| Por: Manuel Acuña Asenjo - 2003-04-05
Cuándo se tendrá en cuenta este hecho no para
indignarse u oponerse a él sino para comprender su lógica? ¿Y puesto que
no se tiene la capacidad ni la voluntad de oponérsele, al menos para no
dejarse engañar y hacerle el juego a la propaganda política con sus
promesas jamás gratuitas, o a los intereses económicos que obtienen
beneficios adicionales de estas situaciones en tanto no se las aclare? Y
para encontrar otros caminos. Para abandonar esos caminos peligrosos
que aún seguimos, sea porque nos dirigen o por propia obstinación”.
(Viviane Forrester: “El horror económico”)
Introducción.
Los sucesos no se originan en una causa, como corrientemente se afirma;
ni en dos, tres o más. En verdad, obedecen a una acumulación de
circunstancias, muchas de las cuales permanecen en la penumbra,
ignoradas a menudo por los propios implicados. Esta mecánica se repite
frecuentemente respecto de todos los fenómenos de la naturaleza y, por
supuesto, de los sucesos que afectan a una sociedad; también ocurre con
la guerra, que es un fenómeno social más y se origina no en una causa
sino en la conjunción de hechos, en la reunión sostenida de factores
estrechamente interrelacionados. Si es inexacto afirmar que el viento es
la causa de la caída de un macetero desde un balcón y de su posterior
rotura, tampoco puede decirse que una guerra se origina en el solo
intento de una nación por apropiarse de las reservas petrolíferas de
otra o de derribar a su gobierno pretextando liberar al pueblo de una
presunta tiranía. En la caída de ese macetero y su consiguiente
destrucción, además de la fuerza del viento, están involucradas otras
circunstancias como lo son la ley de gravedad, la resistencia de la
cerámica a los golpes, la distancia entre el suelo y el balcón, el peso
del objeto caído, su grosor, su cocción, la dureza del suelo, la forma
del objeto, la negligencia del sujeto que lo colocó en un sitio poco
conveniente y la pérdida de su equilibrio; en un conflicto bélico
también están presentes otros componentes, a menudo, determinantes del
desencadenamiento del mismo. Ocurre que un suceso es parte de otro que, a
la vez, integra uno mayor. Las partes, en verdad, son instantes,
segmentos de un todo que no puede ser fragmentado. Por eso, los intentos
de hacer radicar las explicaciones en ‘causas’ serán, siempre,
referencia a los aspectos parciales de un fenómeno. El todo, la
totalidad, aparece en el tiempo como un torrente, un flujo interminable
en perpetuo cambio y, en Occidente principalmente, donde es por
excelencia fragmentario, el conocimiento escapa con frecuencia a ese
flujo universal en donde sí radican las causas verdaderas de los
fenómenos.
El reciente conflicto que ha provocado con su ex aliado (Irak) la más
grande potencia militar del planeta (USA) contiene, del mismo modo,
infinidad de circunstancias. Empleadas algunas de ellas en el carácter
de excusas destinadas a justificar determinadas actitudes, son el tema
predilecto de artículos y análisis tan frecuentes en diarios y revistas.
Llama la atención, no obstante, que poco o nada se haya escrito en
relación a dos factores que han gravitado fuertemente en el desarrollo
del conflicto. Nos referimos al carácter social del estadounidense y a
la importancia del comercio armamentista para la economía mundial. Del
análisis de estos factores derivan consecuencias de carácter
imprevisible; por eso, nos haremos cargo de ellos en las páginas que se
siguen a continuación.
El tema, no obstante, será abordado en tres partes, a saber:
1. El carácter social del estadounidense.
2. Importancia del comercio armamentista para la economía mundial, y
3. Posibles conclusiones.
El carácter social del estadounidense.
Concepto.
Una nación no existe porque sí. A la manera que en la construcción de un
fenómeno o suceso se hacen presentes circunstancias de toda índole,
también en el establecimiento de una nación aparecen elementos del más
variado estilo los cuales, en conjunto, van a determinar su identidad.
Algunos de ellos afectan al grupo social mismo de manera tal que
imprimen en cada uno de sus miembros un sello que les es común Ese
sello, esa marca de carácter colectivo, ese rasgo generalizado, se
repite en la descendencia no por designios genéticos sino culturales. El
entorno determina el comportamiento de los seres vivos; lo que
caracteriza a uno no sólo caracteriza al otro sino a quien le sucede en
la vida. Es la herencia cultural. El conjunto social hace al conjunto
particular o individuo para que, una vez más, el todo haga a la parte y
no a la inversa. Eso sucede de manera simple.
Cada individuo tiene un carácter que le es propio y lo identifica;
también lo tiene cada nación. Y es que determinados rasgos dentro del
carácter particular se repiten en los demás individuos identificándolos
entre sí y diferenciándolos, a la vez, de quienes viven en otras
formaciones sociales.
Si, como Fromm lo manifiesta, “en el sentido dinámico de la psicología
analítica se denomina carácter la forma específica impresa a la energía
humana por la adaptación dinámica de las necesidades de los hombres a
los modos de existencia peculiares de una sociedad determinada” (1), es
carácter social “aquella parte de la estructura del carácter que es
común a la mayoría de ellos” (2).
El carácter social no comprende todos los rasgos de un sujeto sino tan
sólo una selección de ellos, a saber, “el núcleo esencial de la
estructura del carácter de los miembros de un grupo; núcleo que se ha
desarrollado como resultado de las experiencias básicas y los modos de
vida comunes del mismo grupo” (3).
Este concepto no es algo superfluo. Por el contrario: representa la
matríz primordial en donde ha de apoyarse el imperio de las ideas
dominantes pues el individuo solamente encontrará satisfacción a sus
actos en la medida que ellos se ajusten o correspondan a los
requerimientos comunes propios del carácter social. No existe feed-back
(retroalimentación, retroacción) para el individuo fuera de la sociedad.
Como lo expresa Fromm:
“Si el carácter de un individuo se ajusta de manera más o menos fiel a
la estructura del carácter social, las tendencias dominantes de su
personalidad lo conducirán a actuar de conformidad con aquello que es
necesario y deseable en las condiciones específicas de la cultura en que
vive” (4).
La correspondencia entre las formas de actuar y las condiciones
específicas de la cultura en que vive, brindan al ser humano una suerte
de premio: la satisfacción psicológica que le embarga de estar actuando
entre los suyos de modo correcto. Al adaptarse a las condiciones
sociales, al dejar tras de sí el pesado lastre que le significa ser
diferente a los demás, desarrolla el individuo aquellas aptitudes que le
hacen experimentar el deseo de obrar precisamente del modo en que debe
hacerlo. Así, es ‘bueno’ para él todo aquello que realiza a la manera
querida por los demás; a la inversa, es ‘malo’ todo hecho o actuación
que aquellos repudian o rechazan: el carácter social mantiene la
cohesión del grupo a la manera que lo hace el comportamiento gregario en
los demás animales. De esa manera, cada sujeto no sólo es portador de
su propio carácter particular sino a la vez conlleva implícito los
rasgos determinantes de su carácter social, que es su pertenencia a un
grupo. Como en el universo holográfico en donde el todo contiene a la
parte y la parte al todo, la nación conlleva al individuo para que éste
sea, al mismo tiempo, portador ineludible de la nación entera. Entonces,
los franceses podrán decir con sobrada razón que son franceses y los
griegos que son griegos, en tanto los chilenos se sentirán chilenos y no
de otra nacionalidad; ninguno de ellos se identificará con españoles,
alemanes o turcos: sus sellos distintivos se mostrarán de modo
ostensible. Y también lo harán los estadounidenses (“americanos”, para
ellos mismos y para los europeos que, al igual de ciertos
latinoamericanos masoquistas, gozan en la expropiación de sus raíces
históricas), los argentinos, los mexicanos; con una diferencia: los
primeros estarán convencidos de pertenecer a la más excelsa nación.
