MANUEL ACUÑA ASENJO. Santiafo, septiembre del 2011
LA CRÍTICA A LA AUTORIDAD
Criticar a una celebridad ―y, en consecuencia, a una autoridad―no es
tarea que arroje, siempre, resultados satisfactorios; por el contrario,
puede ser hasta, incluso, la sepultura política, científica, artística o
cultural de quien lo hace. Razones hay para que ello ocurra; y son
muchas. La autoridad, la celebridad e, incluso, la personalidad, es la
calidad que se atribuye a un individuo o a un grupo de individuos
(organización) instalado en los más altos peldaños de la escala social
como expresión de la estructura jerárquica adoptada por esa sociedad.
Es comprensible, pues, que los medios de comunicación institucionales
intenten acallar al osado de la manera usual a como acostumbran hacerlo,
que puede ser llenándolo de vituperios o, simplemente, ignorándolo.
Ambas formas cumplen la finalidad propuesta.
Cuando se colma de oprobios a alguien, públicamente, es muy difícil que
éste pueda recuperarse de la afrenta recibida; cuando se le ignora, los
medios de comunicación le obligan a multiplicar sus esfuerzos para
propagar sus ideas lo que, generalmente, resulta una empresa
irrealizable para el ciudadano corriente por lo que éste desiste de sus
empeños.
Y es que el debate, en una sociedad organizada en clases sociales, no lo
puede provocar cualquiera persona ni hacerlo en cualquier medio o
lugar. La arrogante frase con la que se santifica el carácter mediador
de los institutos de estudios superiores expresa con exacta
transparencia el sentido de esta tendencia tan actual:
‘Es la universidad el lugar por excelencia donde ha de efectuarse el debate’.
La cultura dominante encuentra, así, el lugar preciso para reproducirse a
sí misma y justificar con creces su autogeneración. Quedan excluidos
del ‘debate’, por consiguiente, las organizaciones sociales, de derechos
humanos, de mujeres, de los pueblos originarios, sindicatos, etc.
Todas esas estructuras sociales son ‘ineptas’.
Los fundamentos de esta forma de comportarse se encuentran en lo que
Tomas Kuhn denominara ‘paradigma’, elaboración teórica nacida en los
institutos científicos, concebida en el carácter de verdad por el simple
hecho de provenir de tales institutos y ser reconocida como tal por la
comunidad científica. El paradigma levanta, por consiguiente, a una
autoridad, y obliga a la comunidad nacional e internacional a doblegarse
ante ella. No basta ni es necesario que su tesis sea verdad; basta
únicamente el respaldo dado por la comunidad científica para que sus
afirmaciones se estimen en el carácter de verdad indiscutible.
Un paradigma, sostiene Kuhn, permanece en el tiempo y no se termina sino
hasta cuando otro, nuevo, diferente, se hace presente para reemplazar
al anterior y sepultarlo definitivamente como tesis ‘superada’.
Pero un paradigma comienza a gestarse cuando determinadas voces
disidentes empiezan a poner en duda las bondades del que existe. Cuando
eso sucede y alguien se atreve a poner en duda la autoridad de quienes
se encuentran en los sitiales más altos de la pirámide social, la
atención toda se vuelca hacia el intrépido. Hay una espera que parece
cortar la respiración.
Y, luego, viene el veredicto, a menudo despiadado. O el principio del derrumbe del paradigma anterior.
Por eso, en el universo de las investigaciones científicas, constituye
un hito el libro que, en 1994, publicara Antonio Damasio, destacado
neurólogo del MIT, formulando severas críticas a una de esas
celebridades. Su obra, que pasaría a constituirse en un clásico de la
literatura psiquiátrica y neurobiológica, intitulado ‘El error de
Descartes’, constituye una tesis diametralmente diferente a aquella que
sustentaba el ilustre pensador francés, muerto en Estocolmo, Suecia,
cuando aún estaba al servicio de la Reina Cristina.
Damasio sostuvo en su obra que el principio rector de la filosofía
cartesiana ‘Cogito, ergo sum’ (‘Pienso, luego existo’) estaba errado.
Criticaba, con ello, la base misma de la intuición sobre la cual René
Descartes había construido toda su lógica.
