Manuel Acuña Asenjo y Guido Hernández Mellado.
Estocolmo, agosto de 2009
ADVERTENCIA
El presente documento consta de dos partes: la primera está
dedicada a describir y comentar ciertas omisiones en los programas de
los candidatos que aspiran a ser elegidos en las justas de diciembre
próximo en Chile; la segunda está orientada a exponer los fundamentos de
una posible vía para la organización de un vasto movimiento popular.
A pesar que cada una de esas partes fue redactada en forma independiente
por sendos autores, las revisiones de sus respectivos textos fueron
hechas en forma conjunta, así como también la forma de realizar un
perfecto acoplamiento entre ambas. El documento entero es, en
consecuencia, fruto de un trabajo colectivo.
El Señor Senador, el Señor Diputado
decían cosas bellas, incomprensibles, cosas
que hacían pensar en las grandes cosechas,
en rebaños de bueyes y de ovejas paridas,
en ranchos con la mesa colmada de panes,
en arados capaces de surcar los cerros enhiestos
y en espigas esbeltas brotando de las piedras mismas.
Y todos, con la luna sobre las espaldas,
gritaron: “¡Viva el salvador de los pobres!”
(Oscar Castro: “Proclamación”)
I PARTE: OMISIONES EN LOS PROGRAMAS DE LOS CANDIDATOS
CRISIS Y ELECCIONES
Quien rinda culto a la disciplina de la Taxonomía no encontrará regocijo
mayor que coincidir con nosotros en el sentido de distinguir entre
crisis planetarias y regionales, crisis particulares y generales, crisis
grandes, medianas y pequeñas, crisis religiosas y seglares, crisis
militares y civiles. El esfuerzo, sin embargo, no es vano. También en
las regiones del MPK es posible distinguir crisis económicas,
jurídico/políticas (institucionales) e ideológicas (culturales). Cada
una de ellas admite subclasificaciones. En la región económica pueden
encontrarse, también, crisis originadas en la baja tendencial de la
cuota de ganancia y crisis de realización, con prescindencia de otro
tipo de crisis como las comerciales, industriales y bancarias.
Las crisis, no obstante, pueden presentar una dimensión aún mayor y
extenderse a lo largo y ancho del planeta. Si existe un sistema que rige
las relaciones entre los seres humanos en todo el planeta, dicho
sistema ha de experimentar tal fenómeno. Especialmente, si pone fin a
una de las fases recorridas e inicia el lento transitar hacia otra,
presumiblemente más apta para expandirlo hacia todas las regiones del
globo.
Las elecciones de diciembre próximo se realizan, en Chile, bajo ese
signo, es decir, bajo una crisis que conmueve fuertemente al SKM. Lo que
sucede en ese país no es, por consiguiente, la simple exteriorización
de sus agudos problemas particulares (que, sin lugar a dudas, los
tiene), sino la manifestación localizada de una crisis aún más general.
Así lo hemos venido sosteniendo en nuestros análisis anteriores, así lo
seguimos estimando en la actualidad y, casi con seguridad, así
continuaremos haciéndolo en los meses venideros: el SKM experimenta la
crisis propia que afecta a un sistema cuando realiza el tránsito de una
fase a otra dentro de la cual las relaciones de producción han de ir
adecuándose paulatinamente al portentoso desarrollo experimentado por
las fuerzas productivas del planeta durante las últimas décadas. Por
consiguiente, no es sólo la economía lo que está en crisis sino, además,
las instituciones jurídicas, políticas y sociales y las formas de
actuar y de pensar, es decir, las formas culturales dominantes dentro de
la sociedad, que deben ir adecuándose a las nuevas condiciones. La
crisis es, pues, de adaptación. No corresponde, por consiguiente, a
aquellas que se experimentan en las formaciones sociales cuando entre en
crisis la forma democrática de gobierno y exige la presencia de un
régimen de excepción o dictadura. Queremos insistir en este aspecto: la
crisis actual no corresponde a aquellas que preceden a la instauración
de una dictadura (véase ‘Fascismo y Dictadura’, de Nicos Poulantzas)
pues no hay ‘crisis de hegemonía’, elemento crucial para ese tipo de
situaciones, sino tan sólo de representatividad, en la forma que veremos
más adelante; tampoco puede decirse que haya crisis ideológica en el
sentido de existir una amenaza a las formas culturales vigentes pues las
‘crisis generalizadas de la ideología dominante’ (y no su simple
‘crisis particularizada’) como rasgo fundamental en tales cambios, se
encuentran ausentes; el imperio ideológico de los sectores dominantes se
mantiene inalterable. La situación, pues, no es la misma. Afirmar que
los sistemas, para pasar de un estado estable a otro, han de atravesar
por un período de inestabilidad (caos, bifurcación, catástrofe) no
implica afirmar que tales períodos han de ser idénticos. No insistiremos
sobre el particular.
Las afirmaciones precedentes nos hacen concluir que, en esta nueva fase
recorrida por el SKM, la crisis de representatividad de los partidos
políticos tampoco ha de mirarse como una repetición de aquella que
experimentan los mismos cuando se hace presente una dictadura. En este
último caso, dicha crisis se refiere a la incapacidad que tienen los
partidos para representar adecuadamente los intereses de las clases o
fracciones de clase cuyos intereses pretenden asumir. En el caso
chileno, la crisis de representatividad se produce por una exacerbación
del control ideológico que ejercen las clases dominantes sobre el
conjunto social, en donde el individualismo alienta el enriquecimiento
fácil y hace disputar a los actores políticos entre sí por un mejor
reparto del botín estatal. La crisis, por ende, afecta las ‘relaciones
de organización’, en la forma que lo expresa Poulantzas:
“Esos partidos parecen encastillarse en objetivos que dependen
únicamente de las contradicciones ‘económicas’, transformándolas
directamente en ‘querellas’ de personal político, y perder de vista los
medios concretos de alcanzar el interés político general de clase”.
La crisis, en suma, afecta a la escena política de la nación.
Las elecciones de diciembre próximo se realizarán, pues, dentro de ese
marco que, de acuerdo al paradigma vigente, debe alentar las luchas por
la competencia, el autoritarismo, el anticomunismo, el mercantilismo, la
moral del lucro, la profundización de la jerarquización social, el
individualismo, la agresividad, en fin. Por consiguiente, nos
encontraremos (si es que no nos encontramos ya) frente a candidatos que
se ofrecerán como la mejor de las mercancías, que pregonarán sus
virtudes y ocultarán sus defectos como lo haría el mejor vendedor, que
dispondrán de aparatos propagandísticos descomunales orientados a vencer
la resistencia del elector, que contarán con el financiamiento
particular y estatal para sus campañas, que no incorporarán a sus
programas los aspectos centrales de una mayor participación ciudadana, y
que dispondrán de un séquito de adláteres e incondicionales,
esperanzados en participar activamente en el reparto de un eventual y
cuantioso despojo fiscal.
