| Manuel Acuña Asenjo- Estocolmo Febrero 2006
Intervención en el Aula Magna de la Universidad
Católica ‘Silva Henríquez’, el día 17 de enero de 2006, con ocasión del
20 avo. Encuentro de Teatro Popular Latinoamericano ENTEPOLA, realizado
en Santiago de Chile.
Quisiera, antes de nada, agradecer a la Universidad Católica ‘Silva Henríquez’ y a este Encuentro del Teatro Popular Latinoamericano ENTEPOLA la invitación que me han hecho llegar para participar en el presente evento y expresar mi opinión sobre el particular. Es muy gratificante volver a las aulas universitarias después de tan largo tiempo, especialmente a una institución que ha querido servir de alero a un nuevo encuentro del teatro popular de nuestra América.
INTRODUCCIÓN.
De todas maneras, quisiera ―además― pedirles un poco de comprensión para conmigo. Vengo de lejos, de un continente que guarda aún cierta consideración y respeto por algunos autores cuyas enseñanzas y aportes se consideran en este país no sólo en el carácter de ‘superados’, sino su mera mención constituye verdaderos anatemas. No debe, por tanto, llamarles la atención que recurra a expresiones tales como ‘modo de producción’, ‘formas de acumular’ o ‘clases sociales’ en mi exposición. Han sido cruciales tales conceptos en la elaboración de las ideas que paso a expresar. Pero quiero, además, pedirles tolerancia respecto a otro hecho: el empleo de un esquema en el desarrollo de mi exposición. Tal costumbre no tiene otra finalidad que precaverme ante la eventualidad de perder el hilo conductor ante cualquier pregunta o interrupción formulada por parte de Uds. en el curso de mi intervención. NECESIDAD DE PRECISAR CONCEPTOS. El tema del cual hablaremos en esta oportunidad se intitula ‘Ética, arte y paz en tiempo de globalización’. No es una materia fácil de abordar. Se trata de unificar cuatro conceptos, relacionarlos entre sí y, más que eso, encontrar un común denominador que los unifique; éste es la ‘globalización’, sin duda alguna. Comencemos diciendo que David Bohm, discípulo predilecto de Albert Einstein, preocupado ante las formas un tanto anárquicas de formular determinados análisis, quiso llamar la atención acerca de la necesidad de precisar el alcance de los conceptos. Tal fue el objetivo de su obra ’La totalidad y el orden implicado’. Repetía aquel célebre físico, en gran medida, las mismas aprehensiones de Friedrich Engels, doscientos años atrás, cuando manifestara, en una de sus cartas la honda preocupación que lo embargaba frente al empleo frenético y abusivo de palabras cuyo significado pocos se preocupaban de precisar. En la presente exposición, hemos querido evitar ese escollo. Por lo mismo, proponemos aquí emplear el vocablo ‘ética’ en el sentido de ‘moral’, es decir, la trasgresión a una norma social que no lleva aparejada sanción coercitiva alguna. ‘Arte’, será no sólo ‘la virtud, habilidad y destreza para hacer algo’ (con lo cual estaríamos hablando del arte médico), sino un tipo de actividad cuyos procesos de desarrollo y resultado puedan ser objeto de un juicio estético. Más exactamente, lo asimilaremos a las llamadas ‘bellas artes’ para comprender en tal denominación a las ‘artes literarias’ (poesía, literatura, cuento, novela, crónica), las ‘artes visuales’ (pintura, dibujo, diseño), las ‘artes plásticas’ (escultura, modelaje), las ‘artes escénicas’ (teatro, danza), las ‘artes auditivas’ (declamación, música), las ‘artes arquitectónicas’ (confección de planos de edificios, puentes, palacios, parques), en fin. En tercer lugar, el término ‘paz’, será considerado en el carácter de convivencia armónica entre seres humanos que acostumbran resolver sus controversias en el permanente ejercicio del diálogo y la cooperación. Para el concepto ‘globalización, finalmente, recurriremos al Diccionario de la Real Academia Española que lo define en el sentido corrientemente empleado por la generalidad de los habitantes del planeta. Así, diremos que ‘globalización’ no es sino la ‘tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales’, con lo cual dejaremos