16 jun 2012

I PARTE: ASPECTOS BIOLÓGICOS RELEVANTES EN LA EVOLUCIÓN DEL SISTEMA CAPITALISTA

I PARTE: Sistemas vivos y parasitismo
Manuel Acuña Asenjo, Estocolmo, noviembre del 2007
“No entendemos a los blancos. Siempre quieren algo, siempre están temerosos, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? No lo sabemos. No podemos entenderlos. Poseen tan afiladas narices, tan crueles y delgados labios, tan marcados surcos en el rostro. Creemos que todos están locos”.

Comentario del caudillo de una etnia de Arizona, citado por Tomas Ljungberg .

CONTENIDO
I PARTE: Sistemas vivos y parasitismo
Sistemas abiertos y organismos
Enfermedad y parasitismo
Orígenes del parasitismo
La evolución del macro parasitismo
El macro parasitismo a escala menor o no ampliada
El macro parasitismo a escala mayor o ampliada: la aparición de las clases
II PARTE: El sistema capitalista y su acción sobre el cuerpo humano
Naturaleza del sistema capitalista en su aspecto contractual
Naturaleza del estado capitalista en su aspecto contractual
El sistema capitalista como forma superior de macro parasitismo
Los trastornos fisiológicos del ser humano
Rotación del capital y fisiología del cuerpo humano
III PARTE: Trastornos y formas de defensa corporales dentro del sistema capitalista
Los trastornos psicológicos del ser humano
Los trastornos sociales del ser humano
¿Una sociedad enferma?
Los mecanismos de evasión como soportes del macro parasitismo
El futuro del sistema capitalista

I PARTE: Sistemas vivos y parasitismo

SISTEMAS ABIERTOS Y ORGANISMOS

No deja de ser lamentable que Ludwig Von Bertalanffy, considerado en Occidente el padre de la teoría general de los sistemas, ni siquiera intentase ensayar una definición de lo que había de entenderse por tal, y prefiriese solamente hacer referencia a cada uno de sus diversos tipos . Un texto, que está llamado tanto a analizar el contenido de determinado fenómeno como a pronunciarse respecto del mismo, induce a la comisión de errores si previamente no define qué ha de entenderse por tal. En estricta lógica, incurre en una petición de principio; la conclusión es que, entonces, el discurso se enreda en un círculo vicioso.
Sorprende que nada de ello suceda, sin embargo, en la obra de Von Bertalanffy. Por el contrario: sus proposiciones desfilan ordenadamente y refuerzan la idea según la cual tal omisión puede ser explicada válidamente sin que, por ello, reste mérito al trabajo.
“Qué haya de definirse y de describirse como sistema no es cosa que tenga respuesta evidente o trivial. Se convendrá en que una galaxia, un perro, una célula y un átomo son sistemas reales, esto es, entidades percibidas en la observación o inferidas de ésta y que existen independientemente del observador. Por otro lado, están los sistemas conceptuales, como la lógica, las matemáticas (pero incluyendo, por ejemplo, también la música), que son ante todo construcciones simbólicas, con sistemas abstraídos (ciencias), como subclase de las últimas, es decir, sistemas conceptuales correspondientes a la realidad” .
Podemos nosotros señalar, no obstante, que un sistema puede definirse como aquella estructura cuyos componentes se encuentran dispuestos de determinada manera o adoptan determinada configuración; este esbozo de definición permite nuestra introducción en el tema.
La teoría general de los sistemas reconoce, a grandes rasgos, la existencia de una primera clasificación que distingue entre ‘sistemas abiertos’ y ‘sistemas cerrados’. Tal división se fundamenta en la simple cualidad que presenta cada uno de aquellos en torno a importar / exportar o no energía del o al exterior. Predominantemente termodinámica, esta construcción teórica puede resultar insuficiente para el investigador crítico, pero no para los fines que nos hemos propuesto.
Cuando la estructura de la cual se trata no realiza función alguna de
“[…] importación o exportación de materia” ,
el sistema se califica de ‘cerrado’; por el contrario, cuando tal función sí tiene lugar, se dice que el sistema es ‘abierto’.
Los sistemas abiertos son, por consiguiente, estructuras caracterizadas por un continuo ingreso / egreso de materia hacia y desde sí misma. Dentro de tales construcciones, que mantienen una intensa interacción con el exterior, pueden subdistinguirse variados tipos, entre otros, sistemas astrofísicos (como las galaxias y las estrellas), sistemas metereológicos (como los huracanes y las corrientes marítimas y aéreas), sistemas mecánicos (como las máquinas y otros artefactos construidos por la mano de los seres humanos), sistemas vivos (como los organismos, dentro de los cuales puede incluirse al ser humano), etc.
“El organismo vivo es mantenido en continuo intercambio de componentes; el metabolismo es una característica básica de los sistemas vivientes. Estamos, como si dijéramos, ante una máquina compuesta de combustible que continuamente se consume y, sin embargo, aquella se preserva” .
Los organismos o seres vivos, considerados en el carácter de sistemas abiertos, originan a la vez agrupaciones que reproducen, de manera análoga, sus características. Estas nuevas estructuras, que nacen de la interacción de los organismos, se llaman, por un lado, ‘sistemas sociales’ u organizaciones, a los que nos referiremos más adelante, y, por otro, ‘ecosistemas’ o sociedades ecológicas. Por el momento, bástenos saber que un sistema abierto ―y, por ende, un organismo― presenta, para Von Bertalanffy, nueve rasgos distintivos que lo diferencian de cualquier otro fenómeno similar; estos caracteres no son sino:
1 Importan o absorben energía de su entorno;
2 Procesan la energía que importan o extraen del exterior;
3 Expulsan las materias que no les son necesarias o, dicho de otro modo, exportan energía a su entorno para que otros organismos la aprovechen; esta función se conoce, también, bajo el nombre de ‘resultado’. Mirado desde el estricto punto de vista de la termodinámica, la expulsión de materias inservibles o desechos correspondería a una de las tantas formas en que se manifiesta la entropía, con las honrosas y abundantes excepciones que presenta el campo de la biología misma. Así nos lo recuerda James Lovelock, en su reciente obra, publicada en 2005 bajo el nombre de ‘The revenge of Gaia’; en ella, sostiene el investigador inglés que la orina, considerada en su expresión entrópica pura, bien pudo adoptar una forma más sencilla de elaboración y, por consiguiente, una composición diferente a la que tiene; sin embargo, todo hace suponer que tal sustancia pareciera estar hecha, más bien, para su mejor aprovechamiento por otras estructuras vivas ;
4 Realizan cíclicamente las actividades precedentes;
5 Emplean exhaustivamente los mecanismos de información, retroalimentación y codificación de la información;
6 Adquieren, por tales actividades, entropía negativa o, lo que es igual, paralizan cualquier tendencia que los conduzca a su propia extinción;
7 Obtienen un estado estable en virtud de la ‘regulación homeostática’, alcanzando lo que ciertos autores denominan ‘estabilidad en la inestabilidad’;
8 Adquieren una creciente diferenciación de las demás estructuras vivientes; y,
9 Realizan la ‘equifinalidad’ que, en palabras de Von Bertalanffy no es sino
“[…] la tendencia a un estado final característico a partir de diferentes estados iniciales y por diferentes caminos, fundada en interacción dinámica en un sistema abierto que alcanza un estado uniforme” .
A pesar que todo organismo, en su calidad de sistema abierto, se organiza sobre tales características, no siempre todas ellas se manifiestan en plenitud durante su existencia. Algunas veces, es una la que falta; otras, son dos. O tres. O muchas. Hasta es posible que se presenten notoriamente disminuidas en determinados organismos. En ese caso, el sistema vivo funciona anormalmente; apenas si produce entropía negativa y es casi incapaz de frenar las tendencias que, de persistir, van a conducirlo irremediablemente a su propia extinción. El organismo ―se dice, entonces― ha enfermado.