¿Afirmaciones antojadizas? ¿Juicios temerarios? Por supuesto que no.
Basta leer los programas de los candidatos (para el caso que los haya) y
estudiar sus formas de comportarse ante los electores para deducir, con
escaso margen de error, cuál va a ser su proceder una vez electos. La
generalidad de los programas (cuando los hay) no innova respecto a lo
que Chile ha sido a partir de 1990 en adelante. La fórmula propuesta por
todos ellos para resolver los problemas que acusa la marcha de la
sociedad, cuida con extremo celo no causar daño alguno al legado
institucional de la dictadura militar; por lo mismo, no parece necesario
hacer un análisis exhaustivo de sus contenidos. Bástenos anotar aquí
que en dos áreas de obligada referencia no entregan proposiciones o, si
lo hacen, soslayan el nudo central del problema por ser ajeno a sus
intereses. Así sucede con las materias relativas a la Constitución de la
República y a la crisis económica que experimenta el SKM. Nos
referiremos someramente a cada una de ellas.
LOS CANDIDATOS Y LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA.
Existe consenso entre los candidatos (con excepción de los señores José
Piñera y Adolfo Zaldívar) acerca de la necesidad de adoptar medidas
respecto de la Constitución Política legada por la dictadura militar. Si
bien es cierto que la generalidad de los candidatos de la llamada
‘izquierda’ está conteste en la urgencia de dar a Chile una nueva
Constitución, no es menos cierto que las formas propuestas por cada uno
de ellos para realizar dicha tarea los separan a considerable distancia.
Porque, hay candidatos para quienes la nueva Constitución ha de
dictarse por un grupo selecto de personas (especialistas, abogados en su
mayoría) designados por el gobierno, en tanto otros piensan que tales
personas han de elegirse e, incluso, permitir que esa elección se
realice a través de asambleas; las organizaciones sociales, no obstante,
sostienen que dicha tarea compete a las bases, es decir, directamente a
las personas sobre las cuales va a regir la respectiva ley fundamental.
Existen, al respecto, experiencias por analizar, tales como las de
Venezuela, Ecuador o Bolivia; con todo, por lo extenso del tema, no nos
parece del caso hacerlo en esta oportunidad.
Adoptar una u otra fórmula constituye, sin embargo, apenas un primer
paso en la construcción de una sociedad abiertamente participativa.
Implica definir si acaso la soberanía ha de radicar o no en las bases
sociales; empleando un lenguaje un tanto tradicional, implicaría
determinar si debería establecerse una soberanía ‘popular’ o una
soberanía ‘nacional’. Hasta la Constitución del 25 la soberanía era, en
Chile, ‘nacional’, es decir, radicaba en ese ente abstracto que es la
nación. Por consiguiente, no era ‘popular’, concepto que arranca del
vocablo ‘pueblo’, entidad también abstracta, identificada en esos años
con un conjunto de partidos que luchaba por conceder mayores derechos a
la ciudadanía. Hoy sabemos que intentar sustituir a la ‘nación’ por el
‘pueblo’, entendidos ambos conceptos de la manera antes dicha, no
confiere a la Constitución el carácter de participativa. Porque no basta
que sea ella producto del trabajo de un grupo social por muy elegido
que haya sido para actuar en nombre de la comunidad ni que sea hecha por
asambleas populares establecidas en cada ciudad, pueblo o comunidad.
Una Constitución refleja los intereses de la población no solamente si
es ésta quien la confecciona: en su articulado debe establecer, como eje
central en torno al cual gira la institucionalidad, el poder de control
que esa misma comunidad ha de ejercer sobre todo organismo,
institución, ente o representante público. En realidad, es importante
determinar quién o quiénes van a hacer la Constitución, pero eso no es
lo definitivo. Porque una Constitución debe contener disposiciones que
otorguen pleno derecho a las masas ciudadanas para controlar a quienes
ellas han designado como personas aptas para dictar leyes o administrar
al estado como, por ejemplo, disponer que los representantes elegidos
deban reunirse periódicamente con la comunidad de donde proceden y dar
cuenta de lo que han hecho en el desempeño de sus cargos; debe, además,
contener sanciones para el caso que dichos representantes, en caso de no
cumplir con sus obligaciones, cumplirlas a medias o ser severamente
reprendidos por las bases ante una notable falta a sus deberes, hagan
inmediato abandono de los cargos que ocupan. Pero una Constitución debe,
además, cuidar que las personas elegidas para cumplir determinados
servicios no sólo lo hagan y sean eficientes en su desempeño, sino estén
legitimadas por una votación abrumadora que respalde sus respectivas
calidades de representantes auténticos de la comunidad. Esto significa
que ninguna elección debería considerarse válida si no participase en
ella más del 60% de las personas con derecho a voto. Porque la
abstención es una forma de protesta, de la misma manera que el silencio
es una manifestación de voluntad; y es necesario tomar en consideración
esos hechos. Numerosas constituciones del mundo, entre otras, la que
rige actualmente en la República serbia, contemplan este tipo de
disposiciones.
La ‘consulta’ ―‘plebiscito’ o ‘referéndum’― (estamos conscientes que
estas palabras tienen, jurídicamente, significados diferentes, para
solaz de los taxonomistas) debe estar contemplada para resolver una
serie de circunstancias, a algunas de las cuales nos referiremos en
especial más adelante. Este mecanismo es un factor de control de la
comunidad sobre las grandes decisiones nacionales.
¿Y qué decir de la ‘acción popular’, es decir, del derecho que debería
tener cada ciudadano para deducir alguna acción (civil o criminal) en
contra de quien o quienes, luego de ser electo(s) o haber sido
designado(s) por alguna autoridad para ejercer determinado(s) cargo(s)
incumple(n) sus obligaciones, no realiza(n) la labor para la cual
fue(ron) elegido(s), la realiza(n) mal o emplea(n) su(s) influencia(s)
para enriquecerse a expensas de la comunidad? Este mecanismo de control
colectivo jamás ha sido mencionado por candidato alguno en la historia
del Chile post dictatorial.
