Por: Manuel Acuña Asenjo - Santiago, febrero de 2004.
Los números no son mágicos solamente porque se
anteceden y suceden recíprocamente sino, además, porque tal orden de
prioridad se realiza dentro de un riguroso marco de prelación que los
organiza de menor a mayor y viceversa. Un número representa la
acumulación de la propia individualidad junto a la de todos aquellos que
le preceden. Dicho de otra manera, es la sumatoria de todas la unidades
anteriores, incluida la propia.
Hay, no
obstante, números más o menos mágicos que otros. O sea, números que se
consideran con preferencia a los otros. Números que poseen mayor
valoración o estima. Sin embargo, aquella no se basa en consideraciones
objetivas. No se fundamenta en absoluto en sus posibles cualidades
intrínsecas. Por el contrario: depende de las creencias de los pueblos y
de las personas, de sus raíces históricas, de sus formas culturales.
Así sucede con el seis, con el siete, con el doce; así sucede con el
tres, número de la trilogía. Representa no sólo la excelsa trinidad de
Padre, Hijo y Espíritu Santo sino también, las `razas´ o pueblos
primordiales establecidos continentalmente en la descendencia de Sem,
Cam y Jafet, hijos de Noé, luego del diluvio universal. Recuerda,
además, las tres negaciones de Pedro que precedieron a los tres cantos
del gallo la noche que antecedió a la Pasión, las tres cruces del
Gólgota, los tres Pablos (Picasso, Neruda, Casals), el cinturón de Orión
con las tres Marías y su tahalí, del que penden las tres Josefas o
Chepas, el día de la Resurrección y la eterna trinidad de la dialéctica
con su thesis, antithesis y sinthesis.
En la historia de la lucha por la abolición de las formas dictatoriales
de gobierno, establecidas en Chile a partir de 1973, también el número
tres dejó su impronta imborrable en el mundo del arte y de la música.
Una triple hermandad de jóvenes compositores se encargó de recordarnos,
de manera inteligente y novedosa, que los sueños por construír una
sociedad mejor no se irían a olvidar por el solo imperio de la fuerza.
Fue aquella una trilogía excepcional. Su tarea consistió en cubrir los
espacios que ofrecía el Festival de Viña del Mar, año a año, a fin de
transmitir por ese medio sus mensajes de esperanza y hermandad. Fernando
Ubiergo, Oscar Andrade y Nino García fueron esos tres jóvenes que
tomaron sobre sí la tarea de recordarnos que había tiempo aún para tomar
un café junto a Platón, que también el tiempo podía quedar enredado en
las bastillas, que sí era posible reír de los noticieros crónicos de la
prensa servil y que alguien bien podía considerar a la democracia como
el ‘insomnio de las dictaduras’ A otro lado de ese grupo de jóvenes y
apuntando en una dirección similar, Osvaldo Díaz intentaba sobrevivir en
tanto Nano Acevedo, junto a Capri, compañera suya en esos años
pretendía conquistar a la OTI entonando una oda a su guitarra.
Febrero. Tiempo de festival y de vacaciones truncas para quienes debían
celebrar la gloria del dictador. De vacaciones imposibles para los que
nada poseían; de vacaciones imposibles para los que hoy nada poseen.
Acompañado de su cónyuge, ministros y lacayos, haciendo sonar
estridentemente las sirenas de los automóviles de los servicios de
seguridad que siempre le acompañaban, llegaba el dictador hasta la
Quinta Vergara como si lo hiciera ante un espectáculo circense, en una
suerte de remedo anacrónico de lo que hacían los césares en la vieja
Roma. Con una diferencia notable: allá se repartía pan entre los pobres;
acá se repartía miseria y se exhibía lujo y poder.
No puedo dejar de pensar en el trágico sino de quienes lucharon por el
retorno de los exiliados, por la justicia social, por el término de la
dictadura y el retorno a la democracia. En una época en que se
establecía la deshonestidad como forma de vida para facilitar el libre
flujo del mercado, resultaba descabellado pretender lo contrario. Porque
el sistema capitalista funciona a través del simple mecanismo de
premiar a quien lo promueve y castigar al que le pone trabas. La
honestidad se transforma en una abominación. En dictadura ello siempre
ocurre, por supuesto; no así en democracia, donde sucede a menudo
especialmente cuando se aplica en ella un modelo neo liberal. Un sujeto
honesto es un componente foráneo que es necesario extirpar como un tumor
maligno. Es lo que sucedió durante esos años. Convertidos en elementos
exóticos al interior del modelo, aquellos jóvenes empezaron a ser
proscritos de las tablas y los espectáculos, de la pantalla chica y del
debate. En tiempos de dictadura fueron indeseables; en tiempos de
democracia son la imagen de un pasado del que se avergüenza la casta
gobernante.