ENFERMEDAD Y PARASITISMO

Aunque corrientemente se afirma que la enfermedad es una
“[…] alteración más o menos grave de la salud” ,
tal definición no pasa de ser más que una simpleza. Y hasta podría considerarse una broma de mal gusto si se la compara o relaciona con el concepto de ‘salud’ que emplea, normalmente, la mayoría de las estadísticas al considerarla en el carácter de
“[…] ausencia de enfermedad” .
En realidad, las enfermedades son más bien manifestaciones del desequilibrio biológico que sufre la estructura corporal de un individuo. O, también, alteraciones en el funcionamiento normal de su organismo. Fritjof Capra sostiene que la enfermedad pareciera ser, más bien,
“[…] el funcionamiento defectuoso de los mecanismos biológicos que se estudian desde el punto de vista de la biología celular y molecular” .
A diferencia de otras culturas milenarias ―como la hindú y la china, que jamás lo hicieron―, la medicina occidental continuó, hasta casi a finales del pasado siglo, considerando al cuerpo como una estructura mecánica cuyo funcionamiento era susceptible de experimentar trabas o entorpecimientos por lo que la labor del médico no había de ser otra sino la de descubrir ‘la falla del artefacto’ y, en consecuencia, subsanarla .
Ya no sólo parece conveniente, sino urge caminar al compás de los tiempos, escribía George Engel, en su artículo ‘The need for a new medical model: a challenge for biomedicine’, publicado por la revista ‘Science’ en abril de 1977. Poner a la medicina a la altura de los grandes descubrimientos, continuaba, exige terminar de una vez con todas con
“[…] el concepto del cuerpo como máquina, de la enfermedad como consecuencia de la avería de la máquina y de la tarea del médico como la reparación de la máquina” .

