16 jun 2012

ANTE LAS ELECCIONES DE DICIEMBRE PRÓXIMO “QUO VADIS”, CHILE?

Manuel Acuña Asenjo. Estocolmo, julio de 2009
PANORAMA GENERAL

Desde fines del pasado año, en lo que lleva de recorrido el presente y en lo que le queda por recorrer, la noticia ha sido, es y será, en Chile ―no cabe la menor duda―, las elecciones a realizarse en diciembre próximo.

Existen en esa formación social dos grandes alianzas políticas (no ‘bloques’) que, periódicamente, se disputan su mejor derecho por acceder al control de las estructuras administrativas y legislativas del estado, a saber, la Alianza por Chile y la Concertación de Partidos por la Democracia. La primera, integrada por los partidos Renovación Nacional (RN) y Unión Demócrata Independiente (UDI), es la natural representante del interés de la clase de los compradores de fuerza de trabajo (empresarios); la segunda, que componen los partidos Radical Social Demócrata (PRSD), Socialista (PS), Por la Democracia (PPD), Demócrata Cristiano (PDC) y los últimos vestigios del MAPU OC, representa en forma espuria esos mismos intereses. Ambas coaliciones cubren, aproximadamente, el 50% del electorado nacional de un total, aproximado, de doce millones de potenciales electores (en las elecciones pasadas votaron, también aproximadamente, seis millones y medio de personas).


El otro 50% restante (solamente los jóvenes de entre 18 y 25 años constituyen una fuerza electoral de casi 4 millones de personas, de la cual apenas un 10% figura anotado en los Registros Electorales) se encuentra al margen del ordenamiento jurídico, no está inscrito o está excluido por disponerlo así la ley. Puede decirse, en consecuencia, que este último 50% está constituido por seres invisibles cuya escasa o nula significación política les hace irrelevantes para el conjunto del electorado nacional compuesto, casi exclusivamente, por una población que envejece día a día, que disminuye crecientemente en número y no representa, en modo alguno, los cambios habidos en la sociedad durante los últimos 20 años. Sin embargo, tal es el sistema electoral chileno y así se encuentra sancionado por la ley. Se le llama ‘binominal’ porque las disputas políticas se realizan únicamente dentro del marco de referencia de las dos grandes coaliciones y es el área obligada donde ha de llevarse a cabo la contienda, el ‘rayado de la cancha’ o ‘el tablero de ajedrez’ que debe contener las piezas para la realización del juego electoral.

Las justas de diciembre próximo contemplan, para el día en que se realicen, dos instantes o momentos estelares, a saber, la elección de presidente de la República, y la renovación (completa) de la Cámara de Diputados y (parcial) del Senado. La atención de la comunidad tanto nacional como internacional estará centrada, no obstante, en la elección de presidente de la República. Ello no sucede por casualidad. La presidencia (o el cargo de Primer Ministro, en las naciones europeas) tiene especial significación para el sistema capitalista mundial (SKM); es la expresión más fiel de la estructura jerárquica de la formación social respectiva, el vértice obligado de la pirámide administrativa local y factor de cohesión de la unidad política del país. De ahí su importancia, a pesar de constituir una expresión más de la representación histriónica que se lleva a cabo dentro de la escena política de cada nación. Remontémonos un poco en el tiempo para entender los hechos y el sentido del presente análisis.
En los primeros meses del año en curso, los límites o fronteras de la justa electoral parecían establecidos para sendas coaliciones, pues ya habían sido designados los candidatos a la primera magistratura de la nación: Sebastián Piñera Echenique para la Alianza por Chile, y Eduardo Frei Ruiz-Tagle para la Concertación de Partidos por la Democracia. Ninguno de ellos era producto de una elección en la que participaran las bases de esos conglomerados políticos, sino sus nombramientos obedecían a designaciones realizadas por las directivas de los partidos integrantes de los mismos, procedimiento que parecía correcto en un país donde lo repudiable se considera aceptable en tanto lo aceptable se juzga repudiable.
La tolerancia, sin embargo, era aparente; ya se habían hecho presentes las desaveniencias: de la Alianza por Chile se retiraban algunos de sus parlamentarios y dirigentes, molestos con esa situación, fenómeno que también tenía lugar en la Concertación de Partidos por la Democracia, donde lo hacían del PPD, los senadores Fernando Flores y Jacobo Schaulsson, y del PDC, algunos parlamentarios encabezados por el senador Adolfo Zaldívar. La resistencia que puso el senador del PRSD José Antonio Gómez al autoritario procedimiento empleado por la Concertación para la selección de su candidato logró que la referida coalición realizase unas discutibles ‘elecciones primarias’ en las que quedaron de manifiesto las profundas discrepancias al interior de la misma. La reafirmación del candidato Eduardo Frei como abanderado de la misma terminó por precipitar la crisis; de ahí en adelante, la fragmentación de uno de los partidos integrantes de la coalición gobiernista (el PS) sería un hecho; las tendencias que se manifestaban desde ya hacía meses derivaron, como era de esperarse, de inmediato, a fracciones. Expresión de ello fueron las candidaturas de Jorge Arrate, Alejandro Navarro y Marco Enríquez-Ominami.

Mientras esos sucesos se desencadenaban dentro de las grandes coaliciones, en otros ámbitos de la política nacional, también presentaban sus postulaciones, en esos meses, la periodista Pamela Jiles y el senador Adolfo Zaldívar.

EL ESCENARIO ELECTORAL

Las candidaturas levantadas para ocupar el cargo de presidente de la República vigentes hoy, en la República del sur, son, entonces:
1. Por la Alianza por Chile: Sebastián Piñera Echenique
2. Por la Concertación : Eduardo Frei Ruiz-Tagle
3. Por el Pacto Juntos
Podemos Más : Jorge Arrate Mac Niven
4. Por el Partido Regiona-
lista Independiente PRI : Adolfo Zaldívar Larraín
5. Independiente : Pamela Jiles Moreno
6. Independiente (posi-
blemente apoyado por el
Partido Humanista PH) : Marco Enríquez Ominami Gumucio
7. Independiente : Alejandro Navarro Brain
Hablemos un poco de cada uno de estos aspirantes a la primera magistratura del país.

