16 jun 2012

Aproximación a un análisis acerca de las guerras que emprenden los Estados Unidos

Por: Manuel Acuña Asenjo - 2003-04-05
Cuándo se tendrá en cuenta este hecho no para indignarse u oponerse a él sino para comprender su lógica? ¿Y puesto que no se tiene la capacidad ni la voluntad de oponérsele, al menos para no dejarse engañar y hacerle el juego a la propaganda política con sus promesas jamás gratuitas, o a los intereses económicos que obtienen beneficios adicionales de estas situaciones en tanto no se las aclare? Y para encontrar otros caminos. Para abandonar esos caminos peligrosos que aún seguimos, sea porque nos dirigen o por propia obstinación”.

(Viviane Forrester: “El horror económico”)


Introducción.

Los sucesos no se originan en una causa, como corrientemente se afirma; ni en dos, tres o más. En verdad, obedecen a una acumulación de circunstancias, muchas de las cuales permanecen en la penumbra, ignoradas a menudo por los propios implicados. Esta mecánica se repite frecuentemente respecto de todos los fenómenos de la naturaleza y, por supuesto, de los sucesos que afectan a una sociedad; también ocurre con la guerra, que es un fenómeno social más y se origina no en una causa sino en la conjunción de hechos, en la reunión sostenida de factores estrechamente interrelacionados. Si es inexacto afirmar que el viento es la causa de la caída de un macetero desde un balcón y de su posterior rotura, tampoco puede decirse que una guerra se origina en el solo intento de una nación por apropiarse de las reservas petrolíferas de otra o de derribar a su gobierno pretextando liberar al pueblo de una presunta tiranía. En la caída de ese macetero y su consiguiente destrucción, además de la fuerza del viento, están involucradas otras circunstancias como lo son la ley de gravedad, la resistencia de la cerámica a los golpes, la distancia entre el suelo y el balcón, el peso del objeto caído, su grosor, su cocción, la dureza del suelo, la forma del objeto, la negligencia del sujeto que lo colocó en un sitio poco conveniente y la pérdida de su equilibrio; en un conflicto bélico también están presentes otros componentes, a menudo, determinantes del desencadenamiento del mismo. Ocurre que un suceso es parte de otro que, a la vez, integra uno mayor. Las partes, en verdad, son instantes, segmentos de un todo que no puede ser fragmentado. Por eso, los intentos de hacer radicar las explicaciones en ‘causas’ serán, siempre, referencia a los aspectos parciales de un fenómeno. El todo, la totalidad, aparece en el tiempo como un torrente, un flujo interminable en perpetuo cambio y, en Occidente principalmente, donde es por excelencia fragmentario, el conocimiento escapa con frecuencia a ese flujo universal en donde sí radican las causas verdaderas de los fenómenos.

El reciente conflicto que ha provocado con su ex aliado (Irak) la más grande potencia militar del planeta (USA) contiene, del mismo modo, infinidad de circunstancias. Empleadas algunas de ellas en el carácter de excusas destinadas a justificar determinadas actitudes, son el tema predilecto de artículos y análisis tan frecuentes en diarios y revistas. Llama la atención, no obstante, que poco o nada se haya escrito en relación a dos factores que han gravitado fuertemente en el desarrollo del conflicto. Nos referimos al carácter social del estadounidense y a la importancia del comercio armamentista para la economía mundial. Del análisis de estos factores derivan consecuencias de carácter imprevisible; por eso, nos haremos cargo de ellos en las páginas que se siguen a continuación.

El tema, no obstante, será abordado en tres partes, a saber:



1. El carácter social del estadounidense.

2. Importancia del comercio armamentista para la economía mundial, y

3. Posibles conclusiones.



El carácter social del estadounidense.


Concepto.

Una nación no existe porque sí. A la manera que en la construcción de un fenómeno o suceso se hacen presentes circunstancias de toda índole, también en el establecimiento de una nación aparecen elementos del más variado estilo los cuales, en conjunto, van a determinar su identidad. Algunos de ellos afectan al grupo social mismo de manera tal que imprimen en cada uno de sus miembros un sello que les es común Ese sello, esa marca de carácter colectivo, ese rasgo generalizado, se repite en la descendencia no por designios genéticos sino culturales. El entorno determina el comportamiento de los seres vivos; lo que caracteriza a uno no sólo caracteriza al otro sino a quien le sucede en la vida. Es la herencia cultural. El conjunto social hace al conjunto particular o individuo para que, una vez más, el todo haga a la parte y no a la inversa. Eso sucede de manera simple.

Cada individuo tiene un carácter que le es propio y lo identifica; también lo tiene cada nación. Y es que determinados rasgos dentro del carácter particular se repiten en los demás individuos identificándolos entre sí y diferenciándolos, a la vez, de quienes viven en otras formaciones sociales.

Si, como Fromm lo manifiesta, “en el sentido dinámico de la psicología analítica se denomina carácter la forma específica impresa a la energía humana por la adaptación dinámica de las necesidades de los hombres a los modos de existencia peculiares de una sociedad determinada” (1), es carácter social “aquella parte de la estructura del carácter que es común a la mayoría de ellos” (2).

El carácter social no comprende todos los rasgos de un sujeto sino tan sólo una selección de ellos, a saber, “el núcleo esencial de la estructura del carácter de los miembros de un grupo; núcleo que se ha desarrollado como resultado de las experiencias básicas y los modos de vida comunes del mismo grupo” (3).

Este concepto no es algo superfluo. Por el contrario: representa la matríz primordial en donde ha de apoyarse el imperio de las ideas dominantes pues el individuo solamente encontrará satisfacción a sus actos en la medida que ellos se ajusten o correspondan a los requerimientos comunes propios del carácter social. No existe feed-back (retroalimentación, retroacción) para el individuo fuera de la sociedad. Como lo expresa Fromm:

“Si el carácter de un individuo se ajusta de manera más o menos fiel a la estructura del carácter social, las tendencias dominantes de su personalidad lo conducirán a actuar de conformidad con aquello que es necesario y deseable en las condiciones específicas de la cultura en que vive” (4).

La correspondencia entre las formas de actuar y las condiciones específicas de la cultura en que vive, brindan al ser humano una suerte de premio: la satisfacción psicológica que le embarga de estar actuando entre los suyos de modo correcto. Al adaptarse a las condiciones sociales, al dejar tras de sí el pesado lastre que le significa ser diferente a los demás, desarrolla el individuo aquellas aptitudes que le hacen experimentar el deseo de obrar precisamente del modo en que debe hacerlo. Así, es ‘bueno’ para él todo aquello que realiza a la manera querida por los demás; a la inversa, es ‘malo’ todo hecho o actuación que aquellos repudian o rechazan: el carácter social mantiene la cohesión del grupo a la manera que lo hace el comportamiento gregario en los demás animales. De esa manera, cada sujeto no sólo es portador de su propio carácter particular sino a la vez conlleva implícito los rasgos determinantes de su carácter social, que es su pertenencia a un grupo. Como en el universo holográfico en donde el todo contiene a la parte y la parte al todo, la nación conlleva al individuo para que éste sea, al mismo tiempo, portador ineludible de la nación entera. Entonces, los franceses podrán decir con sobrada razón que son franceses y los griegos que son griegos, en tanto los chilenos se sentirán chilenos y no de otra nacionalidad; ninguno de ellos se identificará con españoles, alemanes o turcos: sus sellos distintivos se mostrarán de modo ostensible. Y también lo harán los estadounidenses (“americanos”, para ellos mismos y para los europeos que, al igual de ciertos latinoamericanos masoquistas, gozan en la expropiación de sus raíces históricas), los argentinos, los mexicanos; con una diferencia: los primeros estarán convencidos de pertenecer a la más excelsa nación.



