16 jun 2012

¿BECAS Y OTROS PRIVILEGIOS O... LUCHA DE CLASES?

Manuel Acuña Asenjo - Santiago, marzo de 2007

A fines del pasado mes de febrero y comienzos del presente, se hicieron públicas ciertas aparentes irregularidades cometidas en el otorgamiento de un beneficio estatal conocido bajo el nombre de Beca ‘Presidente de la República’; las autoridades encargadas de realizar esa tarea, asignaban dichas becas a parientes e hijos suyos o de otros personeros públicos.
La denuncia de esas prácticas se originó con la publicación de un artículo escrito por el sociólogo Patricio Navia en el matutino ‘La Tercera’, de 25 de febrero de 2007, quien, luego de exponer una serie de casos de aquellos que se han dado en denominar ‘tráfico de influencias’, terminaba diciendo:
“La larga lista de la familia concertacionista que cobra sueldos en el sector público y que ha estudiado en el extranjero financiado con dineros de los impuestos de todos los chilenos subraya la creciente percepción de que la Concertación administra el Estado como un feudo familiar”.



En un régimen como el chileno, dentro del cual solamente dos grandes fuerzas políticas un grupo de ideas social demócratas denominado ‘Concertación’, y otro de corte liberal, representante ‘natural’ de los intereses del empresariado, llamado ‘Alianza’ se disputan, periódicamente el botín del estado, como era de suponerse y deseosa de obtener ventajas electorales, no vaciló esta última en plegarse a tales denuncias. Un análisis más acucioso muestra, no obstante, que su contraparte, la Concertación,, se ha ajustado con extrema fidelidad a las normas reguladoras de tales beneficios, dictados otrora por la dictadura militar.
En efecto. La beca ‘Presidente de la República’ fue instituida por el régimen militar instaurado en 1973, en virtud del decreto ley no. 3.541 de 1981, dictado a instancias del entonces ministro Miguel Kast. La idea que subyacía tras el establecimiento de dicho beneficio no era otra que preparar adecuadamente, en el extranjero, a un grupo de personas que habían de desempeñarse, en el futuro, realizando labores de gobierno. Fiel a esos postulados, establecía el decreto ley que el beneficio sólo se concedería a quienes obtuviesen los más altos puntajes en la prueba de aptitud académica (PAA), el más alto promedio de notas escolares y la más alta calificación en las Universidades del país. El referido decreto contenía un mecanismo perverso: la autoridad podría regenerarse a sí misma de modo que quienes obtuviesen ese privilegio debían, una vez cursados sus estudios, ‘devolver’ lo que el estado había invertido en ellos, trabajando en algunas de sus dependencias. La administración de esos recursos y el otorgamiento de las becas se dejó en manos de la Oficina de Planificación Nacional (ODEPLAN).
Cuando, en 1990, tomó a su cargo la Concertación el gobierno del país, no demostró mayor interés en derogar algunos de los cuerpos normativos heredados de la dictadura por estimar que podrían servirle de gran ayuda. Por eso continuaron vigentes, entre otros, los decretos relativos a las indemnizaciones que deberían otorgarse a los funcionarios públicos en caso de despido, los que regulaban el empleo de los fondos reservados del estado y las disposiciones que versaban sobre el otorgamiento de las becas '‘Presidente de la República'’. Los casos relativos a las indemnizaciones así como aquellos referidos al empleo de los fondos reservados del estado son, hoy, de sobra conocidos como para insistir al respecto; permítasenos abordar someramente el caso de las becas ‘Presidente de la República’.
Una ley dictada durante la administración del presidente Patricio Aylwin ley 18.989 transformó la Oficina de Planificación Nacional ODEPLAN en ministerio pasando esta dependencia a denominarse Ministerio de Planificación Nacional MIDEPLAN. La responsabilidad en el otorgamiento de las becas continuó siendo materia de su competencia; sin embargo, en forma específica, se entregó el otorgamiento de las mismas a un organismo llamado Agencia de Cooperación Internacional AGCI, disuelta en tiempo de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, con lo que la administración de las becas retornó al Ministerio respectivo.
La historia genuina de la instauración de las becas ‘Presidente de la República’ no permite concluir, en modo alguno, que tal privilegio fue instituido como una forma de beneficiar a los sectores más desposeídos de la sociedad chilena, como erróneamente, han sostenido algunos personeros. Por el contrario: su instalación está marcada por el inequívoco deseo de la dictadura de transformar, definitivamente la cultura de la sociedad chilena haciéndola aceptar como algo propio de la naturaleza, la necesidad de ser gobernada por una ‘elite’ de sujetos que, a sus expensas, iba a prepararse en el exterior, para retornar a Chile con la única misión de dirigirlo. Esta idea se corresponde rigurosamente con la naturaleza de la dictadura y sus instituciones, es decir, con lo que era y representaba. El país era incapaz de gobernarse a sí mismo. Necesitaba una cohorte de iluminados que pudiesen hacerlo en su lugar.
