16 jun 2012

DOS DE FEBRERO


Por: Manuel Acuña Asenjo - Santiago, febrero de 2004.
Los números no son mágicos solamente porque se anteceden y suceden recíprocamente sino, además, porque tal orden de prioridad se realiza dentro de un riguroso marco de prelación que los organiza de menor a mayor y viceversa. Un número representa la acumulación de la propia individualidad junto a la de todos aquellos que le preceden. Dicho de otra manera, es la sumatoria de todas la unidades anteriores, incluida la propia.
Hay, no obstante, números más o menos mágicos que otros. O sea, números que se consideran con preferencia a los otros. Números que poseen mayor valoración o estima. Sin embargo, aquella no se basa en consideraciones objetivas. No se fundamenta en absoluto en sus posibles cualidades intrínsecas. Por el contrario: depende de las creencias de los pueblos y de las personas, de sus raíces históricas, de sus formas culturales. Así sucede con el seis, con el siete, con el doce; así sucede con el tres, número de la trilogía. Representa no sólo la excelsa trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo sino también, las `razas´ o pueblos primordiales establecidos continentalmente en la descendencia de Sem, Cam y Jafet, hijos de Noé, luego del diluvio universal. Recuerda, además, las tres negaciones de Pedro que precedieron a los tres cantos del gallo la noche que antecedió a la Pasión, las tres cruces del Gólgota, los tres Pablos (Picasso, Neruda, Casals), el cinturón de Orión con las tres Marías y su tahalí, del que penden las tres Josefas o Chepas, el día de la Resurrección y la eterna trinidad de la dialéctica con su thesis, antithesis y sinthesis.
En la historia de la lucha por la abolición de las formas dictatoriales de gobierno, establecidas en Chile a partir de 1973, también el número tres dejó su impronta imborrable en el mundo del arte y de la música. Una triple hermandad de jóvenes compositores se encargó de recordarnos, de manera inteligente y novedosa, que los sueños por construír una sociedad mejor no se irían a olvidar por el solo imperio de la fuerza. Fue aquella una trilogía excepcional. Su tarea consistió en cubrir los espacios que ofrecía el Festival de Viña del Mar, año a año, a fin de transmitir por ese medio sus mensajes de esperanza y hermandad. Fernando Ubiergo, Oscar Andrade y Nino García fueron esos tres jóvenes que tomaron sobre sí la tarea de recordarnos que había tiempo aún para tomar un café junto a Platón, que también el tiempo podía quedar enredado en las bastillas, que sí era posible reír de los noticieros crónicos de la prensa servil y que alguien bien podía considerar a la democracia como el ‘insomnio de las dictaduras’ A otro lado de ese grupo de jóvenes y apuntando en una dirección similar, Osvaldo Díaz intentaba sobrevivir en tanto Nano Acevedo, junto a Capri, compañera suya en esos años pretendía conquistar a la OTI entonando una oda a su guitarra.
Febrero. Tiempo de festival y de vacaciones truncas para quienes debían celebrar la gloria del dictador. De vacaciones imposibles para los que nada poseían; de vacaciones imposibles para los que hoy nada poseen. Acompañado de su cónyuge, ministros y lacayos, haciendo sonar estridentemente las sirenas de los automóviles de los servicios de seguridad que siempre le acompañaban, llegaba el dictador hasta la Quinta Vergara como si lo hiciera ante un espectáculo circense, en una suerte de remedo anacrónico de lo que hacían los césares en la vieja Roma. Con una diferencia notable: allá se repartía pan entre los pobres; acá se repartía miseria y se exhibía lujo y poder.
No puedo dejar de pensar en el trágico sino de quienes lucharon por el retorno de los exiliados, por la justicia social, por el término de la dictadura y el retorno a la democracia. En una época en que se establecía la deshonestidad como forma de vida para facilitar el libre flujo del mercado, resultaba descabellado pretender lo contrario. Porque el sistema capitalista funciona a través del simple mecanismo de premiar a quien lo promueve y castigar al que le pone trabas. La honestidad se transforma en una abominación. En dictadura ello siempre ocurre, por supuesto; no así en democracia, donde sucede a menudo especialmente cuando se aplica en ella un modelo neo liberal. Un sujeto honesto es un componente foráneo que es necesario extirpar como un tumor maligno. Es lo que sucedió durante esos años. Convertidos en elementos exóticos al interior del modelo, aquellos jóvenes empezaron a ser proscritos de las tablas y los espectáculos, de la pantalla chica y del debate. En tiempos de dictadura fueron indeseables; en tiempos de democracia son la imagen de un pasado del que se avergüenza la casta gobernante.