establecido aquí que lo consideraremos un concepto eminentemente económico. NUEVA FASE EN EL DESARROLLO DEL SISTEMA CAPITALISTA MUNDIAL (SKM). Immanuel Wallerstein y André Gunder-Franck (fallecido este ultimo a mediados del pasado año, y autor de una serie de libros, entre los cuales debemos destacar, especialmente, ‘Re-Orient’), sostienen que el término ‘globalización’ es enteramente inadecuado; en consecuencia, se trata de un concepto inútil. Pertenecientes a la corriente (escuela) denominada ‘del sistema mundial’, postulan ambos teóricos que, desde tiempos inmemoriales, se han organizado los seres humanos en un sistema planetario que une a las diversas regiones del globo en torno a un mercado único mundial. Este mercado abarcaría toda la extensión de la tierra, distinguiéndose así regiones que son centrales y aquellas que son periféricas. La ‘tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales’ no sería, por ende, un fenómeno nuevo sino un comportamiento constante de los pueblos a través de la historia. Sostenemos, por nuestra parte, que el sistema capitalista mundial es un sistema, a la manera que lo define Ludwig Von Bertalanffy (Véase, al respecto, la obra de este autor ‘Teoría general de los sistemas’). Recorre, por lo mismo, ciclos de existencia dentro de los cuales pueden distinguirse fases, períodos, etapas. La palabra ‘globalización’ se nos presenta, de esta manera, como un intento ―inadecuado, por cierto― de caracterizar una época dentro del desarrollo del sistema capitalista mundial. Karl Heinrich Marx nos enseña que toda época económica se distingue de otra por sus medios de trabajo y, particularmente, por sus instrumentos de trabajo (Véase, la obra del autor citado ‘El Capital’). Una nueva fase dentro del desarrollo del SKM debería, pues, presentar instrumentos de trabajo que no han existido en otras épocas y que deberían estar revolucionando la producción; consecuentemente, también deberían hacerlo con las formas de convivencia que establecen los seres humanos entre sí. Personalmente, estoy convencido que esa época no sólo ha comenzado, sino la estamos viviendo en su plenitud. Describámosla como una ‘fase de expansión’ del SKM cuya presencia testimonia la aparición de dos extraordinarios instrumentos de trabajo, a saber, el ordenador o computadora y la red mundial llamada ‘Internet’. El primero de estos instrumentos es una máquina universal, la máquina de las máquinas; se trata de un artilugio que escribe, dibuja, calcula, comunica, maneja otras máquinas, compone música, traza planos, realiza operaciones quirúrgicas, controla los aparatos interespaciales, permite el trabajo a distancia, entre otras cosas. La red Internet, creada por los investigadores del ‘Conseil Européene pour la Rècherche Nucleaire’ (CERN), ha permitido sentar no sólo las bases para la construcción del gran comercio mundial: sus centros de archivo y memoria hacen suponer que estamos ante los albores de la organización de un cerebro planetario, un gran cerebro mundial que empieza a dirigir al conjunto social en una dirección aún incierta. Ambos instrumentos han permitido el desarrollo exitoso de una nueva forma de acumular basada en la apertura de los mercados al exterior y en el libre flujo dinerario a través del planeta. Es lo que, impropiamente, ha querido denominarse ‘globalización’, término cuyo empleo acarrea no pocas dificultades. CONSECUENCIAS DEL DESARROLLO DEL MERCADO. En efecto: el imperio del mercado conduce, inexorablemente, a la adopción de formas de competitividad cada vez más extremas para lo cual requiere la creciente especialización del saber. Toda ‘globalización’ debería, en estricta teoría, conducir a una ‘globalización’ intelectual, fenómeno precisamente ausente en estos avatares. Paradojalmente, el verdadero ‘pensamiento global’ no se hace presente en épocas de ‘globalización’. Por el contrario: desaparece, se esfuma, y la ‘globalización’ se reduce tan solo a la aceptación global de las nuevas formas de acumular, (o ‘modelo económico’) y nada más. Lo cual explica que, en