La idea de considerar al cuerpo como una máquina era ajena a las concepciones de los grandes médicos de la antigüedad que parecían, más bien, inclinarse por la tesis del desequilibrio corporal. John D. Barrow señala, al respecto, que Claudio Galeno ―de quien se dice vivió en Grecia, presumiblemente, entre los años 121 y 261 antes de Cristo y fue seguidor de Erasístrato de Ceos― consideraba a la ‘buena salud’ como
“[…] un estado de equilibrio entre dos extremos donde el ‘justo medio entre todos los extremos’ es el mismo ‘en todas partes del cuerpo’. En consecuencia, observa que es necesario que cualquier desviación aleatoria de este equilibrio ocasionada por factores externos sea muy pequeña […]”
En efecto: en una de sus obras había escrito Claudio Galeno, sobre el particular, lo siguiente:
“La salud es un tipo de armonía […] Toda armonía se realiza y manifiesta en una doble manera, primero alcanzando la perfección […] y, segundo, desviándose sólo ligeramente de esta perfección absoluta […]”
Es la idea que hoy impera y que comparte la generalidad de los tratadistas. Por eso, podemos afirmar, con Capra, que la enfermedad no constituye sino una manifestación del desequilibrio básico del organismo cuyas causas o motivos pueden ser múltiples.
De entre las causas que provocan la ruptura del equilibrio corporal ―generadoras, por consiguiente, de enfermedades― podemos distinguir, fundamentalmente dos:
a) aquellas que son provocadas por factores internos a la estructura corporal; y,
b) aquellas que se originan en factores externos.
La distinción no es irrelevante. En el primer caso, un ser vivo puede ver afectada su estructura corporal por defectos en la construcción de la misma o, lo que es igual, fallas en su código genético, y en la acción de agentes que afectan dicha estructura durante el desarrollo de su vida intrauterina. No son, por regla general, organismos extraños al cuerpo; pero sí pueden ser factores extraños. En el segundo caso, se trata de agentes físicos externos. Operan, generalmente, luego del nacimiento de la persona y durante toda su vida social; son, casi siempre, organismos ajenos al cuerpo. Cuando esto sucede, un ser vivo ―cualquiera, grande, mediano o pequeño― afecta el desarrollo y funcionamiento de otro para alimentarse de su producción que es, en primer lugar, la propia corporeidad de aquel y, en segundo, alguna obra o elaboración suya; en realidad, y en definitiva, el sistema vivo invasor busca apoderarse de la energía que produce su contraparte. El fenómeno así descrito da origen a lo que se llama ‘parasitismo’; la apropiación de energía se realiza en virtud de una acción que tiene por finalidad el despojo de la propiedad ajena . Al respecto, pueden presentarse tres situaciones:
En la primera, el invasor posee una dimensión o tamaño tan inferior al invadido por lo que se hace casi imposible percibir su presencia a simple vista; en la segunda, es posible lograr tal percepción, pero el tamaño del extraño sigue siendo reducido. En ambos casos, el organismo que invade a otro cuerpo adquiere el nombre de ‘huésped’, reservándose el de ‘hospedante’ para el organismo invadido. Ambos casos corresponden al llamado ‘parasitismo’ en general; sin embargo, se acostumbra denominar a la primera ‘micro parasitismo’, y simplemente ‘parasitismo’ a la segunda o ‘parasitismo propiamente tal’.
En la tercera de las situaciones, el organismo que realiza el acto de despojo es considerablemente mayor; su tamaño puede ser hasta casi igual e, incluso, superior al de quien va a despojar de lo suyo; este caso se denomina ‘macro parasitismo’, y lo comete, por vía ejemplificativa, la leona que, luego de abatir a la gacela, la devora o entrega a sus cachorros, en el carácter de alimento.
Un organismo pequeño, independiente, ajeno, que se introduce o adhiere al cuerpo receptor para vivir a sus expensas puede o no ocasionarle una desregulación biológica. No lo hace cuando ‘descubre’ que, de no provocar su extinción, puede establecerse indefinidamente en su corporeidad y extraer de ella todo lo necesario para conservarse y reproducirse. En consecuencia, su forma de vida se altera al ligarse indisolublemente a la de quien lo alberga. Y puesto que depende de la existencia de su ‘hospedante’, ha de comenzar a realizar respecto de éste ciertas labores de colaboración. Algunas de las funciones necesarias para la conservación del cuerpo receptor pasan a ser propias del parásito: el ‘huésped’ aprende