16 jun 2012

ATANDO MOSCAS POR EL RABO.

Manuel Acuña Asenjo .Estocolmo, agosto de 2004.
Introducción.
El viejo debate acerca de su identidad histórica se ha avivado al interior del Partido Socialista (PS) chileno a partir de junio recién pasado. El detonante parece haberlo sido un breve artículo escrito por Antonio Cortés Terzi, intitulado “PS histórico y la alianza interna MIR/MAPU” en el que denuncia una “silenciosa -y silenciada- situación erosiva” dentro de esa colectividad, originada en el desplazamiento, cada vez más manifiesto, del “socialismo histórico corpóreo, tangible... de la representación del socialismo y de las esferas de poder del PS”.


Puesto que la repercusión del artículo ha sido desproporcionada respecto de otros publicados por el mismo autor, en los que se abordan temas tanto de interés similar como superior al de aquel, hemos querido formular algunas precisiones sobre el particular. Tal es el propósito del presente trabajo.
La tesis central estará orientada a demostrar, a contrario de lo que alguien pudiese suponer, la extraordinaria identidad teórica entre los artículos elaborados por Antonio Cortés y los de quienes, ejerciendo oportunamente su derecho a réplica acerca del mismo, han dado a conocer sus propias versiones.

Las tesis centrales del artículo en comento.
Sostiene Antonio Cortés en el referido artículo que, al interior del PS, se soslaya la existencia de un conflicto “que circula con sordina y que crea una atmósfera de desconfianza erosionante y atomizadora”. La causa de ese conflicto parece estar radicada en un hecho simple, a saber, que “la representación, el poder y la influencia han quedado crecientemente en manos de actores provenientes de las corrientes político-culturales MAPU/MIR”.
Reconoce el articulista que el comportamiento de ambas corrientes dentro del proceso de incorporación al PS, no ha sido el mismo. En tanto la militancia del MAPU entregó un “aporte intelectual significativo”, dice, el MIR ha plagado sus ascensos y destinaciones con “procedimientos conspirativos y cortesanos”. A pesar de ello -continúa- “el socialismo histórico sabe que ninguno de los dos grupos se ha disuelto enteramente, pero de un tiempo a esta parte se les ve más activos, osados y desafiantes en reivindicar sus pasados”.
Hay más, no obstante, reflexiona Antonio Cortés: la configuración de “tendencias”, la posesión de cargos de representación como la presidencia y la vicepresidencia partidaria, el control del aparato financiero y el manejo de los órganos de decisión como formas de “comportamiento grupal” hace “pensar, entonces, que lo que está en preparación es una fuerza política y un aparato orgánico que, aprovechando una situación crítica, se apropie definitivamente del PS y lo refunde subsumiendo o marginando al socialismo histórico”. Colocados en ese trance, “los dirigentes socialistas históricos deberían reaccionar, por imperativos éticos, políticos y político-intelectuales” pues “la experiencia cultural del PS histórico es un sólido antecedente para cualquier esfuerzo serio de reorganización y reactualización de una cultura de izquierda con capacidad de entender el ascenso de la cultura política derechista que muestra logros hegemónicos notables”.
La tesis central del articulista parece obvia: sólo aquellos que han pertenecido al viejo partido socialista pueden devolver a éste su identidad histórica y conducirlo por el verdadero socialismo.

La migración política como forma de cultura histórica.
La migración política, es decir, la transferencia o traslado de la militancia partidaria de una colectividad a otra, es una de las tantas formas que presenta la práctica política. Y puesto que es habitual, crea cultura. Puede generar, sin lugar a dudas, ‘choques’ al interior de una organización, como se sostiene en el artículo en comento; pero puede, también, no generarlos. Y hasta puede suponerse que origine una suerte de contagio colectivo tanto en la estructura receptora como en el (o los) sujeto (s) recibido (s). En apoyo a esta suposición se cita el caso de la helenización de Roma, luego de la conquista de Grecia; o de la ‘latinización’de los pueblos que invadieron el imperio romano. Las razones de estos fenómenos son múltiples; no puede suponerse que así ha de ocurrir cada vez que tenga lugar una invasión, una fusión de naciones o la incorporación de un grupo a otro.
En la vida de los movimientos sociales sucede algo singular. Francesco Alberoni nos enseña que la asunción de formas culturales innovadoras tiene lugar solamente cuando éstas no representan peligro alguno para el sistema o cuando es posible un drástico cambio social; el primer caso sucede, generalmente, en democracia y el segundo, luego de una revolución, de un estado naciente que deja de ser tal. Por eso, en uno y otro caso, al cabo de un tiempo, esas nuevas formas culturales se confunden con todo el sistema que existe o se ha hecho predominante, se transforman en parte suya o se subsumen en su esencia. No debería ser diferente en política. Sin embargo, el fenómeno revolucionario pocas veces se da en ese ámbito, predominando más bien formas democráticas de resolver las controversias. Así sucede, con la migración política, fenómeno habitual en la política chilena. La historia de los partidos atestigua esa constante: el MIR no nació sino por la confluencia de elementos provenientes de variadas tiendas políticas, entre otras, socialistas, comunistas, anarquistas. Y el MAPU, ¿no fue, acaso, una escisión de la Democracia Cristiana DC que incorporó a sus filas a ex militantes del Partido Comunista PC y a toda una colectividad, como lo fue el Partido Comunista Bandera Roja PCBR? ¿No fue el MAPU (ex DC más otros grupos) lo que dio origen a la Izquierda Cristiana IC? Y muchos dirigentes de los Partidos Comunista y Socialista ¿no provenían de tiendas políticas tales como la Democracia Cristiana, MAPU, Partido Radical PR, en fin? ¿Qué decir, así, de la militancia del presidente Ricardo Lagos y de los ‘históricos’ Jorge Arrate, Julio Stuardo, Víctor Barberis, todos ellos de extracción radical?
Todo sujeto que se incorpora a otra tienda política puede destacarse dentro de ésta; pero ello ocurre siempre y cuando sus ideas y prácticas sociales no sean contradictorias a las del grupo dominante. Si así no sucede y, no obstante, prevalecen, las causas se originan en una circunstancia obvia: el grupo social al cual se incorpora ofrece desde ya condiciones óptimas como para hacer suyas tales ideas y prácticas. En otras palabras, existe correspondencia entre el grupo receptor y el sujeto recibido, afirmación que no es sino una manifestación más de la tesis según la cual es el todo quien hace a la parte y no lo contrario.
Sin embargo, en la tesis del documento a que nos hemos referido, el fenómeno aparece interpretado al revés. Y las conclusiones no pueden ser más sorprendentes: lo que sucede al interior del PS es la clave de lo que sucede en el exterior. Si en el PS la pérdida de su identidad histórica ha sido causada por la irrupción en masa de un grupo de advenedizos (MAPU/MIR) eso debería suceder, también, en el Partido Por la Democracia (PPD) que reúne a ex socialistas, ex mapucistas y ex miristas). Esa alianza espuria (MAPU/MIR) debería ser lo que ha socavado las bases teóricas de todos los socialistas de América Latina. Y de los partidos socialistas europeos y de toda la social democracia mundial. Porque la parte hace al todo y no el todo a la parte. Así podría suponerse, en propiedad, que la alianza MAPU/MIR ha destruido la identidad histórica del socialismo mundial.

