16 jun 2012

ELECCIONES Y MOVIMIENTOS SOCIALES


Manuel Acuña Asenjo y Guido Hernández Mellado.

Estocolmo, agosto de 2009

ADVERTENCIA

El presente documento consta de dos partes: la primera está dedicada a describir y comentar ciertas omisiones en los programas de los candidatos que aspiran a ser elegidos en las justas de diciembre próximo en Chile; la segunda está orientada a exponer los fundamentos de una posible vía para la organización de un vasto movimiento popular.


A pesar que cada una de esas partes fue redactada en forma independiente por sendos autores, las revisiones de sus respectivos textos fueron hechas en forma conjunta, así como también la forma de realizar un perfecto acoplamiento entre ambas. El documento entero es, en consecuencia, fruto de un trabajo colectivo.

El Señor Senador, el Señor Diputado
decían cosas bellas, incomprensibles, cosas
que hacían pensar en las grandes cosechas,
en rebaños de bueyes y de ovejas paridas,
en ranchos con la mesa colmada de panes,
en arados capaces de surcar los cerros enhiestos
y en espigas esbeltas brotando de las piedras mismas.
Y todos, con la luna sobre las espaldas,
gritaron: “¡Viva el salvador de los pobres!”

(Oscar Castro: “Proclamación”)

I PARTE: OMISIONES EN LOS PROGRAMAS DE LOS CANDIDATOS

CRISIS Y ELECCIONES

Quien rinda culto a la disciplina de la Taxonomía no encontrará regocijo mayor que coincidir con nosotros en el sentido de distinguir entre crisis planetarias y regionales, crisis particulares y generales, crisis grandes, medianas y pequeñas, crisis religiosas y seglares, crisis militares y civiles. El esfuerzo, sin embargo, no es vano. También en las regiones del MPK es posible distinguir crisis económicas, jurídico/políticas (institucionales) e ideológicas (culturales). Cada una de ellas admite subclasificaciones. En la región económica pueden encontrarse, también, crisis originadas en la baja tendencial de la cuota de ganancia y crisis de realización, con prescindencia de otro tipo de crisis como las comerciales, industriales y bancarias.
Las crisis, no obstante, pueden presentar una dimensión aún mayor y extenderse a lo largo y ancho del planeta. Si existe un sistema que rige las relaciones entre los seres humanos en todo el planeta, dicho sistema ha de experimentar tal fenómeno. Especialmente, si pone fin a una de las fases recorridas e inicia el lento transitar hacia otra, presumiblemente más apta para expandirlo hacia todas las regiones del globo.
Las elecciones de diciembre próximo se realizan, en Chile, bajo ese signo, es decir, bajo una crisis que conmueve fuertemente al SKM. Lo que sucede en ese país no es, por consiguiente, la simple exteriorización de sus agudos problemas particulares (que, sin lugar a dudas, los tiene), sino la manifestación localizada de una crisis aún más general. Así lo hemos venido sosteniendo en nuestros análisis anteriores, así lo seguimos estimando en la actualidad y, casi con seguridad, así continuaremos haciéndolo en los meses venideros: el SKM experimenta la crisis propia que afecta a un sistema cuando realiza el tránsito de una fase a otra dentro de la cual las relaciones de producción han de ir adecuándose paulatinamente al portentoso desarrollo experimentado por las fuerzas productivas del planeta durante las últimas décadas. Por consiguiente, no es sólo la economía lo que está en crisis sino, además, las instituciones jurídicas, políticas y sociales y las formas de actuar y de pensar, es decir, las formas culturales dominantes dentro de la sociedad, que deben ir adecuándose a las nuevas condiciones. La crisis es, pues, de adaptación. No corresponde, por consiguiente, a aquellas que se experimentan en las formaciones sociales cuando entre en crisis la forma democrática de gobierno y exige la presencia de un régimen de excepción o dictadura. Queremos insistir en este aspecto: la crisis actual no corresponde a aquellas que preceden a la instauración de una dictadura (véase ‘Fascismo y Dictadura’, de Nicos Poulantzas) pues no hay ‘crisis de hegemonía’, elemento crucial para ese tipo de situaciones, sino tan sólo de representatividad, en la forma que veremos más adelante; tampoco puede decirse que haya crisis ideológica en el sentido de existir una amenaza a las formas culturales vigentes pues las ‘crisis generalizadas de la ideología dominante’ (y no su simple ‘crisis particularizada’) como rasgo fundamental en tales cambios, se encuentran ausentes; el imperio ideológico de los sectores dominantes se mantiene inalterable. La situación, pues, no es la misma. Afirmar que los sistemas, para pasar de un estado estable a otro, han de atravesar por un período de inestabilidad (caos, bifurcación, catástrofe) no implica afirmar que tales períodos han de ser idénticos. No insistiremos sobre el particular.
 

Las afirmaciones precedentes nos hacen concluir que, en esta nueva fase recorrida por el SKM, la crisis de representatividad de los partidos políticos tampoco ha de mirarse como una repetición de aquella que experimentan los mismos cuando se hace presente una dictadura. En este último caso, dicha crisis se refiere a la incapacidad que tienen los partidos para representar adecuadamente los intereses de las clases o fracciones de clase cuyos intereses pretenden asumir. En el caso chileno, la crisis de representatividad se produce por una exacerbación del control ideológico que ejercen las clases dominantes sobre el conjunto social, en donde el individualismo alienta el enriquecimiento fácil y hace disputar a los actores políticos entre sí por un mejor reparto del botín estatal. La crisis, por ende, afecta las ‘relaciones de organización’, en la forma que lo expresa Poulantzas:
“Esos partidos parecen encastillarse en objetivos que dependen únicamente de las contradicciones ‘económicas’, transformándolas directamente en ‘querellas’ de personal político, y perder de vista los medios concretos de alcanzar el interés político general de clase”.
La crisis, en suma, afecta a la escena política de la nación.
Las elecciones de diciembre próximo se realizarán, pues, dentro de ese marco que, de acuerdo al paradigma vigente, debe alentar las luchas por la competencia, el autoritarismo, el anticomunismo, el mercantilismo, la moral del lucro, la profundización de la jerarquización social, el individualismo, la agresividad, en fin. Por consiguiente, nos encontraremos (si es que no nos encontramos ya) frente a candidatos que se ofrecerán como la mejor de las mercancías, que pregonarán sus virtudes y ocultarán sus defectos como lo haría el mejor vendedor, que dispondrán de aparatos propagandísticos descomunales orientados a vencer la resistencia del elector, que contarán con el financiamiento particular y estatal para sus campañas, que no incorporarán a sus programas los aspectos centrales de una mayor participación ciudadana, y que dispondrán de un séquito de adláteres e incondicionales, esperanzados en participar activamente en el reparto de un eventual y cuantioso despojo fiscal.
¿Afirmaciones antojadizas? ¿Juicios temerarios? Por supuesto que no. Basta leer los programas de los candidatos (para el caso que los haya) y estudiar sus formas de comportarse ante los electores para deducir, con escaso margen de error, cuál va a ser su proceder una vez electos. La generalidad de los programas (cuando los hay) no innova respecto a lo que Chile ha sido a partir de 1990 en adelante. La fórmula propuesta por todos ellos para resolver los problemas que acusa la marcha de la sociedad, cuida con extremo celo no causar daño alguno al legado institucional de la dictadura militar; por lo mismo, no parece necesario hacer un análisis exhaustivo de sus contenidos. Bástenos anotar aquí que en dos áreas de obligada referencia no entregan proposiciones o, si lo hacen, soslayan el nudo central del problema por ser ajeno a sus intereses. Así sucede con las materias relativas a la Constitución de la República y a la crisis económica que experimenta el SKM. Nos referiremos someramente a cada una de ellas.