Irónicamente, las remuneraciones de los ‘representantes de la
ciudadanía’ (presidentes, ministros, intendentes, gobernadores, jefes de
servicios, personas a cargo de las empresas estatales) se elevan hoy
por sobre 50 veces el salario mínimo del chileno común de 160.000 pesos.
En el caso de los parlamentarios, las remuneraciones totales superan
las 100 veces de ese salario mínimo. ¿Puede o debe tolerarse esta
situación? ¿Debe tolerarse que los propios parlamentarios fijen las
remuneraciones de las cuales van a gozar? ¿No es eso dejar el ratón al
cuidado del queso? La consulta o plebiscito para fijar las
remuneraciones de los representantes de la ciudadanía parece más que
necesaria; en otras palabras, se trata de hacer funcionar una suerte de
control social sobre los asuntos públicos, de colocar a la base
ciudadana vigilante por sobre sus representantes. ¿No existen, acaso,
aún ‘marxistas’ que recuerden las enseñanzas de Marx y Engels acerca de
los sueldos de obreros que recibían los dirigentes de La Comuna de
París? Como se trata de realizar ‘la igualdad en la abundancia’ y no en
la escasez, sería altamente loable elevar las remuneraciones de las
clases postergadas al nivel de quienes han elegido representarlos a un
costo significativamente superior.
Pero, como ya se ha repetido en forma casi majadera, estas materias poco
o nada parecen interesar a los candidatos. No puede atribuirse este
hecho a un simple olvido. Por el contrario: está claro que hay un
interés manifiesto en mantener las reglas establecidas por la
Constitución de la dictadura pues ellas robustecen la verticalidad del
mando y de la sociedad. Por lo demás, en un régimen de libre mercado,
las elecciones deben ser un negocio para cuya realización han de hacerse
inversiones cuantiosas. Una vez terminado ese proceso, como sucede con
toda inversión, es posible calcular ganancias y, por supuesto,
retirarlas.
LOS CANDIDATOS Y LA CRISIS ECONÓMICA.
La generalidad de los analistas coincide en señalar que la crisis
económica, manifestada a fines de octubre del pasado año, no ha
desaparecido. Es más: no pocos se atreven a formular amargos
pronósticos, entre otros, empresarios, funcionarios de gobierno y
economistas. Uno de ellos, cierto empresario norteamericano dedicado a
explotar el negocio de los Fondos Mutuos, visitó la ciudad de Estocolmo,
a principios de julio recién pasado, donde fue entrevistado por el
Canal 4 de Televisión, pues su viaje estaba motivado por motivos de
inversión: elegía Europa ―y, consecuencialmente, Suecia―, para trasladar
los dineros de sus clientes, depositados en bancos de Estados Unidos,
pues temía un agravamiento de los problemas económicos en esa nación y
pronosticaba el colapso del dólar para el próximo año. El 12 del mismo
mes, Lawrence Summer, consejero económico de Barack Obama, refiriéndose a
los alcances de la crisis económica manifestaba que ‘lo peor está aún
por llegar’: nuevos despidos en Estados Unidos y un PNB por debajo aún
de los pronósticos más pesimistas.
Con prescindencia de las predicciones un tanto catastrofistas, lo cierto
es que la crisis continúa su marcha inalterable, no se ha conjurado y
es difícil que desaparezca pronto. Antes bien: la tendencia que acusa es
a reaparecer. De hecho, en los últimos días de julio pasado, se ha
informado que la industria automovilística norteamericana ha vuelto a
experimentar graves problemas económicos. Las ayudas que tanto el ex
mandatario George W. Bush y el actual presidente Barack Obama han
otorgado a la banca norteamericana para sostenerse presenta dos afiladas
aristas:
1) por una parte, se trata de una ayuda que va a los empresarios, no a
los consumidores. Ha sido empleada, por consiguiente, para saldar las
deudas de aquellos y no para reactivar la economía;
2) el dinero entregado a las empresas no tiene otro respaldo económico
que la fuerza militar de Estados Unidos como gendarme del planeta. Se
trata de bonos del Tesoro adquiridos por países que todavía confían en
la solvencia del gigante del norte. Son, por consiguiente, mero papel:
contribuye únicamente a aumentar el volumen, de por sí ya descomunal, de
la burbuja financiera.
¿Derrumbamiento del dólar? ¿Colapso? Nada de eso. No parece probable que
ello ocurra pues aún no existe una moneda capaz de cumplir las mismas
funciones que realiza el dólar, para el caso de desaparecer. Y, lo más
grave, no existe potencia mundial alguna interesada en que esa
catástrofe suceda. Porque el colapso de la moneda norteamericana
afectaría, principalmente, al motor de la industria mundial (China) que
posee las más grandes reservas de esa divisa; luego, a Japón, que le
sigue; a continuación, la Unión Europea y Rusia. En consecuencia, no
parece que exista posibilidad alguna (por el momento) de un cambio en
ese sentido o que algún país desee hacer daño al dólar; el único posible
y real es el que realiza cada cierto tiempo el propio gobierno
norteamericano al emitir en forma descontrolada. La crisis, por
consiguiente, tiende a mantenerse por largo tiempo y no abandona su
carácter amenazador. Chile no es una isla. Incorporado de lleno al mundo
transnacionalizado, puede experimentar severos traspiés. Y es aquí
donde, nuevamente, se advierte la deplorable indigencia teórica de los
candidatos. O su mala intención.
Desde el punto de vista económico, cuando el mercado externo se contrae,
las naciones afectadas acostumbran a desarrollar el mercado interno
para realizar allí la producción que no ha podido venderse en el
exterior. En algunos de los países poderosos, pocas veces es necesario
adoptar medidas de emergencia pues cuentan con los llamados
‘estabilizadores automáticos’, sistemas que mantienen constante el poder
de compra de la población cuando el mercado externo se contrae. Gracias
a estos mecanismos, el mercado interno mantiene su actividad invitando,
por consiguiente, a la autoridad a adoptar medidas adicionales en
espera de la recuperación del comercio exterior. Barack Obama, que
entiende la necesidad de contar con tales ‘estabilizadores’ intentó a
fines de julio recién pasado, restablecer la protección social en caso
de enfermedad, encontrando fuerte oposición entre los sectores
conservadores que han visto en la aplicación de la medida no sólo un
aumento del gasto social y, en consecuencia, un aumento del déficit
presupuestario sino, además, un principio de abandono a los principios
establecidos en el Consenso de Washington.