esta nación (Chile), pionera de la política impulsada por el llamado ‘Consenso de Washington’, sean eliminadas de las aulas escolares disciplinas globales e imprescindibles para el desarrollo del pensamiento como lo son la física, la filosofía y la educación cívica. Demás está decir que la desaparición de todas ellas no obedece a otra circunstancia que no sea su indiscutible inutilidad en las lides del mercado; no ocurre de manera diferente con el idioma francés que, de obligatorio, se ha convertido hoy en voluntario, ante el avasallador imperio del inglés. El mercado no necesita gente que filosofe, que entienda las leyes de la física o sepa por qué se forman las naciones y cuál es el rol de la democracia. Necesita, únicamente, de individuos que encaucen sus vidas en pos de una cada vez más intensa apropiación del plusvalor. Podemos entender, así, que bajo el imperio de la mercadocracia y de la mercadotecnia se fragmenten las disciplinas y se segmente el saber en aras de una mayor especialización. El todo ha de sustituirse por la parte, la noticia breve (spotnews) reemplaza a la comentada (process news) y, en consecuencia, a la historia. El modo de producción (MP) adopta la forma de acumular que le es más beneficiosa y éste comienza a moldear el carácter tanto individual como social de los seres humanos. CARÁCTER INDIVIDUAL Y CARÁCTER SOCIAL. Erich Fromm nos enseña que en cada persona es posible distinguir dos tipos de caracteres: el individual y el social. El primero de éstos (individual) distingue a una persona de otra; el segundo (social) hace diferente a un grupo humano de otro. El uno se refiere al sujeto particular; el otro lo hace respecto del sujeto colectivo. El carácter social permite a los habitantes de un país asimilarse a los demás y constituir con ellos una comunidad, una nación, precisamente porque poseen rasgos comunes que los hace ser parte de la misma. El grupo posee, así, su propia identidad social. Existen mecanismos que posibilitan la afluencia de tales rasgos, pues el carácter tanto individual como social de los seres humanos se forma en la concurrencia de tres factores, a saber: - genéticos o hereditarios; - intrauterino o prenatal, y - social o post natal. Denominamos factor genético a aquel que, transmitiéndose de padres a hijos, establece las bases de lo que han de ser los rasgos físicos y conductuales del nuevo ser. Estos rasgos son modificados en el curso de su vida por los otros factores que se indican a continuación. El factor intrauterino o prenatal es el conjunto de circunstancias que afecta a la criatura mientras aún se encuentra en el seno de su madre. Numerosos fenómenos externos (hambre, miseria, guerras, epidemias, catástrofes naturales, en fin) condicionan el organismo de la mujer que va a dar a luz; provocan aumentos excesivos en su normal producción de cortisol, elevan su cuota de estrés y alteran, por ende, su equilibrio biológico. En consecuencia, desregulan los niveles biológicos de la criatura, ocasionando la ‘huella’ que lo acompañará toda la vida. Se puede decir que la vida de la madre determina en gran medida la vida del ser que lleva dentro de sí. La criatura, más tarde, compensará el desequilibrio que padece con la ingestión de elementos o sustancias supletorias, generalmente drogas; la afición al café, al té, al alcohol, a los opiáceos, más que simples ‘adiciones’ son intentos de suplir el desnivel en la producción de determinadas sustancias y de acallar la ‘huella’ que porta cada individuo (Véase, al respecto, de Arthur Janov: ‘La biología del amor’). El factor social o post natal lo forma el medio ambiente dentro del cual se desenvuelve el bebé, niño, adolescente o joven; está constituido, principalmente, por la familia, la escuela y el trabajo. Tanto el factor intrauterino como el social están fuertemente dominados por las fuerzas de la naturaleza (terremotos, ciclones, sequías, inundaciones y todo tipo de catástrofe) y por el modo de producir, que no es tan solo la forma cómo los seres humanos elaboran sus productos, sino importa para