LOS CANDIDATOS Y LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA.

Existe consenso entre los candidatos (con excepción de los señores José Piñera y Adolfo Zaldívar) acerca de la necesidad de adoptar medidas respecto de la Constitución Política legada por la dictadura militar. Si bien es cierto que la generalidad de los candidatos de la llamada ‘izquierda’ está conteste en la urgencia de dar a Chile una nueva Constitución, no es menos cierto que las formas propuestas por cada uno de ellos para realizar dicha tarea los separan a considerable distancia. Porque, hay candidatos para quienes la nueva Constitución ha de dictarse por un grupo selecto de personas (especialistas, abogados en su mayoría) designados por el gobierno, en tanto otros piensan que tales personas han de elegirse e, incluso, permitir que esa elección se realice a través de asambleas; las organizaciones sociales, no obstante, sostienen que dicha tarea compete a las bases, es decir, directamente a las personas sobre las cuales va a regir la respectiva ley fundamental. Existen, al respecto, experiencias por analizar, tales como las de Venezuela, Ecuador o Bolivia; con todo, por lo extenso del tema, no nos parece del caso hacerlo en esta oportunidad.
Adoptar una u otra fórmula constituye, sin embargo, apenas un primer paso en la construcción de una sociedad abiertamente participativa. Implica definir si acaso la soberanía ha de radicar o no en las bases sociales; empleando un lenguaje un tanto tradicional, implicaría determinar si debería establecerse una soberanía ‘popular’ o una soberanía ‘nacional’. Hasta la Constitución del 25 la soberanía era, en Chile, ‘nacional’, es decir, radicaba en ese ente abstracto que es la nación. Por consiguiente, no era ‘popular’, concepto que arranca del vocablo ‘pueblo’, entidad también abstracta, identificada en esos años con un conjunto de partidos que luchaba por conceder mayores derechos a la ciudadanía. Hoy sabemos que intentar sustituir a la ‘nación’ por el ‘pueblo’, entendidos ambos conceptos de la manera antes dicha, no confiere a la Constitución el carácter de participativa. Porque no basta que sea ella producto del trabajo de un grupo social por muy elegido que haya sido para actuar en nombre de la comunidad ni que sea hecha por asambleas populares establecidas en cada ciudad, pueblo o comunidad. Una Constitución refleja los intereses de la población no solamente si es ésta quien la confecciona: en su articulado debe establecer, como eje central en torno al cual gira la institucionalidad, el poder de control que esa misma comunidad ha de ejercer sobre todo organismo, institución, ente o representante público. En realidad, es importante determinar quién o quiénes van a hacer la Constitución, pero eso no es lo definitivo. Porque una Constitución debe contener disposiciones que otorguen pleno derecho a las masas ciudadanas para controlar a quienes ellas han designado como personas aptas para dictar leyes o administrar al estado como, por ejemplo, disponer que los representantes elegidos deban reunirse periódicamente con la comunidad de donde proceden y dar cuenta de lo que han hecho en el desempeño de sus cargos; debe, además, contener sanciones para el caso que dichos representantes, en caso de no cumplir con sus obligaciones, cumplirlas a medias o ser severamente reprendidos por las bases ante una notable falta a sus deberes, hagan inmediato abandono de los cargos que ocupan. Pero una Constitución debe, además, cuidar que las personas elegidas para cumplir determinados servicios no sólo lo hagan y sean eficientes en su desempeño, sino estén legitimadas por una votación abrumadora que respalde sus respectivas calidades de representantes auténticos de la comunidad. Esto significa que ninguna elección debería considerarse válida si no participase en ella más del 60% de las personas con derecho a voto. Porque la abstención es una forma de protesta, de la misma manera que el silencio es una manifestación de voluntad; y es necesario tomar en consideración esos hechos. Numerosas constituciones del mundo, entre otras, la que rige actualmente en la República serbia, contemplan este tipo de disposiciones.
La ‘consulta’ ―‘plebiscito’ o ‘referéndum’― (estamos conscientes que estas palabras tienen, jurídicamente, significados diferentes, para solaz de los taxonomistas) debe estar contemplada para resolver una serie de circunstancias, a algunas de las cuales nos referiremos en especial más adelante. Este mecanismo es un factor de control de la comunidad sobre las grandes decisiones nacionales.
¿Y qué decir de la ‘acción popular’, es decir, del derecho que debería tener cada ciudadano para deducir alguna acción (civil o criminal) en contra de quien o quienes, luego de ser electo(s) o haber sido designado(s) por alguna autoridad para ejercer determinado(s) cargo(s) incumple(n) sus obligaciones, no realiza(n) la labor para la cual fue(ron) elegido(s), la realiza(n) mal o emplea(n) su(s) influencia(s) para enriquecerse a expensas de la comunidad? Este mecanismo de control colectivo jamás ha sido mencionado por candidato alguno en la historia del Chile post dictatorial.
Irónicamente, las remuneraciones de los ‘representantes de la ciudadanía’ (presidentes, ministros, intendentes, gobernadores, jefes de servicios, personas a cargo de las empresas estatales) se elevan hoy por sobre 50 veces el salario mínimo del chileno común de 160.000 pesos. En el caso de los parlamentarios, las remuneraciones totales superan las 100 veces de ese salario mínimo. ¿Puede o debe tolerarse esta situación? ¿Debe tolerarse que los propios parlamentarios fijen las remuneraciones de las cuales van a gozar? ¿No es eso dejar el ratón al cuidado del queso? La consulta o plebiscito para fijar las remuneraciones de los representantes de la ciudadanía parece más que necesaria; en otras palabras, se trata de hacer funcionar una suerte de control social sobre los asuntos públicos, de colocar a la base ciudadana vigilante por sobre sus representantes. ¿No existen, acaso, aún ‘marxistas’ que recuerden las enseñanzas de Marx y Engels acerca de los sueldos de obreros que recibían los dirigentes de La Comuna de París? Como se trata de realizar ‘la igualdad en la abundancia’ y no en la escasez, sería altamente loable elevar las remuneraciones de las clases postergadas al nivel de quienes han elegido representarlos a un costo significativamente superior.
Pero, como ya se ha repetido en forma casi majadera, estas materias poco o nada parecen interesar a los candidatos. No puede atribuirse este hecho a un simple olvido. Por el contrario: está claro que hay un interés manifiesto en mantener las reglas establecidas por la Constitución de la dictadura pues ellas robustecen la verticalidad del mando y de la sociedad. Por lo demás, en un régimen de libre mercado, las elecciones deben ser un negocio para cuya realización han de hacerse inversiones cuantiosas. Una vez terminado ese proceso, como sucede con toda inversión, es posible calcular ganancias y, por supuesto, retirarlas.