1.Sebastián Piñera es el candidato de la Alianza por Chile, coalición que, a su vez y como ya lo hemos señalado, se levanta como la natural representante política de los intereses de la clase y/o fracciones de clase dominante. Su eventual triunfo constituye, por consiguiente, la reafirmación del sistema de dominación y la recuperación por parte de los empresarios del control directo que ha de ejercerse sobre el conjunto social. Respecto de lo que ha sido Chile durante los años que se sucedieron a la dictadura, representa un cambio, sin lugar a dudas; pero un cambio que sí puede traducirse en la adopción de medidas que tengan solamente como finalidad extremar las condiciones de vida de las grandes mayorías nacionales en busca de extraer una más alta cuota de plusvalor. No hay que olvidar un hecho importante: Piñera ha representado, constantemente, la voluntad de conceder a los empresarios la facultad de aplicar en sus negocios una mayor ‘flexibilidad laboral’, eufemismo bajo el cual se disfraza un derecho otorgado a los patrones para efectuar despidos arbitrarios, disminuir los seguros de cesantía, aumentar la carga de trabajo sin compensación alguna, contratar esquiroles en el caso de huelgas, etc. Su eventual gobierno implica, pues, el robustecimiento de la nueva forma de acumular; eventualmente, una profundización de las medidas, reaccionarias, por cierto, que ha ido adoptando el Ministerio de Hacienda durante estos últimos años. No cuenta, sin embargo, con el respaldo de las organizaciones populares; no tiene, por consiguiente, instrumentos con los que pueda enfrentar la ‘veleidad sindical’. Desde este punto de vista, su gobierno puede significar un aumento de los conflictos laborales y sociales y una inestabilidad mayor para la realización de negocios. Se justifica, así, que en numerosas oportunidades las organizaciones patronales celebren no las proposiciones de la Alianza por Chile, sino las acciones del gobierno de la Concertación que sí cuenta con una central sindical dócil a sus requerimientos. Nihil obstat, como lo veremos más adelante.

2.Eduardo Frei Ruiz-Tagle es el candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición que ha luchado tenazmente durante estos 20 años por demostrar a la clase y/o fracciones de clase dominante la capacidad e inequívoca voluntad que tiene para realizar sus intereses de clase; incluso, con mayor destreza y dedicación a como podrían hacerlo sus naturales representantes políticos. Es, en consecuencia, la representante espuria de esos intereses y, a la vez, continuadora de la política de explotación llevada a cabo a partir del término de la dictadura, es decir, desde 1990 en adelante. Representa, por lo mismo, el continuismo de una línea seguida por esa coalición política en donde un conjunto de prácticas de dudosa moralidad (como la corrupción, la arrogancia y el nepotismo) se han estatuido en el carácter de conditio sine qua non para la negociación de cualquier eventual mejor reparto del excedente social en beneficio de los sectores desposeídos. No debe olvidarse el hecho que la Concertación, para gobernar durante estos 20 años, al igual que lo hiciera Luis Bonaparte a mediados de 1800, exigió ‘antes de nada, tranquilidad’; para ello ha recurrido a la desmovilización de sus bases, al férreo control del movimiento sindical, instalando una burocracia obrera dependiente de sus dádivas, y a la desarticulación de la generalidad de las organizaciones de derechos humanos.

3.Jorge Arrate es uno de los tres candidatos presidenciales emigrados del PS. El pasado año se alzó en contra de la dirigencia de su partido y de la Concertación, alegando haber olvidado aquel sus principios ‘socialistas’. Entre los argumentos que expone para explicar su conducta díscola, Arrate ha señalado, además, la necesidad de reconocer el derecho de las minorías aplastadas a participar en la vida política nacional, en especial, de los movimientos y partidos marginados, entre los cuales destacan el Comunista (PC) y el Humanista (PH). Dichas organizaciones cuentan con una estructura común denominada ‘Pacto Juntos Podemos Más’ a la que ha hecho su triunfal ingreso el grupo liderado por Arrate. Fue elegido, finalmente, representante de esa coalición, luego que renunciaran a sus respectivas postulaciones presidenciales los candidatos del PC Guillermo Teillier y del PH Tomás Hirsch quienes, de ese manera, contribuyeron a facilitar el diálogo de la misma, sobre eventuales cupos parlamentarios, con la Concertación. Jorge Arrate, que fue ministro de la Concertación, jamás ha explicado por qué solamente ahora, luego de 20 años de gobierno concertacionista, ha venido a advertir los vicios de esa coalición. Puesto que ya ha aceptado apoyar al candidato oficialista, para el caso de obtener éste una mayoría que le permita enfrentar una segunda votación, se supone que su postulación solamente obedece al exclusivo propósito de captar la votación socialista discrepante, y asegurar la participación del PC y del PH como apoyo a la coalición gobiernista. No saldrá elegido y deberá cumplir con la promesa empeñada, llamando a votar por Frei.

4.Adolfo Zaldívar es el actual presidente del Senado, luego de renunciar al PDC. Junto a otros diputados de ese partido, que adoptaron idéntica actitud, milita hoy y levanta su candidatura a presidente de la República por el Partido Regionalista Independiente PRI, formado por un ex militante del PS llamado Juan Carlos Moraga, personaje de dudosa trayectoria, exiliado en la República Federal de Alemania. No saldrá elegido y sus actitudes marcadamente personalistas nos impiden dedicarle mayores comentarios en este análisis.

5.Pamela Jiles se dio a conocer como una de las más destacadas periodistas de la Revista ‘Análisis’, cuyo director fue Juan Pablo Cárdenas, durante el período de la dictadura. En esos años, algunos de sus contactos fueron personas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR; hoy lo son algunos personeros que pertenecieron al Frente Patriótico’Manuel Rodríguez’ (FPMR). Juan Pablo Cárdenas, de militancia demócrata cristiana, se desempeña hoy en el cargo de presidente del Consejo de la Radio de la Universidad de Chile; en varios círculos políticos se dice de él que tuvo las mismas aspiraciones presidenciales que hoy encarna Pamela Jiles. La candidata, que es nieta de Elena Caffarena Jiles, destacada defensora de los derechos de la mujer, y mantiene vínculos familiares con el Comandante en Jefe del Ejército, Oscar Izurieta, no ha presentado públicamente programa alguno de gobierno, pero sí una serie de artículos en los que plantea ciertas aspiraciones. Es difícil que obtenga una alta votación, pues no existen partidos ni movimientos grandes que la apoyen. Pudo haber sido una buena candidata independiente, pero en su afán irreflexivo de llamar la atención de la opinión pública con actos y declaraciones de cierta desmesura, ha incurrido en errores y torpezas inexcusables, que le han restado seriedad a su campaña. Aguda polemista, bien informada, testaruda, feminista convencida, defiende lo que ha hecho, sus actitudes y expresiones empleadas, y será poco menos que imposible esperar de ella un cambio significativo en su comportamiento. Es poco seguro que reúna las firmas que exige la ley para postular y, en caso de hacerlo y resultar vencida, no llamará a sus electores a votar por alguno de los otros candidatos.

