Manuel Acuña Asenjo, Estocolmo, noviembre del 2007
“No entendemos a los blancos. Siempre quieren algo,
siempre están temerosos, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? No lo
sabemos. No podemos entenderlos. Poseen tan afiladas narices, tan
crueles y delgados labios, tan marcados surcos en el rostro. Creemos que
todos están locos”.
Comentario del caudillo de una etnia de Arizona, citado por Tomas Ljungberg .
CONTENIDO
I PARTE: Sistemas vivos y parasitismo
Sistemas abiertos y organismos
Enfermedad y parasitismo
Orígenes del parasitismo
La evolución del macro parasitismo
El macro parasitismo a escala menor o no ampliada
El macro parasitismo a escala mayor o ampliada: la aparición de las clases
II PARTE: El sistema capitalista y su acción sobre el cuerpo humano
Naturaleza del sistema capitalista en su aspecto contractual
Naturaleza del estado capitalista en su aspecto contractual
El sistema capitalista como forma superior de macro parasitismo
Los trastornos fisiológicos del ser humano
Rotación del capital y fisiología del cuerpo humano
III PARTE: Trastornos y formas de defensa corporales dentro del sistema capitalista
Los trastornos psicológicos del ser humano
Los trastornos sociales del ser humano
¿Una sociedad enferma?
Los mecanismos de evasión como soportes del macro parasitismo
El futuro del sistema capitalista
I PARTE: Sistemas vivos y parasitismo
SISTEMAS ABIERTOS Y ORGANISMOS
No deja de ser lamentable que Ludwig Von Bertalanffy, considerado en
Occidente el padre de la teoría general de los sistemas, ni siquiera
intentase ensayar una definición de lo que había de entenderse por tal, y
prefiriese solamente hacer referencia a cada uno de sus diversos tipos .
Un texto, que está llamado tanto a analizar el contenido de determinado
fenómeno como a pronunciarse respecto del mismo, induce a la comisión
de errores si previamente no define qué ha de entenderse por tal. En
estricta lógica, incurre en una petición de principio; la conclusión es
que, entonces, el discurso se enreda en un círculo vicioso.
Sorprende que nada de ello suceda, sin embargo, en la obra de Von
Bertalanffy. Por el contrario: sus proposiciones desfilan ordenadamente y
refuerzan la idea según la cual tal omisión puede ser explicada
válidamente sin que, por ello, reste mérito al trabajo.
“Qué haya de definirse y de describirse como sistema no es cosa que
tenga respuesta evidente o trivial. Se convendrá en que una galaxia, un
perro, una célula y un átomo son sistemas reales, esto es, entidades
percibidas en la observación o inferidas de ésta y que existen
independientemente del observador. Por otro lado, están los sistemas
conceptuales, como la lógica, las matemáticas (pero incluyendo, por
ejemplo, también la música), que son ante todo construcciones
simbólicas, con sistemas abstraídos (ciencias), como subclase de las
últimas, es decir, sistemas conceptuales correspondientes a la realidad”
.
Podemos nosotros señalar, no obstante, que un sistema puede definirse
como aquella estructura cuyos componentes se encuentran dispuestos de
determinada manera o adoptan determinada configuración; este esbozo de
definición permite nuestra introducción en el tema.
La teoría general de los sistemas reconoce, a grandes rasgos, la
existencia de una primera clasificación que distingue entre ‘sistemas
abiertos’ y ‘sistemas cerrados’. Tal división se fundamenta en la simple
cualidad que presenta cada uno de aquellos en torno a importar /
exportar o no energía del o al exterior. Predominantemente
termodinámica, esta construcción teórica puede resultar insuficiente
para el investigador crítico, pero no para los fines que nos hemos
propuesto.
Cuando la estructura de la cual se trata no realiza función alguna de
“[…] importación o exportación de materia” ,
el sistema se califica de ‘cerrado’; por el contrario, cuando tal función sí tiene lugar, se dice que el sistema es ‘abierto’.
Los sistemas abiertos son, por consiguiente, estructuras caracterizadas
por un continuo ingreso / egreso de materia hacia y desde sí misma.
Dentro de tales construcciones, que mantienen una intensa interacción
con el exterior, pueden subdistinguirse variados tipos, entre otros,
sistemas astrofísicos (como las galaxias y las estrellas), sistemas
metereológicos (como los huracanes y las corrientes marítimas y aéreas),
sistemas mecánicos (como las máquinas y otros artefactos construidos
por la mano de los seres humanos), sistemas vivos (como los organismos,
dentro de los cuales puede incluirse al ser humano), etc.
“El organismo vivo es mantenido en continuo intercambio de componentes;
el metabolismo es una característica básica de los sistemas vivientes.
Estamos, como si dijéramos, ante una máquina compuesta de combustible
que continuamente se consume y, sin embargo, aquella se preserva” .