Los ‘estabilizadores automáticos’ fueron así denominados por el
economista John Maynard Keynes porque precisamente cumplen con la misión
de restaurar el equilibrio de la economía en épocas de crisis. En
general, son el seguro de desempleo, el seguro por enfermedad (comprende
todo tipo de dolencias, incluso el servicio dental, remedios y atención
gratuita, o a muy bajo costo, en los hospitales), los subsidios de
estudio, los subsidios para el arriendo y compra de vivienda, etc. Sin
embargo, los más importantes estabilizadores económicos en la marcha de
los estados están constituidos por los llamados ‘servicios públicos’
(transporte, movilización, construcción de establecimientos, etc.) cuya
misión consiste en mantener activa y estable la economía al operar,
generalmente, en forma continua. Los ‘servicios públicos’ operan en
países cuyos instrumentos jurídicos no establecen limitaciones al rol
empresarial del estado sino, por el contrario, lo alientan en los casos
en que la actividad privada ha sido negligente o abusiva. Al contrario
de lo que sucede en países que cuentan con estabilizadores, en aquellos
donde estos no existen las revueltas sociales pueden llevar
intranquilidad a los mercados y agravar la crisis; para evitar ello, los
gobiernos emplean las llamadas ‘transferencias’, que son ayudas
ocasionales que se conceden a la población de menores recursos. Por
supuesto que tales medidas se traducen en óptimos índices de aprobación
ciudadana para el gobierno de turno que aparece, ante la opinión
pública, conmovido por la aguda situación de ciertos sectores de la
población. Pero, dejémonos de ingenuidades que sólo conducen a
equívocos: las medidas no son concedidas por la autoridad en aras de su
compromiso político con las masas sino, únicamente, como forma de
reactivar el mercado interno y propiciar, de esa manera, el consumo por
parte de los habitantes de esa cuota de producción que debió haber ido
al extranjero.
Tampoco los candidatos parecen preocuparse mayormente de los llamados
TLC (tratados de libre comercio) y del sistema impositivo establecido a
la extracción de los recursos naturales del país, del rol del estado en
la economía nacional (materia que tiene que ver con la abrogación de la
Constitución); lo hacen, sí, en forma miserable, pero respecto de otros
temas, también vinculados a la ley fundamental, como lo son la Ley
Orgánica Constitucional de Educación LOCE, la reforma del Instituto de
Normalización Previsional INP y otras materias similares. En los
proyectos o medidas que proponen, jamás se indica como una posible
fuente de financiamiento de estos un alza en la tributación, por
ejemplo, del impuesto a la explotación del cobre. En otros países, los
gravámenes de esta naturaleza llegan a exceder el 20%; en Chile, no se
paga más allá de un 5%, cifra que resulta irrisoria comparada con la
anterior. Si se elevase a un 10% e, incluso, a un 15%, afluirían grandes
sumas que permitirían al estado impulsar obras de envergadura,
extremadamente necesarias para el desarrollo de la nación.
ACTITUD FRENTE A LAS ELECCIONES DE DICIEMBRE
En estas materias, tan elementales, las proposiciones de los candidatos
se muestran en toda su mezquindad. Ponen de manifiesto, una vez más, el
escaso interés que los guía en torno a resolver los conflictos que
llevan a enfrentarse, unos con otros y en forma permanente, a vastos
sectores de la población. A esa voluntad manifiesta de no profundizar
acerca de lo que es más o menos conveniente para el conjunto social, se
une el comportamiento que han exhibido los candidatos de la llamada
‘izquierda’ durante los meses que han transcurrido desde que se hiciera
pública su postulación: la generalidad de ellos declara que, en caso de
no ser elegidos, vaciarán su apoyo al representante de la Concertación
que obtenga el mayor número de sufragios. No se trata de un apoyo
gratuito ni exento de condicionamientos. Para muestra, un botón: un
grupo de personeros ex MAPU (hoy, del PS, ex partidarios de Jorge
Arrate) planeaban en julio recién pasado dar su apoyo al ‘independiente’
Marco Enríquez-Ominami previa una conversación con éste en la que,
junto con manifestarle su adhesión colectiva, se le haría ver el costo
de la misma: cargos públicos, en primer lugar, para todos los
integrantes del grupo para el caso que el candidato obtuviese la segunda
mayoría nacional; si tal mayoría la obtuviese Eduardo Frei, el
‘independiente’ Enríquez-Ominami debería, en segundo lugar, negociar con
el abanderado de la Concertación las condiciones de su apoyo que, de
todas maneras, consistiría en cupos de cargos en la administración
pública, sin perjuicio de los cupos parlamentarios que deberá acordar
con sus seguidores (probablemente, Alejandro Navarro, quien puede
renunciar a su candidatura en favor suyo). En esa carrera por acceder a
cargos estatales (de elección o designación, lo mismo da), una de las
primeras bajas ha sido el pacto denominado ‘Juntos Podemos Más’ que unía
al Partido Comunista (PC) con el Partido Humanista (PH); este último ha
hecho abandono de la alianza por conflictos con la Democracia Cristiana
en torno al problema de los cupos parlamentarios. Y, por su parte, a
pesar de haber recibido el ingreso de Jorge Arrate en calidad de
militante, el PC ha debido sufrir una oleada de renuncias de militantes
descontentos con el proceder de su dirección. Todos estos hechos se
presentan ante el ciudadano común, más bien, como si entre los actores
políticos existiese desde antes un acuerdo tácito cuya única finalidad
fuese sostener, de la manera que sea, al candidato de la Concertación,
actitud que trae a la memoria esa sentencia del ‘Turba Philosophorum’
que tantas veces hemos citado:
“Pero sabed muy bien que, digamos lo que digamos y hagamos lo que hagamos, estamos todos de acuerdo”.
¿Qué hacer, en estas circunstancias?
Lo primero que debe dejarse en claro es que las materias relativas a la
Constitución y a la crisis económica han sido mencionadas no como única
solución a los problemas que aquejan a las grandes mayorías nacionales,
sino en el carácter de ejemplo del escaso interés que manifiestan los
candidatos por resolver aquellos, a pesar de tratarse de medidas
posibles de adoptar dentro de los márgenes del sistema; eso significa
que las soluciones, por consiguiente, pueden encontrarse también fuera
de dichos márgenes. Un intento en ese sentido está contenido en la
sección que sigue.