Fernando Ubiergo está prácticamente fuera de la televisión y de los medios de comunicación. Graba algunas canciones y aparece esporádicamente en una u otra mezquina entrevista con opiniones específicas y limitadas. Ignoro su situación económica, pero imagino que no debe ser en absoluto similar a la que tiene el ex Ministro Carlos Cruz, el Ministro José Miguel Insulza u otros personeros de la alta política nacional. Oscar Andrade sencillamente estuvo siempre proscrito de la televisión, tan escasas fueron sus apariciones en la pantalla chica; el advenimiento de la democracia lo llevó al exilio, es un ‘exiliado económico’ (término que acostumbran a emplear los primeros que dejaron solo a Allende en La Moneda para justificar su deslealtad), y vive actualmente en Alemania. Durante sus últimos años en Chile debió actuar en La Casona de San Isidro. Pocos se acuerdan de él, hoy en día. Había popularizado el tema ‘Llegó volando’ de Patricio Manns y para evitar mayores conflictos con la dictadura debió alterar la letra de esa canción sustituyendo la palabra ‘militares’ por ‘pesares’.
Nino García... Bueno, Nino García decidió quedarse en Chile y luchar... Como Oscar Andrade, también se acercó a La Casona de San Isidro. Aún las puertas de la sociedad no se le cerraban del todo y el futuro se presentaba promisorio. La democracia se acercaba a pasos agigantados y un contingente de viejos dirigentes llegaba a hacerse cargo de los problemas del pueblo chileno. Entusiasmado con los vientos renovadores que parecían soplar sobre la nación, Nino compuso una sinfonía. La llamó ‘Sinfonía Democrática’ y en su estructura melódica fue relatando una a una, las diferentes fases que Chile había recorrido en los últimos años: el período de la Unidad Popular, el horror de la dictadura, la pasión y muerte de Jorge Peña, músico como él, maestro y amigo suyo, y la esperanza de las masas en la democracia que llegaba.
Pobre Nino. Incapaz de ver otra cosa que no fuese la belleza de las cosas, los conciertos que a diario brinda la naturaleza, el musical vuelo de las aves, el sonido magistral de la brisa, el encendido canto de las flores, no advirtió que Pinochet había ganado la batalla y que un chileno diferente, creado al amparo del mercado y de la competencia, sepultaba definitivamente el sueño del hombre nuevo de la Unidad Popular. La democracia llegaba, sí. Pero lo hacía de la mano del especulador y del corrupto, del embaucador y del indolente, del financista y del cínico. Ex mapucistas, ex izquierdistas cristianos, radicales, socialistas, ex comunistas, ex miristas, se abalanzaron sobre las instituciones del Estado, entraron a saco en los organismos públicos disputándose cargos y jefaturas. No para repartirlos entre quienes habían luchado por la vigencia de los derechos humanos o arriesgado su vida en las barricadas, en las protestas o en las huelgas prohibidas, sino para entregarlos a sus parientes y amigos. La democracia mostraba su verdadero rostro y Nino supo que los cambios soñados por él jamás se harían presentes, que las ideas de la dictadura seguirían vigentes bajo la democracia y que la explotación, la desmovilización popular, el control burocrático de las centrales sindicales serían la piedra angular de los nuevos gobiernos democráticos como también la rigurosa aplicación del modelo neoliberal.
Un presidente en llanto frente a los crímenes de la dictadura pero incapaz de ejercer justicia a favor de las clases dominadas, un presidente representando los intereses de los grandes empresarios, un presidente socialista preocupado de celebrar un convenio con USA e impulsar el libre mercado y la privatización, parlamentarios abocados tan sólo a aumentar sus propias remuneraciones, explotación creciente de la masa laboral, brechas crecientes entre ricos y pobres, minaron la resistencia de Nino. La democracia no se merecía su composición. No rompió, como Beethoven lo hiciera con su sinfonía tercera, la partitura de la obra, pero aquella no sería ya más un homenaje al triunfo de una democracia en la que había dejado de creer sino un canto a los desamparados que, como él, aún estaban convencidos de poder construir un mundo mejor.