Los organismos o seres vivos, considerados en el carácter de sistemas
abiertos, originan a la vez agrupaciones que reproducen, de manera
análoga, sus características. Estas nuevas estructuras, que nacen de la
interacción de los organismos, se llaman, por un lado, ‘sistemas
sociales’ u organizaciones, a los que nos referiremos más adelante, y,
por otro, ‘ecosistemas’ o sociedades ecológicas. Por el momento,
bástenos saber que un sistema abierto ―y, por ende, un organismo―
presenta, para Von Bertalanffy, nueve rasgos distintivos que lo
diferencian de cualquier otro fenómeno similar; estos caracteres no son
sino:
1 Importan o absorben energía de su entorno;
2 Procesan la energía que importan o extraen del exterior;
3 Expulsan las materias que no les son necesarias o, dicho de otro modo,
exportan energía a su entorno para que otros organismos la aprovechen;
esta función se conoce, también, bajo el nombre de ‘resultado’. Mirado
desde el estricto punto de vista de la termodinámica, la expulsión de
materias inservibles o desechos correspondería a una de las tantas
formas en que se manifiesta la entropía, con las honrosas y abundantes
excepciones que presenta el campo de la biología misma. Así nos lo
recuerda James Lovelock, en su reciente obra, publicada en 2005 bajo el
nombre de ‘The revenge of Gaia’; en ella, sostiene el investigador
inglés que la orina, considerada en su expresión entrópica pura, bien
pudo adoptar una forma más sencilla de elaboración y, por consiguiente,
una composición diferente a la que tiene; sin embargo, todo hace suponer
que tal sustancia pareciera estar hecha, más bien, para su mejor
aprovechamiento por otras estructuras vivas ;
4 Realizan cíclicamente las actividades precedentes;
5 Emplean exhaustivamente los mecanismos de información, retroalimentación y codificación de la información;
6 Adquieren, por tales actividades, entropía negativa o, lo que es
igual, paralizan cualquier tendencia que los conduzca a su propia
extinción;
7 Obtienen un estado estable en virtud de la ‘regulación homeostática’,
alcanzando lo que ciertos autores denominan ‘estabilidad en la
inestabilidad’;
8 Adquieren una creciente diferenciación de las demás estructuras vivientes; y,
9 Realizan la ‘equifinalidad’ que, en palabras de Von Bertalanffy no es sino
“[…] la tendencia a un estado final característico a partir de
diferentes estados iniciales y por diferentes caminos, fundada en
interacción dinámica en un sistema abierto que alcanza un estado
uniforme” .
A pesar que todo organismo, en su calidad de sistema abierto, se
organiza sobre tales características, no siempre todas ellas se
manifiestan en plenitud durante su existencia. Algunas veces, es una la
que falta; otras, son dos. O tres. O muchas. Hasta es posible que se
presenten notoriamente disminuidas en determinados organismos. En ese
caso, el sistema vivo funciona anormalmente; apenas si produce entropía
negativa y es casi incapaz de frenar las tendencias que, de persistir,
van a conducirlo irremediablemente a su propia extinción. El organismo
―se dice, entonces― ha enfermado.
ENFERMEDAD Y PARASITISMO
Aunque corrientemente se afirma que la enfermedad es una
“[…] alteración más o menos grave de la salud” ,
tal definición no pasa de ser más que una simpleza. Y hasta podría
considerarse una broma de mal gusto si se la compara o relaciona con el
concepto de ‘salud’ que emplea, normalmente, la mayoría de las
estadísticas al considerarla en el carácter de
“[…] ausencia de enfermedad” .
En realidad, las enfermedades son más bien manifestaciones del
desequilibrio biológico que sufre la estructura corporal de un
individuo. O, también, alteraciones en el funcionamiento normal de su
organismo. Fritjof Capra sostiene que la enfermedad pareciera ser, más
bien,
“[…] el funcionamiento defectuoso de los mecanismos biológicos que se
estudian desde el punto de vista de la biología celular y molecular” .
A diferencia de otras culturas milenarias ―como la hindú y la china, que
jamás lo hicieron―, la medicina occidental continuó, hasta casi a
finales del pasado siglo, considerando al cuerpo como una estructura
mecánica cuyo funcionamiento era susceptible de experimentar trabas o
entorpecimientos por lo que la labor del médico no había de ser otra
sino la de descubrir ‘la falla del artefacto’ y, en consecuencia,
subsanarla .
Ya no sólo parece conveniente, sino urge caminar al compás de los
tiempos, escribía George Engel, en su artículo ‘The need for a new
medical model: a challenge for biomedicine’, publicado por la revista
‘Science’ en abril de 1977. Poner a la medicina a la altura de los
grandes descubrimientos, continuaba, exige terminar de una vez con todas
con
“[…] el concepto del cuerpo como máquina, de la enfermedad como
consecuencia de la avería de la máquina y de la tarea del médico como la
reparación de la máquina” .