Terminemos diciendo algo obvio: las elecciones anunciadas para diciembre
de este año no ofrecen garantías suficientes a la población en cuanto a
asegurar que, a través de ellas, se dará satisfacción a sus más
sentidas aspiraciones. El interés que guía a los candidatos en modo
alguno es social sino particular; a lo más, puede llegar a transformarse
en interés de grupo (la familia, los amigos o el partido). Cuando
concurren tales circunstancias resulta absurdo suponer la sola
participación en actos de esa naturaleza como método adecuado para
resolver los problemas sociales. Por el contrario: las elecciones se
transforman en la antesala de la dominación que una pequeña cáfila de
aventureros establece sobre todo el conjunto social. En consecuencia, la
actitud que cada chileno debe adoptar frente a ese evento es,
lógicamente, restarse a formar parte del mismo; no votar, abstenerse o,
en el peor de los casos, anular su voto. La ausencia de un número cada
vez más significativo de votantes en las justas electorales ha
obedecido, precisamente, a una lógica que invita a no ser parte de un
proceso cuya única finalidad consiste en la sumisión del elector y
hacerlo cómplice de su propia explotación; al mismo tiempo, constituye
la mejor muestra de la desconfianza que la población siente por los
actores políticos del momento. Al despreciar y desconocer el llamamiento
de la autoridad, desconoce la legitimidad de los elegidos. Pero, para
tener efecto debe ser masiva. Si así sucediese, presidente, diputados,
senadores, concejales, alcaldes, todos ellos deberían ser considerados
personajes ilegítimos ante las masas al no contar con suficiente
respaldo ciudadano expresado en una alta participación electoral.
Pero el asunto no radica solamente en restarse a participar en los
eventos eleccionarios que no presten garantías de participación
ciudadana en la marcha de la nación. Con esa actitud solamente se logra
robustecer el poder de quienes resultan electos. La abstención debe ser
activa, es decir, debe responder a una acción que comience en la
denuncia de la ilegitimidad de los elegidos y continúe en la
participación activa de la ciudadanía en las distintas organizaciones de
base con miras a la creación de un vasto movimiento social. De si eso
es posible realizar trata el párrafo siguiente.
II PARTE: LA ALTERNATIVA DEL ’CATALIZADOR’
“Creced y multiplicaos.”
(Biblia: Génesis)
CUESTIONES PREVIAS
Comenzaremos allí donde terminan las conclusiones del apartado anterior.
Veamos: la crisis ya afecta, y lo seguirá haciendo en un abanico de
ámbitos, a la población, en donde comienzan a darse las condiciones de
desarrollo de movimientos que van tras objetivos de lucha: propias,
individualizadas e independientes. La crisis nos brinda, así, una
diversidad de futuros movimientos. Esas luchas, ya sean actuales o
futuras, se enfrentan a un gran inhibidor que, de conjunto, las frena,
integra o, las más de las veces, disipa, dejando al ámbito popular sin
movimiento autónomo alguno que sea fuerte y estable en el tiempo,
haciéndolo retroceder a la ruta cero. Nos referimos a la Constitución
Política del Estado, norma anti-obrera y anti-popular. La necesidad de
transformarla permite hacer funcionar esa temática como punto de
convergencia de las diversas luchas sociales a la vez que convertirla en
un atractor de movimientos, en una gran fuerza popular real capaz de
realizar los cambios requeridos. Así, desde esta perspectiva, podemos
concluir en la necesidad de conformar amplios movimientos sociales,
verdaderos agentes de estos cambios constitucionales cuya fuerza obligue
al Estado, los gobiernos y las empresas a cumplir sus promesas.
Muchos estarán de acuerdo con estas conclusiones. El problema se
presenta en cómo realizarlas, en la estrategia a seguir, en descubrir
una forma que dé eficacia a la formación de este multi movimiento
poderoso.
La estrategia de construcción de un movimiento social, que denominaré
‘tradicional’, pasa por los esfuerzos que ya realizan diversas
colectividades para formar amplias redes de contacto y coordinación,
incentivando a otros a que se organicen, y esperando que alguna
coyuntura política especial les permita crecer. Algunos ven esa
coyuntura en los conflictos sectoriales, otros en las elecciones y, en
general, en cualquier otra oportunidad que les permita acoplar los
esfuerzos desde abajo con la conmoción que, desde arriba, puedan generar
estas noticias desde los medios de comunicación social, como ha
sucedido con las elecciones.
Existe, con todo, una estrategia aún más tradicional, que es la
formación de un “nuevo partido” que tendría por fin este objetivo,
postura que nunca ha entendido a los movimientos sino como un instante
fugaz, explosivo, de personas que deben ser dirigidas por ‘el partido’.
Ninguna de esas dos posturas nos permite, en la práctica, llevar a cabo
la labor de construir el movimiento social. Gran número de personas ya
no cree en las estructuras jerárquicas y piramidales de los partidos,
sino se inclinan por la formación de organizaciones horizontales,
autónomas y reticulares; ya no creen en los grandes líderes. Esta es la
posición de los movimientos. La razón es bastante simple: si se quiere
el establecimiento de una sociedad no jerárquica, las formas de
organización piramidales que van a reproducir esta forma jerárquica de
organización no deben ser empleadas. Y, si bien es cierto que existen
corrientes con una estrategia consciente de organización jerárquica, es
decir, los partidos políticos, no es menos cierto que existe un
mecanismo profundo de replicación de las jerarquías, instalado en el
inconsciente colectivo cultural. Lo vemos en acción cada vez que un
grupo se forma y elige automáticamente un presidente, un secretario y un
tesorero, considerándolo como lo más normal del mundo. Nunca se
cuestionan que allí, precisamente, ya se está reproduciendo la sociedad
que se quiere superar.
Propongo, en consecuencia, tornar la vista allí donde no estamos
acostumbrados a mirar u observar. Antes de nada, debemos tomar
conciencia del paradigma en que estamos sumergidos y que
dificultosamente percibimos; el paradigma moderno, aquel marco de
referencia que nos hace dar por sentada una serie de circunstancias a
las cuales consideramos naturales, tales como la organización
jerárquica, la espera de una coyuntura que permita potencias los
movimientos y la escasa importancia que se le da al campo de las
comunicaciones. Un paradigma tiene por función mostrar ciertas
dimensiones como algo natural y obvio a la vez que no mostrar otras
dimensiones, de impedirnos ver otras realidades y, de ahí, otras
posibilidades. No es extraño, así, que nos encontremos con la
imposibilidad de ver otras vías.