a ‘cooperar’. Esta vinculación entre ambos organismos pasa a ser tan estrecha que, en la generalidad de los casos, la defensa ante los ataques provenientes de otras formas de vida se realiza en forma común: el parásito defiende a su hospedante como si se tratara de un ataque contra sí mismo. En tal caso, ya no se habla de simple cooperación sino de ‘simbiosis’: la vida entre ambos organismos se ha tornado conjunta. Cuando la colaboración termina con la fusión de ambas entidades y una ingresa a la otra en calidad de parte suya integrante ya no se habla, simplemente de simbiosis, sino de ‘endosimbiosis’. Por consiguiente, no puede considerarse que todo parasitismo es enfermedad ni que toda enfermedad es parasitismo.
Lynn Margulis y Dorion Sagan se refieren a este fenómeno en varias de sus obras conjuntas, señalando sobre el primero de aquellos conceptos lo siguiente:
“Se habla de simbiosis cuando una relación ecológica y física entre dos organismos de distinta clase es mucho más íntima que la simple asociación” .
Y, respecto del fenómeno que ellos mismos denominaran ‘endosimbiosis’, señalan:
“En este tipo de relación un organismo ―microscópico o visible― vive no ya al lado del otro, sino dentro de él. En la endosimbiosis se produce una fusión de entes orgánicos” .
Un parásito puede incorporarse a otro organismo o apropiarse de él. Cuando esa incorporación o apropiación no deriva a simbiosis o endosimbiosis, el cuerpo del expropiado o invadido sufre un fuerte trastorno; la enfermedad hace su aparición para adoptar rasgos tan peculiares como diferente sea el tipo de parasitismo del que se trata.
En el micro parasitismo ―como asimismo en lo que hemos denominado ‘parasitismo propiamente tal’―, por sobre las enfermedades de carácter psicológico o neurofisiológico, referidas al funcionamiento anómalo del sistema nervioso y del cerebro, predominan aquellas de tipo fisiológico, que dicen relación con el resto de los diferentes órganos corporales. En el macro parasitismo, por el contrario, las enfermedades de carácter psicológico o neurofisiológico predominan por sobre las fisiológicas: el oso que arranca el brazo de su víctima no la infecta directamente, pero sí puede ocasionarle un trauma psíquico.
Tratándose de micro parasitismo, la invasión al cuerpo del ‘hospedante’ es realizada por organismos pequeños que, por esa razón, se les conoce bajo el nombre de ‘microorganismos’, formas de vida minúscula en perpetua búsqueda de alimento, invisibles al ojo del ser humano. Estos microorganismos se presentan en forma de vida unicelular (bacterias), pluricelular (protozoos) e, incluso, de ‘vida en suspensión’ (virus). El micro parasitismo bacteriano, protozoario y viral constituyen los tipos más frecuentes y conocidos de parasitismo dentro del mundo de la biología, junto al que hemos denominado ‘parasitismo propiamente tal’.
Este último es practicado por organismos pluricelulares, también pequeños, generalmente visibles a simple vista. Adoptan, del mismo modo, un variado espectro de formas siendo las más conocidas la vermiforme, la insectil y la arácnida. Pertenecen al primer grupo la tenia o lombriz solitaria y los oxiuros; al segundo, el piojo o pediculus y la pulga o pulex; al tercero, la garrapata o calparra y los ácaros o acáridos, en sus diversos tipos. Todos estos organismos actúan sobre el cuerpo del ‘hospedante’ con la única finalidad de apoderarse de su propiedad energética y hacerla suya. ¿Proceso natural? Sin lugar a dudas. Pero no por eso proceso generalizado. Existen especies que jamás se apoderan del cuerpo de otras; ni de su energía ni de lo que producen, pues fabrican sus propios alimentos. Son las especies autótrofas ―dentro de las cuales se encuentra la generalidad del mundo vegetal―, que se contraponen a las heterótrofas, conceptos que no trataremos en esta oportunidad por razones de espacio.
Dado el amplio abanico que el microparasitismo abarca, parecería ser éste la expresión más auténtica del parasitismo en general. Es, en verdad, la más conocida. Y, no obstante, existe otra que se da con tanta o mayor frecuencia. Es el parasistismo de las grandes bestias o estructuras biológicas mayores: se le llama ‘macro parasitismo’, aunque en otras ramas del saber (Ecología) se le conoce como ‘predación’. A esta extrema forma de vida, a expensas de otro u otros, nos referiremos de inmediato, no sin antes decir unas breves palabras acerca del origen del parasitismo, en general.