6.Alejandro Navarro es el segundo de los emigrados del PS; lo hizo para llevar adelante un proyecto que pueda vincular a Chile con una política más latinoamericanista que la actual. No está de acuerdo con MERCOSUR, proyecto propiciado por el presidente brasileño Luiz Inacio ‘Lula’ Da Silva y por la presidenta argentina Cristina Kirschner para unir a la región atlántica de América del Sur; tampoco con la ALALC por su estrecha vinculación con el gobierno norteamericano; ni con la UNASUR, estructura que excluye al centro de América (donde se encuentra Cuba) y que comprende tan sólo la parte sur de América Latina, sino con el ALBA, proyecto del presidente venezolano Hugo Chávez con cuyo apoyo, incluso financiero, cuenta para su campaña. No saldrá elegido, no ha hecho público su programa de gobierno y, aún cuando no ha expresado si llamará a sus electores a votar por el candidato de la Concertación en una eventual segunda vuelta, es casi seguro que lo hará.

7.Marco Enríquez Ominami es el tercer y último emigrado del PS (así lo esperamos) que postula a la presidencia de Chile. Asumió su candidatura como forma de protestar frente la actitud de su partido de no realizar elecciones primarias y decidir, por secretaría y a nombre de la organización, que el candidato oficial de esa colectividad sería Eduardo Frei. Cuenta con el apoyo de su padre adoptivo, el senador Carlos Ominami que es, a la vez, miembro del Comité Central del PS, y de otros diputados díscolos del mismo partido; a ese apoyo que ha recibido, se han sumado algunos financistas, vinculados al mundo de la farándula y del espectáculo, como lo son Rodrigo Danús y Paul Fontaine, este último directamente emparentado con la familia propietaria de ‘El Mercurio’. A pesar que su programa, de apenas diez puntos, ha incorporado la nacionalización del agua como una de las medidas más inmediatas que podría asumir como eventual presidente, cometió el exabrupto de indicar que la empresa estatal Corporación del Cobre (CODELCO) ―o, al menos, una parte de ella, aún en manos del estado―debía de ser privatizada, lo que le ha valido críticas de numerosos analistas.
Recordando que su padre, Miguel Enríquez Espinosa, secretario general del MIR, muerto en un enfrentamiento con las fuerzas de la DINA, en 1975, antes de cumplir los 30 años de edad, fue un revolucionario convencido, ha basado su campaña electoral en contraponer a los jóvenes con los viejos, a quienes acusa de ser artífices de las peores perversidades. Olvida, Marco Enríquez-Ominami, tres circunstancias trascendentales en esta aparente dicotomía: es la primera, que los constructores del Chile han sido, precisamente, quienes él olvida, los viejos obreros, trabajadores, artistas e intelectuales que dieron todo por una patria más solidaria ―entre otros, el propio líder sindical Clotario Blest―, y que jóvenes impulsivos, como Jaime Guzmán, fueron capaces de empujar a las fuerzas armadas a uno de los peores golpes de estado de los que hay memoria en la historia del país; segunda, que la vejez constituye una fase más en el ciclo vital de cada individuo, una fase por entero natural, que nada tiene que ver con perversidades o hábitos repudiables; y, tercero, lo más importante, que la contraposición ‘juventud-vejez’ solamente ha alcanzado su apogeo bajo el modo de producción capitalista en donde el empresario ―a menudo un sujeto de avanzada edad―rechaza al operario viejo no porque sea tal, sino porque le significa elaborar productos con quien posee fuerza de trabajo deteriorada, con un elemento inútil, con un trabajador cuya capacidad está disminuida, en suma, con un sujeto que solamente le estorba su percepción de plusvalor. El capitalista puede llegar a viejo (la mayoría lo es) y no ser calificado como un lastre social.

No ocurre lo mismo, sin embargo, con el productor de plusvalor quien, en caso de envejecer, siempre será considerado en esa calidad; incluso, para los demás trabajadores que se contagian con la ideología de las clases dominantes.

El candidato Enríquez-Ominami no sólo ha reivindicado para sí el nobiliario título de la juventud, en su campaña. También exige se le reconozca el ancestro revolucionario heredado de sus progenitores, puesto que es descendiente de los Enríquez (Edgardo Enríquez Frödden, su abuelo paterno, fue ministro de Salvador Allende) y de los Gumucio (su madre, Manuela Gumucio Rivas, fue hija del líder demócrata cristiano, del MAPU y de la Izquierda Cristiana IC, Rafael Agustín Gumucio Vives) como si tales atributos se legasen, de generación en generación, a través del ADN (ácido desoxirribonucleico) por transmisión genética. En la persona de Marco Enríquez-Ominami, como otrora sucediese respecto de Michèle Bachelet en la campaña de 2005/2006, la lucha de clases se sustituye de manera espectacular: en aquella, era la lucha de sexos, es decir, hombres contra mujeres; en ésta, es la lucha generacional, los viejos contra los jóvenes.

Enríquez-Ominami ha sorprendido a la opinión pública con altos índices de aprobación ciudadana lo que hace a muchas personas considerarlo no sólo como un ‘peligro’ para la postulación de Eduardo Frei, sino además como un ‘fenómeno’ al que ha de prestársele especial atención. Sin embargo, su aparición no parece generar efectos diferentes a los que produjo la de Leonardo Farkas ―el millonario que repartía billetes a su paso―, cuyos índices superaban a los del PC, sin que hubiere manifestado, siquiera, su voluntad de presentarse como eventual candidato a la presidencia de la República.

Si, en definitiva, es apoyado por el PH (que, al parecer, se retira definitivamente del Pacto Juntos Podemos Más), no necesitará agotarse intentando conseguir firmas de adhesión a su candidatura. En esos momentos sí podría ser un duro adversario para Frei. Y un problema serio para la Concertación.

