| Manuel Acuña Asenjo .Estocolmo, agosto de 2004.
Introducción.
El viejo debate acerca de su identidad histórica se ha avivado al
interior del Partido Socialista (PS) chileno a partir de junio recién
pasado. El detonante parece haberlo sido un breve artículo escrito por
Antonio Cortés Terzi, intitulado “PS histórico y la alianza interna
MIR/MAPU” en el que denuncia una “silenciosa -y silenciada- situación
erosiva” dentro de esa colectividad, originada en el desplazamiento,
cada vez más manifiesto, del “socialismo histórico corpóreo, tangible...
de la representación del socialismo y de las esferas de poder del PS”.
Puesto que la repercusión del artículo ha sido
desproporcionada respecto de otros publicados por el mismo autor, en los
que se abordan temas tanto de interés similar como superior al de
aquel, hemos querido formular algunas precisiones sobre el particular.
Tal es el propósito del presente trabajo.
La tesis central estará orientada a demostrar, a contrario de lo que
alguien pudiese suponer, la extraordinaria identidad teórica entre los
artículos elaborados por Antonio Cortés y los de quienes, ejerciendo
oportunamente su derecho a réplica acerca del mismo, han dado a conocer
sus propias versiones.
Las tesis centrales del artículo en comento.
Sostiene Antonio Cortés en el referido artículo que, al interior del PS,
se soslaya la existencia de un conflicto “que circula con sordina y que
crea una atmósfera de desconfianza erosionante y atomizadora”. La causa
de ese conflicto parece estar radicada en un hecho simple, a saber, que
“la representación, el poder y la influencia han quedado crecientemente
en manos de actores provenientes de las corrientes político-culturales
MAPU/MIR”.
Reconoce el articulista que el comportamiento de ambas corrientes dentro
del proceso de incorporación al PS, no ha sido el mismo. En tanto la
militancia del MAPU entregó un “aporte intelectual significativo”, dice,
el MIR ha plagado sus ascensos y destinaciones con “procedimientos
conspirativos y cortesanos”. A pesar de ello -continúa- “el socialismo
histórico sabe que ninguno de los dos grupos se ha disuelto enteramente,
pero de un tiempo a esta parte se les ve más activos, osados y
desafiantes en reivindicar sus pasados”.
Hay más, no obstante, reflexiona Antonio Cortés: la configuración de
“tendencias”, la posesión de cargos de representación como la
presidencia y la vicepresidencia partidaria, el control del aparato
financiero y el manejo de los órganos de decisión como formas de
“comportamiento grupal” hace “pensar, entonces, que lo que está en
preparación es una fuerza política y un aparato orgánico que,
aprovechando una situación crítica, se apropie definitivamente del PS y
lo refunde subsumiendo o marginando al socialismo histórico”. Colocados
en ese trance, “los dirigentes socialistas históricos deberían
reaccionar, por imperativos éticos, políticos y político-intelectuales”
pues “la experiencia cultural del PS histórico es un sólido antecedente
para cualquier esfuerzo serio de reorganización y reactualización de una
cultura de izquierda con capacidad de entender el ascenso de la cultura
política derechista que muestra logros hegemónicos notables”.
La tesis central del articulista parece obvia: sólo aquellos que han
pertenecido al viejo partido socialista pueden devolver a éste su
identidad histórica y conducirlo por el verdadero socialismo.
La migración política como forma de cultura histórica.
La migración política, es decir, la transferencia o traslado de la
militancia partidaria de una colectividad a otra, es una de las tantas
formas que presenta la práctica política. Y puesto que es habitual, crea
cultura. Puede generar, sin lugar a dudas, ‘choques’ al interior de una
organización, como se sostiene en el artículo en comento; pero puede,
también, no generarlos. Y hasta puede suponerse que origine una suerte
de contagio colectivo tanto en la estructura receptora como en el (o
los) sujeto (s) recibido (s). En apoyo a esta suposición se cita el caso
de la helenización de Roma, luego de la conquista de Grecia; o de la
‘latinización’de los pueblos que invadieron el imperio romano. Las
razones de estos fenómenos son múltiples; no puede suponerse que así ha
de ocurrir cada vez que tenga lugar una invasión, una fusión de naciones
o la incorporación de un grupo a otro.
En la vida de los movimientos sociales sucede algo singular. Francesco
Alberoni nos enseña que la asunción de formas culturales innovadoras
tiene lugar solamente cuando éstas no representan peligro alguno para el
sistema o cuando es posible un drástico cambio social; el primer caso
sucede, generalmente, en democracia y el segundo, luego de una
revolución, de un estado naciente que deja de ser tal. Por eso, en uno y
otro caso, al cabo de un tiempo, esas nuevas formas culturales se
confunden con todo el sistema que existe o se ha hecho predominante, se
transforman en parte suya o se subsumen en su esencia. No debería ser
diferente en política. Sin embargo, el fenómeno revolucionario pocas
veces se da en ese ámbito, predominando más bien formas democráticas de
resolver las controversias. Así sucede, con la migración política,
fenómeno habitual en la política chilena. La historia de los partidos
atestigua esa constante: el MIR no nació sino por la confluencia de
elementos provenientes de variadas tiendas políticas, entre otras,
socialistas, comunistas, anarquistas. Y el MAPU, ¿no fue, acaso, una
escisión de la Democracia Cristiana DC que incorporó a sus filas a ex
militantes del Partido Comunista PC y a toda una colectividad, como lo
fue el Partido Comunista Bandera Roja PCBR? ¿No fue el MAPU (ex DC más
otros grupos) lo que dio origen a la Izquierda Cristiana IC? Y muchos
dirigentes de los Partidos Comunista y Socialista ¿no provenían de
tiendas políticas tales como la Democracia Cristiana, MAPU, Partido
Radical PR, en fin? ¿Qué decir, así, de la militancia del presidente
Ricardo Lagos y de los ‘históricos’ Jorge Arrate, Julio Stuardo, Víctor
Barberis, todos ellos de extracción radical?
Todo sujeto que se incorpora a otra tienda política puede destacarse
dentro de ésta; pero ello ocurre siempre y cuando sus ideas y prácticas
sociales no sean contradictorias a las del grupo dominante. Si así no
sucede y, no obstante, prevalecen, las causas se originan en una
circunstancia obvia: el grupo social al cual se incorpora ofrece desde
ya condiciones óptimas como para hacer suyas tales ideas y prácticas. En
otras palabras, existe correspondencia entre el grupo receptor y el
sujeto recibido, afirmación que no es sino una manifestación más de la
tesis según la cual es el todo quien hace a la parte y no lo contrario.
Sin embargo, en la tesis del documento a que nos hemos referido, el
fenómeno aparece interpretado al revés. Y las conclusiones no pueden ser
más sorprendentes: lo que sucede al interior del PS es la clave de lo
que sucede en el exterior. Si en el PS la pérdida de su identidad
histórica ha sido causada por la irrupción en masa de un grupo de
advenedizos (MAPU/MIR) eso debería suceder, también, en el Partido Por
la Democracia (PPD) que reúne a ex socialistas, ex mapucistas y ex
miristas). Esa alianza espuria (MAPU/MIR) debería ser lo que ha socavado
las bases teóricas de todos los socialistas de América Latina. Y de los
partidos socialistas europeos y de toda la social democracia mundial.
Porque la parte hace al todo y no el todo a la parte. Así podría
suponerse, en propiedad, que la alianza MAPU/MIR ha destruido la
identidad histórica del socialismo mundial.
Dirección vertical, organización piramidal y pertenencia de grupo.