ORÍGENES DEL PARASITISMO

Existe un convencimiento más o menos generalizado en cuanto a suponer que el ser humano se ‘incorporó’ en un determinado momento a un no menos determinado espacio dentro de la naturaleza, donde sufre, actualmente, la ‘agresividad’ de ‘su’ entorno; porque el espacio aquel constituye su ‘hábitat’ o ‘nicho ecológico’.
Tal concepción no se corresponde con la realidad. El ser humano rara vez analiza su propia naturaleza desde una perspectiva ajena; su visión es extremadamente antropocéntrica, es decir, a partir de sí mismo, como eje en torno al que gira el universo. Solamente espera que se inclinen ante él, como lo asevera la sentencia bíblica, ‘las aves del cielo, las bestias de la tierra y los peces del mar’. Nada más equívoco y erróneo. Como cualquier otro ser vivo, el ser humano es parte de la naturaleza, aunque parte ínfima. Integra, junto a otras especies, lo que algunos autores denominan ‘pirámide ecológica’ y otros designan como ‘cadena trófica’; cumple en ella una función determinada, al igual que las demás especies. Colabora, por tanto, con las otras, entregándoles lo que no le sirve para recibir de ellas lo que desechan; pero a la vez, compite con las que pretenden apoderarse de sus pertenencias.
La naturaleza, que inventó la ley del mínimo esfuerzo, exige de los seres vivos un funcionamiento en ‘comunidad’. Todo lo que existe es necesario para la supervivencia de todos y de todo. No existe, en consecuencia, ‘entorno’ propio en el estricto sentido de la palabra, sino una suerte de vida conjunta, necesaria e ineludible . Los estudiosos de la ecología llaman a esa forma de vida ‘biocenosis’ o, simplemente, ‘cenosis’, que significa, precisamente, ‘comunidad’ . Existe, por consiguiente, una verdadera ‘asociación’ de organismos vivos, en perpetua interacción, dentro de la cual es el ser humano una especie más de cuantas existen.
En esa ‘asociación’, lo que se conoce bajo el nombre de ‘parasitismo’ es una de las tantas formas de vida conjunta que ha inventado la naturaleza. En algunos casos, es decir, cuando esa forma de vida conjunta amenaza al organismo parasitado, le obliga a defenderse, a emplear sus mecanismos cibernéticos, a robustecerse en su uso o a buscar otras formas de rechazar la invasión. En ese normal y complejo hábitat hay un permanente y activo intercambio de formas de vida. Y, por consiguiente, de transferencia de elementos parasitarios. Por eso, cuando el ser humano necesita de la compañía de otro animal (por ejemplo, el perro), incorpora a su mundo personal las formas parasitarias que invaden a su nuevo compañero (las pulgas) haciéndolas propias; no ocurre de manera diferente cuando cultiva la tierra y ésta es invadida por ratas, gorriones y otras especies, que viven de la obra del ser humano. Los organismos parasitarios arrastran consigo sus propios parásitos para transferirlos, a su vez, a las especies que parasitan. El intercambio vital es extraordinariamente activo en la naturaleza. Por eso, así sucede, también, cuando el ser humano practica la ganadería: en esa afición hace suyos los parásitos de las especies que toma a su cuidado. Diamond, que estudiara estos aspectos de la vida en común, a expensas de los demás, dentro de este sistema único que es la tierra, ve en la ‘asociación biológica’ el origen del fenómeno que se conoce corrientemente bajo la denominación de ‘parasitismo’.

LA EVOLUCIÓN DEL MACRO PARASITISMO

El concepto de ‘macro parasitismo’, como opuesto al de ‘micro parasitismo’, era ya conocido dentro de los círculos académicos relacionados con la biología en 1976, año de la publicación de la obra ‘Plagues and Peoples’, del historiador norteamericano William Mc Neill. Hasta esa fecha se le empleaba como sinónimo de la apropiación que una especie hacía del cuerpo de otra, con la finalidad de proveerse de alimentos. Sin embargo, a partir de la publicación del mencionado libro, el significado de ‘macro parasitismo’ adquirió un contenido por entero nuevo, ampliándose al campo de la sociología. En ecología continúa siendo, como ya se ha expresado en los acápites anteriores, una de las tres especies del parasitismo, el que, conjuntamente con los ‘expoliadores’ y ‘agallas’, forma un conjunto denominado ‘relaciones tróficas colaterales’
De acuerdo a lo que sostiene Mc Neill, no se encuentra el ser humano, como todos los organismos, libre de experimentar el ataque o agresión de una especie diferente a la suya. Los grandes predadores (tigres, osos, cocodrilos, leones) pueden hacerlo con la ya consabida finalidad de tomar posesión de su estructura corporal y aprovechar así la energía que contienen sus músculos, tendones, huesos, cartílagos, linfa. Sin embargo, para Mc Neill, siendo el ser humano una de las tantas especies que pueblan el planeta, a diferencia de aquellas, posee una notable capacidad de inventiva, en virtud de la cual constantemente elabora nuevas y variadas formas de sobrevivencia: construye, emplea y perfecciona instrumentos cada vez más precisos y exactos, y acumula conocimiento que traduce, finalmente, en ciencia y tecnología. En consecuencia, reduce la posibilidad de éxito de las demás especies en torno a convertirlo objeto de caza y, por el contrario, las hace presa suya. No debe sorprender, entonces, que los demás seres vivos no operen hoy discrecionalmente en su presencia y se hayan vuelto más cautos o tímidos; también las bestias aprenden a comportarse de manera diferente en distintas situaciones. Se puede afirmar, por consiguiente, que no existe, prácticamente, amenaza alguna del reino animal en su contra. Tal motivo contribuye eficazmente, asegura Mc Neill, a que el fenómeno del macro parasitismo sea poco conocido y se le preste escasa consideración.
“El problema de convertirse en alimento de algún otro organismo es poco conocido, en gran medida debido a que el ser humano acabó muy pronto con el temor a los grandes predadores como el león y los lobos” .
Cuando las formas de vida adoptadas por las diferentes especies experimentan variaciones en épocas determinadas permiten, al mismo tiempo, la emergencia de nuevos y sorprendentes niveles de organización. Formas de existencia que antes no se habían manifestado surgen sorpresivamente; las sociedades adoptan modos de vida distintos y nuevos comportamientos se hacen presentes.
Con el macro parasitismo no sucedió de manera diferente. Alejado el problema del acoso de las grandes bestias, aquel fenómeno se orientó en una dirección inesperada: el canibalismo o apropiación del cuerpo de los miembros de la misma especie con fines alimentarios. El predador de especies ajenas se hizo predador de la propia. Mc Neill se encarga de expresarlo en los siguientes términos:
“La aterradora destreza del cazador humano lo distanció rápidamente del resto de sus rivales predadores. La humanidad se colocó de ese modo en la cima de la cadena de la supervivencia con escaso riesgo de ser devorada por otros predadores. Pero durante un largo período posterior constituyó el canibalismo al parecer un importante aspecto del intercambio entre las vecinas sociedades humanas. Los exitosos cazadores se colocaron al nivel del león y de la manada de lobos” .
La apropiación de un ser humano por otro, su exterminio, el aprovechamiento de su cuerpo en el carácter de alimento parece constituir la expresión de la más primitiva forma de vida parasitaria que un grupo social pudo adoptar respecto de otro u otros. Esta circunstancia, marca el inicio del distanciamiento del ser humano respecto del resto de los animales, cuyas formas de vida raramente incluyen la apropiación del cuerpo o la energía de los miembros de su propia especie; en los siglos posteriores culminaría con el establecimiento de un macro parasitismo, por decirlo así, a escala ampliada. De ese modo lo explica Mc Neill, en otro de los pasajes de su obra:
“Más tarde, cuando la producción de medios de vida fue la base de ciertas sociedades, un sofisticado macro parasitismo se hizo presente. Un conquistador podía apoderarse del alimento de quienes lo producían y al consumirlo él mismo se convirtió en un nuevo tipo de parásito de aquellos que producían. Las regiones especialmente riesgosas se mostraron más propicias para establecer un modelo comparativamente estable de esta suerte de macro parasitismo entre los seres humanos” .