En el pensamiento de Damasio, existe una estrecha relación entre la
forma de pensar y de sentir y la estructura biológica del individuo. Una
ligera variación en la estructura cerebral del sujeto puede ser
determinante para terminar con su sensibilidad o para desencadenar
sentimientos de los cuales adolecía.
Por lo mismo, a su juicio, la frase de Descartes contiene un tremendo
error de apreciación al colocar el pensamiento antes del cuerpo,
debiendo ser, en verdad, ‘Sum, ergo cogito’ pues sin ser lo que se es
nadie puede pensar. El alma no es, por consiguiente, una estructura
separada de la masa biológica del individuo; en otras palabras, sin
cuerpo el alma no podría existir.
LA VIGENCIA DE DARWIN.
Aquello que Damasio hizo con Descartes no ha podido aún realizarse
respecto de Darwin, a pesar que las modernas ciencias biológicas han ido
dejando obsoletos ciertos principios suyos. La propia sociología no
acepta ya algunos de esos postulados. Sin embargo, nadie se atreve a
formular una crítica a aquel gigante. Y sus ideas no sólo se siguen
reproduciendo y aceptando como verdades irrefutables, sino se acomodan
como soporte a los postulados que arrastra el nuevo patrón de
acumulación.
Es más: la generalidad de quienes muestran discrepancias con sus ideas,
siguen atribuyendo a sus seguidores algunas de las tesis que son propias
del investigador inglés. Nils-Olof Franzén, que prologara el libro de
Piotr Kropotkin ‘Ayuda mutua’ , sostiene que el anarquista ruso
“[…] quiso y debió refutar científicamente tales interpretaciones de Darwin que Huxley y otros hicieron ”.
Y, en el mismo sentido, Josef H. Reichholf:
“A partir de allí, una generación después de la publicación de El origen
de las especies de Darwin, los matemáticos hicieron calculable el
proceso evolutivo. Fueron ellos quienes mostraron que la selección no
sólo arranca del medio ambiente ―es decir, del tiempo, el clima o las
condiciones de la tierra y el agua potable― sino también en gran medida,
de las demás criaturas vivientes, o en otras palabras, de la
competencia ”.
Una serie de autores contemporáneos, que han enarbolado la bandera de la
cooperación como forma de vida natural de los seres humanos,
contrariando con ello la idea de la competencia como ley universal,
también se expresan con un respeto, a menudo, casi religioso, frente a
la autoridad de Darwin. Citemos, entre otros, a Patricia S. Churchland
con su obra ‘Braintrust’, a Martin Nowak con su libro ‘Super
cooperators’, a Åke Daun y Hans Norebrink con ‘Snällare än du tror’, a
Tor Nǿrretranders con ‘Den generösa människan’, y así, sucesivamente. La
generalidad de estos autores exime a Darwin de toda responsabilidad en
la formulación de sus tesis y pone de cargo de sus seguidores las
aberraciones posteriores.
Uno de los darwinistas más acérrimos en las últimas décadas ha sido
Richard Dawkins, el título de cuya obra cumbre (‘El gen egoísta’) pone
de manifiesto hasta qué grado puede llegar la defensa irrestricta del
individualismo como forma de vida adecuada a los rigores del mercado.
Para introducirnos en la temática, permítasenos dar una idea bastante
general acerca de cuáles han sido los grandes postulados de Darwin.
LAS TESIS CENTRALES DE LAS IDEAS DE DARWIN
Como bien lo indica Reichholf, contrariamente a lo que se cree
vulgarmente, Darwin no descubrió la evolución. Varios otros antes que él
habían hablado de ella. Se acostumbra a citar a Johann Wolfgang Goethe,
a Jean Baptiste Lamarck y al propio colega de Darwin, Alfred Rusell
Wallace; el innegable mérito del autor de ‘El origen de las especies’
fue descubrir ciertos mecanismos a través de los cuales la evolución
pudo ser posible; por eso, su teoría puede resumirse en tres conceptos
fundamentales que son variación, selección y tiempo.
En realidad, la tesis central del investigador inglés se encuentra en la
transmisión de los caracteres adquiridos como origen de la evolución;
en otras palabras, las características de un individuo, adquiridas
durante el período de su interacción con el medio, se van a transmitir a
su descendencia. Esta tesis también la extendió a los seres humanos en
su obra ‘El origen del hombre’, publicada en 1871.