ellos la adopción de una verdadera forma de vida. Por supuesto que este modo de producción, al establecer para sí determinada forma de acumular, influirá directamente en moldear el carácter social de los individuos. LA ÉTICA EN TIEMPOS DE ‘GLOBALIZACIÓN’. Dijimos, al comienzo, que concebiríamos a la ética en el carácter de ‘moral’, es decir, ese conjunto de reglas de comportamiento social que no son sancionadas coercitivamente (física o pecuniariamente). Pues bien: la ética de un pueblo es directamente proporcional al carácter social e individual de sus componentes. Por lo mismo, en tiempos de ‘globalización’ o, lo que es igual, en épocas de predominio mercantil como la actual, la sociedad es pródiga en la producción de individuos preocupados de sí mismos más que de los demás, sujetos competitivos, agresivos, convencidos que todo tiene su precio y puede ser, por ende, objeto de compraventa. La moral de la sociedad es el lucro. Y el cuerpo social rinde tributo a la competencia como ley universal. Las guerras, formas excelsas que alcanza la competencia llevada a su nivel extremo, no sólo aparecen en el carácter de inevitables, sino se muestran como enteramente necesarias. Según Erich Fromm, el carácter tanto individual como social de las personas que se desenvuelven dentro de una sociedad fuertemente dominada por las leyes del mercado oscilará entre el mercantilista y el no productivo, el narcisista y el necrófilo, el sádico y el masoquista, el sadomasoquista y el autoritario; tal sociedad es pródiga en la producción de caracteres anómalos. Por su parte, Michael MacCobby, que continuara las enseñanzas de Fromm y realizara una amplia investigación acerca del comportamiento de los más destacados hombres de negocio del mundo, propuso una tipología de caracteres psicóticos para una sociedad fuertemente dominada por las leyes del mercado entre los cuales era posible anotar al predador, al funcionario, al jugador, al lobo solitario, el león, entre otros. EL ARTE EN TIEMPOS DE ‘GLOBALIZACIÓN’. El arte también se desfigura en una sociedad donde imperan las fuerzas del mercado. Expresión de la estética e íntima manifestación del yo, el arte se ve drásticamente limitado por las reglas que imponen las nuevas formas de acumular. Las editoriales, los sellos de grabación, las revistas, los periódicos, sólo destacan y promueven aquello que refleje con fidelidad el anhelo de mentes poco adictas a complicarse en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas nacionales. La compraventa pasa a ser una forma de cultura y las obras artísticas deben reflejar ese mundo de valoración dineraria. Un productor de cine decía que era inútil seguir hablando de filmes para mayores o menores de edad cuando todos ellos eran fabricados para mentalidades que no superaran los catorce años. Algo similar ocurre con el mundo del sonido. Ruidosa y rítmica, simple, repetitiva, confeccionada en serie, sin mayor apego a las normas de la teoría musical y, en lo posible, fabricada en ordenador, la música también se inclina ante la majestad del mercado. Quienes deseen producir obras de calidad deben experimentar el castigo del aislamiento y la soledad. Pregunten Uds. a Gastón Soublette si acaso su música se escucha frecuentemente en las radioemisoras de la capital, si se reproduce en conciertos o veladas, o si los casetes o discos compactos que contienen sus creaciones (si es que han sido grabadas y convenientemente reproducidas) se venden con éxito en las disquerías del país. No podemos hacerlo con Tomás Lefever, que falleciera hace un año atrás dejando un legado de grandes obras; ni, muchos menos, con Nino García quien, agobiado por la explotación que de sus obras hacía el ‘lobby’ televisivo, apoyó finalmente el cañón de una pistola contra su cabeza y apretó el gatillo. La novela debe cumplir requisitos esenciales para poder ser impresa por las editoriales. En primer lugar, el autor debe poseer un ‘padrino’, unas veces amigos de los editores, otras ‘corredores literarios’ que tienen la llave de acceso a las editoriales. En