Fernando Ubiergo está prácticamente fuera de la televisión y de los
medios de comunicación. Graba algunas canciones y aparece
esporádicamente en una u otra mezquina entrevista con opiniones
específicas y limitadas. Ignoro su situación económica, pero imagino que
no debe ser en absoluto similar a la que tiene el ex Ministro Carlos
Cruz, el Ministro José Miguel Insulza u otros personeros de la alta
política nacional. Oscar Andrade sencillamente estuvo siempre proscrito
de la televisión, tan escasas fueron sus apariciones en la pantalla
chica; el advenimiento de la democracia lo llevó al exilio, es un
‘exiliado económico’ (término que acostumbran a emplear los primeros que
dejaron solo a Allende en La Moneda para justificar su deslealtad), y
vive actualmente en Alemania. Durante sus últimos años en Chile debió
actuar en La Casona de San Isidro. Pocos se acuerdan de él, hoy en día.
Había popularizado el tema ‘Llegó volando’ de Patricio Manns y para
evitar mayores conflictos con la dictadura debió alterar la letra de esa
canción sustituyendo la palabra ‘militares’ por ‘pesares’.
Nino García... Bueno, Nino García decidió quedarse en Chile y luchar...
Como Oscar Andrade, también se acercó a La Casona de San Isidro. Aún las
puertas de la sociedad no se le cerraban del todo y el futuro se
presentaba promisorio. La democracia se acercaba a pasos agigantados y
un contingente de viejos dirigentes llegaba a hacerse cargo de los
problemas del pueblo chileno. Entusiasmado con los vientos renovadores
que parecían soplar sobre la nación, Nino compuso una sinfonía. La llamó
‘Sinfonía Democrática’ y en su estructura melódica fue relatando una a
una, las diferentes fases que Chile había recorrido en los últimos años:
el período de la Unidad Popular, el horror de la dictadura, la pasión y
muerte de Jorge Peña, músico como él, maestro y amigo suyo, y la
esperanza de las masas en la democracia que llegaba.
Pobre Nino. Incapaz de ver otra cosa que no fuese la belleza de las
cosas, los conciertos que a diario brinda la naturaleza, el musical
vuelo de las aves, el sonido magistral de la brisa, el encendido canto
de las flores, no advirtió que Pinochet había ganado la batalla y que un
chileno diferente, creado al amparo del mercado y de la competencia,
sepultaba definitivamente el sueño del hombre nuevo de la Unidad
Popular. La democracia llegaba, sí. Pero lo hacía de la mano del
especulador y del corrupto, del embaucador y del indolente, del
financista y del cínico. Ex mapucistas, ex izquierdistas cristianos,
radicales, socialistas, ex comunistas, ex miristas, se abalanzaron sobre
las instituciones del Estado, entraron a saco en los organismos
públicos disputándose cargos y jefaturas. No para repartirlos entre
quienes habían luchado por la vigencia de los derechos humanos o
arriesgado su vida en las barricadas, en las protestas o en las huelgas
prohibidas, sino para entregarlos a sus parientes y amigos. La
democracia mostraba su verdadero rostro y Nino supo que los cambios
soñados por él jamás se harían presentes, que las ideas de la dictadura
seguirían vigentes bajo la democracia y que la explotación, la
desmovilización popular, el control burocrático de las centrales
sindicales serían la piedra angular de los nuevos gobiernos democráticos
como también la rigurosa aplicación del modelo neoliberal.
Un presidente en llanto frente a los crímenes de la dictadura pero
incapaz de ejercer justicia a favor de las clases dominadas, un
presidente representando los intereses de los grandes empresarios, un
presidente socialista preocupado de celebrar un convenio con USA e
impulsar el libre mercado y la privatización, parlamentarios abocados
tan sólo a aumentar sus propias remuneraciones, explotación creciente de
la masa laboral, brechas crecientes entre ricos y pobres, minaron la
resistencia de Nino. La democracia no se merecía su composición. No
rompió, como Beethoven lo hiciera con su sinfonía tercera, la partitura
de la obra, pero aquella no sería ya más un homenaje al triunfo de una
democracia en la que había dejado de creer sino un canto a los
desamparados que, como él, aún estaban convencidos de poder construir un
mundo mejor.