Nino vivió algunos años de los ingresos que le reportaba su calidad de autor de numerosas obras musicales. Pero el derecho de autor, al igual que muchos otros derechos, experimentaba profundos cambios.
Bajo la dictadura y por imperio de la fuerza, no sólo se había impuesto la cultura de la música ligera, de la comedia y la literatura liviana sino, además, una nueva forma de satisfacer la demanda de tales productos, basada en la importación de los mismos que, eran, lógicamente, más baratos. En una democracia convencida de la necesidad de mantener la vigencia del modelo neo liberal, la situación no tenía por qué presentarse de manera diferente. Hacia 1992, ya era escasa la música chilena que se escuchaba en las radios o la televisión, las peñas habían desaparecido y la música importada predominaba ampliamente en el mercado. Los ingresos provenientes del cobro del derecho de autor disminuyeron drásticamente. Nino se depreció como sujeto productor; la ‘mercancía’ que elaboraba se desvalorizó al reducirse la demanda. Los apremios económicos le salieron al paso. El compositor vivía ya con María Eugenia Zúñiga Ulloa, a quien había conocido en 1987, cantante de peñas, manifestaciones, actos poblacionales, protestas y marchas, cantante popular nacida al alero de La Casona de San Isidro en la que llegó a desempeñarse en calidad de directora artística. María Eugenia enfermó por esos años y Nino no disponía de ingresos que le permitiesen hacer frente a la emergencia. ¿Qué hacer, entonces?
Durante la dictadura, la generalidad de los simpatizantes y militantes de la Unidad Popular fueron exonerados de sus cargos; sujetos proclives a los militares ocuparon aquellos. De ahí en adelante, jamás volverían a gozar de la posibilidad de un trabajo bien remunerado. Pero en la democracia post dictatorial, la práctica de la exclusión de quienes no participaban de las ideas del grupo gobernante se mantuvo. No vaya a creerse que sucedió respecto de todos: afectó solamente a los ‘izquierdistas’; los funcionarios de la dictadura conservaron sus empleos. La única manera de evitar tal ostracismo, era reconocer filas en alguno de los partidos que participaban en la llamada Concertación y, una vez allí, disputar algunos de los cargos de cierta consideración. Sin embargo, al igual que muchos de nosotros, Nino tampoco iba a hacer aquello. Sus posibilidades se reducían: le quedaba únicamente la empresa privada. Incorporarse a ella le significaba otro sacrificio adicional.
Permítasenos decir aquí algo previo. El ser humano es una estructura biológica visuomanual. El tronco cerebral (cerebro reptil) nos hace mirar, en primer lugar; luego, percibir con los demás sentidos. Recién entonces podemos comenzar a mover nuestro cuerpo, nuestras extremidades. Pero si bien tales rasgos se nos presentan en el carácter de universales, la descripción de los fenómenos que percibimos se orienta según las aptitudes o tendencias que poseemos. Así, algunas personas describirán los hechos numéricamente, otras lo harán musicalmente, otras de manera literaria y muchos a través de la pintura o la escultura. Un crepúsculo es comparable tan sólo a otro crepúsculo de la manera que un amanecer lo es también respecto de otro similar, pero la descripción de éstos puede hacerse de mil formas.
Estaba un día María Eugenia junto a Nino, frente al mar y el sol era una inmensa bola de fuego diluyéndose en una bruma extraña que descomponía el espectro de la luz, casi rozando la superficie del océano.
“Mira aquello, Nino. Es un hermoso atardecer”.
Nino volvió el rostro hacia ella. Parecía casi estar pidiéndole disculpas.
“Soy músico, María Eugenia”, dijo en tono compungido.
Nino miraba el crepúsculo, sí. Pero lo oía. Era capaz de describirlo como lo sentía, pero lo sentía musicalmente, no literaria ni pictóricamente. Su comprensión y descripción fenoménica se realizaba a través de estructuras melódicas, acordes, ritmos, compases, cadencias, tonos.
