
para administrar la pobreza de quienes les habían servido de apoyo. A
ellos debió recurrir Rosa para que la incluyeran en la planilla de
funcionarios del Ministerio del Interior, en el área de reparación a las
víctimas de la dictadura, donde alcanzó a trabajar un tiempo corto
antes de ser despedida. Porque, al término de la dictadura, había que
rogar para no morir de hambre y ser integrado a algún empleo. Tuvo
suerte Rosa, porque muchos otros, como algunos de los que participaron
en la huelga de PANAL terminaron pidiendo limosna en las calles para
poder subsistir.
Fuerza es decirlo, no fue la dictadura lo que impidió que se
manifestasen los trabajadores, pobladores, mujeres, jóvenes y
organizaciones de derechos humanos. No. Fue la democracia que, para
asentarse, exigió ‘tranquilidad antes de nada’, el desmantelamiento de
las organizaciones sociales y el compromiso de no formular peticiones
‘desmesuradas’ que pusiesen en peligro el éxito de la nueva coalición
que tomaba el mando. En esa tarea estaban de más: un Oscar Pino, por más
que hubiere dirigido la emblemática huelga de Good Year durante la
dictadura; los dirigentes de MATESA cuyos nombres están en el olvido;
Julio Malverde y Oscar Padilla de PANAL, aunque se hubieren desempeñado
como presidentes del sindicato y Comité de Huelga, respectivamente, de
esa empresa, respectivamente; Julio Salazar aunque fuese presidente del
sindicato de los mineros del carbón. Ni qué hablar de quienes dirigieron
las organizaciones de Derechos Humanos (CODEPU, CODEHS, Asamblea
Permanente de Solidaridad y Derechos Humanos, SERPAJ), los dirigentes
sindicales o poblacionales. Quienes pudieron hacerlo, como Domingo
Namuncura (SERPAJ), debieron exhibir sus calidades de militantes de
determinada organización política para ser ubicados en determinados
cargos que permitiesen a la entidad de la cual formaban parte, controlar
cuotas mínimas de poder. Ministros, jefes de empresas estatales,
embajadores subsecretarios, superintendentes, jefes de servicios, todos
ellos fueron reclutados de la nueva generación de técnicos dóciles a los
requerimientos de las directivas de los partidos que conformaron la
Concertación, muchos de ellos familiares y amigos personales.
Ignoro si la salida de Rosa, del Ministerio del Interior, tiene alguna
relación con la discriminación que se hizo de las víctimas de la
dictadura, en donde aparecieron recibiendo suculentas sumas quienes eran
familiares de los más altos dirigentes de la Unidad Popular y
cantidades inferiores quienes eran simples pobladores. Lo cierto es que
Rosa fue despedida. No por la ‘derecha’, sino por la ‘izquierda’, a la
que ella pertenecía. Luego, la cesantía. Y a esperar las limosnas que
debían caer de la mesa del rico Epulón. Es que la palabra ‘izquierda’ no
siempre corresponde al concepto idílico de izquierda, así como tampoco,
muchas veces, la ‘derecha’ corresponde a la clásica derecha.
No la derrotó, sin embargo, su calidad de desempleada. Semanalmente, iba
a las cárceles a visitar a los presos; lo hacía regularmente, se la
podía encontrar tanto en la Penitenciaría como en la Cárcel Pública.
Al dictarse una ley que, en lugar de reincorporar a las empresas y
servicios estatales a quienes habían sido exonerados por razones
políticas, les ofreció una jubilación, Rosa presentó sus papeles para
hacerse acreedor de aquella. Por supuesto que dicha pensión iba a ser
mínima. La Unidad Popular había sido un movimiento juvenil; pocos de sus
integrantes tenían una historia previsional que exhibir. Sin embargo,
la ley exigió la presentación de esa historia. Y pocos pudieron hacerlo.
A los demás les quedó una alternativa que no era tal: la ‘pensión por
gracia’. Y la clásica frase que diviniza al mercado: ‘Take it or leave
it’.
Rosa enfermó. Como enferman todos los seres humanos. Como enferman los luchadores sociales. Su salud se deterioró.