LOS CANDIDATOS Y LA CRISIS ECONÓMICA.

La generalidad de los analistas coincide en señalar que la crisis económica, manifestada a fines de octubre del pasado año, no ha desaparecido. Es más: no pocos se atreven a formular amargos pronósticos, entre otros, empresarios, funcionarios de gobierno y economistas. Uno de ellos, cierto empresario norteamericano dedicado a explotar el negocio de los Fondos Mutuos, visitó la ciudad de Estocolmo, a principios de julio recién pasado, donde fue entrevistado por el Canal 4 de Televisión, pues su viaje estaba motivado por motivos de inversión: elegía Europa ―y, consecuencialmente, Suecia―, para trasladar los dineros de sus clientes, depositados en bancos de Estados Unidos, pues temía un agravamiento de los problemas económicos en esa nación y pronosticaba el colapso del dólar para el próximo año. El 12 del mismo mes, Lawrence Summer, consejero económico de Barack Obama, refiriéndose a los alcances de la crisis económica manifestaba que ‘lo peor está aún por llegar’: nuevos despidos en Estados Unidos y un PNB por debajo aún de los pronósticos más pesimistas.
Con prescindencia de las predicciones un tanto catastrofistas, lo cierto es que la crisis continúa su marcha inalterable, no se ha conjurado y es difícil que desaparezca pronto. Antes bien: la tendencia que acusa es a reaparecer. De hecho, en los últimos días de julio pasado, se ha informado que la industria automovilística norteamericana ha vuelto a experimentar graves problemas económicos. Las ayudas que tanto el ex mandatario George W. Bush y el actual presidente Barack Obama han otorgado a la banca norteamericana para sostenerse presenta dos afiladas aristas:
1) por una parte, se trata de una ayuda que va a los empresarios, no a los consumidores. Ha sido empleada, por consiguiente, para saldar las deudas de aquellos y no para reactivar la economía;
2) el dinero entregado a las empresas no tiene otro respaldo económico que la fuerza militar de Estados Unidos como gendarme del planeta. Se trata de bonos del Tesoro adquiridos por países que todavía confían en la solvencia del gigante del norte. Son, por consiguiente, mero papel: contribuye únicamente a aumentar el volumen, de por sí ya descomunal, de la burbuja financiera.
¿Derrumbamiento del dólar? ¿Colapso? Nada de eso. No parece probable que ello ocurra pues aún no existe una moneda capaz de cumplir las mismas funciones que realiza el dólar, para el caso de desaparecer. Y, lo más grave, no existe potencia mundial alguna interesada en que esa catástrofe suceda. Porque el colapso de la moneda norteamericana afectaría, principalmente, al motor de la industria mundial (China) que posee las más grandes reservas de esa divisa; luego, a Japón, que le sigue; a continuación, la Unión Europea y Rusia. En consecuencia, no parece que exista posibilidad alguna (por el momento) de un cambio en ese sentido o que algún país desee hacer daño al dólar; el único posible y real es el que realiza cada cierto tiempo el propio gobierno norteamericano al emitir en forma descontrolada. La crisis, por consiguiente, tiende a mantenerse por largo tiempo y no abandona su carácter amenazador. Chile no es una isla. Incorporado de lleno al mundo transnacionalizado, puede experimentar severos traspiés. Y es aquí donde, nuevamente, se advierte la deplorable indigencia teórica de los candidatos. O su mala intención.
Desde el punto de vista económico, cuando el mercado externo se contrae, las naciones afectadas acostumbran a desarrollar el mercado interno para realizar allí la producción que no ha podido venderse en el exterior. En algunos de los países poderosos, pocas veces es necesario adoptar medidas de emergencia pues cuentan con los llamados ‘estabilizadores automáticos’, sistemas que mantienen constante el poder de compra de la población cuando el mercado externo se contrae. Gracias a estos mecanismos, el mercado interno mantiene su actividad invitando, por consiguiente, a la autoridad a adoptar medidas adicionales en espera de la recuperación del comercio exterior. Barack Obama, que entiende la necesidad de contar con tales ‘estabilizadores’ intentó a fines de julio recién pasado, restablecer la protección social en caso de enfermedad, encontrando fuerte oposición entre los sectores conservadores que han visto en la aplicación de la medida no sólo un aumento del gasto social y, en consecuencia, un aumento del déficit presupuestario sino, además, un principio de abandono a los principios establecidos en el Consenso de Washington.
Los ‘estabilizadores automáticos’ fueron así denominados por el economista John Maynard Keynes porque precisamente cumplen con la misión de restaurar el equilibrio de la economía en épocas de crisis. En general, son el seguro de desempleo, el seguro por enfermedad (comprende todo tipo de dolencias, incluso el servicio dental, remedios y atención gratuita, o a muy bajo costo, en los hospitales), los subsidios de estudio, los subsidios para el arriendo y compra de vivienda, etc. Sin embargo, los más importantes estabilizadores económicos en la marcha de los estados están constituidos por los llamados ‘servicios públicos’ (transporte, movilización, construcción de establecimientos, etc.) cuya misión consiste en mantener activa y estable la economía al operar, generalmente, en forma continua. Los ‘servicios públicos’ operan en países cuyos instrumentos jurídicos no establecen limitaciones al rol empresarial del estado sino, por el contrario, lo alientan en los casos en que la actividad privada ha sido negligente o abusiva. Al contrario de lo que sucede en países que cuentan con estabilizadores, en aquellos donde estos no existen las revueltas sociales pueden llevar intranquilidad a los mercados y agravar la crisis; para evitar ello, los gobiernos emplean las llamadas ‘transferencias’, que son ayudas ocasionales que se conceden a la población de menores recursos. Por supuesto que tales medidas se traducen en óptimos índices de aprobación ciudadana para el gobierno de turno que aparece, ante la opinión pública, conmovido por la aguda situación de ciertos sectores de la población. Pero, dejémonos de ingenuidades que sólo conducen a equívocos: las medidas no son concedidas por la autoridad en aras de su compromiso político con las masas sino, únicamente, como forma de reactivar el mercado interno y propiciar, de esa manera, el consumo por parte de los habitantes de esa cuota de producción que debió haber ido al extranjero.
Tampoco los candidatos parecen preocuparse mayormente de los llamados TLC (tratados de libre comercio) y del sistema impositivo establecido a la extracción de los recursos naturales del país, del rol del estado en la economía nacional (materia que tiene que ver con la abrogación de la Constitución); lo hacen, sí, en forma miserable, pero respecto de otros temas, también vinculados a la ley fundamental, como lo son la Ley Orgánica Constitucional de Educación LOCE, la reforma del Instituto de Normalización Previsional INP y otras materias similares. En los proyectos o medidas que proponen, jamás se indica como una posible fuente de financiamiento de estos un alza en la tributación, por ejemplo, del impuesto a la explotación del cobre. En otros países, los gravámenes de esta naturaleza llegan a exceder el 20%; en Chile, no se paga más allá de un 5%, cifra que resulta irrisoria comparada con la anterior. Si se elevase a un 10% e, incluso, a un 15%, afluirían grandes sumas que permitirían al estado impulsar obras de envergadura, extremadamente necesarias para el desarrollo de la nación.