Dirección vertical, organización piramidal y pertenencia de grupo.
Del artículo en comento puede deducirse que solamente una buena dirección hace posible el verdadero socialismo. Tal conclusión parece obvia: personas que han estado ligadas a la historia de un partido, militantes antiguos, de probada trayectoria, capaces, son los únicos preparados para enfrentar la tarea de llevar adelante los postulados de una ‘cultura socialista’. A diferencia de la economía social de mercado en donde la ‘capacidad’ (estudios ad hoc, prácticas académicas determinadas) determina el cargo, en un verdadero ‘socialismo’ la antigüedad en el partido debería hacerlo; es decir, el ‘escalafón partidario’ haría el mérito.
Tal concepción es extremadamente peligrosa: implícitamente, conduce a adorar la verticalidad del mando. Porque poco o nada importa discutir si acaso unos u otros deben mandar; lo que resulta estremecedor es reconocer que algunos sí no sólo estarían en condición de hacerlo sino deberían.
Una dirección dirige: tal es su fatal misión. Cuando no lo hace se convierte en un absurdo. Como la luz que no ilumina. Para dirigir, toda dirección debe tener existencia previa, principio fundamental de todo ente vivo, según nos lo recuerda Humberto Maturana; y, por consiguiente, ha de contar con mecanismos que le permitan autogenerarse. En las sociedades capitalistas, las direcciones se establecen de manera autoritaria o democrática. El modelo democrático, considerado ideal por la generalidad de los autores que se han preocupado del tema, exige un juego permanente entre minorías y mayorías en el que se da una curiosa paradoja: las mayorías eligen a una minoría que va a dirigir al conjunto social. Esa minoría apoyada por la mayoría resulta electa; a su voluntad deberá someterse no solamente la mayoría que la eligió sino la minoría que resultó derrotada. Se trata de minorías que dirigen tanto a mayorías ganadoras como a minorías derrotadas, por el simple hecho de haber sido elegidas por las mayorías. La dominación de unas a otras es parte de ese juego que, a mediados del siglo 19, llamara tanto la atención de Karl Marx. Y es que la democracia no es sino expresión de un sistema más de dominación como lo es el capitalista.
Una dirección que carece de poder, no dirige. En una sociedad de dominación, ser dirección y no dirigir es una burla institucional. Toda dirección debe, pues, estar dotada de poder; es decir, parodiando a Poulantzas, de capacidad suficiente como para imponer la voluntad propia por sobre las de los demás. De lo cual se deduce que ha de concentrar, en sus manos, facultades de toda índole.
Un modelo defendido por muchos tratadistas es aquel que consagra la elección de un grupo por otro y la consecuente delegación de facultades. En otras palabras, se trata de elegir al grupo que va a dirigir al conjunto social concentrándose en él la plenitud del poder. La forma usual de describir este sistema es democracia para elegir, autoritarismo para gobernar. Es el modelo que rige hoy en la generalidad de las naciones: se vota por un partido para que éste decida quién o quienes (de sus militantes) van a desempeñar los cargos y cómo lo van a hacer. En la época que existía la Unión Soviética, este modelo era conocido bajo el nombre de ‘centralismo democrático’.
La dirección de un partido asume, por ende, la presidencia y las vicepresidencias, el control de las finanzas, la responsabilidad de quiénes van a acceder a los distintos cargos de gobierno, la política de relaciones exteriores (nacional e internacional), la preparación teórica de la militancia, etc. Ironizando, se puede decir que una dirigencia alcanza su máxima perfección cuando es capaz de elegir al grupo social encargado de generarla. O, lo que es igual, cuando un gobierno puede elegir al pueblo que gobierna. La solución es simple: el éxito se alcanza cuando se le ofrece tan solo una de dos alternativas: o se vota por mí o se vota por el enemigo. La alternancia es el modelo que a este respecto ha mostrado mayor eficacia.
La dirección se presenta en su más pura expresión: se trata de una estructura vertical dentro de la cual los de arriba disponen lo que han de hacer los de abajo. Con su anuencia. Al menos, teóricamente. Para que tal mecanismo alcance su nivel óptimo se requiere que todo el cuerpo partidario se organice de manera piramidal. Los sectores numéricamente mayoritarios conforman una base que espera las decisiones del sector numéricamente minoritario, situado en la cúspide. El sistema éste se encuentra sancionado en la generalidad de las naciones. Constituye la normalidad orgánica partidaria; en Chile se encuentra, también, sancionado por las leyes heredadas de la dictadura: el partido deviene en copia de la administración estatal, una réplica institucionalizada del sistema que rige al país. Por lo mismo, es notable que el debate ‘socialista’, reiniciado en junio a propósito del artículo en comento, no se haya orientado a desvelar estas circunstancias sino se haya focalizado en la aptitud o calidad de las personas que desempeñan los cargos gubernamentales y partidarios. Como si entre el articulista y sus detractores existiese un acuerdo tácito de no involucrarse en la discusión de determinados temas. Como si los debatientes estuviesen todos de acuerdo en exonerar de toda culpa a la estructura social. “Digamos lo que digamos, recordad que estamos siempre de acuerdo”, reza una antigua sentencia contenida en el “Turba philosophorum”. Acuerdos no expresados pero siempre vigentes, convenios jamás suscritos pero siempre respetados. Como aquellos que mantienen la cohesión de un grupo social. Como sucede cuando advienen los períodos eleccionarios en donde lo único que interesa es la perpetuación del sistema o su prolongación en el tiempo y no la persona de quién o quienes van a desempeñar los cargos a elegir; aunque se aparente lo contrario. Así, las estructuras de dominación se mantienen vigentes, apoyadas por los mismos que aseguran en sus discursos estar preparados para destruirlas.
No basta, sin embargo, que la ley establezca un modelo de organización piramidal para los partidos políticos ni que algunos sectores consideren a la dirección vertical como el más exitoso de los sistemas. Se requiere de un componente cultural, arrancado del principio que Fritjof Capra denominara autoafirmación. Este componente es conocido bajo el nombre de pertenencia de grupo y consiste en el reconocimiento de algo o alguien como propio, la identificación de una persona con aquello a lo que pertenece o cree pertenecer.
Katz y Kahn llaman la atención acerca de la pertenencia de grupo, que estudian a propósito de la organización empresarial: el trabajador se identifica con la fábrica a la que vende su fuerza o capacidad de trabajo, la siente como propia, se siente parte de ella. “Trabajo en la ITT”, dice, con orgullo. Habla de la fábrica, viste camisetas que ostentan su nombre, participa en eventos deportivos en representación suya, emplea sus productos y hasta discute con los obreros de otra empresa acerca de cuál es la mejor, si la propia o la de los otros.
Este reconocimiento no es diferente al que muestran los nacionales de un país frente a los que sienten como extranjeros. A la nación de donde se procede siempre se la defiende, siempre se la estima como propia. Aunque no se posea sobre ella derecho de propiedad alguno, aunque se viva en una formación social que brinde mayores satisfacciones que aquella, aunque se haya debido huir de la misma y se esté impedido de regresar. Por eso, no es del todo inexacto el empleo de la expresión xenofobia como forma metafórica de describir la pertenencia de grupo, a la manera hecha por algunos de los que replicaron en su oportunidad al artículo en comento.
La pertenencia de grupo es otro de los factores que mantienen la cohesión de un grupo humano: exacerbándose, pueden ponerse en movimiento fuerzas sociales de magnitudes increíbles; el socialismo nacionalista alemán o nazismo y el socialismo nacionalista italiano o fascismo fueron expresiones desmesuradas de ese sentimiento. Pero la pertenencia de grupo es, a la vez, expresión de la ley del mínimo esfuerzo pues evita la elaboración del raciocinio, de preguntarse acerca de por qué se defiende aquello que se considera como propio y cuál es la causa de dicho sentimiento. En los partidos políticos, hace innecesaria la elaboración de conceptos, facilita el uso de términos cotidianos empleados por la prensa e integra al grupo social a las formas culturales imperantes dentro de una determinada formación social. Evita, en suma, el tedioso esfuerzo de pensar. Lo cual nos conduce a abordar otra circunstancia.