“Existen organismos que se reproducen y la progenie hereda
características de sus progenitores, existen variaciones de
características si el medio ambiente no admite a todos los miembros de
una población en crecimiento. Entonces aquellos miembros de la población
con características menos adaptadas (según lo determine su medio
ambiente) morirán con mayor probabilidad. Entonces aquellos miembros con
características mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente”.
Las ideas centrales, sin embargo, no conforman toda una teoría. Ni,
mucho menos, hablan sobre las ideas del propulsor de aquellas. Reducir
el pensamiento de un autor al esqueleto de sus afirmaciones es eximirlo
de su responsabilidad política y social; en suma, es presentar una
imagen falsa de lo que realmente es (o fue) y piensa (o pensaba)
verdaderamente.
Hay un hecho cierto, y ese no es otro que el siguiente: una enorme
legión de personas tomó en sus manos el legado de Darwin y lo acomodó
convenientemente para conformar con ello la defensa a ultranza del
sistema capitalista vigente. Uno de los artífices de esa obra fue Thomas
Huxley que, en 1880, publicó su manifiesto intitulado ‘Struggle for
existence and its bearing upon man’ de cuyo contenido señaló Piotr
Kropotkin en la introducción a su libro ‘Mutual Aid’:
“[…] a mi entender fue una muy equivocada presentación de sucesos de la
naturaleza, apoyados en muestras extraidas de bosques pequeños o
arboledas, por lo que me dirigí al editor de Nineteenth Century y le
pregunté si podría utilizar el periódico para publicar allí un trabajo
fundamental en contra de las más destacadas opiniones darwinistas, y Mr.
James Knowles tomó la proposición con excelente voluntad. ‘Por supuesto
que eso es darwinismo’, fue su respuesta. ‘¡Es espantoso cómo han
entendido a Darwin! Escriba los artículos, y cuando estén impresos,
enviaré a Ud. una carta que también puede publicar’ ”.
¿PUEDE CONSIDERARSE INOCENTE A DARWIN DE LAS ABERRACIONES POSTERIORES?
Personalmente, no estoy muy convencido que Darwin rechazase las ideas
que se atribuyen a sus seguidores. Por el contrario, la generalidad de
sus afirmaciones, cuando no lo dice directamente, conduce a la
aceptación de una sociedad en donde la competencia se encuentre elevada
al rango de ley fundamental, y el derecho al saqueo y al despojo ajeno
aparezca como una ley natural que justifica todo tipo de vejámenes.
Es posible que estas afirmaciones parezcan un tanto duras. No obstante,
para quienes siguen aún creyendo en Darwin como un erudito varón de
avanzada edad, incomprendido en su tiempo, jovial, dotado de grandes
virtudes ciudadanas, vaya esta cita que hemos extractado de una de sus
obras, en donde recurre la exaltación de la competencia y a su
santificación como forma de superación de quienes buscan avanzar por el
camino de la perfección.
“La selección natural no puede producir nada en una especie
exclusivamente para ventaja o perjuicio de otra, aun cuando puede muy
bien producir partes, órganos o excreciones utilísimas, y aun
indispensables, o también sumamente perjudiciales, a otra especie, pero
en todos los casos útiles al mismo tiempo al posesor. En todo país bien
poblado, la selección natural obra mediante la competencia de los
habitantes, y, por consiguiente, lleva a la victoria en la lucha por la
vida sólo ajustándose al tipo de perfección de cada país determinado. De
aquí el que los habitantes de un país ―generalmente los del país menor―
sucumban ante los habitantes de otro, generalmente el mayor; pues en el
país mayor habrán existido más individuos y formas más diversificadas, y
la competencia habrá sido más severa, y de este modo el tipo de
perfección se habrá elevado ”.
En este párrafo, repite Darwin un concepto que va a ser central dentro
de su obra: la competencia perfecciona la obra de la naturaleza. Piotr
Kropotkin, que leyese las conclusiones del naturalista inglés, intentó
comprobar tal aserto. Sus conclusiones fueron diametralmente opuestas.