ACTITUD FRENTE A LAS ELECCIONES DE DICIEMBRE

En estas materias, tan elementales, las proposiciones de los candidatos se muestran en toda su mezquindad. Ponen de manifiesto, una vez más, el escaso interés que los guía en torno a resolver los conflictos que llevan a enfrentarse, unos con otros y en forma permanente, a vastos sectores de la población. A esa voluntad manifiesta de no profundizar acerca de lo que es más o menos conveniente para el conjunto social, se une el comportamiento que han exhibido los candidatos de la llamada ‘izquierda’ durante los meses que han transcurrido desde que se hiciera pública su postulación: la generalidad de ellos declara que, en caso de no ser elegidos, vaciarán su apoyo al representante de la Concertación que obtenga el mayor número de sufragios. No se trata de un apoyo gratuito ni exento de condicionamientos. Para muestra, un botón: un grupo de personeros ex MAPU (hoy, del PS, ex partidarios de Jorge Arrate) planeaban en julio recién pasado dar su apoyo al ‘independiente’ Marco Enríquez-Ominami previa una conversación con éste en la que, junto con manifestarle su adhesión colectiva, se le haría ver el costo de la misma: cargos públicos, en primer lugar, para todos los integrantes del grupo para el caso que el candidato obtuviese la segunda mayoría nacional; si tal mayoría la obtuviese Eduardo Frei, el ‘independiente’ Enríquez-Ominami debería, en segundo lugar, negociar con el abanderado de la Concertación las condiciones de su apoyo que, de todas maneras, consistiría en cupos de cargos en la administración pública, sin perjuicio de los cupos parlamentarios que deberá acordar con sus seguidores (probablemente, Alejandro Navarro, quien puede renunciar a su candidatura en favor suyo). En esa carrera por acceder a cargos estatales (de elección o designación, lo mismo da), una de las primeras bajas ha sido el pacto denominado ‘Juntos Podemos Más’ que unía al Partido Comunista (PC) con el Partido Humanista (PH); este último ha hecho abandono de la alianza por conflictos con la Democracia Cristiana en torno al problema de los cupos parlamentarios. Y, por su parte, a pesar de haber recibido el ingreso de Jorge Arrate en calidad de militante, el PC ha debido sufrir una oleada de renuncias de militantes descontentos con el proceder de su dirección. Todos estos hechos se presentan ante el ciudadano común, más bien, como si entre los actores políticos existiese desde antes un acuerdo tácito cuya única finalidad fuese sostener, de la manera que sea, al candidato de la Concertación, actitud que trae a la memoria esa sentencia del ‘Turba Philosophorum’ que tantas veces hemos citado:
“Pero sabed muy bien que, digamos lo que digamos y hagamos lo que hagamos, estamos todos de acuerdo”.
¿Qué hacer, en estas circunstancias?
Lo primero que debe dejarse en claro es que las materias relativas a la Constitución y a la crisis económica han sido mencionadas no como única solución a los problemas que aquejan a las grandes mayorías nacionales, sino en el carácter de ejemplo del escaso interés que manifiestan los candidatos por resolver aquellos, a pesar de tratarse de medidas posibles de adoptar dentro de los márgenes del sistema; eso significa que las soluciones, por consiguiente, pueden encontrarse también fuera de dichos márgenes. Un intento en ese sentido está contenido en la sección que sigue.
Terminemos diciendo algo obvio: las elecciones anunciadas para diciembre de este año no ofrecen garantías suficientes a la población en cuanto a asegurar que, a través de ellas, se dará satisfacción a sus más sentidas aspiraciones. El interés que guía a los candidatos en modo alguno es social sino particular; a lo más, puede llegar a transformarse en interés de grupo (la familia, los amigos o el partido). Cuando concurren tales circunstancias resulta absurdo suponer la sola participación en actos de esa naturaleza como método adecuado para resolver los problemas sociales. Por el contrario: las elecciones se transforman en la antesala de la dominación que una pequeña cáfila de aventureros establece sobre todo el conjunto social. En consecuencia, la actitud que cada chileno debe adoptar frente a ese evento es, lógicamente, restarse a formar parte del mismo; no votar, abstenerse o, en el peor de los casos, anular su voto. La ausencia de un número cada vez más significativo de votantes en las justas electorales ha obedecido, precisamente, a una lógica que invita a no ser parte de un proceso cuya única finalidad consiste en la sumisión del elector y hacerlo cómplice de su propia explotación; al mismo tiempo, constituye la mejor muestra de la desconfianza que la población siente por los actores políticos del momento. Al despreciar y desconocer el llamamiento de la autoridad, desconoce la legitimidad de los elegidos. Pero, para tener efecto debe ser masiva. Si así sucediese, presidente, diputados, senadores, concejales, alcaldes, todos ellos deberían ser considerados personajes ilegítimos ante las masas al no contar con suficiente respaldo ciudadano expresado en una alta participación electoral.
Pero el asunto no radica solamente en restarse a participar en los eventos eleccionarios que no presten garantías de participación ciudadana en la marcha de la nación. Con esa actitud solamente se logra robustecer el poder de quienes resultan electos. La abstención debe ser activa, es decir, debe responder a una acción que comience en la denuncia de la ilegitimidad de los elegidos y continúe en la participación activa de la ciudadanía en las distintas organizaciones de base con miras a la creación de un vasto movimiento social. De si eso es posible realizar trata el párrafo siguiente.