¿POR QUÉ ESTE PANORAMA DE FRAGMENTACIÓN POLÍTICA?

La enorme afluencia de candidatos y precandidatos presidenciales para los comicios electorales de diciembre próximo no deja de llamar la atención; también la abierta fragmentación del PS, aunque se trate de un partido que siempre ha presentado tendencias en su interior. En no pocos intercambios de opiniones, ideas, mensajes y documentos, se pueden encontrar expresiones de sorpresa y desorientación.

¿Qué ha pasado?, se preguntan algunos militantes de esa colectividad. ¿Qué ha sucedido para que nos encontremos en esta situación?
Las respuestas son muchas. Y variadas. Una mayoría señala que las causas de tal desintegración han de encontrarse en la corrupción generalizada de la dirigencia; otros indican al nepotismo como motivo central de la crisis, en tanto no faltan quienes consideran al abuso de poder e inmoralidad de las autoridades políticas (gubernamentales o partidarias) como factor decisivo de la descomposición social.
Sin embargo, sostener que tales vicios (entre otros, la corrupción, el abuso de poder, la inmoralidad, el nepotismo, la arrogancia, el desprecio al prójimo, la ambición personal, la preocupación extrema por la propia conservación y reproducción), son la causa de la crisis que acusa el campo de la política en Chile, no constituye explicación alguna; por el contrario: conduce, inevitablemente, a indagar acerca de cuáles, entonces, serían verdaderamente los motivos de tales vicios o prácticas malsanas.
Podemos empezar señalando, aquí, que uno de los rasgos distintivos del ejercicio de los derechos ciudadanos en Chile está constituido por la concentración del poder político en pocas manos. Este rasgo está contemplado en el entramado jurídico de la nación; más exactamente, en la constitución pinochetista y en la ley sobre elecciones y partidos políticos: la estructura binominal induce a concentrar la plenitud de las facultades políticas en determinados estamentos partidarios o personas. Las prácticas de clase, no obstante, pueden destruir a una estructura cuando ésta no refleja la voluntad ni el deseo de quienes participan en ella; pero, para producir tales efectos, se requiere de una voluntad que no siempre está presente en sociedades cuyo afán, por hacerse cada vez más competitivas, impulsa a la formación de grandes consorcios empresariales a objeto de disputar los mercados externos a otros iguales o superiores. Y es que, para alcanzar dichas metas, tales formaciones sociales deben alentar la concentración y centralización del capital. Y puesto que las prácticas políticas son armónicas a las empresariales, la concentración y centralización de capital conduce a la concentración y centralización del poder político; consecuentemente, a la corrupción, a la inmoralidad, a los negocios ilícitos, en fin. Con mayor razón, esta práctica afecta a partidos políticos jerarquizados, verticales, en donde la suma del poder radica en una dirigencia que, en un principio elegida por las bases, comienza ella misma a elegir a sus bases para prolongarse en el mando. Las transformaciones empresariales a que obliga la aplicación de una forma de acumular como lo es la actualmente vigente, altera la ideología de la formación social Las formas de concentración y centralización de capital terminan, a la postre, por imponerse como formas de vida.

Las expresiones precedentes han de entenderse como la introducción a un debate sobre el tema. Porque jamás los fenómenos obedecen a una causa o razón únicas; además, existen otras que explican lo que sucede no sólo en la formación social chilena, sino en otras partes del globo terráqueo.

EL FENÓMENO DEL ABUSO DE PODER NO ABARCA SÓLO A UNA NACIÓN.

No puede suponerse que la crisis que se desata en Chile dentro del campo de la política (manifestada en una suerte de fragmentación partidaria, aparición de líderes o personalidades desconocidas o poco conocidas hasta ese momento y que se elevan por sobre el pináculo de la fama, emergencia de nuevas fuerzas políticas que arrebatan a otras su protagonismo, escasa o nula participación ciudadana en los comicios electorales, desprestigio de la política y de los políticos, etc.) ha sido ocasionada por simples actos de corrupción u otras trasgresiones a la moral o a las buenas costumbres, aunque no lleguen a constituir delitos (arrogancia, soberbia, academicismo enfermizo, nepotismo, favoritismo, etc.); en suma, por abuso de poder. El fenómeno es más general. Más exactamente, pareciera tratarse de un acontecimiento planetario. Y de ninguna manera nuevo; por lo menos, sostenemos aquí que este fenómeno se viene repitiendo desde principios de la década pasada. La emergencia de personas desconocidas o poco conocidas en el ámbito de la prensa o propaganda que, súbitamente, se ven situadas en los más altos escalafones de la jerarquía social no es un suceso radicado únicamente dentro de la sociedad chilena; tampoco los fenómenos anteriormente enumerados. Para quienes hemos pasado parte de nuestra vida en formaciones sociales ajenas a la chilena no resulta sorprendente tal circunstancia. El ascenso al cargo de Primer Ministro tanto de Jörgen Haider como de Anthony (‘Tony’) Blair, en Austria e Inglaterra, respectivamente, constituyen casos dignos de ser considerados. Es cierto que tanto el uno como el otro tuvieron tras de sí partidos políticos que los ayudaron en ese empeño, pero no es menos cierto que ambos fueron considerados ‘fenómenos’, cuyos votos, una vez efectuado el recuento correspondiente, superaron con creces cualquier optimista pronóstico. También lo ha sido Barack Obama, en Estados Unidos, al imponerse sobre su rival Hillary Clinton, hecho sorprendente, incluso, para quienes siguieron con atención los pasos de la carrera presidencial norteamericana. En Chile, lo ha sido Michèle Bachelet, cuya figura se impuso, de todas maneras, por sobre otras dentro de la propia Concertación.

La emergencia de personas hasta ese momento desconocidas o poco conocidas en la arena política y su súbito desplazamiento hacia el apogeo de la popularidad, es un hecho de frecuente ocurrencia en las formaciones sociales. Por lo mismo, la participación de actores, cantantes, deportistas o modelos, en la política, no es algo que deba sorprender. Pero sí puede serlo la formación de partidos que, súbitamente, se ven catapultados a los primeros lugares de la aprobación ciudadana. Las elecciones de candidatos para ocupar los cargos respectivos dentro del Parlamento Europeo, realizadas en Suecia, hace algunos años, provocaron estupor cuando un nuevo protagonista, la ‘Junilistan’, partido que se organizó precisamente para oponerse a la Unión Europea, logró captar para sí un 14% de la votación, obteniendo 3 escaños dentro de aquel cuerpo colegiado. Y, en los comicios del año en curso (en junio recién pasado), una nueva organización, el ‘Piratparti’, creado para oponerse a la dictación de una ley sueca, que autoriza al Consejo de Radio de la Defensa Nacional (FRA) controlar los computadores privados para impedir que se baje música de la red, obtuvo un 7% de la votación, y un escaño en el Parlamento Europeo.