Del artículo en comento puede deducirse que solamente una buena
dirección hace posible el verdadero socialismo. Tal conclusión parece
obvia: personas que han estado ligadas a la historia de un partido,
militantes antiguos, de probada trayectoria, capaces, son los únicos
preparados para enfrentar la tarea de llevar adelante los postulados de
una ‘cultura socialista’. A diferencia de la economía social de mercado
en donde la ‘capacidad’ (estudios ad hoc, prácticas académicas
determinadas) determina el cargo, en un verdadero ‘socialismo’ la
antigüedad en el partido debería hacerlo; es decir, el ‘escalafón
partidario’ haría el mérito.
Tal concepción es extremadamente peligrosa: implícitamente, conduce a
adorar la verticalidad del mando. Porque poco o nada importa discutir si
acaso unos u otros deben mandar; lo que resulta estremecedor es
reconocer que algunos sí no sólo estarían en condición de hacerlo sino
deberían.
Una dirección dirige: tal es su fatal misión. Cuando no lo hace se
convierte en un absurdo. Como la luz que no ilumina. Para dirigir, toda
dirección debe tener existencia previa, principio fundamental de todo
ente vivo, según nos lo recuerda Humberto Maturana; y, por consiguiente,
ha de contar con mecanismos que le permitan autogenerarse. En las
sociedades capitalistas, las direcciones se establecen de manera
autoritaria o democrática. El modelo democrático, considerado ideal por
la generalidad de los autores que se han preocupado del tema, exige un
juego permanente entre minorías y mayorías en el que se da una curiosa
paradoja: las mayorías eligen a una minoría que va a dirigir al conjunto
social. Esa minoría apoyada por la mayoría resulta electa; a su
voluntad deberá someterse no solamente la mayoría que la eligió sino la
minoría que resultó derrotada. Se trata de minorías que dirigen tanto a
mayorías ganadoras como a minorías derrotadas, por el simple hecho de
haber sido elegidas por las mayorías. La dominación de unas a otras es
parte de ese juego que, a mediados del siglo 19, llamara tanto la
atención de Karl Marx. Y es que la democracia no es sino expresión de un
sistema más de dominación como lo es el capitalista.
Una dirección que carece de poder, no dirige. En una sociedad de
dominación, ser dirección y no dirigir es una burla institucional. Toda
dirección debe, pues, estar dotada de poder; es decir, parodiando a
Poulantzas, de capacidad suficiente como para imponer la voluntad propia
por sobre las de los demás. De lo cual se deduce que ha de concentrar,
en sus manos, facultades de toda índole.
Un modelo defendido por muchos tratadistas es aquel que consagra la
elección de un grupo por otro y la consecuente delegación de facultades.
En otras palabras, se trata de elegir al grupo que va a dirigir al
conjunto social concentrándose en él la plenitud del poder. La forma
usual de describir este sistema es democracia para elegir, autoritarismo
para gobernar. Es el modelo que rige hoy en la generalidad de las
naciones: se vota por un partido para que éste decida quién o quienes
(de sus militantes) van a desempeñar los cargos y cómo lo van a hacer.
En la época que existía la Unión Soviética, este modelo era conocido
bajo el nombre de ‘centralismo democrático’.
La dirección de un partido asume, por ende, la presidencia y las
vicepresidencias, el control de las finanzas, la responsabilidad de
quiénes van a acceder a los distintos cargos de gobierno, la política de
relaciones exteriores (nacional e internacional), la preparación
teórica de la militancia, etc. Ironizando, se puede decir que una
dirigencia alcanza su máxima perfección cuando es capaz de elegir al
grupo social encargado de generarla. O, lo que es igual, cuando un
gobierno puede elegir al pueblo que gobierna. La solución es simple: el
éxito se alcanza cuando se le ofrece tan solo una de dos alternativas: o
se vota por mí o se vota por el enemigo. La alternancia es el modelo
que a este respecto ha mostrado mayor eficacia.
La dirección se presenta en su más pura expresión: se trata de una
estructura vertical dentro de la cual los de arriba disponen lo que han
de hacer los de abajo. Con su anuencia. Al menos, teóricamente. Para que
tal mecanismo alcance su nivel óptimo se requiere que todo el cuerpo
partidario se organice de manera piramidal. Los sectores numéricamente
mayoritarios conforman una base que espera las decisiones del sector
numéricamente minoritario, situado en la cúspide. El sistema éste se
encuentra sancionado en la generalidad de las naciones. Constituye la
normalidad orgánica partidaria; en Chile se encuentra, también,
sancionado por las leyes heredadas de la dictadura: el partido deviene
en copia de la administración estatal, una réplica institucionalizada
del sistema que rige al país. Por lo mismo, es notable que el debate
‘socialista’, reiniciado en junio a propósito del artículo en comento,
no se haya orientado a desvelar estas circunstancias sino se haya
focalizado en la aptitud o calidad de las personas que desempeñan los
cargos gubernamentales y partidarios. Como si entre el articulista y sus
detractores existiese un acuerdo tácito de no involucrarse en la
discusión de determinados temas. Como si los debatientes estuviesen
todos de acuerdo en exonerar de toda culpa a la estructura social.
“Digamos lo que digamos, recordad que estamos siempre de acuerdo”, reza
una antigua sentencia contenida en el “Turba philosophorum”. Acuerdos no
expresados pero siempre vigentes, convenios jamás suscritos pero
siempre respetados. Como aquellos que mantienen la cohesión de un grupo
social. Como sucede cuando advienen los períodos eleccionarios en donde
lo único que interesa es la perpetuación del sistema o su prolongación
en el tiempo y no la persona de quién o quienes van a desempeñar los
cargos a elegir; aunque se aparente lo contrario. Así, las estructuras
de dominación se mantienen vigentes, apoyadas por los mismos que
aseguran en sus discursos estar preparados para destruirlas.
No basta, sin embargo, que la ley establezca un modelo de organización
piramidal para los partidos políticos ni que algunos sectores consideren
a la dirección vertical como el más exitoso de los sistemas. Se
requiere de un componente cultural, arrancado del principio que Fritjof
Capra denominara autoafirmación. Este componente es conocido bajo el
nombre de pertenencia de grupo y consiste en el reconocimiento de algo o
alguien como propio, la identificación de una persona con aquello a lo
que pertenece o cree pertenecer.
Katz y Kahn llaman la atención acerca de la pertenencia de grupo, que
estudian a propósito de la organización empresarial: el trabajador se
identifica con la fábrica a la que vende su fuerza o capacidad de
trabajo, la siente como propia, se siente parte de ella. “Trabajo en la
ITT”, dice, con orgullo. Habla de la fábrica, viste camisetas que
ostentan su nombre, participa en eventos deportivos en representación
suya, emplea sus productos y hasta discute con los obreros de otra
empresa acerca de cuál es la mejor, si la propia o la de los otros.
Este reconocimiento no es diferente al que muestran los nacionales de
un país frente a los que sienten como extranjeros. A la nación de donde
se procede siempre se la defiende, siempre se la estima como propia.
Aunque no se posea sobre ella derecho de propiedad alguno, aunque se
viva en una formación social que brinde mayores satisfacciones que
aquella, aunque se haya debido huir de la misma y se esté impedido de
regresar. Por eso, no es del todo inexacto el empleo de la expresión
xenofobia como forma metafórica de describir la pertenencia de grupo, a
la manera hecha por algunos de los que replicaron en su oportunidad al
artículo en comento.
La pertenencia de grupo es otro de los factores que mantienen la
cohesión de un grupo humano: exacerbándose, pueden ponerse en movimiento
fuerzas sociales de magnitudes increíbles; el socialismo nacionalista
alemán o nazismo y el socialismo nacionalista italiano o fascismo fueron
expresiones desmesuradas de ese sentimiento. Pero la pertenencia de
grupo es, a la vez, expresión de la ley del mínimo esfuerzo pues evita
la elaboración del raciocinio, de preguntarse acerca de por qué se
defiende aquello que se considera como propio y cuál es la causa de
dicho sentimiento. En los partidos políticos, hace innecesaria la
elaboración de conceptos, facilita el uso de términos cotidianos
empleados por la prensa e integra al grupo social a las formas
culturales imperantes dentro de una determinada formación social. Evita,
en suma, el tedioso esfuerzo de pensar. Lo cual nos conduce a abordar
otra circunstancia.