Nino era un músico. Un músico es un profesional. Un profesional hace de su actividad una profesión en el sentido que constantemente está buscando perfeccionar su obra. Cuando la profesión es un arte, aquella exige exhibir el alma, transmitir un mensaje íntimo dirigido a los demás, expresar la voz que emana de lo más profundo de un ser. Un músico tiene algo de divino. Trabaja sobre un pentagrama que es una estructura gráfica compuesta de cinco paralelas sobre las que se depositan, ordenada y espaciadamente, siete notas musicales. El músico trabaja con doce elementos que es el número de la divinidad. Reproduce con ello la historia de los dioses: los doce dioses sumerios, los doce dioses egipcios, las deidades del Olimpo y las divinidades de la vieja Roma que poseen idéntico número; lo hace, además con los doce hijos de Jacob, con las doce tribus de Israel, con los doce apóstoles de Jesús, los doce meses del año, en fin.
Nino era un compositor. Soñaba con producir música, entregar lo mejor de sí para gozo de los demás, hacerlo en completa libertad. Siempre había rechazado la idea de trabajar para la propaganda comercial; no se imaginaba a sí mismo dinamizando la economía, convenciendo a la comunidad nacional acerca de las bondades de un producto, confeccionando ‘spots’ o ‘gingles’ publicitarios. Sin embargo, se vio forzado a hacerlo. Pactó con una promotora la entrega de su música. Y si bien supo de inmediato cómo el sistema comenzaba a doblegarlo, jamás imaginó lo que en breve sucedería. Porque en el mercado no existe una expresión de la espiritualidad; la promoción de los productos se apoya en el engaño y la mentira. Y la música destinada a tal efecto debe corresponderse con esa abominación. Cuando ello no sucede, uno de los dos es sobrepasado: la música o el producto. Es lo que aconteció con Nino. Su ‘producto’ se comenzó a distanciar progresivamente de la mercancía, la sobrepasada crecientemente en calidad. Pero el mercado era más fuerte que Nino y en un sistema de dominación siempre se impone el más fuerte. La música importada se impuso como sustituto de la suya. Por lo demás, era más barata. Las demandas por el producto que ofrecía disminuyeron nuevamente. La situación de la pareja empeoró. Aquel era el triunfo definitivo del mercado y del modelo.
En febrero de 1997, me invitó Nino a visitar su hogar para compartir con él y su mujer algunos momentos de mutua compañía y ¿por qué no decirlo? sus estrecheces y penurias económicas. Diversas circunstancias me impidieron estar con ellos en esa oportunidad. Prometí visitarlos al año siguiente, cuando volviese por estas tierras. Craso error el mío. Quienes vivimos fuera de Chile no alcanzamos a imaginar siquiera las inmensas tormentas que se agitan en el alma de los explotados de Latinoamérica. Somos, en ese sentido, tan indolentes e insensibles como lo son los directores de las empresas estatales, sus presidentes, ministros y parlamentarios. Somos tan insensibles como el Presidente de la República que jamás se preocupa de los demás y, no obstante, mantiene su buena imagen disponiendo que se contesten todas las cartas que recibe, sin dar solución a los problemas.
Febrero es el mes del Festival de Viña. Es el espacio de los festivales. Precede al mes en que comienza el otoño y tiñe las hojas de rojo. Es un mes aún exuberante. Posee un sol maravilloso que reproduce, ufano, su rostro en las ondas del Pacífico. Un sol que se multiplica a cada vaivén de las olas. Porque el astro rey también se ha asimilado a las formas del mercado. Es un sol capitalista. Acumula las monedas de oro que acuña en el yunque del mar. El aire de febrero es puro; penetra en los pulmones como una exhalación. Los remueve. Los remece. La naturaleza aún parece recrearse en cada uno de sus seres. Pero toda recreación -y todo festival es una recreación- conlleva en sí la muerte Porque cuando se renace o más bien, cuando debería renacerse y ello no sucede, casi es preferible morir.