En las reflexiones corrientes se olvida, a menudo, que un régimen de excepción o dictadura jamás se instaura en beneficio de los pobres o de los marginados sino para robustecer las estructuras de dominación, amenazadas por algún desborde social. Los actos y motivaciones de las dictaduras se orientan, ineluctablemente, en un inequívoco sentido de clase. No puede, pues, suponerse en modo alguno que tengan por finalidad resolver los problemas de las grandes mayorías nacionales con la dictación de preceptos a favor de los desposeídos. No puede, pues, sostenerse con liviandad que la dictadura de Pinochet tuvo por deseo instaurar un sistema de becas con la finalidad de beneficiar a sectores de ingresos bajos o medianos cuyos hijos, por razones económicas, se encontraban impedidos de ingresar a las universidades. Afirmar aquello, más que desconocer la verdadera naturaleza de la dictadura, implica hacer ostentación de un alto grado de candidez. O evidenciar una mala intención. Es sabido que toda dictadura busca tan solo proteger las formas de dominación; por lo mismo, su interés radica en robustecer la vertical estructura de la sociedad y afianzar su carácter jerárquico, autoritario y excluyente, entregando la dirección de la misma a manos de una ‘elite’ que debe regenerarse constantemente a fin de cumplir su ‘divina’ misión de dirigir al conjunto social.
¿Podría ponerse en duda, por consiguiente, que las becas ‘Presidente de la República’, establecidas por la dictadura chilena, han tenido otra finalidad que no sea el establecimiento de una forma ‘aristocrática’ autogenerada de gobierno en el sentido etimológico de la palabra, es decir, gobierno de una clase, capaz de poner fin a la veleidad de las masas y sustituirlas por un grupo de ‘mentes lúcidas’, doctores, magisters, especialistas, diestros en sus competencias, pero incapaces de mostrar una visión global o totalizadora de la sociedad?
La Concertación no cometió error alguno al usar discrecionalmente el mecanismo de las becas, sino solamente lo hizo cuando pasó por encima de algunas normas relativas al puntaje para la obtención de las mismas. Actuó, por consiguiente, guiada por su instinto de clase. Por eso, las últimas críticas de su contraparte, la Alianza, ya morigeradas en su tono, se han centrado no en el uso y abuso de ese derecho, sino a poner en duda la calidad de las Universidades que eligieron los becados.
No tiene importancia, por tanto, el hecho que Ricardo Lagos Weber, Sergio Espejo o Laura Albornoz, ministros de la presidenta Michelle Bachelet, hayan sido agraciados con las becas; poca importancia tiene que lo hayan hecho, también, los subsecretarios Gonzalo García, Lidia Amerales y Ricardo Fábrega; ni mucho menos que hijos o familiares de Soledad Alvear, Claudio Huepe, Juan Somavía, Eduardo Frei Ruiz-Tagle (Jorge Frei Toledo y Eugenio Ortega Frei), Andrés Zaldívar (Juan Laval Zaldívar y Roberto Zaldívar Peralta), Ernesto Ottone (Ernesto Ottone Ramírez), hayan incurrido en prácticas similares Del mismo modo, resulta inútil sorprenderse por el hecho que fuesen, igualmente, agraciadas personas cuyas opiniones se vierten a diario entre los periódicos de la capital (Eugenio Tironi, Alfredo Joscelyn-Holt Letelier, entre otros) e, incluso, parecería hasta torpe criticar que el hijo del Ministro Alberto Etchegaray, Alberto Etchegaray de la Cerda, pudiese optar a una beca para aspirar a un magister en Estados Unidos sin saber inglés. Cuando se trata de construir una ‘elite’ ilustrada a cuyo cargo va a quedar el gobierno de la nación, todo vale. La utilización discrecional de becas realizada por la Concertación y, anteriormente, por la propia dictadura no es corrupción; apenas si se enmarca dentro de la implacable lucha de clases que ‘los de arriba’ han desatado al interior de la sociedad en contra de ‘los de abajo’; recuerda un poco las formas de regeneración de la jerarquía eclasiástica que existían hasta mediados del siglo pasado en donde tanto los obispos como los más altos dignatarios de la Iglesia solamente eran seleccionados dentro de las familias pudientes que podían costear sus estudios en el extranjero. Esas formas de autogeneración de la autoridad han hecho su ingreso exitosamente en la sociedad chilena de la mano de la socialdemocracia concertacionista.

Santiago, marzo de 2007
Publicado el : |2007-03-19|



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