El gran ausente del debate: el concepto de socialismo.
Cuando se pertenece a un grupo determinado, la razón de tal pertenencia, el por qué se está allí dentro y no en otra parte, se confunde con la existencia misma del grupo. Ya lo hemos dicho: la pertenencia evita dar razones, hace obvias respuestas que no lo son. La explicación se substituye por la vinculación o relación. La pertenencia deriva a acto de fe; su argumento central es la creencia o suposición de algo o alguien y no el raciocinio o su correspondencia con un modelo teórico. Así como la ley se presume conocida de todos a sabiendas que no lo es, también el socialismo no se explica a sí mismo sino se subentiende conocido; la militancia debe saber lo que es, cuál es su diferencia con el comunismo, aunque realmente sepa muy poco de aquello.
¿Qué es ‘socialismo’, verdaderamente? ¿Qué es lo que hace a algunos ser más o menos ‘socialistas’? ¿Qué es lo que distingue a unos de otros? ¿La sola pertenencia a una ‘cultura histórica’? ¿En qué consiste esa ‘cultura histórica’, para confiar en ella como la solución perfecta a los problemas sociales?
Los orígenes del socialismo se pierden en la noche del tiempo. La búsqueda de un sistema social más humano, fraterno y solidario no es algo de ahora sino ha sido tema e ideario de todas las sociedades en todos los tiempos.
Las ideas del socialismo se desarrollaron en Europa a partir de ciertas obras precursoras, entre otras, “La ciudad de Dios” de Tomasso di Campanella, “Utopía” de Thomas More y la otra obra “La ciudad de Dios” de Augustinus o San Agustín. Le siguieron los trabajos cooperativistas de Robert Owen, los estudios acerca de la democracia de Alexis de Tocqueville, las obras de Proudhon, de Edouard Bernstein, de Michel Bakunin y otros que dieron origen a vastos movimientos sociales.
No es nuestro ánimo hacer aquí una reseña histórica del socialismo. Bástenos tan solo señalar un hecho significativo: hasta el advenimiento de Karl Marx, el socialismo no pasó de ser una mera aspiración, una idea de personas guiadas por buenos propósitos. O una simple ‘utopía’ caracterizada por su espantosa indigencia teórica en una época en que ya investigadores como Condorcet propiciaban el uso de las matemáticas en las ciencias sociales.
En efecto. A diferencia de la generalidad de las corrientes socialistas existentes en esa época, las tesis de Karl Marx establecieron modelos, relaciones, componentes, equilibrios, elementos. Aún cuando el maestro de Tréveris y su inseparable amigo Friedrich Engels insistieron hasta la saciedad en no ser calificados de ‘socialistas’ sino de ‘comunistas’, a partir de los aportes teóricos de ambos, el socialismo dejó de ser una aspiración sin fundamentos para convertirse en una posibilidad cierta, en una cuasi realidad. No obstante, socialismo y comunismo continuaron siendo algo distinto. Las huellas de esta discusión estuvieron presentes en Chile y, en especial, en el partido de Allende, donde finalmente terminaron predominando ampliamente las tesis favorables a la adopción del modelo teórico de Karl Marx por sobre una política basada en suposiciones, pareceres o creencias. Así, el viejo Partido Socialista no sólo se declaró ‘marxista’ sino rechazó toda posible vinculación con la llamada ‘Segunda Internacional’, recipiente obligado que daba cobijo a las más disparatadas corrientes de la social democracia mundial. No hay que olvidar algunos hechos significativos: hasta el Partido Baath de Saddam Hussein estuvo postulando su ingreso a esa entidad; también el Partido Demócrata de Estados Unidos, durante el gobierno de William Clinton.
No puede desconocerse que, separado de las tesis de Karl Marx, el socialismo es, simplemente, social democracia o socialismo democrático. Puede, por ello, oscilar de uno a otro extremo del espectro político. Su comportamiento, más que hacerse impredecible, se orienta en función de aceptar al sistema capitalista como una realidad insoslayable. Participa, por ende, en toda elección posible; se hace parte de la región jurídico/política del modo de producción capitalista. Es parte del sistema capitalista. Defiende la alternancia en el gobierno de la nación (la llama ‘alternancia en el poder’ pues identifica el ‘poder’ con el gobierno de una nación) y funciona dentro de un escenario político con actores, bufos, pícaros y comediantes. Su dirección rara vez muestra conocer -mucho menos, dominar- la teoría. El lenguaje que emplean es el de la prensa; el mismo que las clases dominantes desean hagan propio las clases dominadas. Sus propuestas son variadas; sugieren soluciones para uno u otro lado, defienden el interés de las clases dominantes sin descuidar la protección a ciertos derechos concedidos a los sectores dominados.
Un partido de esa naturaleza conviene, naturalmente, a quienes poco o nulo interés muestran en el debate teórico: les hace discutir sobre contingencias, que es lo que conocen y es actual; les hace pronunciarse acerca de quién o quiénes van a desempeñar determinados cargos públicos. Nunca se enfrentan en materias de principios, no emplean la teoría y se ideologizan con extrema facilidad. Sus inspiradores no son otros que los autores de moda. Como, en su tiempo lo fue Francis Fukuyama con El fin de la historia y el último hombre; como lo es hoy Philip Bobbitt y su obra El Talón de Aquiles, o cualquier otro best seller que aparezca en el escaparate de alguna librería. Los Premios Nobel están proscritos de todos sus debates. Se trata, en definitiva, de un partido de funcionarios públicos o de aspirantes a serlo, en donde aquellos que obtuvieron cargos de mayor poder doblegan al resto de la organización o, simplemente, la ignoran cuando prima en ella lo que presumen ‘su veleidad’. Mirado desde el punto de vista de las clases dominantes, un partido semejante les resulta extraordinariamente conveniente: no sólo reduce la lucha de clases a la disputa por la accesión a los empleos estatales o las instancias partidarias sino ofrece, como contraprestación a la ‘alternancia en el poder’, el control del movimiento social y sindical. Por lo demás, al reproducir su organización la verticalidad de la estructura social realiza eficazmente el interés de los dominadores y es suficiente garantía de orden social.
Es comprensible, por ello, que no exista, en los documentos hecho públicos hasta el momento, mención alguna al concepto ‘socialismo’. Puede entenderse, así, que ninguno de los participantes en el debate señalen qué se entiende por tal, cuáles son sus metas y propósitos, cuál es su programa y cómo el partido piensa realizarlo. La discusión parece, más bien, una representación teatral en donde todos los actores se dicen ‘socialistas’ o se descalifican por serlo, sin alcanzar a expresar lo que quieren decir con ello. Nos hace recordar un poco aquellas irónicas frases de Karl Marx, en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, cuando expresa:
“Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués, como socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma burguesa. Era socialista construír un ferrocarril donde ya había ya un canal y socialista defenderse con un palo cuando le atacaban a uno con la espada”.
La ausencia del concepto ‘socialismo’ en el debate hace presumir, de manera inequívoca, una soterrada coincidencia entre los polemistas en orden a no tocar determinados temas que puedan resultar escabrosos. Lo cual nos conduce a tratar otro aspecto crucial en el que sí están manifiestamente de acuerdo.