II PARTE: LA ALTERNATIVA DEL ’CATALIZADOR’


“Creced y multiplicaos.”

(Biblia: Génesis)

CUESTIONES PREVIAS

Comenzaremos allí donde terminan las conclusiones del apartado anterior. Veamos: la crisis ya afecta, y lo seguirá haciendo en un abanico de ámbitos, a la población, en donde comienzan a darse las condiciones de desarrollo de movimientos que van tras objetivos de lucha: propias, individualizadas e independientes. La crisis nos brinda, así, una diversidad de futuros movimientos. Esas luchas, ya sean actuales o futuras, se enfrentan a un gran inhibidor que, de conjunto, las frena, integra o, las más de las veces, disipa, dejando al ámbito popular sin movimiento autónomo alguno que sea fuerte y estable en el tiempo, haciéndolo retroceder a la ruta cero. Nos referimos a la Constitución Política del Estado, norma anti-obrera y anti-popular. La necesidad de transformarla permite hacer funcionar esa temática como punto de convergencia de las diversas luchas sociales a la vez que convertirla en un atractor de movimientos, en una gran fuerza popular real capaz de realizar los cambios requeridos. Así, desde esta perspectiva, podemos concluir en la necesidad de conformar amplios movimientos sociales, verdaderos agentes de estos cambios constitucionales cuya fuerza obligue al Estado, los gobiernos y las empresas a cumplir sus promesas.
Muchos estarán de acuerdo con estas conclusiones. El problema se presenta en cómo realizarlas, en la estrategia a seguir, en descubrir una forma que dé eficacia a la formación de este multi movimiento poderoso.
La estrategia de construcción de un movimiento social, que denominaré ‘tradicional’, pasa por los esfuerzos que ya realizan diversas colectividades para formar amplias redes de contacto y coordinación, incentivando a otros a que se organicen, y esperando que alguna coyuntura política especial les permita crecer. Algunos ven esa coyuntura en los conflictos sectoriales, otros en las elecciones y, en general, en cualquier otra oportunidad que les permita acoplar los esfuerzos desde abajo con la conmoción que, desde arriba, puedan generar estas noticias desde los medios de comunicación social, como ha sucedido con las elecciones.
Existe, con todo, una estrategia aún más tradicional, que es la formación de un “nuevo partido” que tendría por fin este objetivo, postura que nunca ha entendido a los movimientos sino como un instante fugaz, explosivo, de personas que deben ser dirigidas por ‘el partido’. Ninguna de esas dos posturas nos permite, en la práctica, llevar a cabo la labor de construir el movimiento social. Gran número de personas ya no cree en las estructuras jerárquicas y piramidales de los partidos, sino se inclinan por la formación de organizaciones horizontales, autónomas y reticulares; ya no creen en los grandes líderes. Esta es la posición de los movimientos. La razón es bastante simple: si se quiere el establecimiento de una sociedad no jerárquica, las formas de organización piramidales que van a reproducir esta forma jerárquica de organización no deben ser empleadas. Y, si bien es cierto que existen corrientes con una estrategia consciente de organización jerárquica, es decir, los partidos políticos, no es menos cierto que existe un mecanismo profundo de replicación de las jerarquías, instalado en el inconsciente colectivo cultural. Lo vemos en acción cada vez que un grupo se forma y elige automáticamente un presidente, un secretario y un tesorero, considerándolo como lo más normal del mundo. Nunca se cuestionan que allí, precisamente, ya se está reproduciendo la sociedad que se quiere superar.
Propongo, en consecuencia, tornar la vista allí donde no estamos acostumbrados a mirar u observar. Antes de nada, debemos tomar conciencia del paradigma en que estamos sumergidos y que dificultosamente percibimos; el paradigma moderno, aquel marco de referencia que nos hace dar por sentada una serie de circunstancias a las cuales consideramos naturales, tales como la organización jerárquica, la espera de una coyuntura que permita potencias los movimientos y la escasa importancia que se le da al campo de las comunicaciones. Un paradigma tiene por función mostrar ciertas dimensiones como algo natural y obvio a la vez que no mostrar otras dimensiones, de impedirnos ver otras realidades y, de ahí, otras posibilidades. No es extraño, así, que nos encontremos con la imposibilidad de ver otras vías.