No es extraño que Nino pudiese sobrevivir a la dictadura y le fuese imposible hacerlo respecto de la democracia. El enemigo que le había salido al paso era extremadamente cruel y arrancaba de sus propias entrañas. Era parte suya, músculo, arteria, hueso, articulación, miembro. Era hijo suyo, creación suya, como la música, la poesía, el canto. Enfrentado a aquello, no cabía sino reaccionar como el Julio César de Shakespeare que hunde el rostro en sus manos y se entrega a las estocadas que le asestan las personas en quienes depositó su confianza.
Así, en febrero de 1998 , Nino ya sabía que jamás renacería. El día 2 escribió la última nota sobre el pentagrama de su vida: apretó simplemente el disparador de su arma y, de esa manera, puso fin a su existencia. Esperó estar solo para realizar esa tarea. Finale non felice para quien buscó otros derroteros en una sociedad donde querer ser distinto era más que un delito una estupidez.
Nino no se suicidó. Apretó tan sólo el gatillo y terminó así con su vida. No lo hizo motu proprio. Actuó por ordenes superiores. Obedeció al mensaje unívoco de toda una estructura social que no perdona al díscolo ni al atrabiliario, ni al disidente o al elemento exótico. Los ‘representantes del pueblo’ pusieron fin a la vida de Nino de la misma manera que lo hicieron con las esperanzas de todo un vasto movimiento social. Porque en poco se diferencian de quienes representaron en su tiempo a la dictadura, tan separados están de las masas y de sus problemas.
“Para salvar al espíritu es necesario a menudo sacrificar el cuerpo”, escribió a su mujer, dos días antes. Y, luego de esa frase terrible, un escueto: “Cuida de mi música”.
María Eugenia lo hizo con abnegación y lealtad. Hasta septiembre de 2003, convirtió la casa que compartió con Nino en un santuario de la música y del arte. En ese inmueble, el espíritu de Nino seguía vivo en su interior. Y hasta se podía creer que resonaban aún sus pasos por el piso del salón donde, mudo, permanecía un piano. No obstante, en esa tarea de por sí sublime, María Eugenia no tuvo el apoyo de las gentes de poder. Como Nino, le costaba andar a la zaga de los políticos, tras sus pasos, como pidiendo limosna. Era difícil tratar con sujetos siempre apurados, inubicables, invisibles para el hombre de la calle, siempre respondiendo por intermedio de sus secretarias o voceros. Pensaba la viuda, que así como otros países adelantados cuidan y protegen la memoria de sus artistas, también sucedería lo mismo con la casa que compartiese con Nino sus últimos años. Fue aquel otro error. Los políticos son como Dios. Siempre tienen el teléfono ocupado o dejan un contestador automático que de solución a los problemas del sujeto sencillo, del pobre o del marginado. Ni siquiera lo hizo Juan Saavedra, Alcalde de Pedro Aguirre Cerda, el ‘Patula’, ex mirista (hoy PPD), que otrora escupiese el rostro de Robert Kennedy en la Casa del Deporte de la Universidad de Concepción. Si bien algo hizo por ella, no fue suficiente. Su contribución en el sentido de cambiar el nombre de la calle Central por el de ‘Central Nino García’ no fue hecha para salvaguardar la memoria del compositor sino para mantener su clientela electoral. Y contratar a María Eugenia en una escuela dependiente de la Municipalidad, por un sueldo de 80 mil pesos (130 dólares) resultaba casi tragicómico: solamente el arriendo que debía pagar la viuda de Nino se elevaba por sobre los cien mil pesos... La casa le fue arrebatada en septiembre del año pasado y con ella sus sueños de mantener un santuario cultural a la memoria del músico.
De los otros festivaleros, Nano Acevedo, Capri, Osvaldo Dìaz, se puede decir muy poco: el primero de ellos vendía hasta hace poco cassettes y discos en un local cercano a Mapocho, en Teatinos; Capri debió partir al exilio, al igual que lo hiciera Oscar Andrade, primero a Inglaterra y luego a Suecia. Osvaldo Díaz vive hoy en medio de graves problemas económicos y todos los proyectos que ha presentado ante los organismos gubernamentales le han sido rechazados..
¿Y los demás, los folcloristas, los cantores populares? Bueno... Eso es otra historia que podría ocupar un espacio tan extenso o quizás superior al que ha cubierto este artículo.

Santiago, febrero de 2004.
Publicado el : |2004-03-05|


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