La corrupción, el desfalco de fondos que pertenecen a la comunidad nacional, el nepotismo, son actos que cometen a diario quienes se encuentran en la cúspide de la pirámide jerárquica de la nación en la generalidad de las formaciones sociales del planeta. Por lo menos, hoy. Uno de los más recientes ha sido el escándalo del pasado mes de junio protagonizado por los políticos ingleses; hasta el momento, se ha dicho que abarca a más de 50 personas y ha provocado la renuncia de seis ministros del gobierno de Gordon Brown. Por su parte, los parlamentarios suecos, en el mes de junio recién pasado, han aprobado una ley que reajusta generosamente sus pensiones a la vez que disminuye las del sujeto corriente, el personaje de la calle, el jubilado sueco. En el mismo mes, los parlamentarios europeos decidieron reajustar sus remuneraciones por sobre los diez mil euros mensuales (€10.000). En este orden sucesivo de irregularidades, el Parlamento de una de las repúblicas bálticas, y como una medida efectiva para enfrentar la crisis económica que afecta a la nación, aprobó una rebaja general de sueldos de un 20%, en tanto procedió a aumentar el monto de las remuneraciones de todos sus miembros.
El afán academicista enfermizo también está presente en la arena política como consecuencia de la aplicación irrestricta de la competencia para acceder a determinadas funciones. Y los políticos, para cumplir con los requisitos que, a menudo, se imponen ellos mismos en su malsano deseo de demostrar excelencia, recurren a engaños y otras acciones de dudoso contenido moral. El primer ministro sueco Göran Persson, durante su último gobierno, elevó a la categoría de Universidad al Colegio donde cursó sus estudios; la flamante nueva Universidad, en agradecimiento, le otorgó el título de ‘Doctor Honoris Causa’, título que le permitió sentarse con dignidad junto a otras personalidades académicas. En Chile, el falseamiento de los títulos académicos ha sido una verdadera constante desde que un sujeto (José Joaquín Brunner, entre muchos otros que, incluso, no han vacilado en tomar la dirección de ciertos institutos superiores), que jamás ha pasado por Universidad alguna y, sin embargo, preside una organización académica superior, luchara por instaurar tal exigencia en las alturas del gobierno. No parece necesario entregar ejemplos, al respecto, que son de sobra conocidos.

INTENTANDO UNA VISIÓN MÁS GENERAL DEL FENÓMENO

A nuestro entender, los sucesos anteriormente descritos se pueden resumir en una sola sentencia: crisis tanto de instituciones públicas como de la representación política; este fenómeno puede, a su vez, enmarcarse en otros hechos. Nos explicamos.
En anteriores trabajos hemos insistido acerca de una nueva fase que atraviesa el sistema capitalista mundial (SKM) a partir de fines de la década de los 80 y principios de la de los 90, que hemos denominado ‘de expansión’. Las fases propias de la evolución de un sistema social se encuentran íntimamente ligadas al desarrollo que experimentan las fuerzas productivas (FP). No ocurre lo mismo con las relaciones de producción (RP) que, al contrario de aquellas, deben ir, permanentemente, adaptándose a ese desarrollo. De ahí los momentos de inestabilidad, de convulsión y de crisis que, cada cierto tiempo, experimentan los sistemas, pues estos fenómenos se extienden por el tiempo que requiere la reconstrucción de la correspondencia que debe existir entre ambos componentes. Nosotros estimamos que esta nueva fase o longitud temporal, cuyo nombre pretende poner de manifiesto el auge sin precedentes experimentado por el SKM y su imperio sin contrapeso en todos los rincones del planeta, se ha realizado sobre la base del empleo exhaustivo de dos extraordinarios instrumentos de trabajo incorporados al funcionamiento de la moderna sociedad, a saber, el ordenador o computador(a) e Internet. El uso de estos nuevos instrumentos ha producido trascendentales efectos en las tres regiones del modo de producción.
En lo económico, sostenemos que esta nueva fase se caracteriza por la adopción de una nueva forma de acumular basada en el libre juego de la oferta y la demanda, en el imperio irrestricto de la competencia y del mercado, en el amplio y sostenido flujo dinerario a lo largo y ancho del planeta, en el establecimiento y desarrollo de empresas gigantescas capaces de afrontar las luchas a muerte por el control del mercado mundial, en la abolición de las formas cooperativas, el control de la emisión monetaria y del interés como únicos reguladores de la actividad económica, etc. Esta forma de acumular ha sido denominada indistintamente ‘monetarismo’, ‘economía social de mercado’, ‘neoliberalismo’ o ‘consenso de Washington’.

En lo jurídico/político, la nueva fase que comienza a recorrer el SKM se caracteriza por la desaparición de la hegemonía planetaria compartida (bilateral) y por el inicio de una hegemonía planetaria exclusiva (unilateral) ejercida por un súper poder encarnado en Estado Unidos, a cuya zaga marchan, unidos, Europa y Japón. En esta fase comienzan a aparecer los llamados ‘estados multinacionales’ y algunas monedas únicas regionales.
Finalmente, en lo ideológico, la competencia se impone como forma de vida junto al individualismo, al consumismo y a un profundo desprecio hacia las formas de organización aplastadas por el impetuoso desarrollo del SKM, entendidas por tales el ‘sovietismo’ (para diferenciarlo del comunismo), el castrismo (vigente en Cuba) y las experiencias socialdemócratas basadas en las ideas de John Maynard Keynes que dieron origen a una forma de estado conocida bajo el nombre de ‘estado de bienestar’.