EL CAMPO DE LA SOLIDARIDAD Y LAS FASES DEL ’ESTADO NACIENTE’

Consideramos que una forma de romper este paradigma, este marco de referencias limitado, es volver a los mecanismos que generan la formación de los movimientos sociales. Si bien es cierto que los movimientos surgen en forma espontánea ─y de ahí el apoyo teórico que permite toda la ciencia de la auto-organización de Prigogine─, no es menos cierto que existen mecanismos específicos ya reconocidos acerca de cómo este proceso se realiza, mecanismos que son centrales tanto en la comprensión del fenómeno como también en las posibilidades que nos abre de usarlos en forma estratégico-operativa para la construcción consciente de los movimientos sociales. Aquí seguiremos las elaboraciones teóricas de Alberoni que explican con mayor propiedad los mecanismos específicos de la formación de los movimientos sociales.
Francesco Alberoni plantea que los movimientos son una reorganización acelerada del campo de la solidaridad. El campo de la solidaridad es el espacio dinámico psico-social que tiene por función mantener cohesionada una sociedad a través de los mecanismos de la creencia, fe, credibilidad y confianza del pueblo ante sus instituciones. El campo de la solidaridad es un espacio que tiene una dimensión material expresada en la población demográfica, pero sobre todo su dinámica se refiere a la dimensión no-material que posee, a sus estado mentales colectivos, expresados a través de los valores ético culturales, de lo que un pueblo considera bueno y malo.
La dinámica del campo de la solidaridad se manifiesta a través de un ciclo. Existe un estadio allí donde el sistema social ─y sobre todo el Estado─ mantiene bajo su manejo efectivo los mecanismos de control de la entropía. La entropía es un concepto de la Termodinámica e Informática y que se refiere al grado de incertidumbre y desorden que constantemente aumenta al interior de un sistema.
En un primer momento, el Estado maneja los mecanismos de control de la entropía; eso sucede cuando todas las instancias del modo de producción están en coherencia y se expresa psico-socialmente a través de una gran credibilidad y confianza en el sistema.
Como la entropía siempre está en aumento, un sector del campo de la solidaridad empieza a debilitarse, comienza a aumentar la incertidumbre y el sistema, en su totalidad, transita a un segundo estadio denominado ‘de ambivalencia’. En esta fase, comienzan a sentirse las primeras incoherencias del sistema que se manifiestan psico-socialmente a través de formas afectivo-inconscientes: se quiere y, simultáneamente, no se quiere al sistema.
Cuando se aumenta más la entropía, el tránsito es hacia un tercer estadio, el de la ‘sobrecarga depresiva’, fase en donde las incoherencias se vuelven cada vez más manifiestas, se genera una fuerte repulsión emotiva ante el sistema; pero, conscientemente, aún se le justifica, lo que produce una gran tensión en los individuos.
Como enseña Prigogine, si se sigue aumentando la entropía, la inseguridad, estrés y el desorden, llega a un punto tal que se transita un nuevo estadio en cuyo primer umbral aparece la auto-organización, cuando el individuo ─en forma aislada─ dice ‘¡Basta!’ En este umbral, el sujeto toma conciencia del estado mental en que se encuentra, y se produce una suerte de coherencia entre el inconsciente afectivo y el consciente racional: la confianza en el sistema se pierde por completo, y el disgusto y aversión emotiva que siente se hace consciente a través de una postura crítica y racional frente al sistema.
El segundo umbral se atraviesa cuando quienes ya lo hicieron en el primero comienzan a encontrarse; el mecanismo psicológico que expresa esta fase es el “reconocimiento de la afinidad”: los individuos, antes aislados, se dan cuenta que otros también se encuentran en el mismo estado mental. Es importante señalar un hecho: el reconocimiento no se realiza al nivel consciente del discurso ideológico que proclaman, aunque éste es parte de aquel, sino sobre todo, al nivel inconsciente-afectivo del estado mental en que se encuentran.
El reconocimiento de la afinidad abre las posibilidades de la formación de grupo y comienza una cuarta etapa. Los grupos se refuerzan mentalmente y entran en un estado mental especial, emerge el Estado Naciente, aquella “experiencia fundamental” de entusiasmos, esperanzas, liberación, unanimidad, hermandad y destino que el grupo, en forma colectiva, experimenta; el movimiento social se conforma para reorganizar aceleradamente el campo de la solidaridad a través de formar un nuevo núcleo (de solidaridad), independiente al sistema.
La quinta etapa adviene cuando surge una multitud de movimientos que en conjunto derrotan al sistema e instauran uno nuevo; esta es la etapa ‘negentrópica’ del movimiento pues, llegado a este punto, paulatinamente comienza a transitar hacia su institucionalización. Nuevamente, existe una gran coherencia entre las instancias del modo de producción para darse comienzo, una vez más, al ciclo que mantiene con eficacia los mecanismos de control de la entropía.

LA ESTRATEGIA DEL ’CATALIZADOR’