Algunos rasgos distintivos del carácter social del estadounidense.

Si, como ya lo hemos señalado, cada carácter social posee rasgos que les son propios, también posee tales peculiaridades el del estadounidense. Y aunque muchos de aquellos se repiten o aparecen formando parte de los rasgos propios de otras nacionalidades, la combinatoria siempre es exclusiva para cada formación social; también lo es para la nación norteamericana: sus peculiaridades la diferencian de otras y hace nacional de Estados Unidos a quien las exhibe como una totalidad. La practicidad es una de aquellas; la agresividad, el fundamentalismo religioso y la desmesura en la autoestima constituyen algunos de los otros. En el presente análisis nos referiremos tan sólo a estos últimos por estar todos ellos ligados íntimamente al tema que nos ocupa.

El estadounidense es un individuo belicoso e íntimamente convencido del uso de la violencia como forma óptima de resolución de las controversias. Eso no es casual: colaboran en ese aspecto, entre otras, el predominio de raíces culturales (las inglesas) donde la violencia constituye una forma de ser, la expropiación que hizo (revólver en mano) de las tierras aborígenes, la construcción de las grandes fortunas al amparo del crímen y la explotación y su acentuado carácter de nación de inmigrantes cuyas luchas en defensa de valores, a menudo contrapuestos, se hicieron al amparo de las armas. Así, la belicosidad del estadounidense no deriva de ‘gen egoísta’ alguno sino de un variado conjunto de factores culturales que, repitiéndose al amparo de la historia, establecieron tal forma de vida; el convencimiento cada vez más acentuado que lo asiste de haber elegido la vía más adecuada (la violencia) para alcanzar su propio bienestar es la consecuencia más inmediata de ello. De ahí a reforzar dicho convencimiento con una desmesurada autoestima hay sólo un paso: el habitante de una nación se transforma de esa manera en un sujeto que posee la certeza absoluta de estar excepcionalmente bien dotado, de ser el mejor entre los humanos, de vivir en la mejor de las naciones y de estar predestinado a conducir a la humanidad por mandato divino. El héroe de Hollywood es su fiel espejo -a la vez que modelo- en la forma de ese cowboy capaz de matar a mil aborígenes con un revólver de seis tiros sin que se le acaben las balas o del policía ‘bueno’ que abate a cien hampones ‘malos’ permitiendo el triunfo de la justicia; también lo es en la forma de Rambo que se dedica a matar comunistas en Tailandia, de Superman, Batman, el Capitán Maravilla, los súperhéroes. Si los judíos se autoproclaman a sí mismos ‘pueblo elegido’, también los Estados Unidos se sienten la nación excelsa elegida por Dios para gobernar la tierra: el norteamericano es arrogante y cimenta su arrogancia en la religión haciéndose, por ello, fundamentalista. La leyenda impresa en el dólar “In God we trust” (“Confiamos en Dios”), la alocución paternalista con la cual finalizan los presidentes sus discursos (“God bless you”, “God bless America”= “Dios los bendiga”, “Dios bendiga a Estados Unidos”) y el derecho inalienable que, en nombre de una justicia de discutible contenido se arrogan para dar muerte a quien sea, dentro o fuera de su territorio, testimonia en gran medida ese espíritu mesiánico que guía al estadounidense de estar identificándose constantemente con alguna divinidad. La propaganda que USA emplea para convencer acerca de sus proposiciones –cualquiera que sea- se orienta siempre en tal sentido: el estadounidense encarna al bien frente a un enemigo que es la personificación del mal. Y es que en las concepciones sociales del estadounidense hay un fuerte predominio de la religiosidad expresada en maniqueísmos exacerbados. Si ha intentado suplantar a los judíos en su rol de ‘pueblo elegido’ no cabe duda que también pretende hacerlo con el Vaticano para determinar lo que es el bien y el mal: la religiosidad, el fundamentalismo religioso es su forma de vida y es comprensible que, aún en pleno siglo veintiuno, en algunos de los Estados que conforman esa nación esté prohibida la enseñanza de la evolución por ser contraria a los postulados de la Biblia. La religiosidad fortalece la arrogancia del habitante del país del norte, afianza su natural belicosidad: el estadounidense no acepta que se le contradiga o que alguien se le cruce en el camino.

Hay, no obstante, otra circunstancia que contribuye a ello: en la joven república norteamericana se instaló el sector más dinámico del capitalismo emergente y su inseparable estrategia competitiva. Estados Unidos se desarrolló sobre la competencia de unos a otros, en medio de una verdadera antropofagia social y tal fue el modelo que exportó una vez asentada como nación guía. La competencia divide y une, hoy, a los estadounidenses, los enemista y distingue de los demás; les hace agredirse constantemente unos a otros. Estados Unidos no solamente ostenta el triste record de ser la nación más violenta de la tierra sino aquella con mayor cantidad de armas en manos de particulares, el país con mayor cantidad de asesinatos anuales, el Estado con mayor número de niños asesinos y la formación social con la mayor población penal, en constante incremento para gozo de los empresarios (las cárceles están privatizadas y el trabajo de los reclusos constituye una excelente ganancia para los propietarios de las empresas dueñas de los recintos penales). En una nación donde se reúnan tales características, la salud mental no puede ser una de las mejores. Ya en 1953, en una conferencia a la cual se le invitara a participar, denunciaba Eric Fromm que “en Estados Unidos se gastan unos mil millones de dólares al año en asistencia psiquiátrica y... aproximadamente la mitad de las camas hospitalarias están ocupadas por enfermos mentales” (5). No fue sino analizando la sociedad norteamericana que escribió este ilustre psicólogo sus libros “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea” y “La patología de la normalidad”, en los cuales denuncia el carácter enajenado de la sociedad capitalista.

Estados Unidos se ha involucrado permanentemente en guerras que tienen lugar no tan sólo fuera de sus fronteras sino que afectan a naciones de otros continentes; como veremos más adelante, las causas de esta práctica se originan, entre otras, en la evolución del concepto de ‘defensa’. Como consecuencia de esas guerras extraterritoriales y transcontinentales (Vietnam, Corea, Líbano, Libia, Irak, Afganistán), vuelven a su patria muchos soldados con graves daños psíquicos. Aislados en hospitales, clínicas y localidades especiales, constituyen un peligro público cuando son dados de alta o huyen de esos centros pues durante el período que estuvieron en el ejército se les convirtió en verdaderas máquinas de exterminio. La generalidad de los llamados ‘asesinos múltiples’ han sido ex combatientes de las guerras extraterritoriales de Estados Unidos, veteranos de Vietnam, Corea o Irak. El más reciente de estos casos fue protagonizado por John Allen Muhammed, llamado ‘el francotirador de Washington’, detenido el 24 de octubre del pasado año (2002) tras cometer nueve asesinatos. Muhammed combatió en la Guerra del Golfo y fue dado de baja con el grado de sargento; había participado en la aniquilación del ejército iraquí que se retiraba, vencido, por el desierto en dirección a Bagdad. No existen cifras oficiales acerca del número de soldados que han enloquecido como consecuencia de las tareas encomendadas por sus superiores en las diversas guerras que debieron librar.