“Y finalmente vi entre el ganado semisalvaje y caballos en la tierra
oriental de Bajkal, entre los rumiantes salvajes sobre todo, entre las
ardillas, etc. que, cuando los animales deben luchar por falta de
alimento, las dificultades hacen que todo el grupo de la especie
sacudida por esa desgracia se debilite de tal manera en fuerza y salud
que ninguna mejora de la raza puede realizarse en semejantes períodos de
dura competencia” .
Insistimos. Darwin no estaba enteramente ajeno a las exageraciones que
se desarrollaron al amparo de sus tesis. La competencia fue y continúa
siendo parte integrante de su elaboración teórica pues tanto el fenómeno
de la variación como el de la selección natural no pueden concebirse,
en sus obras, sin aquella.
Elisabeth Sahtouris , que fuese una de las primeras personas en criticar
directamente a Darwin, atribuye a la generalidad de las tesis
planteadas por el investigador inglés el carácter de producto de la
época en que vivió. En forma especial lo hace respecto de la competencia
como ley universal. Para la investigadora griega, Darwin fue hombre de
su tiempo, de su época y representó los valores vigentes en ese momento.
Como tal, debía y quería defender el sistema dentro del cual vivía, con
todos sus valores, con todas sus creencias. Darwin era súbdito en un
país que, habiendo roto los vínculos religiosos que lo unían al
Vaticano, permitía al rey asumir en calidad de sumo sacerdote del
anglicanismo.
El naturalista británico, sin embargo, no sólo miraba los fenómenos
desde el punto de vista de la religión, sino necesitaba creer en la
verticalidad de la sociedad, en su jerarquía, en la superioridad de unos
y en la inferioridad de otros.
Y es que nació y se desarrolló en pleno período del liberalismo, en
donde la competencia, elevada al rango de ley universal tanto por David
Ricardo como por Adam Smith, constituía el más excelso modo de vida para
las clases dominantes. No era ni debía ser extraño que Darwin
absorbiera todo ese bagaje cultural en una época de pleno triunfo del
individualismo. Y, lo más terrible, en una época de pleno sometimiento
de la mujer al hombre. Porque fueron los ingleses quienes inventaron el
lema de ‘las tres c’ que debían identificar la labor de la mujer: ‘cook,
child and church’ (‘cocina, niño e iglesia’).No debe extrañar, por
ello, que Darwin considerara a los habitantes de África y América como
‘salvajes’ o seres ‘primitivos’ ni a la mujer como ser inferior.
En suma, podemos mirar a Darwin, de esta manera, como un individuo de su
tiempo ―un gigante, sin lugar a dudas―, pero con toda la carga de
prejuicios de su época, con todo el acervo cultural que le legaba una
Inglaterra desigual, jerárquica, en vigoroso avance hacia un capitalismo
a ultranza, con reyes y corte, con clases sociales y apetitos de
dominio universal. Por eso, no deben sorprender algunas de sus
afirmaciones como las que siguen a continuación, por ejemplo, ésta,
relativa a la mujer, contenida en el capítulo 1 de su obra ‘El origen
del hombre’ que aparece en
www.bibliotecavirtualuniversal.com :
“El hombre difiere de la mujer por su talla, su fuerza muscular, su
velocidad, etc., como también por su inteligencia, como sucede entre los
dos sexos de muchos mamíferos”.
En ‘El origen del hombre’, basta solamente citar los títulos de sus
primeros capítulos para constatar la dicotomía entre seres superiores e
inferiores (o primitivos y civilizados) que impregna su obra:
CAPÍTULO I Pruebas de que el hombre desciende de una forma inferior.
CAPÍTULO II Facultades mentales del hombre y de los animales inferiores.
CAPÍTULO III Las facultades mentales del hombre y de los animales inferiores (continuación).
CAPÍTULO IV Modo como el hombre se ha desarrollado de alguna forma inferior.
CAPÍTULO V Desarrollo de las facultades morales e intelectuales en los tiempos primitivos y en los civilizados.