‘Derecha’ e ‘izquierda’ como sustituto de las clases sociales.
Otro de los rasgos distintivos que hermana a los partícipes en el debate ‘socialista’ es la anuencia -tácita, por cierto- manifestada en el no empleo de las expresiones ‘clases sociales’. En su reemplazo, los términos ‘derecha’ e ‘izquierda’ son usados constantemente.
En el documento referido puede leerse que “la experiencia cultural del PS histórico es un sólido antecedente para cualquier esfuerzo serio de reorganización y reactualización de una cultura de izquierda con capacidad de entender el ascenso de la cultura política derechista que muestra logros hegemónicos notables”.
Antonio Cortés es una persona que ha escrito numerosos artículos. En uno de ellos, que lleva por título “Derecha: Uso y abuso político de las Fuerzas Armadas”, aborda un tema escabroso al denunciar el “carácter abierto y hasta agresivo” de “dirigentes y vocerías del mundo político del pinochetismo y de la derecha” en sus críticas a conductas y medidas adoptadas por quien se desempeñara como Jefe del Ejército chileno, general Ricardo Izurieta. A manera ejemplificativa, cita las palabras de Jacqueline Pinochet, hija del dictador del mismo apellido, pronunciadas un 8 de enero (no se indica el año); transcribe las expresiones del diputado Iván Moreira de 18 del citado mes, y termina con las del senador Jovino Novoa, nuevo timonel del partido Unión Demócrata Independiente UDI, formuladas tres días después, frases todas condenatorias a la gestión de las Fuerzas Armadas y del entonces Comandante en Jefe. Como el documento en referencia no indica año ni fecha de redacción, debemos tan solo suponer que fue escrito antes que asumiera como Comandante en Jefe del Ejército chileno el general Juan Emilio Cheyre.
Más adelante y bajo un subtítulo que reza “las Fuerzas Armadas no son propiedad de la derecha”, sostiene Cortés que ésta “(la ‘derecha’) se resiste a aceptar que las Fuerzas Armadas abandonen la pertenencia a su bloque de poder” para terminar, finalmente, señalando que ha sido ese sector (nuevamente la ‘derecha’) quien restringe el rol de aquellas en la “concepción del Estado” a la “siempre latente emergencia de conflictividades sociales y políticas álgidas”.
Estas expresiones no son casuales. Obedecen a una forma de entender la política que se ha hecho carne en el socialismo cual es obviar el uso de categorías basadas en la existencia de clases pues eso le imprime un ‘carácter marxista’ al debate. No obstante, es difícil entablar un debate serio con personas que se bastan con el uso indiscriminado del binomio ‘derecha e izquierda’ para definir ideas o pensamientos. A pesar que Norberto Bobbio nos enseña que resultan útiles en determinadas circunstancias, su empleo abusivo induce a error. Las razones abundan. Especialmente, cuando es necesario expresar una idea con mayor precisión y se recurre a adjetivos calificativos. En el artículo de Cortés no se puede saber con certeza si el pinochetismo y la derecha pueden llegar a identificarse y si Renovación Nacional RN, organización que no menciona, es ‘de derecha’ o no; del artículo pareciera desprenderse que sólo la UDI ostentaría esa calidad. Es difícil saber si empleó la expresión en un sentido restringido; si así fuese, en un sentido amplio ‘derecha’ incluiría al pinochetismo, a la UDI y a RN.
El problema más serio que presenta el uso de esta clase de categorías ‘comodines’ es su inutilidad frente a conceptos serios como lo es el de ‘bloque en el poder’. No permite desde ya determinar la clase o fracción de clase dominante que hegemoniza al conjunto de compradores de fuerza o capacidad de trabajo y que, por lo mismo, conduce al conjunto social. Por ende, con tales términos tampoco es posible hacer un exhaustivo análisis acerca del estado y de sus instituciones. Recurrir a los clásicos, en ese empeño, más que una idea brillante es un imperativo. Pero ¿cómo hacerlo, en Chile, país con un gobierno socialista, en donde no solamente se soslaya el empleo de la palabra ‘clases’ sino los teóricos socialistas se avergüenzan de su uso? Y, sin embargo, es aquello un contrasentido pues los empresarios sí que emplean tales expresiones y tienen plena conciencia de la existencia de las clases sociales. Quienes tuvimos la suerte de desempeñarnos en algunas de las empresas transnacionales europeas fuimos, frecuentemente impelidos a luchar por pertenecer a lo que se conoce como ‘clase mundial’ (‘world class), estamento social que vende su fuerza o capacidad de trabajo a los sectores más dinámicos del capitalismo internacional. ¿Necesitamos recordar a los participantes en el debate ‘socialista’ chileno que la categoría ‘fuerza de trabajo’, incorporada al léxico mundial por el maestro de Tréveris, se emplea constantemente en la industria sueca (‘arbetskraft’), en la industria alemana (‘arbeitkraft’), en la industria francesa y en la inglesa y norteamericana (‘labourforce’ o ‘labourcraft’; se dice, también ‘workcraft’), pero no en los análisis de los panelistas?
Puede suponerse que una de las razones de este ‘olvido’ sea cuestión de conveniencia: recurrir a las categorías que nos legaran los clásicos implicaría reconocer la existencia de clases sociales no sólo dentro de la sociedad chilena sino en el seno mismo de los partidos de la coalición gobernante; en otras palabras, descubrir al interior de los ‘partidos populares’ a un grupo de compradores de fuerza o capacidad de trabajo y a una nueva y dinámica fracción de la burguesía criolla, desarrollándose con rapidez al amparo de las instituciones estatales. O que la equidad social consista en fomentar la existencia de millonarios tanto ‘de izquierda’ como ‘de derecha’.