‘Ellos’ versus ‘nosotros’.

Fritjof Capra sostiene que los sistemas biológicos –entre ellos, los seres humanos- deben, por un lado, “afirmar su individualidad a fin de mantener el orden estratificado del sistema” y, por otro, “someterse a las exigencias de una unidad mayor a fin de que el sistema sea viable” (6). La primera de las funciones indicadas se la conoce como ‘tendencia autoafirmante’; la segunda es la ‘tendencia integradora’. El equilibrio entre ambas marca el punto óptimo de funcionamiento psíquico para el ser humano; sin embargo, en Estados Unidos, el predominio amplio de las primeras por sobre las segundas es una realidad ineludible. Las tendencias autoafirmantes ahogan las manifestaciones de las tendencias integradoras en la personalidad del sujeto robusteciéndose, de esa manera, el convencimiento de la necesidad de la violencia como forma ideal de resolver las controversias; ahogada por reacciones de índole emotiva, la conciencia se niega a conocer realidades más allá de las que debe conocer. Como el matarife que poco o nada le interesa saber acerca del modo de comunicación que emplean las bestias que va a sacrificar, tampoco el estadounidense es proclive a conocer las formas culturales de los pueblos que se encuentran más allá de sus tierras y a los cuales va a aplastar, sino le interesa saber tan sólo de aquello que es suyo, que le es propio. De esa manera, la diferencia entre el ‘nosotros’ y el ‘ellos’ se hace presente, tornándose actual; el ámbito social de uno y de otro se delimita en forma precisa.

Esta distinción es básica. Constituye el fundamento previo de toda declaración de guerra, es el requisito indispensable para la identificación del enemigo. Por una parte, crea las condiciones psicológicas esenciales para gozar en la defensa de lo propio y afianza un sentimiento –el de pertenencia al grupo-; pero a la vez, simultáneamente, hace aflorar otro, contradictorio y paradojalmente armónico, cual es la satisfacción, la alegría que da destruír lo que es de ‘ellos’. La identificación del sujeto con el conjunto al que pertenece se realiza a través de símbolos (patria, bandera, uniforme, himnos): incorporados a la mente se suceden unos a otros en forma de un verdadero desplome de piezas en dominó para arrojar en calidad de resultado el bosquejo de una silueta inconfundible: la del sujeto exótico, la del ‘otro’, el enemigo, el que no es igual a uno..

“Los miembros de la oposición son todos lo mismo: malos, sin distinción”, expresa Lawrence Le Shan. “Es una de las diferencias entre ‘nosotros’ y ‘ellos’; puede que seamos todos buenos y positivos, pero nosotros conservamos nuestras particularidade. ‘Ellos’ no” (7).

Distinguir entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ no implica solamente diferenciar entre lo interno y lo externo o, si se quiere, entre lo propio y lo ajeno sino es establecer una suerte de jerarquización en donde ‘nosotros’ somos los superiores y ‘ellos’ los inferiores. Es la separación que se encuentra implícita en la tradicional clasificación que hicieran hace varias décadas las naciones poderosas entre primer, segundo y tercer mundo. En tales concepciones está siempre presente la idea de la superioridad puesto que tal es el pensamiento que guía la acción de las naciones dominantes. No podría ser distinto en el caso del estadounidense cuyo comportamiento se sella por su pertenencia a un país que posee concepciones de dominación.

El enemigo no sólo es un personaje central en la vida del estadounidense sino parte de su forma de ser. Está impreso en su espíritu, culturalmente belicoso. Por lo mismo, puede ser ese enemigo un sujeto cualquiera pero perverso, un demonio encarnado en un individuo, generalmente, el científico loco, el monje asesino, el psicópata violador, el degollador de la noche. Puede, además, personificarse ese enemigo en un país, una nación, un Estado cuyas formas de vida le resulten abyectas; pero puede, también, el enemigo adoptar la forma de una idea, un pensamiento, una reflexión contraria a la suya. Así, una concepción cualquiera puede parecerle totalitaria pues el estadounidense está convencido de representar la libertad y pocas veces advierte que esa libertad en la que cree no es diferente a la libertad del zorro dentro del gallinero. En estos últimos años, especialmente luego de la caída de su contradictor proverbial (la URSS), el enemigo del ciudadano de la potencia del norte se multiplica en los engendros del celuloide, los monstruos de las profundidades, las amenazas estelares, las momias asesinas, las maldiciones de las brujas, las naves espaciales que vienen a destruír la tierra y el centro de la libertad que, por supuesto, no es otro que Washington. No es casual que el estadounidende haya optado por combatir constantemente contra lo que sea pues en la imaginación suya, el enemigo –como Dios- está en todas partes, revistiendo la forma de la madre de uno mismo, del padre, del hijo endemoniado, del perro, del gato, del vecino, de las bacterias, de los elementos químicos y hasta de las ‘casas asesinas’. Refuerza esta idea de la lucha constante contra algo o contra alguien, la proliferación de juegos en los que la violencia es practicada como el centro de la diversión; la reproducción sostenida de los mismos permite suponer lo que espera de todo ello a las generaciones futuras. Y es que el estadounidense parece no haber entendido (o no quiere hacerlo) el fenómeno de la vida sólo como un desafío a la entropía sino ha militarizado su esencia para poder así comprenderla en el único lenguaje que conoce: el de las armas. La vida, en su carácter de fenómeno en perpetua y creciente complejización como óptima forma de perpetuarse, está fuera de su percepción.



Vinculaciones entre gobernante y gobernados derivadas del carácter social.

Los rasgos predominantes del carácter social son los que han hecho tales sus clases dominantes. Por eso, no es exacto afirmar, como el viejo refrán lo dice, que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Y no es exacto porque, si bajo la expresión ‘pueblo’ se ha buscado hacer referencia a un concepto neutro en donde la estratificación de las clases sociales se encuentre ausente, tal inculpación es equívoca; y si, por el contrario, se ha querido responsabilizar únicamente a las clases dominadas de lo que les sucede, la afirmación es malévola o tendenciosa: el ‘pueblo’, como concepto neutro no existe y las clases dominadas no hacen otra cosa que adoptar para sí las ideas de las clases dominantes, de manera que sólo éstas pueden ser inculpadas de la emergencia de determinados gobiernos pues han sido sus ideas las que han dominado en todo tiempo y lugar.

El innegable vínculo que une a gobernantes y gobernados y que confiere vigencia al referido refrán arranca del imperio de valores que dieron eficacia a la propaganda política, a la manipulación de las conciencias y al control de las ideas. En este sentido, el carácter social ha sido el vehículo que ha conferido eficacia a las acciones de estrategia eleccionaria. Así, un gobernante representa siempre los valores vigentes de una nación y su conducta se ajusta a los rasgos específicos dominantes. Si esos valores se encuentran condicionados por la liviandad, la truculencia, la sexualidad, el mercantilismo, la tasación pecuniaria, la falta de empatía, no debe sorprender que el dirigente exteriorice tales desmesuras. El resultado siempre va a ser notable: el mundo histriónico ha de dominar sin contrapeso.