El gran ausente del debate: el concepto de socialismo.
Cuando se pertenece a un grupo determinado, la razón de tal pertenencia,
el por qué se está allí dentro y no en otra parte, se confunde con la
existencia misma del grupo. Ya lo hemos dicho: la pertenencia evita dar
razones, hace obvias respuestas que no lo son. La explicación se
substituye por la vinculación o relación. La pertenencia deriva a acto
de fe; su argumento central es la creencia o suposición de algo o
alguien y no el raciocinio o su correspondencia con un modelo teórico.
Así como la ley se presume conocida de todos a sabiendas que no lo es,
también el socialismo no se explica a sí mismo sino se subentiende
conocido; la militancia debe saber lo que es, cuál es su diferencia con
el comunismo, aunque realmente sepa muy poco de aquello.
¿Qué es ‘socialismo’, verdaderamente? ¿Qué es lo que hace a algunos ser
más o menos ‘socialistas’? ¿Qué es lo que distingue a unos de otros? ¿La
sola pertenencia a una ‘cultura histórica’? ¿En qué consiste esa
‘cultura histórica’, para confiar en ella como la solución perfecta a
los problemas sociales?
Los orígenes del socialismo se pierden en la noche del tiempo. La
búsqueda de un sistema social más humano, fraterno y solidario no es
algo de ahora sino ha sido tema e ideario de todas las sociedades en
todos los tiempos.
Las ideas del socialismo se desarrollaron en Europa a partir de ciertas
obras precursoras, entre otras, “La ciudad de Dios” de Tomasso di
Campanella, “Utopía” de Thomas More y la otra obra “La ciudad de Dios”
de Augustinus o San Agustín. Le siguieron los trabajos cooperativistas
de Robert Owen, los estudios acerca de la democracia de Alexis de
Tocqueville, las obras de Proudhon, de Edouard Bernstein, de Michel
Bakunin y otros que dieron origen a vastos movimientos sociales.
No es nuestro ánimo hacer aquí una reseña histórica del socialismo.
Bástenos tan solo señalar un hecho significativo: hasta el advenimiento
de Karl Marx, el socialismo no pasó de ser una mera aspiración, una idea
de personas guiadas por buenos propósitos. O una simple ‘utopía’
caracterizada por su espantosa indigencia teórica en una época en que ya
investigadores como Condorcet propiciaban el uso de las matemáticas en
las ciencias sociales.
En efecto. A diferencia de la generalidad de las corrientes socialistas
existentes en esa época, las tesis de Karl Marx establecieron modelos,
relaciones, componentes, equilibrios, elementos. Aún cuando el maestro
de Tréveris y su inseparable amigo Friedrich Engels insistieron hasta la
saciedad en no ser calificados de ‘socialistas’ sino de ‘comunistas’, a
partir de los aportes teóricos de ambos, el socialismo dejó de ser una
aspiración sin fundamentos para convertirse en una posibilidad cierta,
en una cuasi realidad. No obstante, socialismo y comunismo continuaron
siendo algo distinto. Las huellas de esta discusión estuvieron presentes
en Chile y, en especial, en el partido de Allende, donde finalmente
terminaron predominando ampliamente las tesis favorables a la adopción
del modelo teórico de Karl Marx por sobre una política basada en
suposiciones, pareceres o creencias. Así, el viejo Partido Socialista no
sólo se declaró ‘marxista’ sino rechazó toda posible vinculación con la
llamada ‘Segunda Internacional’, recipiente obligado que daba cobijo a
las más disparatadas corrientes de la social democracia mundial. No hay
que olvidar algunos hechos significativos: hasta el Partido Baath de
Saddam Hussein estuvo postulando su ingreso a esa entidad; también el
Partido Demócrata de Estados Unidos, durante el gobierno de William
Clinton.
No puede desconocerse que, separado de las tesis de Karl Marx, el
socialismo es, simplemente, social democracia o socialismo democrático.
Puede, por ello, oscilar de uno a otro extremo del espectro político. Su
comportamiento, más que hacerse impredecible, se orienta en función de
aceptar al sistema capitalista como una realidad insoslayable.
Participa, por ende, en toda elección posible; se hace parte de la
región jurídico/política del modo de producción capitalista. Es parte
del sistema capitalista. Defiende la alternancia en el gobierno de la
nación (la llama ‘alternancia en el poder’ pues identifica el ‘poder’
con el gobierno de una nación) y funciona dentro de un escenario
político con actores, bufos, pícaros y comediantes. Su dirección rara
vez muestra conocer -mucho menos, dominar- la teoría. El lenguaje que
emplean es el de la prensa; el mismo que las clases dominantes desean
hagan propio las clases dominadas. Sus propuestas son variadas; sugieren
soluciones para uno u otro lado, defienden el interés de las clases
dominantes sin descuidar la protección a ciertos derechos concedidos a
los sectores dominados.
Un partido de esa naturaleza conviene, naturalmente, a quienes poco o
nulo interés muestran en el debate teórico: les hace discutir sobre
contingencias, que es lo que conocen y es actual; les hace pronunciarse
acerca de quién o quiénes van a desempeñar determinados cargos públicos.
Nunca se enfrentan en materias de principios, no emplean la teoría y se
ideologizan con extrema facilidad. Sus inspiradores no son otros que
los autores de moda. Como, en su tiempo lo fue Francis Fukuyama con El
fin de la historia y el último hombre; como lo es hoy Philip Bobbitt y
su obra El Talón de Aquiles, o cualquier otro best seller que aparezca
en el escaparate de alguna librería. Los Premios Nobel están proscritos
de todos sus debates. Se trata, en definitiva, de un partido de
funcionarios públicos o de aspirantes a serlo, en donde aquellos que
obtuvieron cargos de mayor poder doblegan al resto de la organización o,
simplemente, la ignoran cuando prima en ella lo que presumen ‘su
veleidad’. Mirado desde el punto de vista de las clases dominantes, un
partido semejante les resulta extraordinariamente conveniente: no sólo
reduce la lucha de clases a la disputa por la accesión a los empleos
estatales o las instancias partidarias sino ofrece, como
contraprestación a la ‘alternancia en el poder’, el control del
movimiento social y sindical. Por lo demás, al reproducir su
organización la verticalidad de la estructura social realiza eficazmente
el interés de los dominadores y es suficiente garantía de orden social.
Es comprensible, por ello, que no exista, en los documentos hecho
públicos hasta el momento, mención alguna al concepto ‘socialismo’.
Puede entenderse, así, que ninguno de los participantes en el debate
señalen qué se entiende por tal, cuáles son sus metas y propósitos, cuál
es su programa y cómo el partido piensa realizarlo. La discusión
parece, más bien, una representación teatral en donde todos los actores
se dicen ‘socialistas’ o se descalifican por serlo, sin alcanzar a
expresar lo que quieren decir con ello. Nos hace recordar un poco
aquellas irónicas frases de Karl Marx, en su obra El Dieciocho Brumario
de Luis Bonaparte, cuando expresa:
“Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués, como
socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma burguesa.
Era socialista construír un ferrocarril donde ya había ya un canal y
socialista defenderse con un palo cuando le atacaban a uno con la
espada”.
La ausencia del concepto ‘socialismo’ en el debate hace presumir, de
manera inequívoca, una soterrada coincidencia entre los polemistas en
orden a no tocar determinados temas que puedan resultar escabrosos. Lo
cual nos conduce a tratar otro aspecto crucial en el que sí están
manifiestamente de acuerdo.