La ‘derecha’ identificada en la UDI.
Los inconvenientes que presenta el uso reiterado de los vocablos ‘derecha’ e ‘izquierda’ como sustitutos de ‘clases sociales’ queda, una vez más, de manifiesto en el documento de Antonio Cortés “Derecha: Uso y Abuso político de las Fuerzas Armadas” cuando identifica a la ‘derecha’ con la UDI, como se verá, de inmediato. Este error no lo comete tan solo el referido autor. Es un riesgo que está presente en todos los que emplean semejantes categorías.
En efecto. Una nueva composición de clases se ha consolidado al interior de la formación social chilena en estos catorce años de Concertación; grandes consorcios económicos han protagonizado quiebras, fusiones, compras de activos, divisiones, y un nuevo espectro de compradores de fuerza o capacidad de trabajo ha reemplazado o robustecido a aquellos que se organizaron bajo el amparo de la dictadura. A la manera que se hiciese en otras naciones, también la sociedad chilena ha ido ‘fabricando’ pacientemente al amparo de las instituciones y empresas públicas una nueva fracción de la burguesía nacida, parte del desarrollo de la propia burocracia estatal, parte gracias a los contratos que ciertos empresarios particulares firman con instituciones del estado. En términos vulgares, este fenómeno se denomina ‘negociados’, pero no estamos aquí hablando en esa jerga sino procurando hacer teoría.
La generalidad de los grandes consorcios que existen en Chile pertenecen al gran capital transnacional o extranjero que mantiene fuertes vínculos con el gobierno: ENERSIS, Ferrocarril Metropolitano de Santiago o METRO (y, muy pronto, el que se inaugurará en Valparaíso), AGUAS ANDINAS, TELEFÓNICA, consorcios carreteros, Ferrocarriles del Estado (en acelerado proceso de venta a los Ferrocarriles españoles), la banca (española, norteamericana, europea), etc.. Hay, no obstante, grupos económicos criollos poderosísimos cuyos propietarios mantienen fuertes vínculos con partidos tales como RN, UDI, DC, PR, PS y PPD. Curiosamente, la UDI es uno de los partidos, al parecer, con menor participación dentro del reparto en propiedad de la riqueza nacional. Es verdad que se encuentra estrechamente vinculada al grupo de Ricardo Claro y que algunas informaciones la asocian a los grupos Sahie y Yurasek. También es cierto que está relacionada con el grupo La Tercera, con algunas Isapres y AFP, con INDISA y, últimamente, a través de la Universidad Andrés Bello, ha obtenido acceso a un canal de TV. Pero no por ello alcanza la notoriedad y fuerza de las otras organizaciones políticas que se disputan la representatividad de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo. La UDI tambien representa a éstos, sin lugar a dudas; pero lo hace respecto a un sector minoritario. Fundamentalmente, su fuerza es gremial y moral, pues busca transformarse en la conciencia del empresariado. Constituye uno de los sectores más ideologizados del espectro político chileno. Gran parte de su militancia pertenece al estrato de los llamados ´profesionales’ (abogados, ingenieros, médicos, economistas) que Nikos Poulantzas denomina ‘intelectuales patentados’. Son vendedores de fuerza de trabajo con patrones múltiples. Cuando se organizan en calidad de empresa se convierten en compradores de esa mercancía presentándose como ‘clase’..
La militancia de la UDI también abarca, no obstante, elementos de extracción proletaria. Cordero, su más preclaro ideólogo, gran amigo de Jaime Guzmán, es uno de ellos.Y sería un disparate de magnitudes asegurar que Pablo Longueira o Jovino Novoa pertenecen a la gran burguesía chilena: apenas son el prototipo del funcionario medio o profesional chileno con sueños de grandeza y muchas aspiraciones. La generalidad de su dirigencia con raíces vascas (en Chile se conoce a aquella como ‘aristocracia’; en España se les persigue como ‘terroristas’ de la ETA), entre otros Jaime Guzmán y Hernán Larraín, o emparentados con viejas familias santiaguinas (Sergio Fernández) está constituida por personas que, perteneciendo a la clase media, se encontraban en acelerado proceso de empobrecimiento y cuya brusca caída frenó el ascenso de la dictadura; no hay que olvidar que éste último, actualmente senador de la República, se desempeñaba como humilde abogado de la Caja Bancaria de Pensiones cuando esa institución era administrada en conjunto por la banca particular y sus trabajadores. La adscripción al aparato estatal permitió recuperar a esos sujetos el prestigio que perdían de manera sostenida y constituyen un caso que se emparenta al de la actual burocracia estatal concertacionista.
Una conclusión que puede extraerse de lo dicho es que el llamado ‘pinochetismo’ no es un fenómeno exclusivamente UDI, como parece desprenderse del artículo en comento. Aún cuando algunos de sus integrantes se presenten como tales, el ‘pinochetismo’ constituye una realidad al margen de esa colectividad.. Sectores mayoritarios dentro de ella, liderados por Joaquín Lavín han buscado permanentemente desligarse de todo posible vínculo o relación con el antiguo régimen militar confirmándose, de esta manera y una vez más, las tesis de los clásicos en el sentido que también en los partidos políticos se producen fuertes contradicciones de clase. Es probable que, en este aspecto, tengan relevancia ciertos aspectos históricos, vinculados a las experiencias generacionales: el grueso de la dirigencia y militancia de la UDI eran adolescentes en septiembre de 1973.

El estado y las Fuerzas Armadas.
Antonio Cortés tiene un concepto respecto al estado y las Fuerzas Armadas que no difiere del que sustenta la dirigencia del PS; tampoco difieren en las causas que originan dicha concepción. Es necesario referirse a esa temática. Nos hace, con ello, retroceder en el tiempo para releer la obra de ese profesor radical que fuese Mario Bernaschina González, pasar revista a las diferentes concepciones de ‘estado’ (León Duguit, Hans Kelsen, entre otros) y recordar las clases de Sergio Galaz y Mario Cerda en la Facultad de Derecho de la Universidad de Concepción donde se nos enseñara que el estado debía definirse como ‘la nación jurídicamente organizada’. Los estudios de Max Weber, los aportes de Ralph Milliband y, fundamentalmente, la obra de Nikos Poulantzas, todo aquello, nos hizo entender que las anteriores definiciones eran extremadamente insuficientes. Más, aún, luego de leer a Bob Jessop (‘State theory’), distinguido discípulo del malogrado investigador greco-francés.
Los clásicos habían advertido ya acerca del peligro que entrañaba aceptar una concepción instrumental del estado. Porque dicha estructura es la piedra angular de toda sociedad de dominación: nace o se origina al imponerse la fuerza física sobre el conjunto social. Emerge, por consiguiente, con la noción de Fuerzas Armadas. El proto estado que antes existía, deviene en estado. Las armas que estaban en manos de particulares se recogen por los institutos militares, la sociedad se desarma y, en su lugar, se establece el monopolio de la violencia en manos de ese ente abstracto que es el estado. Digámoslo de otro modo: la violencia se institucionaliza, forma parte de la organización social, se convierte en regla; el ejercicio de la fuerza sobre la comunidad se establece como garante del orden social. El arma se transforma en una suerte de factor de cohesión de la colectividad humana y su función, la defensa de un eventual enemigo externo, se extiende hasta aplicar la sanción correspondiente a la conducta díscola del protestante: el enemigo se descubre dentro de la sociedad. Una clase o fracción de clase dominante se organiza para los efectos de su dominación; el estado hace la aparición del brazo de las Fuerzas Armadas. Se entiende, de esta manera, que los clásicos hayan definido al estado como la organización social mediada por la fuerza o, más directamente, la organización social que posee fuerzas armadas. Así, podemos concluir que fueron los ejércitos y las formas de defensa adoptadas por determinados grupos sociales para proteger sus pertenencias lo que creó y organizó al estado y no ‘el pueblo’, como parecen creerlo nuestros socialistas. En los países europeos basta observar a los monarcas vestidos con los uniformes de las fuerzas armadas para entender la profunda vinculación entre el poder militar y el estado, la estricta y sumisa subordinación de aquel a la autoridad de los reyes o de las reinas. Por lo demás, así también lo destacan ciertos antropólogos -entre otros, Marvin Harris- para quienes el orígen del estado se encuentra en la aplicación irrestricta de la violencia institucionalizada sobre el resto de la población. Tal estructura, indica en su obra ‘Nuestra especie’, no es sino una “forma de organización política depredadora, nacida, alimentada y difundida por la fuerza” y, agrega, sobre el particular:
“Las jefaturas avanzadas y los estados incipientes documentados por la etnografía y la arqueología deben contarse entre las sociedades más violentas que jamás hayan existido”.
En consecuencia, no puede sostenerse con propiedad que el estado sea un instrumento al servicio de quien lo usa, como lo es un automóvil, un edificio o una herramienta. Estado y Fuerzas Armadas constituyen, por definición, una sola y única entidad. No son entes neutros sino estructuras de dominación o, lo que es igual, estructuras de clase. Por lo mismo, constituye un error de proporciones asegurar que un partido, una organización o una persona cualquiera pueda ‘apropiarse’ de las Fuerzas Armadas o del estado y ‘usarlos’ en su provecho. El estado es la organización que se da la clase o fracción de clase dominante para los efectos de su dominación, como ya se ha dicho. Que, en determinadas circunstancias, aparente actuar de modo diferente no se debe sino al ejercicio de las facultades que posee dentro de lo que Poulantzas denomina ‘autonomía relativa’. Pero ello sucede excepcionalmente; y cuando se afirma que las excepciones toman el lugar de una regla general se está sosteniendo una falacia. Las razones por las cuales se recurre al uso de esta impropiedad derivan, por regla general, del miedo al golpe de estado.