La idea de considerar al cuerpo como una máquina era ajena a las
concepciones de los grandes médicos de la antigüedad que parecían, más
bien, inclinarse por la tesis del desequilibrio corporal. John D. Barrow
señala, al respecto, que Claudio Galeno ―de quien se dice vivió en
Grecia, presumiblemente, entre los años 121 y 261 antes de Cristo y fue
seguidor de Erasístrato de Ceos― consideraba a la ‘buena salud’ como
“[…] un estado de equilibrio entre dos extremos donde el ‘justo medio
entre todos los extremos’ es el mismo ‘en todas partes del cuerpo’. En
consecuencia, observa que es necesario que cualquier desviación
aleatoria de este equilibrio ocasionada por factores externos sea muy
pequeña […]”
En efecto: en una de sus obras había escrito Claudio Galeno, sobre el particular, lo siguiente:
“La salud es un tipo de armonía […] Toda armonía se realiza y manifiesta
en una doble manera, primero alcanzando la perfección […] y, segundo,
desviándose sólo ligeramente de esta perfección absoluta […]”
Es la idea que hoy impera y que comparte la generalidad de los
tratadistas. Por eso, podemos afirmar, con Capra, que la enfermedad no
constituye sino una manifestación del desequilibrio básico del organismo
cuyas causas o motivos pueden ser múltiples.
De entre las causas que provocan la ruptura del equilibrio corporal
―generadoras, por consiguiente, de enfermedades― podemos distinguir,
fundamentalmente dos:
a) aquellas que son provocadas por factores internos a la estructura corporal; y,
b) aquellas que se originan en factores externos.
La distinción no es irrelevante. En el primer caso, un ser vivo puede
ver afectada su estructura corporal por defectos en la construcción de
la misma o, lo que es igual, fallas en su código genético, y en la
acción de agentes que afectan dicha estructura durante el desarrollo de
su vida intrauterina. No son, por regla general, organismos extraños al
cuerpo; pero sí pueden ser factores extraños. En el segundo caso, se
trata de agentes físicos externos. Operan, generalmente, luego del
nacimiento de la persona y durante toda su vida social; son, casi
siempre, organismos ajenos al cuerpo. Cuando esto sucede, un ser vivo
―cualquiera, grande, mediano o pequeño― afecta el desarrollo y
funcionamiento de otro para alimentarse de su producción que es, en
primer lugar, la propia corporeidad de aquel y, en segundo, alguna obra o
elaboración suya; en realidad, y en definitiva, el sistema vivo invasor
busca apoderarse de la energía que produce su contraparte. El fenómeno
así descrito da origen a lo que se llama ‘parasitismo’; la apropiación
de energía se realiza en virtud de una acción que tiene por finalidad el
despojo de la propiedad ajena . Al respecto, pueden presentarse tres
situaciones:
En la primera, el invasor posee una dimensión o tamaño tan inferior al
invadido por lo que se hace casi imposible percibir su presencia a
simple vista; en la segunda, es posible lograr tal percepción, pero el
tamaño del extraño sigue siendo reducido. En ambos casos, el organismo
que invade a otro cuerpo adquiere el nombre de ‘huésped’, reservándose
el de ‘hospedante’ para el organismo invadido. Ambos casos corresponden
al llamado ‘parasitismo’ en general; sin embargo, se acostumbra
denominar a la primera ‘micro parasitismo’, y simplemente ‘parasitismo’ a
la segunda o ‘parasitismo propiamente tal’.
En la tercera de las situaciones, el organismo que realiza el acto de
despojo es considerablemente mayor; su tamaño puede ser hasta casi igual
e, incluso, superior al de quien va a despojar de lo suyo; este caso se
denomina ‘macro parasitismo’, y lo comete, por vía ejemplificativa, la
leona que, luego de abatir a la gacela, la devora o entrega a sus
cachorros, en el carácter de alimento.
Un organismo pequeño, independiente, ajeno, que se introduce o adhiere
al cuerpo receptor para vivir a sus expensas puede o no ocasionarle una
desregulación biológica. No lo hace cuando ‘descubre’ que, de no
provocar su extinción, puede establecerse indefinidamente en su
corporeidad y extraer de ella todo lo necesario para conservarse y
reproducirse. En consecuencia, su forma de vida se altera al ligarse
indisolublemente a la de quien lo alberga. Y puesto que depende de la
existencia de su ‘hospedante’, ha de comenzar a realizar respecto de
éste ciertas labores de colaboración. Algunas de las funciones
necesarias para la conservación del cuerpo receptor pasan a ser propias
del parásito: el ‘huésped’ aprende a ‘cooperar’. Esta vinculación entre
ambos organismos pasa a ser tan estrecha que, en la generalidad de los
casos, la defensa ante los ataques provenientes de otras formas de vida
se realiza en forma común: el parásito defiende a su hospedante como si
se tratara de un ataque contra sí mismo. En tal caso, ya no se habla de
simple cooperación sino de ‘simbiosis’: la vida entre ambos organismos
se ha tornado conjunta. Cuando la colaboración termina con la fusión de
ambas entidades y una ingresa a la otra en calidad de parte suya
integrante ya no se habla, simplemente de simbiosis, sino de
‘endosimbiosis’. Por consiguiente, no puede considerarse que todo
parasitismo es enfermedad ni que toda enfermedad es parasitismo.
Lynn Margulis y Dorion Sagan se refieren a este fenómeno en varias de
sus obras conjuntas, señalando sobre el primero de aquellos conceptos lo
siguiente:
“Se habla de simbiosis cuando una relación ecológica y física entre dos
organismos de distinta clase es mucho más íntima que la simple
asociación” .