Al día subsiguiente del sismo, el 1 de marzo, estaba tan débil que le
dio neumonitis. Su estado se agravó. Fue llevada de urgencia al Hospital
Salvador. Estuvo allí sedada, inconsciente, y con respiración mecánica.
Samuel Houston, que estuvo con ella en el recinto hospitalario,
describe el 5 de marzo esos momentos de la siguiente manera:
“Verla fue de gran impacto y además de una pena inmensa. Los que la
conocemos sabemos de su eterna lucha por la vida de los demás en
particular por decenas, centenas, sino miles de compañeras y compañeros a
los cuales defendió, ayudó y compartió un techo, un trozo de pan,
limpió una herida, cobijó, habitual en los memoriales para recordar a
nuestros y sus caídos, en particular a su querido Octavio. En fin, tanta
historia por compartir. Ahora sólo una reflexión: qué injusta es la
vida, ¿no? Qué pena que una compañera que tanto dio, nada recibió, pero
así es la vida de las y los grandes”.
Y el 6 de marzo nos narra que Rosa fue enviada a casa solamente para esperar su deceso. Había carencia de camas hospitalarias.
Rosa falleció al día siguiente, domingo 7. Su pensión miserable jamás le
permitió darse algún lujo. Quienes constituían su familia, y sus
amigos, la acompañaron hasta el último momento. No hubo floristas que
arrojaran pétalos al paso su féretro camino al camposanto. No hubo
discursos interminables destacando su calidad humana, ni contingentes
humanos que la acompañaran, gritando consignas, al momento de hacerla
descender a su tumba. Nunca pudo obtener que se hiciera justicia por la
desaparición de Octavio. La posibilidad de determinar culpables,
hechores, cómplices o encubridores, murió con ella. Como con muchos
otros y otras han muerto infinidad de posibilidades. Rosa, así, no tuvo
éxito en la vida.
Personalmente, me identifico con ella. Pertenezco al mundo de los
fracasados, de los que no tienen éxito en los negocios ni un
reconocimiento social que no sea el de amigos y familiares. No me quejo
por ello. No lo lamento. Soy como Rosa. Y escribo hoy sobre ella,
desconocida y humilde, olvidada y sola, porque su persona me resulta
cercana y cálida. Me hace entender que existen valores que van más allá
de los aplausos y de las recompensas. Porque Rosa representa, también, a
todos esos chilenos que, desde el anonimato, seguimos luchando por
construir una sociedad mejor sin esperar retribución alguna por nuestros
actos. Rosa representa a quienes somos del montón, personas
inmensamente pueblo, base social, individuos que estamos recordando a
cada instante nuestra procedencia, nuestro origen social, nuestra razón
de ser en este mundo.
Murió Rosa a poco de acontecer uno de los sismos más grandes de los que
se tiene memoria en el país. Chile es un país de sismos. Cada cierto
tiempo, uno de esos fenómenos telúricos se encarga de borrar todo
vestigio que hayan pretendido legar para el futuro las generaciones que
nos han precedido. Chile pareciera así estar condenado, por la
naturaleza, a ser un país desmemoriado, una nación sin pasado. No es
extraño que pocos recuerden a quienes han luchado por una patria mejor.
No es extraño que pocos recuerden hoy a Rosa.
Sin embargo, no es ese el mensaje que nos entrega la naturaleza. Un
sismo nos obliga a ser fuertes. Nos enseña que, para encontrar nuestras
raíces, es necesario perseverar, luchar con denuedo. Cada sismo, aunque
destruya las obras de arte y los monumentos arquitectónicos, no nos
invita a ser amnésicos, a perder nuestra identidad, a olvidar lo que
habíamos dicho, a olvidar lo que habíamos hecho, que es una forma de
morir. Nos invita, por el contrario, a esforzarnos para no ser sujetos
sin pasado, para recuperar nuestra memoria, para recordar todo aquello
que pueda perecer y a recrearlo constantemente en las nuevas
generaciones y en nosotros mismos. Un sismo es la advertencia seria que
nos entrega la naturaleza acerca de lo que no debemos ser. Un ‘mementa,
homo’. Por eso este pequeño homenaje a esta desconocida mujer, escrito
al compás de las réplicas del terremoto de febrero 27; a esta
inmensamente nuestra Rosa Rubilar.
Santiago, marzo de 2010
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