“’¿Cómo este tipo llegó a ser presidente del país más poderoso del mundo?’”, escribió Nicole Raymond respecto de Ronald Reagan, en un artículo aparecido a principios de febrero, “es una pregunta que muchos se hicieron y que otros todavía se hacen cuando piensan en Ronald Reagan, el cuadragésimo Presidente de Estados Unidos, el mediocre actor de Hollywood y ahora el anciano con Alzheimer que espera su cumpleaños número 92 recluído en su hogar en California” (8).

Y agrega, al respecto:

“Reagan, para la intelectualidad de Estados Unidos, es una figura difícil de tragar, un político simplón y sin peso que llegó a ser presidente gracias a su carisma y sin una gota de inteligencia” (9).

La emergencia de Ronald Reagan así como la de sujetos desmesurados (entre otros William Clinton, Boris Yeltsin, Anthony Blair) ha sido posible por la acción del carácter social que hace normal lo anormal y natural lo antinatural. George W. Bush, que impulsara el ataque de Estados Unidos contra Irak no escapa a esta constante. Sus frases disparatadas e incoherentes han sido reunidas en un sitio de Internet que, bajo el nombre de www.bushisms.com, puede ser consultado por quienes estén interesados en el tema. De ese sitio extrajo Umberto Eco algunas frases curiosas que ha reproducido en un artículo aparecido el 21 de febrero de 2003 en el diario El Mundo, de España, bajo el título de “Frases célebres de Bush”. Entre otras, aparecen estas dos que pueden ilustrar el contenido del artículo: “Muchas de nuestras importaciones vienen de ultramar” (NPR’s Morning Editing de 26.09.00), y “El problema con los franceses es que no tienen una palabra para entrepreneur”. Recientemente y a propósito de la catástrofe del transbordador “Columbia”, Bush ha vuelto a pronunciar unas de sus célebres frases atribuyendo a la divinidad el nombre de las estrellas.

“El mismo Creador que nombra las estrellas también nombra las siete almas a las que lloramos hoy” (10).

El carácter social prepara las condiciones para que dirigentes que respondan a los sentimientos que son predominantes se coloquen a la cabeza de una nación en circunstancias determinadas. Los conflictos armados se hacen, entonces, posibles y la manifestación de voces o comportamientos divergentes y cuerdos son acallados. Si en una oportunidad hizo posible la emergencia de un Harry Truman, capaz de arrojar dos bombas atómicas sobre Japón, y de un Richard Nixon, que ensayara los efectos del napalm en las poblaciones de Vietnam, bien puede prolongar la vigencia de esta ‘revolución conservadora’ en la persona de George W.Bush o de cualquier otro que represente con fidelidad el empeño del uso de la fuerza en esta fase del desarrollo del capitalismo actual.



Importancia del comercio armamentista para la economía mundial.


El militarismo y la industria militar como soportes del modo de producción capitalista (MPK).

La actividad militar ha estado permanentemente ligada a las diferentes maneras de organizarse de los grupos humanos. Como muchas otras manifestaciones de la vida social, tampoco son casuales dichas formas. Obedecen al hecho simple que, a partir de la organización de los ejércitos y del consiguiente nacimiento del Estado, los modos de producir adquieren el carácter de modos de dominación. Ello explica naturalmente que muchas de las modernas instituciones de la sociedad actual arranquen sus orígenes del militarismo y de sus prácticas consecuentes. Karl Marx, que analizara con detención tales manifestaciones, llamó la atención de su amigo Fredrik Engels cuando, en carta fechada el 25 de septiembre de 1857, le expresó que el estudio de los ejércitos no poseía solamente interés por haber introducido en la sociedad el sistema de salarios sino, además, por organizar la transferencia de la propiedad al márgen de la institución de la familia bajo la denominación de ‘peculio castrense’, por establecer el sistema de gremios dentro de la llamada ‘corporación de Fabri’, por usar la maquinaria (mayoritariamente bélica, por supuesto) a gran escala, por emplear los metales en calidad de moneda y por instiruír la división del trabajo dentro de una rama determinada.

El militarismo, al perfeccionar el exterminio de los seres humanos y descubrir nuevas formas de hacerlo, perfeccionó simultáneamente el uso de ciertas máquinas e instrumentos que hoy se usan con fines comerciales y médicos: los barcos, los aviones, los instrumentales quirúrgicos, en fin. Con su tecnología de destrucción y de muerte, la industria militar ha permitido, paradojalmente, un avance significativo en el desarrollo del bienestar del ser humano, lo cual no debe sorprender: el desarrollo de cualquier otra actividad hubiere, probablemente, llevado a idénticos resultados aunque, tal vez, no con la misma velocidad. El hecho es que tal avance se ha logrado con el desarrollo de la industria bélica, por lo cual. no puede desconocerse ese innegable atractivo que posee para la economía. Es más: se puede asegurar que es ésta absolutamente dependiente de la industria militar. Y no solamente porque deriven de ella inventos que puedan ser empleados en otras áreas de la economía sino por otras razones, una de las cuales es que en un régimen de competencia libre, la producción de armas es la más alta expresión del dinamismo industrial pues sólo en la guerra se da la más excelsa forma de competencia.

Hay, no obstante, otras razones:



El alto volúmen de dinero que se moviliza en la venta de pertrechos bélicos.
Los productos que elabora la industria armamentista son de alta tecnología; son, en consecuencia, mercancía de gran valor comercial y, por lo mismo, de difícil acceso al comprador corriente. Quienes pueden asumir el rol de clientes por excelencia de tal industria son los Estados pues a ellos les compete la facultad de satisfacer las exigencias siempre crecientes de sus institutos armados, como lo veremos más adelante.

Si bien es cierto que numerosos particulares adquieren para sí variados artículos provenientes de la industria militar –tales como revólveres, pistolas, rifles, carabinas, escopetas, silenciadores, laques, manoplas, miras telescópicas, puñales, dagas, esposas, etc.- no es menos cierto que el volúmen de la masa monetaria que cubre dichas transacciones, de por sí bastante elevado, no puede compararse en modo alguno con aquel que mueve cada Estado en operaciones de ese tipo. Tanques, misiles, plataformas flotantes, bombas, helicópteros, robots, submarinos, portaviones, fragatas, minas, lanchatorpederas, aviones, constituyen las compras usuales ordenadas por los gobiernos de turno. No obstante, es la adquisición de equipos sofisticados lo que ocasiona el mayor desembolso estatal: satélites espías, sistemas digitales de ataque y defensa, mapas inteligentes confeccionados a partir de la información proporcionada por satélites, programas especiales de rastreo y de control, equipos para detectar al enemigo, entre otros.