Algunos rasgos distintivos del carácter social del estadounidense.
Si, como ya lo hemos señalado, cada carácter social posee rasgos que les
son propios, también posee tales peculiaridades el del estadounidense. Y
aunque muchos de aquellos se repiten o aparecen formando parte de los
rasgos propios de otras nacionalidades, la combinatoria siempre es
exclusiva para cada formación social; también lo es para la nación
norteamericana: sus peculiaridades la diferencian de otras y hace
nacional de Estados Unidos a quien las exhibe como una totalidad. La
practicidad es una de aquellas; la agresividad, el fundamentalismo
religioso y la desmesura en la autoestima constituyen algunos de los
otros. En el presente análisis nos referiremos tan sólo a estos últimos
por estar todos ellos ligados íntimamente al tema que nos ocupa.
El estadounidense es un individuo belicoso e íntimamente convencido del
uso de la violencia como forma óptima de resolución de las
controversias. Eso no es casual: colaboran en ese aspecto, entre otras,
el predominio de raíces culturales (las inglesas) donde la violencia
constituye una forma de ser, la expropiación que hizo (revólver en mano)
de las tierras aborígenes, la construcción de las grandes fortunas al
amparo del crímen y la explotación y su acentuado carácter de nación de
inmigrantes cuyas luchas en defensa de valores, a menudo contrapuestos,
se hicieron al amparo de las armas. Así, la belicosidad del
estadounidense no deriva de ‘gen egoísta’ alguno sino de un variado
conjunto de factores culturales que, repitiéndose al amparo de la
historia, establecieron tal forma de vida; el convencimiento cada vez
más acentuado que lo asiste de haber elegido la vía más adecuada (la
violencia) para alcanzar su propio bienestar es la consecuencia más
inmediata de ello. De ahí a reforzar dicho convencimiento con una
desmesurada autoestima hay sólo un paso: el habitante de una nación se
transforma de esa manera en un sujeto que posee la certeza absoluta de
estar excepcionalmente bien dotado, de ser el mejor entre los humanos,
de vivir en la mejor de las naciones y de estar predestinado a conducir a
la humanidad por mandato divino. El héroe de Hollywood es su fiel
espejo -a la vez que modelo- en la forma de ese cowboy capaz de matar a
mil aborígenes con un revólver de seis tiros sin que se le acaben las
balas o del policía ‘bueno’ que abate a cien hampones ‘malos’
permitiendo el triunfo de la justicia; también lo es en la forma de
Rambo que se dedica a matar comunistas en Tailandia, de Superman,
Batman, el Capitán Maravilla, los súperhéroes. Si los judíos se
autoproclaman a sí mismos ‘pueblo elegido’, también los Estados Unidos
se sienten la nación excelsa elegida por Dios para gobernar la tierra:
el norteamericano es arrogante y cimenta su arrogancia en la religión
haciéndose, por ello, fundamentalista. La leyenda impresa en el dólar
“In God we trust” (“Confiamos en Dios”), la alocución paternalista con
la cual finalizan los presidentes sus discursos (“God bless you”, “God
bless America”= “Dios los bendiga”, “Dios bendiga a Estados Unidos”) y
el derecho inalienable que, en nombre de una justicia de discutible
contenido se arrogan para dar muerte a quien sea, dentro o fuera de su
territorio, testimonia en gran medida ese espíritu mesiánico que guía al
estadounidense de estar identificándose constantemente con alguna
divinidad. La propaganda que USA emplea para convencer acerca de sus
proposiciones –cualquiera que sea- se orienta siempre en tal sentido: el
estadounidense encarna al bien frente a un enemigo que es la
personificación del mal. Y es que en las concepciones sociales del
estadounidense hay un fuerte predominio de la religiosidad expresada en
maniqueísmos exacerbados. Si ha intentado suplantar a los judíos en su
rol de ‘pueblo elegido’ no cabe duda que también pretende hacerlo con el
Vaticano para determinar lo que es el bien y el mal: la religiosidad,
el fundamentalismo religioso es su forma de vida y es comprensible que,
aún en pleno siglo veintiuno, en algunos de los Estados que conforman
esa nación esté prohibida la enseñanza de la evolución por ser contraria
a los postulados de la Biblia. La religiosidad fortalece la arrogancia
del habitante del país del norte, afianza su natural belicosidad: el
estadounidense no acepta que se le contradiga o que alguien se le cruce
en el camino.
Hay, no obstante, otra circunstancia que contribuye a ello: en la joven
república norteamericana se instaló el sector más dinámico del
capitalismo emergente y su inseparable estrategia competitiva. Estados
Unidos se desarrolló sobre la competencia de unos a otros, en medio de
una verdadera antropofagia social y tal fue el modelo que exportó una
vez asentada como nación guía. La competencia divide y une, hoy, a los
estadounidenses, los enemista y distingue de los demás; les hace
agredirse constantemente unos a otros. Estados Unidos no solamente
ostenta el triste record de ser la nación más violenta de la tierra sino
aquella con mayor cantidad de armas en manos de particulares, el país
con mayor cantidad de asesinatos anuales, el Estado con mayor número de
niños asesinos y la formación social con la mayor población penal, en
constante incremento para gozo de los empresarios (las cárceles están
privatizadas y el trabajo de los reclusos constituye una excelente
ganancia para los propietarios de las empresas dueñas de los recintos
penales). En una nación donde se reúnan tales características, la salud
mental no puede ser una de las mejores. Ya en 1953, en una conferencia a
la cual se le invitara a participar, denunciaba Eric Fromm que “en
Estados Unidos se gastan unos mil millones de dólares al año en
asistencia psiquiátrica y... aproximadamente la mitad de las camas
hospitalarias están ocupadas por enfermos mentales” (5). No fue sino
analizando la sociedad norteamericana que escribió este ilustre
psicólogo sus libros “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea” y “La
patología de la normalidad”, en los cuales denuncia el carácter
enajenado de la sociedad capitalista.
Estados Unidos se ha involucrado permanentemente en guerras que tienen
lugar no tan sólo fuera de sus fronteras sino que afectan a naciones de
otros continentes; como veremos más adelante, las causas de esta
práctica se originan, entre otras, en la evolución del concepto de
‘defensa’. Como consecuencia de esas guerras extraterritoriales y
transcontinentales (Vietnam, Corea, Líbano, Libia, Irak, Afganistán),
vuelven a su patria muchos soldados con graves daños psíquicos. Aislados
en hospitales, clínicas y localidades especiales, constituyen un
peligro público cuando son dados de alta o huyen de esos centros pues
durante el período que estuvieron en el ejército se les convirtió en
verdaderas máquinas de exterminio. La generalidad de los llamados
‘asesinos múltiples’ han sido ex combatientes de las guerras
extraterritoriales de Estados Unidos, veteranos de Vietnam, Corea o
Irak. El más reciente de estos casos fue protagonizado por John Allen
Muhammed, llamado ‘el francotirador de Washington’, detenido el 24 de
octubre del pasado año (2002) tras cometer nueve asesinatos. Muhammed
combatió en la Guerra del Golfo y fue dado de baja con el grado de
sargento; había participado en la aniquilación del ejército iraquí que
se retiraba, vencido, por el desierto en dirección a Bagdad. No existen
cifras oficiales acerca del número de soldados que han enloquecido como
consecuencia de las tareas encomendadas por sus superiores en las
diversas guerras que debieron librar.