El miedo al golpe de estado.
No es acertado sostener, en consecuencia, que la ‘derecha’ se pueda ‘apropiar’ de las Fuerzas Armadas o del estado. Si se entiende por ‘derecha’ al conjunto de las clases dominantes organizadas para dominar, las Fuerzas Armadas son aquellas como también lo es el estado. Pero se trata de clases, no de partidos. Porque las unas actúan en la realidad; los otros, en la escena política.
Sucede, sin embargo, que el sistema imperante oculta las contradicciones de clase y busca resolverlas en el plano jurídico/político en forma tal de no amenazar su propia existencia; cuando ello no es posible, recurre al golpe de estado.
Quienes participan de la política y desarrollan sus aptitudes tan sólo en aquel plano, que es el de la escena política, pocas veces descubren lo que se oculta tras cada representación y piensan que si la historia la hacen las personalidades, también a ellas les compete decidir cuándo van o no a intentar un golpe de estado. Tremendo error. Los golpes de estado no son posibles sin una previa acumulación de circunstancias, a la manera que sucede en las catástrofes del matemático francés René Thom. Los cambios sociales -y los golpes de estado, como formas de ajustar el rumbo que acusa una formación social a los requerimientos del sistema capitalista mundial- son posibles cuando un sinfín de hechos adquieren tal presencia que hacen inminente una acción en contra para conjurarlos.
Queremos insistir en este hecho: no son las maniobras de uno a más sectores interesados en provocar conflictos o divisiones al interior de las Fuerzas Armadas o de éstas con el gobierno (y el consiguiente exterminio de los sectores más lúcidos del proletariado) lo que posibilita los golpes de estado, sino la paciente y sostenida acumulación de circunstancias en contra de determinado proyecto político. La eventualidad de un golpe de estado -que es, al parecer, el temor que asiste al articulista- o, lo que es igual, el establecimiento de un gobierno de excepción, no se hace inminente por la sola aparición de un sector de sujetos disconformes o por la voluntad de un grupo de conspiradores sino como culminación de una intensa, sostenida y exitosa lucha de clases de los sectores más reaccionarios de la sociedad en contra de los desposeídos, organizados y amenazantes, a objeto de seguir dominando al conjunto social. Pero, como ya se ha sugerido, también se consuma para posibilitar el acomodo de determinada formación social a los requerimientos siempre actuales del sistema capitalista mundial.
Los temores de Antonio Cortés son ampliamente compartidos por el Sr. Presidente del PS. En efecto: sus expresiones fueron extremadamente claras al respecto durante la visita que realizara a fines del pasado año (2003) a la ciudad de Estocolmo. Permitieron que pudiésemos responderle a través de un documento intitulado “Alexitimia”, publicado en estas mismas páginas a poco de realizado aquel encuentro. No vamos a insistir sobre el particular. Los temores hermanan a los panelistas, hermanan a los dirigentes y a la militancia; y con temor no se debate, no se dirige a un partido ni se gobierna a un país.

Posibilidad de un golpe de estado en Chile.
Sostiene Nikos Poulantzas que es función primordial de todo estado organizar políticamente a las clases dominantes y desorganizar políticamente a las clases dominadas. Cuando esa función deja de cumplirse -y las circunstancias que han dado testimonio de ello se han acumulado pacientemente-, no se realiza ya el interés de la organización social: el golpe de estado se hace, entonces, inminente. No antes. Lo cual conduce a una conclusión previa: la necesidad de analizar las políticas llevadas a cabo por el régimen imperante. Porque es bueno recordar, una vez más, que los golpes de estado, a pesar de su denominación, jamás son dirigidos contra el estado mismo sino contra su gobierno de turno; insistimos, estas medidas tienen por objeto preservar la continuación en el tiempo de la estructura social de acuerdo a la idea que se tuvo en vista al concebirla. Son las políticas gubernamentales lo que determina la posibilidad de establecer o no un gobierno de excepción.
En aquellas formaciones sociales donde las medidas de gobierno favorecen ampliamente los intereses del sector de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, las posibilidades de un golpe de estado se reducen a niveles mínimos, haciéndose prácticamente imposibles. Una asonada militar, en tales condiciones, solamente acarrearía inestabilidad para la nación: las condiciones dadas para la acumulación capitalista se resentirían ostensiblemente, el mercado se tornaría inseguro, los inversionistas vacilarían en adquirir valores, los capitales comenzarían a huir del país y el establecimiento de un gobierno de excepción únicamente contribuiría a facilitar la emergencia de la tan temida ‘época de revolución social’. La pregunta es, entonces: ¿podría eso suceder en Chile?
Una respuesta aproximada debería, al menos dar contestación a otros interrogantes, a saber: durante el gobierno -o los gobiernos- de la Concertación ¿se ha impedido en algún momento la acumulación capitalista? El patrimonio de toda la comunidad nacional, con sus ríos y afluentes, con sus minerales, sus playas y sus bosques, ¿ha dejado de ser entregado en propiedad a manos privadas, inversionistas extranjeros y criollos? ¿Se ha puesto límite alguno a la organización de consorcios, al libre flujo de capitales o se ha gravado con mayores tasas impositivas a las ganancias de las grandes empresas o las remuneraciones altas? ¿Se han elevado ostensiblemente los ingresos de las clases desposeídas? ¿Acaso se ha fomentado la organización de éstas en forma autónoma y contradictoria con el estado, para que, en un futuro próximo, desarrollen y ejerzan su propio poder? Coincidiendo en el hecho que el gasto social ha aumentado notablemente ¿qué porcentaje de ese gasto ha ido a parar directamente al bolsillo de los pobres y cuánto a ampliar la burocracia estatal? Las brechas sociales, es decir, las diferencias de remuneraciones entre pobres y ricos, ¿han disminuido o se han acrecentado? Los trabajadores ¿conservan la propiedad del empleo o se les obliga a saltar -como los electrones- de un empleo a otro, de la cesantía al empleo, del empleo a la cesantía, sin protección legal alguna, sin respeto a sus derechos como seres humanos? ¿Se han devuelto a los trabajadores sus Cajas de Previsión, expropiadas por la dictadura? ¿Gozan los chilenos de atención médica gratuita o de la asistencia de un médico por cada 25 habitantes como sucede en la ‘atrasada’ Cuba? Entonces, ¿a qué temer un golpe de estado con una política tan generosa hacia las clases dominantes y tan mezquina hacia las clases dominadas?
Terminemos diciendo aquí que es comprensible la redacción de artículos en donde se denuncie permanentemente la posibilidad de eventuales complots. Que es comprensible, además, el temor a la gestación de un nuevo golpe de estado. Cuando se navega en las inciertas aguas de la política -región del modo de producción capitalista- la representación escénica se presenta como realidad y ésta como fantasía. Los partidos sustituyen a las clases sociales y éstas desaparecen, tragadas por terminologías periodísticas. Desnudar lo que sucede en el mundo real, no en el ficticio, es lo que caracteriza a un buen debate.