Y, respecto del fenómeno que ellos mismos denominaran ‘endosimbiosis’, señalan:
“En este tipo de relación un organismo ―microscópico o visible― vive no
ya al lado del otro, sino dentro de él. En la endosimbiosis se produce
una fusión de entes orgánicos” .
Un parásito puede incorporarse a otro organismo o apropiarse de él.
Cuando esa incorporación o apropiación no deriva a simbiosis o
endosimbiosis, el cuerpo del expropiado o invadido sufre un fuerte
trastorno; la enfermedad hace su aparición para adoptar rasgos tan
peculiares como diferente sea el tipo de parasitismo del que se trata.
En el micro parasitismo ―como asimismo en lo que hemos denominado
‘parasitismo propiamente tal’―, por sobre las enfermedades de carácter
psicológico o neurofisiológico, referidas al funcionamiento anómalo del
sistema nervioso y del cerebro, predominan aquellas de tipo fisiológico,
que dicen relación con el resto de los diferentes órganos corporales.
En el macro parasitismo, por el contrario, las enfermedades de carácter
psicológico o neurofisiológico predominan por sobre las fisiológicas: el
oso que arranca el brazo de su víctima no la infecta directamente, pero
sí puede ocasionarle un trauma psíquico.
Tratándose de micro parasitismo, la invasión al cuerpo del ‘hospedante’
es realizada por organismos pequeños que, por esa razón, se les conoce
bajo el nombre de ‘microorganismos’, formas de vida minúscula en
perpetua búsqueda de alimento, invisibles al ojo del ser humano. Estos
microorganismos se presentan en forma de vida unicelular (bacterias),
pluricelular (protozoos) e, incluso, de ‘vida en suspensión’ (virus). El
micro parasitismo bacteriano, protozoario y viral constituyen los tipos
más frecuentes y conocidos de parasitismo dentro del mundo de la
biología, junto al que hemos denominado ‘parasitismo propiamente tal’.
Este último es practicado por organismos pluricelulares, también
pequeños, generalmente visibles a simple vista. Adoptan, del mismo modo,
un variado espectro de formas siendo las más conocidas la vermiforme,
la insectil y la arácnida. Pertenecen al primer grupo la tenia o lombriz
solitaria y los oxiuros; al segundo, el piojo o pediculus y la pulga o
pulex; al tercero, la garrapata o calparra y los ácaros o acáridos, en
sus diversos tipos. Todos estos organismos actúan sobre el cuerpo del
‘hospedante’ con la única finalidad de apoderarse de su propiedad
energética y hacerla suya. ¿Proceso natural? Sin lugar a dudas. Pero no
por eso proceso generalizado. Existen especies que jamás se apoderan del
cuerpo de otras; ni de su energía ni de lo que producen, pues fabrican
sus propios alimentos. Son las especies autótrofas ―dentro de las cuales
se encuentra la generalidad del mundo vegetal―, que se contraponen a
las heterótrofas, conceptos que no trataremos en esta oportunidad por
razones de espacio.
Dado el amplio abanico que el microparasitismo abarca, parecería ser
éste la expresión más auténtica del parasitismo en general. Es, en
verdad, la más conocida. Y, no obstante, existe otra que se da con tanta
o mayor frecuencia. Es el parasistismo de las grandes bestias o
estructuras biológicas mayores: se le llama ‘macro parasitismo’, aunque
en otras ramas del saber (Ecología) se le conoce como ‘predación’. A
esta extrema forma de vida, a expensas de otro u otros, nos referiremos
de inmediato, no sin antes decir unas breves palabras acerca del origen
del parasitismo, en general.
ORÍGENES DEL PARASITISMO
Existe un convencimiento más o menos generalizado en cuanto a suponer
que el ser humano se ‘incorporó’ en un determinado momento a un no menos
determinado espacio dentro de la naturaleza, donde sufre, actualmente,
la ‘agresividad’ de ‘su’ entorno; porque el espacio aquel constituye su
‘hábitat’ o ‘nicho ecológico’.
Tal concepción no se corresponde con la realidad. El ser humano rara vez
analiza su propia naturaleza desde una perspectiva ajena; su visión es
extremadamente antropocéntrica, es decir, a partir de sí mismo, como eje
en torno al que gira el universo. Solamente espera que se inclinen ante
él, como lo asevera la sentencia bíblica, ‘las aves del cielo, las
bestias de la tierra y los peces del mar’. Nada más equívoco y erróneo.
Como cualquier otro ser vivo, el ser humano es parte de la naturaleza,
aunque parte ínfima. Integra, junto a otras especies, lo que algunos
autores denominan ‘pirámide ecológica’ y otros designan como ‘cadena
trófica’; cumple en ella una función determinada, al igual que las demás
especies. Colabora, por tanto, con las otras, entregándoles lo que no
le sirve para recibir de ellas lo que desechan; pero a la vez, compite
con las que pretenden apoderarse de sus pertenencias.