EL MACRO PARASITISMO A ESCALA MENOR O NO AMPLIADA

La conquista de un grupo por otro, de una sociedad por otra, de un pueblo por otro, forma más elaborada de macro parasitismo, no preocupó mayormente a David Ricardo; por el contrario: le permitió, en su tiempo, asegurar que el proceso de distribución de tierras y de recursos no sólo precedía preferentemente a la producción misma, sino constituía también ‘el verdadero sujeto de la Economía política contemporánea’.
Detengámonos un momento en esta parte, Porque el acto de conquista obliga a tratar, brevemente, una forma de vida y un concepto especial. Karl Heinrich Marx, que estudiara preferentemente las civilizaciones occidentales, lo denominó, en su tiempo, ‘modo de saqueo’, acto de despojo, de apropiación, en virtud del cual determinados grupos humanos toman, para sí y los suyos, las pertenencias ajenas y demás obras que otros realizan.
Una conquista implica la apropiación del trabajo y de la propiedad ajena tanto particular como colectiva. Se realiza con el auxilio de una fuerza armada o, lo que es igual, con el apoyo de un grupo social organizado en la forma de ejército, que ocupa transitoria o definitivamente un territorio. Por lo mismo, puede la conquista implicar el simple escamoteo de bienes y pertenencias ajenas de carácter mueble, seguido del inmediato retiro de las tropas, o la instalación definitiva del conquistador sobre el territorio conquistado. En este último caso, no existe solamente saqueo, sino adquisición territorial e indefinida de la región ocupada. En tal situación pueden presentarse tres diferentes maneras de construir una organización social que corresponden, a su vez, a las tres variantes clásicas del tipo de sociedades que aparecieron en Occidente. Señala, Karl Marx, sobre el particular:
“Toda conquista encierra tres posibilidades. El pueblo conquistador impone su propio modo de producción al pueblo conquistado (así fueron, por ejemplo, los ingleses en Irlanda durante este siglo, y hasta cierto grado en la India); o deja de subsistir el modo de producción antiguo, contentándose con cobrar un tributo (por ejemplo, los turcos y los romanos); o bien, se produce una acción recíproca o de lugar en algo nuevo, a una síntesis (así ocurrió parcialmente como resultado de las conquistas germánicas). En todos los casos, el modo de producción, sea el del pueblo conquistador o del pueblo conquistado, o bien el derivado de la fusión de los dos precedentes, determina la nueva distribución que aparece” .
El modo de saqueo no es en sí un modo de producción: requiere de la pre existencia de bienes susceptibles de apropiación, lo que implica una producción previa. En palabras de Marx:
“El modo de saqueo lo determina a su vez el modo de producción” .
En otras palabras: no puede ser objeto de saqueo lo que aún no se produce. El fundamento de tal afirmación no puede ser más simple: todo saqueo implica una previa producción que, precisamente por eso, va a ser objeto de saqueo. En consecuencia, no puede suponerse, según lo sostiene David Ricardo, que la distribución de tierras y recursos, como proceso anterior a la producción, anteceda a ésta.
Estudios posteriores han permitido conocer formas macro parasitarias de vida instauradas por el ser humano en determinadas regiones del planeta que, no poseyendo la virulencia propia del ‘modo de saqueo’, ensayaron vías de expropiación de productos no sólo toleradas por las sociedades parasitadas, sino a menudo consentidas por aquellas. La organización social china, creada a partir de la dominación de los mongoles, el llamado ‘modo de producción asiático’, en donde la permanencia al margen de la sociedad resultaba extraordinariamente más onerosa que vivir dentro de ella, es uno de los ejemplos a considerar; también lo es la sociedad instaurada luego de la conquista de los pueblos aledaños realizada por el imperio inca, cuyos dominios se extendían a lo largo de casi toda América Latina entre el Océano Pacífico y el macizo de los Andes.