‘Ellos’ versus ‘nosotros’.
Fritjof Capra sostiene que los sistemas biológicos –entre ellos, los
seres humanos- deben, por un lado, “afirmar su individualidad a fin de
mantener el orden estratificado del sistema” y, por otro, “someterse a
las exigencias de una unidad mayor a fin de que el sistema sea viable”
(6). La primera de las funciones indicadas se la conoce como ‘tendencia
autoafirmante’; la segunda es la ‘tendencia integradora’. El equilibrio
entre ambas marca el punto óptimo de funcionamiento psíquico para el ser
humano; sin embargo, en Estados Unidos, el predominio amplio de las
primeras por sobre las segundas es una realidad ineludible. Las
tendencias autoafirmantes ahogan las manifestaciones de las tendencias
integradoras en la personalidad del sujeto robusteciéndose, de esa
manera, el convencimiento de la necesidad de la violencia como forma
ideal de resolver las controversias; ahogada por reacciones de índole
emotiva, la conciencia se niega a conocer realidades más allá de las que
debe conocer. Como el matarife que poco o nada le interesa saber acerca
del modo de comunicación que emplean las bestias que va a sacrificar,
tampoco el estadounidense es proclive a conocer las formas culturales de
los pueblos que se encuentran más allá de sus tierras y a los cuales va
a aplastar, sino le interesa saber tan sólo de aquello que es suyo, que
le es propio. De esa manera, la diferencia entre el ‘nosotros’ y el
‘ellos’ se hace presente, tornándose actual; el ámbito social de uno y
de otro se delimita en forma precisa.
Esta distinción es básica. Constituye el fundamento previo de toda
declaración de guerra, es el requisito indispensable para la
identificación del enemigo. Por una parte, crea las condiciones
psicológicas esenciales para gozar en la defensa de lo propio y afianza
un sentimiento –el de pertenencia al grupo-; pero a la vez,
simultáneamente, hace aflorar otro, contradictorio y paradojalmente
armónico, cual es la satisfacción, la alegría que da destruír lo que es
de ‘ellos’. La identificación del sujeto con el conjunto al que
pertenece se realiza a través de símbolos (patria, bandera, uniforme,
himnos): incorporados a la mente se suceden unos a otros en forma de un
verdadero desplome de piezas en dominó para arrojar en calidad de
resultado el bosquejo de una silueta inconfundible: la del sujeto
exótico, la del ‘otro’, el enemigo, el que no es igual a uno..
“Los miembros de la oposición son todos lo mismo: malos, sin
distinción”, expresa Lawrence Le Shan. “Es una de las diferencias entre
‘nosotros’ y ‘ellos’; puede que seamos todos buenos y positivos, pero
nosotros conservamos nuestras particularidade. ‘Ellos’ no” (7).
Distinguir entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ no implica solamente diferenciar
entre lo interno y lo externo o, si se quiere, entre lo propio y lo
ajeno sino es establecer una suerte de jerarquización en donde
‘nosotros’ somos los superiores y ‘ellos’ los inferiores. Es la
separación que se encuentra implícita en la tradicional clasificación
que hicieran hace varias décadas las naciones poderosas entre primer,
segundo y tercer mundo. En tales concepciones está siempre presente la
idea de la superioridad puesto que tal es el pensamiento que guía la
acción de las naciones dominantes. No podría ser distinto en el caso del
estadounidense cuyo comportamiento se sella por su pertenencia a un
país que posee concepciones de dominación.
El enemigo no sólo es un personaje central en la vida del estadounidense
sino parte de su forma de ser. Está impreso en su espíritu,
culturalmente belicoso. Por lo mismo, puede ser ese enemigo un sujeto
cualquiera pero perverso, un demonio encarnado en un individuo,
generalmente, el científico loco, el monje asesino, el psicópata
violador, el degollador de la noche. Puede, además, personificarse ese
enemigo en un país, una nación, un Estado cuyas formas de vida le
resulten abyectas; pero puede, también, el enemigo adoptar la forma de
una idea, un pensamiento, una reflexión contraria a la suya. Así, una
concepción cualquiera puede parecerle totalitaria pues el estadounidense
está convencido de representar la libertad y pocas veces advierte que
esa libertad en la que cree no es diferente a la libertad del zorro
dentro del gallinero. En estos últimos años, especialmente luego de la
caída de su contradictor proverbial (la URSS), el enemigo del ciudadano
de la potencia del norte se multiplica en los engendros del celuloide,
los monstruos de las profundidades, las amenazas estelares, las momias
asesinas, las maldiciones de las brujas, las naves espaciales que vienen
a destruír la tierra y el centro de la libertad que, por supuesto, no
es otro que Washington. No es casual que el estadounidende haya optado
por combatir constantemente contra lo que sea pues en la imaginación
suya, el enemigo –como Dios- está en todas partes, revistiendo la forma
de la madre de uno mismo, del padre, del hijo endemoniado, del perro,
del gato, del vecino, de las bacterias, de los elementos químicos y
hasta de las ‘casas asesinas’. Refuerza esta idea de la lucha constante
contra algo o contra alguien, la proliferación de juegos en los que la
violencia es practicada como el centro de la diversión; la reproducción
sostenida de los mismos permite suponer lo que espera de todo ello a las
generaciones futuras. Y es que el estadounidense parece no haber
entendido (o no quiere hacerlo) el fenómeno de la vida sólo como un
desafío a la entropía sino ha militarizado su esencia para poder así
comprenderla en el único lenguaje que conoce: el de las armas. La vida,
en su carácter de fenómeno en perpetua y creciente complejización como
óptima forma de perpetuarse, está fuera de su percepción.
Vinculaciones entre gobernante y gobernados derivadas del carácter social.
Los rasgos predominantes del carácter social son los que han hecho tales
sus clases dominantes. Por eso, no es exacto afirmar, como el viejo
refrán lo dice, que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Y
no es exacto porque, si bajo la expresión ‘pueblo’ se ha buscado hacer
referencia a un concepto neutro en donde la estratificación de las
clases sociales se encuentre ausente, tal inculpación es equívoca; y si,
por el contrario, se ha querido responsabilizar únicamente a las clases
dominadas de lo que les sucede, la afirmación es malévola o
tendenciosa: el ‘pueblo’, como concepto neutro no existe y las clases
dominadas no hacen otra cosa que adoptar para sí las ideas de las clases
dominantes, de manera que sólo éstas pueden ser inculpadas de la
emergencia de determinados gobiernos pues han sido sus ideas las que han
dominado en todo tiempo y lugar.
El innegable vínculo que une a gobernantes y gobernados y que confiere
vigencia al referido refrán arranca del imperio de valores que dieron
eficacia a la propaganda política, a la manipulación de las conciencias y
al control de las ideas. En este sentido, el carácter social ha sido el
vehículo que ha conferido eficacia a las acciones de estrategia
eleccionaria. Así, un gobernante representa siempre los valores vigentes
de una nación y su conducta se ajusta a los rasgos específicos
dominantes. Si esos valores se encuentran condicionados por la
liviandad, la truculencia, la sexualidad, el mercantilismo, la tasación
pecuniaria, la falta de empatía, no debe sorprender que el dirigente
exteriorice tales desmesuras. El resultado siempre va a ser notable: el
mundo histriónico ha de dominar sin contrapeso.