Comparados con los gastos sociales que cada nación invierte periódicamente, las compras en armamentos resultan escandalosas. Cálculos más o menos aproximados hechos en 1986, indicaban que el dinero ocupado en la fabricación de un misil balístico intercontinental bastaba para alimentar a 50 millones de niños, construír 160 mil escuelas y abrir 340 centros de salud; en esa misma fecha, el valor de un submarino nuclear equivalía al presupuesto en educación de 23 naciones en desarrollo (11). En 2000, el presupuesto de la Organización del Tratado del Atlántico Norte OTAN fue de 471 mil millones de dólares; en ese mismo año, el valor comercial del cabezal de un misil nuclear confeccionado en plutonio, oscilaba entre 200 y 250 millones de dólares. Dos años más tarde, el presupuesto de defensa de los Estados Unidos, aprobado por el Congreso de esa nación a petición del Presidente George W.Bush para ese período (2002) era de 355 mil millones de dólares. Y es muy poco probable que la industria bélica no haya mostrado oporuno interés en apropiarse de esos dineros a cambio de mercancía proveniente de las actividades que desarrolla.



El desgaste ineludible del material bélico.
Sólo la industria armamentista y la industria de la moda son extremadamente sensibles al fenómeno de la obsolescencia. Sus productos pueden considerarse ‘consumidos’ en un corto intervalo de tiempo. La obsolescencia es eso: determinadas mercancías quedan fuera del mercado y se entienden consumidas por el sólo transcurso de tiempo; el producto que la reemplaza la supera en calidad o efectividad. Como lo expresáramos en uno de nuestros trabajos:

“En la industria militar, el fenómeno de la obsolescencia adquiere dimensiones espectaculares pues el armamento de un país puede, de un momento a otro, quedar bruscamente en desuso por la sola exhibición de un modelo recién fabricado. Las operaciones militares de Estados Unidos en Kosovo, Irak y Afganistán han tenido por objeto, precisamente, demostrar la inutilidad de determinados productos bélicos. Una nueva arma convierte, por el simple hecho de su exhibición, en chatarra a todo un arsenal militar en pocos segundos y obliga a su inmediato reemplazo dinamizando con ello a la economía” (12).

La obsolescencia reemplaza al ‘desgaste’ del material bélico; es su equivalente. Las armas no necesitan ser usadas para entenderse ‘consumidas’. Constituyen, por ende, una actividad en extremo dinamizadora de la economía.



La necesidad del competidor planetario.

La competencia es el motor del modo de producción capitalista (MPK); sin la competencia, la multiplicación del capital se ralentiza, se hace ilusoria y el sistema amenaza con su colapso total. Pero toda competencia es vana si existe tan sólo una parte y esa parte no tiene con quién medir su capacidad. Si el que busca la comparación es uno de los poderes dominantes a nivel planetario, también debe serlo su opositor; en otras palabras, debe poseer idéntica calidad. Si no lo consigue, deberá estar permanentemente desafiando a los pequeños, pero eso no bastará para dinamizar la economía.

Un poder planetario dominante como lo era –y lo es- Estados Unidos en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, necesitaba con desesperación un competidor planetario también dominante. Según Paul Sweezy y Paul Baran, ese competidor fue encontrado luego de la conflagración en “el nacimiento de un sistema socialista en el mundo, como rival y alternativo del sistema capitalista” (13).

Así, la Unión Soviética, más que amenaza real para los Estados Unidos, fue el elemento dinamizador de su economía y, por ende, de la economía mundial, circunstancia que jamás ocultaron los investigadores norteamericanos. A pocos años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, en 1949, afirmaba el economista de Harvard Summer Slichter que la guerra fría “incrementa la demanda de bienes, ayuda a sostener un alto nivel de ocupación, acelera el progreso técnico y en consecuencia ayuda al país a elevar su nivel de vida... Así que debemos agradecer a los rusos por ayudarnos a que el capitalismo de Estados Unidos funcione mejor que nunca” (14).

Tres años antes de la caída del llamado ‘socialismo real’, en 1987, William Irwin Thompson, asistente a la Conferencia de Lindisfarne que se realizara ese año, vertió similares expresiones al decir:

“Justo es reconocer que la Unión Soviética es una parte íntima de los Estados Unidos, Podríamos perder algunos Estados y seguir sobreviviendo, pero si perdiésemos a los rusos como enemigos se derrumbaría toda nuestra economía industrial de nación-estado” (15).



La estrategia norteamericana para competir en el plano militar.

La competencia en el plano militar requiere de un cuidadoso manejo político pues su objetivo no es, en modo alguno, provocar una guerra sino dinamizar la economía; más aún si se trata de competir a nivel planetario. En otras palabras, el juego de la competencia armada es extremadamente peligroso; a pesar del diligente cuidado que se puede emplear en su realización los riesgos de desencadenar un conflicto definitivo son altísimos pues no siempre es posible convencer al ‘enemigo’ de la necesidad de involucrarse en una carrera por obtener tan sólo mejores productos y provocar así la obsolescencia de los antiguos. Una estrategia de ese tipo debe estudiar las dificultades que conlleva y las formas de reducir los riesgos. Tal fue lo que Estados Unidos hizo mientras tuvo la posibilidad de contar con un competidor de carácter planetario, como muy bien lo expresara el New York Times en 1962. En efecto, haciéndose eco de la opinión de los institutos armados estadounidenses llamó ese matutino a pronunciarse a favor de las llamadas ‘guerras con objetivos limitados’ como forma de reducir los riesgos de una conflagración total en la carrera por la confección de nuevos pertrechos militares.

“Actualmente Washington acentúa los preparativos para guerras limitadas si es necesario. Estas requieren de movilidad, habilidad para transportar hombres y abastecimientos de un lado a otro usando puentes en el extranjero. También necesitan de lo que se llama ‘acumulación anticipada’ en cielos estratégicamente importantes.

El Pentágono está llevando a cabo un estudio de este problema en particular. Después de las guerras napoleónicas, la marina británica hizo tal estudio para determinar lo que Londres requería para la defensa de su vasto imperio de ultramar. Más tarde la marina de Estados Unidos hizo un estudio similar sobre la forma de operar en escala mundial.

El enfoque de la presente investigación de Washington se dirige más a los aspectos de una guerra parcial que de una total...

De manera semejante, la administración ve la posibilidad de que podamos comprometernos en guerras parciales en otros frentes, conflictos similares a los de Vietnam del Sur donde no seamos beligerantes pero estemos cada vez más inmiscuídos. Por ejemplo, si Irán se sometiera a la presión de Rusia, los esfuerzos iniciales de ayuda podrían ser ‘parciales’, no ‘totales’. Para estar preparados para tales acciones, Estados Unidos debe mantener suficientes bases de ultramar que permitan la acumulación de materiales para una reacción repentina por otros medios distintos del holocausto” (16).

Guerras locales enmarcadas dentro de fronteras específicas, sostén a las guerras de otros, guerras cortas desencadenadas para lograr avances dentro de un tablero de posiciones, adoptaron el nombre de ‘guerras con objetivos limitados’. Aquella fue la táctica desarrollada por la enfermiza mente de la administración norteamericana en reemplazo de una eventual ‘guerra total’ u ‘holocausto nuclear’. A esta técnica militar cuya introducción permitió elevar cuantitativamente los niveles de competencia necesarios para dinamizar el funcionamiento del sistema capitalista mundial (SKM) se la fortaleció con un elemento adicional: la instalación de bases militares permanentes de Estados Unidos en el territorio de otras naciones. De esa manera, la defensa del país del norte traspasó y sobrepasó, a la vez, sus propias fronteras nacionales extendiéndose a lo largo y ancho del globo; el concepto tradicional de ‘defensa’ se hizo tan obsoleto como las armas que no se renovaban al ritmo de los nuevos adelantos. Despedazado, aniquilado, destruído por las prácticas del momento, fue sustituído por uno nuevo, actual, diferente, plástico, maleable, adaptado a las veleidosas contingencias de la política mundial. En realidad, la oposición planetaria ya sobrepasaba el simple antagonismo de dos potencias mundiales, transformándose en una especie de juego suma cero: lo que uno ganaba era lo que el otro perdía y la ‘defensa’ se identificaba prácticamente con el dominio sobre el globo terráqueo.