Cuando un sistema transita de una fase a otra, necesariamente ha de hacerlo a través de un umbral de inestabilidad. Las fases constituyen sus períodos de estabilidad; la transición es inestabilidad, desorden, caos. Las sociedades, que también son sistemas, experimentan idénticas transformaciones. Y puesto que se organizan en función de modos de producción, la inestabilidad se manifiesta durante el período en que las relaciones de producción comienzan a adaptarse de manera paulatina al desarrollo ya experimentado por las fuerzas productivas. Si así no lo hicieran, devendrían en inservibles, en trabas impuestas al avance del progreso y chocarían violentamente con éste, abriéndose así ‘una época de revolución social’. Las formas de organización que, en otras épocas y circunstancias, se mostraron eficaces para resolver los problemas de la marcha de la sociedad, se tornan ineficaces y entran en crisis haciéndose necesario reemplazarlas por otras. Una sociedad, no obstante, está formada por clases y fracciones de clases sociales antagónicas; dentro de aquellas, unas dominan a las demás. Las transformaciones, entonces, se hacen cuidando que la crisis no agote o ponga fin a la dominación. El paradigma que, hasta ese momento, había imperado comienza ineludiblemente a derrumbarse para ser sustituido por otro.
Las clase sociales no reaccionan de la misma manera, aunque interactúen entre sí influyéndose recíprocamente. Los sectores dominantes lo hacen de una forma específica, diferente a la de los sectores dominados, que adoptan otra. Los primeros son sorprendentemente revolucionarios, en tanto los segundos asumen comportamientos profundamente conservadores. Esta dicotomía, aparentemente ilógica, es, por el contrario, enteramente natural: las clases y fracciones de clase dominantes, puesto que son tales y viven de lo que otras producen para ellas, arriesgan todo lo que poseen por el simple deseo de tener más o adoptar un mejor modo de vida; y ello sucede porque lo que tienen nada les cuesta y siempre pueden volver a recuperarlo. No ocurre lo mismo con las clases dominadas que, en razón de su calidad, son incapaces de arriesgar lo que tras largas y agobiadoras jornadas de lucha han logrado adquirir, pues saben que, de perderlo, no lo recuperarán jamás.

Las clases dominantes son, pues, quienes provocan los grandes cambios. No vacilan en incorporar los adelantos tecnológicos a sus empresas, adoptan nuevos modos de vida, se desprenden de lo que les resulta molesto, cambian estructuras sociales, reforman instituciones, crean otras nuevas o suprimen las ya existentes, en fin. Sin embargo, el derecho a la propiedad, inalienable y sagrado, que reclaman para sí les resulta una traba, pues éste se expresa solamente en el área jurídico/política del modo de producción (MP) y las reformas a ese derecho constituyen un dolor de cabeza para ellas. En dicho campo, las transformaciones van a la zaga de los acontecimientos. Es que el derecho de propiedad, expresado en una forma jurídica, no constituye sino el núcleo de las relaciones de producción que, constantemente y por lo mismo, se ven sobrepasadas por el desarrollo incesante de las fuerzas productivas.

Las fuerzas productivas, por el contrario, son ágiles; se desarrollan junto a la producción y al comercio. Llegan, por consiguiente, a los usuarios, en calidad de mercancía, antes que una norma jurídica prevenga acerca de su uso, goce o disposición. Entonces, los hábitos de la población se ven, de pronto, alterados; formas de relaciones humanas, que antes no existían, hacen su ingreso triunfal alterando, también, el comportamiento del conjunto social. La computadora, que hizo posible la Red Internet, proporciona el correo electrónico, las hojas ‘blog’, las páginas informativas, las transferencias de dinero, la inmediata transmisión de la comunicación. A ese artilugio mágico se une el ‘scanner’, que proporciona la propagación de copias originales de documentos, fotografías u otros objetos susceptibles de ‘escudriñar’ (‘to scan’); el teléfono móvil, que permite la comunicación verbal, escrita (MSN, SMS, etc.) y de imágenes; finalmente, el USB o ‘pendrive’, que supera a los discos compactos (CD), pues acumula música, conferencias, pruebas testimoniales e, incluso, puede transportar hasta una biblioteca digitalizada.

UNA NUEVA SOCIEDAD PARALELA A LA ACTUAL

Los adelantos tecnológicos que se empiezan a emplear en la vida diaria transforman los modos de comportamiento social, sin lugar a dudas; pero ha de pasar un tiempo bastante largo antes que todo ello se traduzca en una regulación jurídico/política total que reemplace a la vigente. Entretanto, las organizaciones sociales comienzan a descubrir que no necesitan ya de los periódicos, radioemisoras ni canales de TV para comunicarse entre sí, para formular sus denuncias y relacionar a sus miembros. Formas de comunicación originadas en la simple manipulación de impulsos magnéticos, debidamente digitalizados, dan paso a nuevos modos de organización uniendo a los seres humanos a lo largo y ancho del planeta. En tanto, los que todo poseen, quienes deben cuidar que sus intereses sean protegidos por el entramado jurídico, ensayan formas de regulación a fin de preservar la propiedad de sus bienes y pertenencias bajo las nuevas condiciones que imponen los adelantos tecnológicos; la sociedad cambia, se transforma. Las instituciones vigentes, simplemente, se tornan incapaces de dar solución a problemas que antes sí podían resolver, y en todas partes comienza a hablarse de la necesidad de ‘modernizar al estado’; pero son pocos quienes conocen, realmente, el contenido de tales expresiones. Entonces, la denuncia arrecia. Los teléfonos móviles graban los sucesos del día, las conversaciones, los asaltos, el drama del ser humano corriente, el hambre, la miseria, la injusticia, la brutalidad policial. Un simple impulso magnético coloca estas denuncias en sitios de Internet como ‘Youtube’, ‘Facebook’, ‘Netlog’, entre otros; los correos electrónicos dando cuenta del abuso y corrupción de los ‘señores políticos’ van de un lado a otro, propagándose en forma exponencial y haciendo público lo que permanecía oculto. Pero eso conlleva un precio que es necesario pagar: la denuncia robustece el alma del acusado, le hace reaccionar con dureza y altivez pues se siente atacado en su forma de ser y proceder. Dentro de una sociedad vertical, basada en la predación y la competencia, la queja eleva la popularidad. Mientras más denuncias hay contra ciertas y determinadas personas, más populares se sienten las mismas. Y se tornan desafiantes, soberbias, altivas, despectivas; la desfachatez impera. Como saben que están siendo observadas actúan, entonces, abiertamente, reivindicando su discutible mejor derecho a cometer excesos y acceder a privilegios a los cuales ―alegan, con descaro― son ‘merecedoras’.