“’¿Cómo este tipo llegó a ser presidente del país más poderoso del
mundo?’”, escribió Nicole Raymond respecto de Ronald Reagan, en un
artículo aparecido a principios de febrero, “es una pregunta que muchos
se hicieron y que otros todavía se hacen cuando piensan en Ronald
Reagan, el cuadragésimo Presidente de Estados Unidos, el mediocre actor
de Hollywood y ahora el anciano con Alzheimer que espera su cumpleaños
número 92 recluído en su hogar en California” (8).
Y agrega, al respecto:
“Reagan, para la intelectualidad de Estados Unidos, es una figura
difícil de tragar, un político simplón y sin peso que llegó a ser
presidente gracias a su carisma y sin una gota de inteligencia” (9).
La emergencia de Ronald Reagan así como la de sujetos desmesurados
(entre otros William Clinton, Boris Yeltsin, Anthony Blair) ha sido
posible por la acción del carácter social que hace normal lo anormal y
natural lo antinatural. George W. Bush, que impulsara el ataque de
Estados Unidos contra Irak no escapa a esta constante. Sus frases
disparatadas e incoherentes han sido reunidas en un sitio de Internet
que, bajo el nombre de www.bushisms.com, puede ser consultado por
quienes estén interesados en el tema. De ese sitio extrajo Umberto Eco
algunas frases curiosas que ha reproducido en un artículo aparecido el
21 de febrero de 2003 en el diario El Mundo, de España, bajo el título
de “Frases célebres de Bush”. Entre otras, aparecen estas dos que pueden
ilustrar el contenido del artículo: “Muchas de nuestras importaciones
vienen de ultramar” (NPR’s Morning Editing de 26.09.00), y “El problema
con los franceses es que no tienen una palabra para entrepreneur”.
Recientemente y a propósito de la catástrofe del transbordador
“Columbia”, Bush ha vuelto a pronunciar unas de sus célebres frases
atribuyendo a la divinidad el nombre de las estrellas.
“El mismo Creador que nombra las estrellas también nombra las siete almas a las que lloramos hoy” (10).
El carácter social prepara las condiciones para que dirigentes que
respondan a los sentimientos que son predominantes se coloquen a la
cabeza de una nación en circunstancias determinadas. Los conflictos
armados se hacen, entonces, posibles y la manifestación de voces o
comportamientos divergentes y cuerdos son acallados. Si en una
oportunidad hizo posible la emergencia de un Harry Truman, capaz de
arrojar dos bombas atómicas sobre Japón, y de un Richard Nixon, que
ensayara los efectos del napalm en las poblaciones de Vietnam, bien
puede prolongar la vigencia de esta ‘revolución conservadora’ en la
persona de George W.Bush o de cualquier otro que represente con
fidelidad el empeño del uso de la fuerza en esta fase del desarrollo del
capitalismo actual.
Importancia del comercio armamentista para la economía mundial.
El militarismo y la industria militar como soportes del modo de producción capitalista (MPK).
La actividad militar ha estado permanentemente ligada a las diferentes
maneras de organizarse de los grupos humanos. Como muchas otras
manifestaciones de la vida social, tampoco son casuales dichas formas.
Obedecen al hecho simple que, a partir de la organización de los
ejércitos y del consiguiente nacimiento del Estado, los modos de
producir adquieren el carácter de modos de dominación. Ello explica
naturalmente que muchas de las modernas instituciones de la sociedad
actual arranquen sus orígenes del militarismo y de sus prácticas
consecuentes. Karl Marx, que analizara con detención tales
manifestaciones, llamó la atención de su amigo Fredrik Engels cuando, en
carta fechada el 25 de septiembre de 1857, le expresó que el estudio de
los ejércitos no poseía solamente interés por haber introducido en la
sociedad el sistema de salarios sino, además, por organizar la
transferencia de la propiedad al márgen de la institución de la familia
bajo la denominación de ‘peculio castrense’, por establecer el sistema
de gremios dentro de la llamada ‘corporación de Fabri’, por usar la
maquinaria (mayoritariamente bélica, por supuesto) a gran escala, por
emplear los metales en calidad de moneda y por instiruír la división del
trabajo dentro de una rama determinada.
El militarismo, al perfeccionar el exterminio de los seres humanos y
descubrir nuevas formas de hacerlo, perfeccionó simultáneamente el uso
de ciertas máquinas e instrumentos que hoy se usan con fines comerciales
y médicos: los barcos, los aviones, los instrumentales quirúrgicos, en
fin. Con su tecnología de destrucción y de muerte, la industria militar
ha permitido, paradojalmente, un avance significativo en el desarrollo
del bienestar del ser humano, lo cual no debe sorprender: el desarrollo
de cualquier otra actividad hubiere, probablemente, llevado a idénticos
resultados aunque, tal vez, no con la misma velocidad. El hecho es que
tal avance se ha logrado con el desarrollo de la industria bélica, por
lo cual. no puede desconocerse ese innegable atractivo que posee para la
economía. Es más: se puede asegurar que es ésta absolutamente
dependiente de la industria militar. Y no solamente porque deriven de
ella inventos que puedan ser empleados en otras áreas de la economía
sino por otras razones, una de las cuales es que en un régimen de
competencia libre, la producción de armas es la más alta expresión del
dinamismo industrial pues sólo en la guerra se da la más excelsa forma
de competencia.
Hay, no obstante, otras razones:
El alto volúmen de dinero que se moviliza en la venta de pertrechos bélicos.
Los productos que elabora la industria armamentista son de alta
tecnología; son, en consecuencia, mercancía de gran valor comercial y,
por lo mismo, de difícil acceso al comprador corriente. Quienes pueden
asumir el rol de clientes por excelencia de tal industria son los
Estados pues a ellos les compete la facultad de satisfacer las
exigencias siempre crecientes de sus institutos armados, como lo veremos
más adelante.
Si bien es cierto que numerosos particulares adquieren para sí variados
artículos provenientes de la industria militar –tales como revólveres,
pistolas, rifles, carabinas, escopetas, silenciadores, laques, manoplas,
miras telescópicas, puñales, dagas, esposas, etc.- no es menos cierto
que el volúmen de la masa monetaria que cubre dichas transacciones, de
por sí bastante elevado, no puede compararse en modo alguno con aquel
que mueve cada Estado en operaciones de ese tipo. Tanques, misiles,
plataformas flotantes, bombas, helicópteros, robots, submarinos,
portaviones, fragatas, minas, lanchatorpederas, aviones, constituyen las
compras usuales ordenadas por los gobiernos de turno. No obstante, es
la adquisición de equipos sofisticados lo que ocasiona el mayor
desembolso estatal: satélites espías, sistemas digitales de ataque y
defensa, mapas inteligentes confeccionados a partir de la información
proporcionada por satélites, programas especiales de rastreo y de
control, equipos para detectar al enemigo, entre otros.
Comparados con los gastos sociales que cada nación invierte
periódicamente, las compras en armamentos resultan escandalosas.
Cálculos más o menos aproximados hechos en 1986, indicaban que el
dinero ocupado en la fabricación de un misil balístico intercontinental
bastaba para alimentar a 50 millones de niños, construír 160 mil
escuelas y abrir 340 centros de salud; en esa misma fecha, el valor de
un submarino nuclear equivalía al presupuesto en educación de 23
naciones en desarrollo (11). En 2000, el presupuesto de la Organización
del Tratado del Atlántico Norte OTAN fue de 471 mil millones de dólares;
en ese mismo año, el valor comercial del cabezal de un misil nuclear
confeccionado en plutonio, oscilaba entre 200 y 250 millones de dólares.