‘Derecha’ e ‘izquierda’ como sustituto de las clases sociales.
Otro de los rasgos distintivos que hermana a los partícipes en el debate
‘socialista’ es la anuencia -tácita, por cierto- manifestada en el no
empleo de las expresiones ‘clases sociales’. En su reemplazo, los
términos ‘derecha’ e ‘izquierda’ son usados constantemente.
En el documento referido puede leerse que “la experiencia cultural del
PS histórico es un sólido antecedente para cualquier esfuerzo serio de
reorganización y reactualización de una cultura de izquierda con
capacidad de entender el ascenso de la cultura política derechista que
muestra logros hegemónicos notables”.
Antonio Cortés es una persona que ha escrito numerosos artículos. En uno
de ellos, que lleva por título “Derecha: Uso y abuso político de las
Fuerzas Armadas”, aborda un tema escabroso al denunciar el “carácter
abierto y hasta agresivo” de “dirigentes y vocerías del mundo político
del pinochetismo y de la derecha” en sus críticas a conductas y medidas
adoptadas por quien se desempeñara como Jefe del Ejército chileno,
general Ricardo Izurieta. A manera ejemplificativa, cita las palabras de
Jacqueline Pinochet, hija del dictador del mismo apellido, pronunciadas
un 8 de enero (no se indica el año); transcribe las expresiones del
diputado Iván Moreira de 18 del citado mes, y termina con las del
senador Jovino Novoa, nuevo timonel del partido Unión Demócrata
Independiente UDI, formuladas tres días después, frases todas
condenatorias a la gestión de las Fuerzas Armadas y del entonces
Comandante en Jefe. Como el documento en referencia no indica año ni
fecha de redacción, debemos tan solo suponer que fue escrito antes que
asumiera como Comandante en Jefe del Ejército chileno el general Juan
Emilio Cheyre.
Más adelante y bajo un subtítulo que reza “las Fuerzas Armadas no son
propiedad de la derecha”, sostiene Cortés que ésta “(la ‘derecha’) se
resiste a aceptar que las Fuerzas Armadas abandonen la pertenencia a su
bloque de poder” para terminar, finalmente, señalando que ha sido ese
sector (nuevamente la ‘derecha’) quien restringe el rol de aquellas en
la “concepción del Estado” a la “siempre latente emergencia de
conflictividades sociales y políticas álgidas”.
Estas expresiones no son casuales. Obedecen a una forma de entender la
política que se ha hecho carne en el socialismo cual es obviar el uso de
categorías basadas en la existencia de clases pues eso le imprime un
‘carácter marxista’ al debate. No obstante, es difícil entablar un
debate serio con personas que se bastan con el uso indiscriminado del
binomio ‘derecha e izquierda’ para definir ideas o pensamientos. A pesar
que Norberto Bobbio nos enseña que resultan útiles en determinadas
circunstancias, su empleo abusivo induce a error. Las razones abundan.
Especialmente, cuando es necesario expresar una idea con mayor precisión
y se recurre a adjetivos calificativos. En el artículo de Cortés no se
puede saber con certeza si el pinochetismo y la derecha pueden llegar a
identificarse y si Renovación Nacional RN, organización que no menciona,
es ‘de derecha’ o no; del artículo pareciera desprenderse que sólo la
UDI ostentaría esa calidad. Es difícil saber si empleó la expresión en
un sentido restringido; si así fuese, en un sentido amplio ‘derecha’
incluiría al pinochetismo, a la UDI y a RN.
El problema más serio que presenta el uso de esta clase de categorías
‘comodines’ es su inutilidad frente a conceptos serios como lo es el de
‘bloque en el poder’. No permite desde ya determinar la clase o fracción
de clase dominante que hegemoniza al conjunto de compradores de fuerza o
capacidad de trabajo y que, por lo mismo, conduce al conjunto social.
Por ende, con tales términos tampoco es posible hacer un exhaustivo
análisis acerca del estado y de sus instituciones. Recurrir a los
clásicos, en ese empeño, más que una idea brillante es un imperativo.
Pero ¿cómo hacerlo, en Chile, país con un gobierno socialista, en donde
no solamente se soslaya el empleo de la palabra ‘clases’ sino los
teóricos socialistas se avergüenzan de su uso? Y, sin embargo, es
aquello un contrasentido pues los empresarios sí que emplean tales
expresiones y tienen plena conciencia de la existencia de las clases
sociales. Quienes tuvimos la suerte de desempeñarnos en algunas de las
empresas transnacionales europeas fuimos, frecuentemente impelidos a
luchar por pertenecer a lo que se conoce como ‘clase mundial’ (‘world
class), estamento social que vende su fuerza o capacidad de trabajo a
los sectores más dinámicos del capitalismo internacional. ¿Necesitamos
recordar a los participantes en el debate ‘socialista’ chileno que la
categoría ‘fuerza de trabajo’, incorporada al léxico mundial por el
maestro de Tréveris, se emplea constantemente en la industria sueca
(‘arbetskraft’), en la industria alemana (‘arbeitkraft’), en la
industria francesa y en la inglesa y norteamericana (‘labourforce’ o
‘labourcraft’; se dice, también ‘workcraft’), pero no en los análisis de
los panelistas?
Puede suponerse que una de las razones de este ‘olvido’ sea cuestión de
conveniencia: recurrir a las categorías que nos legaran los clásicos
implicaría reconocer la existencia de clases sociales no sólo dentro de
la sociedad chilena sino en el seno mismo de los partidos de la
coalición gobernante; en otras palabras, descubrir al interior de los
‘partidos populares’ a un grupo de compradores de fuerza o capacidad de
trabajo y a una nueva y dinámica fracción de la burguesía criolla,
desarrollándose con rapidez al amparo de las instituciones estatales. O
que la equidad social consista en fomentar la existencia de millonarios
tanto ‘de izquierda’ como ‘de derecha’.
La ‘derecha’ identificada en la UDI.
Los inconvenientes que presenta el uso reiterado de los vocablos
‘derecha’ e ‘izquierda’ como sustitutos de ‘clases sociales’ queda, una
vez más, de manifiesto en el documento de Antonio Cortés “Derecha: Uso y
Abuso político de las Fuerzas Armadas” cuando identifica a la ‘derecha’
con la UDI, como se verá, de inmediato. Este error no lo comete tan
solo el referido autor. Es un riesgo que está presente en todos los que
emplean semejantes categorías.
En efecto. Una nueva composición de clases se ha consolidado al interior
de la formación social chilena en estos catorce años de Concertación;
grandes consorcios económicos han protagonizado quiebras, fusiones,
compras de activos, divisiones, y un nuevo espectro de compradores de
fuerza o capacidad de trabajo ha reemplazado o robustecido a aquellos
que se organizaron bajo el amparo de la dictadura. A la manera que se
hiciese en otras naciones, también la sociedad chilena ha ido
‘fabricando’ pacientemente al amparo de las instituciones y empresas
públicas una nueva fracción de la burguesía nacida, parte del desarrollo
de la propia burocracia estatal, parte gracias a los contratos que
ciertos empresarios particulares firman con instituciones del estado. En
términos vulgares, este fenómeno se denomina ‘negociados’, pero no
estamos aquí hablando en esa jerga sino procurando hacer teoría.
La generalidad de los grandes consorcios que existen en Chile pertenecen
al gran capital transnacional o extranjero que mantiene fuertes
vínculos con el gobierno: ENERSIS, Ferrocarril Metropolitano de Santiago
o METRO (y, muy pronto, el que se inaugurará en Valparaíso), AGUAS
ANDINAS, TELEFÓNICA, consorcios carreteros, Ferrocarriles del Estado (en
acelerado proceso de venta a los Ferrocarriles españoles), la banca
(española, norteamericana, europea), etc.. Hay, no obstante, grupos
económicos criollos poderosísimos cuyos propietarios mantienen fuertes
vínculos con partidos tales como RN, UDI, DC, PR, PS y PPD.