Con todo, esta dinámica del campo de la solidaridad nos muestra los mecanismos específicos de la formación de los movimientos, el umbral del ‘basta’ crítico y el reconocimiento de la afinidad. Es aquí, donde la labor organizativa y comunicativa debe concentrarse. Se debe, así, elaborar una estrategia que estabilice estos mecanismos, de manera que permanentemente se estén formando movimientos. La forma tradicionalmente empleada es esperar y aprovecharse de alguna coyuntura que desate la formación de aquellos; la teoría nos indica, por el contrario, que no es necesario esperar: el mecanismo ya está reconocido e identificado. La labor, por tanto, consiste en estabilizarlo para crear múltiples movimientos.
¿Cómo se realiza esto? Aquí es donde se presenta útil el uso de los mecanismos de la catalización. Previo es, no obstante, precisar algunos conceptos.
Un catalizador es una molécula que por su solo presencia acelera una reacción química. Constantemente existen procesos dentro de los cuales las moléculas se transforman de unas en otras. Digamos, la molécula A se transforma en molécula B. Comúnmente, estas transformaciones tienen un ritmo lento y están expuestas a las casualidades. Para acelerar el proceso se requiere de un catalizador. Se denomina “estado de transición” al momento de la transformación; el catalizador se caracteriza por acoplarse y estabilizar el estado de transición. Con ese mecanismo, acelera la reacción.
Si traducimos estos conceptos de la química a la instancia psico-social del campo de la solidaridad, tendremos los mecanismos operativos en la formación de los movimientos. Veamos, detentamos una molécula A ─la identificamos con la gente no-organizada en el estado mental del ‘basta’─, y una molécula B ─la identificamos con la gente organizada en un movimiento─; el ‘estado de transición’ lo asimilamos al mecanismo de reconocimiento de la afinidad. Ahora, necesitamos un catalizador acoplado que estabilice el estado de transición del reconocimiento de la afinidad. Este catalizador deber ser un grupo o, mejor aún, un equipo que actúe como catalizador.
La labor estratégica central, por tanto, no es formar un grupo o movimiento que pueda aprovechar alguna coyuntura, sino construir, al menos, un catalizador; o, en caso óptimo, muchos catalizadores. Para transformar grupos ya existentes en efectivos catalizadores de movimientos se requiere un proceso permanente de capacitación teórico-práctico que denominamos “psicología de la comunicación popular óptima”. Este proceso da cuenta de la complejidad del campo de la solidaridad y de la multitud de técnicas, que ya existen, para su manejo efectivo. Porque el sistema mantiene su hegemonía; de ahí que esté replicándose constantemente, de ahí que intente persuadir culturalmente a la población. El medio es la imposición de sus valores culturales, su actitud ética, que es jerárquica, competitiva, agresiva, individualista, conformista, consumista, narcisista y descalificadora de todo otro valor. El establecimiento de un poder popular exige, por consiguiente, la construcción de un amplio multi-movimiento que, a su vez, implique la creación de un proyecto contra-hegemónico orientado a propagar los valores propios del población, del campo de la solidaridad, tales como la cooperación, la organización horizontal, la solidaridad misma, las redes sin liderazgo, la auto organización. Así como los partidos políticos (y, en general, el sistema) se reproducen a sí mismos, la contra-hegemonía popular debe detentar la capacidad de reproducir sus propios valores culturales.

LOS CÓDIGOS DE LA COMUNICACIÓN

La reproducción cultural está apuntando a la dinámica del campo de la solidaridad que incluye ideas, deseos, emociones y comportamientos; se trata de un campo cuyo mecanismo de funcionamiento es el ‘código doble’ o ‘dual’. Este código nos dice que toda comunicación se realiza dos veces a través de sendos códigos ‘analógico’ y ‘digital’, y que su traducción es constante del uno al otro. El código digital es un mensaje en el que todos sus componentes están separados unos de los otros, como los dedos de la mano; su lectura se realiza en forma lineal, de principio a fin, y se organiza por las reglas de la Sintagmática: el idioma hablado y escrito pertenece al mundo digital. El código analógico es una sola unidad que se extiende en el espacio y recuerda a sus significados; de ahí lo de ‘analógico’, es decir, que se recuerda a sí mismo, se lee simultáneamente (como una imagen) y, se organiza por las reglas de la semántica, tal como el idioma corporal que expresa los estados emocionales internos.
En niveles semióticos superiores, es reconocible esta misma dualidad de códigos, en especial, dentro del campo de las narrativas que, aunque están por naturaleza codificadas digitalmente, son identificables, sin embargo, entre dos tipos: a) una narrativa del Logos, que se dirige al consciente racional y da cuenta de la realidad exterior y material del individuo, presentando problemas y sus soluciones; y b) una narrativa del Mythos, que se vuelve al interior experiencial afectivo del individuo y da sentido y razón de las cuestiones existenciales de los individuos, entre otras, de dónde venimos, cuál es nuestro objetivo y si le damos sentido a la muerte, etc. Con todo, las narrativas del Logos organizan el nivel consciente racional y sistemático, en tanto que las narrativas del Mythos nos llegan directamente a las emociones sin pasar por los centros neocorticales lógico-racionales, y nos afectan emotivamente en forma directa.
En general, toda comunicación directa, cara a cara, sólo contiene entre el 5% al 7% de la transmisión en forma del código lingüístico-digital, más del 20% son las expresiones faciales y arriba del 60% corresponde al idioma corporal. Por su parte, en la porción del código digital (5-7%) de lo hablado o escrito, sólo el 40% trata de formas lógico-racionales; el 60% restante son formas mítico-afectivas las que dan el sentido a la conversación. En conclusión, un porcentaje abrumador de la comunicación esta codificado analógicamente. De lo cual se deduce que equipo catalizador debe elevar su inteligencia analógica para corresponderse de modo adecuado a esos porcentajes, porque las formas de reproducción ético-culturales se realizan principalmente, en formas analógicas y míticas: afectan nuestras emociones en forma inconsciente; no nos damos mucha cuenta de lo que sucede en nuestro interior.
Si la hegemonía capitalista se realiza por el comportamiento arrogante, de sobresuficiencia, competitivo, agresivo y egocéntrica, la contra-hegemonía popular se debe hacer conductualmente, a saber, a través de una actitud humilde, dialogante, solidaria, cooperadora, de respeto y reconocimiento de las diferencias con los demás. En conclusión, el equipo catalizador se debe comportar como si ya estuviese viviendo el estado naciente. En la práctica, este comportamiento puede realizarse a través de una serie integrada de reglas de comportamiento ético, que tienen mucho que ver con el concepto de ’inteligencia social’ desarrollado por Daniel Goleman. No se puede predicar la solidaridad si se es autoritario, no se puede predicar la humildad y el diálogo si se es arrogante. El módulo pedagógico de la psicología de la comunicación popular óptima da cuenta de todos estos mecanismos conductuales, de cómo aprenderlos y manejarlos en la práctica.
La construcción de un múltiple movimiento implica la conformación de una contra-hegemonía que no es sino la articulación de una atmósfera cultural popular propia de la cual ha de derivarse el nuevo rol que los medios de comunicación locales y alternativos van jugar. El catalizador debe organizarse como medio de comunicación alternativo; más allá de las revistas o periódicos a la usanza actual, en el uso de radios locales, TV-locales, páginas de la web, y de los celulares, etc. en un necesario cuestionamiento del paradigma de los medios de comunicación social que es el dominante.
No olvidemos que el paradigma tradicional de los medios de comunicación social es el noticioso, allí donde se informa de acontecimientos en forma seria y lejos de toda emotividad. Esta forma de comunicación surgió, simultáneamente en la revolución francesa, con la forma de propaganda política, y la misma actividad que se organiza en torno al medio de comunicación de la época, el periódico. Lenin, posteriormente dirá que el periódico es el organizador del partido. El discurso político y la propaganda se organizan retóricamente como forma efectiva de movilización popular. Sin embargo, desde la década de los sesenta, las agencias de publicidad comienzan a transitar de los réclames informativos a las formas afectivas de persuasión con el uso cada vez más efectivo de las imágenes; y, desde los noventa, están en la construcción de réclames que generan “experiencias” en el público. Se les hace sentir determinadas emociones al público, mientras que los partidos y las organizaciones de las llamadas ’izquierdas’ y sus periódicos, inclusos los de la web, se vuelven más informativos y lógicos, perdiendo sus formas retóricas.
Actualmente, nos encontramos con una mediósfera (espacio de los medios de comunicación) que emplea exitosamente el alto desarrollo alcanzado por las técnicas analógicas creadoras de experiencias, en tanto los medios de comunicación de ‘la izquierda’ siguen usando formas atrasadísimas de periódicos con técnicas lógicas, práctica que se repite en los periódicos digitales de la web.
Un catalizador no puede usar tales formas. Debe ponerse al día en los avances y desarrollar aún más toda la tecnología analógica mítico-conductual; de los periódicos se debe pasar a radios y tv-locales, con equipos preparados para emitir un porcentaje de 90% de transmisión analógica y un 10% de lógica-digital. Es la única manera de llegar al inconsciente colectivo popular y que allí se repliquen los nuevos valores solidarios.
Precisemos: el 10% de las transmisiones dirigidas a las labores lógico-digitales deben dividirse en noticias manejadas retóricamente y, sobre todo, labores lógico-catalizadoras, que consisten en la creación de diálogos efectivos con la audiencia, a través del mecanismo descubierto por Paulo Freire de la ‘temáticas generadoras’, que van a servir como punta de lanzamiento en la catalización de los movimientos.
El catalizador es la unidad mínima de los verdaderos procesos de auto-organización reales. Se puede usar la analogía con las categorías de Marx de la reproducción simple y de la reproducción ampliada del capital, pero, en lugar del capital, colocaremos movimientos. La reproducción simple es una abstracción teórica que permite reconocer los elementos del proceso, en tanto que la reproducción ampliada es el proceso real mismo.