Dos años más tarde, el presupuesto de defensa de los Estados Unidos,
aprobado por el Congreso de esa nación a petición del Presidente George
W.Bush para ese período (2002) era de 355 mil millones de dólares. Y es
muy poco probable que la industria bélica no haya mostrado oporuno
interés en apropiarse de esos dineros a cambio de mercancía proveniente
de las actividades que desarrolla.
El desgaste ineludible del material bélico.
Sólo la industria armamentista y la industria de la moda son
extremadamente sensibles al fenómeno de la obsolescencia. Sus productos
pueden considerarse ‘consumidos’ en un corto intervalo de tiempo. La
obsolescencia es eso: determinadas mercancías quedan fuera del mercado y
se entienden consumidas por el sólo transcurso de tiempo; el producto
que la reemplaza la supera en calidad o efectividad. Como lo
expresáramos en uno de nuestros trabajos:
“En la industria militar, el fenómeno de la obsolescencia adquiere
dimensiones espectaculares pues el armamento de un país puede, de un
momento a otro, quedar bruscamente en desuso por la sola exhibición de
un modelo recién fabricado. Las operaciones militares de Estados Unidos
en Kosovo, Irak y Afganistán han tenido por objeto, precisamente,
demostrar la inutilidad de determinados productos bélicos. Una nueva
arma convierte, por el simple hecho de su exhibición, en chatarra a todo
un arsenal militar en pocos segundos y obliga a su inmediato reemplazo
dinamizando con ello a la economía” (12).
La obsolescencia reemplaza al ‘desgaste’ del material bélico; es su
equivalente. Las armas no necesitan ser usadas para entenderse
‘consumidas’. Constituyen, por ende, una actividad en extremo
dinamizadora de la economía.
La necesidad del competidor planetario.
La competencia es el motor del modo de producción capitalista (MPK); sin
la competencia, la multiplicación del capital se ralentiza, se hace
ilusoria y el sistema amenaza con su colapso total. Pero toda
competencia es vana si existe tan sólo una parte y esa parte no tiene
con quién medir su capacidad. Si el que busca la comparación es uno de
los poderes dominantes a nivel planetario, también debe serlo su
opositor; en otras palabras, debe poseer idéntica calidad. Si no lo
consigue, deberá estar permanentemente desafiando a los pequeños, pero
eso no bastará para dinamizar la economía.
Un poder planetario dominante como lo era –y lo es- Estados Unidos en
los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, necesitaba con
desesperación un competidor planetario también dominante. Según Paul
Sweezy y Paul Baran, ese competidor fue encontrado luego de la
conflagración en “el nacimiento de un sistema socialista en el mundo,
como rival y alternativo del sistema capitalista” (13).
Así, la Unión Soviética, más que amenaza real para los Estados Unidos,
fue el elemento dinamizador de su economía y, por ende, de la economía
mundial, circunstancia que jamás ocultaron los investigadores
norteamericanos. A pocos años de finalizada la Segunda Guerra Mundial,
en 1949, afirmaba el economista de Harvard Summer Slichter que la guerra
fría “incrementa la demanda de bienes, ayuda a sostener un alto nivel
de ocupación, acelera el progreso técnico y en consecuencia ayuda al
país a elevar su nivel de vida... Así que debemos agradecer a los rusos
por ayudarnos a que el capitalismo de Estados Unidos funcione mejor que
nunca” (14).
Tres años antes de la caída del llamado ‘socialismo real’, en 1987,
William Irwin Thompson, asistente a la Conferencia de Lindisfarne que se
realizara ese año, vertió similares expresiones al decir:
“Justo es reconocer que la Unión Soviética es una parte íntima de los
Estados Unidos, Podríamos perder algunos Estados y seguir sobreviviendo,
pero si perdiésemos a los rusos como enemigos se derrumbaría toda
nuestra economía industrial de nación-estado” (15).
La estrategia norteamericana para competir en el plano militar.
La competencia en el plano militar requiere de un cuidadoso manejo
político pues su objetivo no es, en modo alguno, provocar una guerra
sino dinamizar la economía; más aún si se trata de competir a nivel
planetario. En otras palabras, el juego de la competencia armada es
extremadamente peligroso; a pesar del diligente cuidado que se puede
emplear en su realización los riesgos de desencadenar un conflicto
definitivo son altísimos pues no siempre es posible convencer al
‘enemigo’ de la necesidad de involucrarse en una carrera por obtener tan
sólo mejores productos y provocar así la obsolescencia de los antiguos.
Una estrategia de ese tipo debe estudiar las dificultades que conlleva y
las formas de reducir los riesgos. Tal fue lo que Estados Unidos hizo
mientras tuvo la posibilidad de contar con un competidor de carácter
planetario, como muy bien lo expresara el New York Times en 1962. En
efecto, haciéndose eco de la opinión de los institutos armados
estadounidenses llamó ese matutino a pronunciarse a favor de las
llamadas ‘guerras con objetivos limitados’ como forma de reducir los
riesgos de una conflagración total en la carrera por la confección de
nuevos pertrechos militares.
“Actualmente Washington acentúa los preparativos para guerras limitadas
si es necesario. Estas requieren de movilidad, habilidad para
transportar hombres y abastecimientos de un lado a otro usando puentes
en el extranjero. También necesitan de lo que se llama ‘acumulación
anticipada’ en cielos estratégicamente importantes.
El Pentágono está llevando a cabo un estudio de este problema en
particular. Después de las guerras napoleónicas, la marina británica
hizo tal estudio para determinar lo que Londres requería para la defensa
de su vasto imperio de ultramar. Más tarde la marina de Estados Unidos
hizo un estudio similar sobre la forma de operar en escala mundial.
El enfoque de la presente investigación de Washington se dirige más a los aspectos de una guerra parcial que de una total...
De manera semejante, la administración ve la posibilidad de que podamos
comprometernos en guerras parciales en otros frentes, conflictos
similares a los de Vietnam del Sur donde no seamos beligerantes pero
estemos cada vez más inmiscuídos. Por ejemplo, si Irán se sometiera a la
presión de Rusia, los esfuerzos iniciales de ayuda podrían ser
‘parciales’, no ‘totales’. Para estar preparados para tales acciones,
Estados Unidos debe mantener suficientes bases de ultramar que permitan
la acumulación de materiales para una reacción repentina por otros
medios distintos del holocausto” (16).
Guerras locales enmarcadas dentro de fronteras específicas, sostén a las
guerras de otros, guerras cortas desencadenadas para lograr avances
dentro de un tablero de posiciones, adoptaron el nombre de ‘guerras con
objetivos limitados’. Aquella fue la táctica desarrollada por la
enfermiza mente de la administración norteamericana en reemplazo de una
eventual ‘guerra total’ u ‘holocausto nuclear’. A esta técnica militar
cuya introducción permitió elevar cuantitativamente los niveles de
competencia necesarios para dinamizar el funcionamiento del sistema
capitalista mundial (SKM) se la fortaleció con un elemento adicional: la
instalación de bases militares permanentes de Estados Unidos en el
territorio de otras naciones. De esa manera, la defensa del país del
norte traspasó y sobrepasó, a la vez, sus propias fronteras nacionales
extendiéndose a lo largo y ancho del globo; el concepto tradicional de
‘defensa’ se hizo tan obsoleto como las armas que no se renovaban al
ritmo de los nuevos adelantos. Despedazado, aniquilado, destruído por
las prácticas del momento, fue sustituído por uno nuevo, actual,
diferente, plástico, maleable, adaptado a las veleidosas contingencias
de la política mundial. En realidad, la oposición planetaria ya
sobrepasaba el simple antagonismo de dos potencias mundiales,
transformándose en una especie de juego suma cero: lo que uno ganaba era
lo que el otro perdía y la ‘defensa’ se identificaba prácticamente con
el dominio sobre el globo terráqueo.