Curiosamente, la UDI es uno de los partidos, al parecer, con menor
participación dentro del reparto en propiedad de la riqueza nacional. Es
verdad que se encuentra estrechamente vinculada al grupo de Ricardo
Claro y que algunas informaciones la asocian a los grupos Sahie y
Yurasek. También es cierto que está relacionada con el grupo La Tercera,
con algunas Isapres y AFP, con INDISA y, últimamente, a través de la
Universidad Andrés Bello, ha obtenido acceso a un canal de TV. Pero no
por ello alcanza la notoriedad y fuerza de las otras organizaciones
políticas que se disputan la representatividad de los compradores de
fuerza o capacidad de trabajo. La UDI tambien representa a éstos, sin
lugar a dudas; pero lo hace respecto a un sector minoritario.
Fundamentalmente, su fuerza es gremial y moral, pues busca transformarse
en la conciencia del empresariado. Constituye uno de los sectores más
ideologizados del espectro político chileno. Gran parte de su militancia
pertenece al estrato de los llamados ´profesionales’ (abogados,
ingenieros, médicos, economistas) que Nikos Poulantzas denomina
‘intelectuales patentados’. Son vendedores de fuerza de trabajo con
patrones múltiples. Cuando se organizan en calidad de empresa se
convierten en compradores de esa mercancía presentándose como ‘clase’..
La militancia de la UDI también abarca, no obstante, elementos de
extracción proletaria. Cordero, su más preclaro ideólogo, gran amigo de
Jaime Guzmán, es uno de ellos.Y sería un disparate de magnitudes
asegurar que Pablo Longueira o Jovino Novoa pertenecen a la gran
burguesía chilena: apenas son el prototipo del funcionario medio o
profesional chileno con sueños de grandeza y muchas aspiraciones. La
generalidad de su dirigencia con raíces vascas (en Chile se conoce a
aquella como ‘aristocracia’; en España se les persigue como
‘terroristas’ de la ETA), entre otros Jaime Guzmán y Hernán Larraín, o
emparentados con viejas familias santiaguinas (Sergio Fernández) está
constituida por personas que, perteneciendo a la clase media, se
encontraban en acelerado proceso de empobrecimiento y cuya brusca caída
frenó el ascenso de la dictadura; no hay que olvidar que éste último,
actualmente senador de la República, se desempeñaba como humilde abogado
de la Caja Bancaria de Pensiones cuando esa institución era
administrada en conjunto por la banca particular y sus trabajadores. La
adscripción al aparato estatal permitió recuperar a esos sujetos el
prestigio que perdían de manera sostenida y constituyen un caso que se
emparenta al de la actual burocracia estatal concertacionista.
Una conclusión que puede extraerse de lo dicho es que el llamado
‘pinochetismo’ no es un fenómeno exclusivamente UDI, como parece
desprenderse del artículo en comento. Aún cuando algunos de sus
integrantes se presenten como tales, el ‘pinochetismo’ constituye una
realidad al margen de esa colectividad.. Sectores mayoritarios dentro de
ella, liderados por Joaquín Lavín han buscado permanentemente
desligarse de todo posible vínculo o relación con el antiguo régimen
militar confirmándose, de esta manera y una vez más, las tesis de los
clásicos en el sentido que también en los partidos políticos se producen
fuertes contradicciones de clase. Es probable que, en este aspecto,
tengan relevancia ciertos aspectos históricos, vinculados a las
experiencias generacionales: el grueso de la dirigencia y militancia de
la UDI eran adolescentes en septiembre de 1973.
El estado y las Fuerzas Armadas.
Antonio Cortés tiene un concepto respecto al estado y las Fuerzas
Armadas que no difiere del que sustenta la dirigencia del PS; tampoco
difieren en las causas que originan dicha concepción. Es necesario
referirse a esa temática. Nos hace, con ello, retroceder en el tiempo
para releer la obra de ese profesor radical que fuese Mario Bernaschina
González, pasar revista a las diferentes concepciones de ‘estado’ (León
Duguit, Hans Kelsen, entre otros) y recordar las clases de Sergio Galaz y
Mario Cerda en la Facultad de Derecho de la Universidad de Concepción
donde se nos enseñara que el estado debía definirse como ‘la nación
jurídicamente organizada’. Los estudios de Max Weber, los aportes de
Ralph Milliband y, fundamentalmente, la obra de Nikos Poulantzas, todo
aquello, nos hizo entender que las anteriores definiciones eran
extremadamente insuficientes. Más, aún, luego de leer a Bob Jessop
(‘State theory’), distinguido discípulo del malogrado investigador
greco-francés.
Los clásicos habían advertido ya acerca del peligro que entrañaba
aceptar una concepción instrumental del estado. Porque dicha estructura
es la piedra angular de toda sociedad de dominación: nace o se origina
al imponerse la fuerza física sobre el conjunto social. Emerge, por
consiguiente, con la noción de Fuerzas Armadas. El proto estado que
antes existía, deviene en estado. Las armas que estaban en manos de
particulares se recogen por los institutos militares, la sociedad se
desarma y, en su lugar, se establece el monopolio de la violencia en
manos de ese ente abstracto que es el estado. Digámoslo de otro modo: la
violencia se institucionaliza, forma parte de la organización social,
se convierte en regla; el ejercicio de la fuerza sobre la comunidad se
establece como garante del orden social. El arma se transforma en una
suerte de factor de cohesión de la colectividad humana y su función, la
defensa de un eventual enemigo externo, se extiende hasta aplicar la
sanción correspondiente a la conducta díscola del protestante: el
enemigo se descubre dentro de la sociedad. Una clase o fracción de clase
dominante se organiza para los efectos de su dominación; el estado hace
la aparición del brazo de las Fuerzas Armadas. Se entiende, de esta
manera, que los clásicos hayan definido al estado como la organización
social mediada por la fuerza o, más directamente, la organización social
que posee fuerzas armadas. Así, podemos concluir que fueron los
ejércitos y las formas de defensa adoptadas por determinados grupos
sociales para proteger sus pertenencias lo que creó y organizó al estado
y no ‘el pueblo’, como parecen creerlo nuestros socialistas. En los
países europeos basta observar a los monarcas vestidos con los uniformes
de las fuerzas armadas para entender la profunda vinculación entre el
poder militar y el estado, la estricta y sumisa subordinación de aquel a
la autoridad de los reyes o de las reinas. Por lo demás, así también
lo destacan ciertos antropólogos -entre otros, Marvin Harris- para
quienes el orígen del estado se encuentra en la aplicación irrestricta
de la violencia institucionalizada sobre el resto de la población. Tal
estructura, indica en su obra ‘Nuestra especie’, no es sino una “forma
de organización política depredadora, nacida, alimentada y difundida por
la fuerza” y, agrega, sobre el particular:
“Las jefaturas avanzadas y los estados incipientes documentados por la
etnografía y la arqueología deben contarse entre las sociedades más
violentas que jamás hayan existido”.