Nino vivió algunos años de los ingresos que le reportaba su calidad de
autor de numerosas obras musicales. Pero el derecho de autor, al igual
que muchos otros derechos, experimentaba profundos cambios.
Bajo la dictadura y por imperio de la fuerza, no sólo se había impuesto
la cultura de la música ligera, de la comedia y la literatura liviana
sino, además, una nueva forma de satisfacer la demanda de tales
productos, basada en la importación de los mismos que, eran,
lógicamente, más baratos. En una democracia convencida de la necesidad
de mantener la vigencia del modelo neo liberal, la situación no tenía
por qué presentarse de manera diferente. Hacia 1992, ya era escasa la
música chilena que se escuchaba en las radios o la televisión, las peñas
habían desaparecido y la música importada predominaba ampliamente en el
mercado. Los ingresos provenientes del cobro del derecho de autor
disminuyeron drásticamente. Nino se depreció como sujeto productor; la
‘mercancía’ que elaboraba se desvalorizó al reducirse la demanda. Los
apremios económicos le salieron al paso. El compositor vivía ya con
María Eugenia Zúñiga Ulloa, a quien había conocido en 1987, cantante de
peñas, manifestaciones, actos poblacionales, protestas y marchas,
cantante popular nacida al alero de La Casona de San Isidro en la que
llegó a desempeñarse en calidad de directora artística. María Eugenia
enfermó por esos años y Nino no disponía de ingresos que le permitiesen
hacer frente a la emergencia. ¿Qué hacer, entonces?
Durante la dictadura, la generalidad de los simpatizantes y militantes
de la Unidad Popular fueron exonerados de sus cargos; sujetos proclives a
los militares ocuparon aquellos. De ahí en adelante, jamás volverían a
gozar de la posibilidad de un trabajo bien remunerado. Pero en la
democracia post dictatorial, la práctica de la exclusión de quienes no
participaban de las ideas del grupo gobernante se mantuvo. No vaya a
creerse que sucedió respecto de todos: afectó solamente a los
‘izquierdistas’; los funcionarios de la dictadura conservaron sus
empleos. La única manera de evitar tal ostracismo, era reconocer filas
en alguno de los partidos que participaban en la llamada Concertación y,
una vez allí, disputar algunos de los cargos de cierta consideración.
Sin embargo, al igual que muchos de nosotros, Nino tampoco iba a hacer
aquello. Sus posibilidades se reducían: le quedaba únicamente la empresa
privada. Incorporarse a ella le significaba otro sacrificio adicional.
Permítasenos decir aquí algo previo. El ser humano es una estructura
biológica visuomanual. El tronco cerebral (cerebro reptil) nos hace
mirar, en primer lugar; luego, percibir con los demás sentidos. Recién
entonces podemos comenzar a mover nuestro cuerpo, nuestras extremidades.
Pero si bien tales rasgos se nos presentan en el carácter de
universales, la descripción de los fenómenos que percibimos se orienta
según las aptitudes o tendencias que poseemos. Así, algunas personas
describirán los hechos numéricamente, otras lo harán musicalmente, otras
de manera literaria y muchos a través de la pintura o la escultura. Un
crepúsculo es comparable tan sólo a otro crepúsculo de la manera que un
amanecer lo es también respecto de otro similar, pero la descripción de
éstos puede hacerse de mil formas.
Estaba un día María Eugenia junto a Nino, frente al mar y el sol era una
inmensa bola de fuego diluyéndose en una bruma extraña que descomponía
el espectro de la luz, casi rozando la superficie del océano.
“Mira aquello, Nino. Es un hermoso atardecer”.
Nino volvió el rostro hacia ella. Parecía casi estar pidiéndole disculpas.
“Soy músico, María Eugenia”, dijo en tono compungido.
Nino miraba el crepúsculo, sí. Pero lo oía. Era capaz de describirlo
como lo sentía, pero lo sentía musicalmente, no literaria ni
pictóricamente. Su comprensión y descripción fenoménica se realizaba a
través de estructuras melódicas, acordes, ritmos, compases, cadencias,
tonos.