Pero la carrera armamentista fundamentada en una exacerbación tal de la competencia, ya de por sí peligrosa, había dado orígen a otra dificultad. La presión de una eventual amenaza externa, así como la no menos eventual amenaza del enemigo interno, hizo que los stocks militares de ambos contendores se incrementasen violentamente; y aquellos arsenales, concebidos para proteger a una de las naciones de la otra se transformaron, paradojalmente, en amenaza para la propia seguridad. ¿En qué momento podría estallar una ojiva nuclear dentro de la propia nación o soltar su mortal carga radioactiva? Parecía ridículo todo aquello: en tanto más aumentaba la seguridad externa de un país a través del constante incremento de su material bélico, tanto más aumentaba también su inseguridad interna con el sostenido almacenamiento de tales peligrosos artefactos. En 1964, ya lo expresaban de esa manera dos investigadores en un artículo publicado en una prestigiosa revista:

“Desde poco después de la Segunda Guerra Mundial, el poder militar de Estados Unidos ha ido aumentando constantemente. Durante el mismo período, la seguridad de Estados Unidos rápida e inexorablemente ha ido disminuyendo.

Desde el punto de la Unión Soviética, el cuadro es similar, pero mucho peor. El poder militar de la Unión Soviética ha ido incrementándose constantemente desde que empezó su poder atómico en 1949. Sin embargo, la seguridad nacional soviética ha ido decreciendo constantemente.

Ambos contendientes en la carrera de armamentos están frente al dilema de un constante aumento de poder militar y una disminución de la seguridad nacional. Es nuestra opinión como profesionales que este dilema no tiene solución técnica. Si las grandes potencias continúan buscando solución solamente en el campo de la ciencia y la tecnología, el resultado será empeorar la situación. El curso que siga la carrera de armamentos, que se puede pronosticar claramente, es una constante espiral descendente hacia una amnistía general” (17).

Conscientes de las dificultades que acarreaba la sistemática acumulación de cabezales atómicos dentro de su propio territorio, los estadounidenses idearon diferentes soluciones una de las cuales fue lo que pasó a denominarse “tratados de no proliferación de armas nucleares”. En realidad, la solución al problema competitivo no era otra cosa que una suerte de retorno saludable al viejo principio de la cooperación. Como lo hicieran las bacterias –millones de años atrás- que luego de competir entre sí y amenazar con ello su propia existencia ‘acordaran’ la mutua colaboración, la dirección política de Estados Unidos parecía dejar de lado la competencia y recurrir a la cooperación como la más efectiva forma de sobrevivencia. Pero aquello era tan sólo algo aparente: la estrategia del país del norte continuaba siendo esencialmente competitiva pues ese método le había demostrado su eficacia al impulsar con energía el desarrollo de la nación. Así, la solución no consistía en eliminar la competencia sino únicamente en controlar sus ‘excesos’ para lo cual se le incorporaban, en calidad de elementos suyos, las dos medidas ya indicadas:

a) la promoción de guerras con objetivos limitados, y

b) la firma de tratados de desarme y no proliferación de artefactos nucleares.

Estados Unidos no renunciaba a su empeño de controlar al planeta.



La debilidad extrema de uno de los competidores se traduce en colapso.

Una competencia extrema, capaz de sobrepasar el de por sí efectivo motor de la amenaza, tiene la probabilidad cierta de provocar un desastroso efecto: el adversario puede disuadirse y hacer con ello ilusoria la competencia. En la técnica militar, no obstante, la disuasión forma parte de las prácticas usuales de superar la emergencia de un conflicto: el eventual antagonista reconoce de antemano sus limitaciones y rechaza el enfrentamiento sin siquiera hacer frente a la amenaza.

Involucrar y no disuadir era la táctica de Estados Unidos. Y para llevarla a cabo se hacían presentes dos vías orientadas ambas en la finalidad de salvar al SKM aunque diferenciadas en cuanto a la forma de hacerlo: la forma extrema de hacerlo estaba representada por la opción del Partido Republicano en tanto la forma conciliadora lo estaba por el Partido Demócrata. El carácter social del norteamericano había ya decido cuál de las dos vías era necesario emplear en esa oportunidad.

A fines de la década de los 80, la crisis económica de Estados Unidos se había vuelto a transformar en una grave amenaza para la supervivencia del SKM y el crash de octubre de 1987 exigía no solamente adoptar medidas para evitar el colapso sino ponerlas en práctica de inmediato. La solución estaba en manos de Ronald Reagan, representante del Partido Republicano, elegido hacía algunos años Presidente de los Estados Unidos. El carácter social del estadounidense se manifestaba nuevamente colocando al sujeto indicado en el lugar preciso para resolver de esa manera la crisis de la nación. Entonces, las formas extremas de la competencia se pusieron en práctica y el Programa de la Guerra de las Galaxias hizo su estreno en sociedad.

Propuesto por varios estrategas civiles y militares de la nación del norte como eje central de la política del Presidente Reagan, dicho programa fue acompañado de un juego de animación confeccionado en los estudios de Disneylandia en el cual se mostraba el funcionamiento de un avanzado sistema de defensa (y ataque) al que recurriría esa nación en caso de ser agredido. Tal sistema no existía sino se trataba de una simple bravuconada del gobierno estadounidense, pero el empleo del dibujo animado y de la televisión permitía convencer de su existencia real tanto a la opinión pública como al antagonista, pues la administración de Reagan no cejaba en su empeño de involucrar a la Unión Soviética en la competencia por investigar esos campos.

“Una nueva colectivización política no es mediante la triste supresión comunista”, había advertido al respecto William Irwin Thomson, a sus compañeros en la Conferencia de Lindisfarne de 1987, “sino mediante la felíz participación en fantasías de progreso” (18).

Y agregaba, sobre el particular:

“Parece que el juego de policías y ladrones que los Estados Unidos han elegido con los soviéticos es el de desafiar a los soviéticos con la Guerra de las Galaxias y permitir secretamente que roben información para asegurar que los soviéticos no se desanimen y abandonen la competencia por completo” (19).

Sin embargo, no fue eso lo que sucedió en la práctica. Gobernada en ese entonces por Mijail Gorbachov, la Unión Soviética respondió tan sólo con dos programas políticos: la “Perestroika” (Reforma del sistema) y la “Glasnot” (Transparencia en los asuntos públicos). El ‘socialismo real’ reconocía en esa acción sus propias limitaciones retirándose del campo de juego; la competencia entre los opositores planetarios llegaba a su fin y también con ella se ponía drástico término al sueño de una sociedad socialista. Lo demás es conocido. El bloque soviético se fue estrepitosamente al suelo y la rica sociedad norteamericana que tan bien retrataban las series televisivas como “Dallas” pasó a ser el modelo al que volvieron sus ojos los países del este; el ‘american dream’ se impuso por completo. Y, sin embargo, los problemas recién habían comenzado. Ya en 1991 un ex alto jefe de la CIA (“Central Intelligence of America”) no vacilaba en reconocer que, a partir de ese momento y con la caída de la Unión Soviética, los conflictos internacionales se multiplicarían, las disputas armadas se harían frecuentes, aflorarían los nacionalismos y las crisis económicas se harían presentes en forma continua sobre la base de una permanente crisis global.