En consecuencia, no puede sostenerse con propiedad que el estado sea un
instrumento al servicio de quien lo usa, como lo es un automóvil, un
edificio o una herramienta. Estado y Fuerzas Armadas constituyen, por
definición, una sola y única entidad. No son entes neutros sino
estructuras de dominación o, lo que es igual, estructuras de clase. Por
lo mismo, constituye un error de proporciones asegurar que un partido,
una organización o una persona cualquiera pueda ‘apropiarse’ de las
Fuerzas Armadas o del estado y ‘usarlos’ en su provecho. El estado es la
organización que se da la clase o fracción de clase dominante para los
efectos de su dominación, como ya se ha dicho. Que, en determinadas
circunstancias, aparente actuar de modo diferente no se debe sino al
ejercicio de las facultades que posee dentro de lo que Poulantzas
denomina ‘autonomía relativa’. Pero ello sucede excepcionalmente; y
cuando se afirma que las excepciones toman el lugar de una regla general
se está sosteniendo una falacia. Las razones por las cuales se recurre
al uso de esta impropiedad derivan, por regla general, del miedo al
golpe de estado.
El miedo al golpe de estado.
No es acertado sostener, en consecuencia, que la ‘derecha’ se pueda
‘apropiar’ de las Fuerzas Armadas o del estado. Si se entiende por
‘derecha’ al conjunto de las clases dominantes organizadas para dominar,
las Fuerzas Armadas son aquellas como también lo es el estado. Pero se
trata de clases, no de partidos. Porque las unas actúan en la realidad;
los otros, en la escena política.
Sucede, sin embargo, que el sistema imperante oculta las contradicciones
de clase y busca resolverlas en el plano jurídico/político en forma tal
de no amenazar su propia existencia; cuando ello no es posible, recurre
al golpe de estado.
Quienes participan de la política y desarrollan sus aptitudes tan sólo
en aquel plano, que es el de la escena política, pocas veces descubren
lo que se oculta tras cada representación y piensan que si la historia
la hacen las personalidades, también a ellas les compete decidir cuándo
van o no a intentar un golpe de estado. Tremendo error. Los golpes de
estado no son posibles sin una previa acumulación de circunstancias, a
la manera que sucede en las catástrofes del matemático francés René
Thom. Los cambios sociales -y los golpes de estado, como formas de
ajustar el rumbo que acusa una formación social a los requerimientos del
sistema capitalista mundial- son posibles cuando un sinfín de hechos
adquieren tal presencia que hacen inminente una acción en contra para
conjurarlos.
Queremos insistir en este hecho: no son las maniobras de uno a más
sectores interesados en provocar conflictos o divisiones al interior de
las Fuerzas Armadas o de éstas con el gobierno (y el consiguiente
exterminio de los sectores más lúcidos del proletariado) lo que
posibilita los golpes de estado, sino la paciente y sostenida
acumulación de circunstancias en contra de determinado proyecto
político. La eventualidad de un golpe de estado -que es, al parecer, el
temor que asiste al articulista- o, lo que es igual, el establecimiento
de un gobierno de excepción, no se hace inminente por la sola aparición
de un sector de sujetos disconformes o por la voluntad de un grupo de
conspiradores sino como culminación de una intensa, sostenida y exitosa
lucha de clases de los sectores más reaccionarios de la sociedad en
contra de los desposeídos, organizados y amenazantes, a objeto de seguir
dominando al conjunto social. Pero, como ya se ha sugerido, también se
consuma para posibilitar el acomodo de determinada formación social a
los requerimientos siempre actuales del sistema capitalista mundial.
Los temores de Antonio Cortés son ampliamente compartidos por el Sr.
Presidente del PS. En efecto: sus expresiones fueron extremadamente
claras al respecto durante la visita que realizara a fines del pasado
año (2003) a la ciudad de Estocolmo. Permitieron que pudiésemos
responderle a través de un documento intitulado “Alexitimia”, publicado
en estas mismas páginas a poco de realizado aquel encuentro. No vamos a
insistir sobre el particular. Los temores hermanan a los panelistas,
hermanan a los dirigentes y a la militancia; y con temor no se debate,
no se dirige a un partido ni se gobierna a un país.
Posibilidad de un golpe de estado en Chile.
Sostiene Nikos Poulantzas que es función primordial de todo estado
organizar políticamente a las clases dominantes y desorganizar
políticamente a las clases dominadas. Cuando esa función deja de
cumplirse -y las circunstancias que han dado testimonio de ello se han
acumulado pacientemente-, no se realiza ya el interés de la organización
social: el golpe de estado se hace, entonces, inminente. No antes. Lo
cual conduce a una conclusión previa: la necesidad de analizar las
políticas llevadas a cabo por el régimen imperante. Porque es bueno
recordar, una vez más, que los golpes de estado, a pesar de su
denominación, jamás son dirigidos contra el estado mismo sino contra su
gobierno de turno; insistimos, estas medidas tienen por objeto preservar
la continuación en el tiempo de la estructura social de acuerdo a la
idea que se tuvo en vista al concebirla. Son las políticas
gubernamentales lo que determina la posibilidad de establecer o no un
gobierno de excepción.
En aquellas formaciones sociales donde las medidas de gobierno favorecen
ampliamente los intereses del sector de los compradores de fuerza o
capacidad de trabajo, las posibilidades de un golpe de estado se reducen
a niveles mínimos, haciéndose prácticamente imposibles. Una asonada
militar, en tales condiciones, solamente acarrearía inestabilidad para
la nación: las condiciones dadas para la acumulación capitalista se
resentirían ostensiblemente, el mercado se tornaría inseguro, los
inversionistas vacilarían en adquirir valores, los capitales comenzarían
a huir del país y el establecimiento de un gobierno de excepción
únicamente contribuiría a facilitar la emergencia de la tan temida
‘época de revolución social’. La pregunta es, entonces: ¿podría eso
suceder en Chile?
Una respuesta aproximada debería, al menos dar contestación a otros
interrogantes, a saber: durante el gobierno -o los gobiernos- de la
Concertación ¿se ha impedido en algún momento la acumulación
capitalista? El patrimonio de toda la comunidad nacional, con sus ríos y
afluentes, con sus minerales, sus playas y sus bosques, ¿ha dejado de
ser entregado en propiedad a manos privadas, inversionistas extranjeros y
criollos? ¿Se ha puesto límite alguno a la organización de consorcios,
al libre flujo de capitales o se ha gravado con mayores tasas
impositivas a las ganancias de las grandes empresas o las remuneraciones
altas? ¿Se han elevado ostensiblemente los ingresos de las clases
desposeídas? ¿Acaso se ha fomentado la organización de éstas en forma
autónoma y contradictoria con el estado, para que, en un futuro próximo,
desarrollen y ejerzan su propio poder? Coincidiendo en el hecho que el
gasto social ha aumentado notablemente ¿qué porcentaje de ese gasto ha
ido a parar directamente al bolsillo de los pobres y cuánto a ampliar la
burocracia estatal? Las brechas sociales, es decir, las diferencias de
remuneraciones entre pobres y ricos, ¿han disminuido o se han
acrecentado? Los trabajadores ¿conservan la propiedad del empleo o se
les obliga a saltar -como los electrones- de un empleo a otro, de la
cesantía al empleo, del empleo a la cesantía, sin protección legal
alguna, sin respeto a sus derechos como seres humanos? ¿Se han devuelto a
los trabajadores sus Cajas de Previsión, expropiadas por la dictadura?
¿Gozan los chilenos de atención médica gratuita o de la asistencia de un
médico por cada 25 habitantes como sucede en la ‘atrasada’ Cuba?
Entonces, ¿a qué temer un golpe de estado con una política tan generosa
hacia las clases dominantes y tan mezquina hacia las clases dominadas?
Terminemos diciendo aquí que es comprensible la redacción de artículos
en donde se denuncie permanentemente la posibilidad de eventuales
complots. Que es comprensible, además, el temor a la gestación de un
nuevo golpe de estado. Cuando se navega en las inciertas aguas de la
política -región del modo de producción capitalista- la representación
escénica se presenta como realidad y ésta como fantasía. Los partidos
sustituyen a las clases sociales y éstas desaparecen, tragadas por
terminologías periodísticas. Desnudar lo que sucede en el mundo real, no
en el ficticio, es lo que caracteriza a un buen debate.