Pero la carrera armamentista fundamentada en una exacerbación tal de la
competencia, ya de por sí peligrosa, había dado orígen a otra
dificultad. La presión de una eventual amenaza externa, así como la no
menos eventual amenaza del enemigo interno, hizo que los stocks
militares de ambos contendores se incrementasen violentamente; y
aquellos arsenales, concebidos para proteger a una de las naciones de la
otra se transformaron, paradojalmente, en amenaza para la propia
seguridad. ¿En qué momento podría estallar una ojiva nuclear dentro de
la propia nación o soltar su mortal carga radioactiva? Parecía ridículo
todo aquello: en tanto más aumentaba la seguridad externa de un país a
través del constante incremento de su material bélico, tanto más
aumentaba también su inseguridad interna con el sostenido almacenamiento
de tales peligrosos artefactos. En 1964, ya lo expresaban de esa manera
dos investigadores en un artículo publicado en una prestigiosa revista:
“Desde poco después de la Segunda Guerra Mundial, el poder militar de
Estados Unidos ha ido aumentando constantemente. Durante el mismo
período, la seguridad de Estados Unidos rápida e inexorablemente ha ido
disminuyendo.
Desde el punto de la Unión Soviética, el cuadro es similar, pero mucho
peor. El poder militar de la Unión Soviética ha ido incrementándose
constantemente desde que empezó su poder atómico en 1949. Sin embargo,
la seguridad nacional soviética ha ido decreciendo constantemente.
Ambos contendientes en la carrera de armamentos están frente al dilema
de un constante aumento de poder militar y una disminución de la
seguridad nacional. Es nuestra opinión como profesionales que este
dilema no tiene solución técnica. Si las grandes potencias continúan
buscando solución solamente en el campo de la ciencia y la tecnología,
el resultado será empeorar la situación. El curso que siga la carrera de
armamentos, que se puede pronosticar claramente, es una constante
espiral descendente hacia una amnistía general” (17).
Conscientes de las dificultades que acarreaba la sistemática acumulación
de cabezales atómicos dentro de su propio territorio, los
estadounidenses idearon diferentes soluciones una de las cuales fue lo
que pasó a denominarse “tratados de no proliferación de armas
nucleares”. En realidad, la solución al problema competitivo no era otra
cosa que una suerte de retorno saludable al viejo principio de la
cooperación. Como lo hicieran las bacterias –millones de años atrás- que
luego de competir entre sí y amenazar con ello su propia existencia
‘acordaran’ la mutua colaboración, la dirección política de Estados
Unidos parecía dejar de lado la competencia y recurrir a la cooperación
como la más efectiva forma de sobrevivencia. Pero aquello era tan sólo
algo aparente: la estrategia del país del norte continuaba siendo
esencialmente competitiva pues ese método le había demostrado su
eficacia al impulsar con energía el desarrollo de la nación. Así, la
solución no consistía en eliminar la competencia sino únicamente en
controlar sus ‘excesos’ para lo cual se le incorporaban, en calidad de
elementos suyos, las dos medidas ya indicadas:
a) la promoción de guerras con objetivos limitados, y
b) la firma de tratados de desarme y no proliferación de artefactos nucleares.
Estados Unidos no renunciaba a su empeño de controlar al planeta.
La debilidad extrema de uno de los competidores se traduce en colapso.
Una competencia extrema, capaz de sobrepasar el de por sí efectivo motor
de la amenaza, tiene la probabilidad cierta de provocar un desastroso
efecto: el adversario puede disuadirse y hacer con ello ilusoria la
competencia. En la técnica militar, no obstante, la disuasión forma
parte de las prácticas usuales de superar la emergencia de un conflicto:
el eventual antagonista reconoce de antemano sus limitaciones y rechaza
el enfrentamiento sin siquiera hacer frente a la amenaza.
Involucrar y no disuadir era la táctica de Estados Unidos. Y para
llevarla a cabo se hacían presentes dos vías orientadas ambas en la
finalidad de salvar al SKM aunque diferenciadas en cuanto a la forma de
hacerlo: la forma extrema de hacerlo estaba representada por la opción
del Partido Republicano en tanto la forma conciliadora lo estaba por el
Partido Demócrata. El carácter social del norteamericano había ya decido
cuál de las dos vías era necesario emplear en esa oportunidad.
A fines de la década de los 80, la crisis económica de Estados Unidos se
había vuelto a transformar en una grave amenaza para la supervivencia
del SKM y el crash de octubre de 1987 exigía no solamente adoptar
medidas para evitar el colapso sino ponerlas en práctica de inmediato.
La solución estaba en manos de Ronald Reagan, representante del Partido
Republicano, elegido hacía algunos años Presidente de los Estados
Unidos. El carácter social del estadounidense se manifestaba nuevamente
colocando al sujeto indicado en el lugar preciso para resolver de esa
manera la crisis de la nación. Entonces, las formas extremas de la
competencia se pusieron en práctica y el Programa de la Guerra de las
Galaxias hizo su estreno en sociedad.
Propuesto por varios estrategas civiles y militares de la nación del
norte como eje central de la política del Presidente Reagan, dicho
programa fue acompañado de un juego de animación confeccionado en los
estudios de Disneylandia en el cual se mostraba el funcionamiento de un
avanzado sistema de defensa (y ataque) al que recurriría esa nación en
caso de ser agredido. Tal sistema no existía sino se trataba de una
simple bravuconada del gobierno estadounidense, pero el empleo del
dibujo animado y de la televisión permitía convencer de su existencia
real tanto a la opinión pública como al antagonista, pues la
administración de Reagan no cejaba en su empeño de involucrar a la Unión
Soviética en la competencia por investigar esos campos.
“Una nueva colectivización política no es mediante la triste supresión
comunista”, había advertido al respecto William Irwin Thomson, a sus
compañeros en la Conferencia de Lindisfarne de 1987, “sino mediante la
felíz participación en fantasías de progreso” (18).
Y agregaba, sobre el particular:
“Parece que el juego de policías y ladrones que los Estados Unidos han
elegido con los soviéticos es el de desafiar a los soviéticos con la
Guerra de las Galaxias y permitir secretamente que roben información
para asegurar que los soviéticos no se desanimen y abandonen la
competencia por completo” (19).
Sin embargo, no fue eso lo que sucedió en la práctica. Gobernada en ese
entonces por Mijail Gorbachov, la Unión Soviética respondió tan sólo con
dos programas políticos: la “Perestroika” (Reforma del sistema) y la
“Glasnot” (Transparencia en los asuntos públicos). El ‘socialismo real’
reconocía en esa acción sus propias limitaciones retirándose del campo
de juego; la competencia entre los opositores planetarios llegaba a su
fin y también con ella se ponía drástico término al sueño de una
sociedad socialista. Lo demás es conocido. El bloque soviético se fue
estrepitosamente al suelo y la rica sociedad norteamericana que tan bien
retrataban las series televisivas como “Dallas” pasó a ser el modelo al
que volvieron sus ojos los países del este; el ‘american dream’ se
impuso por completo. Y, sin embargo, los problemas recién habían
comenzado. Ya en 1991 un ex alto jefe de la CIA (“Central Intelligence
of America”) no vacilaba en reconocer que, a partir de ese momento y con
la caída de la Unión Soviética, los conflictos internacionales se
multiplicarían, las disputas armadas se harían frecuentes, aflorarían
los nacionalismos y las crisis económicas se harían presentes en forma
continua sobre la base de una permanente crisis global.