EL CAMPO DE LA SOLIDARIDAD Y LAS FASES DEL ’ESTADO NACIENTE’
Consideramos que una forma de romper este paradigma, este marco de
referencias limitado, es volver a los mecanismos que generan la
formación de los movimientos sociales. Si bien es cierto que los
movimientos surgen en forma espontánea ─y de ahí el apoyo teórico que
permite toda la ciencia de la auto-organización de Prigogine─, no es
menos cierto que existen mecanismos específicos ya reconocidos acerca de
cómo este proceso se realiza, mecanismos que son centrales tanto en la
comprensión del fenómeno como también en las posibilidades que nos abre
de usarlos en forma estratégico-operativa para la construcción
consciente de los movimientos sociales. Aquí seguiremos las
elaboraciones teóricas de Alberoni que explican con mayor propiedad los
mecanismos específicos de la formación de los movimientos sociales.
Francesco Alberoni plantea que los movimientos son una reorganización
acelerada del campo de la solidaridad. El campo de la solidaridad es el
espacio dinámico psico-social que tiene por función mantener cohesionada
una sociedad a través de los mecanismos de la creencia, fe,
credibilidad y confianza del pueblo ante sus instituciones. El campo de
la solidaridad es un espacio que tiene una dimensión material expresada
en la población demográfica, pero sobre todo su dinámica se refiere a la
dimensión no-material que posee, a sus estado mentales colectivos,
expresados a través de los valores ético culturales, de lo que un pueblo
considera bueno y malo.
La dinámica del campo de la solidaridad se manifiesta a través de un
ciclo. Existe un estadio allí donde el sistema social ─y sobre todo el
Estado─ mantiene bajo su manejo efectivo los mecanismos de control de la
entropía. La entropía es un concepto de la Termodinámica e Informática y
que se refiere al grado de incertidumbre y desorden que constantemente
aumenta al interior de un sistema.
En un primer momento, el Estado maneja los mecanismos de control de la
entropía; eso sucede cuando todas las instancias del modo de producción
están en coherencia y se expresa psico-socialmente a través de una gran
credibilidad y confianza en el sistema.
Como la entropía siempre está en aumento, un sector del campo de la
solidaridad empieza a debilitarse, comienza a aumentar la incertidumbre y
el sistema, en su totalidad, transita a un segundo estadio denominado
‘de ambivalencia’. En esta fase, comienzan a sentirse las primeras
incoherencias del sistema que se manifiestan psico-socialmente a través
de formas afectivo-inconscientes: se quiere y, simultáneamente, no se
quiere al sistema.
Cuando se aumenta más la entropía, el tránsito es hacia un tercer
estadio, el de la ‘sobrecarga depresiva’, fase en donde las
incoherencias se vuelven cada vez más manifiestas, se genera una fuerte
repulsión emotiva ante el sistema; pero, conscientemente, aún se le
justifica, lo que produce una gran tensión en los individuos.
Como enseña Prigogine, si se sigue aumentando la entropía, la
inseguridad, estrés y el desorden, llega a un punto tal que se transita
un nuevo estadio en cuyo primer umbral aparece la auto-organización,
cuando el individuo ─en forma aislada─ dice ‘¡Basta!’ En este umbral, el
sujeto toma conciencia del estado mental en que se encuentra, y se
produce una suerte de coherencia entre el inconsciente afectivo y el
consciente racional: la confianza en el sistema se pierde por completo, y
el disgusto y aversión emotiva que siente se hace consciente a través
de una postura crítica y racional frente al sistema.
El segundo umbral se atraviesa cuando quienes ya lo hicieron en el
primero comienzan a encontrarse; el mecanismo psicológico que expresa
esta fase es el “reconocimiento de la afinidad”: los individuos, antes
aislados, se dan cuenta que otros también se encuentran en el mismo
estado mental. Es importante señalar un hecho: el reconocimiento no se
realiza al nivel consciente del discurso ideológico que proclaman,
aunque éste es parte de aquel, sino sobre todo, al nivel
inconsciente-afectivo del estado mental en que se encuentran.
El reconocimiento de la afinidad abre las posibilidades de la formación
de grupo y comienza una cuarta etapa. Los grupos se refuerzan
mentalmente y entran en un estado mental especial, emerge el Estado
Naciente, aquella “experiencia fundamental” de entusiasmos, esperanzas,
liberación, unanimidad, hermandad y destino que el grupo, en forma
colectiva, experimenta; el movimiento social se conforma para
reorganizar aceleradamente el campo de la solidaridad a través de formar
un nuevo núcleo (de solidaridad), independiente al sistema.
La quinta etapa adviene cuando surge una multitud de movimientos que en
conjunto derrotan al sistema e instauran uno nuevo; esta es la etapa
‘negentrópica’ del movimiento pues, llegado a este punto, paulatinamente
comienza a transitar hacia su institucionalización. Nuevamente, existe
una gran coherencia entre las instancias del modo de producción para
darse comienzo, una vez más, al ciclo que mantiene con eficacia los
mecanismos de control de la entropía.
LA ESTRATEGIA DEL ’CATALIZADOR’
Con todo, esta dinámica del campo de la solidaridad nos muestra los
mecanismos específicos de la formación de los movimientos, el umbral del
‘basta’ crítico y el reconocimiento de la afinidad. Es aquí, donde la
labor organizativa y comunicativa debe concentrarse. Se debe, así,
elaborar una estrategia que estabilice estos mecanismos, de manera que
permanentemente se estén formando movimientos. La forma tradicionalmente
empleada es esperar y aprovecharse de alguna coyuntura que desate la
formación de aquellos; la teoría nos indica, por el contrario, que no es
necesario esperar: el mecanismo ya está reconocido e identificado. La
labor, por tanto, consiste en estabilizarlo para crear múltiples
movimientos.
¿Cómo se realiza esto? Aquí es donde se presenta útil el uso de los
mecanismos de la catalización. Previo es, no obstante, precisar algunos
conceptos.
Un catalizador es una molécula que por su solo presencia acelera una
reacción química. Constantemente existen procesos dentro de los cuales
las moléculas se transforman de unas en otras. Digamos, la molécula A se
transforma en molécula B. Comúnmente, estas transformaciones tienen un
ritmo lento y están expuestas a las casualidades. Para acelerar el
proceso se requiere de un catalizador. Se denomina “estado de
transición” al momento de la transformación; el catalizador se
caracteriza por acoplarse y estabilizar el estado de transición. Con ese
mecanismo, acelera la reacción.