La naturaleza, que inventó la ley del mínimo esfuerzo, exige de los
seres vivos un funcionamiento en ‘comunidad’. Todo lo que existe es
necesario para la supervivencia de todos y de todo. No existe, en
consecuencia, ‘entorno’ propio en el estricto sentido de la palabra,
sino una suerte de vida conjunta, necesaria e ineludible . Los
estudiosos de la ecología llaman a esa forma de vida ‘biocenosis’ o,
simplemente, ‘cenosis’, que significa, precisamente, ‘comunidad’ .
Existe, por consiguiente, una verdadera ‘asociación’ de organismos
vivos, en perpetua interacción, dentro de la cual es el ser humano una
especie más de cuantas existen.
En esa ‘asociación’, lo que se conoce bajo el nombre de ‘parasitismo’ es
una de las tantas formas de vida conjunta que ha inventado la
naturaleza. En algunos casos, es decir, cuando esa forma de vida
conjunta amenaza al organismo parasitado, le obliga a defenderse, a
emplear sus mecanismos cibernéticos, a robustecerse en su uso o a buscar
otras formas de rechazar la invasión. En ese normal y complejo hábitat
hay un permanente y activo intercambio de formas de vida. Y, por
consiguiente, de transferencia de elementos parasitarios. Por eso,
cuando el ser humano necesita de la compañía de otro animal (por
ejemplo, el perro), incorpora a su mundo personal las formas
parasitarias que invaden a su nuevo compañero (las pulgas) haciéndolas
propias; no ocurre de manera diferente cuando cultiva la tierra y ésta
es invadida por ratas, gorriones y otras especies, que viven de la obra
del ser humano. Los organismos parasitarios arrastran consigo sus
propios parásitos para transferirlos, a su vez, a las especies que
parasitan. El intercambio vital es extraordinariamente activo en la
naturaleza. Por eso, así sucede, también, cuando el ser humano practica
la ganadería: en esa afición hace suyos los parásitos de las especies
que toma a su cuidado. Diamond, que estudiara estos aspectos de la vida
en común, a expensas de los demás, dentro de este sistema único que es
la tierra, ve en la ‘asociación biológica’ el origen del fenómeno que se
conoce corrientemente bajo la denominación de ‘parasitismo’.
LA EVOLUCIÓN DEL MACRO PARASITISMO
El concepto de ‘macro parasitismo’, como opuesto al de ‘micro
parasitismo’, era ya conocido dentro de los círculos académicos
relacionados con la biología en 1976, año de la publicación de la obra
‘Plagues and Peoples’, del historiador norteamericano William Mc Neill.
Hasta esa fecha se le empleaba como sinónimo de la apropiación que una
especie hacía del cuerpo de otra, con la finalidad de proveerse de
alimentos. Sin embargo, a partir de la publicación del mencionado libro,
el significado de ‘macro parasitismo’ adquirió un contenido por entero
nuevo, ampliándose al campo de la sociología. En ecología continúa
siendo, como ya se ha expresado en los acápites anteriores, una de las
tres especies del parasitismo, el que, conjuntamente con los
‘expoliadores’ y ‘agallas’, forma un conjunto denominado ‘relaciones
tróficas colaterales’
De acuerdo a lo que sostiene Mc Neill, no se encuentra el ser humano,
como todos los organismos, libre de experimentar el ataque o agresión de
una especie diferente a la suya. Los grandes predadores (tigres, osos,
cocodrilos, leones) pueden hacerlo con la ya consabida finalidad de
tomar posesión de su estructura corporal y aprovechar así la energía que
contienen sus músculos, tendones, huesos, cartílagos, linfa. Sin
embargo, para Mc Neill, siendo el ser humano una de las tantas especies
que pueblan el planeta, a diferencia de aquellas, posee una notable
capacidad de inventiva, en virtud de la cual constantemente elabora
nuevas y variadas formas de sobrevivencia: construye, emplea y
perfecciona instrumentos cada vez más precisos y exactos, y acumula
conocimiento que traduce, finalmente, en ciencia y tecnología. En
consecuencia, reduce la posibilidad de éxito de las demás especies en
torno a convertirlo objeto de caza y, por el contrario, las hace presa
suya. No debe sorprender, entonces, que los demás seres vivos no operen
hoy discrecionalmente en su presencia y se hayan vuelto más cautos o
tímidos; también las bestias aprenden a comportarse de manera diferente
en distintas situaciones. Se puede afirmar, por consiguiente, que no
existe, prácticamente, amenaza alguna del reino animal en su contra. Tal
motivo contribuye eficazmente, asegura Mc Neill, a que el fenómeno del
macro parasitismo sea poco conocido y se le preste escasa consideración.
“El problema de convertirse en alimento de algún otro organismo es poco
conocido, en gran medida debido a que el ser humano acabó muy pronto con
el temor a los grandes predadores como el león y los lobos” .
Cuando las formas de vida adoptadas por las diferentes especies
experimentan variaciones en épocas determinadas permiten, al mismo
tiempo, la emergencia de nuevos y sorprendentes niveles de organización.
Formas de existencia que antes no se habían manifestado surgen
sorpresivamente; las sociedades adoptan modos de vida distintos y nuevos
comportamientos se hacen presentes.