Las predicciones aquellas no han resultado vanas. La economía mundial no
ha podido recuperarse pese a los desesperados esfuerzos orientados en
ese sentido; uno de los ciclos largos que contienen las tesis de
Kondratiev parece encontrarse en pleno apogeo y si en los años 80 se
creyó, ingenuamente por cierto, que la economía podría salvarse con el
desarrollo de la industria farmacéutica y los avances de la medicina,
tal creencia se ha desvanecido prontamente. También han resultado
ineficaces las políticas del desarme y de la transformación industrial.
Ni siquiera la rama de la Información y la Tecnología cuyo índice
(Nasdaq) presenta una inestabilidad crónica ha podido colaborar en ese
sentido. El retorno al desarrollo de la industria militar y a la
acumulación de nuevos y sucesivos arsenales parece ser la solución para
el Estado norteamericano.
En efecto, si bien desde 1987 hasta 1995 el comportamiento de la ex
Unión Soviética y de la OTAN (y, por ende, USA) en materia de desarme,
fue violento no continuó siéndolo respecto de esta última ni mucho menos
de la superpotencia en los años posteriores.
Desarme en cifras negativas (1987/1995)
OTAN -23,5 %
USA -30 %
Ex URSS -90,1 %
En efecto, entre los años 1995 y 1998, la disminución que la OTAN hizo
de sus pertrechos bélicos menguó considerablemente hasta alcanzar sólo
un –5%; Rusia (ex URSS) mantuvo su compromiso y redujo el material
bélico en un –27,9% en tanto USA, a la inversa, comenzó a subir
drásticamente sus niveles (20). Así, la necesidad del retorno al
competidor planetario se ha hecho imprescindible para la potencia del
norte. Y no faltan quienes aseguran que ese competidor es, hoy, para
Estados Unidos la Unión Europea. De hecho, y hasta hace unos ocho años
atrás, muchos hombres de negocios no vacilaron en referirse a la
existencia de una ‘guerra sangrienta’ para describir de esa manera el
alto grado al que se había elevado la competencia empresarial entre los
grupos norteamericanos y europeos (21) pese a las fusiones y
vinculaciones entre sus respectivas industrias.
Características de la industria militar de hoy.
La industria bélica de hoy presenta, en términos bastante generales, notorias características, a saber:
1.El curso de su desarrollo no difiere fundamentalmente del que
presentan las otras empresas en las diferentes ramas de la economía:
a)adaptación a un ambiente de seguridad política;
b)transformación de las empresas en grandes consorcios, y
c)transformación de los consorcios estatales en privados.
2. El comprador o cliente de la industria armamentista posee una especial calidad.
3. Existe el predominio a nivel planetario de una nación en el plano industrial bélico.
1. El curso del desarrollo de la industria armamentista no difiere
fundamentalmente del que observan otras empresas en las distintas ramas
de la economía:
a)Adaptación a un ambiente de seguridad política.
Las empresas armamentistas se desarrollan, principalmente, en
ambientes donde existe seguridad política o, lo que es igual, donde hay
gobiernos estables, importando poco o nada que sean dictaduras o
democracias. En este último caso, se privilegian aquellos sistemas cuyas
formas de alternancia política no ponen en peligro la producción
bélica.
b)Predominio de las empresas grandes y fuertes.
El proceso de concentración y centralización de capital afecta de
manera creciente a la industria bélica. Las pequeñas empresas no son
capaces de competir en un mercado que se desenvuelve en rápidas
transformaciones de mercancías. La mercancía bélica se modifica con una
rapidez mayor a la de cualquier otra, lo que hace operar eficientemente a
la obsolescencia.
Las fusiones y absorciones por fusión, las compras y ventas de empresas,
la quiebra y desaparición de otras, se realiza a un compás similar al
de las empresas que operan en otros rubros. En Europa, sin embargo, el
trabajo de las empresas militares se realiza en forma conjunta; así
sucede con la Bofors Defence (sueca) y la GIAT (francesa), con la SAAB
Bofors Dynamic (sueca), la Thales (inglesa), la fábrica de tanques
MBT-LAW, etc. A diferencia de sus similares europeas, las empresas
norteamericanas de tipo militar operan solas, por regla general.
c)Privatización de las grandes empresas estatales de armamento.
La privatización de las grandes empresas estatales constituye uno
de los ejes centrales de la llamada “Economía Social de Mercado”;
también esta forma de proceder afecta a las grandes empresas de
armamentos que, en plazos relativamente breves, han sido traspasadas de
manos públicas a manos privadas a precios increíblemente bajo y en
condiciones extraordinariamente beneficiosas para los adquirentes. El
capital, que otrora perteneciese a la comunidad ha sido transferido a
particulares que gozan del favor de los gobiernos de turno
estableciéndose, de esa manera, un estrecho vínculo entre el llamado
‘poder político’ y la industria bélica.
2. Especial calidad del cliente o comprador de las empresas de armamentos
Los particulares son clientes de las empresas bélicas; la simple
circunstancia de adquirir para sí armas pequeñas como lo son revólveres,
escopetas, rifles, pistolas, los convierte en tales. Pero el volúmen de
sus compras, por una parte, es insignificante; no tiene mayor
incidencia en el volúmen total de las compras, según ya se ha expresado.
Por otra, la venta de tales productos no se realiza directamente entre
el particular y la empresa sino a través de intermediarios, situación
que es característica de este tipo de transacciones. Y es que la
producción de estas empresas no está dirigida a semejantes clientes sino
a otro que es inmensamente mayor: los Estados.
Tratándose de relaciones con Estados que aparecen desempeñando el rol de
clientes, las empresas actúan directamente y los volúmenes de sus
transacciones se elevan considerablemente; actúan por interpósita
persona solamente cuando, por razones de acuerdos internacionales, no es
posible vender determinado tipo de armas a un Estado específico; el
intermediario, en estos casos, se llama en la jerga vulgar ‘traficante
de armas’.
La circunstancia que el comprador de armas por excelencia de las
empresas fabricantes de productos bélicos sea el Estado posee especial
relevancia. El Estado, como cliente, exige la concurrencia de dos
condiciones previas a la compra: es la primera, tener la seguridad
absoluta que el producto o mercancía adquirida contará oportunamente con
los repuestos adecuados y, la segunda, que su servicio de mantención va
a realizarse constantemente. No por algo se dice que los Estados son
‘clientes monopólicos’ de la industria bélica o, lo que es igual,
clientes que exigen (y cuentan con ello) una dedicación exclusiva y
preferencial; no aceptan o toleran atrasos en la entrega de repuestos ni
en la prestación de servicios así como tampoco se someten a las ‘colas’
que, a menudo, las empresas obligan a hacer a sus clientes para
atenderlos (22). Hay razones que explican este celo. Como ya se ha
expresado anteriormente, la mercancía que entrega la industria bélica es
de alta tecnología, modelos por completo sofisticados, productos únicos
o de difícil reemplazo, de alto costo, de difícil o casi nula
fabricación en los países adquirentes. El uso de esas mercancías debe
ser posible en todo momento y los institutos armados son celosos
guardianes en la óptima mantención de los pertrechos bélicos.