No constituye, por consiguiente, novedad alguna que los partidos políticos entren en crisis y se propaguen las arbitrariedades de sus dirigentes, contribuyendo más aún al desplome de las instituciones públicas y privadas: el cambio y la conservación están enfrentados irremediablemente en la sociedad de hoy. Las organizaciones políticas, que en determinados momentos parecieron instrumentos adecuados para responder a los requerimientos sociales, se ven, de súbito, sobrepasadas por los acontecimientos y al no dar oportuna respuesta a aquellos, generan un agudo sentimiento de frustración.
En una sociedad como la chilena, donde la predación ―escudada tras la competencia― se erige en el carácter de la más excelsa forma de vida, las tendencias cooperativas constituyen una forma de defensa para los sectores populares frente a las competitivas impuestas por la verticalidad de la formación social. Así, pues, mientras ven limitarse, día a día, el ejercicio de derechos que creían inalienables, mientras constatan con asombro el despojo de las arcas estatales a manos de los ‘elegidos’, mientras contemplan la crisis en expansión de la institucionalidad vigente, reaccionan agrupándose en diferentes tipos de estructuras.
Algunos, cierto es, se hacen delincuentes en virtud del axioma aquel según el cual si los que están en la cima de la nación tocan el violín, nada queda a los de abajo por hacer sino ponerse a bailar. Otros, más religiosos, se recogen en las cofradías o, simplemente, depositan su confianza en líderes o personalidades del mundo del espectáculo o empresarial, esperando de ellos una solución a los problemas de las grandes mayorías nacionales que jamás llegará. Los más ‘políticos’ desenpolvarán los libros de Lenin, Trotsky, Mao o el Che para comenzar a reorganizar ‘el partido de cuadros’, el partido militar o ‘de revolucionarios profesionales’, sin importarles que tales formas de organización se emplearon con mayor o menor éxito en otras épocas y en otros lugares del mundo, bajo diferentes circunstancias y personajes. Finalmente, vastos contingentes humanos comenzarán a discutir los problemas para buscar una solución conjunta a todos ellos. Los ‘foros’ mundiales, que se organizan cada cierto tiempo en distintas localidades del orbe, las asambleas populares, los grupos de estudio, las organizaciones sociales horizontales, desprovistas de líderes o dirigentes, las organizaciones reticulares que imitan formas de estructura similares a las que operan en la Red Internet, con infinidad de rostros, domicilios, portales en la misma, que aparecen y desaparecen, que burlan a quienes pretenden cercarlas y que luchan por la abolición definitiva del derecho de propiedad intelectual, son una expresión de esa nueva forma de enfrentar los desafíos de la nueva sociedad. La lucha por la recuperación del patrimonio universal de la humanidad, de la literatura, de la música, de la pintura, del saber, expropiados a sus propios creadores por las empresas encargadas de recolectar los derechos de autor, permite a gran número de personas concebir formas sorprendentes de organización. Genera, en consecuencia, nuevas expectativas. Y nuevas ideas. Las recetas de tipo reticular y cooperativo se multiplican. Y a las formas competitivas que imperan, comienzan a oponerse las de colaboración y solidaridad social. Ya no interesan las direcciones políticas ni la verticalidad del mando; no interesa, siquiera, el mando. Las organizaciones reticulares, interconectadas entre sí, sin dirección, sin verticalidad, horizontales, acéfalas, con decisión propia, sin representantes eternizados, amplias, extensas, inmensamente tolerantes, comienzan a abrirse paso. No es casualidad que se imponga, poco a poco, hoy en día, un nuevo paradigma de carácter biológico en donde el ser humano, aparece concebido como parte de la naturaleza (y no ésta como propiedad suya), como un organismo vivo inmerso en ella al igual que todos los demás. La propiedad pasa, de esa manera, a constituir un ‘pignus’, una prenda, algo que se recibe en calidad de préstamo y que, a la larga, se hace necesario devolver. Por eso, no es casualidad, tampoco, que aparezcan ‘foros’ alternativos a las cumbres de Davos, Bilderberg, la Comisión Trilateral, el Grupo de los 7 (u 8), el Grupo de los 24, en fin. Esta marcha silenciosa hacia nuevas formas de organización social es tan manifiesta que los sectores dominantes, los primeros en advertir los cambios, han empezado ya a estudiar cómo enfrentar esta nueva sociedad que se construye de manera reticular, y que parece ganar cada vez más adeptos. Ejemplo de ello es el libro ‘La araña y la estrella de mar’, de Ori Brasman y Rob A. Beckstrom, publicado hace poco más de un año en España, referido a la expansión del fenómeno en comento, pero desde el punto de vista empresarial.
Así, pues, la crisis política que afecta a Chile no es más que la expresión localizada y focalizada de una crisis aún mayor, de carácter global, ocasionada por el propio SKM al traspasar el umbral que lo conduce de una fase a otra en su evolución. Es la crisis que experimenta todo sistema colocado en una situación similar. Es el borde del caos, la línea divisoria que marca el paso de un estado estable a otro de la misma naturaleza, la línea de la inestabilidad, del desorden. Si utilizamos los conceptos de Ilya Prigogine, diríamos que, ya lejos del equilibrio, estaríamos situándonos en ‘zonas de quiralidad opuesta’.

BARAJANDO SÓLO POSIBILIDADES.