Nino era un músico. Un músico es un profesional. Un profesional hace de
su actividad una profesión en el sentido que constantemente está
buscando perfeccionar su obra. Cuando la profesión es un arte, aquella
exige exhibir el alma, transmitir un mensaje íntimo dirigido a los
demás, expresar la voz que emana de lo más profundo de un ser. Un músico
tiene algo de divino. Trabaja sobre un pentagrama que es una estructura
gráfica compuesta de cinco paralelas sobre las que se depositan,
ordenada y espaciadamente, siete notas musicales. El músico trabaja con
doce elementos que es el número de la divinidad. Reproduce con ello la
historia de los dioses: los doce dioses sumerios, los doce dioses
egipcios, las deidades del Olimpo y las divinidades de la vieja Roma que
poseen idéntico número; lo hace, además con los doce hijos de Jacob,
con las doce tribus de Israel, con los doce apóstoles de Jesús, los doce
meses del año, en fin.
Nino era un compositor. Soñaba con producir música, entregar lo mejor de
sí para gozo de los demás, hacerlo en completa libertad. Siempre había
rechazado la idea de trabajar para la propaganda comercial; no se
imaginaba a sí mismo dinamizando la economía, convenciendo a la
comunidad nacional acerca de las bondades de un producto, confeccionando
‘spots’ o ‘gingles’ publicitarios. Sin embargo, se vio forzado a
hacerlo. Pactó con una promotora la entrega de su música. Y si bien supo
de inmediato cómo el sistema comenzaba a doblegarlo, jamás imaginó lo
que en breve sucedería. Porque en el mercado no existe una expresión de
la espiritualidad; la promoción de los productos se apoya en el engaño y
la mentira. Y la música destinada a tal efecto debe corresponderse con
esa abominación. Cuando ello no sucede, uno de los dos es sobrepasado:
la música o el producto. Es lo que aconteció con Nino. Su ‘producto’ se
comenzó a distanciar progresivamente de la mercancía, la sobrepasada
crecientemente en calidad. Pero el mercado era más fuerte que Nino y en
un sistema de dominación siempre se impone el más fuerte. La música
importada se impuso como sustituto de la suya. Por lo demás, era más
barata. Las demandas por el producto que ofrecía disminuyeron
nuevamente. La situación de la pareja empeoró. Aquel era el triunfo
definitivo del mercado y del modelo.
En febrero de 1997, me invitó Nino a visitar su hogar para compartir con
él y su mujer algunos momentos de mutua compañía y ¿por qué no decirlo?
sus estrecheces y penurias económicas. Diversas circunstancias me
impidieron estar con ellos en esa oportunidad. Prometí visitarlos al año
siguiente, cuando volviese por estas tierras. Craso error el mío.
Quienes vivimos fuera de Chile no alcanzamos a imaginar siquiera las
inmensas tormentas que se agitan en el alma de los explotados de
Latinoamérica. Somos, en ese sentido, tan indolentes e insensibles como
lo son los directores de las empresas estatales, sus presidentes,
ministros y parlamentarios. Somos tan insensibles como el Presidente de
la República que jamás se preocupa de los demás y, no obstante, mantiene
su buena imagen disponiendo que se contesten todas las cartas que
recibe, sin dar solución a los problemas.
Febrero es el mes del Festival de Viña. Es el espacio de los festivales.
Precede al mes en que comienza el otoño y tiñe las hojas de rojo. Es un
mes aún exuberante. Posee un sol maravilloso que reproduce, ufano, su
rostro en las ondas del Pacífico. Un sol que se multiplica a cada vaivén
de las olas. Porque el astro rey también se ha asimilado a las formas
del mercado. Es un sol capitalista. Acumula las monedas de oro que acuña
en el yunque del mar. El aire de febrero es puro; penetra en los
pulmones como una exhalación. Los remueve. Los remece. La naturaleza aún
parece recrearse en cada uno de sus seres. Pero toda recreación -y todo
festival es una recreación- conlleva en sí la muerte Porque cuando se
renace o más bien, cuando debería renacerse y ello no sucede, casi es
preferible morir.