EL MACRO PARASITISMO A ESCALA AMPLIADA: LA APARICIÓN DE LAS CLASES

No existe consenso entre los autores en torno a determinar cuál fue el factor que unió a los diferentes grupos humanos a lo largo de la historia. Algunos investigadores sostienen que pudo serlo la creencia en una diosa o un dios ; otros, como Robin Dunbar, parecen inclinarse más por considerar en el carácter de tal a las formas de comunicación establecidas entre los seres humanos, la comunicación práctica expresada en el lenguaje o el idioma común . Barbosa y Letourneau sostienen, por su parte, que la comunicación que unió a los organismos vivos fue, más que el lenguaje o idioma común, una red vinculada a la selección de alimentos y captación de energía que, por lo mismo, llaman ‘red alelo química’. Así lo expresan, en forma sucinta:
“Paralelamente la tan renombrada red alimentaria que ata los variados niveles tróficos de todas las comunidades es una red alelo química ”
Cualquiera haya sido ese factor, existe consenso entre los investigadores en considerar que las primeras organizaciones sociales humanas se manifestaron en el carácter de ‘teocráticas’. La diosa, el dios o varios personajes excelsos resumieron, en su culto, los temores que nuestros primitivos antepasados mostraban ante los fenómenos de la naturaleza. Una mujer ―o, a menudo, un hombre sabio― apareció interpuesta en el carácter de mediadora entre la divinidad y el grupo social. La mediación creaba lazos de dependencia: sacerdotes o sacerdotisas, revestidos de autoridad divina, comenzaron a conducir a la sociedad en su conjunto. Fueron sus líderes naturales a la vez que divinos. Las primeras agrupaciones humanas se organizaron, de esa manera, en el carácter de ‘teocráticas’; el poder militar, que daría nacimiento a los reyes y caudillos, si bien se manifestaba en grupos armados (bandas y ‘protectores’ de aldeas o villorrios) no adquiría aún la importancia que iría a presentar en épocas posteriores. Cuando ello sucedió, se hizo necesaria otra forma de estructura social que diese cuenta de esos cambios: tal fue la institución que se denominó ‘estado’. En los siglos anteriores, las sociedades habían alcanzado a dar vida y nacimiento solamente a ‘protoestados’, estados en proceso de serlo, organizaciones sociales no mediadas en toda su extensión por la fuerza física. El trabajo se organizaba sobre la base de la apropiación que el trabajador hacía de parte de su producción; el resto lo guardaba para la estructura protoestatal que, a su vez, tomaba una porción para sí reservando el remanente para repartirlo entre la población en los períodos de crisis. Era una forma de privar al trabajador del producto de su trabajo, sin lugar a dudas, pero con niveles de explotación que parecían tolerables.
Mc Neill sostiene, no obstante, que las condiciones de vida del productor directo bajo los regímenes teocráticos eran bastante más duras.
“Las más antiguas civilizaciones se establecieron sobre la base de percibir tan solo una parte del producto de la sociedad sometida y conceder lo suficiente como para que aquella pudiese sobrevivir año tras año. Los fundamentos de la civilización macro parasitaria fueron severos y categóricos durante sus primeros estadios; más tarde y gradualmente tanto los servicios de la ciudad como del campo gozaron de mayor consideración lo que llevó a una disminución parcial de la carga impositiva. Pero en los comienzos, poco o nada recibían los atribulados campesinos en compensación por los medios de vida que proporcionaban a los sacerdotes y reyes y a sus concubinas en las ciudades, cuando no fuese una incierta protección contra otros saqueadores ocasionales y más inescrupulosos” .
Al imponerse el estado como unificador del conjunto social, las protoclases, los incipientes estamentos sociales organizados en torno al sumo sacerdote o a la suma sacerdotisa, devinieron, a su vez, en clases. Unas dominaron a las otras e impusieron como forma de vida el macro parasitismo social.
De lo expresado anteriormente se puede inferir que la apropiación del cuerpo de otra persona ha constituido la forma más extrema y burda (y, sin lugar a dudas, más cruel) de macro parasitismo inventada por el ser humano. En la evolución occidental, aquella fue reemplazada por una nueva forma extrema de macro parasitismo dentro de la cual el macro parásito, aún cuando continuaba apropiándose del cuerpo del individuo, del de su mujer y / o del o de los cuerpos del que era su grupo familiar, no lo hacía con el propósito de usarlos en calidad de alimento, sino de tomar para sí el producto del trabajo de todos ellos; tal institución ha sido denominada esclavismo en los diferentes textos de historia. Reemplazó a ésta, en los siglos posteriores, la llamada servidumbre de la gleba, que implicó un leve avance respecto de la anterior, para terminar finalmente con el moderno trabajador de las empresas.