“¿Qué se fizo el rey Don Juan? Los infantes de Aragón, ¿qué se fizieron? ¿Qué fue de tanto varón?...”
Todo proceso de incorporación comienza, inevitablemente, con una fase de
asimilación; el nuevo elemento, el advenedizo, ha de identificarse con
aquello a lo cual se integra. A quienes nos ha correspondido continuar
la vida en formaciones sociales extrañas a nuestra idiosincrasia sabemos
lo que eso significa: la asimilación comienza con la adopción de un
nuevo lenguaje. El conquistador termina siendo conquistado.
El proceso de incorporación política de ex mapucistas y ex miristas al
PS no siguió cánones similares. Fue, por el contrario, la culminación de
una serie de encuentros en los cuales las ideas que hoy detenta dicha
colectividad fueron puliéndose, ajustándose, una a otras, en forma
sucesiva. Ese cambio comenzó a poco de consumado el golpe militar que
derribó al Gobierno Popular. Fue un cambio doble: hacia el interior de
las propias organizaciones populares y hacia el exterior de las mismas.
Se hizo presente, en primer lugar, como un sentimiento de culpa por
parte de los derrotados, de creer que sólo la Unidad Popular era quien
debía responder de todo lo sucedido. Luego, hicieron su aparición otros
factores, entre ellos, el ‘descubrimiento’ de los logros alcanzados por
los socialistas europeos, la fortaleza de los estados de bienestar
extendidos por todo el continente, las nuevas tesis socialistas que
comenzaban a circular en Europa como alternativa al llamado ‘socialismo
real’, los contactos con los líderes europeos y sus promesas de ayuda en
caso de recuperarse la democracia en Chile y ¿por qué no decirlo? el
desprestigio creciente de ese ‘socialismo real’ ocasionado tanto por la
inviabilidad de un modelo económico incapaz de competir con las fuerzas
productivas desatadas por un capitalismo ya transnacionalizado como por
las acciones torpes de sus dirigentes y la sostenida campaña de
difamación de los gobiernos occidentales, mantenida por décadas.
Las discusiones se multiplicaron, se tornaron vehementes, casi
agresivas, los ataques no hacia las ideas sino a las personas
reemplazaron al debate; simultáneamente, las organizaciones políticas
comenzaron un proceso de atomización. A pesar de insistirse
majaderamente que la dirección de los partidos ‘estaba en el interior’,
era el exterior, el exilio, quien decidía. Los flujos dinerarios hacia
determinados grupos sociales se interrumpieron, orientándose hacia el
elemento dócil. Quien tenía el control de las ayudas provenientes de la
solidaridad internacional tenía el poder político. Quien tenía contactos
con la socialdemocracia europea tenía poder. Y esos contactos estaban
en manos de la dirigencia de los partidos políticos en el exilio. Los
mismos que empezaban a reunirse y a discutir ‘en nombre del pueblo’ la
nueva línea de la ‘izquierda chilena’.
Los acuerdos de Ariccia sellaron uno de los compromisos más sólidos de
esa época y los socialistas históricos no estuvieron ajenos a ello. Los
partidos contaban con líderes carismáticos, capaces de arrastrar a las
masas con su sola presencia, y eran, aún, organizaciones piramidales
fuertemente jerarquizadas. Los partidos sentían representar al ‘pueblo’ y
sus representantes eran los líderes del ‘pueblo’. Una conclusión simple
que arrancaba de las premisas de ese silogismo mal parido. En ejercicio
de esa calidad, decidían por sí y ante sí lo que había de convenir a la
sociedad chilena pues eran -y continúan siéndolo- sujetos autoritarios
en dos aspectos cruciales: mandaban a la vez que obedecían. En verdad,
todo autoritarismo posee ese doble carácter que Erich Fromm destaca en
forma reiterada.
La mecánica de la naturaleza es la repetición. Si en los sistemas es el
todo quien hace a la parte y no lo contrario, por repetición así también
sucede en los sistemas sociales. La parte ha de someterse a la majestad
del todo; la disidencia se perdona únicamente cuando no amenaza la
existencia del cuerpo social. No así cuando lo hace. El exilio, la
muerte, la prisión, la exoneración que sufrieron los partidarios de la
Unidad Popular a manos de la dictadura no fue casual: las organizaciones
sociales, como organismos que son, se operan de sus excrecencias.
También lo hacen las organizaciones políticas por repetición de lo que
hacen sus mayores..
Socialistas históricos marginaron a socialistas históricos disidentes;
mapucistas con poder marginaron a mapucistas sin poder. La marginación
o, en su caso, la sumisión del díscolo, fue el arma más socorrida dentro
de las organizaciones políticas en el exilio; por repetición, también
ese fenómeno se produjo al interior. La clave fue la asfixia económica
del disidente. O del que se presumía como tal. O del que nada se sabía:
se le sancionaba por omisión Así, por obra y gracia de quienes habían
jurado abolirlo, el sistema capitalista ganaba sus primeras batallas en
el seno de las propias organizaciones populares.
De esa manera, desaparecieron no sólo de la vida política sino
físicamente grandes figuras. Pedro Vuskovic fue marginado por sus
propios compañeros; también Jorge Barría, el primer historiador de la
clase obrera. ¿Y qué decir de Carlos Matus, Ministro de Economía del
Gobierno Popular, que dedicara su vida al estudio de la estrategia? Sus
libros son consultados permanentemente por el presidente de Venezuela
Hugo Chávez , en especial, respecto al uso de los llamados ‘cinturones
del gobierno’. Carlos Matus, dos años antes de fallecer había ofrecido
hacer clases gratuitas de estrategia a la militancia del PS. El escaso
interés demostrado ante el ofrecimiento terminó con ese proyecto.
¿Se requiere, aún, hablar de la militancia proscrita del MAPU para
reforzar esta idea de la marginación selectiva? No nos parece. Ya hemos
hecho esto en otros trabajos.
“Dicebamus externa die”...
Las causas del comportamiento actual de las colectividades políticas
pueden encontrarse en hechos que sucedieron hace más de 25 años. Ya nos
hemos referido a algunas de ellas, entre otras, a la forma de
organización de las mismas, las presiones internacionales, la
conveniencia, la debilidad teórica, los requerimientos del socialismo
internacional y, por supuesto, el carácter social de su militancia y, en
especial, de su dirigencia. Entre muchas más.
El carácter social es un concepto que, lamentablemente, poco se emplea
en los análisis de las organizaciones sociales. Y, no obstante, es el
gran aporte que nos legara Erich Fromm. Un debate que no tome en
consideración los aspectos psicológicos de quienes dirigen grupos
sociales jerarquizados es, a no dudarlo, desoladoramente pobre. Porque
el carácter social -al igual que el carácter individual- nos entrega las
claves del comportamiento humano. Nos introduce en el estudio de la
etología, ciencia que inaugurara Konrad Lorenz en sus trabajos sobre los
animales y que hoy, con los avances tecnológicos, se emplea en el ser
humano. Es la teoría del comportamiento. Nos informa por qué algunas
personas actúan de un modo determinado y no de otro. Nos da cuenta de
cuál es la razón de esa conducta, de cómo preverla, de cómo enfrentarla.
Una teoría explica, no enjuicia. Y, sin embargo, sus explicaciones
suelen ser más condenatorias que un juicio mismo. Es el poder de quien
emplea el raciocinio frente al que confía de la creencia, de la fe o de
la suposición, soportes que mantienen el ámbito jurídico/político del
modo de producción capitalista. La ciencia ha hecho notables avances
sobre el particular. Es casi imposible hoy hablar sobre organizaciones
sociales sin tomar en cuenta los aportes de la biología, de la física,
de la química, a las ciencias sociales tales como la historia, la
sociología o el derecho. No insistiremos al respecto: nos hemos referido
a ello latamente en nuestro trabajo destinado a honrar la memoria de
Rodrigo Ambrosio.