Si traducimos estos conceptos de la química a la instancia psico-social
del campo de la solidaridad, tendremos los mecanismos operativos en la
formación de los movimientos. Veamos, detentamos una molécula A ─la
identificamos con la gente no-organizada en el estado mental del
‘basta’─, y una molécula B ─la identificamos con la gente organizada en
un movimiento─; el ‘estado de transición’ lo asimilamos al mecanismo de
reconocimiento de la afinidad. Ahora, necesitamos un catalizador
acoplado que estabilice el estado de transición del reconocimiento de la
afinidad. Este catalizador deber ser un grupo o, mejor aún, un equipo
que actúe como catalizador.
La labor estratégica central, por tanto, no es formar un grupo o
movimiento que pueda aprovechar alguna coyuntura, sino construir, al
menos, un catalizador; o, en caso óptimo, muchos catalizadores. Para
transformar grupos ya existentes en efectivos catalizadores de
movimientos se requiere un proceso permanente de capacitación
teórico-práctico que denominamos “psicología de la comunicación popular
óptima”. Este proceso da cuenta de la complejidad del campo de la
solidaridad y de la multitud de técnicas, que ya existen, para su manejo
efectivo. Porque el sistema mantiene su hegemonía; de ahí que esté
replicándose constantemente, de ahí que intente persuadir culturalmente a
la población. El medio es la imposición de sus valores culturales, su
actitud ética, que es jerárquica, competitiva, agresiva, individualista,
conformista, consumista, narcisista y descalificadora de todo otro
valor. El establecimiento de un poder popular exige, por consiguiente,
la construcción de un amplio multi-movimiento que, a su vez, implique la
creación de un proyecto contra-hegemónico orientado a propagar los
valores propios del población, del campo de la solidaridad, tales como
la cooperación, la organización horizontal, la solidaridad misma, las
redes sin liderazgo, la auto organización. Así como los partidos
políticos (y, en general, el sistema) se reproducen a sí mismos, la
contra-hegemonía popular debe detentar la capacidad de reproducir sus
propios valores culturales.
LOS CÓDIGOS DE LA COMUNICACIÓN
La reproducción cultural está apuntando a la dinámica del campo de la
solidaridad que incluye ideas, deseos, emociones y comportamientos; se
trata de un campo cuyo mecanismo de funcionamiento es el ‘código doble’ o
‘dual’. Este código nos dice que toda comunicación se realiza dos veces
a través de sendos códigos ‘analógico’ y ‘digital’, y que su traducción
es constante del uno al otro. El código digital es un mensaje en el que
todos sus componentes están separados unos de los otros, como los dedos
de la mano; su lectura se realiza en forma lineal, de principio a fin, y
se organiza por las reglas de la Sintagmática: el idioma hablado y
escrito pertenece al mundo digital. El código analógico es una sola
unidad que se extiende en el espacio y recuerda a sus significados; de
ahí lo de ‘analógico’, es decir, que se recuerda a sí mismo, se lee
simultáneamente (como una imagen) y, se organiza por las reglas de la
semántica, tal como el idioma corporal que expresa los estados
emocionales internos.
En niveles semióticos superiores, es reconocible esta misma dualidad de
códigos, en especial, dentro del campo de las narrativas que, aunque
están por naturaleza codificadas digitalmente, son identificables, sin
embargo, entre dos tipos: a) una narrativa del Logos, que se dirige al
consciente racional y da cuenta de la realidad exterior y material del
individuo, presentando problemas y sus soluciones; y b) una narrativa
del Mythos, que se vuelve al interior experiencial afectivo del
individuo y da sentido y razón de las cuestiones existenciales de los
individuos, entre otras, de dónde venimos, cuál es nuestro objetivo y si
le damos sentido a la muerte, etc. Con todo, las narrativas del Logos
organizan el nivel consciente racional y sistemático, en tanto que las
narrativas del Mythos nos llegan directamente a las emociones sin pasar
por los centros neocorticales lógico-racionales, y nos afectan
emotivamente en forma directa.
En general, toda comunicación directa, cara a cara, sólo contiene entre
el 5% al 7% de la transmisión en forma del código lingüístico-digital,
más del 20% son las expresiones faciales y arriba del 60% corresponde al
idioma corporal. Por su parte, en la porción del código digital (5-7%)
de lo hablado o escrito, sólo el 40% trata de formas lógico-racionales;
el 60% restante son formas mítico-afectivas las que dan el sentido a la
conversación. En conclusión, un porcentaje abrumador de la comunicación
esta codificado analógicamente. De lo cual se deduce que equipo
catalizador debe elevar su inteligencia analógica para corresponderse de
modo adecuado a esos porcentajes, porque las formas de reproducción
ético-culturales se realizan principalmente, en formas analógicas y
míticas: afectan nuestras emociones en forma inconsciente; no nos damos
mucha cuenta de lo que sucede en nuestro interior.
Si la hegemonía capitalista se realiza por el comportamiento arrogante,
de sobresuficiencia, competitivo, agresivo y egocéntrica, la
contra-hegemonía popular se debe hacer conductualmente, a saber, a
través de una actitud humilde, dialogante, solidaria, cooperadora, de
respeto y reconocimiento de las diferencias con los demás. En
conclusión, el equipo catalizador se debe comportar como si ya estuviese
viviendo el estado naciente. En la práctica, este comportamiento puede
realizarse a través de una serie integrada de reglas de comportamiento
ético, que tienen mucho que ver con el concepto de ’inteligencia social’
desarrollado por Daniel Goleman. No se puede predicar la solidaridad si
se es autoritario, no se puede predicar la humildad y el diálogo si se
es arrogante. El módulo pedagógico de la psicología de la comunicación
popular óptima da cuenta de todos estos mecanismos conductuales, de cómo
aprenderlos y manejarlos en la práctica.
La construcción de un múltiple movimiento implica la conformación de una
contra-hegemonía que no es sino la articulación de una atmósfera
cultural popular propia de la cual ha de derivarse el nuevo rol que los
medios de comunicación locales y alternativos van jugar. El catalizador
debe organizarse como medio de comunicación alternativo; más allá de las
revistas o periódicos a la usanza actual, en el uso de radios locales,
TV-locales, páginas de la web, y de los celulares, etc. en un necesario
cuestionamiento del paradigma de los medios de comunicación social que
es el dominante.