Así, pues, en el transcurso de los años, los sectores dominantes de la sociedad, sin proponérselo siquiera, hicieron sus propios descubrimientos, entre otros, aquel mecanismo exitosamente empleado por todo parásito ‘inteligente’ para asegurar su supervivencia a expensas del cuerpo del hospedante: conservarlo con vida y no ultimarlo, a fin de evitar el riesgo de poner en peligro su propia existencia.
Pero, cuidado. Los estamentos dominantes jamás actúan motivados por sentimientos de empatía hacia los demás, sino por razones de estricta conveniencia. No exteriorizan una conducta diferente a la del parásito cuya finalidad es sobrevivir de la manera que sea. Y, no obstante, aún así, realizan descubrimientos que perfeccionan su comportamiento social.
Una sociedad es un cuerpo colectivo que forman muchos cuerpos individuales. Existe y se perpetúa globalmente porque también se reproduce individualmente en cada uno de sus componentes. Pero éstos no siempre son los mismos. Es más. Se sustituyen. Rotan. Cumplen ciclos de existencia, tras los cuales son reemplazados por otros sujetos de su misma especie. El ente particular, en la medida que cumple su función de dejar sustitutos, se torna irrelevante, pierde toda significación. Solamente vale porque, al ser reemplazado, permite la prolongación temporal del cuerpo colectivo. Y eso es trascendental. Porque el predador o macro parásito puede exterminar determinado número de individuos dentro de un grupo social sin arriesgar la persistencia del grupo total. El macro parásito descubre, así, que poco o nada interesa la desaparición de algunos trabajadores; lo importante es que el trabajador no lo haga.
Por eso, cuando el estado hizo, finalmente, su exitoso ingreso a la sociedad occidental, las clases comenzaron a actuar y una de ellas o alguna de sus fracciones, en el carácter de dominante, adoptó definitivamente el macro parasitismo como forma de vida. La reproducción en especie del trabajador le resultó irrelevante, no así su reproducción en género. El estado, forma ideal de sociedad para llevar a cabo la dominación, comenzó a conducir al macro parasitismo a su pleno apogeo.
Lo que sucedió en los siglos posteriores es bastante conocido:
Los dominadores, si bien en un comienzo, se apoderaron de manera brutal de los vencidos y de sus bienes, muy pronto descubrieron que tal objetivo se podía obtener en una forma más tolerable, introduciendo talas, sesgos, límites a la unidad originaria. Modos de producción basados en esas modificaciones, adaptaciones y recortes, se sucedieron no unos como consecuencia de otros, sino más bien como reordenamientos diferentes de los distintos componentes de la producción, de acuerdo al axioma aquel según el cual ‘es el todo lo que hace a la parte y no lo contrario’: el sistema mundial requería de ordenamientos y reordenamientos, del establecimiento de nuevos centros y periferias, de flujos migratorios, de estructuras intermedias . Y mientras los dominadores pasaban a ser los ‘señores’ en cada uno de los sistemas sociales que se instauraban, el macro parasitismo comenzó a mostrar rostro de normalidad: por la magia de la repetición se reproducía regular y constantemente, haciéndose ‘normal’ o ‘natural’. ¿Asimilación o habituación, como se le denomina por algunos autores? Lo cierto era que el macro parasitismo se transformaba, de esa manera, en un ‘suceso’ cotidiano más, pues todo lo que se manifiesta en el carácter de repetición, y acaece u ocurre periódicamente, adquiere tal atributo . Entonces, fue ‘normal’ que los señores enviasen grupos armados para exigir, en primer término, a los sectores dominados la entrega de bienes en especie o cuerpo cierto, bajo la forma de tributo; posteriormente, cuando el dinero se impuso como medio de pago, tales grupos se abocaron a la recolección del dinero, y también esa circunstancia constituyó algo ‘normal’ por entero. En épocas posteriores, tales señores fueron reemplazados por otros señores que no irían a desempeñar diferente función; los presidentes, primeros ministros y parlamentarios hicieron su entrada triunfal en la nueva sociedad, investidos de la calidad de representantes del ‘pueblo’. La percepción de los tributos siguió siendo ―y continúa siéndolo― una poderosa fuente de enriquecimiento para los sectores dominantes. Bajo otras formas. Bajo otros respectos. Pero sin abandonar sus naturales rasgos de parasitismo social.
Publicado el : |2007-11-04|




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