Con el macro parasitismo no sucedió de manera diferente. Alejado el
problema del acoso de las grandes bestias, aquel fenómeno se orientó en
una dirección inesperada: el canibalismo o apropiación del cuerpo de los
miembros de la misma especie con fines alimentarios. El predador de
especies ajenas se hizo predador de la propia. Mc Neill se encarga de
expresarlo en los siguientes términos:
“La aterradora destreza del cazador humano lo distanció rápidamente del
resto de sus rivales predadores. La humanidad se colocó de ese modo en
la cima de la cadena de la supervivencia con escaso riesgo de ser
devorada por otros predadores. Pero durante un largo período posterior
constituyó el canibalismo al parecer un importante aspecto del
intercambio entre las vecinas sociedades humanas. Los exitosos cazadores
se colocaron al nivel del león y de la manada de lobos” .
La apropiación de un ser humano por otro, su exterminio, el
aprovechamiento de su cuerpo en el carácter de alimento parece
constituir la expresión de la más primitiva forma de vida parasitaria
que un grupo social pudo adoptar respecto de otro u otros. Esta
circunstancia, marca el inicio del distanciamiento del ser humano
respecto del resto de los animales, cuyas formas de vida raramente
incluyen la apropiación del cuerpo o la energía de los miembros de su
propia especie; en los siglos posteriores culminaría con el
establecimiento de un macro parasitismo, por decirlo así, a escala
ampliada. De ese modo lo explica Mc Neill, en otro de los pasajes de su
obra:
“Más tarde, cuando la producción de medios de vida fue la base de
ciertas sociedades, un sofisticado macro parasitismo se hizo presente.
Un conquistador podía apoderarse del alimento de quienes lo producían y
al consumirlo él mismo se convirtió en un nuevo tipo de parásito de
aquellos que producían. Las regiones especialmente riesgosas se
mostraron más propicias para establecer un modelo comparativamente
estable de esta suerte de macro parasitismo entre los seres humanos” .
EL MACRO PARASITISMO A ESCALA MENOR O NO AMPLIADA
La conquista de un grupo por otro, de una sociedad por otra, de un
pueblo por otro, forma más elaborada de macro parasitismo, no preocupó
mayormente a David Ricardo; por el contrario: le permitió, en su tiempo,
asegurar que el proceso de distribución de tierras y de recursos no
sólo precedía preferentemente a la producción misma, sino constituía
también ‘el verdadero sujeto de la Economía política contemporánea’.
Detengámonos un momento en esta parte, Porque el acto de conquista
obliga a tratar, brevemente, una forma de vida y un concepto especial.
Karl Heinrich Marx, que estudiara preferentemente las civilizaciones
occidentales, lo denominó, en su tiempo, ‘modo de saqueo’, acto de
despojo, de apropiación, en virtud del cual determinados grupos humanos
toman, para sí y los suyos, las pertenencias ajenas y demás obras que
otros realizan.
Una conquista implica la apropiación del trabajo y de la propiedad ajena
tanto particular como colectiva. Se realiza con el auxilio de una
fuerza armada o, lo que es igual, con el apoyo de un grupo social
organizado en la forma de ejército, que ocupa transitoria o
definitivamente un territorio. Por lo mismo, puede la conquista implicar
el simple escamoteo de bienes y pertenencias ajenas de carácter mueble,
seguido del inmediato retiro de las tropas, o la instalación definitiva
del conquistador sobre el territorio conquistado. En este último caso,
no existe solamente saqueo, sino adquisición territorial e indefinida de
la región ocupada. En tal situación pueden presentarse tres diferentes
maneras de construir una organización social que corresponden, a su vez,
a las tres variantes clásicas del tipo de sociedades que aparecieron en
Occidente. Señala, Karl Marx, sobre el particular:
“Toda conquista encierra tres posibilidades. El pueblo conquistador
impone su propio modo de producción al pueblo conquistado (así fueron,
por ejemplo, los ingleses en Irlanda durante este siglo, y hasta cierto
grado en la India); o deja de subsistir el modo de producción antiguo,
contentándose con cobrar un tributo (por ejemplo, los turcos y los
romanos); o bien, se produce una acción recíproca o de lugar en algo
nuevo, a una síntesis (así ocurrió parcialmente como resultado de las
conquistas germánicas). En todos los casos, el modo de producción, sea
el del pueblo conquistador o del pueblo conquistado, o bien el derivado
de la fusión de los dos precedentes, determina la nueva distribución que
aparece” .
El modo de saqueo no es en sí un modo de producción: requiere de la pre
existencia de bienes susceptibles de apropiación, lo que implica una
producción previa. En palabras de Marx:
“El modo de saqueo lo determina a su vez el modo de producción” .
En otras palabras: no puede ser objeto de saqueo lo que aún no se
produce. El fundamento de tal afirmación no puede ser más simple: todo
saqueo implica una previa producción que, precisamente por eso, va a ser
objeto de saqueo. En consecuencia, no puede suponerse, según lo
sostiene David Ricardo, que la distribución de tierras y recursos, como
proceso anterior a la producción, anteceda a ésta.