Digamos, finalmente, que la circunstancia de ser los Estados clientes
por excelencia de la industria bélica mundial tiene, además, otra
importancia crucial: son ellos quienes determinan las restricciones para
la venta de determinados productos militares. Dicho de otra manera: son
los Estados con su actuar quienes determinan, indirectamente, el
volúmen del comercio clandestino de material bélico que se va a
desplazar y, en casos especiales, son los propios Estados quienes
trafican con armas a países a quienes los organismos internacionales han
prohibido su tenencia: Estados Unidos lo hizo durante el período de
Ronald Reagan al vender armas a Irán para financiar la acción de los
‘contras’ y la campaña por el segundo período del mismo Reagan; también
lo hizo Inglaterra al vender a Saddam Hussein el super cañon para la
guerra con Irán y Suecia al exportar los cañones Bofors a la India,
entre otros.
3. Predominio estadounidense en la industria bélica.
En la fase actual del desarrollo del SKM, el predominio
estadounidense en la fabricación de pertrechos bélicos no admite dudas.
Un estudio hecho en Suecia sobre la base de seleccionar las 100 más
grandes empresas dedicadas a esa actividad demuestra que 43 de ellas
tienen su domicilio en Estados Unidos. Estas 43 empresas cubrieron,
además, el 60% del total del comercio armamentista durante el año 2001
(23).
Un cuadro que puede ilustrar con bastante exactitud el fuerte predominio
de los Estados Unidos en este rubro, en comparación con los grandes
exportadores de armas, es el que se entrega a continuaciòn
Pais Numeros de empresas Ventas en miles
millones
Estados Unidos 43 94,6 U$D
Gran Bretaña 13 22,4
Japon 10 7,4
Francia 7 11,0
Israel 5 3,5
Alemania 5 3,4
Italia 3 3,4
India 3 1,9
España 2 0,6
Canada 2 0,6
Suecia 1 1,2
Singapur 1 0,8
Suiza 1 0,5
Australia 1 0,4
Sudafria 1 0,4
Turquia 1 0,3 (24)
(Las cifras están referidas tan sólo a un aspecto específico de la venta
de armas y no a su importancia en cuanto exportadores de tales
mercancías. Indica, además, el alto grado de concentración y
centralización de las grandes empresas fabricantes de material bélico.)
Los mayores exportadores de armas, por orden de volúmen de ventas
expresados en miles de millones de dólares, fueron, durante el año 2001
País Porcentaje
Estados Unidos 44,8
Rusia 17,4
Francia 9,8
Gran Bretaña 6,7
Alemania 4,8
Ucrania 2,6
Holanda 1,9
Italia 1,7
China 1,6
Rusia Blanca 1,5
Suecia 1,1
Israel 1,0
España 0,9
Canadá 0,6
Australia 0,6 (25)
4. Los jefes de Estado y los monarcas son los grandes vendedores de armas.
Es un hecho de sobra conocido que, bajo el predominio absoluto de la
economía social de mercado los jefes de Estado y los monarcas se han
convertido en vendedores de productos de las empresas de cada nación.
Baste tan sólo recordar los dos últimos viajes del Presidente chileno
Ricardo Lagos a Brasil y a Suecia, acompañado por un extenso séquito de
hombres de negocios: También el entonces presidente de los Estados
Unidos William ‘Bill’ Clinton hizo famosa aquella frase (“Compren
productos estadounidenses”) que pronunciara durante la clase magistral
que dictara en una de las Universidades de Tokio, ante un numeroso grupo
de estudiantes. Simultáneamente con hacerse vendedores del empresariado
criollo, los jefes de Estado y monarcas se han hecho, también,
vendedores de armas. El viaje del rey de Suecia, hace algunos años, a la
República Checa, a Polonia, Hungría y Chile no tenía otro objetivo que
la venta del avión de combate JAS ‘Grippen’, el mismo que ciertos ex
militantes del MAPU (hoy, casi todos militantes del PS) recomendaron
adquirir al Estado chileno La circunstancia que jefes de Estado y
monarcas hayan transtocado sus antiguos y tradicionales roles de
estadistas por los de vendedores planetarios de armamento pone de
manifiesto la extrema importancia que el comercio bélico tiene para la
economía mundial. La activa participación de personas que, en estricta
teoría, deberían promover la concordia entre las naciones permite
entender, además, el nuevo carácter que adquiere el concepto de ‘paz’,
luego de la guerra fría: la competencia internacional ya no permite
entenderla de otra manera que no sea por el de paz armada.
5. Entero dominio estadounidense en el volúmen total de los gastos militares.
Del total de los gastos militares globales de la humanidad más de un
tercio (un 36%) corresponde actualmente a Estados Unidos frente al 6% de
su ex competidor a escala planetaria Rusia o ex URSS. Los gastos
militares de la potencia del norte, que habían decrecido hasta quedar en
un nivel casi cero, se incrementaron violentamente desde 1998 al 2000
en un 41,9% en tanto su ex contendor lo hacía apenas en un 3,1% (26).
6. Incidencia en cifras globales, pobreza y mayor importación de armamentos.
Los gastos militares globales de la humanidad corresponden a 137 U$D
per cápita y cubren un total del 2,6 del PNB mundial (27). Estas cifras
no parecen decir mucho; sin embargo, si se compara el PNB de las 61
naciones más pobres del mundo, en 2000, con el total de los gastos
militares de ese mismo año (en compra de armamentos), ese PNB fue apenas
un 20% más alto que el total anotado (28). Y no deja de ser notable
que, entre los países con mayores gastos militares en sus presupuestos
respectivos, se encuentren aquellos donde la pobreza parece haber
asentado sus reales en forma estable. Así, por ejemplo, durante 1999 y
en forma bastante aproximada, los países con mayores gastos militares en
relación a su PNB fueron:
País Porcentaje
Eritrea 22,5
Arabia Saudita 12,0
Omán 10,0
Etiopía 9,0
Jordania 8,7
Kuwait 8,0
Israel 8,0
Burundi 6,0
Siria 5,0
Yemen 5,0
Del mismo modo, también aparecen entre los mayores importadores de armas
algunas de las naciones con altos índices de pobreza, a saber:
País En miles de millones U$D
Taiwan 11,3
China 7,1
Arabia Saudita 6,7
Turquía 5,0
India 4,7
Grecia 4,4
Sud Corea 3,9
Egipto 3,3
Japón 3,2
Pakistán 2,9
Israel 2,8
Gran Bretaña 2,7
Emiratos Árabes 2,4
Finlandia 2,3
Singapur 1,7 (29)
Nuevo escenario para la exposición de los productos bélicos.
El mercado es el lugar donde se venden las mercancías y se realizan las
transacciones comerciales; es, además, el lugar donde el producto deja
de ser tal y se convierte en mercancía. El mercado es el mundo del
comercio y antesala de la banca, en el proceso productivo.
En el mercado se encuentran los productos convertidos ya en mercancías
sin que sea necesaria la existencia de establecimientos o locales
comerciales; basta que en ese lugar se realicen las transacciones para
que el mercado exista.
No obstante, antes de la realización de la compraventa y como parte
dinamizadora de ese mercado, a menudo intangible, acostumbran las
empresas exhibir los productos que van a colocar a la venta. La
exhibición de tales productos
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