La idea que tenía Darwin de los habitantes originarios de América es
lapidaria. Así, en el Capítulo 2 de su obra ya citada ‘El origen del
hombre’, señala lo siguiente:
"[...] los habitantes de la Tierra del Fuego son contados entre los
salvajes más inferiores; pero siempre he quedado sorprendido al ver cómo
tres de ellos, a bordo del Beagle, que habían vivido algunos años en
Inglaterra y hablaban algo de inglés, se parecían a nosotros por su
disposición y por casi todas nuestras facultades mentales”.
"[...] cierto que muchos animales inferiores admiran con nosotros los
mismos colores y los mismos sonidos. [En] los salvajes, podría afirmarse
que sus facultades estéticas están menos desarrolladas en ellos que en
muchos animales, [... Así,] los gustos dependen de la cultura de
asociaciones de ideas muy complejas."
"[...] han existido y existen aún numerosas razas que no tienen ninguna
idea de la Divinidad ni poseen palabra que la exprese en su lenguaje.
[...] Si bajo la palabra religión comprendemos la creencia en agentes
invisibles o espirituales, entonces todo cambia al respecto, porque este
sentimiento parece ser universal entre todas las razas menos
civilizadas. [...]"
"[...] Es probable, conforme demuestra M. Taylor, que la primera idea de
los espíritus haya tenido su origen en el sueño, ya que los salvajes no
distinguen fácilmente las impresiones subjetivas de las objetivas.
[...] La tendencia que tienen los salvajes a imaginarse que los objetos o
agentes naturales están animados por esencias espirituales o vivientes
puede comprenderse por un hecho que he tenido ocasión de observar en un
perro mío. [...]"
Las ideas políticas de Darwin se encuentran en estricta correspondencia
con las ideas sociales imperantes en esa nación y algunas de ellas se
encuentran contenidas en el Capítulo 5 del libro ya citado. No puede
decirse de ellas que sean de avanzada. Veámoslas:
"[...] una forma cualquiera de gobierno es preferible a la anarquía. Los
pueblos egoístas y levantiscos están desprovistos de esta coherencia,
sin la cual nada es posible. [...]"
"[...] la acumulación moderada de la fortuna no causa ningún retardo a la marcha de la selección natural. [...]"
"[...] los hombres ricos por derecho de primogenitura pueden escoger de
generación en generación por esposas las mujeres más bellas y más
encantadoras, y probablemente las que estén dotadas a la par de una
buena constitución física y actividad intelectual. [...]"
Insistir en el hecho que Darwin sí tuvo mucho que ver con la
exacerbación de sus ideas no está demás. Tiene, por el contrario, enorme
relevancia. Ideas basadas en la defensa irrestricta de la competencia
como forma de vida e, incluso, en su santificación o, simplemente, en
reconocerla como ley universal, conducen a desastrosas consecuencias;
innumerables atrocidades encuentren, así, plena justificación. En primer
término, el fenómeno de la guerra. Y es que la guerra, por definición,
no es sino la más alta expresión de la competencia. Y Darwin, en forma
indirecta, la justifica, según lo vimos en un párrafo citado más
arriba, cuando afirma que
“De aquí el que los habitantes de un país ―generalmente los del país
menor― sucumban ante los habitantes de otro, generalmente el mayor; pues
en el país mayor habrán existido más individuos y formas más
diversificadas, y la competencia habrá sido más severa, y de este modo
el tipo de perfección se habrá elevado”.
Pero también, en segundo lugar, el fenómeno de la superioridad racial.
La idea de la raza superior estuvo presente en la Alemania nazi y en la
Italia fascista; pero no sólo en ellas. El ‘paladín de la libertad’,
Estados Unidos, estuvo largo tiempo aplicando la segregación entre la
descendencia africana nacida en ese país y la descendencia europea;
también lo hizo respecto de los habitantes originarios de la misma. En
el mismo sentido Sudáfrica, Francia, Italia, España, Portugal, en fin.
El desprecio que los pueblos conquistadores sienten por los pueblos
conquistados, generalmente, pueblos originarios de esas regiones, no
encuentra su fundamento sino, precisamente, en los conceptos de
superioridad e inferioridad de los seres vivos.
Darwin tenía ideas curiosas.
Podría creerse que el naturalista inglés era un libre pensador. Sin
embargo, tenía fuertes creencias religiosas. Y bastante inexactas, como
la que indicamos a continuación:
"[...] La forma religiosa más elevada —la idea de un Dios que aborrece
el pecado y ama la justicia— era desconocida en los tiempos primitivos."