CIRCUITOS AUTOCATALÍTICOS Y CONCLUSIÓN

En el proceso de auto-organización de los multi-movimientos podemos identificar la reproducción simple ─ahora no necesariamente en forma abstracta, sino que también en forma real─ en la construcción del primer catalizador, y la reproducción ampliada de los movimientos, en los denominados “circuitos auto-catalíticos”. Los circuitos auto-catalíticos implican una multitud de catalizadores que, además de catalizar moléculas-movimientos, terminan catalizándose a sí mismos, conformando un circuito que los une, integra, fortalece y cataliza a cada uno de sus miembros.
La reproducción ampliada de los circuitos auto-catalíticos de los multi-movimientos contra-hegemónicos se traduce al nivel estratégico en que el catalizador, principalmente, debe tener la capacidad de replicarse, es decir, de formar nuevos catalizadores de cualidades diferentes y que perfectamente, como opción, pueden organizarse a partir de las temáticas generativas dialógicas ya identificadas, sean estas poblacionales, sindicales, de género, etc. Es decir, si se forman movimientos a partir del diálogo temático, el papel del catalizador es transformarlos en nuevos catalizadores, de manera que se refuercen y sigan creciendo, es una manera de estabilizar el mecanismo de la retro-alimentación positiva. Todo esto es importante para un proceso de cambio político-cultural, pero es también una exigencia teórica para la transformación en circuito auto-catalítico.
El circuito auto-catalítico es lo que, en la teoría del caos, se conoce como un “atractor extraño”, es decir, múltiples cuencas de atracción interconectadas que se estabilizan en torno a un centro oscilatorio. Este atractor es necesario para lo que, en Estrategia, se conoce como ‘proceso de acumulación de fuerzas’, pero que ahora comienza a tener nuevas connotaciones; más aún, por otra exigencia teórica que trata de la supracriticalidad. De acuerdo con este concepto, si se pasa el umbral del 0,5 (50%) de interconexiones de una red de catalizadores y movimientos en una formación psico-social determinada, se da una transición de fase: todo el sistema cambia su estado, es decir, se logra la fuerza político-social capaz de realizar los cambios en favor del campo de la solidaridad; en otras palabras, de las grandes mayorías nacionales.
Podemos reconocer un proceso tal histórico-político, no en Chile, pero sí en otros países latinoamericanos, tales como Bolivia, Ecuador y Venezuela. El más ilustrativo de todos es el del primero de los nombrados que, a diferencia de Chile, ha mantenido circuitos movimientistas por largos períodos de tiempo, lo que le ha permitido una efectiva acumulación de fuerzas populares. Desde el 2000 se han realizado una serie de luchas en diferentes ámbitos y movimientos, las luchas por el agua, los hidrocarburos y por la tierra, territorio y dignidad, que corresponden a los momentos de la reproducción ampliada de los circuitos auto-catalíticos para, posteriormente, converger en la lucha por la asamblea constituyente la cual cumple muchos de los objetivos propuestos en la primera parte, es decir, construcción desde las bases y establecimiento de garantías constitucionales vinculadas al cumplimiento de lo prometido por los representantes. Este momento, la lucha por la asamblea constituyente viene a corresponder al momento de la supracriticalidad, momento que, como se ve, ha tenido lugar en los tres países apuntados. En el caso de Chile, se observa una serie de luchas sectoriales, como la revolución de los ‘pingüinos’, las luchas de los forestales, las actuales de los sindicatos de la salud, etc. Constantemente surgen “llamaradas” de olas de protestas y luchas, que luego terminan disipándose y no concluyen en una acumulación de fuerzas, en un circuito auto-catalítico de un fuerte movimiento regional o en un atractor extraño de unión de varios movimientos, pues, o están fuera del centro político nacional, es decir, Santiago, o no logran catalizar a una mayoría de la población de esa urbe. En este sentido, Chile, es el país más atrasado de Latinoamérica. La pregunta, entonces, es ¿somos capaces de superar positivamente los paradigmas que nos dominan las emociones y pensamientos, los paradigmas jerárquicos-mediósferos, y ponernos a las alturas de los avances científicos de manera de dar, efectivamente, un vuelco a la formación social?


Estocolmo, agosto de 2009

Publicado el : |2009-07-31|






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