“¿Qué se fizo el rey Don Juan? Los infantes de Aragón, ¿qué se fizieron? ¿Qué fue de tanto varón?...”
Todo proceso de incorporación comienza, inevitablemente, con una fase de asimilación; el nuevo elemento, el advenedizo, ha de identificarse con aquello a lo cual se integra. A quienes nos ha correspondido continuar la vida en formaciones sociales extrañas a nuestra idiosincrasia sabemos lo que eso significa: la asimilación comienza con la adopción de un nuevo lenguaje. El conquistador termina siendo conquistado.
El proceso de incorporación política de ex mapucistas y ex miristas al PS no siguió cánones similares. Fue, por el contrario, la culminación de una serie de encuentros en los cuales las ideas que hoy detenta dicha colectividad fueron puliéndose, ajustándose, una a otras, en forma sucesiva. Ese cambio comenzó a poco de consumado el golpe militar que derribó al Gobierno Popular. Fue un cambio doble: hacia el interior de las propias organizaciones populares y hacia el exterior de las mismas. Se hizo presente, en primer lugar, como un sentimiento de culpa por parte de los derrotados, de creer que sólo la Unidad Popular era quien debía responder de todo lo sucedido. Luego, hicieron su aparición otros factores, entre ellos, el ‘descubrimiento’ de los logros alcanzados por los socialistas europeos, la fortaleza de los estados de bienestar extendidos por todo el continente, las nuevas tesis socialistas que comenzaban a circular en Europa como alternativa al llamado ‘socialismo real’, los contactos con los líderes europeos y sus promesas de ayuda en caso de recuperarse la democracia en Chile y ¿por qué no decirlo? el desprestigio creciente de ese ‘socialismo real’ ocasionado tanto por la inviabilidad de un modelo económico incapaz de competir con las fuerzas productivas desatadas por un capitalismo ya transnacionalizado como por las acciones torpes de sus dirigentes y la sostenida campaña de difamación de los gobiernos occidentales, mantenida por décadas.
Las discusiones se multiplicaron, se tornaron vehementes, casi agresivas, los ataques no hacia las ideas sino a las personas reemplazaron al debate; simultáneamente, las organizaciones políticas comenzaron un proceso de atomización. A pesar de insistirse majaderamente que la dirección de los partidos ‘estaba en el interior’, era el exterior, el exilio, quien decidía. Los flujos dinerarios hacia determinados grupos sociales se interrumpieron, orientándose hacia el elemento dócil. Quien tenía el control de las ayudas provenientes de la solidaridad internacional tenía el poder político. Quien tenía contactos con la socialdemocracia europea tenía poder. Y esos contactos estaban en manos de la dirigencia de los partidos políticos en el exilio. Los mismos que empezaban a reunirse y a discutir ‘en nombre del pueblo’ la nueva línea de la ‘izquierda chilena’.
Los acuerdos de Ariccia sellaron uno de los compromisos más sólidos de esa época y los socialistas históricos no estuvieron ajenos a ello. Los partidos contaban con líderes carismáticos, capaces de arrastrar a las masas con su sola presencia, y eran, aún, organizaciones piramidales fuertemente jerarquizadas. Los partidos sentían representar al ‘pueblo’ y sus representantes eran los líderes del ‘pueblo’. Una conclusión simple que arrancaba de las premisas de ese silogismo mal parido. En ejercicio de esa calidad, decidían por sí y ante sí lo que había de convenir a la sociedad chilena pues eran -y continúan siéndolo- sujetos autoritarios en dos aspectos cruciales: mandaban a la vez que obedecían. En verdad, todo autoritarismo posee ese doble carácter que Erich Fromm destaca en forma reiterada.
La mecánica de la naturaleza es la repetición. Si en los sistemas es el todo quien hace a la parte y no lo contrario, por repetición así también sucede en los sistemas sociales. La parte ha de someterse a la majestad del todo; la disidencia se perdona únicamente cuando no amenaza la existencia del cuerpo social. No así cuando lo hace. El exilio, la muerte, la prisión, la exoneración que sufrieron los partidarios de la Unidad Popular a manos de la dictadura no fue casual: las organizaciones sociales, como organismos que son, se operan de sus excrecencias. También lo hacen las organizaciones políticas por repetición de lo que hacen sus mayores..
Socialistas históricos marginaron a socialistas históricos disidentes; mapucistas con poder marginaron a mapucistas sin poder. La marginación o, en su caso, la sumisión del díscolo, fue el arma más socorrida dentro de las organizaciones políticas en el exilio; por repetición, también ese fenómeno se produjo al interior. La clave fue la asfixia económica del disidente. O del que se presumía como tal. O del que nada se sabía: se le sancionaba por omisión Así, por obra y gracia de quienes habían jurado abolirlo, el sistema capitalista ganaba sus primeras batallas en el seno de las propias organizaciones populares.
De esa manera, desaparecieron no sólo de la vida política sino físicamente grandes figuras. Pedro Vuskovic fue marginado por sus propios compañeros; también Jorge Barría, el primer historiador de la clase obrera. ¿Y qué decir de Carlos Matus, Ministro de Economía del Gobierno Popular, que dedicara su vida al estudio de la estrategia? Sus libros son consultados permanentemente por el presidente de Venezuela Hugo Chávez , en especial, respecto al uso de los llamados ‘cinturones del gobierno’. Carlos Matus, dos años antes de fallecer había ofrecido hacer clases gratuitas de estrategia a la militancia del PS. El escaso interés demostrado ante el ofrecimiento terminó con ese proyecto.
¿Se requiere, aún, hablar de la militancia proscrita del MAPU para reforzar esta idea de la marginación selectiva? No nos parece. Ya hemos hecho esto en otros trabajos.