EL ‘DARWINISMO SOCIAL’. SUPERIORIDAD E INFERIORIDAD EN LA LUCHA SOCIAL
Así, pues, no debe sorprender que las ideas de Darwin se expandiesen con
tanta rapidez y comenzasen a ser el arma predilecta de quienes se
sentían predestinados a gobernar la tierra. Hablamos, aquí, de las
clases y fracciones de clase dominantes. Por lo demás, Darwin no estaba
en contra de aquellas pues era producto de las mismas. Así, entonces,
nació el llamado ‘darwinismo social’. Esta corriente, basada en la
premisa del mayor derecho que asiste al más fuerte y al más apto para
sobrevivir, ha permitido justificar todo tipo de atropello a los
derechos humanos, entre otros, el moderno colonialismo, pues sólo el más
fuerte y más apto tiene derecho a sobrevivir, no el débil. Como lo
acota Reichholf, las más extremas ideologías no son sino expresión de
esa locura por estimar que los más fuertes y más aptos han de gozar de
la plenitud de los derechos.
No parece innecesario aquí señalar lo que, para el reconocimiento de los
derechos de la mujer, significó la llamada ‘selección natural’. A
diferencia de las modernas tendencias de la Biología en donde la hembra
aparece eligiendo al macho con el que se va a aparear, en las tesis de
Darwin la mujer no se representa sino como una simple presa codiciada
por los machos que se enfrentan entre sí para disputársela. Es esa idea
la que permitió a ciertos caricaturistas mostrar a un hombre primitivo
(un cromagnon, un neanderthal, en fin) conquistando a golpes a una mujer
para llevarla, luego, a su cueva, arrastrándola por el pelo.
Las diferencias entre los sexos femenino y masculino no aparecen
simplemente como funciones biológicas en Darwin, sino conllevan una
carga ideológica de proporciones.
Como ya lo hemos afirmado, Charles Darwin no solamente fue un individuo
amante de la competencia como ley de la naturaleza, sino también una
personalidad fuertemente influida por las ideas de autoritarismo y
verticalidad. No hay que olvidar su condición de súbdito de un país en
donde los títulos y las jerarquías constituían ―y constituyen aún hoy―
una forma de vida. Creía, pues, que existían especies inferiores y
superiores, y que el ser humano representaba la más alta expresión de la
superioridad en el mundo animal. En el libro que hemos citado
anteriormente se puede leer, a propósito de lo expresado, lo siguiente:
“Vemos, pues, que no es necesario separar por parejas, como hace el
hombre cuando metódicamente mejora una casta; la selección natural
conservará, y de este modo separará, todos los individuos superiores,
permitiéndoles cruzarse libremente, y destruirá todos los individuos
inferiores ”
No sólo la competencia ha sido puesta en tela de juicio hoy en día, sino
además los conceptos de superioridad e inferioridad animal, que son
fuertemente criticados por quienes defienden la diversidad de las
especies, entre otros, por quien fuese presidente de la AAAS y destacado
paleontólogo Stephen Jay Gould . Para las modernas teorías acerca de la
diversidad, no existen, por consiguiente, en la naturaleza seres
inferiores y superiores, sino individualidades que cumplen funciones
dentro de una estructura mayor que se denomina Gaia. Las especies son,
en suma, partes necesarias de un gran todo que es el planeta viviente.
POR QUÉ HACER UNA CRÍTICA A DARWIN
Si buscamos hoy formular una crítica no sólo a los darwinistas, sino al
propio naturalista inglés, es porque los movimientos sociales
contemporáneos, organizados bajo la nueva forma de acumular impuesta por
el sistema capitalista mundial, a partir de la década de los 90, han
ido derrumbando mitos y creencias en la búsqueda de un paradigma que
refleje con mayor propiedad los cambios de la época.
Y la generalidad de esos movimientos, consciente e inconscientemente,
han enarbolado como fundamento de sus reivindicaciones principios que se
contraponen a las ideas darwinianas ya enunciadas. Recurrir a la
santificación de Darwin, como lo hace Richard Dawkins actualmente (y
otros investigadores), implica dejar abierta la puerta para que los
dominadores vuelvan, con mayor ímpetu, a reivindicar el derecho que
asiste al más fuerte (o más violento) para exigir privilegios y
prebendas que los demás no tienen, tesis que los nuevos movimientos
sociales rechazan.