Estudios posteriores han permitido conocer formas macro parasitarias de
vida instauradas por el ser humano en determinadas regiones del planeta
que, no poseyendo la virulencia propia del ‘modo de saqueo’, ensayaron
vías de expropiación de productos no sólo toleradas por las sociedades
parasitadas, sino a menudo consentidas por aquellas. La organización
social china, creada a partir de la dominación de los mongoles, el
llamado ‘modo de producción asiático’, en donde la permanencia al margen
de la sociedad resultaba extraordinariamente más onerosa que vivir
dentro de ella, es uno de los ejemplos a considerar; también lo es la
sociedad instaurada luego de la conquista de los pueblos aledaños
realizada por el imperio inca, cuyos dominios se extendían a lo largo de
casi toda América Latina entre el Océano Pacífico y el macizo de los
Andes.
EL MACRO PARASITISMO A ESCALA AMPLIADA: LA APARICIÓN DE LAS CLASES
No existe consenso entre los autores en torno a determinar cuál fue el
factor que unió a los diferentes grupos humanos a lo largo de la
historia. Algunos investigadores sostienen que pudo serlo la creencia en
una diosa o un dios ; otros, como Robin Dunbar, parecen inclinarse más
por considerar en el carácter de tal a las formas de comunicación
establecidas entre los seres humanos, la comunicación práctica expresada
en el lenguaje o el idioma común . Barbosa y Letourneau sostienen, por
su parte, que la comunicación que unió a los organismos vivos fue, más
que el lenguaje o idioma común, una red vinculada a la selección de
alimentos y captación de energía que, por lo mismo, llaman ‘red alelo
química’. Así lo expresan, en forma sucinta:
“Paralelamente la tan renombrada red alimentaria que ata los variados
niveles tróficos de todas las comunidades es una red alelo química ”
Cualquiera haya sido ese factor, existe consenso entre los
investigadores en considerar que las primeras organizaciones sociales
humanas se manifestaron en el carácter de ‘teocráticas’. La diosa, el
dios o varios personajes excelsos resumieron, en su culto, los temores
que nuestros primitivos antepasados mostraban ante los fenómenos de la
naturaleza. Una mujer ―o, a menudo, un hombre sabio― apareció
interpuesta en el carácter de mediadora entre la divinidad y el grupo
social. La mediación creaba lazos de dependencia: sacerdotes o
sacerdotisas, revestidos de autoridad divina, comenzaron a conducir a la
sociedad en su conjunto. Fueron sus líderes naturales a la vez que
divinos. Las primeras agrupaciones humanas se organizaron, de esa
manera, en el carácter de ‘teocráticas’; el poder militar, que daría
nacimiento a los reyes y caudillos, si bien se manifestaba en grupos
armados (bandas y ‘protectores’ de aldeas o villorrios) no adquiría aún
la importancia que iría a presentar en épocas posteriores. Cuando ello
sucedió, se hizo necesaria otra forma de estructura social que diese
cuenta de esos cambios: tal fue la institución que se denominó ‘estado’.
En los siglos anteriores, las sociedades habían alcanzado a dar vida y
nacimiento solamente a ‘protoestados’, estados en proceso de serlo,
organizaciones sociales no mediadas en toda su extensión por la fuerza
física. El trabajo se organizaba sobre la base de la apropiación que el
trabajador hacía de parte de su producción; el resto lo guardaba para
la estructura protoestatal que, a su vez, tomaba una porción para sí
reservando el remanente para repartirlo entre la población en los
períodos de crisis. Era una forma de privar al trabajador del producto
de su trabajo, sin lugar a dudas, pero con niveles de explotación que
parecían tolerables.
Mc Neill sostiene, no obstante, que las condiciones de vida del
productor directo bajo los regímenes teocráticos eran bastante más
duras.
“Las más antiguas civilizaciones se establecieron sobre la base de
percibir tan solo una parte del producto de la sociedad sometida y
conceder lo suficiente como para que aquella pudiese sobrevivir año tras
año. Los fundamentos de la civilización macro parasitaria fueron
severos y categóricos durante sus primeros estadios; más tarde y
gradualmente tanto los servicios de la ciudad como del campo gozaron de
mayor consideración lo que llevó a una disminución parcial de la carga
impositiva. Pero en los comienzos, poco o nada recibían los atribulados
campesinos en compensación por los medios de vida que proporcionaban a
los sacerdotes y reyes y a sus concubinas en las ciudades, cuando no
fuese una incierta protección contra otros saqueadores ocasionales y más
inescrupulosos” .
Al imponerse el estado como unificador del conjunto social, las
protoclases, los incipientes estamentos sociales organizados en torno al
sumo sacerdote o a la suma sacerdotisa, devinieron, a su vez, en
clases. Unas dominaron a las otras e impusieron como forma de vida el
macro parasitismo social.