Las predicciones aquellas no han resultado vanas. La economía mundial no ha podido recuperarse pese a los desesperados esfuerzos orientados en ese sentido; uno de los ciclos largos que contienen las tesis de Kondratiev parece encontrarse en pleno apogeo y si en los años 80 se creyó, ingenuamente por cierto, que la economía podría salvarse con el desarrollo de la industria farmacéutica y los avances de la medicina, tal creencia se ha desvanecido prontamente. También han resultado ineficaces las políticas del desarme y de la transformación industrial. Ni siquiera la rama de la Información y la Tecnología cuyo índice (Nasdaq) presenta una inestabilidad crónica ha podido colaborar en ese sentido. El retorno al desarrollo de la industria militar y a la acumulación de nuevos y sucesivos arsenales parece ser la solución para el Estado norteamericano.

En efecto, si bien desde 1987 hasta 1995 el comportamiento de la ex Unión Soviética y de la OTAN (y, por ende, USA) en materia de desarme, fue violento no continuó siéndolo respecto de esta última ni mucho menos de la superpotencia en los años posteriores.

Desarme en cifras negativas (1987/1995)

OTAN -23,5 %

USA -30 %

Ex URSS -90,1 %

En efecto, entre los años 1995 y 1998, la disminución que la OTAN hizo de sus pertrechos bélicos menguó considerablemente hasta alcanzar sólo un –5%; Rusia (ex URSS) mantuvo su compromiso y redujo el material bélico en un –27,9% en tanto USA, a la inversa, comenzó a subir drásticamente sus niveles (20). Así, la necesidad del retorno al competidor planetario se ha hecho imprescindible para la potencia del norte. Y no faltan quienes aseguran que ese competidor es, hoy, para Estados Unidos la Unión Europea. De hecho, y hasta hace unos ocho años atrás, muchos hombres de negocios no vacilaron en referirse a la existencia de una ‘guerra sangrienta’ para describir de esa manera el alto grado al que se había elevado la competencia empresarial entre los grupos norteamericanos y europeos (21) pese a las fusiones y vinculaciones entre sus respectivas industrias.



Características de la industria militar de hoy.

La industria bélica de hoy presenta, en términos bastante generales, notorias características, a saber:

1.El curso de su desarrollo no difiere fundamentalmente del que presentan las otras empresas en las diferentes ramas de la economía:
a)adaptación a un ambiente de seguridad política;

b)transformación de las empresas en grandes consorcios, y

c)transformación de los consorcios estatales en privados.

2. El comprador o cliente de la industria armamentista posee una especial calidad.
3. Existe el predominio a nivel planetario de una nación en el plano industrial bélico.

1. El curso del desarrollo de la industria armamentista no difiere fundamentalmente del que observan otras empresas en las distintas ramas de la economía:
a)Adaptación a un ambiente de seguridad política.
Las empresas armamentistas se desarrollan, principalmente, en ambientes donde existe seguridad política o, lo que es igual, donde hay gobiernos estables, importando poco o nada que sean dictaduras o democracias. En este último caso, se privilegian aquellos sistemas cuyas formas de alternancia política no ponen en peligro la producción bélica.

b)Predominio de las empresas grandes y fuertes.
El proceso de concentración y centralización de capital afecta de manera creciente a la industria bélica. Las pequeñas empresas no son capaces de competir en un mercado que se desenvuelve en rápidas transformaciones de mercancías. La mercancía bélica se modifica con una rapidez mayor a la de cualquier otra, lo que hace operar eficientemente a la obsolescencia.
Las fusiones y absorciones por fusión, las compras y ventas de empresas, la quiebra y desaparición de otras, se realiza a un compás similar al de las empresas que operan en otros rubros. En Europa, sin embargo, el trabajo de las empresas militares se realiza en forma conjunta; así sucede con la Bofors Defence (sueca) y la GIAT (francesa), con la SAAB Bofors Dynamic (sueca), la Thales (inglesa), la fábrica de tanques MBT-LAW, etc. A diferencia de sus similares europeas, las empresas norteamericanas de tipo militar operan solas, por regla general.

c)Privatización de las grandes empresas estatales de armamento.
La privatización de las grandes empresas estatales constituye uno de los ejes centrales de la llamada “Economía Social de Mercado”; también esta forma de proceder afecta a las grandes empresas de armamentos que, en plazos relativamente breves, han sido traspasadas de manos públicas a manos privadas a precios increíblemente bajo y en condiciones extraordinariamente beneficiosas para los adquirentes. El capital, que otrora perteneciese a la comunidad ha sido transferido a particulares que gozan del favor de los gobiernos de turno estableciéndose, de esa manera, un estrecho vínculo entre el llamado ‘poder político’ y la industria bélica.

2. Especial calidad del cliente o comprador de las empresas de armamentos
Los particulares son clientes de las empresas bélicas; la simple circunstancia de adquirir para sí armas pequeñas como lo son revólveres, escopetas, rifles, pistolas, los convierte en tales. Pero el volúmen de sus compras, por una parte, es insignificante; no tiene mayor incidencia en el volúmen total de las compras, según ya se ha expresado. Por otra, la venta de tales productos no se realiza directamente entre el particular y la empresa sino a través de intermediarios, situación que es característica de este tipo de transacciones. Y es que la producción de estas empresas no está dirigida a semejantes clientes sino a otro que es inmensamente mayor: los Estados.

Tratándose de relaciones con Estados que aparecen desempeñando el rol de clientes, las empresas actúan directamente y los volúmenes de sus transacciones se elevan considerablemente; actúan por interpósita persona solamente cuando, por razones de acuerdos internacionales, no es posible vender determinado tipo de armas a un Estado específico; el intermediario, en estos casos, se llama en la jerga vulgar ‘traficante de armas’.

La circunstancia que el comprador de armas por excelencia de las empresas fabricantes de productos bélicos sea el Estado posee especial relevancia. El Estado, como cliente, exige la concurrencia de dos condiciones previas a la compra: es la primera, tener la seguridad absoluta que el producto o mercancía adquirida contará oportunamente con los repuestos adecuados y, la segunda, que su servicio de mantención va a realizarse constantemente. No por algo se dice que los Estados son ‘clientes monopólicos’ de la industria bélica o, lo que es igual, clientes que exigen (y cuentan con ello) una dedicación exclusiva y preferencial; no aceptan o toleran atrasos en la entrega de repuestos ni en la prestación de servicios así como tampoco se someten a las ‘colas’ que, a menudo, las empresas obligan a hacer a sus clientes para atenderlos (22). Hay razones que explican este celo. Como ya se ha expresado anteriormente, la mercancía que entrega la industria bélica es de alta tecnología, modelos por completo sofisticados, productos únicos o de difícil reemplazo, de alto costo, de difícil o casi nula fabricación en los países adquirentes. El uso de esas mercancías debe ser posible en todo momento y los institutos armados son celosos guardianes en la óptima mantención de los pertrechos bélicos.