En efecto, afirmar que el sistema capitalista mundial hace su ingreso a
una fase de expansión implica asegurar que su acción e influencia ha de
extenderse a todos aquellos lugares en donde, hasta ese momento, no
funcionaba o, de hacerlo, estaba condenado a actuar dentro de un marco
de referencia que impedía su pleno desarrollo. Dicho marco, formado por
valores culturales inadecuados o estructuras jurídico-políticas
anquilosadas y rígidas, no se corresponde ni es armónico a las
exigencias de la nueva forma de acumular; debe, pues, ser derribado y
reemplazado por estructuras nuevas, ágiles y más actuales. La tarea para
realizar tales cambios corresponde a las clases dominantes, como es de
suponer, pues son ellas las más interesadas en adecuar las estructuras
de una nación a los requerimientos del sistema capitalista mundial.
Pero esta circunstancia crea, a la vez, una nueva situación para los
sectores dominados que, súbitamente, ven derrumbarse ciertos valores,
vigentes hasta ese entonces, y transformarse, en consecuencia, la
sociedad entera. Entonces, cuando deben actuar en defensa de lo suyo o
intentan hacerlo, comprueban, in situ, cuán poco efectivas resultan las
organizaciones y formas de lucha empleadas hasta ese momento para
enfrentar las nuevas condiciones sociales. Por lo mismo, se les hace
imprescindible descubrir y adoptar otros criterios de organización y de
funcionamiento.
En este sentido, ha sido de enorme importancia el aporte de numerosos
teóricos que vienen planteando la conveniencia de ligar el desarrollo de
las luchas sociales a los avances de la ciencia. Y es que la propia
ciencia ha ido realizando innovaciones vigorosas en ese sentido,
especialmente en el campo de la biología. Porque, más que cualquier otra
disciplina, ha sido el avance incontenible de la biología lo que ha
permitido dar respuesta a muchas de las interrogantes que otras
ciencias, más ‘exactas’ no han podido entregar.
Las palabras precedentemente expresadas nos permiten, incluso, suponer
que un nuevo paradigma comienza a hacerse presente con innegables rasgos
de carácter biológico, en donde la competencia aparece como una opción
que sólo puede tener cabida donde la cooperación no es posible. Y es que
ha sido la biología misma quien nos ha ido enseñando que los seres
inferiores y superiores no existen, sino se trata, simplemente, de
formas diversificadas de vida dentro de un entorno que es natural a
todas ellas.
Pero todas estas materias constituyen parte de una materia que nos
gustaría abordar en un nuevo artículo referido a la cooperación.
Dejamos, pues, abierta la puerta para introducirnos en otro interesante a
la vez que fascinante universo de las luchas sociales.
Estocolmo, septiembre de 2011
Véase de Tomas Kuhn: “La estructura de las revoluciones científicas”.
La versión más conocida en castellano es la que hizo el Fondo de Cultura
Económica, de México.
Algunos autores lo llaman Peter Krapotkin; nosotros preferimos referirnos a él con su nombre ruso de Piotr Kropotkin.
Krapotkin, Peter: ‘Inbördes hjälp”, Tryckeri AB Federativ, Stockholm, 1978, pág. 9.
Reichholf, Josef H.: “Stabila ojämvikter. Framtidens ekologi”, pág. 31.
Krapotkin, Peter: Obra citada en (3), pág. 15.
Darwin, Charles: “El origen de las especies”, en www.cervantesvirtual.com págs. 178 y 179.
Kropotkin, Peter: Obra citada en (3), pág.16. La letra cursiva es del autor.
Véase de Elena Sahtouris su libro “Gaia, la tierra viviente”.
Darwin, Charles: Obra citada en (6), pág. 190.
Stephen Jay Gould escribió numerosas obras, siendo la más célebre de
todas ellas ‘La estructura de la teoría de la evolución’. Las siglas de
AAAS corresponden a la American Association for the Advance of Science,
organismo que agrupa a la casi totalidad de científicos norteamericanos.
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