De lo expresado anteriormente se puede inferir que la apropiación del
cuerpo de otra persona ha constituido la forma más extrema y burda (y,
sin lugar a dudas, más cruel) de macro parasitismo inventada por el ser
humano. En la evolución occidental, aquella fue reemplazada por una
nueva forma extrema de macro parasitismo dentro de la cual el macro
parásito, aún cuando continuaba apropiándose del cuerpo del individuo,
del de su mujer y / o del o de los cuerpos del que era su grupo
familiar, no lo hacía con el propósito de usarlos en calidad de
alimento, sino de tomar para sí el producto del trabajo de todos ellos;
tal institución ha sido denominada esclavismo en los diferentes textos
de historia. Reemplazó a ésta, en los siglos posteriores, la llamada
servidumbre de la gleba, que implicó un leve avance respecto de la
anterior, para terminar finalmente con el moderno trabajador de las
empresas.
Así, pues, en el transcurso de los años, los sectores dominantes de la
sociedad, sin proponérselo siquiera, hicieron sus propios
descubrimientos, entre otros, aquel mecanismo exitosamente empleado por
todo parásito ‘inteligente’ para asegurar su supervivencia a expensas
del cuerpo del hospedante: conservarlo con vida y no ultimarlo, a fin de
evitar el riesgo de poner en peligro su propia existencia.
Pero, cuidado. Los estamentos dominantes jamás actúan motivados por
sentimientos de empatía hacia los demás, sino por razones de estricta
conveniencia. No exteriorizan una conducta diferente a la del parásito
cuya finalidad es sobrevivir de la manera que sea. Y, no obstante, aún
así, realizan descubrimientos que perfeccionan su comportamiento social.
Una sociedad es un cuerpo colectivo que forman muchos cuerpos
individuales. Existe y se perpetúa globalmente porque también se
reproduce individualmente en cada uno de sus componentes. Pero éstos no
siempre son los mismos. Es más. Se sustituyen. Rotan. Cumplen ciclos de
existencia, tras los cuales son reemplazados por otros sujetos de su
misma especie. El ente particular, en la medida que cumple su función de
dejar sustitutos, se torna irrelevante, pierde toda significación.
Solamente vale porque, al ser reemplazado, permite la prolongación
temporal del cuerpo colectivo. Y eso es trascendental. Porque el
predador o macro parásito puede exterminar determinado número de
individuos dentro de un grupo social sin arriesgar la persistencia del
grupo total. El macro parásito descubre, así, que poco o nada interesa
la desaparición de algunos trabajadores; lo importante es que el
trabajador no lo haga.
Por eso, cuando el estado hizo, finalmente, su exitoso ingreso a la
sociedad occidental, las clases comenzaron a actuar y una de ellas o
alguna de sus fracciones, en el carácter de dominante, adoptó
definitivamente el macro parasitismo como forma de vida. La reproducción
en especie del trabajador le resultó irrelevante, no así su
reproducción en género. El estado, forma ideal de sociedad para llevar a
cabo la dominación, comenzó a conducir al macro parasitismo a su pleno
apogeo.
Lo que sucedió en los siglos posteriores es bastante conocido:
Los dominadores, si bien en un comienzo, se apoderaron de manera brutal
de los vencidos y de sus bienes, muy pronto descubrieron que tal
objetivo se podía obtener en una forma más tolerable, introduciendo
talas, sesgos, límites a la unidad originaria. Modos de producción
basados en esas modificaciones, adaptaciones y recortes, se sucedieron
no unos como consecuencia de otros, sino más bien como reordenamientos
diferentes de los distintos componentes de la producción, de acuerdo al
axioma aquel según el cual ‘es el todo lo que hace a la parte y no lo
contrario’: el sistema mundial requería de ordenamientos y
reordenamientos, del establecimiento de nuevos centros y periferias, de
flujos migratorios, de estructuras intermedias . Y mientras los
dominadores pasaban a ser los ‘señores’ en cada uno de los sistemas
sociales que se instauraban, el macro parasitismo comenzó a mostrar
rostro de normalidad: por la magia de la repetición se reproducía
regular y constantemente, haciéndose ‘normal’ o ‘natural’. ¿Asimilación o
habituación, como se le denomina por algunos autores? Lo cierto era que
el macro parasitismo se transformaba, de esa manera, en un ‘suceso’
cotidiano más, pues todo lo que se manifiesta en el carácter de
repetición, y acaece u ocurre periódicamente, adquiere tal atributo .
Entonces, fue ‘normal’ que los señores enviasen grupos armados para
exigir, en primer término, a los sectores dominados la entrega de bienes
en especie o cuerpo cierto, bajo la forma de tributo; posteriormente,
cuando el dinero se impuso como medio de pago, tales grupos se abocaron a
la recolección del dinero, y también esa circunstancia constituyó algo
‘normal’ por entero. En épocas posteriores, tales señores fueron
reemplazados por otros señores que no irían a desempeñar diferente
función; los presidentes, primeros ministros y parlamentarios hicieron
su entrada triunfal en la nueva sociedad, investidos de la calidad de
representantes del ‘pueblo’. La percepción de los tributos siguió siendo
―y continúa siéndolo― una poderosa fuente de enriquecimiento para los
sectores dominantes. Bajo otras formas. Bajo otros respectos. Pero sin
abandonar sus naturales rasgos de parasitismo social.
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