Digamos, finalmente, que la circunstancia de ser los Estados clientes por excelencia de la industria bélica mundial tiene, además, otra importancia crucial: son ellos quienes determinan las restricciones para la venta de determinados productos militares. Dicho de otra manera: son los Estados con su actuar quienes determinan, indirectamente, el volúmen del comercio clandestino de material bélico que se va a desplazar y, en casos especiales, son los propios Estados quienes trafican con armas a países a quienes los organismos internacionales han prohibido su tenencia: Estados Unidos lo hizo durante el período de Ronald Reagan al vender armas a Irán para financiar la acción de los ‘contras’ y la campaña por el segundo período del mismo Reagan; también lo hizo Inglaterra al vender a Saddam Hussein el super cañon para la guerra con Irán y Suecia al exportar los cañones Bofors a la India, entre otros.

3. Predominio estadounidense en la industria bélica.
En la fase actual del desarrollo del SKM, el predominio estadounidense en la fabricación de pertrechos bélicos no admite dudas. Un estudio hecho en Suecia sobre la base de seleccionar las 100 más grandes empresas dedicadas a esa actividad demuestra que 43 de ellas tienen su domicilio en Estados Unidos. Estas 43 empresas cubrieron, además, el 60% del total del comercio armamentista durante el año 2001 (23).

Un cuadro que puede ilustrar con bastante exactitud el fuerte predominio de los Estados Unidos en este rubro, en comparación con los grandes exportadores de armas, es el que se entrega a continuaciòn

Pais Numeros de empresas Ventas en miles
millones

Estados Unidos 43 94,6 U$D
Gran Bretaña 13 22,4
Japon 10 7,4
Francia 7 11,0
Israel 5 3,5
Alemania 5 3,4
Italia 3 3,4
India 3 1,9
España 2 0,6
Canada 2 0,6
Suecia 1 1,2
Singapur 1 0,8
Suiza 1 0,5
Australia 1 0,4
Sudafria 1 0,4
Turquia 1 0,3 (24)

(Las cifras están referidas tan sólo a un aspecto específico de la venta de armas y no a su importancia en cuanto exportadores de tales mercancías. Indica, además, el alto grado de concentración y centralización de las grandes empresas fabricantes de material bélico.)

Los mayores exportadores de armas, por orden de volúmen de ventas expresados en miles de millones de dólares, fueron, durante el año 2001

País Porcentaje
Estados Unidos 44,8

Rusia 17,4

Francia 9,8

Gran Bretaña 6,7

Alemania 4,8

Ucrania 2,6

Holanda 1,9

Italia 1,7

China 1,6

Rusia Blanca 1,5

Suecia 1,1

Israel 1,0

España 0,9

Canadá 0,6

Australia 0,6 (25)

4. Los jefes de Estado y los monarcas son los grandes vendedores de armas.
Es un hecho de sobra conocido que, bajo el predominio absoluto de la economía social de mercado los jefes de Estado y los monarcas se han convertido en vendedores de productos de las empresas de cada nación. Baste tan sólo recordar los dos últimos viajes del Presidente chileno Ricardo Lagos a Brasil y a Suecia, acompañado por un extenso séquito de hombres de negocios: También el entonces presidente de los Estados Unidos William ‘Bill’ Clinton hizo famosa aquella frase (“Compren productos estadounidenses”) que pronunciara durante la clase magistral que dictara en una de las Universidades de Tokio, ante un numeroso grupo de estudiantes. Simultáneamente con hacerse vendedores del empresariado criollo, los jefes de Estado y monarcas se han hecho, también, vendedores de armas. El viaje del rey de Suecia, hace algunos años, a la República Checa, a Polonia, Hungría y Chile no tenía otro objetivo que la venta del avión de combate JAS ‘Grippen’, el mismo que ciertos ex militantes del MAPU (hoy, casi todos militantes del PS) recomendaron adquirir al Estado chileno La circunstancia que jefes de Estado y monarcas hayan transtocado sus antiguos y tradicionales roles de estadistas por los de vendedores planetarios de armamento pone de manifiesto la extrema importancia que el comercio bélico tiene para la economía mundial. La activa participación de personas que, en estricta teoría, deberían promover la concordia entre las naciones permite entender, además, el nuevo carácter que adquiere el concepto de ‘paz’, luego de la guerra fría: la competencia internacional ya no permite entenderla de otra manera que no sea por el de paz armada.

5. Entero dominio estadounidense en el volúmen total de los gastos militares.
Del total de los gastos militares globales de la humanidad más de un tercio (un 36%) corresponde actualmente a Estados Unidos frente al 6% de su ex competidor a escala planetaria Rusia o ex URSS. Los gastos militares de la potencia del norte, que habían decrecido hasta quedar en un nivel casi cero, se incrementaron violentamente desde 1998 al 2000 en un 41,9% en tanto su ex contendor lo hacía apenas en un 3,1% (26).

6. Incidencia en cifras globales, pobreza y mayor importación de armamentos.
Los gastos militares globales de la humanidad corresponden a 137 U$D per cápita y cubren un total del 2,6 del PNB mundial (27). Estas cifras no parecen decir mucho; sin embargo, si se compara el PNB de las 61 naciones más pobres del mundo, en 2000, con el total de los gastos militares de ese mismo año (en compra de armamentos), ese PNB fue apenas un 20% más alto que el total anotado (28). Y no deja de ser notable que, entre los países con mayores gastos militares en sus presupuestos respectivos, se encuentren aquellos donde la pobreza parece haber asentado sus reales en forma estable. Así, por ejemplo, durante 1999 y en forma bastante aproximada, los países con mayores gastos militares en relación a su PNB fueron:

País Porcentaje

Eritrea 22,5

Arabia Saudita 12,0

Omán 10,0

Etiopía 9,0

Jordania 8,7

Kuwait 8,0

Israel 8,0

Burundi 6,0

Siria 5,0

Yemen 5,0

Del mismo modo, también aparecen entre los mayores importadores de armas algunas de las naciones con altos índices de pobreza, a saber:

País En miles de millones U$D
Taiwan 11,3

China 7,1

Arabia Saudita 6,7

Turquía 5,0

India 4,7

Grecia 4,4

Sud Corea 3,9

Egipto 3,3

Japón 3,2

Pakistán 2,9

Israel 2,8

Gran Bretaña 2,7

Emiratos Árabes 2,4

Finlandia 2,3

Singapur 1,7 (29)


Nuevo escenario para la exposición de los productos bélicos.

El mercado es el lugar donde se venden las mercancías y se realizan las transacciones comerciales; es, además, el lugar donde el producto deja de ser tal y se convierte en mercancía. El mercado es el mundo del comercio y antesala de la banca, en el proceso productivo.

En el mercado se encuentran los productos convertidos ya en mercancías sin que sea necesaria la existencia de establecimientos o locales comerciales; basta que en ese lugar se realicen las transacciones para que el mercado exista.

No obstante, antes de la realización de la compraventa y como parte dinamizadora de ese mercado, a menudo intangible, acostumbran las empresas exhibir los productos que van a colocar a la venta. La exhibición de tales productos
Publicado el : |2003-04-05|
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