“Dicebamus externa die”...
Las causas del comportamiento actual de las colectividades políticas pueden encontrarse en hechos que sucedieron hace más de 25 años. Ya nos hemos referido a algunas de ellas, entre otras, a la forma de organización de las mismas, las presiones internacionales, la conveniencia, la debilidad teórica, los requerimientos del socialismo internacional y, por supuesto, el carácter social de su militancia y, en especial, de su dirigencia. Entre muchas más.
El carácter social es un concepto que, lamentablemente, poco se emplea en los análisis de las organizaciones sociales. Y, no obstante, es el gran aporte que nos legara Erich Fromm. Un debate que no tome en consideración los aspectos psicológicos de quienes dirigen grupos sociales jerarquizados es, a no dudarlo, desoladoramente pobre. Porque el carácter social -al igual que el carácter individual- nos entrega las claves del comportamiento humano. Nos introduce en el estudio de la etología, ciencia que inaugurara Konrad Lorenz en sus trabajos sobre los animales y que hoy, con los avances tecnológicos, se emplea en el ser humano. Es la teoría del comportamiento. Nos informa por qué algunas personas actúan de un modo determinado y no de otro. Nos da cuenta de cuál es la razón de esa conducta, de cómo preverla, de cómo enfrentarla.
Una teoría explica, no enjuicia. Y, sin embargo, sus explicaciones suelen ser más condenatorias que un juicio mismo. Es el poder de quien emplea el raciocinio frente al que confía de la creencia, de la fe o de la suposición, soportes que mantienen el ámbito jurídico/político del modo de producción capitalista. La ciencia ha hecho notables avances sobre el particular. Es casi imposible hoy hablar sobre organizaciones sociales sin tomar en cuenta los aportes de la biología, de la física, de la química, a las ciencias sociales tales como la historia, la sociología o el derecho. No insistiremos al respecto: nos hemos referido a ello latamente en nuestro trabajo destinado a honrar la memoria de Rodrigo Ambrosio.
Es ingenuo, por ende, tan solo suponer siquiera que el PS, merced a un simple cambio de dirección, va a retomar sus viejos estandartes para decir a su militancia como otrora lo hiciera el ilustre salmantino ante las aulas, de cuya labor docente se encontraba castigado hacía más de 20 años:
“Dicebamus externa die” (“Como decíamos ayer”).
El retorno al socialismo de la Unidad Popular pasa por un exhaustivo debate teórico que no se realiza aún en el partido de Allende. Y costará mucho que ello se haga en el futuro.
Este no es el primer debate que se realiza en el PS. Tampoco será el último. Menos, aún, el definitivo. Antes que eso ocurra, deberán derrumbarse las columnas en que se asientan sus creencias, su respeto a los valores, su autoritarismo, el deseo de figurar de su dirigencia (“narcisismo”), su vocación de dominar, en fin. El debate iniciado a propósito de la incorporación de la ex militancia MAPU/MIR es desoladoramente pobre. No coloca en buen pie tanto al que lo iniciara como a quienes le han replicado; menos a los que rehuyeron la discusión. Más bien, los hermana en su indigencia teórica. Y Jürgen Habermas, Hannah Arendt y otros, en poco ayudan cuando la base intelectual de quienes recurren a ellos es tan extremadamente débil. O tan cargada de prejuicios e ideas pre concebidas.
Después de leer la enorme cantidad de literatura aparecida a propósito de uno solo de los artículos de Antonio Cortés queda la penosa impresión que estos 14 años de Concertación de poco han servido para el desarrollo teórico de la gran familia socialista.
Este artículo ha sido escrito en Valencia, al pie de cuyas murallas librara Ruy (Rodrigo, para los castellanos) Díaz de Vivar su última batalla contra los árabes. El Cid no sólo mantiene viva la esperanza de poder ganar combates al ‘sectarismo’ aún después de muerto, como bien lo recordara Rodrigo Ambrosio en cierta oportunidad, sino representa la lealtad, la firmeza de convicciones, la honestidad en la defensa de los propios ideales, valores que se encuentran vinculados más bien a la evolución de la cooperación más que al desarrollo de la competencia. Constituyen parte del alma de la cultura española; son parte, por ende, del alma de la cultura chilena. Son parte del alma de la cultura universal. A quienes amamos la literatura nos hace evocar expresiones y decires. No por otro motivo hemos empleado algunas citas de Jorge Manrique y Fray Luis de León para ilustrar el contenido de los últimos acápites o párrafos. No por otro motivo hemos recurrido a una vieja expresión que, en definitiva, ha dado el título a este documento. Expresa nuestra opinión frente a este debate ‘socialista’, donde más que contradicciones entre los diferentes sectores del socialismo chileno, pareciera existir -en todos ellos- una coincidencia sorprendente en orden a acallar las cuestiones principales a tratar. ¿Constituiría, entonces, un desatino y una provocación exclamar, como lo hiciesen en épocas pasadas y en circunstancias similares, los viejos habitantes de esta península:
“¡Átenme estas moscas por el rabo!”?

Valencia, julio de 2004.

Observaciones finales.

Este artículo se redactó teniendo a la vista los siguientes documentos:

Contador, Darío: “PS Histórico”…
Samuel, Juan: “Carta de un socialista histórico”.
Aguila, Ernesto: “PS: Identidad, Tradición y Proyecto”.
Garretón, Oscar G.: “Sellos, componentes y desafíos del PS”.
Martner, Gonzalo: “¿Alianza MIR-MAPU en el PS?”.
Merino, Cecilia: “¿Xenofobia en el PS?”
Cortés Terzi, Antonio: “Derecha: Uso y Abuso Político de las Fuerzas Armadas”.
Cortés Terzi, Antonio: “Gonzalo Martner: ¿Hacia la ‘tontonización’ del PS?”
Cortés Terzi, Antonio: “PS histórico y la alianza interna MIR-Mapu”.
Cortés terzi, Antonio: “El socialismo: una cultura en crisis”.
Pizarro, Roberto: “El verdadero poder en el Partido Socialista” (A propósito de la polémica de Cortés Terzi).
Pizarro, Roberto: “Desigualdad: el verdadero riesgo país”.
Escobar, Santiago: “En búsqueda del socialismo puro”.
Gutiérrez Soto, Juan: “Socialistas”.
Fuentealba, Juan y Olea Francisco:”El socialismo reflexivo: Algunas hipótesis”
Rojas, Eduardo: “El PS y el aprendizaje de la historia”.
Barberis, Víctor: “El odontólogo Cortés Terzi”.
Waissbluth, Mario: “Un elefante lamado progresismo”.

Agradezco a mi buen amigo Pedro Gaete los documentos que me enviara acerca del debate socialista; sirvieron mucho para la redacción de este artículo. Agradezco sus observaciones acerca del poderío económico de los sectores vinculados a la UDI; me he apresurado a incorporar dichas observaciones al texto. Aunque, basándose en informaciones de María Olivia Monckeberg, de Patricio Rozas y de otros que han investigado la fortaleza económica de la UDI, sostiene que esa organización es la más importante de ‘la derecha’, la discusión tiene escasa relevancia para estos efectos. Dos circunstancias la hacen por entero inútil. Es la primera, una derivada de la metodología: su mención en el artículo se ha hecho única y exclusivamente en relación al intento de Antonio Cortés de identificarla con ‘la derecha’. Que sea o no la más importante representación (natural o formal) del capital en modo alguno significa que, fuera de ella, no existan otros sectores qye también lo sean y quienes, no siéndolo, busquen afanosamente adquirir tal calidad. La segunda deriva de ciertas consideraciones de carácter teórico: si el gobierno estuviese en manos de la Concertación, las fuerzas armadas siguiesen intactas y el estado mantuviese su cohesión, funcionando normalmente todas sus instancias como sucede en la actualidad, poca relevancia tendría que todo el empresariado chileno y el de extranjeros avecindados en Chile (incluyendo a los españoles) decidiese militar en la UDI o vincularse a tal organización. La representación no implica identificación de clase. Por el contrario: significa, simplemente, que la representación política de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, de manos de sus representantes naturales o formales (la UDI o quienquiera que fuese) ha pasado a manos de sus representantes informales (la Concertación). El error estriba en el hecho simple de seguir identificando la escena política con el bloque en el poder y, por ende, los partidos políticos con las clases sociales. Volveremos en otra oportunidad sobre este tópico.
Agradezco, del mismo modo, a ese otro gran amigo que es Carlos Lagos sus comentarios al documento, me han permitido corregir algunos de los errores involuntarios en que incurre frecuentemente quien, por razones derivadas del domicilio en una formación social extraña, se encuentra un tanto desvinculado del acontecer nacional. También tales comentarios -juiciosos, por cierto- fueron incorporados al texto.
No se formularon críticas ni observaciones a los artículos anotados más arriba por razones obvias: la generalidad de ellos son dramáticamente contingentes y presentan una desoladora indigencia teórica. Abundan descalificaciones, afirmaciones temerarias y actitudes arrogantes; las cartas contenidas en las páginas de Internet son vergonzosas e imposibles de considerar.

Las correcciones al artículo escrito en España, fueron finalmente hechas en Estocolmo, agosto de 2004.
Publicado el : |2004-08-21|
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