segundo lugar, la obra debe ser truculenta, inverosímil, expectante, liviana, con capítulos que dejen en suspenso cada situación, como en las viejas series del cine. No es casualidad que Dan Brown arrase en las encuestas de los libros más vendidos; tampoco que lo hagan las obras que narran las aventuras de Harry Potter o que Isabel Allende sostenga en una entrevista reciente tener demasiados años para preocuparse de otra cosa que no sea ganar dinero. Por lo mismo, resulta explicable que algunos escritores europeos hayan empezado a hablar de ‘la muerte de la novela’. Cuando, para comprobar el abuso del mercantilismo, un grupo de investigadores envía a cierto editor, previamente modificadas, las obras de un Premio Nobel para ser publicadas y aquel responde que no lo hará por ser tales obras ‘poco comerciales’, podemos entender la magnitud del problema. El sistema capitalista no sólo privilegia todo lo que le promueve o hace funcionar sino también aquello que denigra o presume conductas inmorales en sus eventuales enemigos. Roberto Ampuero surge como fenómeno literario en Chile luego que el tema de una de sus primeras novelas fuese el exterminio mutuo que hacían de sí mismos los militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. La lógica según la cual los movimientos populares armados adolecen de innata perversidad encuentra, así, su premio en las editoriales más poderosas. La poesía y el teatro ―de más está decirlo― rara vez exhiben truculencia o espectacularidad; ergo, no son rentables y se encuentran fuera del comercio (res derelictae). ¿Necesito, acaso, traer a la memoria a los jóvenes que recorren el Paseo Ahumada repartiendo cuartillas y poemas breves a los transeúntes, en hojas sueltas, mecanografiadas, para venderlas a 50 pesos? ¿Necesito recordar a los mimos y a los declamadores, a las estatuas vivientes, a los contorsionistas, a los malabaristas que invaden las calles de Santiago, marginados de la cultura oficial y de sus medios de comunicación? La arquitectura agoniza. La generalidad de los edificios que se construyen para albergar instituciones con o sin fines de lucro y a personas naturales carecen de toda belleza. Modelados sobre la necesidad del costo mínimo, siguen los trazos mezquinos de los cuerpos geométricos simples y la ciudad moderna se transforma en un conglomerado de gigantescos cajones colocados unos sobre otros, rectangulares, desprovistos de todo artificio, paralelepípedos montados sobre una de sus caras pequeñas, perfecta imitación de las fenecidas torres gemelas. La arquitectura es un cántico a Nueva York y una muy poco feliz copia de sus productos baratos, rentables, lucrativos. LA PAZ EN TIEMPOS DE ‘GLOBALIZACIÓN’. Este desolador panorama del arte en tiempos de ‘globalización’ en poco difiere de aquel que presenta la paz, armónica convivencia de seres humanos que han elegido solucionar sus controversias en el saludable ejercicio de la cooperación y del diálogo. En tiempos de ‘globalización’, la paz es el producto final de la competencia llevada a su más alta expresión: la guerra. La paz sucede a los enfrentamientos bélicos; es subproducto suyo. Exige, en consecuencia, el aplastamiento del adversario, su claudicación, su sometimiento sin condiciones. La paz es concebible sólo como resultado de la desaparición o aniquilamiento del rival; adviene como un descanso reparador para el guerrero, el silencio que sucede al ruido, la quietud de los cementerios. LA ESPERANZA EN UN MUNDO MEJOR. ¿Significan las palabras formuladas precedentemente que todo está perdido, que no hay esperanzas frente al avance arrollador y sin contrapesos que experimentan las fuerzas del mercado? No. No significa lo dicho anteriormente que todo esté perdido. Por el contrario. Hay razones poderosas que inducen a estimar no sólo posible sino necesaria la lucha por la construcción de una sociedad mejor. Comencemos diciendo que todo conjunto social funciona bajo la conducción de las ideas dominantes que no son sino las ideas de su poder dominante. Karl Heinrich Marx nos enseña que quien