No olvidemos que el paradigma tradicional de los medios de comunicación
social es el noticioso, allí donde se informa de acontecimientos en
forma seria y lejos de toda emotividad. Esta forma de comunicación
surgió, simultáneamente en la revolución francesa, con la forma de
propaganda política, y la misma actividad que se organiza en torno al
medio de comunicación de la época, el periódico. Lenin, posteriormente
dirá que el periódico es el organizador del partido. El discurso
político y la propaganda se organizan retóricamente como forma efectiva
de movilización popular. Sin embargo, desde la década de los sesenta,
las agencias de publicidad comienzan a transitar de los réclames
informativos a las formas afectivas de persuasión con el uso cada vez
más efectivo de las imágenes; y, desde los noventa, están en la
construcción de réclames que generan “experiencias” en el público. Se
les hace sentir determinadas emociones al público, mientras que los
partidos y las organizaciones de las llamadas ’izquierdas’ y sus
periódicos, inclusos los de la web, se vuelven más informativos y
lógicos, perdiendo sus formas retóricas.
Actualmente, nos encontramos con una mediósfera (espacio de los medios
de comunicación) que emplea exitosamente el alto desarrollo alcanzado
por las técnicas analógicas creadoras de experiencias, en tanto los
medios de comunicación de ‘la izquierda’ siguen usando formas
atrasadísimas de periódicos con técnicas lógicas, práctica que se repite
en los periódicos digitales de la web.
Un catalizador no puede usar tales formas. Debe ponerse al día en los
avances y desarrollar aún más toda la tecnología analógica
mítico-conductual; de los periódicos se debe pasar a radios y
tv-locales, con equipos preparados para emitir un porcentaje de 90% de
transmisión analógica y un 10% de lógica-digital. Es la única manera de
llegar al inconsciente colectivo popular y que allí se repliquen los
nuevos valores solidarios.
Precisemos: el 10% de las transmisiones dirigidas a las labores
lógico-digitales deben dividirse en noticias manejadas retóricamente y,
sobre todo, labores lógico-catalizadoras, que consisten en la creación
de diálogos efectivos con la audiencia, a través del mecanismo
descubierto por Paulo Freire de la ‘temáticas generadoras’, que van a
servir como punta de lanzamiento en la catalización de los movimientos.
El catalizador es la unidad mínima de los verdaderos procesos de
auto-organización reales. Se puede usar la analogía con las categorías
de Marx de la reproducción simple y de la reproducción ampliada del
capital, pero, en lugar del capital, colocaremos movimientos. La
reproducción simple es una abstracción teórica que permite reconocer los
elementos del proceso, en tanto que la reproducción ampliada es el
proceso real mismo.
CIRCUITOS AUTOCATALÍTICOS Y CONCLUSIÓN
En el proceso de auto-organización de los multi-movimientos podemos
identificar la reproducción simple ─ahora no necesariamente en forma
abstracta, sino que también en forma real─ en la construcción del primer
catalizador, y la reproducción ampliada de los movimientos, en los
denominados “circuitos auto-catalíticos”. Los circuitos auto-catalíticos
implican una multitud de catalizadores que, además de catalizar
moléculas-movimientos, terminan catalizándose a sí mismos, conformando
un circuito que los une, integra, fortalece y cataliza a cada uno de sus
miembros.
La reproducción ampliada de los circuitos auto-catalíticos de los
multi-movimientos contra-hegemónicos se traduce al nivel estratégico en
que el catalizador, principalmente, debe tener la capacidad de
replicarse, es decir, de formar nuevos catalizadores de cualidades
diferentes y que perfectamente, como opción, pueden organizarse a partir
de las temáticas generativas dialógicas ya identificadas, sean estas
poblacionales, sindicales, de género, etc. Es decir, si se forman
movimientos a partir del diálogo temático, el papel del catalizador es
transformarlos en nuevos catalizadores, de manera que se refuercen y
sigan creciendo, es una manera de estabilizar el mecanismo de la
retro-alimentación positiva. Todo esto es importante para un proceso de
cambio político-cultural, pero es también una exigencia teórica para la
transformación en circuito auto-catalítico.
El circuito auto-catalítico es lo que, en la teoría del caos, se conoce
como un “atractor extraño”, es decir, múltiples cuencas de atracción
interconectadas que se estabilizan en torno a un centro oscilatorio.
Este atractor es necesario para lo que, en Estrategia, se conoce como
‘proceso de acumulación de fuerzas’, pero que ahora comienza a tener
nuevas connotaciones; más aún, por otra exigencia teórica que trata de
la supracriticalidad. De acuerdo con este concepto, si se pasa el umbral
del 0,5 (50%) de interconexiones de una red de catalizadores y
movimientos en una formación psico-social determinada, se da una
transición de fase: todo el sistema cambia su estado, es decir, se logra
la fuerza político-social capaz de realizar los cambios en favor del
campo de la solidaridad; en otras palabras, de las grandes mayorías
nacionales.
Podemos reconocer un proceso tal histórico-político, no en Chile, pero
sí en otros países latinoamericanos, tales como Bolivia, Ecuador y
Venezuela. El más ilustrativo de todos es el del primero de los
nombrados que, a diferencia de Chile, ha mantenido circuitos
movimientistas por largos períodos de tiempo, lo que le ha permitido una
efectiva acumulación de fuerzas populares. Desde el 2000 se han
realizado una serie de luchas en diferentes ámbitos y movimientos, las
luchas por el agua, los hidrocarburos y por la tierra, territorio y
dignidad, que corresponden a los momentos de la reproducción ampliada de
los circuitos auto-catalíticos para, posteriormente, converger en la
lucha por la asamblea constituyente la cual cumple muchos de los
objetivos propuestos en la primera parte, es decir, construcción desde
las bases y establecimiento de garantías constitucionales vinculadas al
cumplimiento de lo prometido por los representantes. Este momento, la
lucha por la asamblea constituyente viene a corresponder al momento de
la supracriticalidad, momento que, como se ve, ha tenido lugar en los
tres países apuntados. En el caso de Chile, se observa una serie de
luchas sectoriales, como la revolución de los ‘pingüinos’, las luchas de
los forestales, las actuales de los sindicatos de la salud, etc.
Constantemente surgen “llamaradas” de olas de protestas y luchas, que
luego terminan disipándose y no concluyen en una acumulación de fuerzas,
en un circuito auto-catalítico de un fuerte movimiento regional o en un
atractor extraño de unión de varios movimientos, pues, o están fuera
del centro político nacional, es decir, Santiago, o no logran catalizar a
una mayoría de la población de esa urbe. En este sentido, Chile, es el
país más atrasado de Latinoamérica. La pregunta, entonces, es ¿somos
capaces de superar positivamente los paradigmas que nos dominan las
emociones y pensamientos, los paradigmas jerárquicos-mediósferos, y
ponernos a las alturas de los avances científicos de manera de dar,
efectivamente, un vuelco a la formación social?
Estocolmo, agosto de 2009
|