Miradas así las circunstancias, las elecciones de diciembre próximo en Chile tienen escasa o nula significación política para las clases dominadas. Porque, en primer lugar, se enmarcan en la crisis global que conmueve al SKM, tal cual se ha expresado. Pero son, aún, menos relevantes, en segundo término, pues se desarrollan y tienen lugar dentro de los avaros marcos establecidos por el sistema mismo; y, en tercer lugar, porque en esos marcos aparece, pero solamente en la calidad de ‘tercero excluido’, el movimiento popular. Demás está preguntarse de si acaso los posibles o eventuales candidatos, de salir elegidos, van a contribuir a resolver los graves problemas que afectan a las clases dominadas. A pesar de ello, permítasenos incursionar en el movedizo campo de las probabilidades.
De todos los candidatos que se presentan para disputarse el sillón presidencial, dos aparecen con las mayores posibilidades de lograrlo y ellos son Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Sebastián Piñera Echenique, candidatos de las coaliciones oficialista y opositora, respectivamente. Los demás no saldrán electos, con la excepción de Marco Enríquez-Ominami Gumucio que sí puede disputar su lugar a Frei y dar una sorpresa, lo que también es poco probable. Si las mayorías relativas obtenidas tras las elecciones son para Frei y Piñera, lo lógico es que la generalidad de los candidatos díscolos de la Concertación, ante un eventual triunfo del abanderado de la Alianza por Chile, en una no menos eventual segunda vuelta, corran, aterrados, a dar su apoyo irrestricto al abanderado de su antigua colectividad. No hay que olvidar el carácter de clase del gobierno de la Concertación: al representar espuriamente los intereses del Bloque en el Poder, su base social, repartida entre aquella que se apodera de los cargos de significación (clase reinante), de los empleos mejor remunerados (clase mantenedora) o de las ayudas que provienen de los organismos estatales (clase apoyo), como la CUT, las ONG, y las Fundaciones o Centros de Estudio de los partidos políticos, más que preocuparse de resolver los problemas de las grandes mayorías nacionales, se ve obligada a defender lo que ha logrado, para sí y los suyos, con su adscripción a la estructura estatal. Representa, por consiguiente, y en conjunto, el interés del gran capital Y puesto que sus integrantes no provienen de familias poseedoras de grandes fortunas nacionales, representa ‘espuriamente’ a esos estamentos, a diferencia de los representantes de la Alianza que lo hacen ‘naturalmente’.

Puede suceder, aunque parece imposible, que Marco Enríquez-Ominami supere a Frei y que la militancia DC se niegue a votar por él en una segunda vuelta. En ese caso, el triunfo de Piñera sería absoluto. Pero Piñera también gana si, en la primera vuelta, logra una mayoría absoluta, lo que parece muy improbable; puede, también, ganar si su contendor es Frei, en la segunda vuelta, y la militancia díscola de los partidos de la Concertación se niegan a votar por el candidato demócrata cristiano, lo que también es poco probable. El análisis de todos estos escenarios permite concluir que, al parecer, el candidato más seguro a acceder al sillón presidencial sería Eduardo Frei.
¿Y qué pasa si, de todas maneras, gana Piñera? Si lo hace respaldado por una mayoría considerable, gobernará sin impedimentos en nombre del gran capital e, incluso, se puede permitir y hasta tolerar dentro de su ‘staff’ gubernamental ciertas prácticas inmorales no diferentes a las que ha cometido la Concertación y que no puedan ser catalogadas como delitos al no encontrarse suficientemente acreditadas como tales. En un eventual gobierno de Piñera, no será difícil determinar si esta práctica va a imponerse o no: el eje girará en torno al manejo del Consejo de Defensa del Estado. Si el Poder Ejecutivo determina no abrir juicios en contra los personeros de la Concertación, por las prácticas inmorales cometidas durante sus respectivos desempeños en los cargos fiscales, tal decisión constituirá signo inequívoco que el flamante nuevo primer mandatario también las tolerará en su Gobierno.

Pero hay otras tareas que, igualmente, puede realizar Piñera para el caso que su mayoría sea tan sólo la misma que han tenido los gobiernos de la Concertación. Para eso es necesario recordar que la misión principal del candidato de la Alianza por Chile no sólo es ganar las elecciones de diciembre próximo sino, a través de su gestión, lograr un nuevo gobierno para esa coalición en los años sucesivos. Por eso, no sería extraño que durante su eventual gobierno incorporara la proposición de establecer un sueldo mínimo ético de $ 250.000 para todos los chilenos, con lo que se ganaría a gran parte de la población asalariada y establecería inmejorables vínculos con la Iglesia, institución que ha abogado incesantemente por una medida de esa naturaleza sin encontrar el apoyo de la Concertación. Podría incorporar, igualmente, otra medida de mejoramiento para los jubilados y suprimir el 7% de impuesto a favor de FONASA ─medida que tampoco la Concertación ha querido llevar a cabo─, atendiendo al hecho que, de acuerdo con la ley, toda persona de más de 60 años tiene derecho a atención médica gratuita en Chile, por lo que el impuesto no tiene justificación alguna; todos los jubilados sobrepasan esa edad. Y finalmente, restaurar algunas de las transferencias y reguladores automáticos del mercado interno, entre otros el seguro de cesantía, perfeccionamiento de los trabajadores cesantes, en fin.

¿Y los sectores populares?

Uno de los más graves errores cometidos por la generalidad de las organizaciones populares más radicalizadas, y quienes participan en ellas, ha sido establecer un abismo entre lo que es la directa participación de todos ellos en las instituciones estatales (situación que los convertiría en cómplices de su propia explotación) y el simple empleo de determinados instrumentos que la misma ley entrega a los ciudadanos para ejercer sus derechos, en determinadas y específicas circunstancias. Si bien es cierto que en los comicios electorales la generalidad de las candidaturas representan la reiteración de la vigencia de de un sistema que solamente ha servido para explotar sistemáticamente a la masa laboral chilena, no es menos cierto que los procesos electorales, en determinadas circunstancias, pueden llegar a constituir momentos estelares dentro de un período sostenido de lucha de clases. Pueden, por consiguiente, emplearse como una manera de fortalecer los movimientos populares e, incluso, permitir el inicio de transformaciones que beneficien a la mayoría de la población. No hay que olvidar un hecho notable: la Unidad Popular (UP) fue la culminación de una serie de experiencias basadas en la tradición histórica de los movimientos sociales en Chile que indicaban la necesidad de no desdeñar la contienda electoral por cuestiones de principios cuando ella, en determinadas circunstancias, se encuentra en condiciones de prestar un servicio de insospechadas repercusiones. De no ofrecerse posibilidad alguna para los sectores populares en cuanto a participar en el control de la sociedad puede suceder ―y este es otro posible escenario― que la tendencia acusada, por el potencial electorado, a marginarse del proceso político se acentúe, y que se aparten de las justas electorales cada vez mayores contingentes de grupos humanos, convencidos de su nula potencialidad ciudadana.
Si hoy en día los sectores populares no han sido considerados en la contienda electoral de diciembre próximo, no debería ocurrir así para las próximas. Pero eso sólo lo determinará el grado de avance en organización de los sectores encargados de llevar a cabo las grandes transformaciones sociales que el país necesita.
Quod era demandorum.

Estocolmo, julio de 2009
Publicado el : |2009-07-03|




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