detenta el poder material en determinada sociedad, se erige también en su poder espiritual dominante. Las ideas provienen, por tanto, de dos segmentos sociales bien diferenciados: las que producen las clases dominantes y las que producen las clases dominadas. Ambas producen culturas particulares. Antonio Gramsci, el malogrado teórico italiano, diferenciaba estos dos tipos de culturas y atribuía especiales características a cada una de ellas. Así, decía, respecto de la cultura de las clases dominantes que ésta era una, típica, consciente, crítica y homogénea; se imponía, precisamente, por poseer tales atributos. Por el contrario, la cultura de las clases dominadas era múltiple, atípica, inconsciente, acrítica y heterogénea, cualidades que explicaban sobradamente su carácter de dominada. No obstante, subyugadas, aplastadas, marginadas, los sectores más golpeados de la sociedad poseen una cualidad única: representan la diversidad de la naturaleza que sólo entrega obras exclusivas y no reproducciones. En la cultura de las clases dominadas hay una riqueza conceptual que se proyecta más allá de los estrechos marcos de la dominación. Por lo mismo, nace a cada momento, se escapa, se escabulle, se renueva a cada instante; desborda a la sociedad, amenaza inundarla, brota incontenible en cada uno de los individuos que integran una sociedad y en el seno de cada hogar proletario. Sostiene, por su parte, Erich Fromm, que la reacción contra el sistema imperante está presente en cada uno de nosotros, pero fundamentalmente en los niños, sometidos desde su nacimiento sólo por tener la condición de tales (Véase ‘Anatomía de la destructividad humana’). Y es notable que la práctica permanente de una cultura contradictoria con el sistema promueva en el seno de las clases dominadas no el ejercicio de la competencia entre sus miembros sino el de la cooperación: “¡Qué cerca están las gentes cuando el hambre las une ha expresado un poeta (Oscar Castro) y hay sólo ante los ojos una desnuda mesa, y se oyen, muy distantes, sonar unas pisadas como el eco del agua por las mojadas piedras!” Que el sistema capitalista conduce a la cultura de la sociedad en su conjunto y exige que las formas de comportamiento social sean armónicas a los requerimientos del mercado, no cabe la menor duda. Pero eso no obsta a que, constantemente, estén apareciendo expresiones artísticas contradictorias con el sistema. Es más: tales expresiones se multiplican, luchan por imponerse y si no alcanzan su cometido, no son reconocidas por los medios de comunicación oficiales, se propagan hacia otros sectores. La música emigra hacia los microbuses y a las calles, a las peñas y a los actos solidarios e, incluso, algunos de esos intérpretes marginados organizan sus propios sellos grabadores y sus propios canales de distribución. No sucede de manera diferente con los poetas, literatos o historiadores que producen y reproducen sus obras, abren páginas en Internet, organizan círculos e, incluso, editoriales y revistas. De esa manera, la nueva sociedad comienza a mostrar su presencia siempre viva en el cantar callejero, en el poeta que distribuye sus cuartillas, el pintor que exhibe sus obras en la Plaza de Armas, el investigador que realiza sus aportes teóricos en el silencio de su habitación. No todo puede dominarlo el mercado. Las relaciones pecuniarias entre los seres humanos se limitan a la recepción del salario y a la adquisición de los bienes necesarios para la conservación y la reproducción. La amistad sigue vigente y nadie cobra por expresar el afecto y la solidaridad. Cuando alguien invita a su casa, no cobra dinero alguno a su invitado y los padres siguen amando a sus hijos sin cobrarles por ello. La nueva sociedad está presente en todos los ámbitos de la vida moderna pese al dominio innegable del mercado y este encuentro que Uds. realizan año tras año desde hace más de dos décadas es una prueba más que la esperanza en la construcción de un mundo mejor está siempre viva. Muchas gracias.
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