Es ingenuo, por ende, tan solo suponer siquiera que el PS, merced a un
simple cambio de dirección, va a retomar sus viejos estandartes para
decir a su militancia como otrora lo hiciera el ilustre salmantino ante
las aulas, de cuya labor docente se encontraba castigado hacía más de 20
años:
“Dicebamus externa die” (“Como decíamos ayer”).
El retorno al socialismo de la Unidad Popular pasa por un exhaustivo
debate teórico que no se realiza aún en el partido de Allende. Y costará
mucho que ello se haga en el futuro.
Este no es el primer debate que se realiza en el PS. Tampoco será el
último. Menos, aún, el definitivo. Antes que eso ocurra, deberán
derrumbarse las columnas en que se asientan sus creencias, su respeto a
los valores, su autoritarismo, el deseo de figurar de su dirigencia
(“narcisismo”), su vocación de dominar, en fin. El debate iniciado a
propósito de la incorporación de la ex militancia MAPU/MIR es
desoladoramente pobre. No coloca en buen pie tanto al que lo iniciara
como a quienes le han replicado; menos a los que rehuyeron la discusión.
Más bien, los hermana en su indigencia teórica. Y Jürgen Habermas,
Hannah Arendt y otros, en poco ayudan cuando la base intelectual de
quienes recurren a ellos es tan extremadamente débil. O tan cargada de
prejuicios e ideas pre concebidas.
Después de leer la enorme cantidad de literatura aparecida a propósito
de uno solo de los artículos de Antonio Cortés queda la penosa impresión
que estos 14 años de Concertación de poco han servido para el
desarrollo teórico de la gran familia socialista.
Este artículo ha sido escrito en Valencia, al pie de cuyas murallas
librara Ruy (Rodrigo, para los castellanos) Díaz de Vivar su última
batalla contra los árabes. El Cid no sólo mantiene viva la esperanza de
poder ganar combates al ‘sectarismo’ aún después de muerto, como bien lo
recordara Rodrigo Ambrosio en cierta oportunidad, sino representa la
lealtad, la firmeza de convicciones, la honestidad en la defensa de los
propios ideales, valores que se encuentran vinculados más bien a la
evolución de la cooperación más que al desarrollo de la competencia.
Constituyen parte del alma de la cultura española; son parte, por ende,
del alma de la cultura chilena. Son parte del alma de la cultura
universal. A quienes amamos la literatura nos hace evocar expresiones y
decires. No por otro motivo hemos empleado algunas citas de Jorge
Manrique y Fray Luis de León para ilustrar el contenido de los últimos
acápites o párrafos. No por otro motivo hemos recurrido a una vieja
expresión que, en definitiva, ha dado el título a este documento.
Expresa nuestra opinión frente a este debate ‘socialista’, donde más que
contradicciones entre los diferentes sectores del socialismo chileno,
pareciera existir -en todos ellos- una coincidencia sorprendente en
orden a acallar las cuestiones principales a tratar. ¿Constituiría,
entonces, un desatino y una provocación exclamar, como lo hiciesen en
épocas pasadas y en circunstancias similares, los viejos habitantes de
esta península:
“¡Átenme estas moscas por el rabo!”?
Valencia, julio de 2004.
Observaciones finales.
Este artículo se redactó teniendo a la vista los siguientes documentos:
Contador, Darío: “PS Histórico”…
Samuel, Juan: “Carta de un socialista histórico”.
Aguila, Ernesto: “PS: Identidad, Tradición y Proyecto”.
Garretón, Oscar G.: “Sellos, componentes y desafíos del PS”.
Martner, Gonzalo: “¿Alianza MIR-MAPU en el PS?”.
Merino, Cecilia: “¿Xenofobia en el PS?”
Cortés Terzi, Antonio: “Derecha: Uso y Abuso Político de las Fuerzas Armadas”.
Cortés Terzi, Antonio: “Gonzalo Martner: ¿Hacia la ‘tontonización’ del PS?”
Cortés Terzi, Antonio: “PS histórico y la alianza interna MIR-Mapu”.
Cortés terzi, Antonio: “El socialismo: una cultura en crisis”.
Pizarro, Roberto: “El verdadero poder en el Partido Socialista” (A propósito de la polémica de Cortés Terzi).
Pizarro, Roberto: “Desigualdad: el verdadero riesgo país”.
Escobar, Santiago: “En búsqueda del socialismo puro”.
Gutiérrez Soto, Juan: “Socialistas”.
Fuentealba, Juan y Olea Francisco:”El socialismo reflexivo: Algunas hipótesis”
Rojas, Eduardo: “El PS y el aprendizaje de la historia”.
Barberis, Víctor: “El odontólogo Cortés Terzi”.
Waissbluth, Mario: “Un elefante lamado progresismo”.
Agradezco a mi buen amigo Pedro Gaete los documentos que me enviara
acerca del debate socialista; sirvieron mucho para la redacción de este
artículo. Agradezco sus observaciones acerca del poderío económico de
los sectores vinculados a la UDI; me he apresurado a incorporar dichas
observaciones al texto. Aunque, basándose en informaciones de María
Olivia Monckeberg, de Patricio Rozas y de otros que han investigado la
fortaleza económica de la UDI, sostiene que esa organización es la más
importante de ‘la derecha’, la discusión tiene escasa relevancia para
estos efectos. Dos circunstancias la hacen por entero inútil. Es la
primera, una derivada de la metodología: su mención en el artículo se ha
hecho única y exclusivamente en relación al intento de Antonio Cortés
de identificarla con ‘la derecha’. Que sea o no la más importante
representación (natural o formal) del capital en modo alguno significa
que, fuera de ella, no existan otros sectores qye también lo sean y
quienes, no siéndolo, busquen afanosamente adquirir tal calidad. La
segunda deriva de ciertas consideraciones de carácter teórico: si el
gobierno estuviese en manos de la Concertación, las fuerzas armadas
siguiesen intactas y el estado mantuviese su cohesión, funcionando
normalmente todas sus instancias como sucede en la actualidad, poca
relevancia tendría que todo el empresariado chileno y el de extranjeros
avecindados en Chile (incluyendo a los españoles) decidiese militar en
la UDI o vincularse a tal organización. La representación no implica
identificación de clase. Por el contrario: significa, simplemente, que
la representación política de la clase de los compradores de fuerza o
capacidad de trabajo, de manos de sus representantes naturales o
formales (la UDI o quienquiera que fuese) ha pasado a manos de sus
representantes informales (la Concertación). El error estriba en el
hecho simple de seguir identificando la escena política con el bloque en
el poder y, por ende, los partidos políticos con las clases sociales.
Volveremos en otra oportunidad sobre este tópico.
Agradezco, del mismo modo, a ese otro gran amigo que es Carlos Lagos sus
comentarios al documento, me han permitido corregir algunos de los
errores involuntarios en que incurre frecuentemente quien, por razones
derivadas del domicilio en una formación social extraña, se encuentra un
tanto desvinculado del acontecer nacional. También tales comentarios
-juiciosos, por cierto- fueron incorporados al texto.
No se formularon críticas ni observaciones a los artículos anotados más
arriba por razones obvias: la generalidad de ellos son dramáticamente
contingentes y presentan una desoladora indigencia teórica. Abundan
descalificaciones, afirmaciones temerarias y actitudes arrogantes; las
cartas contenidas en las páginas de Internet son vergonzosas e
imposibles de considerar.
Las correcciones al artículo escrito en España, fueron finalmente hechas en Estocolmo, agosto de 2004.
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