No es extraño que Nino pudiese sobrevivir a la dictadura y le fuese
imposible hacerlo respecto de la democracia. El enemigo que le había
salido al paso era extremadamente cruel y arrancaba de sus propias
entrañas. Era parte suya, músculo, arteria, hueso, articulación,
miembro. Era hijo suyo, creación suya, como la música, la poesía, el
canto. Enfrentado a aquello, no cabía sino reaccionar como el Julio
César de Shakespeare que hunde el rostro en sus manos y se entrega a las
estocadas que le asestan las personas en quienes depositó su confianza.
Así, en febrero de 1998 , Nino ya sabía que jamás renacería. El día 2
escribió la última nota sobre el pentagrama de su vida: apretó
simplemente el disparador de su arma y, de esa manera, puso fin a su
existencia. Esperó estar solo para realizar esa tarea. Finale non
felice para quien buscó otros derroteros en una sociedad donde querer
ser distinto era más que un delito una estupidez.
Nino no se suicidó. Apretó tan sólo el gatillo y terminó así con su
vida. No lo hizo motu proprio. Actuó por ordenes superiores. Obedeció al
mensaje unívoco de toda una estructura social que no perdona al díscolo
ni al atrabiliario, ni al disidente o al elemento exótico. Los
‘representantes del pueblo’ pusieron fin a la vida de Nino de la misma
manera que lo hicieron con las esperanzas de todo un vasto movimiento
social. Porque en poco se diferencian de quienes representaron en su
tiempo a la dictadura, tan separados están de las masas y de sus
problemas.
“Para salvar al espíritu es necesario a menudo sacrificar el cuerpo”,
escribió a su mujer, dos días antes. Y, luego de esa frase terrible, un
escueto: “Cuida de mi música”.
María Eugenia lo hizo con abnegación y lealtad. Hasta septiembre de
2003, convirtió la casa que compartió con Nino en un santuario de la
música y del arte. En ese inmueble, el espíritu de Nino seguía vivo en
su interior. Y hasta se podía creer que resonaban aún sus pasos por el
piso del salón donde, mudo, permanecía un piano. No obstante, en esa
tarea de por sí sublime, María Eugenia no tuvo el apoyo de las gentes de
poder. Como Nino, le costaba andar a la zaga de los políticos, tras sus
pasos, como pidiendo limosna. Era difícil tratar con sujetos siempre
apurados, inubicables, invisibles para el hombre de la calle, siempre
respondiendo por intermedio de sus secretarias o voceros. Pensaba la
viuda, que así como otros países adelantados cuidan y protegen la
memoria de sus artistas, también sucedería lo mismo con la casa que
compartiese con Nino sus últimos años. Fue aquel otro error. Los
políticos son como Dios. Siempre tienen el teléfono ocupado o dejan un
contestador automático que de solución a los problemas del sujeto
sencillo, del pobre o del marginado. Ni siquiera lo hizo Juan Saavedra,
Alcalde de Pedro Aguirre Cerda, el ‘Patula’, ex mirista (hoy PPD), que
otrora escupiese el rostro de Robert Kennedy en la Casa del Deporte de
la Universidad de Concepción. Si bien algo hizo por ella, no fue
suficiente. Su contribución en el sentido de cambiar el nombre de la
calle Central por el de ‘Central Nino García’ no fue hecha para
salvaguardar la memoria del compositor sino para mantener su clientela
electoral. Y contratar a María Eugenia en una escuela dependiente de la
Municipalidad, por un sueldo de 80 mil pesos (130 dólares) resultaba
casi tragicómico: solamente el arriendo que debía pagar la viuda de Nino
se elevaba por sobre los cien mil pesos... La casa le fue arrebatada
en septiembre del año pasado y con ella sus sueños de mantener un
santuario cultural a la memoria del músico.
De los otros festivaleros, Nano Acevedo, Capri, Osvaldo Dìaz, se puede
decir muy poco: el primero de ellos vendía hasta hace poco cassettes y
discos en un local cercano a Mapocho, en Teatinos; Capri debió partir al
exilio, al igual que lo hiciera Oscar Andrade, primero a Inglaterra y
luego a Suecia. Osvaldo Díaz vive hoy en medio de graves problemas
económicos y todos los proyectos que ha presentado ante los organismos
gubernamentales le han sido rechazados..
¿Y los demás, los folcloristas, los cantores populares? Bueno... Eso es
otra historia que podría ocupar un espacio tan extenso o quizás superior
al que ha cubierto este artículo.
Santiago, febrero de 2004.
|